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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.54 no.1 Santiago jun. 2021

http://dx.doi.org/10.4067/s0717-71942021000100215 

Artículos

Hebras polémicas en el Gulumapu: Historia política del lonko Juan Lorenzo Kolüpi (1819-1850)1

Cristián Perucci-González* 

*Doctor en Histoire et Civilisations, École des Hautes Études en Sciences Sociales (Francia). Académico del Departamento de Ciencias Sociales, FECSH, Universidad de La Frontera, Temuco, Chile. Correo electrónico: cristian.perucci@ufrontera.cl

Resumen

El presente artículo traza la trayectoria del ñidol-lonko (gran cacique) Juan Lorenzo Kolüpi, desde su irrupción en la documentación militar de la Guerra a Muerte (1819) hasta su muerte en 1850. El objetivo de fondo es comprender el funcionamiento de la política mapuche de la primera mitad del siglo XIX, a partir de un análisis de los rasgos particulares del personaje y de aquellos que comparte con sus pares. Poniendo el foco sobre algunos episodios importantes por los que pasó, nos damos cuenta de que su poder se construyó en un escenario guerrero que vinculaba los conflictos internos de la sociedad mapuche con las divisiones militares hispano-chilenas. Ese contexto lo dotó de eficacia y vigencia. Sin embargo, dichas propiedades fueron debilitándose en sus últimos años, al punto de tornarse en un actor inconveniente para buena parte de los intereses presentes en la frontera.

Palabras claves: Chile; Gulumapu; siglo XIX; Juan Lorenzo Kolüpi; guerra; hegemonía; acaparamiento; colaboracionismo

Abstract

This article aims to trace ñidol-lonko (great cacique) Juan Lorenzo Kolüpi, from his appearance in military records during the Guerra a Muerte (1819) until his death in 1850. The underlying objective is to understand the operation of Mapuche politics during the first half of the nineteenth century, starting from an analysis of his particular characteristics and those he shared with his peers. Focusing on important events he experienced, we realized that his power was built in a war-like scenario that linked the Mapuche society's internal conflicts with Spanish-Chilean military divisions. In this context, Kolüpi's actions were effective and valid. However, these properties weakened during his last years, to the point where he became an inconvenient actor for much of the present concerns at the border.

Keywords: Chile; Gulumapu; nineteenth century; Juan Lorenzo Kolüpi; controversial threads; central war; hegemony; hoarding; collaborationism

Introducción

La causa de muerte del ñidol-lonko Juan Lorenzo Kolüpi (2 de febrero de 1850) fue, según el predicado de sus familiares, envenenamiento por acción de un tercero2. Los deudos llegaron a esta conclusión apoyándose en los esquemas explicativos tradicionales, a saber: toda muerte es producida por las maniobras voluntarias de algún enemigo, sea una persona o un espíritu3. En este caso, sostiene el informante Lorenzo Kolüman, “todos supieron que Zúñiga le había dado veneno por encargo de Mangin”4. La sindicación del capitán de amigos Nekulpag Zúñiga como autor material era comprensible, pues llevaba algunos años cultivando una recíproca antipatía con Juan Lorenzo Kolüpi. Desde una óptica coyuntural, a fines de la década del 1840 Nekulpag Zúñiga operaba de forma activa entre Arauco y el Malleco, ensombreciendo el influjo de este último en dicha zona y erigiéndose como uno de sus mayores antagonistas. En términos funcionales, ambos ofrecían canales de diálogo entre el mundo mapuche y el winka (hispano-chileno). Pero Juan Kolüpi representaba un liderazgo desgastado, contradictorio, del cual Nekulpag Zúñiga se sirvió para oponerse y reagrupar una serie de voluntades en su propio favor.

Por su parte, la imputación del ñidol-lonko Juan Mangiñ Wenu en el deceso de Juan Kolüpi era una reacción tanto o más comprensible, pues arrastraban una hostilidad mutua desde principios de la década de 1820. Ambos tuvieron un papel protagónico en la Guerra a Muerte (1819-1824) y, a partir de ahí, alineados en bandos contrarios, habrían dado vida a una profunda animadversión que se mantuvo vigente desde entonces.

Juan Mangiñ y Nekulpag Zúñiga no solo eran grandes rivales de Juan Lorenzo Kolüpi en 1850. También detentaban una gran fuerza e influencia suficiente para eclipsar y desafiar a largo plazo su poder al interior de la sociedad mapuche, y menoscabar sus vínculos políticos con la agencia chilena en la frontera. A pesar de sus antiguas rencillas, los presuntos asesinos bien podían estar alineados y asociados contra Juan Kolüpi en las convulsionadas circunstancias en que ocurrió su muerte. Así puede desprenderse de la Memoria de 1850 del general José María de la Cruz, que por entonces era el intendente de Concepción5. En la antesala de la Revolución de 1851, las adhesiones de los lonko y caudillos al sur del Biobío se hallaban en un momento de redefinición. Las tensiones faccionales se abrían a nuevos focos de conflicto político, configurando una compleja disposición de los actores que sobrepasaba el triángulo Kolüpi-Mangiñ-Zúñiga. Sin embargo, quienes investigamos la historia mapuche solemos caer en el error de descartar otros intereses –tanto de origen winka como mapuche– cifrados en esta muerte6. Acostumbramos a aprehender el colaboracionismo de Juan Lorenzo Kolüpi como una realidad carente de tensiones, e influenciados por la magnitud de esta enemistad, hemos pasado por alto las crispadas relaciones que entretuvo con varios lonko y caciques locales –en especial los del Lafkenmapu y Cholchol.

Digamos que las contiendas entre los lonko decimonónicos no solo funcionaban apoyando o rechazando la organización estatal, tal como nos hemos representado el papel histórico de Juan Kolüpi y Juan Mangiñ. Aquella división binaria de origen hispano-chileno, que separaba a realistas de patriotas, fue la expresión más visible y común sobre la cual se enunció la posición de los jefes mapuches, aunque en ningún caso reflejaba la multitud de conflictos por los cuales transitaron sus rivalidades. Los vínculos ideológicos y las alianzas contraídas con los bandos patriota y realista constituyeron perfiles visibles de la polémica, que se conjugaron con otros de naturaleza diferente y más difíciles de percibir. En palabras sencillas, las tensiones entre los lonko se desplegaban en diferentes planos –económico, geográfico, diplomático, político– que motivaban una serie de prácticas colectivas tendientes a saldar cuentas no resueltas. Dentro de estas, destacamos los ciclos de venganza y los distintos tipos de malones que podríamos adjetivar como hegemónicos, por una parte, y de acaparamiento por otra. Guiándonos por el destino biográfico de Juan Lorenzo Kolüpi, en este artículo intentaremos explorar las causas internas de tal agitación, sus nexos con la agencia winka y su proyección a lo largo de treinta años.

Cuando hablamos de conjugación de perfiles polémicos no estamos haciendo referencia a segmentos diferenciados de un mismo conflicto, sino al cruce imprevisible de causas, fines y prácticas guerreras. Ideologías, alianzas, venganzas y malones entretejían una compleja trenza bélica que caracterizó a la sociedad mapuche de la primera mitad del siglo XIX. Las hostilidades entre los lonko estaban atravesadas por estas líneas de tensión que llamamos hebras. De alguna manera sus vidas como personajes públicos, son el resultado de este tejido. Por consiguiente, la figuración política de Juan Lorenzo Kolüpi nos permite entender cómo se formaban y se proyectaban estos perfiles polémicos. A través de su vida podemos ver la particular manera en que la Guerra a Muerte preparó y dispuso el campo para la Guerra de Pacificación (1862-1883), vinculando la agencia hispano-chilena con el funcionamiento de la política mapuche. En ese sentido, conviene señalar que patriotas y monarquistas también apoyaron las causas mapuches al reforzar su expresión territorial, al agitar o moderar su fuerza guerrera, económica y política. Ante esta perspectiva, el empleo de la fuerza mapuche a favor o en contra de la causa del Rey, más que abolir la guerra interétnica, la recubrió con un nuevo vocabulario, estableció macrorrivalidades que reforzaron contiendas preexistentes, o prefiguradas, las cuales se desplegaron con gran importancia entre ambas guerras7. Dicho esto, nuestra propuesta considera a Juan Lorenzo Kolüpi como un tipo de poder adecuado al contexto y a las necesidades de las décadas de 1820 y 1830, pero discordante con el tejido político y social que se va formando a partir de la década de 1840. Un poder ensombrecido por los cambios de época y su falta de adaptación a los tiempos, al punto de volverse incómodo para los intereses estatales y de numerosos lonko.

Es fundamental tener en mente que su vida no puede explicarse si la separamos de la de Juan Mangiñ. Ambos estuvieron a la cabeza de la política mapuche en la primera mitad del siglo XIX, contrastando el uno con el otro, participando de una misma idea de poder cuya amplitud conceptual posibilitó la existencia de diferentes formas de ejercerlo. Para articular nuestro argumento, intentaremos ver de qué manera las relaciones públicas entabladas por Juan Kolüpi durante la Guerra a Muerte modelaron sus rasgos de gran figura política. Debemos considerar que la aparición de nuevos actores en la década de 1840 (en especial los misioneros franciscanos y capuchinos italianos) y la diversificación de las bases que constituían la potestad de los lonko, lo hicieron un actor prescindible para mapuches y winka. Y también, que la multiplicación de los canales de diálogo entre ambas sociedades fue dejando en la obsolescencia al modo autoritario en que ejerció su gobierno8, en especial sus conceptos relativos a la propiedad y a su papel de redistribuidor entre quienes habían aceptado su mando.

Acerca del compromiso patriota de Juan Lorenzo Kolüpi

Benjamín Vicuña Mackenna no entrega mayores detalles sobre el papel de Juan Kolüpi en la Guerra a Muerte y los orígenes de su cacicato9. De alguna manera, asume que su preponderancia pública en las décadas de 1830 y 1840 son consecuencia –o, mejor dicho, la prolongación– de una sólida manifestación de poder vigente desde los decenios anteriores. Si bien esta idea no es del todo errada, entrega una versión simplificada de una historia bastante más compleja. Aquello puede entenderse considerando que La Guerra a Muerte es un texto redactado décadas después de los hechos, y donde las informaciones orales recopiladas por su autor probablemente tuvieron los ajustes propios del tiempo y la trascendencia histórica a posteriori del personaje en cuestión. Pero, sobre todo, porque el sujeto de esta obra no es en ningún caso el mapuche. Se trata de un conflicto donde los criollos de bando y bando son el agente total de la concepción y la implementación de la guerra, dejando a los “indios” al margen de toda incidencia mayor que no fuese un número de hombres apoyando o rechazando al Monarca o a la patria.

El tono de Claudio Gay parece ser más apropiado respecto de la grandeza de Juan Lorenzo Kolüpi en ese momento, pues, sin menospreciarlo, deja entrever que su relativa juventud lo situaba entonces en una segunda línea de importancia con respecto a sus hermanos y con respecto a otros guerreros nagche (abajinos)10. En el volumen VIII de su Historia física y política de Chile es bastante explícito en señalar este papel subalterno: justo después del desbande monarquista de las Vegas de Saldías (octubre de 1821), el victorioso capitán Manuel Bulnes partía destacado hacia Nacimiento con el objetivo de combatir las fuerzas de Juan Manuel Picó11. Allí, dice:

“[Bulnes] contaba además […] con un gran número de indios, capitaneados por los caciques Lempi, Peñoleu y hasta con Colipí, ganado ya por [Luis] Salazar y en esta ocasión ayudante no más de su hermano el cacique Millan. Pero el auxiliar de mayor confianza era el intrépido Venancio Coyhuepan, cacique el más arrojado, el más político y el más astuto de la época”12.

La información que entrega el naturalista francés resulta bastante valiosa. No solo indica el supuesto emplazamiento de Juan Kolüpi en un segundo plano político y guerrero, sino, también, induce a preguntarnos sobre su voluntad de apoyar a los patriotas. Conforme a la cita de Claudio Gay, su convencimiento no habría estado presente desde el comienzo. El autor insiste en ello al indicar que, tras arremeter contra un contingente comandado por Juan Manuel Picó y el ñidol-lonko Francisco Marilwan, en las cercanías de Angol, el comandante patriota Luis Salazar “hiere al famoso Colipí, quien desde aquel momento pasó al servicio de la patria”13.

No está demás señalar que la diplomacia mapuche nunca tuvo entre su repertorio la neutralidad. No podía hacerlo, pues, a pesar de haber tenido contactos y negociaciones con otras fuerzas imperiales (británicos y neerlandeses), el peso de la potencia colonial hispana determinaba sus relaciones externas, eliminando todo margen de opción. Ahora que este universo winka se partía en dos, lo normal era tomar partido por alguno de los contendientes, pues no participar de la guerra hubiese significado una dramática pérdida de influencia política14. Pero, ¿qué motivos llevaron a Juan Lorenzo Kolüpi y al resto de los lonko a optar por una u otra opción? Interpretando esta última cita de Claudio Gay, Juan Kolüpi habría resuelto apoyar a los patriotas tras ser herido por un caudillo de dicha causa; es decir, se pasa al bando vencedor tras ser derrotado en combate. Pero no todos los investigadores consideran que las cosas hayan sido así. En “Los araucanos y la revolución de la Independencia” (1910)15, Tomás Guevara considera los nexos personales que habrían tenido los lonko con diversas autoridades hispano-criollas como razón de fondo para explicar sus alternativas. Según este autor, los franciscanos de Chillán “persuadieron a Mariluan en favor del rey y le infiltraron en su alma un odio profundo a los insurgentes”, siendo esto fruto de una “amistad estrecha y de muchos años con los misioneros de Chillán”16. Luego, señala:

“[…] los caciques Martín Toriano, Juan Neculman y Chuica, cabezas de cantones en la alta cordillera, estaban comprometidos en favor de la liga realista; ejercía un marcado predominio en estas indiadas el jefe realista Bocardo, el cual, como hacendado antiguo y comandante de milicias de Rere, debió tener con ellas antes de la independencia las vinculaciones oficiales y las del comerciante”17.

