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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.42 n.1 Santiago jun. 2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942009000100008 

HISTORIA N° 42, Vol. I, enero-junio 2009: 240-243 ISSN 0073-2435

 

RESEÑAS

 

NED BLACKHAWK, Violence over the Land. Indians and Empires in the early American West. Cambridge MA, Harvard University Press, 2006, 372 páginas.

En el año 2002 vio la luz el libro Captives and cousins de James Brooks, quien es el actual presidente del School for Advanced Research en Santa Fe, Nuevo México. La calidad de la obra tuvo tal impacto en el círculo de especialistas, que su autor se hizo acreedor de tres de los premios más prominentes a que puede aspirar un historiador en Estados Unidos: el Premio Francis Parkman, otorgado por la Sociedad de Historiadores Americanos; el Premio Bancroft, de la Universidad de Columbia; y el Galardón Frederick Jackson Turner, que entrega la Organización de Historiadores Americanos, entre otras distinciones.

Fiel al título de presentación, el tema central de este trabajo es el cautiverio y esclavitud que afectó a blancos, mestizos e indígenas en el territorio fronterizo del suroeste norteamericano, en lo que hoy corresponde al estado de Nuevo México (Estados Unidos). El mérito de Brooks es aportar un enfoque original a la interpretación de esta situación histórica, alejado de las consideraciones exclusivamente bélicas, para dar paso a una postura integradora que sitúa en un lugar secundario la violencia y la exclusión como motores de la relación interétnica, favoreciendo en cambio la dimensión creadora de ese roce fronterizo. Apoyando su perspectiva de análisis en sólidos conocimientos antropológicos, procura demostrar de qué forma el rapto y el cautiverio fueron factores dinamizadores, tanto de la cultura indígena (navajos y comanches) como de los asentamientos españoles (en el período colonial), mexicanos (con el advenimiento de la república) y norteamericanos (luego de la incorporación de Nuevo México a Estados Unidos). El rapto y el cautiverio, muy especialmente de mujeres y niños, actuaron como una vía de traspaso cultural, como un puente que permitió la influencia entre las sociedades que habitaban este espacio.

Sin embargo, y a pesar de los reconocimientos de que ha sido objeto este trabajo, no han faltado las voces que se han elevado para llamar la atención sobre la principal carencia de este libro: obviar el dolor. De esta manera, cuatro años después apareció la obra que pasamos a reseñar.

Violence over de Land es un libro que intenta rescatar precisamente las penurias que el roce fronterizo significó para las culturas ute, paiute y shoshone, oriundas del oeste intermontano norteamericano (entre la sierra Nevada y los montes Wasachat, ramal meridional de las montañas Rocallosas), en lo que hoy son los estados de Nevada, Utah, este de California, sureste de Oregon, sur de Idaho, oeste de Wyoming y Colorado, y norte de Arizona y Nuevo México. Es una región extensa, llamada en la literatura estadounidense la "Great Basin" (Gran Cuenca), caracterizada por numerosas altiplanicies desérticas de clima continental. Región salpicada de salares y lagos alcalinos, presenta una alta sequedad, destacando los desiertos de Monjave y Sonora. Condiciones aparentemente tan contrarias para la adaptación humana no fueron impedimento para el desarrollo de diferentes tribus.

El autor, Ned Blackhawk, profesor en la Universidad de Wisconsin (Madison), presenta una importante particularidad: es descendiente de la cultura shoshone, cuestión que manifiesta en las primeras páginas del libro. Estudios históricos de esta naturaleza, escritos por miembros de la propia cultura indígena, es una práctica que ha comenzado a constituirse en una tendencia, no solo en el medio académico norteamericano, sino también en el latinoamericano. Un ejemplo cercano a nosotros es el libro Escucha Winka..!, de Pablo Marimán, Sergio Canuqueo, José Millalén y Rodrigo Levil. La reivindicación histórica y el revisionismo de las obras tradicionales son las directrices que guían el análisis documental, tanto en la obra del autor norteamericano como en la de los investigadores mapuches. Estudios de este tipo, que en el país del norte se iniciaron en la década de los 80 de la pasada centuria, enfatizan la persistencia cultural (sin desconocer sus transformaciones) y la dialéctica que emana de las estrategias de resistencia y acomodación al roce con los estados.

El eje analítico que estructura el libro es la dicotomía que implicó el enfrenta-miento entre los nativos de esas regiones (los indios) y los colonos foráneos que formaban parte de unidades políticas mayores: no en vano el subtítulo del libro reza Indios e Imperios en el Temprano Oeste Americano. Dueño de una pluma aguda y directa, el autor sitúa a los indios en el centro de una historia compleja y dinámica que durante casi dos siglos dio forma al Oeste norteamericano. Argumenta el autor que la violencia fue la principal fuerza que dio forma a este espacio continental, haciendo de la historia de dicho país no un proceso de "logros", como generalmente se piensa, sino una ruta del "dolor" y el "trauma indígena" (p. 1).

Organizado en siete capítulos y un epílogo, el trabajo de Blackhawk abarca este largo período de historia fronteriza, desde los primeros contactos de la sociedad ute con exploradores y colonos españoles hacia 1750, hasta las difíciles consecuencias que derivaron de los inmigrantes mormones que se asentaron en el área del actual estado de Utha, rematando su recorrido histórico en el año 1911. Este marco temporal demanda, a nuestro juicio, una necesaria introducción a las culturas mencionadas y a las características (ritos, costumbres, economía, organización social, etc.) que las particularizaban, vacío que lamentablemente deja el autor sin mayor justificación. Haber destinado algunas páginas a esto hubiese sido un aporte al conocimiento de la riqueza cultural de la región, y a que el lector especializado contara con herramientas de comprensión para entender la dinámica de ciertas alianzas indígenas en desmedro de otras.

