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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.35  Santiago  2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942002003500022 

JAIME VALENZUELA MÁRQUEZ. Las Liturgias del Poder. Celebraciones públicas y estrategias persuasivas en Chile colonial (1609-1709), Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana / Lom Ediciones, 2001.

La llamada "Escuela francesa" ha tenido un impacto significativo sobre la historiografía chilena de la segunda mitad del siglo XX. Desde los estudios pioneros de Álvaro Jara sobre historia social, hasta los recientes de Cristián Gazmuri sobre sociabilidades, pasando por los de historia económica de Marcello Carmagnani. A esta rica influencia se agrega un nuevo estudio, también fruto de una tesis doctoral defendida en París, del que es autor el joven historiador Jaime Valenzuela. Ahora, el centro de interés son las representaciones sociales, el ceremonial lúdico, las representaciones simbólicas expresadas en una multitud de fiestas, procesiones, homenajes, celebraciones, sermones, etc., en perfecta consonancia con la problemática que preocupa a la llamada "New Cultural History" y de la cual la historiografía francesa ha dado trabajos paradigmáticos.

Entre los múltiples aciertos de este libro, queremos rescatar principalmente su exitosa "audacia" por insertar la historia del siglo XVII chileno en un contexto teórico y en un análisis factual de corte universal, especialmente con la Europa de Antiguo Régimen. Por desgracia, muy pocos "colonialistas" se han aventurado a situar sus análisis en esa perspectiva, como si la realidad de este período tuviese una autonomía propia, cerrada y desconectada de los procesos culturales del mundo europeo. Y es doblemente meritorio este esfuerzo, en la medida que los temas elegidos para el análisis proceden de las adhesiones que expresan las conductas, los comportamientos y las actitudes de los individuos a creencias y valores arraigados más en el inconsciente colectivo que en la reflexión meditada. Como lo prueba fehacientemente el autor, no hay una especificidad que aísle a esta colonia de la "mentalidad moderna", por lo que es muy legítimo explicar su realidad a partir de las interpretaciones que se han hecho de la sociedad europea de los siglos XVI y XVII.

Para fundamentar esta aproximación metodológica, Jaime Valenzuela destina un buen tercio del libro a situar la realidad de la sociedad europea que le habrá de servir de contraparte a su análisis del siglo XVII chileno. Apoyado en una extensa, variada y actualizada bibliografía (que recoge desde los estudios clásicos de la teoría política medieval y moderna [Kantorowitz, Ullman] hasta las muy recientes interpretaciones de la cultura popular [Bakhtine, Sahlins, Burke]), pasando por los textos más influyentes en la conformación de esta historia cultural (Huizinga, Elias) nos hace una síntesis del estado actual del conocimiento. Probablemente no hay grandes aportes originales sobre esa realidad, pero tampoco era el objetivo del autor. Como ya hemos dicho, este libro es, en buena medida, producto de una tesis doctoral, y una de las exigencias básicas de ese compromiso académico es la discusión acabada de la historiografía. De seguro los especialistas del mundo moderno europeo están familiarizados con algunos o muchos de los estudios analizados. Pero lo que es original, y extraordinariamente bien logrado, es situar esos temas, las propuestas teóricas y los pasos metodológicos en función de la realidad chilena (y probablemente también de otros territorios americanos del imperio español).

Creo que desde los tiempos de Juan Gómez Millas y Mario Góngora (y algunos de sus discípulos como Héctor Herrera) que no se utilizaba una cantidad de estudios de historia medieval y moderna parecida para el estudio de la historia de Chile. Esperando que los "colonialistas" recojan con mayores fundamentos la coyuntura implícita y explícita en este libro, por mi parte, muy poco colonialista para ser un interlocutor válido, me contentaré con caracterizar la línea central de la obra para situarla a los lectores.