Hasta cierto punto, estos planteamientos son una forma velada de despolitización de la sociedad mapuche, muy común en los textos del siglo XIX, pues pretenden enfatizar el “ascendiente personal de las personalidades fuertes” como factor elemental en la toma de decisiones18. No sería este el caso de Juan Lorenzo Kolüpi en la perspectiva de Tomás Guevara, quien sostiene que “la tradición entre los indios asegura que [Kolüpi] en su resolución de hacerse patriota pudo más el odio y el temor a Mangin, su rival implacable, que un sentimiento de simpatía a la república naciente”19. Si reconstruimos la secuencia apoyándonos en los aportes de Claudio Gay y Tomás Guevara, notamos que las asociaciones de Juan Kolüpi con los grandes jefes militares patriotas – Andrés de Alcázar, Luis Salazar, Pedro Barnachea y Manuel Bulnes– son motivadas fundamentalmente por la voluntad de enfrentar a Francisco Marilwan y Juan Mangiñ. Es decir, hay una genuina opción por establecer nexos con el bando patriota que lo posicionen contra los lonko wenteche (arribanos). En esa línea, cuando Tomás Guevara se apoya en los testimonios póstumos entregados por sus diversos informantes, de alguna manera intuye la operatividad política de la venganza que analizaremos más adelante.

Atendiendo a la inexistencia de neutralidad y a la anomalía que significaba para un observador mapuche esta guerra entre criollos, es posible que el elemento deliberativo haya dependido en algunos casos del “ascendiente personal”20. No obstante, existen evidencias de mecanismos más complejos y refinados en la toma de decisiones. Según un testimonio del año 1823, recogido por el diputado Hilarión Gaspar:

“[…] se hallaba[n] en Tucapel los indios en juego de chueca rifando al rey con la patria para resolverse a salir y que en ese día de su salida tuvo noticia que el partido de la patria tenía ganada tres rayas, y que la otra que faltaba la habían dejado para el día siguiente. Dice también que en los llanos hubo juego de chueca en que salieron las partidas iguales y que con este motivo le vino [sic] al cura Ferrebú citándolo para el primero del entrante para tratar sobre la materia”21.

Aquí estamos en presencia de una de las funciones resolutivas del palin (chueca) poco explorada por los estudiosos de esta práctica lúdica. No se trataba de reemplazar la guerra por un ritual o una alegoría, que, en este caso, aunque no enfrentaba a miembros de una misma comunidad, acabaría por arrastrar hacia sus fauces a los lof (comunidades) fronterizos. La inviabilidad de tomar una decisión basada en argumentos racionales permitía la emergencia del juego de palin, un tipo de aporía dentro de un contexto donde necesariamente se debía tomar partido por alguna de las facciones beligerantes. Parafraseando a Johan Huizinga, en este lance de palin lo esencial y primordial era la decisión de una lucha reglamentada; es decir, la decisión sobre materias serias en un juego y por un juego22. Desde esta perspectiva, el palin constituía un reducto en el cual la decisión última seguía estando en manos mapuches, y donde la presión de los caudillos realistas y patriotas era infructuosa.

La documentación es más abundante para aquellos casos en que el mecanismo para decretar el apoyo a un bando u otro era la presión directa ejercida sobre los jefes mapuches. Las estrategias de seducción dirigidas a los lonko –en general a los lof– para alcanzar su convencimiento de ordinario apuntaban a ofrecer alternativas tendientes a reforzar su valor político. Al mencionado ascendiente personal, podemos agregar las antiguas técnicas de persuasión que apelaban a necesidades materiales y prácticas, y, del mismo modo, al prestigio guerrero y la ambición por la hegemonía regional23. En carta a Ramón Freire, el general patriota Andrés de Alcázar señalaba:

“[…] con Colipí con 14 mocetones corrimos a Tolpán donde se hallaba el cacique alzado Caiñunirr que murió con 4 o 5 mocetones se les tomó mil cabezas de ganado ovejuno el que allí se consumió entre los indios aliados, y nuestras tropas, se les tomó 100 y tantas vacas algunos se dieron los caciques para más comprometerlos”24.

En este caso, la entrega de ganado maloqueado a los lonko es una estrategia de consolidación del compromiso con la causa patriota, simultánea al despojo que se hacía al enemigo de sus recursos. Más que necesidades materiales, la acumulación de ganado generada por la venia de los militares apuntaba a una especulación política, al menos en estas circunstancias de guerra. Al ser un receptor privilegiado de esta distribución de animales tomados en un malón, Juan Kolüpi iba creciendo en su condición de ülmen (jefe y hombre rico), mientras en paralelo se hacía dependiente de la anuencia de los militares. Algunos meses después, el mismo Andrés de Alcázar confesaba:

“La guerrilla que dije a US había mandado a cargo del capitán de milicias don Luis Salazar a la plaza de Santa Bárbara, llegó ayer con buen éxito: sorprendió aquel punto, mató doce enemigos y el oficial Barriga escapó en los montes; se les quemó la casa de provisión donde tenían harinas, trigos y vinos, y se le trajeron entre mulas y caballos más de ciento; se han repartido entre todos, y particularmente a ocho indios que fueron de los de Colipi se les ha mejorado en todo”25.

Para un joven ambicioso como Juan Lorenzo Kolüpi, la Guerra a Muerte era una oportunidad para dejar de ser un cacique de rango secundario y ser un gran lonko. Además de corroborar este vínculo con los patriotas que lo encumbraba en un plano político y económico, impulsaba su liderazgo al desplegar de forma simultánea y coordinada sus facetas de negociador y de jefe guerrero26. Aquello puede colegirse de una carta de 1819 donde el sargento mayor Gaspar Ruiz señalaba:

“[…] el indio respetado Juan Colipe de Angol muy amigo mío […] traté con él acerca del sosiego de la tierra, este indio ha seguido trabajando, y en estos días pasados ha mandado dos mensajes haciendo ver que va consiguiendo la quietud de la tierra […] solo le queda el Guitranmapu de llanos que ya están trabajando por traérselos con ellos que si no lo consiguen por bien a fuerza de malones los harán que cedan”27.

Vemos que la presión de los caudillos opera como una cascada, pues los lonko son empujados a presionar, a su vez, a otros lonko subordinados o de segunda línea. Juan Kolüpi entiende que, de no funcionar la persuasión, deberá incurrir en el malón para “traer” a las otras parcialidades hacia su causa. En el lado monarquista se operaba de igual forma. El mismo Gaspar Ruiz indica que los caciques pewenche Calbuqueu, Llancamilla y Trecaman le ofrecieron cooperación tras haber sido perjudicados por el cacique Chuica, quien “quería darles malón por no decidirse ellos a favor de los realistas”28. Insistimos en la fuerte presión que se ejercía en aras de producir este compromiso de lealtad en las parcialidades mapuches, compromiso que se materializaba tanto en el convencimiento de otros grupos como en la facilitación de kona (mocetones). Por ejemplo, en la obligación de salir de Nacimiento hacia el interior, Manuel Bulnes hizo un llamado a sus aliados para obtener apoyo, pero

“[…] todos ellos se opusieron fuertemente a condescender a mis instancias a pesar de haberles hecho ver los muchos regalos con que debían contar luego que tuviésemos la satisfacción de reunirnos con VS; ello es que después de una parla de más de dos horas de puras súplicas mías, conseguí con Don Lorenzo Colipi, me acompañase con los mocetones, con los mismos que mañana me pongo en marcha para el punto de mi destino donde a VS espero lo más breve que sea posible”29.

A decir verdad, es imposible saber cuál es el móvil más importante de Juan Kolüpi para actuar a contracorriente de sus pares: ¿Los regalos y agasajos? ¿La asociación estratégica con Manuel Bulnes y Luis Salazar? ¿Demostración de fuerza? También es posible que haya existido una relación de apoyo mutuo con los patriotas, considerando que unos pocos meses antes, frente a la necesidad de enviarle unos mensajes a Venancio Koñuepang, Ramón Freire declaraba que “Colipi dice que se anima a hacer esta diligencia, pero que se le han de dar milicianos de Nacimiento, fusiles y municiones”30. Las fuentes permiten seguir añadiendo motivos que podrían haber alentado la aproximación de Juan Kolüpi hacia los patriotas. Sin embargo, parece importante retomar lo enunciado por Tomás Guevara respecto a las rivalidades internas que habrían condicionado su actuar.

Rivalidades personales de Juan Lorenzo Kolüpi durante la Guerra a Muerte

En otro pasaje de “Los araucanos y la revolución de la Independencia”, Tomás Guevara señala que, a principios de 1820, es decir, antes de los combates de Pangal y Tarpellanca, ocurridos en septiembre de ese año:

“[…] los caciques aliados del valle central, Colipí y Coñoepan, no cesaban de pedir a Alcázar la inmediata invasión de la frontera para marchar unidos a las tierras de Mariluan y Mangin e infligirles el castigo que merecían. Desde mediados del año precedente venía comunicando Colipí al coronel Alcázar la formación de un vutranmapu para atacar a los dos rivales”31.

La anotación de Tomás Guevara revelaría, por una parte, las dotes de negociador estratégico de Juan Kolüpi32. También estaría manifestando que el encono contra Juan Mangiñ y Francisco Marilwan existía, incluso, antes de la década de 182033. En otra de sus cartas, Manuel Bulnes entrega ciertos pareceres que podrían orientar algún tipo de hipótesis al respecto:

“Tengo a la vista la comunicación de VS halladas del 14 y 18 del actual ambas referentes a la rapidez con que debo hacer la invasión contra Mariluán el que creo imposible de efectuarlo como VS me lo ordena sin tener que disgustar a nuestros indios aliados quienes solo se empeñan en acabar con la reducción de Collico por ser la más inmediata a sus tierras […] el empeño de los caciques es el llevarse la división a Lumaco para la seguridad de sus casas e intereses”34.

En efecto, las fricciones entre lumaquinos y collicanos –que es una manera despersonalizada de decir entre Juan Kolüpi y Juan Mangiñ– podrían explicarse por motivos geopolíticos. Rolf Foerster entiende que “esas rivalidades respondían a los linchamientos territoriales (arribanos-abajinos-costinos-ultracautín-pehuenches, etc.) o a las tensiones internas de los segmentos (incluso en el seno de un mismo rehue)”, las cuales serán, en consecuencia, “manipuladas” y “potenciadas” por los gobiernos y sus propios revolucionarios35. No es casual que sea Manuel Bulnes quien perciba este eje de división, y que casi treinta años después, ya en la Presidencia de la República, sea su ministro Antonio Varas quien le aconseje las ventajas de promover la fragmentación en aras de someter a la población mapuche36. Insistimos, la vecindad de estas agrupaciones bien puede tomarse como el punto de partida de su enemistad, pero no puede ser vista como su única dimensión. De ahí que nos preguntemos, ¿por qué razones estas disputas políticas adoptaron un perfil personal, tal como lo afirman Tomás Guevara y tantos otros, tal como las mismas fuentes lo señalan?

Nuestra propuesta mezcla algunos elementos teóricos con otros factuales. Digamos que Juan Lorenzo Kolüpi debió competir al interior de las agrupaciones nagche por la primacía de su liderazgo. Allí se aprecia con mayor claridad la condición segmental de la organización política mapuche reconocida por Martha Bechis:

“Los llamados abajinos de las llanuras de la Araucanía, la zona más densamente poblada de toda el área, formaban una agrupación segmentada en varios famosos cacicatos. Otras agrupaciones se caracterizaron por su unidad política como fue el caso de los arribanos en Chile, unidad liderada por un solo jefe y formada por relaciones de parentesco muy extendidas”37.

Esa competencia interna entre jefes nagche estuvo latente hasta el fin de los días de Juan Kolüpi e, incluso, se prolongó entre sus sucesores. En ese sentido, para afirmar la supremacía doméstica, era necesario trenzarse en contiendas con los grandes jefes de los butalmapus (distritos) vecinos, en especial los wenteche, equipararse con ellos, homologar sus roles. Como hemos podido apreciar hasta ahora, esas agrupaciones contaban con dos liderazgos mayores al momento de la Guerra a Muerte –no solo uno, como señala Martha Bechis en este pasaje–, los cuales, además, tenían una expresión territorial bien perceptible. Nos referimos a Francisco Marilwan, asentado al norte del Malleko –cuyo centro de operaciones se hallaba en Mulchén–, y Juan Mangiñ Wenu, al sur del mismo río –que para entonces tenía su lof en Collico. De tal manera, el emplazamiento geográfico de Francisco Marilwan revestía una importancia estratégica mayor, pues hacía frente en primera línea a la Alta Frontera. Asimismo, este último pertenecía a la generación del viejo Venancio Koñuepang, algo mayor que la de Juan Mangiñ y Juan Kolüpi; es decir, contaba con un recorrido político longevo, y su poder se hallaba más asentado cuando estalló la Guerra a Muerte.

Francisco Marilwan era un aliado fundamental, tanto para monarquistas como para patriotas. Ambos bandos se disputaron su favor, y ninguno lo consideró su enemigo de fondo, sino, más bien, un aliado potencial. En su calidad de ñidol-lonko fronterizo y realista, era un obstáculo y a la vez un peligro. De ahí la importancia que los patriotas le asignaron a la tarea de arrebatar su favor a los monarquistas. Es más, existe una carta redactada por Pedro Barnachea a Francisco Marilwan, que es una manifestación palmaria de esta mecánica de la seducción. En un tono conciliador y, a la vez, amenazante, el militar chileno le espeta no haber logrado imponer su postura a collicanos y lafkenche (costinos) en favor de la paz, le hace saber que puede contar con las fuerzas militares patriotas si lo necesita, y que la caza a Juan Manuel Picó pasa por la propia determinación y autoridad de Francisco Marilwan38. Dice Pedro Barnachea:

“Ya estoy cansado de tanto esperar y no sé cómo Picó sostiene su opinión en medio de unos amigos nuestros como lo es Ud. Si este no ha sido completamente distribuido [–¿destruido?–], es porque no he querido internar tropas sobre él, solo por cumplir religiosamente mi palabra que di a Ud. cuando empezamos a negociar; pero como ya no quiero ni puedo sobrellevar por más tiempo la tenacidad de este hombre solo espero su contesto para hacerle entender que mis tropas le pueden dar los buenos días en su mismo alojamiento, cuando Ud. me haya confesado que no es su amigo, y no puede serlo cuando Ud. es amigo mío […]. Últimamente es preciso hacer ver a Ud. que Picó ha mandado a este lado del Bío-Bío a robar y llevar familias. A vista de este hecho escandaloso debí yo haber mandado una división sobre él por el derecho de represalia que a nadie le es negado; pero no he mandado un soldado por ser hombre firme en mis palabras como he dicho anteriormente. No solo una sino muchas veces se ha convidado a este hombre con la paz, y con la protección de las leyes; se ha negado y se niega hostilizando cuanto puede, y su resultado es preciso sea una de estas dos cosas: convidarlo a la misma paz, o declararle la guerra si no la admite”39.