Como ya indicamos, el foco de interés del autor es desentrañar las características de la violencia que asoló a esta región, y el dolor que significó para los grupos involucrados. Para el caso de la época española, Blackhawk destaca el hecho de que "la autoridades coloniales comprendieron claramente la importancia de la violencia en la consolidación del poder colonial" (p. 23), actitud que será una constante en el transcurso de las administraciones posteriores (mexicana y norteamericana). La consecuencia más evidente de las ocupaciones colonialistas fue el proceso de desplazamiento territorial que experimentaron las culturas afectadas.

Los dos primeros capítulos están abocados a estudiar el contacto con los asentamientos fronterizos españoles, poniendo especial énfasis en la relación que establecieron con ellos comanches y utes. La esclavitud, en tanto práctica fronteriza, fue una actividad que llevaron adelante tanto españoles como indígenas, afectando por igual a las sociedades que habitaban a ambos bordes de la frontera. El rapto se concentraba básicamente en las mujeres y los niños, los que en no pocos casos pasaron a integrarse totalmente a la cultura de sus captores, muy especialmente aquellos que se incorporaban a las sociedades indígenas. Esta dinámica de la violencia dio paso en muchas ocasiones a uniones entre hombres y mujeres cautivas, dando origen a los genízaros, calificativo con que se llamaba a los "indios de sangre mezclada" (p. 57). Estos genízaros, en no pocas circunstancias, fueron los puentes que permitieron la comunicación fronteriza, pero también en otras tantas significaron la chispa que encendió disputas y conflictos de mayor envergadura.

Los capítulos tres, cuatro y cinco se focalizan en el período de la república mexicana y la posterior ocupación norteamericana de la región. Producto de la consecuente violencia, la aparente "pobreza" material de los indios es interpretada por Blackhawk como una estrategia de adaptación que facilitaba los desplazamientos, a fin de escapar de las áreas más afectadas por las correrías del hombre blanco en busca de indios para servirse de ellos como esclavos, con lo que su organización social debió adaptarse a las circunstancias imperantes. Fue, en otras palabras, una medida adaptativa para afrontar con medios no violentos la codicia de mexicanos y norteamericanos. La "pobreza" que describían viajeros y militares que circulaban por la región fue, a fin de cuentas, una opción de supervivencia.

Pero esta modalidad "pasiva" no fue la única respuesta a la agresión. Los utes hábilmente se desenvolvieron entre la violencia y la diplomacia. El tráfico, especialmente de seres humanos, fue un fenómeno que dividió y al mismo tiempo unió los intereses de indígenas, mestizos y blancos. Los utes fueron el grupo nativo que se vio más envuelto en esta actividad, dado que fue el que en mayor grado desarrolló una cultura ecuestre en la Gran Cuenca. Shoshones y paiutes prácticamente no se interiorizaron con la domesticación del caballo.

El capítulo final se interna en una página desconocida de la historia norteamericana: la violencia desplegada por los mormones asentados en Utha, de una magnitud semejante a la de sus predecesores mexicanos y españoles. El punto culmine de esta obra se encuentra precisamente aquí, cuando describe la gran masacre de Bear River, ocurrida en enero de 1863. Este terrible evento, que probablemente represente la más grande matanza indígena en la historia del Oeste de Estados Unidos, debería ocupar, en palabras de Blackhawk, un lugar central en la conciencia de la nación Americana, pero la historia lo ha relegado prácticamente al rincón del olvido.

Ligado a lo anterior, el epílogo es un llamado de atención sobre el modo en que tradicionalmente ha sido narrada la historia de los indígenas; en sus palabras, "degradar la 'cultura' del otro no es lo mismo que empeorar sus circunstancias materiales o políticas" (p. 280). Los especialistas deben interiorizarse con el modo en que las representaciones coloniales y republicanas de la alteridad dieron forma a una conciencia sobre lo indígena que fue la base ideológica que dio sustento moral y legal a las mayores atrocidades.

Para finalizar, permítasenos una breve crítica. Muy probablemente sea la tendencia indigenista del autor la que lo haga obviar la violencia prefronteriza en su análisis. El manejo discursivo de la narración cae, a nuestro entender, en una carencia de imparcialidad, ya que el fenómeno de la violencia es descrito como una consecuencia exclusiva del arribo del hombre blanco. Las contiendas anteriores al proceso de colonización europeo son apenas esbozadas y aminoradas, arrinconándolas en la idea de un simple "fenómeno local" (p. 22).

Sea como fuere, estamos en presencia de un libro provocativo y esclarecedor, que tiene la virtud de iluminar pasajes oscuros del lejano pasado del Oeste norteamericano, y de poner a la violencia y el dolor que esta causaba en el corazón de la historia. Sin embargo, esto no ha impedido que su autor caiga, también, en el mismo vicio que critica a sus predecesores: el de aminorar (u obviar) ciertos aspectos de la historia que son contrarios a su mensaje.


Francis Goicovich

Universidad de Chile, Chile