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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.89 Santiago abr. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962015000100011 

LECTURAS

Éticas en el cuidado de los recursos urbanos: mantención y reparación en un sistema de bicicletas públicas

 

Martín Tironi*(1)

* Profesor, Escuela de Diseño, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile. martin.tironi@uc.cl


Resumen

Mantener y reparar son acciones que previenen la transformación de los recursos en desechos. Así, para que la ciudad contemporánea pueda calificarse de eficiente, el trabajo invisible de quienes mantienen y reparan los recursos urbanos es fundamental. Adentrándose en esas capas invisibles de la ciudad, esta investigación nos hace conscientes de aquellas prácticas casi artesanales que, sin mucho marketing, permiten que podamos disfrutar de ciudades inteligentes o sistemas de transporte sustentable.

Palabras clave: Mantención, reparación, ética, recursos, bicicletas públicas, ciudades inteligentes.


Hoy en día, la adopción de un programa de bicicletas públicas constituye una medida cada vez más valorada a la hora de fomentar prácticas de transporte sustentable e inscribirse en la senda del desarrollo ecológico. Pero tal como ocurre con muchos otros fenómenos, a menudo esta fascinación dificulta la reflexión sobre los ensamblajes sociotécnicos que estos sistemas movilizan. Para la mayoría de los usuarios se trata de una dimensión que pasa inadvertida, empaquetada de tal forma que evita cualquier problematización. Los usuarios desean interactuar eficazmente con las infraestructuras que equipan sus vidas, pero sin necesidad de cuestionar sus condiciones de posibilidad. Por el contrario, la mayor atención recae en la interfaz, ese lugar sigilosamente diseñado y cuasi mágico que ayuda a desatender ese enjambre de entidades y desplazamientos que participan en la producción de las infraestructuras.

Sin embargo, si profundizamos en la configuración de estas infraestructuras, aparecen temas que no son tan obvios como parecen, al momento de operacionalizar las denominadas ciudades inteligentes, sustentables y creativas. Por ejemplo, para que una misma bicicleta del servicio de París (Vélib’) pueda ser utilizada correctamente por sus distintos usuarios, no sólo se requieren clientes capaces de conducir, sino también una infraestructura compuesta por circuitos informatizados, chips, cables de fibra óptica, normativas legales, sistemas de control, sensores inteligentes, y cientos de técnicos de mantenimiento encargados de asegurar el funcionamiento de la red (fig. 1). Recién cuando descubrimos una bicicleta con fallas (deposiciones de pájaro en el asiento, una rueda desinflada, un manubrio destruido) empezamos a pensar en los procesos de producción de la infraestructura, en ese ‘trabajo sucio’ que hace posible que cada mañana las bicicletas estén listas para sus usuarios. Es en el momento de las fallas cuando empezamos a descomponer la caja negra de la tecnología (Pinch and Bijker, 1984) y, por consiguiente, a cuestionar el rol de esa serie irreconocible de actantes que aseguran que los componentes de la infraestructura no se transformen en residuos urbanos.

Fig. 1. Estación del programa de bicicletas públicas de París.
Fotografía: Martín Tironi

En lo que sigue, intentaremos sumergir al lector en esas capas invisibles de la ciudad, siguiendo las inscripciones, huellas, indicios, residuos y fallas que confrontan diariamente los agentes de mantención de Vélib’, uno de los íconos de los programas de bicicletas de las llamadas innovaciones inteligentes (Denis & Urry, 2009). Tomando la descripción de las labores de los reparadores y mantenedores de la infraestructura de bicicletas públicas de París, profundizaremos en esa dimensión escurridiza y comúnmente marginalizada en la planificación urbana, aquella que está vinculada a una serie de prácticas que desempeñan ciertas personas para lidiar con el deterioro, las fallas y los desechos producidos por una infraestructura urbana.

El repertorio de conocimientos y prácticas que despliegan los actores que describiremos ofrece una redefinición de la noción de desecho, comprendiéndolo ya no como una simple externalidad u otredad liminal, sino como un recurso que permite expandir la ontología de lo urbano. La demarcación entre desecho y no-desecho urbano se vuelve vacía, pues en las manos de estos profesionales, lo urbano es un lugar vulnerable que requiere permanente atención y cuidado. Entonces, si desde la experiencia de los clientes las bicicletas existen como entidades evidentes, desde la mantención son un conjunto de materiales, piezas y componentes que deben estar continuamente reparándose y ensamblándose. Veremos que las actividades de mantención y reparación no sólo participan activamente en el ‘enactamiento’ (1) de las infraestructuras urbanas, sino que instauran una ética del cuidado, haciéndose cargo, política y afectivamente, de la fragilidad y los procesos de degradación inherentes a la ecología de la ciudad (Mol, 2008; Puig de la Bellacasa, 2010; Denis & Pontille, 2013). Más que simples recursos irreflexivos de la infraestructura Vélib’, los agentes de mantención devienen en diseñadores y experimentadores activos de la ecología urbana, auténticos antropólogos de las fallas y las materias ‘inservibles’. (2)

Esta discusión sobre mantención y reparación se sitúa en el cruce de dos cuerpos de literatura. El primero, vinculado a las infraestructuras inteligentes y el segundo, a la discusión sobre el mantenimiento sociomaterial del mundo.


