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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.109 Santiago dic. 2021

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962021000300038 

Lecturas

In-movilidades del cuidado: espacios y prácticas generizadas en territorios urbanos segregados

Alejandra Luneke1 

Alejandra Rasse2 

Isabel Ugalde3 

1 Profesora, Departamento de Sociología, Universidad Alberto Hurtado, Santiago, Chile. gluneke@uahurtado.cl

2 Profesora asociada ordinaria, Escuela de Trabajo Social, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile. arasse@uc.cl

3 Socióloga, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile. imugalde@uc.cl

Resumen:

La capacidad y el rango de movimiento libre en la ciudad puede indicar el deterioro urbano o el bienestar de sus habitantes. La pandemia de COVID-19 afectó la movilidad evidenciando diferencias socioeconómicas y de género. Al hacerse cargo de los cuidados domésticos y de menores, las mujeres de sectores altamente segregados vieron cómo su capacidad de movimiento dependía cada vez más de factores externos, convirtiendo su movilidad en in-movilidad.

Palabras clave: género; interdependencia; infancia; artículo; cuidado

Mi hijo mayor es el que está haciendo tareas, él hace tareas, el primer semestre ningún problema, pero después el segundo semestre (...). Ahí mi hijo más chico empezó a caminar y ya colapsé (...). (Mamá de dos niños, vecina)

Las palabras de Marta1 reflejan la experiencia de muchas cuidadoras que durante la pandemia se han hecho cargo a tiempo completo del cuidado y educación de niñas y niños, dado el cierre de las escuelas en el país, además del trabajo doméstico y el teletrabajo. El confinamiento se ha convertido en un factor de estrés permanente cuyos efectos se agudizan cuando habitan viviendas de tamaño reducido y ubicadas en barrios segregados de alto deterioro urbano.

La pandemia ha visibilizado profundas desigualdades territoriales en las ciudades, las que han sobrecargado esta experiencia para quienes están a cargo de los cuidados en situación de pobreza. También ha dado urgencia en el debate público a la necesidad de poner el cuidado al centro de las políticas urbanas y de planificar la ciudad desde las prácticas cotidianas de cuidado, que generalmente recaen sobre mujeres (García-Chueca, 2021).

Antes de la pandemia, el debate sobre movilidad había puesto de relieve la necesidad de atender ‘las movilidades del cuidado’, esto es, la dimensión corporal, emocional y de vida cotidiana asociada a los flujos y movimientos vinculados a mujeres, niños y niñas en el espacio urbano (Middleton en Horton et al., 2014). En estos desarrollos se ha enfatizado, por un lado, el carácter generizado (Murray et al., 2016) de estas movilidades (perspectiva de género y feminista) y, por otra parte, el adultocentrismo en la planificación urbana y diseño de los espacios públicos que limita la autonomía de niñas y niños y su capacidad de apropiación de la ciudad (Mikkelsen y Christensen, 2009) (perspectiva de infancia).

Poner el género al centro del análisis de la movilidad no sólo revela las diferencias entre patrones de movilidad de hombres y mujeres, sino también la falta de libertad de las mujeres en sus movilidades (Hanson, 2010), las relaciones de poder que sostienen estas situaciones y espacios asimétricos, y su reproducción en tanto las rutinas cotidianas, movilidades y contextos del habitar siguen moldeando a los habitantes (Murray et al., 2016).

Como las mujeres asumen el cuidado, son ellas quienes más experimentan las falencias de sus barrios (Aguirre, 1999 en Martínez y Forray, 2015) y mejor conocen los facilitadores o barreras de la accesibilidad en la vida cotidiana, en la que concurren factores financieros, tecnológicos, emocionales, físicos, institucionales y temporales. La densidad de obstáculos para la accesibilidad - o «espesura de la movilidad» (Carrasco y Jirón, 2019) - se relaciona con la motilidad o capacidad individual para superarlos. Así, la pobreza, la segregación y la responsabilidad en labores de cuidado son elementos decisivos que disminuyen la motilidad de las mujeres en territorios de alto deterioro urbano (Jirón y Mansilla, 2013).