La estrategia de Pedro Barnachea era neutralizar a Francisco Marilwan –en ese entonces principal aliado de Juan Manuel Picó–, para luego dedicarse a perseguir a las otras fuerzas realistas. De forma sintética, digamos que una vez muertos los principales montoneros realistas –Vicente Benavides (febrero de 1822) y Juan Manuel Picó (octubre de 1824)– la obsesión de los revolucionarios se volcó en contra de los hermanos Pincheira. Pareciera ser que una de las fases más complejas de este plan fue la seducción de Francisco Marilwan, intensificada luego del viaje de Juan Manuel Picó a Santiago (1823) y coronada por la celebración del parlamento de Tapiwe (enero de 1825). Más allá de las interpretaciones en torno a los contenidos y los conceptos del documento emanado de esta reunión, si entendemos el parlamento de Tapiwe en su contexto queda la sensación de que ratificó el final de la gran jefatura política de Francisco Marilwan 40. La fuerza de este último se había visto gravemente mermada por la muerte de Juan Manuel Picó tres meses antes, y Pedro Barnachea aparecía como un aliado interesante, más atractivo y poderoso que otros caudillos realistas que, además, tenían cercanía y afinidad con Juan Mangiñ. Pero la estrategia fue un desacierto, pues, sin haber cortado los nexos con las fuerzas monarquistas, Francisco Marilwan quedaba permeado por la inteligencia patriota. Estacionado en sus territorios al norte del Malleko, con poca movilidad para emprender operaciones efectivas, inadaptado al tipo de guerra de correría, de asalto y retirada, con tolderías trasladables y de difícil acceso, que caracterizaría a las campañas contra los Pincheira. Condenado a la inacción y al riesgo de ser atacado en su lof al estar jugando a dos bandos, en un corto lapso asomó el ocaso de Francisco Marilwan41. Por lo demás, era espiado de cerca por Pedro Barnachea, que a través suyo podía enterarse de los movimientos realistas. Así lo revela una comunicación de este último, enviada en abril de 1826, en que dice:

“[…] ha presentado el maestro platero Paulino Catalán que salió antes de anoche incógnitamente de lo de Mariloan, con la noticia de haber llegado en aquel día Silvestre Bello que había ido de correo a lo de Pincheyra; asegurando Catalán de haberle venido avisar a Mariloan que los Pincheyras quedaban en Culi con gente acompañado del Indio Manil, y Francisco Sánchez […] [Catalán] Me dice también que por hoy los esperaron en Bureo con la determinación de reunirse con Maliqueo y Buchacura, y dirigirse los dos campos a este lado, pues que todos estaban prontos, y que Maliqueo al efecto le mandó a Mariloan veinte caballos buenos, y doce vacas y otros regalos a sus mujeres. Me dice Catalán que Antinao no ha querido salir a la junta; y que en lo de Mariloan existe Sinosain”42.

En esas circunstancias es que declina la influencia de Francisco Marilwan, por su conducción errática y por las condiciones geoestratégicas que mencionamos. Desde entonces emergen con fuerza los liderazgos mapuches realistas que tenían mayor movilidad y vínculos a ambos lados de la cordillera, destacando entre ellos Martín Toriano y Juan Mangiñ Wenu. En la primavera de ese mismo año, en el contexto de las campañas pewenche ejecutadas junto al lonko Melipán, el alférez Juan de Dios Montero relata:

“[…] el día 9 los observamos en medio de las reducciones del facineroso de Toriano no logramos nuestro intento porque se hallaban reunidos con todas sus fuerzas así de naturales como de españoles [,] por haber tenido aviso no atacamos por no más poner nuestra fuerza en el momento de haberlo sabido lo comuniqué con los caciques y sin pérdida de tiempo me puse en marcha para Lonquimay a reforzar nuestras cabalgaduras siempre reunidos con la fuerza de Melipan el día 19 seguimos nuestra marcha y el día 24 dimos el fuerte golpe más reducciones de Lolco en donde tuvimos suerte de hacer felices nuestras armas no se logró de haberlos concluidos porque parte de su fuerza se habían marchado para Puenmapu reunidos con alguna poca fuerza de Pincheira al mando del facineroso Francisco Sánchez y el cacique principal de allí Millalan y Maginbueno el de Collico pero fue mucho el perjuicio que les hicimos”43.

La cordillera es una vez más el teatro de batalla, y Francisco Marilwan no tiene mayor injerencia en el control de este estriado espacio. De esta forma, ya disminuido, la única rivalidad de Juan Kolüpi, que en realidad podía proyectarse en el Gulumapu mientras durase la guerra contra los Pincheira, era la de Juan Mangiñ. Sus soberanías eran contiguas, pertenecían a una misma generación de jefes políticos y guerreros, ambos se hallaban en un momento de consolidación de su poder, cada uno comprometido con uno de los bandos winka.

La guerra central y la hebra vengativa

Mucho se ha reflexionado en torno a la tripartición del hecho guerrero en la sociedad mapuche propuesta por Guillaume Boccara para los siglos XVI y XVIII. Esta división en tautulun (venganza o vendetta), malon (razzia o raid) y weichan (guerra territorial) se basa en múltiples indicadores de análisis: el móvil, la cantidad de kona susceptibles de ser enganchados, la obediencia a un orden que habilita o prohíbe los ataques dependiendo del grado de parentesco y asociación política entre los contendientes, el peso de la ritualidad, entre otros44. Examinando la recepción de los planteamientos de Guillaume Boccara en la historiografía argentina, Guido Cordero reconoce las dificultades metodológicas que existen para distinguir estos tres formatos de la guerra, entendiendo que pueden desplegarse de forma conjunta y que no necesariamente presentan una relación proporcional de magnitud entre ellos45. A la luz de lo señalado por Guido Cordero, que parece más ajustado a la realidad del siglo XIX, pensamos que para entonces se incorporan nuevos indicadores guerreros, como el impacto de la fractura winka y la emergencia de la generación de lonko posborbónicos.

Dichos líderes mapuches fueron criados en un panorama económico y político ajetreado, que conectaba al Atlántico con el Pacífico por medio de redes articuladas de largo alcance, y que acondicionaba sus prácticas comerciales, diplomáticas y guerreras a la naturaleza de los diferentes espacios fronterizos que enfrentaban (Biobío, Valdivia, Chiloé, Carmen de Patagones, Buenos Aires, Mendoza)46. La acción guerrera en que se vieron envueltos estos lonko es de un tipo diferente, pues la combinación de índices no se refleja del todo en el esquema de Guillaume Boccara. Prueba de ello es la existencia de una renovada nomenclatura para referirla o, al menos, para traducirla al castellano (awkan, newentuael, kewan)47. Creemos, sin embargo, que la división de Boccara no es equivocada, aunque para el siglo XIX debe reordenarse a escala conceptual. El tautulun, el malon y el weichan, en su calidad de acciones guerreras asociadas a un móvil particular, constituyen segmentos que se relacionan y, a veces, se confunden, los cuales, en la imposibilidad de expresar su heterogeneidad, terminan entendiéndose como una guerra central o estatal48. Dicho de forma simplificada, son algunas de las hebras polémicas en las cuales durante este periodo se enfrentan mapuches patriotas con mapuches realistas; y, a continuación, a quienes favorecen o se oponen al gobierno. Es decir, la venganza, el botín o el respeto territorial como guerras en sí, asociables a otras guerras, que en su conjunto tejen la trenza bélica que se expresa en apoyo o rechazo al gobierno.

Existen algunos hechos concretos que ejemplifican lo que se ha planteado hasta aquí. En 1823, estando en Concepción, Juan de Dios Rivera dice habérsele “presentado hoy Lorenzo Colipí, acompañado de varios mocetones. En la primera sesión ha pedido con instancia se haga un expreso con el objeto venga su hermano y don Benancio Coihuepan actualmente residente en esta plaza”49. Es decir, el trawun (reunión) con otros lonko aliados de los patriotas no tiene lugar al interior del país mapuche, sino en la ciudad winka más importante del Biobío. Y no es Juan Kolüpi quien invita a dialogar a sus pares, sino la comandancia de frontera que convoca y autoriza el trawun. Estamos frente a un caso donde la guerra mapuche se subordina a la guerra winka en el terreno de la comunicación, y también de la acción. Sin embargo, hay otro caso donde el carácter central de la guerra expresa convicciones ideológicas: estando en Yumbel, Pedro Barnachea denuncia que “acaba de llegar a esta plaza Don Agustín Burgos con la noticia de que los indios se están juntando en Pilguen para salir a invadir estos puntos. Que ayer hicieron una parla y trataron de maloquearnos, y no hacen juicio del Govierno Patrio, y que en conclusión gritaron viva el rey50. Entre los reunidos en Pilwen se cuenta “el cacique Manil, Sinosain, Tiburcio y Francisco Sánchez, todos estos están trabajando fuertemente para reunir las indiadas”51. Se podría argumentar que la nostalgia por el Rey no es real en Juan Mangiñ, que es una concesión discursiva hacia sus compañeros realistas para confirmar su alianza. Pero el ideal monárquico del ñidol-lonko wenteche es bastante más complejo, tiene distintas fases, y las interpretaciones a las cuales ha sido sometido son diversas, pasando por una añoranza del pacto colonial hispano-mapuche, hasta una promesa mística del retorno del Rey, que habría confundido a sus sucesores tras la llegada del aventurero Orélie Antoine de Tounens en diciembre de 1860.

En esta guerra central que encajona la resonancia de sus partes existe una hebra que pareciera ocupar un protagonismo mayor que las otras. Nos referimos a la venganza. Varios son los autores que han visto en ella una plataforma en la que se erigen los fundamentos de la sociedad mapuche, como Tomás Guevara cuando señala que las razones más comunes que propiciaban un malón eran la venganza y la indemnización –o resarcimiento por alguna ofensa o perjuicio52. En su libro sinóptico Usos y costumbres de los araucanos, Claudio Gay no solo la presenta como una forma de guerra, sino como una base sobre la cual se columbra la sociedad y la política mapuche53. Señala:

“[… la] perfidia se manifiesta solo en casos excepcionales, y siempre de manera individual, como ocurre con ciertos caciques de mala reputación, o por motivos graves suscitados por los chilenos saqueadores de la frontera, o bien incluso por condescendencia hacia una tribu amiga alzada por alguna injuria. En sus relaciones sociales, el espíritu de venganza –esa ley de sangre tan natural en los pueblos bárbaros– suele ser una fuerte causa de desunión, degenerando en ley de familia al volverse hereditaria. En eso constituye su vendetta, que se transmite de padre a hijo y de generación en generación, hasta que las diferentes tribus se desprendan de sus pretensiones y se pongan de acuerdo sobre la composición”54.

En la visión de Claudio Gay, esta hebra polémica conecta en un plano político a los vivos con los muertos y con los que nacerán. Es, por lo tanto, mucho más que una forma de guerra, una razón de ser social, un vector de unidad55 en un doble sentido: primero, puesto que la venganza es practicada por los órganos políticos mapuches de forma generalizada, necesariamente deben existir antagonismos; y, luego, en segundo término, porque a veces funciona como índice de contradicción ante el universo winka. En este mismo libro, el autor señala que la tortura, las mutilaciones y, en general, los horrores de la Conquista “excitaron necesariamente el espíritu de venganza y represalia que es tan natural en los bárbaros”56.

Si bien la reparación económica era un mecanismo que intentaba frenar el despliegue de la venganza en caso de muerte, el peso histórico de Juan Lorenzo Kolüpi dejaba a esta opción sin posibilidades de activarse tras su defunción57. La responsabilidad –real o ficticia– de Juan Mangiñ y Nekulpag Zúñiga debía conducir al hecho bélico, en particular aquel que nos sitúa en la lógica de los ciclos de venganza. Sin conocer las reflexiones esbozadas por Claudio Gay, los historiadores Diego Escolar y Julio Vezub publicaron hace algún tiempo una propuesta teórica similar58. Según estos autores, las muertes suelen derivar en una búsqueda de compensación que produce otra(s) muerte(s) en los grupos enemigos, una especie de “guerra en el ámbito de los muertos” que definen alineamientos políticos y alianzas militares59. Juan Lorenzo Kolüpi fue responsable de varios asesinatos, incluso entre miembros de su misma agrupación. Tiempo después de su muerte era recordado como alguien que “mandaba matar mapuches como quien hace matar corderos. Los hacía morir a lanza por robos o por otros motivos. Mataba también a las mujeres infieles […]. Atacaba a quien se le ocurría y mandaba matar a los que creía sus enemigos”60. El cúmulo de víctimas debió hacer del ñidol-lonko nagche un gran candidato a entrar en la lógica de la “guerra de los muertos”, de manera tal que, en su hora fatal, la hipótesis del homicidio se impuso de forma natural y proyectó la cadena de venganza a sus descendientes. No obstante, aunque prueba la vigencia de su rivalidad con Juan Mangiñ Wenu, la muerte de Juan Lorenzo Kolüpi no permite entender las razones que dieron a esta tensión un carácter de ciclo vengativo. Alguna muerte original activó y determinó en el pasado la animadversión entre los ñidol-lonko. Al respecto, una interesante carta del mariscal Andrés de Alcázar –jefe de la Alta Frontera– a Bernardo O’Higgins, redactada durante los primeros momentos de la Guerra a Muerte (1817) informa:

“El cacique de Guadava, cacique Dumulevi, su hijo, y yerno Colipi han quedado muertos en las acciones del día primero y demás ataques que ha habido en esta plaza, a más de 30 mocetones cuyo sentimiento ha obligado a los indios a no respetar casas y asientos de los mismos españoles sus compañeros que no hayan robado y quemado”61.

