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Chungará (Arica)

On-line version ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) vol.51 no.1 Arica Mar. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562019005000803 

Artículo en debate: En contra del populismo reaccionario: Hacia una nueva arqueología pública

Comentaristas

ARQUEOLOGÍA Y DERECHOS HUMANOS

Pedro Paulo A. Funari2 

Andrés Alarcón-Jiménez3 

2 Universidade Estadual de Campinas - Unicamp, Campinas, Brasil. ppfunari@uol.com.br

3 Universidad El Bosque, Bogotá, Colombia. qandalajim@yahoo.com

La Arqueología está en directa relación con la sociedad (Funari 2005). La Arqueología moderna ha surgido en el contexto del Estado Nación y del imperialismo, ciencia ilustrada, positivista, empírica, militarista, masculina, colonialista, y elitista. Los movimientos sociales han siempre luchado por diferentes intereses, ideas y derechos, como los obreros, las mujeres, los abolicionistas, emancipadores (de judíos y de otras minorías), socialistas, comunistas, anarquistas, entre otros. La Arqueología tarda en reaccionar a los retos sociales e ideológicos, pero ya a principios del siglo XX cuestiones sociales aparecen en la disciplina, como atestigua de manera notable la obra de Vere Gordon Childe (1923, 1936; Irving 2009), la más exitosa también en popularidad. En cierto sentido, era ya Arqueología Pública avant la lettre. En América Latina, la Arqueología Social Latinoamericana, a partir de los años 1960, retomaba algunas cuestiones sociales, en particular en relación a la población indígena, una novedad importante por todos los aspectos, en especial por valorizar la diversidad cultural.

La Arqueología se ha mantenido con todo, en la mayor parte, distante de temas sociales y buscaba, con frecuencia, el estatus de ciencia empírica objetiva, hard science. La fundación del Congreso Mundial de Arqueología, en 1986, en reacción a la posición apolítica de la UISPP (Union Internationale des Sciences Préhistoriques et Protohistoriques), ha marcado una inflexión importante, con la introducción de los indígenas, de los arqueólogos periféricos (de África, América Latina y Asia), de los no arqueólogos, de los no profesionales, con la mezcla de más y menos titulados, en desafío a las jerarquías, con la presencia de mayorías (como mujeres) y minorías (religiosas, étnicas, de género), entre otras características novedosas y resultantes de los movimientos sociales (Funari 2009).

El contexto de la Guerra Fría (1947-1989) fue seguido de un mundo multipolar, con fenómenos crecientes de identidad (nación, religión, género), de intereses de grupo, con fuerzas de fragmentación paralelas a movimientos contradictorios de rechazo al convivio de diferentes y con las diferencias (Funari y Menezes 2016). Esto estaba dynamei (Marx 1857) desde los principios de la nueva época, como atestiguaran las guerras étnicas, masacres y retos a los sistemas políticos, tendencias todavía más claras en los años más recientes. Hartog (2003) asociaba eso al abandono de retos futuros compartidos en beneficio de particularismos de grupos en el presente.

La cuestión central planteada por González-Ruibal et al. está, curiosamente, construida desde la perspectiva de un grupo de personas que encuentran o reconocen hasta estos tiempos presentes, la existencia del proceso de politización de la arqueología en un continente alineado, por cosas de esa guerra fría, con la caricatura de científico social que existe en la arqueología latinoamericana. En esta región, y salvo en los círculos cerrados y aislados de la arqueología marxista, la noción de una arqueología para el pueblo es apenas un acto de extrema imaginación. La arqueología, lenguajes y cultura material han sido exclusivamente, como toda narrativa histórica oficial, patrimonio de pocos. Si es aplicado o no, el debate propuesto solo refleja el abismo descubierto por los autores entre su visión de mundo y la realidad.