Enfocarse en la infancia también problematiza la autonomía. Las dificultades para la autonomía de niños y niñas en estos espacios urbanos se relacionan a las barreras que estos espacios diseñados por y para adultos les imponen (Cortés, 2015; Prout, 2005; Matthews et al., 2003; O’Brien, 2000). Esto influye en su experiencia del lugar y de la ciudad (Fox y Gullov, 2003), en su capacidad de apropiarse del espacio y de desarrollarse como actores sociales urbanos (Cortés, 2015), y en su desarrollo socioemocional y motriz (MIDEPLAN, 2006). (Figura 1)

Fuente: CEDEUS, 2019.

Figura 1 Deterioro urbano en barrios vulnerables de Santiago 

Fuente: CEDEUS, 2019

Figura 2 Movilidades interdependientes 

A esto se suman las condiciones específicas que los territorios segregados y deteriorados imponen a la movilidad. En ellos, ya sea por las barreras adscritas a la escala de ciudad (distancia física, recursos económicos, sistema de transporte, etc.) o las de la escala barrial (riesgos y violencia en los espacios públicos, falta de áreas verdes y de recreación, deterioro de calles y mobiliarios, etc.), las movilidades se transforman en inmovilidad (Lazo y Calderón, 2014:138), en que cuidadores y sujetos cuidados quedan replegados. Esta inmovilidad debe ser entendida en la dependencia mutua de movimiento entre niños y niñas y sus cuidadoras: ellas los llevan a la escuela o al parque, pero también niños y niñas acompañan a sus padres en movilidades productivas y reproductivas (Jirón y Gómez, 2018:56; Christensen y Cortés, 2015).

Esta interdependencia del cuidado debe comprenderse en el marco de movilidades intrínsecamente relacionales: constituidas por personas, espacios, cuerpos, objetos, tiempos, ideas, etc., interceptadas de modos y hacia fines muy diversos (Murray y Cortés-Morales, 2019). A partir de estas intersecciones, expresadas en prácticas cotidianas - que, en este caso, implican relaciones sociales de género y generacionales -, se produce y reproduce el espacio habitado, las distinciones de género y los imaginarios en torno a lo generacional. Así, siguiendo a Mol (2008), el cuidado se configura como un modo de relación social que muestra que los actos siempre se moldean y adaptan de manera contingente en las prácticas cotidianas que movilizan relacionalmente agentes humanos y no humanos.

Este artículo indaga en cómo la relación de interdependencia existente entre cuidadores y sujetos de cuidado es experimentada por cuidadoras de menores de 12 años en territorios segregados de alto deterioro urbano. Sostenemos que la intersección entre género, infancia y deterioro urbano reduce el ámbito de movilidad - o, directamente, produce diversas formas de inmovilidad - tanto en mujeres cuidadoras como en los niños y niñas que cuidan. Así, cobra relevancia una escala mucho más acotada que la habitualmente abordada por los estudios de movilidad: el cuerpo, la vivienda y el block. Sostenemos que el espacio moldea la in-movilidad en estas relaciones al mismo tiempo que se produce el espacio urbano habitado.

Metodología

El artículo se basa en los hallazgos cualitativos de dos estudios2 realizados en 2020 en una zona de conjuntos de vivienda social con altos niveles de deterioro urbano (respecto al estado de sus espacios públicos y habitacionales, problemáticas de accesibilidad, falta de oportunidades urbanas, estigmas territoriales y violencia urbana), localizada en el sector sur de Santiago.

En conjunto, ambos estudios desarrollaron 26 entrevistas a mujeres al cuidado de menores en distintas etapas de la infancia. Estas se realizaron con base en una pauta sin preguntas preestructuradas, con un set acotado de temas para guiar la conversación que se adaptaba a sus rutinas cotidianas, a su relación con el barrio y otros actores presentes en él. El foco fue el cuidado de menores, los espacios de uso cotidiano y las movilidades diarias en el barrio.