No se tiene mayor información sobre la relación de parentesco que este primer Kolüpi tenía con Juan Lorenzo. De haber estado asociado con los Dumulevi, como se desprende de esta fuente, entonces debió tener cercanía con Manuel Bulnes y las fuerzas patriotas62. También que las lealtades mapuches no habrían sido tan sólidas en dicho momento, debido a que no respetaron a los “españoles sus compañeros” tras el combate. Aquello se adecúa a la indeterminación de Juan Lorenzo Kolüpi que hemos señalado para los primeros tiempos de la Guerra a Muerte y, sobre todo, emplaza esta muerte en las coordenadas enunciativas de la guerra central. No obstante, insistimos, carecemos de datos para ahondar en esta reflexión. La suerte de este primer Kolüpi bien pudo despuntar un eslabón original en la “guerra de los muertos”, considerando que tras su muerte asoman como responsables las fuerzas patriotas. Pero en las fuentes no aparece mencionado Juan Mangiñ Wenu como parte de estas acciones, tampoco los collicanos y, en definitiva, no hay pruebas fehacientes para explicar desde este episodio el odio de Juan Lorenzo Kolüpi hacia los wenteche, que habría conducido al ciclo histórico de la venganza.

Existe un número mayor de referencias al combate de Tarpellanca (25 y 26 de septiembre de 1820) que nos permitiría ubicar allí los orígenes de la relación vengativa entre Juan Lorenzo Kolüpi y Juan Mangiñ Wenu. En una carta a Bernardo O’Higgins, posterior a Tarpellanca, Ramón Freire inserta una “Lista de los caciques e indios que venían con la división al mando del Señor Coronel General Don Andrés de Alcázar y murieron en defensa de la Patria el 26 de septiembre último”, encabezada por el “cacique de Angol Don Francisco Colipi y una de sus mujeres, otra más y tres hijos cautivos” y “Agustín Painepi tío de Colipi”63. No hay duda de que quienes aparecen en esta lista eran, en efecto, familiares de Juan Lorenzo Kolüpi, a la sazón incorporado a las fuerzas de Andrés de Alcázar64. He aquí un número importante de fallecidos y fallecidas como para iniciar un ciclo de venganza o, al menos, para densificarlo. Y pese a que las fuentes directas que hemos revisado no asocian el nombre de Juan Mangiñ Wenu (tampoco de Francisco Marilwan) con Tarpellanca, Benjamín Vicuña Mackenna y Tomás Guevara aseguran que estuvo presente y que representó un papel protagónico en el combate. Para el primero de estos autores:

“[…] apenas apareció la luz del día, soltó el tigre [–Benavides–] su jauría de fieras, pues no eran otra cosa los indios de Mañil, y los niños, los enfermos, las esposas y las hijas de los rendidos fueron el blanco en que vinieron a ensangrentar sus lanzas o a saciar, a la vista de todos y de Dios, su infernal lascivia. Perecieron allí hasta las mujeres mismas de su raza, y de las carretas en que venían los enfermos hicieron aquellos bárbaros sin entrañas objetos de pasatiempo ensartando por las puertas los cuerpos postrados de los infelices que en ellas venían, y allí perecieron”65.

Por más que la copiosa adjetivación apunta en este caso a la crueldad de Juan Mangiñ, para Benjamín Vicuña Mackenna las falsas condiciones de rendición propuestas a Andrés de Alcázar en Tarpellanca no podían ser sino una maniobra de Vicente Benavides. Este último sería el detentor del poder de mando, y Juan Mangiñ una bárbara e indolente fuerza de choque. La posición de Tomás Guevara es totalmente distinta, pues para él, justo después de la capitulación,

“[…] comenzó la violación del tratado. Los arribanos, con Mangin a la cabeza, habían llegado a tiempo. Fueron ellos los que se lanzaron contra los indios amigos de Alcázar y exterminaron a los que no pudieron huir. Esta fue la señal de la matanza. Benavides hizo morir a sable y a lanza, cerca de la casa en que se hallaba, a los paisanos más conocidos por sus ideas republicanas”66.

Aquí Juan Mangiñ Wenu aparece tomando la iniciativa en contra de las fuerzas mapuches al servicio de Andrés de Alcázar –es decir, contra los Kolüpi– y Vicente Benavides siguiéndole la corriente atacando a los patriotas criollos. Dicho de manera más tajante, el caso planteado por Tomás Guevara sugiere que la guerra entre parcialidades mapuches empuja a la guerra winka al campo de batalla. Sin embargo, lo más probable es que la voluntad de los criollos realistas (Benjamín Vicuña Mackenna) se combinara y confundiera con la voluntad de los mapuches realistas (Tomás Guevara) en Tarpellanca. Uno de los milicianos que sobrevivió a la matanza entrega un valioso testimonio que apunta en ese sentido:

“Mandaron para San Cristhobal a los oficiales veteranos, y de milicia, en donde dándoles un solo balazo los entregaban a los Indios, para que con las lanzas consumasen el sacrificio de aquellas víctimas, lo mismo que verificaron con los Indios de Santa Fée y caciques de Angol: que el coronel Alcázar lo pusieron en manos de los bárbaros con orden (que la ejecutaron) que vivo le sacasen el corazón; y cortándole los brazos lo llevasen a sus caciques, para que corriese la flecha como acostumbran”67.

Mapuches y criollos realistas actúan de forma combinada y complementaria para acabar con la vida de los prisioneros. El perfil ritual de estas ejecuciones, híbrido también, se inscribe en la historia del papel político y social del sacrificio y la mutilación en las relaciones mapuche-winka. Dentro de esta línea, Daniel Villar y Juan Francisco Jiménez postulan una progresiva convergencia de dos tradiciones culturales distintas respecto de la manipulación del cuerpo del enemigo vencido, que para el siglo XIX tendrían sus sentidos mezclados68. En los hechos de Tarpellanca hay una serie de interpretaciones construidas en conjunto y que son inteligibles para los agentes implicados, como la función de escarmiento y castigo ejemplar, la lógica del acrecentamiento del prestigio político por medio de la crueldad, el anuncio o confirmación del estado de guerra, la consagración de una coalición o la confirmación de una alianza política, entre otras69. La diferencia no estaría tanto en aquello que dicen estos ajusticiamientos –el mensaje es más o menos comprensible para todos– sino, más bien, en el valor que se le otorga. Aquí nos acercamos al esquema de Rolf Foerster en torno al sentido de los parlamentos; a saber: ante un mismo significante validado y operativo para ambas sociedades –en este caso, el desmembramiento ritual–, hay a lo menos dos significados diferentes: el mapuche de sociedad y el hispano-criollo de sumisión70. En la fuente recién citada, la extirpación del corazón y la circulación de los miembros amputados de Andrés de Alcázar entre distintas comunidades es, a la vez, una orden emanada de las tropas de Vicente Benavides (sumisión) y una costumbre mapuche (sociedad).

Estas muertes cargadas de simbolismos sin duda alimentan el odio y darán pábulo al vínculo vengativo entre Juan Kolüpi y Juan Mangiñ. No será sino hacia fines de la década de 1830 que tendrá lugar un nuevo episodio en este ciclo de venganzas, cuando Juan Lorenzo Kolüpi aseste un duro golpe a los wenteche. Para entonces la posición hegemónica de este último estaba sólidamente establecida, considerando la derrota de las fuerzas monarquistas y el respaldo que significó el malón de Manuel Bulnes en 1835. Por otro lado, en este periodo los malones en las fronteras pampeanas atraían a muchos mapuches del Gulumapu, que se implicaban en estas redes de largo alcance articuladas en lo económico y lo diplomático. En tal contexto ocurrió el asesinato de los lonko Nawelwen de Temuko –pariente de Juan Mangiñ, Nawelwan e Inal de Cholchol– junto a varias decenas de kona que los secundaban. Los hechos son relatados por Lorenzo Kolüman y por Ramón Lienan a Tomás Guevara, testimonios que sirvieron de base a los párrafos que este último les brinda en “Los araucanos y la revolución de la Independencia”71. Sabemos que, al pasar por Salinas Grandes, Nawelwen, Nawelwan e Inal pidieron autorización a Kallfükura para ir a maloquear a Buenos Aires, quien accedió a la petición. Tras ellos venía una comitiva de kona enviada por Juan Kolüpi con el siguiente mensaje: “amigo Kallfükura, somos aliados; esos que van son enemigos, hombres malos, ladrones. Te comprometerán, amigo aliado, con el gobierno; hay que matarlos”72. Kallfükura aceptó la sangrienta propuesta. Consumado el malón wenteche, regresaron los maloqueros a Salinas Grandes donde se instalaron a descansar y a beber. En eso, salió a escena Kallfükura,

“[…] i entra con ellos en trato para cambiarles sus lanzas por animales i licor. Muchos cayeron en el engaño.

Desarmados unos, dormidos otros, el malon para los de Colipi no ofrecía seria dificultad. Acercáronse cautelosamente; estrecharon el círculo. A una señal dada, caen sobre sus desprevenidos enemigos con un vocerío atronador. Los sorprendidos no tienen tiempo para defenderse: muchos son lanceados al incorporarse, pocos saltan sobre sus caballos para huir en pelo, pero caen derribados a lanzadas. La matanza es jeneral i el campo queda sembrado de muertos en un área dilatada, entre ellos los caciques. […] Mangin se sintió vivamente afectado con la victimacion cobarde i traidora de su pariente Nahuelhuen i mandó emplazar a Calfucura para un próximo combate en sus mismas tierras, amenaza que no cumplió mas tarde”73.

No resulta extraño que Juan Mangiñ dejara sin consumar las amenazas proferidas, en especial después de 1835, momento en que sus fuerzas quedaron mermadas por el malón de Manuel Bulnes. Su ira debió esperar más de una década antes de desatarse, no ya contra Kalfükura, sino contra los sucesores de Juan Lorenzo Kolüpi. Al ver en la muerte de este último la mano de su principal antagonista, sus herederos no dudaron en tomar represalias contra Juan Mangiñ encajando su propia historia al ciclo de venganzas que ha sido descrito.

Pedro Kolüpi se entronizó como sucesor al interior de su familia y también en el seno de las agrupaciones nagche, pese a carecer del apoyo y simpatía de los militares chilenos. Peor aun su figura despertaba un profundo rechazo entre los lafkenche, los wenteche e, incluso, entre sus propios paisanos nagche. Es decir, Pedro heredó las rivalidades de su padre, mas no el ascendente político. En octubre de 1851 guió una partida de lanceros que le cortó la cabeza a Nekulpag Zúñiga, en una acción que pareció ser coordinada con las milicias crucistas de Concepción. Luego, sus mocetones dieron muerte a Guputhué, hermano de Juan Mangiñ. Con este asesinato Pedro Kolüpi firmó su propia sentencia, pues dichas muertes eran demasiado importantes para un hombre sin poder y sin alianzas. En 1852, Pedro Kolüpi y José Koñoelef, ambos hijos de Juan Lorenzo Kolüpi, fueron acribillados por los hombres de Juan Mangiñ sin mayor oposición ni riesgo de proyectar la cadena de venganzas a futuro74.

Arte del malón: Hegemonía y acaparamiento

La institución de rivalidades personales y de ciclos de venganza, como parte de la trenza bélica, fueron ámbitos fundamentales en el encumbramiento político de Juan Kolüpi y que proyectaron su vigencia hasta la década de 1840. Sin embargo, existieron otras hebras polémicas igual de importantes que responden a otras causas, y cuyos resultados se aprecian en el equilibrio de fuerzas políticas y económicas que se fueron construyendo. Uno de ellos es un tipo de malón (en el sentido de razzia) o, mejor dicho, un aspecto dentro del malón que, en vista de sus circunstancias, podríamos describir como con vocación hegemónica. Todos los malones tienen un sentido político y económico, pese a que no todos comparten los mismos objetivos, ni responden a la misma configuración de alianzas, ni se enmarcan en el mismo contexto. El malón hegemónico tiene como objetivo debilitar la fuerza de otro(s) lonko y reforzar la propia situación de poder, como ocurrió en los ataques contra Francisco Marilwan tras el tratado de Tapiwe. Como ya señalamos, para entonces la posición de Francisco Marilwan era débil. Pedro Barnachea y Juan Kolüpi no habrían visto con malos ojos asestarle un golpe de gracia para eliminar su influencia política y guerrera al sur del Biobío, incluso si aquello quebrantaba los acuerdos recién firmados. En una carta al capitán Juan de Dios Luna, Francisco Marilwan se pregunta:

“¿Quién fue el primero que quebrantó los tratados que tenía yo hechos con Barnachea, más que Eviquepan Colipí [Cholinjil] juntamente con mi compadre Barnachea? ¿No estaba muy sosegado en mi tierra con mi gente? ¿No trataron en el mejor del invierno hacerme pedazos o el obligarme a que me metiese en las montañas a que muriese de frío o de necesidad?”75.

Es difícil que este “Eviquepan Colipí” sea otro distinto de Juan Lorenzo Kolüpi. No solo por sus vínculos con Pedro Barnachea y los beneficios que le significaban arrasar con Francisco Marilwan, sino por su apropiada percepción de la ocasión, que en este caso se presentaba ventajosa para el despliegue de sus talentos en el “arte del malón”76. Este ataque requirió paciencia, sentido de la oportunidad y conocimiento de las fuerzas propias y del adversario, que, a su vez, implicaba un entendimiento profundo del estado de las alianzas y las proyecciones de poder de cada lonko. Esas aptitudes volvieron a manifestarse diez años después en el malón hegemónico de 1834-35 (a decir verdad, se trató de un contramalón dirigido contra Juan Mangiñ). Ahí vuelven a relucir los vínculos con los militares patriotas, como Manuel Bulnes o Luis Salazar, cuyas fuerzas permitieron a Juan Kolüpi proyectar su influencia hacia la zona lafkenche y asestar un duro golpe a las comunidades de Collico. Alfredo Gómez Alcorta entregó hace algunos años un análisis bastante pormenorizado de este episodio, a través del cual se puede entrever que los objetivos de Juan Kolüpi eran confirmar el monopolio del vínculo entre sociedad mapuche y Estado chileno, y, por otra parte, destruir las fuerzas que aún resistían a la agencia estatal. El plan dio resultado en el corto plazo:

“La primera expedición de José María Luengo tenía por misión proteger a Colipí […]. Los caciques de las reducciones de Angol, Pilguen y otros espacios fronterizos se retiran a Cólico y han solicitado la paz. El cacique Lebiluan pide perdón y se reordena aparentemente la convivencia en la sociedad mapuche”77.