De ello se desprende que su propuesta de la arqueología como productora de conocimiento se represente a partir de una forma de pensar curiosamente ingenua: primero, porque la arqueología es o ha sido o estado aislada de otras disciplinas que tratan de ese tema, de las industrias y ciencias dedicadas al pasado y a la pedagogía de la enseñanza del pasado; segundo, porque piensan que la enseñanza y, por lo tanto, construcción de nuevos sujetos, unos para una sociedad diferente, requiere de arqueólogos; tercero, porque piensan que las personas, sea cual sea su origen, no saben usar los objetos, la cultura material, o su conocimiento, sea este o no producto de geniales intelectuales. Se presume sin reflexionar en ello, que los individuos, grupos o comunidades requieren de un mediador experto para comprender o usar el pasado. Quien ha leído un poco sabe que imágenes y objetos son o tienen valor de uso. Para los poderosos y para quienes no tienen poder. Es solo para alguien que se educó leyendo a Lewis Binford que se piensa que la arqueología es un campo imprescindible para interpretar de forma adecuada lo que el arqueólogo del momento quiere hacer con su trabajo.

Calvino, en su "Tratado sobre las Reliquias" publicado en pleno siglo XVI, lo sabía. La cultura material y la historia deben tener un valor en la construcción del pensamiento racional crítico, valor fundamental religioso para el reformador. En contra claro está, del valor de reliquia dado al objeto por la institución apostólica romana. La denuncia del populismo reaccionario, del neoliberalismo, en este sentido, llega tarde y los autores así lo anotan. Dicho esto, se demuestra de nuevo que los arqueólogos no leen, o ignoran deliberadamente, los debates que desde comienzos de siglo XX se han dado al interior del campo de la historiografía. Otro efecto más de la intervención directa de la política cultural norteamericana durante la Guerra Fría y, en esa medida, de la arqueología norteamericana funcionalista sobre el proceso, de formación de arqueólogos latinoamericanos y de los proyectos y dineros destinados a la investigación en arqueología en la región. Es decir, queda claro que el hecho de que historiadores y arqueólogos se eduquen de forma separada, y que muchos arqueólogos se hayan educado como antropólogos, demuestra que este debate apenas salta a la escena como novedad si uno se educó aislándose de las bibliotecas. La herencia más nefasta de ello hasta el momento, en ese respecto, fue la exclusión de la historia que, no solo en este campo, sino en la escuela se relegó junto con la geografía a un oscuro espacio denominado ciencias sociales.

La propuesta de nuestros autores se deriva exclusivamente del hecho de que el neoliberalismo permitió que este tipo de polémicas y discusiones políticas academicas existieran en un medio que erradicó de su entorno desde hace décadas, la participación en política pública y se dedicó a lo que Bourdieu llamaba radical chic. Se elimina la historia y los nacionalismos y aparecen los teóricos del pretérito que trabajan en el esquema abstracto del universo material del comportamiento y los modelos decimonónicos seudodarwinistas de evolución social o cultural. La política se reinterpreta desde la perspectiva propia de los economistas.

Pero, diferente de lo pregonado por los clásicos de la antropología en general, y por Binford y sus alumnos, que habitan en todo el espectro de ecosistemas de arqueólogos latinoamericanos, que eliminaba por definición, toda participación de la comunidad en su trabajo de experto intérprete, y cuyo fantasma continua asombrando los salones de clase, las comunidades no solo saben lo que hacen, sino coherente o incoherentemente con ello, actúan. Y aun bajo condiciones adversas, efectivamente, actúan. Sin importar el tipo de Estado o gobierno que sea. Y cabe además aclarar que otras antropologías lo han venido evidenciando, incluso en su compromiso sociocultural, académico y político desde la década de 1950.