Las invisibilidades de las infraestructuras inteligentes

Con la masificación y circulación del concepto de smart cities (Campbell, 2012; Söderström, Paasche, & Klauser, 2014) se ha vuelto de sentido común abordar la ciudad contemporánea en términos de flujos y códigos informacionales, espacios desmaterializados y geografías virtuales (Aurigi & Fiorella, 2008). La instalación del paradigma de la movilidad como nueva matriz interpretativa de la sociedad (Urry, 2000) junto con la intensificación de los procesos de globalización de las redes y objetos ha instalado con éxito el léxico de la fluidez y la interconexión (Castells, 1999). Si bien no existe una definición clara sobre qué significa el concepto de ciudad inteligente, lo cierto es que las promesas del urbanismo smart vislumbran espacios más eficientes e integrados gracias al desarrollo de soluciones y aplicaciones tecnológicas en los diferentes ámbitos de la ciudad. El espacio urbano pasaría a ser un territorio codificado, plagado de sensores móviles y automatizados capaces de procesar la información en tiempo real, retroalimentando el metabolismo de la ciudad en forma constante (Aurigi & Fiorella, 2008). Este escenario se ha transformado en una gran oportunidad de desarrollo para las multinacionales informáticas y las telecomunicaciones, quienes pasan a tener una incidencia cada vez mayor en la organización de la vida social e íntima de las personas (Greenfield, 2013). Una de las tantas traducciones de la ciudad inteligente es la noción de sentient cities (Shepard, 2011). Equipadas con las herramientas propias del open data y el internet of things, las metrópolis contemporáneas estarían mostrando una capacidad para registrar sus sensaciones (de calor, polución, tráfico, placer, molestia) a través de miles de smartphones y captores que van transformando la ciudad en una entidad que siente.

En continuidad con perspectivas críticas de las smart city (Thrift, 2014; Greenfield, 2013; Picon, 2014; Gabrys 2014), se plantea la necesidad de examinar las materialidades del urbanismo smart, es decir, las operaciones concretas que permiten esa virtualización y codificación. En lugar de afrontar la smart city como una categoría objetivada o como una dinámica natural del progreso tecnológico, se desea realizar un análisis desde sus prácticas locales de producción y reproducción. El océano de datos digitalizados que da vida y forma a los dispositivos de las smart cities no vuela por el aire, sino que está imbricado a centros de almacenaje, a millones de conductos, cables y captores, así como a prácticas de reparación y mantención. Es imposible dar cuenta de la ciudad inteligente, de sus desmaterializaciones y codificaciones sin reconocer esas zonas opacas y oscuras, invisibles y ausentes que se requieren para manufacturar dicha inteligencia. Cuanto más se extienda la inteligencia tecnológica de las ciudades, más aumentarán los fierros y conductos invisibles que la harán posible. De ahí la importancia analítica de estudiar los lugares donde se produce, mantiene y repara esa inteligencia.


Mantención, reparación y cuidado

La mantención tiene una importancia primordial en la constitución de todo orden social. Las interrogantes sobre las condiciones de posibilidad de la reproducción de lo social están en el origen de la sociología, pero alcanzan una dimensión particular en los trabajos de autores como Goffman (1979) y Garfinkel (2006). En particular este último, a partir de su interés por los diálogos reparadores y los experimentos de ruptura, mostró hasta qué punto el orden social está incesantemente en reparación y mantención. Lo social no es una reserva que no requiera atención, sino algo frágil que debe ser persistentemente constituido y asegurado. Gran parte de las actividades que realizamos diariamente apuntan a cuidar y actualizar las condiciones que sostienen nuestras relaciones. La fragilidad del orden social exige, por ende, un ethos de la reparación y el cuidado continuo.