Este malón redujo a muchos lonko de la resistencia sometiéndolos a la fuerza bajo la autoridad de Juan Lorenzo Kolüpi. Fue un duro golpe contra Juan Mangiñ, quien debió relocalizar su lof en Adenkul, un punto estratégico en el nuevo orden geopolítico que se abría en ese entonces. Además, debió someterse a las paces de Manuel Bulnes, conducidas por el capitán de amigos Pantaleón Sánchez en 183778. Juntos hicieron un largo periplo desde Collico, pasando por Llamuco, Tuftuf, Makewe, Kepe y, al final, por Forowe (Boroa), organizando varios trawun y asambleas con la idea de que las paces fueran generales. No obstante, por duro que fuese el golpe, el poder de Juan Mangiñ no se debilitó de la forma en que languideció el de Francisco Marilwan, pues supo reorganizar su fuerza y su estilo de mando para mantener viva la resistencia en el nuevo contexto79. Para Juan Lorenzo Kolüpi este malón hegemónico adoptó tintes de victoria pírrica, pues la potencia del ataque lo dejó en buen pie militar y económico, aunque el uso de soldados winka para beneficio personal fue algo que indignó a mucha gente –tanto resistentes como colaboracionistas. Juan Kolüpi se encargó de mantener vivo en la memoria mapuche este apoyo chileno, para ocuparlo como estrategia de presión en las diferentes negociaciones políticas en que se vio implicado, pese a que la efectividad del argumento fue perdiendo peso.

Decíamos que en la década de 1840 el panorama político cambió. Franciscanos y capuchinos abrieron vías de mediación con otros lonko sin importar su relación con el Estado chileno. Aquello le quitó fuerzas a Juan Kolüpi, quien no pudo dar con la fórmula para mantener su vigencia. En realidad, en este periodo los misioneros coparon la política fronteriza, haciendo improductivo el tipo de poder que tantos esfuerzos le costó construir80. Intentó a su manera renovarse; sin embargo, su estilo amenazador le jugó en contra. Sabemos de otros dos malones instados por él, que expresan su interés por seguir siendo la única y principal cabeza mapuche, los cuales, además, delatan un interés por acaparar recursos e impedir el enriquecimiento material de otros lonko. Estos son los malones –o el rasgo dentro de los malones– que llamamos “de acaparamiento”, los cuales pueden entenderse como la continuación de las prácticas de acumulación de ganado desplegadas por Juan Kolüpi al amparo de Andrés de Alcázar en 1820. Entre los malones de acaparamiento de segunda generación, el primero lo conocemos gracias a un recuerdo de José Segundo Paynemal, registrado por Tomás Guevara:

“Lorenzo Kolipí era amigo de Melillán Juan Painemal y habían peleado juntos en favor de los patriotas. Sin embargo, Colipí dijo: ‘Painemal no ha perdido animales; los cuernos se les llegan a podrir de viejos; hay que quitarle una parte. Todos debemos tener iguales’.

Este Colipí era soberbio porque contaba con el apoyo del gobierno. Solo no era capaz de pelear con los de Cholchol. No tenía más que la parada. Quería que los caciques aliados lo tuviesen por jefe de todos y le mandasen regalos”81.

La idea de maloquear a Melillán Juan Paynemal de Cholchol, para equiparar el número de cabezas de ganado, nos sitúa en la lógica del equilibrio en la repartición de recursos entre comunidades. No queremos decir que la sociedad mapuche de entonces haya presentado siempre este rasgo en los hechos. Sin embargo, al enarbolar la igualdad como móvil eficaz del malón, se cruzan en un plano ficticio las prácticas de distribución con las guerreras. Desde un punto de vista teórico, sería un modo de continuidad del intercambio a través de la guerra que, en el esquema de Pierre Clastres, suscitaría la indivisión de cada unidad política asegurando la dispersión que garantiza la autonomía frente al Estado82. De la misma forma en que Julio Vezub y Rolf Foerster vieron la política de las raciones como una manera de vulnerar esta impermeabilidad contra el Estado, en el caso de Juan Kolüpi se vulnera a través de la invocación de la protección del gobierno y sus pretensiones por subyugar a los otros lonko por la vía de los regalos83. La dependencia política y militar del Estado no determina el aprovisionamiento de ganado, pero sí su redistribución entre los lof más importantes. El desenlace de este malón fue favorable a Melillán Juan Paynemal, por lo que:

“Colipí quedó muy enojado. Decía que iba a pedir auxilio al gobierno para volver el malón y quitarle a Painemal los animales y cuatro atados de lanzas que le había tomado. Amenazaba matar a Painemal.

Entonces Painemal mandó decir a las autoridades que no prestaran auxilio a Colipí, porque él y sus antepasados habían sido partidarios del gobierno y que no era justo que ahora se le combatiera por causa de Colipí.

Las autoridades no atendieron la petición de Colipí, el cual se olvidó de todo y volvió a ser amigo de Painemal”84.

Las intenciones de fondo de Kolüpi y de Paynemal facilitaron la intromisión del Estado, aun prescindiendo de la acción de este, apoyándose solo en la propaganda en torno al apoyo y adscripción en favor del gobierno. Vemos entonces que la fragmentación y diferenciación de los intereses mapuches, a diferencia de lo que ocurre en este mismo periodo con Juan Manuel de Rosas en Argentina, no responden a un Estado como generador de acuerdos pacíficos85. En este caso, la sola mención del Estado sirvió para alinear las diversidades mapuches. Además, al desatarse la disputa en el interior del ámbito colaboracionista, nos surge una hipótesis relacionada con los dispositivos ante los cuales se asocian los lonko: la vigencia de Juan Lorenzo Kolüpi depende de la acción militar chilena. Es decir, si no hay campañas en el Gulumapu, Juan Kolüpi solo puede apoyarse en su reputación y su soberbia, y su verdadero poder se ve menoscabado. Esto se aprecia en el periodo posterior al malón de 1834-1835, en el cual las Fuerzas Armadas chilenas se concentran en sus pleitos contra la Confederación Perú-Boliviana, y la guerra estatal no vuelve al Gulumapu sino después del naufragio del bergantín Joven Daniel en julio de 1849. Incluso, podemos decir que el ejército chileno volverá a combatir contra la resistencia wenteche en terreno recién a fines de la década de 1860, ahora bajo un evidente propósito invasor y anexionista.

Juan Lorenzo Kolüpi murió poco después del naufragio, sin lograr reactivar la fuerza de sus vínculos con los militares chilenos. Entretanto, durante este vacío militar, las autoridades misioneras y los comisarios de naciones comenzaron a ocupar la trama de mediación fronteriza. Estas redes acapararon poder y robustecieron a aquellos lonko que lograron aproximárseles, como en efecto ocurrió con Melillán Juan Paynemal, quien, al final, salió airoso del fallido malón de Kolüpi. Al desactivarse las coordenadas guerreras en este momento, las contiendas entre Juan Kolüpi y Juan Mangiñ se desplazaron a un segundo plano y tomaron vigor aquellas que oponían a Juan Kolüpi con Paynemal. Existe un pasaje anotado por Ignacio Domeyko, tras su viaje en 1845, que refuerza nuestro planteamiento, pues, en las reuniones deliberativas en torno a la reapertura de la misión de Tucapel,

“[…] entre los grandes caciques reunidos para el mencionado parlamento, se encontraron algunos, en particular el de Purén y su poderoso competidor Paynemal, que manifestaron vivos deseos de ver también en sus dominios plantada la cruz, ya quizá por celos al ver el gran favor que se le había concedido al cacique de Tucapel a quien consideraban como inferior a ellos en nacimiento, valor y riqueza, y ya por otros deseos, como se suponía, siendo los dos bautizados y dotados de un pequeño sueldo por el gobierno”86.

Las disputas entre Melillán Juan Paynemal y Juan Kolüpi revelan la coyuntura política de fines de la década de 1840. El talento que este último demostró en su proximidad con los caudillos militares chilenos fue el reverso de su torpeza en este nuevo escenario, en particular vis à vis los misioneros. El franciscano Querubín María de Brancadori lo atestigua en sus quejas contra el orgullo de “Colipí y de Pinoleo, que por ser protegidos del gobierno podrían ser mejores, y que son peores de todas las indiadas, pues en ninguna parte nos han faltado el respeto como en las sobredichas reducciones”87.

El desenlace de esta hipótesis sugiere que, además de la reputación y la soberbia, los intentos de acaparar ganado constituyeron otra manera que tuvo Juan Lorenzo Kolüpi para construir poder. En 1847 hubo otro malón de acaparamiento orquestado desde las sombras por Juan Kolüpi que generó bastante revuelo88. El viajero holandés César Maas, que participó de las reuniones sostenidas a continuación por los afectados, entrega un relato en el que mezcla varios de los factores mencionados:

“Hacía ya dos meses que [Nekulpag Zúñiga] había estado entre los indios y venía ahora de Imperial donde había celebrado un Parlamento y hoy día iba a hacer lo mismo en tierras del poderoso cacique Painemal. Se trataba ante todo de la creación de una Misión. El misionero acompañaba al Comisario en esta excursión. Los indios –serían unos 800 en número– formaron un gran circulo. Todos de a caballo. Zúñiga con una bandera chilena y el padre con una bandera blanca con una cruz negra, ambos de a caballo en el centro […]. Mañana, nos dijo [Brancadori], habrá una acusación en contra de Colipí. Pues, se ha comprobado que dio autorización para llevar a cabo un malón y de los animales capturados se habría hecho ceder cien cabezas. Produjo esto una gran efervescencia por haberse manifestado Colipí siempre como amigo del gobierno y ahora salían a luz sus maldades”89.

Melillán Juan Paynemal acoge a Nekulpag Zúñiga, que enarbola una bandera chilena, es decir, el comisario encarnando simbólicamente al gobierno; y acoge también al misionero, que es fuente de poder y autoridad90. Con esta acción, el lonko de Cholchol consagra su primacía por sobre Juan Kolüpi, y la oportunidad le permite agitar a su favor la carta de la indignación en contra de este último. La agilidad política de Melillán Juan Paynemal se comprueba, pues él mismo no es afectado por este malón, ni tampoco Juan Kolüpi el perpetrador. En los detalles de la acusación que entrega Querubín Brancadori, el agresor es el viejo lonko Cayupán, quien habría ejecutado el malón contra varios lonko de Imperial como represalia a la muerte de un hijo suyo, quien perdió la vida al ser sorprendido robando un caballo:

“Sabido Caiupan la muerte del hijo sin presentarse ni nada fue a darle malón, y fue a quitar al cacique Tranamilla 54 animales vacunos y tres caballos ensillados = al cacique Antipan 34 caballos = a Palquin 8 yeguas y un caballo = al cacique Carmona un caballo y a Caniuqueo 7 caballos, que en todo asciende a ciento y ocho cabezas. Cuando la muerte de cualquier cacique no importa más que doce pagas”91.

Los reclamos recibidos por Nekulpag Zúñiga en el trawun apuntaban sobre todo a la desproporción entre la muerte del hijo de un lonko y el número de cabezas de ganado maloqueadas. Cayupán, que en un principio no quiso hacerse presente, alegaba por su parte “que no quería obedecer, y que no pararía hasta que no se llenaba de otro malón doscientos animales, y cortar la cabeza al hechor”, al tiempo que blandía el respaldo de Juan Kolüpi en su favor y, a través de este, el del gobierno. Pero tampoco quiso hacerse presente, y envió a Antüpan como representante “sin orden alguna de transar este pleito”, dejando así muy debilitada su postura92. Frente a esta situación, hubo dos acusaciones bastante elocuentes. En primer lugar, Liosa, hijo del lonko Travol, señaló:

“Cómo quieren ustedes que Colipí haga la justicia cuando antes de ayer pasó por mi casa un correo de Colipí que volvía a la casa de Caiupan acompañado del mismo hijo de dicho cacique que le llevaba de presente a Colipí diez animales entre bueyes, vacas y novillos, este regalo era para que Colipí participara del robo hecho en el malón de la Imperial”93.

Enseguida Yavalicán pronunció las duras palabras que citamos:

“Desde mis abuelos principiaré, éstos siempre han sido fieles al gobierno y jamás han sido alzados, mi padre y hermanos han peleado y han muerto por la patria, porque respetaban al gobierno y nadie puede decir que desciendo de familia alzada, ahora si que me he apartado del gobierno, por causa de Colipí, pues cuando a este lo iban persiguiendo, conociendo que estaba peleando a favor del gobierno lo tuve escondido en mi tierra con sus indios, lo amparé, y lo serví en todo y entonces de agradecido me prometió que sería siempre mi amigo, y que me distinguiría en todo, y que jamás permitiría que me quitasen nada, pero nada de esto ha cumplido, pues él ha sido el que ha quebrantado la amistad con los robos pues me ha robado animales, caballos y hasta quería quitarme las espuelas, estriberas, y barriles de plata y porque no quise darle, principió él hacerme la guerra y meterme miedo con el gobierno, y que acaso yo tengo miedo de él, no ciertamente, porque si no fuera por respeto del gobierno quién sabe que fuera ya de Colipí, pues que diga si acaso ya con mis indios le hemos ido a robar alguna cosa, como él hace con nosotros, que vea si acaso en nuestro poder encuentra alguna prenda suya, que diga. Pero él no puede decir otro tanto porque casi todo lo que tiene lo ha robado, o lo ha hecho robar, y así había creído que el gobierno le había mandado que hiciese estas cosas, y por esto me había apartado”94.

¿Quién mató a Juan Lorenzo Kolüpi?