Por otro lado, las lecciones de historia de bachillerato permitirían comprender que el populismo no ha sido específicamente la enfermedad, sino el síntoma de procesos históricos, pero de nuevo, aún resuenan las palabras de Finley, enunciadas en los años de 1970, sobre la pobre concepción o conocimiento que tenían los arqueólogos de la historiografía. El apelo a conceptos como pueblo no ha sido más que una estrategia de control y movilización efectiva y la arqueología, más allá de su trabajo en el campo de la patrimonialización, sea esta positiva o analítica, etc., ha participado en el desarrollo de visiones de mundo, creado pueblos a partir de conjuntos de objetos llamados "cultura"; no solo no es del pueblo, sino que los ha creado y los efectos de ello en la realidad han sido efectivamente, más devastadores que la "economía naranja", el turismo o el neoliberalismo; al parecer no toma conciencia de ello aún, y no solo de su disfraz de ciencia, sino que camina desnuda, como el rey del cuento, como disciplina, y ha sido siempre una fuente fecunda de políticas públicas y de concepciones de raza, cultura, etc.

No habría que señalar esto de nuevo hoy en día, pero hay que considerar que la formación del arqueólogo contemporáneo está más cercana a la de un técnico en excavación o de gestión en residuos que de la de un intelectual políticamente activo. Como decía el escritor español, Enrique Poncela, y para responder a algunas de las cuestiones de los autores del texto que comentamos, todo arqueólogo es por naturaleza, conservador.

La Arqueología ha reaccionado de manera fragmentada a todo eso. Muchos han preferido cerrar filas en defensa del aislamiento de las cuestiones sociales y políticas, en defensa de una ciencia positivista y alguna vez elitista. Pero las tendencias humanistas, abiertas a la diversidad (Bastos y Funari 2008), al trabajo conjunto con indígenas (Endere et al. 2008; Funari 2008; Funari y Robrahn-González 2008a), comunidades (Campos et al. 2017; Ferreira 2008) minorías (Ferreira 2009) y mayorías, continuaron y fueron profundizadas, así como la atención a temas importantes para grupos en el presente, como son los familiares de personas perseguidas o muertas (Funari y Zarankin 2006; Justamand et al. 2004, 2017; Soares y Funari 2014, 2015). Como resultado, fueron creadas publicaciones periódicas sobre tales temas como Arqueología Pública, Arqueología Contemporánea, así como innumerables libros y otras iniciativas en diferentes continentes e idiomas. En Latinoamérica, en especial, el fin de la Guerra Fría ha coincidido con creciente participación de las colectividades en la vida pública. Entre las consecuencias, estuvo la aprobación de legislación nacional, provincial (de estados) y municipal de protección a la diversidad ambiental y patrimonial (Funari y Robrahn-González 2008b). Esto fue una conquista del involucrar de las personas en la gestión pública, con impactos directos en la privada sujeta a las leyes de protección (Funari 2010; Funari y Bezerra 2012). Estas son pues el resultado de movimientos sociales profundos y que beneficiaron los trabajos de campo en Arqueología (entre otras áreas fuera del horizonte de este artículo, como las ciencias ambientales y biológicas), así como la investigación, la educación de masa (formal y no formal), los cursos de grado y posgrado, la formación de cuadros. Mientras la Arqueología era antes restricta a pocos, hoy en América Latina, para quedarnos en esta área, es mucho más difundida, con gente de las diversas comunidades, etnias y grupos de comportamiento (indígenas, negros, feministas, gays, para citar solo a algunos: Funari y Menezes 2017; Tega y Funari 2015).

En este contexto, algunos aspectos del análisis de Alfredo González-Ruibal, Pablo Alonso González y Felipe Criado-Boado, parecen muy certeros, empezando por la consideración del carácter complejo de la sociedad actual. De hecho, el capitalismo tiende a acentuar las divergencias y la competitividad, la creación de ganadores y perdedores, los valores individuales ante a los colectivos, principios mismos del capital como sistema general de valor monetario y de todo más. Parece con todo que todas las sociedades han sido tanto cohesivas como fragmentadas por conflictos internos, dos polos del comportamiento de la especie humana. Esto significa que el capital no deja de basarse en sentimientos profundos. Diferentes autores intentaron explicar la agresividad humana, la imposición jerárquica, los conflictos inherentes a toda relación humana de diferentes maneras, de Freud a Foucault, para quedarse con los científicos modernos, pero tal vez fuera el caso de recordar Heráclito (fr. 53), nóAEuoq nonrip ttcívtcúv- Polemos pater panton, el conflicto es padre de todo, retomado por Heidegger (1983:66) y contrastado por Gandhi (Fried 2013). Por eso mismo, por la agresividad humana, muchas reacciones religiosas o laicas enfatizan el respeto al otro, como la regla de oro (trata a los demás como querrías que te trataran a ti). Frente a la creciente intolerancia al diverso, esta defensa a los derechos humanos parece más necesaria que nunca, responsabilidad especial de los arqueólogos, como estudiosos de lo humano.