Diversos trabajos recientes han buscado extender estos postulados para la comprensión de los objetos (Orr, 1996; Henke, 2000; Dant, 2004; Graham & Thrift, 2007; Denis & Pontille, 2010). Al igual que en el caso del orden social, las propiedades de los objetos no son inherentes ni estables y, por el contrario, exigen permanente mantenimiento y cuidado (Graham & Thrift, 2007; Denis & Pontille, 2010; Puig de Bellacasa, 2010). Tomando expresiones heideggerianas, Graham & Thrift (2007) conciben el mantenimiento y la reparación como el trabajo necesario para hacer que los objetos estén disponibles (zuhandenheit) y sean estables. (3)

Uno de los proyectos más originales se encuentra en el programa agnóstico de la Actor Network Theory, quienes proponen ‘simetrizar’ el modo de abordar las categorías de lo social y lo material, concibiéndolas como el producto laborioso de operaciones de composición y articulación (Callon, 1986; Latour, 1987; Law, 1991). A partir de este principio composicionista (Latour, 2008) que alberga la idea del diseño a partir de una multiplicidad de elementos, se deja de concebir lo social y lo material como esencias ontológicamente inequívocas para ser examinadas como un logro más o menos durable que no existe al margen de las prácticas de instauración.

Este último concepto (instauration), reivindicado por Bruno Latour (2009) a partir de la obra de la filósofa Étienne Souriau (1943), permite profundizar en la idea de mantención y reparación. El concepto de instauración reposa sobre la premisa de que ninguna entidad puede ser tomada como punto de partida, sino más bien como el resultado de arreglos, rediseños y composiciones locales: «Todos los seres deben instaurarse, tanto el alma como Dios, la obra de arte como la física. Ningún ser tiene sustancia; si subsisten, es porque son instaurados» (Latour, 2009:10). Ni objeto ni sujeto preexisten al acto de instauración, un acto que según Latour requiere cuidado y preocupación por la composición (Latour, 2012).


Residuos como indicios: hacia la gramática de las fallas

Desde su puesta en marcha en septiembre de 2007, el inmobiliario urbano de Vélib’ no ha cesado de experimentar deterioros. Las cadenas se oxidan, los frenos se desregulan, los autoadhesivos se rompen, los terminales se desconectan y las ruedas se pinchan. (4) Esta tendencia a la entropía es la que deben confrontar diariamente los diferentes operadores de Vélib’, repartidos entre agentes de limpieza, mantenimiento, mecánicos y reguladores. (fig. 2)

Fig. 2. Agente de limpieza en estación del barrio Ménilmontant, París.
Fotografía: Martín Tironi

Lidiar con desperfectos, fallas y residuos supone una relación singular con los objetos y el territorio urbano. Como lo señala uno de los agentes: «nosotros vivimos en una ciudad plagada de fallas; nuestro trabajo es perseguir las fallas y hacer que el sistema ande bien». Los agentes experimentan la ciudad y la tecnología de transporte desde el desarreglo de piezas y materiales dañados. Para ellos, las fallas y residuos no constituyen situaciones anómalas ni momentos de crisis como pueden serlo para un usuario habituado a su servicio: lo viven como un universo omnipresente y natural que puede adoptar múltiples interacciones y significados según la naturaleza del evento.

Pero el trabajo de hacer visibles las fallas está lejos de ser una labor fácil:

Ninguna bicicleta nos va a decir que tiene problemas ni tampoco un cliente nos va a llamar para decirnos que encontró una pana; eso tenemos que detectarlo nosotros. Es perfectamente posible que una bicicleta circule durante semanas sin que nadie se dé cuenta de su pana; además, las fallas que podemos encontrar en terreno son infinitas y no siempre es fácil detectarlas en el momento preciso.

La experiencia de las fallas y fracturas de la infraestructura está inherentemente asociada a un trabajo de indagación y traducción. A partir de materialidades los agentes producen interpretaciones sobre el estado del servicio o sobre las causas de los daños (vandalismo, deterioro natural, trayectorias del objeto o modos de utilización, entre otros). Como señala uno de ellos:

Yo siempre digo que me gusta hurgar en las basuras, porque cuando ves repetidas fallas en una misma pieza, te das cuenta que algo hay que hacer (…). Por ese motivo es bueno ser cuidadoso y atento con las piezas y fallas que van apareciendo.

Por medio de este trabajo de hurgar en las basuras, de reparar y mantener piezas defectuosas o descompuestas, los agentes van produciendo una gramática particular. Utilizando la expresión de Latour & Woolgar (1979), podría señalarse que elaboran un «sistema de inscripción literario» en las materialidades, el que van confrontando en su trabajo de reparación y mantenimiento. Logran inferir, de esas piezas y fallas, trayectorias posibles de la tecnología. Así, a ojos de estos operadores, la noción de residuo como material inservible o inerte se vuelve insuficiente, puesto que en la práctica estos trozos fallidos de la infraestructura son los recursos utilizados para lograr una mejor mantención del programa.