Por una parte, podemos concluir que la lucha por la hegemonía, el acaparamiento, la reputación y la soberbia malquistaron a Juan Kolüpi con sus potenciales aliados colaboracionistas, quienes se vieron fortalecidos al acoger y respetar los nuevos vectores de la agencia estatal chilena95. El éxito de los malones hegemónicos y el fracaso relativo de los malones de acaparamiento está íntimamente relacionado con la variabilidad en la fuerza de la actividad militar y misional. Decimos que los fracasos de los malones de acaparamiento son relativos, si bien ubicaban a Juan Kolüpi en una delicada situación política, de todas formas, le permitieron acumular una fortuna expresada sobre todo en el ganado y los bienes materiales que poseía. Varios testigos dejaron registros de esta fortuna, como César Maas, a quien Juan Kolüpi

“[…] contó que todas las reses que veíamos aquí eran de su propiedad. Creía poseer unos 800 caballos y varios miles de vacunos y una infinidad de chanchos abandonados a su suerte en las selvas. Por espacio de casi tres días anduvimos cabalgando por su patrimonio que se extiende desde la cordillera hasta la costa. Es el cacique más rico y poderoso. Había luchado valientemente durante la guerra contra España. Tiene el rango de capitán chileno y recibe del Gobierno un sueldo mensual de $25”96.

Desconocemos el significado preciso de la expresión “de su propiedad”, aunque dado su estilo de mando, es probable que su papel de trokikelu (redistribuidor) haya dependido de su propio arbitrio97. Esta lógica del acaparamiento es un rasgo presente en él desde la Guerra a Muerte, es decir, funciona mientras existan campañas y presencia de militares winka. Aquinas Ried, por su parte, compañero de viaje de César Maas, señala que “Tiene ocho o diez potreros donde se crían vacas y yeguas. Uno o dos establecimientos de quesería, tres mil vacas lecheras, trescientos caballos de silla, muchas ovejas, y en un cenagal que queda cerca de la casa, numerosos chanchos alzados”98. Según el corresponsal de El Correo del Sur, identificado con las iniciales N.A.G., al morir Juan Kolüpi dejó una fortuna de “3.000 onzas de oro sellado y mucha plata labrada, 6.000 y más vacas, como 500 caballos, algunos miles de ovejas y cientos de yeguas, mulas y otros animales”99.

En síntesis, Juan Kolüpi tenía muchos bienes, pero las prácticas en que incurrió para procurárselos produjeron que diversas parcialidades mapuches se pusieran en su contra. Las familias que se le oponían tenían estrechos vínculos con Nekulpag Zúñiga y Querubín María de Brancadori; incluso a algunos se les acordó un sueldo por parte del gobierno a cambio de someterse al mando de José María de la Cruz con el fin de cooperar en la investigación sobre el naufragio del Joven Daniel100. Justo en aquellas reuniones donde se reinauguraba la presencia militar en el Gulumapu, tuvo lugar la última aparición pública de Juan Kolüpi. El episodio se conoce como el gran parlamento de Los Ángeles, celebrado en enero de 1850, con miras a aclarar los hechos ocurridos en las playas de Puawcho. Al igual que el malón de 1847, los lonko de Imperial protagonizaron el acto junto a Nekulpag Zúñiga y Querubín María de Brancadori. También estaban presentes las comunidades del Budi y de Arauco, el célebre capitán de amigos Pantaleón Sánchez (cercano a Juan Mangiñ) y, según los registros, Melillán Juan Paynemal habría estado ausente. Liderando la reunión se hallaba el general José María de la Cruz. Varios de los asistentes habían formado parte de los acusadores de Juan Kolüpi tres años antes, y la enemistad perduraba, pues este último ni siquiera había sido convocado. Por ello, tras cuatro días de parlamento,

“[…] sucedió como gran novedad la llegada aquí de nuestro esforzado y benemérito cacique don Lorenzo Colipí. Trae una comitiva de 50 indios, entre ellos 26 caciques, que son los que representan todas las diversas reducciones que componen el butralmapu llamado del Valle o de los Llanos. Entre los caciques se distinguen por sus maneras españolas y corteses, el anciano don Ambrosio Pinolevi, hermano mayor de Colipí y gobernador del llano de Angol”101.

Estas palabras fueron escritas por el corresponsal N.A.G., quien en este crucial momento recorría la frontera del Biobío junto a los soldados chilenos. Sus columnas, publicadas en El Correo del Sur de Concepción, constituyen la fuente más calificada para conocer los últimos días de Juan Kolüpi y sus funerales. Así, su testimonio revela la alta estima que el Ejército tenía por el ñidol-lonko; no obstante, al mismo tiempo, describe el descontento que generaba en los convocados y las distancias que los separaban:

“Tenemos, pues, aquí al bravo Colipí, al soberano cacique de los caciques, que si en realidad no lo es, él lo pretende a toda costa; él conoce la gloria, ama el despotismo, y con sus fuerzas espera un porvenir de civilización y de paz; es un hombre de corazón y de astutas ideas. Hay motivos para presumir que alguna grande embajada lo trae aquí, pues se muestra muy enemigo de todos los otros caciques y despliega un grande orgullo. Desde luego se ha alojado en una posición distante de los otros, y se da mucho tono e importancia”102.

El gran parlamento de Los Ángeles fue una instancia en la que Juan Kolüpi pudo comparar su fuerza e influencia con la de sus acusadores, adoptando como unidad de medida la proximidad y el interés despertado en los militares chilenos, en especial el de José María de la Cruz. Haciendo su presentación ante el General,

“[…] el cacique Colipí dijo por medio del lenguaraz que habiendo sabido la llegada del comisario Zúñiga con todos los caciques de la costa, y particularmente la de los acusados como autores o culpables del atentado de Puancho, había creído de su deber venir personalmente (aunque no había sido llamado) a saber el resultado de las investigaciones hechas, y a ponerse en todo caso a la disposición del señor general en jefe”103.

Pero a pesar de sus simpatías hacia los militares chilenos, y la importancia relativa que su estatus proyectaba hacia los otros lonko presentes, su colaboración ya no despertaba el mismo interés estratégico:

“[…] el señor general dijo al cacique Colipí que quedaba impuesto del objeto de su venida, y que después de protestarle su particular adhesión, no tenía desde luego nada más que ordenarle. Que estuviese siempre pronto, y que por ahora podía retirarse a su casa, y a decir a todos sus compañeros la buena aceptación que el gobierno tenía para todos ellos.

Tal fue el resultado de esta sesión, y el de la venida de estos patriotas caciques. En ese mismo día dispuso Colipí su regreso, pero un incidente de gran borrachera los detuvo. Salieron al día siguiente para Nacimiento, donde llegó Colipí bastante enfermo”104.

A la postre, Juan Kolüpi llegará a Purén solo para entregar su último soplo de vida. Más precisamente, aun en vida, fue sometido a un machitun (curación) en que se le prescribió “un poco de pólvora, cardenillo, piedra lipe, canelo, litre, huaye y otras jerigonzas infernales; todo bien hervido y condimentado”105. Después de eso dejó de respirar. Por más que existan sospechas de kalku (brujería), de envenenamiento o de tifus, el motivo real de esta muerte es menos importante que sus consecuencias. En ese sentido, es llamativo constatar que su muerte política ocurre simultáneamente a su muerte biológica. O, mejor dicho, no tuvo tiempo para intentar revivir en el ámbito político. Las hebras polémicas que alguna vez reforzaron su función de ñidol-lonko se debilitaron, los ejes geopolíticos se desplazaron, las prácticas diplomáticas cambiaron, y sus contactos entre los winka decayeron.

Esto no fue coincidencia, habida cuenta del gran número de enemigos que tenía Juan Kolüpi, quienes por entonces se hallaban fortalecidos, en comunicación con la agencia fronteriza chilena y en diálogo directo con José María de la Cruz. Así, cuando Lorenzo Kolüman señala que “Zúñiga le había dado veneno por encargo de Mangin”106, lo que hace es endilgar la responsabilidad a aquellos jefes que eran tenidos por líderes de los bloques contrarios a Juan Kolüpi. El ñidol-lonko Juan Mangiñ Wenu, por una parte, rival guerrero e ideológico de toda una vida –que había tenido muchísimo mejor éxito en la reconversión de su poder a partir de la década de 1840–, funesto complemento de la cadena de venganza, símbolo de la resistencia y nostálgico del pacto colonial hispano-mapuche. El comisario de naciones Nekulpag Zúñiga, por otra, receptor de las quejas contra los abusos de Juan Kolüpi, en buena entente con José María de la Cruz, Juan Mangiñ Wenu y Melillán Juan Paynemal, caudillo de sus acusadores, monopolizador de los nuevos nexos con los militares chilenos y con los misioneros. Para los sucesores de Juan Kolüpi, decretar que Juan Mangiñ había ordenado a Nekulpag Zúñiga envenenarlo era una manera de acomodar los vectores de la violencia que se abrían con su muerte. Era una oportunidad para inculpar, en una misma sentencia, a sus enemigos de siempre y a los de ahora.

Por último, Juan Lorenzo Kolüpi también fue abandonado por los militares chilenos. Quizá su sueldo era desproporcionado para los servicios que podía brindar o, bien, ya no podía brindar los servicios que los tiempos requerían. Al quedar fuera de la trama que vinculaba a la política mapuche con la agencia fronteriza hispano-chilena, su figura dejó de tener la importancia de antaño. El nuevo aparato colonizador precisaba de otro tipo de colaboracionismo, más conciliador, menos belicista, que se alejara de las formas que Juan Kolüpi encarnaba y sobre las cuales había construido su poder. Poder que había sido incubado al calor de una guerra de “sociedad”, no de “sumisión” como la que se avecinaba. Poder condenado a no persistir fuera de su contexto de gestación, al igual que las alianzas, la política y la vida de Juan Lorenzo Kolüpi.

1Proyecto Fondecyt Posdoctorado n.° 3170124: “Pu Ñidol-Lonko: origen, auge y ocaso de una institución política. Gulumapu, 1793-1860”.

2En el presente trabajo emplearemos el concepto analítico de ñidol-lonko para referirnos a los grandes caciques. En adelante, los vocablos y palabras en mapuzugun que ocupemos, irán con una traducción práctica entre paréntesis en su primera mención.

3Ricardo Latcham, “Costumbres mortuorias de los indios de Chile y otras partes de América (Conclusión)”, en Anales de la Universidad de Chile, vol. 138, n.° 74, Santiago, enero-junio de 1916, p. 289.

4Lorenzo Kolüman, “Pu Kolüpi ñi che-La Familia de los Kolüpi”, en Tomás Guevara (ed.), Kiñe Mufü Trokiñche ñi Piel: Historias de Familias, Siglo XIX, Santiago / Temuco, Colibris / Liwen, 2002, p. 38.

5En efecto, en dicho escrito se expresan con bastante claridad las consecuencias geopolíticas que implicaba la muerte de Juan Lorenzo Kolüpi para Juan Mangiñ. Dice el General: “[Mangiñ], residente cercano de Colipí, se hallaba expuesto a ser sorprendido de un momento a otro por él, mientras que él con mayores fuerzas se hallaba detenido, temeroso de que se le devolviera el ataque acompañado con las [tropas] nuestras, y de aquí su resolución para entrar en relaciones con el comandante de Alta Frontera”: José María de la Cruz, “Memoria del Jeneral don José María de la Cruz sobre sus operaciones en la Araucanía, en desempeño de la comisión que se le confirió como a Jeneral en Jefe del Ejército del Sur, a consecuencia del atentado cometido por los bárbaros con los náufragos del bergantin ‘Jóven Daniel’”, en Benjamín Vicuña Mackenna, Historia de los diez años de la administración de don Manuel Montt, Santiago, Imprenta Chilena, 1863, vol. V, p. 231. Para una nueva edición de esta fuente, aunque equivoca la datación, véase José María de la Cruz, “Memoria del General don José María de la Cruz sobre sus Operaciones en la Araucanía, 1849”, en Sergio Villalobos (ed.), Incorporación de la Araucanía. Relatos Militares, 1822-1883, Santiago, Catalonia, 2013, p. 58.

6O, bien, la posibilidad de que haya muerto por enfermedad, como lo sugiere Tomás Guevara cuando afirma: “corriose entre los indios en ese tiempo que un agente secreto de Mangil había envenenado a Colipi; mas los informes que nos han suministrado algunos indígenas de su comarca y don Daniel Sepúlveda, nos permiten afirmar que murió de tifus, en un viaje de Los Sauces a Purén”: Tomás Guevara, Los araucanos y la República, Historia de la civilización de Araucanía, Santiago, Imprenta Barcelona, 1902, vol. III, p. 192.

7Nicolas Richard, “Cette guerre qui en cachait une autre: les populations indiennes dans la Guerre du Chaco”, en Capucine Boidin, Luc Capdevila et Nicolas Richard (eds.), Les Guerres du Paraguay aux XIXe et XXe siècles, Paris, Colibris, 2007, p. 230.

8De forma similar a lo que le ocurrió a Kallfükura en Salinas Grandes antes de su muerte. Véase Ingrid De Jong y Silvia Ratto, “Redes políticas en el área Arauco-Pampeana: la Confederación Indígena de Calfucura (1830-1870)”, en Intersecciones en Antropología, n.° 9, Buenos Aires, 2008, p. 255.

9Benjamín Vicuña Mackenna, La Guerra a Muerte, Obras completas de Vicuña Mackenna, Santiago, Universidad de Chile, 1940, vol. XV.

10Cabe recordar el célebre encuentro entre Basil Hall y Ambrosio Pünolevi en 1820, donde este último es referido como “cacique de los indios auxiliares”, y Juan Kolüpi ni siquiera es mencionado: Basilio Hall, Extracto de un diario de viaje a Chile, Perú y México en los años de 1820, 1821 y 1822, Santiago, Imprenta y Encuadernación Universitaria, 1906, tomo I, pp. 268-273.

11Juan Manuel Picó fue uno de los principales comandantes de las milicias realistas en el contexto de la Guerra a Muerte.

12Claudio Gay, Historia física y política de Chile, París / Santiago, Casa del Editor / Museo de Historia Natural de Santiago, 1871, vol. VIII: Historia, pp. 272-273.