Barreras externas-internas en las in-movilidades del cuidado

En el relato de las cuidadoras de niños y niñas en barrios de alto deterioro se vinculan desigualdades urbanas (condiciones materiales del barrio y de accesibilidad a la ciudad), de género (asignación del cuidado principalmente a la mujer e invisibilización de su valor social), y generacionales (espacios pensados para el movimiento de un individuo solo, autónomo y joven). En la práctica, a las barreras físico-materiales que impone vivir en áreas relegadas y deterioradas (servicios, comercio y oportunidades urbanas distantes; microbasurales y sitios eriazos, deficiente equipamiento e infraestructura urbana, veredas inexistentes o en mal estado, etc.) se suma la permanente presencia de menores en las viviendas a los que, la mayoría de las veces, cuidan solas. En tiempos de pandemia, este cuidado implica además realizar las tareas escolares, producto del cierre de jardines infantiles y las escuelas.

Estas dificultades se superponen y recaen una tras otra en las cuidadoras que gestionan su día a día con esfuerzo, elaborando estrategias para afrontar sus múltiples responsabilidades con recursos muy limitados. Esto se traduce en una sensación constante de sobrecarga y agotamiento, como relata una vecina cuidadora:

Prácticamente son los hijos de los vecinos, así yo no estoy saliendo porque era salir a trabajar, aunque no me dejan salir a trabajar, pero de ver que las vecinas llegan cansadas, después llegar a cocinar, después llegar a lavar, a hacer las compras. (Vecina cuidadora de 4 niños)

En términos de movilidad, a estas condicionantes se suman las dificultades que provienen de poner en movimiento la interdependencia entre cuidadora y menor. El cuidado implica una materialidad y/o corporalidad específica (moverse con niños y niñas en brazos, de la mano, en portabebés o en coche; cargar bolsos con alimentos o con ropa, etc.), la que a su vez determina una cierta escala o ámbito posible de movimiento. Así, las barreras a la movilidad se construyen relacionalmente: provienen tanto de la materialidad o construcción social del espacio como del cuerpo del que cuida (cuerpo de la mujer embarazada o que carga o acompaña niños o niñas) o del que es cuidado (altura y largo de zancada de niños y niñas).

En el marco de esta dificultad de movimiento, las movilidades se desarrollan ensambladas. Niños y niñas también desarrollan su movilidad apegada a las rutinas de la madre y estas rutinas deben acomodarse a las posibilidades de movimiento permitidos por este ensamble. Al no existir espacios seguros ni otra figura que los cuide, ellos deben hacer las actividades de la madre. La interdependencia también moldea el desarrollo de los infantes. Como señala la entrevistada, los niños están donde ella va, ella limita su movilidad y ellos su acceso a otras actividades para su edad.

Aquí no más se entretienen ellos, mientras yo estoy trabajando traigo a mi hijo. (...) yo tengo mi guagua y ando pa’ acá y pa’ allá con el negocio y con ellos. (Mamá de 2 niños, vecina)

Si en la ciudad prepandemia el acceso a la ciudad y las tareas de cuidado se convierten en límites a la libertad y desarrollo de las mujeres, también el acceso al barrio y sus espacios públicos quedan negados para niños y niñas por riesgos y amenazas vinculadas a la delincuencia y la violencia durante las tardes y las noches en sus entornos cercanos. Esto implica, a su vez, que las propias cuidadoras evitan estos espacios, pues sus movilidades dependen de las de niños y niñas. En casi todos los relatos, balaceras y peleas vinculadas al tráfico de drogas emergen como obstáculos para la circulación autónoma de los menores y para el uso de áreas verdes y espacios públicos.