Por esos motivos, el énfasis del artículo en problematizar y complicar narrativas, en un pedagogía crítica y transformativa y la superación de la dicotomía entre patrimonio crítico y aplicado es adecuado e importante, en general (Holtorf 2018), y en Latinoamérica con buenas prácticas y experiencias (Oliveira y Funari 2011). Esto está en relación con las condiciones sociales locales que, por violencia, explotación y desigualdad han contribuido para la crítica, como atestiguan pensadores como Paulo Freire (1970; pedagogía crítica, "aprender juntos") o Fernando Ortiz (1978 [1940]; transculturación, "vivir juntos"). Ese fondo humanista fue esencial para prácticas y teorías humanistas en la Arqueología Latinoamericana.

Las críticas de los autores a la tolerancia, al humanismo, al cosmopolitismo, al políticamente correcto parecen pues peligrosas. Por un lado, van en dirección de la agresividad humana, aunque como reacción. Además, en las condiciones concretas de violencia, desigualdad y exclusión social, la defensa de la intolerancia va a ser usada por los más fuertes contra los más débiles (pobres, indígenas, negros, gays, mujeres, entre otros). Al contrario, la Arqueología con las personas (pública, comunitaria, indígena, coparticipativa u otras) puede ser productora de vidas más felices y críticas. El contacto con los foráneos, el cosmopolitismo, contribuyó y contribuye para vidas más bien informadas, abiertas al diverso. Los arqueólogos latinoamericanos han aprovechado mucho ese contacto, que contribuyó para una práctica más abierta. Un llamado a la tolerancia es tan necesario como un llamado por la convivencia (Marquart-Pyatt y Paxton 2007; Sem 2009). Llamado por la tolerancia.

Agradecimientos:

Agradecemos a Rosano Bastos, Márcia Bezerra, María Luz Endere, Lúcio Menezes Ferreira, Michel Justamand, Tobias Vilhena de Moraes, Inés Soares, Nanci Vieira Oliveira, Plácido Cali, Glória Tega, Andrés Zarankin y menciono el apoyo de Unicamp, Fapesp y CNPq; a la Universidad El Bosque y a Ana Isabel Mendieta, directora del Departamento de Humanidades de la Universidad El Bosque. La responsabilidad por las ideas es solo de los autores.

Referencias Citadas

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1Nota de la editora: Chungara Revista de Antropología Chilena presenta los comentarios críticos realizados por ocho arqueólogos latinoamericanos al estimulante y provocativo artículo recientemente publicado en inglés “Against reactionary populism: toward a new public archaeology” en la revista Antiquity 2018, 92 (362):507-515, de los autores Alfredo González-Ruibal, Pablo Alonso González y Felipe Criado-Boado, cuya versión en español se encuentra disponible en www.chungara.cl. Los destacados arqueólogos Manuel Gándara Vázquez (México), Wilhelm Londoño (Colombia), Pedro Paulo A. Funari y Andrés Alarcón-Jiménez (Brasil), Henry Tantaleán (Perú), Alejandro Haber (Argentina), Félix Acuto (Argentina), y Dante Angelo (Chile), contribuyen sustancialmente al debate, desde sus visiones críticas de cómo el patrimonio y la arqueología pública es entendida y practicada en nuestros países latinoamericanos.

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