13Op. cit., p. 280. Claudio Gay no precisa la fecha exacta de esta acción, aunque señala que tuvo lugar poco después del 16 de noviembre de 1822.

14Esta situación es opuesta a la experimentada por la Confederación Iroquesa en las guerras imperiales anglo-francesas de mediados del siglo XVIII. Su emplazamiento territorial entre colonias de imperios diferentes derivó en la delicada construcción de una neutralidad durante décadas: Jon Parmenter & Mark Power Robinson, “The Perils and Possibilities of Wartime Neutrality on the Edges of Empire: Iroquois and Acadians between the French and British in North America, 1744-1760”, in Diplomatic History, vol. 31, No. 2, Malden, April 2007, pp. 172-173. Por su parte, analizando el desarrollo de las Guerras de Independencia en los valles de Ohio, Colin Calloway emplea una idea de neutralidad que habría caracterizado a los jefes más ancianos de las poblaciones Shawnee. Pese a que la violencia fronteriza se confunde con los combates de la revolución norteamericana, los ancianos Shawnee habrían optado por no inmiscuirse en una guerra que consideraban “entre ingleses”. Los jefes más jóvenes eran partidarios de la acción militar, siendo la diferencia generacional el eje del quiebre al interior de la política indígena: Colin G. Calloway, “La Révolution Américaine en Territoire Indien”, en Annales Historiques de la Révolution Française, n.° 363, Paris, 2011, p. 136.

15Tomás Guevara, “Los araucanos en la revolución de la Independencia”, en Anales de la Universidad de Chile, Número extraordinario publicado para conmemorar el primer centenario de la Independencia de Chile, Santiago, Imprenta Cervantes, 1910, pp. 217-647. Hay una diferencia notable entre “Los araucanos en la revolución de la Independencia” respecto de Los araucanos y la república (1902), pues en esta última obra de Tomás Guevara, aquellos capítulos que describen la Guerra a Muerte reposan de preferencia en la precitada investigación de Benjamín Vicuña Mackenna, no entregando un aporte mayor al conocimiento ni del periodo ni del personaje.

16Guevara, “Los araucanos en la revolución, op. cit., pp. 298-299.

17Op. cit., p. 309.

18Pierre Clastres, “Copernic et les Sauvages”, en La société contre l'État. Recherches d'anthropologie politique, Paris, Les Éditions de Minuit, 2011, p. 21. En su estudio sobre indios y esclavos realistas en Popayán, Marcela Echeverri se opone a las perspectivas que entienden la adhesión de los cacicatos a la causa monarquista como un reflejo de las relaciones clientelares, pues “despolitizan a los indios y los retratan como dependientes de los intereses de las elites”. Como intentaremos demostrar para el caso del Gulumapu, la inclinación mapuche por la opción realista o patriota se encuentra íntimamente comprometida con razones de política interna constituyendo lo que llamamos “trenza bélica”: Marcela Echeverri, Indian and Slave Royalists in the Age of Revolution. Reform, Revolution, and Royalism in the Northern Andes, 1780-1825, New York, Cambridge University Press, 2016, pp. 198-199.

19Guevara, “Los araucanos en la revolución, op. cit., p. 310.

20Este parece ser el caso del primer Venancio Koñuepang, si leemos su carta a Bernardo O'Higgins en 1823. En efecto, el lonko reconoce su fidelidad a la causa patriota apoyándose en las buenas relaciones que tuvo con el padre del destinatario, Ambrosio O'Higgins, reconociendo que es la sangre la que explica el buen trato hacia los indígenas: “El hombre nunca podrá ser desconocido a los beneficios de su similitud y menos Venancio, que de origen ha amado una línea sanguínea que es la que siempre ha tratado de mirar a los indígenas como su propia especie; bien penetrado está el Estado Araucano, tanto por las operaciones del finado su padre, don Ambrosio O'Higgins, cuanto por su caro hijo, en el que han conocido aquellos habitantes unos sentimientos nada equívocos, solamente movidos a hacer felices a sus semejantes”: Carta de Venancio Koñuepang a Bernardo O'Higgins, ¿Talcahuano?, circa 1823, en Jorge Pavez (comp.), Cartas mapuche. Siglo XIX, Santiago, Colibris / Ocho Libros, 2008, p. 170. Una lectura distinta a la que planteamos se puede encontrar en Joanna Crow y Juan Luis Ossa, “‘¿Indios seducidos?’ Participación político-militar de los mapuche durante la Restauración de Fernando VII. Chile, 1814-1825”, en Revista Universitaria de Historia Militar, vol. 7, n.° 15, Teruel, 2018, p. 47.

21Carta de Hilarión Gaspar al intendente Juan de Dios Rivera, Colcura, 25 de diciembre de 1823, en Archivo Nacional Histórico (en adelante ANH), Fondo Intendencia de Concepción, vol. 51, f. 10.

22Johan Huizinga, Homo ludens: essai sur la fonction social du jeu, Paris, Tel-Gallimard, 2008, p. 127.

23Crow y Ossa, op. cit., p. 53.

24Carta de Andrés de Alcázar al intendente Ramón Freire, Los Ángeles, 18 de febrero de 1820, en ANH, Fondo Ministerio de Guerra, vol. 98, f. 37.

25Op. cit. f. 96.

26El caso es diferente al esquema planteado por Leonardo León para el siglo XVIII. Según este autor, la paz es un momento donde se emplea la diplomacia, el comercio o el prestigio, dejando al arte de la guerra sin espacio para operar eficazmente. Dado el contexto de Juan Kolüpi, consideramos que la guerra y la paz no son escenarios en disputa, sino elementos que se presentan mezclados en la contingencia. De ahí la profunda habilidad que debió demostrar para salir fortalecido de esta compleja coyuntura, a saber: desplegar la paz con sus aliados y la guerra contra sus enemigos mapuches y winka monarquistas. Véase Leonardo León, Apogeo y ocaso del toqui Ayllapangui de Malleco, Chile, 1769-1776, Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana / LOM Ediciones, colección Sociedad y Cultura, 1999, vol. XVIII.

27Carta de Gaspar Ruiz al director supremo Bernardo O'Higgins, Los Ángeles, 9 de julio de 1819, en ANH, Fondo Ministerio de Guerra, vol. 49, f. 218.

28Ibid.

29Carta de Manuel Bulnes a Ramón Freire, Nacimiento, 23 de diciembre de 1822, en ANH, Fondo Ministerio de Guerra, vol. 131, f. 85.

30Carta de Ramón Freire al director supremo Bernardo O'Higgins, Concepción, 4 de septiembre de 1820, en ANH, Fondo Ministerio de Guerra, vol. 98, f. 138.

31Guevara, “Los araucanos en la revolución, op. cit., pp. 340-341.

32El empleo del término ‘vutranmapu’ debe entenderse, en este contexto, como una gran alianza.

33Tomás Guevara señala que durante todo el año 1819 Juan Kolüpi intentó organizar ataques contra Francisco Marilwan y Juan Mangiñ. En marzo de ese año ya habría tenido lugar un combate en Renaico, en que Juan Lorenzo Kolüpi y Andrés de Alcázar habrían enfrentado a las fuerzas de Francisco Marilwan y Juan Mangiñ: Guevara, “Los araucanos en la revolución, op. cit., pp. 344-346.

34Carta de Manuel Bulnes a Ramón Freire, Nacimiento, 22 de diciembre de 1822, en ANH, Fondo Ministerio de Guerra, vol. 131, f. 80.

35Rolf Foerster, ¿Pactos de sumisión o actos de rebelión? Una aproximación histórica y antropológica a los mapuche de la costa de Arauco, Chile, Santiago, Pehuén Editores, 2004, p. 170.

36“[…] trátese a cada cacique gobernador y a los indios que de él dependan, como una sección enteramente diversa de las otras, aíslesela de las demás para tratar y para exigir el cumplimiento de deberes. Así se logrará no solo más fe, haciendo la obligación más individualizada y directa, sino también el alejar los levantamientos”: Antonio Varas, “Informe presentado a la Cámara de Diputados por don Antonio Varas, Visitador Judicial de la República, en cumplimiento del acuerdo celebrado en la Sesión del 20 de Diciembre del año de 1848, sobre la reducción pacífica del territorio araucano”, en Cornelio Saavedra (comp.), Documentos relativos a la ocupación de Arauco, que contienen los trabajos practicados desde 1861 hasta la fecha, Santiago, Cámara Chilena de la Construcción / Pontificia Universidad Católica de Chile / Biblioteca Nacional de Chile, 2009, tomo XLIII, p. 291.

37Martha Bechis, “Los lideratos políticos en el área Araucano-Pampeana en el siglo XIX ¿Autoridad o poder?”, en Martha Bechis, Piezas de etnohistoria del sur sudamericano, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2008, p. 277.

38Acá debe entenderse la paz como adhesión a la causa patriota, y la determinación bélica en contra de las fuerzas monarquistas.

39Carta de Pedro Barnachea a Francisco Marilwan, Yumbel, 26 de diciembre de 1823, en ANH, Fondo Intendencia de Concepción, vol. 51, fs. 13-14.

40Entre los varios textos que reflexionan al respecto, puede consultarse el trabajo ya citado de Crow y Ossa, op. cit.; el capítulo VII de Pedro Cayuqueo, Historia secreta mapuche, Santiago, Catalonia, 2017 y Leonardo León, O'Higgins y la cuestión mapuche, 1817-1818, Santiago, Akhilleus, 2011.

41Benjamín Vicuña Mackenna, casi al pasar, menciona dos motivos adicionales que habrían determinado la voluntad de Francisco Marilwan para aceptar las paces de Pedro Barnachea. En primer lugar, habría escrito a José María de la Cruz insinuando “ciertos propósitos de paz […] a condición de que le entregaran una chinita, hija suya, que los cristianos le tenían cautiva”; es decir, estando inmerso en la trama del rescate de cautivos y cautivas, debía sentarse a negociar en algún momento. Luego, Benjamín Vicuña Mackenna recuerda que algunas semanas antes del parlamento de Tapiwe el capitán Luis Ríos “celebró en Arauco aquel famoso parlamento, del que la tradición horrorizada no parece haber querido conservar sino una vaga memoria, y en el cual fueron sableados, según en otra ocasión dijimos, cerca de un centenar de caciques y de mocetones que ocurrieron bajo la buena fe del parlamento. Aunque el hecho fue de una barbarie tan inaudita como su alevosía, todos los soldados de la antigua escuela, Zañartu, Salvo, Porras, convienen en que fue de una eficacia terminante”: Vicuña, La Guerra a Muerte…, op. cit., pp. 459 y 508. Es probable que los efectos de esta matanza se hayan proyectado también en los llanos, otorgándole a las fuerzas patriotas una posición de fuerza para entablar cualquier negociación.

42Carta de Pedro Barnachea a Juan de Dios Rivera, Yumbel, 17 de abril de 1826, en ANH, Fondo Intendencia de Concepción, vol. 90, f. 170.

43Carta de Juan de Dios Montero al Señor Coronel y Jefe de Fronteras, Llaima, 5 de septiembre de 1826, en ANH, Fondo Intendencia de Concepción, vol. 90, f. 384.

44Guillaume Boccara, Los vencedores, Historia del pueblo mapuche en la época colonial, San Pedro de Atacama, Universidad Católica del Norte / Línea Editorial IIAM / Fondo de Publicaciones Americanistas Universidad de Chile, 2007, pp. 123-124.

45Guido Cordero, Malón y política. Loncos y weichafes en la frontera sur (1860-1875), Rosario, Prohistoria Ediciones, 2019, pp. 71-72.

46Para una síntesis de este contexto ver el capítulo I de Jorge Pinto, La formación del Estado y la nación, y el pueblo mapuche. De la inclusión a la exclusión, Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2003.

47Estos conceptos aparecen en Guevara (ed.), Kiñe Mufü Trokiñche ñi Piel…, op. cit.

48Julio Vezub, “Llanquitruz y la ‘máquina de guerra’ mapuche-tehuelche: continuidades y rupturas en la geopolítica indígena patagónica (1850-1880)”, en Antíteses, vol. 4, n.° 8, Londrina PR, julio-diciembre 2011, p. 670.

49Carta de Juan de Dios Rivera al Comandante Delegado de Frontera, Concepción, 11 de octubre de 1823, ANH, Fondo Intendencia de Concepción, vol. 51, f. 21.

50Carta de Pedro Barnachea a Juan de Dios Rivera, Yumbel, 29 de marzo de 1826, en ANH, Fondo Intendencia de Concepción, vol. 90, f. 112. El destacado es nuestro.

51Ibid.

52Tomás Guevara, Historia de la justicia araucana, Santiago, Sociedad Imprenta y Litografía Universo, 1922, p. 95. Digamos que, desde un punto de vista analítico, en Argentina la palabra ‘malón’ designa preferentemente las correrías contra haciendas o puestos fronterizos para acceder a bienes y cautivos. En Chile, además de tal significado, señala los ataques entre parcialidades mapuches. En este trabajo tomamos esta última acepción.

53Aunque el manuscrito fue redactado a principios de la década de 1870, recién en 2018 fue publicado tras largos años de traducción y edición a cargo del investigador Diego Milos.

54Claudio Gay, Usos y costumbres de los Araucanos, Santiago, Taurus, 2018, p. 41.

55Una idea similar a esta ha sido planteada en André Ménard, “Espectros del cahuín”, en Revista Pléyade, n.° 13, Santiago, enero-junio de 2014, pp. 7-22.

56Gay, Usos y costumbres de los araucanos…, op. cit., p. 99.

57Francis Goicovich, “Un sistema de equivalencias: el ritual del sacrificio en la cultura reche-mapuche de tiempos coloniales (siglos XVI-XVII)”, en Historia, n.° 51, vol. II, Santiago, julio-diciembre de 2018, p. 445.

58Diego Escolar y Julio Vezub, “¿Quién mató a Millaman? Venganzas y guerra de ocupación nacional del Neuquén, 1882-3”, en Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Debates. Disponible en http://nuevomundo.revues.org/65744 [fecha de consulta: 18 de octubre de 2013].

59Ibid.

60Kolüman, “Pu Kolüpi ñi che…”, op. cit., pp. 31 y 36.