Porque los fines de semana que uno podría llevar a los niños, el parque se presta mucho para lo que es tomatera, porque se junta mucho partido de fútbol que hacen el fin de semana, entonces ya no es como algo familiar, ha habido disparos, han tocado balazos a niños, entonces no es seguro, a no ser que (haya) alguna actividad en la semana en estas fechas (semanas previas a navidad), algún teatro, trato de llevarlo pero son contadas las veces que yo lo saco al parque. (Mamá y vecina)

Duerme, descansa, juega, ve monitos, como yo les explicaba, ellos pasan encerrados en la pieza o aquí, cuando almorzamos o acá afuera del block porque más allá de la calle no se puede salir (...) la mayoría del tiempo ellos la pasan ahí en su pieza. (Mamá y vecina)

De esta forma, la experiencia de cuidar niños y niñas en territorios como el estudiado se traduce en una sensación de confinamiento constante. La libertad de movimiento de las cuidadoras es muy limitada, incluso dentro del barrio o del block en que residen, siendo más amplia sólo cuando logran constituir redes comunitarias que facilitan momentos/espacios de cuidado colectivo. Una madre cuidadora relata respecto a su hijo:

No juega en el patio común y no comparte con otros niños porque los niños chicos de acá hablan de la cintura para abajo, y tienen dos, tres años, por eso es preferible que esté acá con nosotros. Nosotros salíamos a la calle y nos juntábamos con gente que no era correspondiente, pero no queremos que los niños pasen por lo mismo... Afuera ven peleas, a gente drogándose, los blocks de acá atrás, puro olor a marihuana, a pasta, la música todo el día (durante la entrevista la música de los vecinos dificultaba la conversación), las peleas (...) esos blocks son problemáticos. (Mamá y vecina cuidadora)

De esta forma, la movilidad-inmovilidad se produce relacionalmente en tanto las características materiales y sociales del territorio se vuelven obstáculos al interactuar con las características específicas de niños y niñas (corporalidad, altura y zancada, su forma de entender y relacionarse con el espacio), y de las cuidadoras (y las implicancias materiales y sociales de las labores de cuidado: las bolsas de las compras, el coche, los tiempos y espacios de las tareas reproductivas a realizar); a su vez, los obstáculos de niños y niñas se vuelven los obstáculos de las madres y viceversa. Todo esto genera un ámbito reducido de movilidad tanto para menores como para cuidadoras.

In-movilidades del cuidado y la producción del espacio

El confinamiento implica además que las mujeres gestionan los cuidados en los escasos metros cuadrados en que residen, lo que dificulta el cuidado de menores, pues este no logra acoger sus actividades. La observación de los espacios domésticos y el relato de las cuidadoras muestran que, en la mayoría de los casos, no hay espacios de juego y que el living-comedor es destinado a estudio, planchado, juego, dormitorio y descanso.

El hacinamiento en estas viviendas - que no superan 36 m2 - contribuye a la estrechez de los espacios. Por

lo general, las viviendas tienen una o dos piezas, y en ocasiones los niños y niñas más pequeños comparten las camas con sus padres o hermanos.

El niño duerme en la misma cama con hermano y mamá; el papá se cambió de cama para dejarles espacio, ahora duerme en la cama de su otro hijo, quien se trasladó para dormir con la madre y su hermano. Tienen sólo una pieza. (Vecina y mamá)

La mala materialidad también provoca que los niños y niñas no puedan dormir tranquilos y descansar. La aislación térmica es débil y se producen problemas en la calidad ambiental interna; las paredes no tienen aislación acústica y los ruidos de departamentos aledaños se escuchan, lo mismo sucede con los ruidos de la calle, provenientes de balaceras o riñas. Los niños más pequeños despiertan con ellos.

Tienen problemas con plaga de lauchas y baratas, se entran a la casa. Tienen vecinos con animales y un potrero cerca. Hay mucha humedad en las paredes, sale moho, hongos. No pueden poner pintura antihongos porque es muy cara y no alcanzan a cubrir todo el espacio de la casa. Se está descascarando el techo en living/comedor ya que se humedece desde el piso de arriba. (Vecina, mamá)

Las cuidadoras generan una serie de estrategias para sobreponerse a estas condiciones. Como destaca Kleinmann (2006), estas mujeres movilizan muchos esfuerzos cotidianos, a menudo invisibles, que buscan que la vida de los menores sea lo mejor posible. La investigación logró identificar diversas prácticas cotidianas, que se traducen en prácticas de producción social y física de los espacios. Entre ellas se encuentran las que modifican materialmente los espacios, además de diversas formas de coordinación vecinal y articulación de una red de cuidadoras que se apoyan mutuamente.