Todos los "modernistas" están de acuerdo en que uno de los rasgos específicos de los siglos XVI y XVII fue el fortalecimiento y avance del poder real. La superación de la atomización de la autoridad en la Edad Media mediante la consolidación del poder monárquico fue un proceso lento y complejo y alcanzado a través de medios muy diversos. Entre estos (sin preocuparse si eran los más o menos importantes) están los encaminados al fortalecimiento de la imagen simbólica del Rey, particularmente el empleo de las ceremonias publicas a través de las cuales la majestad real recorría el ámbito comunitario (especialmente la ciudad), para que los súbditos le contemplaran en las representaciones simbólicas, iconográficas y en los discursos cívicos y religiosos (N. Elias). Las Liturgias del Poder estudia ese proceso en la pequeña comunidad santiaguina del siglo XVII, que no por pequeña dejaba de ser representativa de la sociedad entera.

Este objetivo está, sin ninguna duda, plenamente alcanzado. Por lo tanto, quisiéramos detenernos en otra perspectiva del mismo tema que en el libro queda a veces esbozado, pero en otras solo implícito. Así como las celebraciones son impuestas desde "arriba" para vehicular la consolidación del poder real y, como lo ha explicitado Maravall, junto con otros espectáculos y acontecimientos controlar la opinión publica, así también, vistas desde "abajo", estas celebraciones públicas de la cultura barroca permiten comprender la sociedad en que se generan, e intuir la existencia de otros factores (instituciones y procedimientos) que ejercen una acción igual o mayor para el control ideológico de las masas populares. En otras palabras, y este libro permite entreverlo en más de una página, no solo el ceremonial público determinó la conformación y el control de la opinión de las personas. Junto a los factores psicosociales (tan caros a Maravall) las ceremonias expresan también sus propias condiciones especificas.

Lo anterior requiere plantearse el modo en que se organizó la sociedad de la época, de manera que se rompa una eventual realidad dicotómica en la que comparecen solo dos términos de referencia: los poderosos y las masas sobre las que se ejerce el poder. A nuestro juicio, en esta sociedad primaban los criterios de jerarquía y orden, lo que llevaba al individuo a afianzar su poder no tanto a través de valores objetivos como la riqueza monetaria –lo que ocurre en una sociedad de clases–, sino más bien a través de la consideración que recibe de los demás. En consecuencia, no debemos sorprendernos que las "estrategias del poder" busquen la obtención de un "capital simbólico" más que de un capital económico, sacrificando incluso los bienes y riquezas materiales para reafirmar su posición social (véanse, entre otros ejemplos, las paginas 91 y siguientes). Siguiendo la reflexión de Bourdieu, el derroche visible sería un medio de transformar capital económico en capital "simbólico".

De este modo, todo el juego de apariencias, etiquetas y protocolos que se desgajan de los ceremoniales (las liturgias de Valenzuela) son los mecanismos básicos a los que recurre el individuo a la hora de reforzar la autopresentación; y esas "autopresentaciones" –aproximadoras del poder o diferenciadoras de los "inferiores"– son utilizadas desde luego por el poder real, pero también por todos los grupos que tengan una función y una posición social definida.

Teniendo en cuenta lo anterior, el sugerente libro de Jaime Valenzuela permite ampliar la óptica de la "liturgia" de los siglos XVII y XVIII. Así, además de su probado éxito como mecanismo propagandístico del poder real, habría sido también un mecanismo por el cual todos los grupos sociales "que cuentan", reafirmaban su posición y expresaban simbólicamente la estructuración social. Sin duda, las ceremonias son un vehículo de propaganda, pero también podían llegar a ser una reproducción de las tensiones e intereses de la sociedad. De esta manera, de arriba hacia abajo operaría el control de las masas populares por parte de los poderes civil y religioso (a través de una unidad de acción que el autor describe brillantemente). Pero también habría un movimiento en sentido contrario (expresado en una serie de "exigencias" como el buen gobierno), y aun otros cruzados a nivel "horizontal" que habrían enfrentado a los diferentes grupos sociales por la consolidación de sus privilegios y reconocimientos.

Resumiendo, estamos frente a un trabajo brillante, de primera mano, hecho por un historiador extremadamente bien informado de la bibliografía y de las fuentes. Un libro bello, acabadamente presentado y agradablemente ilustrado, y al que las objeciones menores que se le puedan hacer (¿por qué no utilizó el artículo pionero de Rolando Mellafe sobre "el acontecer infausto" que se conecta tan directamente con el anexo Nº 2 de la página 415?) no desmerecen para nada su riqueza, lucidez y originalidad.

RENÉ SALINAS MEZA

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