61Carta de Andrés de Alcázar a Bernardo O’Higgins, Nacimiento, 20 de octubre de 1817, en ANH, Fondo Ministerio de Guerra, vol. 49, f. 152. Leonardo León le da una lectura distinta a este fragmento: enmarcándolo en una ofensiva monarquista mayor, se preocupa de ver en él la pérdida de un aliado patriota importante como lo fue Dumulevi: León, O'Higgins y la cuestión mapuche…, op. cit., p. 86.

62Rolf Foerster y Fernanda Villarroel, “Los hermanos Budaleo como caciques gobernadores del Ayllarehue de Arauco y las transformaciones del pacto colonial 1820-1889”, en Cuadernos Interculturales, vol. 6, n.° 11, Santiago, segundo semestre de 2008, pp. 146-171.

63Carta de Ramón Freire al director supremo Bernardo O’Higgins, Talcahuano, 9 de noviembre de 1820, en ANH, Fondo Ministerio de Guerra, vol. 98, f. 179.

64Según Benjamín Vicuña Mackenna, “de las indias que allí fueron asesinadas por sus propios paisanos ha quedado constancia en los archivos de gobierno solo de la mujer de José Quilapí, Juan Millaleu y Pascual Caminir, todos indios angolinos de la reducción de Colipí. El último perdió también a su madre y dos sobrinas”: Vicuña, La Guerra a Muerte…, op. cit., p. 219. Esta afirmación no concuerda con lo señalado por Ramón Freire, pues, en la misma misiva que acabamos de citar incluye una “Lista de los caciques e indios que se hallan en Talcahuano y pasaron por la Laxa el día 27 del citado mes sin ser vistos por los enemigos”, donde aparecen mencionados Quilapí, Millaleu y Caminir con sus mujeres: Ibid.

65Op. cit., pp. 218-219.

66Guevara, “Los araucanos en la revolución, op. cit., p. 378.

67Carta de Juan de Dios Ramirez(?) s/d, Linares, 26 de octubre de 1820, en ANH, Fondo Ministerio de Guerra, vol. 98, f. 216.

68Daniel Villar y Juan Francisco Jiménez, “En lo alto de una pica. Manipulación ritual, transaccional y política de las cabezas de los vencidos en las fronteras indígenas de América meridional (Araucanía y las Pampas, siglos XVI-XIX)”, en Indiana, n.° 31, Berlín, 2014, p. 371.

69Véase Escolar y Vezub, op. cit.; Goicovich, op. cit., pp. 443-444; Villar y Jiménez, op. cit., pp. 367-371.

70Son varios los pasajes de la obra de Rolf Foerster en que desarrolla y profundiza esta idea. Una exposición sintética de ella aparece en Rolf Foerster, “Las relaciones chileno mapuche a la luz del pacto político”, en Christian Martínez y Marco Estrada (eds.), Las disputas por la etnicidad en América Latina: movilizaciones indígenas en Chiapas y Araucanía, Santiago, Catalonia / USACH, 2009, pp. 103-109.

71Kolüman, “Pu Kolüpi ñi che…”, op. cit., p. 36; Ramón Lienan, “Lienan ñi che, Temuko mew - La Familia Lienan de Temuko”, en Guevara (ed.), Kiñe Mufü Trokiñche ñi Piel…, op. cit., pp. 100-101.

72Ibid.

73Guevara, “Los araucanos en la revolución”, op. cit., pp. 633-634.

74Diego Chuffa, “Memoria sobre misiones de la Provincia de Concepción de 15 de setiembre de 1852”, en André Ménard y Rolf Foerster (eds.), Cartas y memorias del Vice Prefecto de Misiones fray Diego Chuffa, 1842-1854, Santiago, Publicaciones del Archivo Franciscano, vol. 98, 2007, p. 129.

75Carta de Francisco Marilwan a Juan de Dios Luna, Pilwen, 20 de noviembre de 1826, en Pavez (comp.), op. cit., p. 180.

76Hay documentos que avalan esta tesis como, por ejemplo, las cartas de Pedro Barnachea a Juan de Dios Rivera, donde le dice que “Colipí y Pinolevi están completamente violentos por marcharse a su tierra: exponen que hace cerca de un mes ha que están en esta plaza, y que ellos se habían sujetado con la esperanza de que se les diese algún auxilio de tropa para sostenerse en sus tierras o maloquear a Mariluan antes de su retirada”; y luego confiesa haber “quedado emplazado con Colipí que para el 10 del entrante iría Pinoleví a avisarle el día que debe presentarse para golpear a Mariloan y demás rebeldes”. Estas referencias se hallan respectivamente en Carta de Pedro Barnachea a Juan de Dios Rivera, Yumbel, 16 de abril de 1826, en ANH, Fondo Intendencia de Concepción, vol. 90, f. 161 y carta de Pedro Barnachea a Juan de Dios Rivera, Yumbel, 20 de abril de 1826, en ANH, Fondo Intendencia de Concepción, vol. 90, f. 173.

77Alfredo Gómez Alcorta, “La rebelión mapuche de 1834-1835. Estado-Nación chileno versus el enemigo bárbaro. Antecedentes para la desmitificación historiográfica de la ‘frontera pacífica’”, en Jorge Calbucura (ed.), Working Paper Series, n.° 18, Ñuke Mapuförlaget, 2003, p. 3.

78Claudio Gay, “Acerca del Parlamento de Boroa en 1837 por don Pantaleón Sánchez”, en Iván Inostroza (ed.), Etnografía mapuche del siglo XIX, Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, colección Fuentes para el Estudio de la República, 1998, vol. XIII, pp. 27-31.

79Gerónimo Melillán entrega una versión distinta de este malón, señalando que Juan Mangiñ, con el apoyo de otros lonko, habría dado la vuelta a Juan Kolüpi y los patriotas recuperando parte del botín tomado. El testimonio de Gerónimo Melillán es un recuerdo de la juventud de su padre, por lo cual sus dichos pueden ser algo borrosos, incluso puede ser que se refiera a otro malón o, bien, que las historias de malones se mezclen en su relato: Gerónimo Melillán, “Melillán ñi che, Tromen mew – Familia Melillán de Tromen”, en Guevara (ed.), Kiñe Mufü Trokiñche ñi Piel…, op. cit., p. 200.

80Cristián Perucci, “Entre el deseo y el dolor: franciscanos, capuchinos y el poder de los ñidol-lonko en vísperas de la Guerra de Pacificación”, en Tiempo Histórico, año 9, n.° 16, Santiago, enero-junio de 2018, pp. 83108.

81José Segundo Paynemal, “En Carirriñe, Sección de Cholchol, por Animales”, en Guevara, Historia de la Justicia…, op. cit., p. 127.

82Pierre Clastres, Archéologie de la violence, La Tour-d’Aigues, Éditions de l'Aube, 2010, p. 62.

83Rolf Foerster y Julio Vezub, “Malón, ración y nación en las Pampas: el factor Juan Manuel de Rosas (1820-1880)”, en Historia, n.° 44, vol. II, Santiago, julio-diciembre de 2011, p. 261.

84Paynemal, “En Carirriñe, Sección…”, op. cit., p. 128.

85Ingrid De Jong, “El ‘negocio de la paz': La política diplomática de Calfucurá durante la organización nacional (1862-1873)”, en Héctor Trinchero, Luis Campos Muñoz y Sebasti án Valverde (eds.), Pueblos indígenas, Estados nacionales y fronteras. Tensiones y paradojas de los procesos de transición contemporáneos en América Latina, Buenos Aires, Filo-UBA / CLACSO, 2014, p. 159.

86Ignacio Domeyko, Araucanía y sus habitantes. Recuerdos de un viaje hecho en las provincias meridionales de Chile en los meses de enero y febrero de 1945, Santiago, Imprenta Chilena, 1846, p. 47.

87Querubín María Brancadori, “Diario que el misionero de Tucapel fray Querubín María Brancadori presenta al señor Intendente de la Provincia de Concepción de lo que ha tenido lugar en la visita a la Imperial y demás puntos etc. Acompañado del Señor Comisario General de Indígenas”, en Rolf Foerster y André Menard (eds.), Fray Querubín María Brancadori. Documentos relativos a la Araucanía, 1837-1852, Santiago, Publicaciones del Archivo Franciscano, vol. 89, 2006, p. 108.

88Hablamos de otro malón, aunque es probable que sea el mismo. En efecto, los recuerdos de José Segundo Paynemal recién citados adolecen de la imprecisión propia de la memoria y ubican a su antepasado y a Juan Kolüpi en el centro de la contienda.

89César Maas, “Viaje a través de las provincias australes de la República de Chile desde enero hasta junio de 1847”, en Revista Cóndor, s/n.°, Santiago, noviembre de 1949-marzo de 1950, pp. 28-29.

90Perucci, op. cit., p. 96.

91Brancadori, “Diario que el misionero de Tucapel…”, op. cit., p. 98.

92Brancadori, “Diario que el misionero de Tucapel…”, op. cit., p. 98.

93Op. cit., p. 102.

94Op. cit., p. 104.

95Querubín Brancadori señala que “Estos indios de la Imperial dicen que hasta ahora no han querido armarse para dar el malón a Caiupan, porque se acuerdan mucho de las buenas palabras que han recibido en las juntas de Tucapel, y que sin licencia del comisario y misioneros que nos dirige en Tucapel jamás tomaremos las armas”, op. cit., p. 98.

96Maas, op. cit., p. 25.

97Queda pendiente analizar el concepto de propiedad que distingue a Juan Kolüpi de otros lonko de su época. ¿Qué tanta autonomía tenía para disponer de los recursos? ¿Qué contrapeso o limitación tenía al interior de su lof? ¿Qué relación tenía el ganado entre su valor de uso y su valor de cambio?

98Aquinas Ried, De Valparaíso al Lago Llanquihue. Diario del viaje efectuado por el Dr. Aquinas Ried en 1847, Santiago, Imprenta Universitaria, 1920, pp. 67-68.

99N.A.G., “Ambrosio Pinolevi - Lorenzo Colipi”, en El Correo del Sur, Concepción, 25 de marzo de 1850, p. 3.

100Así lo atestigua una carta enviada al diario El Correo del Sur, en la cual se indica que tras el gran parlamento de Los Ángeles “el primer incidente notable fue la recompensación que se hizo por el señor general con autorización suprema a todos los caciques y mocetones que acompañaron al comisario Zúñiga. Se gratificó a cada cacique con doce pesos y a los mocetones con ocho, siendo aquellos 40 y estos más de 125. Se agraciaron también con el sueldo de seis pesos mensuales a varios caciques de la costa, Boroa, Tirua, Imperial y Ranquilgüe”: “Crónica de la Frontera”, en El Correo del Sur, Concepción, 25 de marzo de 1850, p. 3. Esta recompensa fue parte de los puntos acordados en dicho parlamento, pues en su apertura, el general José María de la Cruz habría expresado a los lonko que “el gobierno recompensará debidamente vuestros servicios, y la confianza que vosotros debéis tener en él, servirá también del más justo estímulo a todas las otras tribus, para que de todos modos se allanen más y más a la paz, y se deteste la guerra, se persigan los ladrones y se castiguen los criminales”: N.A.G., “Un parlamento particular”, en El Correo del Sur, Concepción, 2 de febrero de 1850, p. 2.

101N.A.G., “Día 14, la revista militar, gran parada”, en El Correo del Sur, Concepción, 26 de enero de 1850, p. 2.

102Ibid.

103N.A.G., “Un parlamento particular”, op. cit., p. 2.

104Ibid. N.A.G. también recoge perspectivas en torno a la figura de Juan Mangiñ. Desde el punto de vista winka, el corresponsal parte diciendo que “solo nos falta para completar la estupenda lista de caciques araucanos al grande y fuerte Magil-Hueno, que aunque es nuestro más cercano fronterizo, no quiere darnos la mano, y solo se contenta con amistosos recados y favorables ofertas. Se cree que es un hombre poderoso y que carece absolutamente de confianza; gusta mucho tal vez de la traición. Hay un antecedente memorable por el cual se cree que este imperioso caudillo no vendrá de ningún modo. Él fue quien capitaneó el nefando vandalaje que destruyó e incendió este pueblo de Los Ángeles, y se dice que él tiene muy presente esta circunstancia”: N.A.G., “Día 14, la revista militar…”, op. cit., p. 2. Queda la impresión de que los militares chilenos no ven a Juan Mangiñ como su enemigo. Mucho menos José María de la Cruz, con quien se entiende bien y, según varias fuentes, respeta como una suerte de restaurador del Estado colonial. Sin embargo, a pesar de esta fría cordialidad con los militares, existe una desconfianza mutua que durará hasta la muerte del ñidol-lonko una década después. El otro punto que nos interesa resaltar es que en su cabeza permanece el recuerdo de Tarpellanca y el ataque a Los Ángeles ocurrido justo después. Benjamín Vicuña Mackenna también hace referencia a esta actitud: “Maguil fue el asolador de Los Ángeles cuando en septiembre de 1820 lo abandonó Alcázar, y concluída la guerra no capituló, como Mariluán en 1825 y 27, sino que se encerró por cerca de veinte años en su malal, haciendo algunas excursiones a las Pampas donde tenía gran prestigio. En 1840 volvió a ponerse en comunicación con el gobierno chileno, enviando a su hermano, el cacique Queyputro a ofrecer sus respetos al comandante de fronteras que a la sazón lo era el coronel don Manuel Zañartu. Le invitó éste para que pasara a Los Ángeles, pero se negó, diciendo que allí había hecho muchos males y puéstose de poncho las casullas de la iglesia parroquial, por lo que prefería quedarse en su casa”: Vicuña, La Guerra a Muerte…, op. cit., pp. 456-457. Sin duda Tarpellanca fue un punto de inflexión en la construcción del poder de Juan Mangiñ y, como hemos visto, un poderoso eslabón en la cadena de venganzas que lo ligaba a los Kolüpi.

105N.A.G., “Ambrosio Pinolevi - Lorenzo Colipi…”, op. cit., p. 2.

106Kolüman, “Pu Kolüpi ñi che…”, op. cit., p. 38.

Recibido: Noviembre de 2019; Aprobado: Junio de 2020

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