Las prácticas físico-espaciales más visibles y recurrentes en los relatos refieren al cierre de cajas escaleras de los blocks que habitan (Figura 3) y la creación de patios comunes mediante el cierre de las calles de acceso a los departamentos (Figura 4); ambas acciones expanden los espacios para los menores. Ante los problemas materiales, las cuidadoras ‘se las arreglan’ para mejorar las condiciones térmicas:

Fuente: CEDEUS, 2019

Figura 3 Cierre de caja escalera. 

Figura 4 Cierre de acceso al block y patio común. 

En verano es muy caluroso, estamos en el tercero y tengo el techo arriba, y en el invierno es helado, incluso pongo toallas en las puertas abajo para que se calienten más rápido (...) En invierno es muy helado y en verano muy caluroso (...) no prendo las luces en la noche por el calor. (Mamá y vecina)

Los cambios físicos están acompañados de la coordinación social entre vecinas para la vigilancia de los menores cuando están en dichos espacios. La única forma en que pueden jugar con otros menores es bajar a esos espacios bajo la supervisión de alguna vecina conocida, porque, pese a estar cerrados, el peligro de accidentes (por la convivencia con otros usos) o de exposición a peleas o violencia urbana son permanentes.

Esta coordinación social trasciende el tiempo de juego y se extiende al trayecto a las escuelas, a cuidarlos después de la escuela o, bien, al cuidado de bebés y menores muy pequeños cuando las madres trabajan. Las cuidadoras vecinales emergen como una figura crucial y relevante para la vida de muchas jefas de hogar o madres, pues posibilitan la realización de múltiples tareas reproductivas en paralelo que amplían la movilidad de las cuidadoras en el barrio. La protección y seguridad de los niños y niñas frente a riesgos percibidos en los espacios públicos es la motivación más recurrente.

Yo los cuido en mi departamento, algunos llegan a las 9. Y se van a las 5 de la tarde... yo les cocino, cambio pañales... cuando eran más chicos tenían sus actividades, sus juguetes, sus horarios... estaba sola con ellos, entonces yo hacía aseo y todos los juguetes en el piso y ahí jugaban y se entretenían ellos. Pero afuera, que yo tenga otras actividades con estos mismos niños en una sede, no, nunca lo he hecho ni tampoco sé si lo hacen. Yo lo hago en mi casa. (Vecina cuidadora)

De esta forma, las cuidadoras producen el espacio, material y socialmente, para proteger a los niños y mejorar sus condiciones de habitar. Tal como se observa en las figuras 5, 6 y 7, estas prácticas han reconfigurado el espacio físico en una de las villas estudiadas, reduciendo las áreas de acceso y espacios comunes en los blocks de departamentos.

Fuente: Equipo Regeneración Urbana, SERVIU Metropolitano.

Figura 5 Espacio ocupado, situación original de la villa 

Figura 6 Espacio ocupado por ampliaciones irregulares, que constituyen un cerramiento opaco y que poseen estructura de techumbre: habitaciones, bodegas, negocios, entre otros. 

Figura 7 Espacio ocupado por ampliaciones irregulares y cerramientos. Se considera cerramientos todo límite que impida el paso peatonal libre, opaco o semiopaco (estacionamientos, patios, acopio de materiales, entre otros). 

Consideraciones finales

En las movilidades de las mujeres que cuidan menores en territorios segregados de alto deterioro podemos ver cómo se interceptan la asimétrica distribución de las labores de cuidado por género, las desigualdades urbanas y la mirada adultocéntrica en la planificación, diseño y producción de los espacios urbanos. Así, en la «espesura de la movilidad» (Jirón y Mansilla, 2013), se distinguen elementos relativos a la materialidad del espacio, aspectos socioculturales y otros directamente relacionados con la corporalidad de quienes se mueven. En consecuencia, desde una perspectiva relacional de la movilidad, lo que consideramos barreras u obstáculos corresponden, en la práctica, a la relación entre vínculos sociales de cuidado (y las definiciones de género y valoraciones sociales que traen consigo), niños y niñas, y espacios urbanos (en tanto materialidad fija y como flujos y accesibilidades) diseñados sin tomar en consideración la espacialidad de las labores de cuidado ni las particularidades de los sujetos y cuerpos en movimiento.

La producción de vivienda, barrio y ciudad sin enfoque de género, perspectiva de infancia y sin cuestionar cómo valoramos, asignamos y gestionamos socialmente el cuidado reproduce inequidades territoriales, de género y generacionales. Los espacios producidos, en vez de ser dispositivos que promueven autonomía y acceso al bienestar en la ciudad, actúan como contenedores de estrategias cotidianas de cuidado atrapadas en espacios deteriorados, con cuidadoras y menores cuyas movilidades, desplegando muchos recursos individuales y comunitarios, apenas alcanzan unas pocas cuadras en torno a su vivienda. Las mujeres traen a niños y niñas a sus labores (remuneradas o no), y ellos las atan a los pocos espacios y tiempos en que pueden estar seguros y cuidados. Esta interdependencia, en este marco de segregación y deterioro urbano, no sólo obstaculiza la movilidad, sino que produce inmovilidades, exclusión de los bienes urbanos y reproducción del cuidado como una labor privada, invisible, y confinada.

En estos sectores, y para estos sujetos, el confinamiento antecede a las restricciones de movilidad impuestas por la crisis sociosanitaria producto del COVID-19. Y el cierre de las escuelas, como parte constitutiva del espacio cotidiano de los menores y del tiempo autónomo de sus cuidadoras, restringe aún más radicalmente sus movilidades.

En este marco se vuelve urgente el diseño de políticas urbanas y de vivienda (i) con un claro enfoque de género, (ii) pensadas para los distintos grupos etarios, (iii) con preocupación tanto por el ámbito productivo como por el reproductivo, y (iv) que atiendan la accesibilidad a nivel de ciudad y en la microescala. En esto, el diseño urbano podría contribuir mucho más allá del espacio residencial y barrial hacia la promoción de derechos, autonomía y bienestar de niños, niñas, y de sus cuidadoras.3

REFERENCIAS

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1No revelamos los nombres de nuestras entrevistadas para mantener el anonimato.

2«Comunidades sostenibles: Análisis relacional entre el Estado y los márgenes urbanos» y «Laboratorio urbano CEDEUS: Habitabilidad de niños y niñas»

3Este trabajo contó con apoyo de los proyectos Laboratorio Urbano de FONDAP 15110020 Centro de Desarrollo Urbano Sustentable CEDEUS; y VRI-UC «Comunidades sostenibles: Análisis relacional entre el Estado y los márgenes urbanos».

4The names of our interviewees are not revealed to preserve anonymity.

5“Comunidades sostenibles: análisis relacional entre el Estado y los márgenes urbanos” and “Laboratorio urbano CEDEUS: Habitabilidad de niños y niñas.”

6This work was supported by the following projects: Laboratorio Urbano de FONDAP 15110020 Centro de Desarrollo Urbano Sustentable CEDEUS; and VRI-UC “Comunidades sostenibles: análisis relacional entre el Estado y los márgenes urbanos”.

Alejandra Luneke

Cientista política, magíster en Desarrollo Urbano y doctora en Sociología. Profesora del Departamento de Sociología, Universidad Alberto Hurtado. Investigadora asociada del Instituto Milenio para la investigación en Violencia y Democracia (VioDemos); investigadora del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS) y del Centro de Estudios en Conflicto y Cohesión Social (COES).

Alejandra Rasse

Socióloga, magíster en Sociología, doctora en Arquitectura y Estudios Urbanos. Profesora asociada ordinaria de la Escuela de Trabajo Social de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investigadora del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS), Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder (NUMAAP) y Centro de Estudios en Conflicto y Cohesión Social (COES).

Isabel Ugalde

Socióloga, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2018. Ha colaborado como asistente de investigación en estudios sobre violencias e inseguridad urbana, niñez y juventudes, educación y participación ciudadana. Es estudiante de Pedagogía para Profesionales (2021-2022) en la Universidad Alberto Hurtado.

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