Mirando las piezas, los materiales destruidos y las fallas de las bicicletas podemos saber lo que está pasando con los usuarios y tomar decisiones.

Así, observamos una habilidad para historizar la vida social del objeto (Kopytoff, 1986) a partir de las fallas y huellas que produce el servicio (fig. 3). Más precisamente, los agentes ponen en práctica una forma de conocimiento indiciaria del mundo (Ginzburg, 1989). La conceptualización que propone Ginzburg invita a la ‘gran historia’ a descender al mundo invisible de los residuos y márgenes para practicar una historia de los casos anómalos o secundarios. El autor identifica diferentes displinas indiciarias que van desde los métodos utilizados por Sherlock Holmes y la cura psicoanalítica de Freud, hasta los primeros hombres cazadores que reconstruían la apariencia de un animal a partir de las pruebas e indicios minúsculos dejados en el camino.

Fig. 3. Piezas rotas y restos del servicio Vélib’.
Fotografía: Martín Tironi

Los agentes de mantención se inscriben, de cierta forma, en este paradigma indiciario: no son los clientes los que hablan de los usos del servicio, sino las fallas, indicios, y huellas que portan los objetos. El sigiloso conocimiento de las huellas y los residuos permite que los agentes hagan presente algo que materialmente no se encuentra y, así, es posible traducir la memoria del objeto. Examinando texturas, fisuras y morfologías logran revivir y especular acontecimientos. Para los agentes, las fallas constituyen un intrumento heurístico, un indicio para descrifrar el pasado del artefacto.

Por ejemplo, cuando un marco esta doblado, rápidamente nos damos cuenta que la bicicleta fue vandalizada o que hubo un intento de robo.

Para los agentes de mantención de Vélib’, la noción de residuo adquiere sentido únicamente en relación a otro evento, es decir, es una categoría relacional que requiere atención y preocupación por el detalle. Los restos que deja la infraestructura no tienen vida propia y existen mediante la exteriorización de otra cosa que aguarda ser descrifrada. Reparar y mantener, por consiguiente, es producir una gramática interpretativa de las huellas, lo que involucra compromiso y una ecología de la atención. Con ello, se establece un modo de conocimiento que demanda compromiso y compañía.


Manteniendo y reparando personas

Las prácticas de reparación no se reducen sólo a una dimensión material. Ellas están entrelazadas a formas de mantenimiento que podríamos denominar sociomateriales. Si bien la tarea de los agentes de terreno es mantener el estado de las bicicletas en circulación y el de las estaciones, en la práctica su labor va mucho más allá. Por medio de sus labores de reparación, los agentes van desarrollando un conocimiento fino respecto de las formas de interacción de los usuarios con el servicio, de los tipos de desplazamiento, de los flujos de estaciones y de las formas de vandalismo. Su trabajo pasa en gran medida por reconciliar incesantemente a los usuarios canónicos con los usuarios reales (Akrich, 1992; Suchman, 2007). Un ejemplo de este rol no planificado (y creado en situación por estos agentes) es el que se observa en la figura 4. En ella se observa cómo un agente de mantención enseña a un usuario no parisino las modalidades y condiciones de utilización del servicio.

Fig. 4. Agente de mantención interactuando con una usuaria en la Estación de Austerlitz, París.
Fotografía: Martín Tironi

Los agentes contribuyen a configurar y enmarcar de forma significativa a los usuarios del servicio y los modos en que estos se entrelazan con la tecnología. La figura 5 ilustra bien esta situación. En ella se ve a una clienta en proceso de depositar su bicicleta en una estación, mientras que el agente aprovecha la ocasión para indicarle que la próxima vez recuerde amarrar su bolso al canasto de la bicicleta. Acto seguido, el mantenedor procede a mostrarle la manera en que debe pasar los cordones de la cartera para que quede bien sujeta, informándole que diariamente se producen robos de bolsos de mano por no estar amarrados correctamente a la canasta.

Fig. 5. Agente de mantención interactuando con una usuaria en el barrio de la Madeleine, París.
Fotografía: Martín Tironi.

En este tipo de ‘reparación’ el agente reformula la relación entre la usuaria y la tecnología, redefiniendo a la bicicleta no como una fuente de movilidad, sino como habilitadora de actos de vandalismo. De este modo, el trabajo de mantención no se reduce a una actualización del servicio, ya que muy a menudo los agentes vuelven a especificar los scripts de la tecnología. La noción de scripts proviene de Akrich (1992) y se refiere a los escenarios de interacción que los diseñadores o ingenieros buscan proyectar en determinada tecnología. Cada innovación técnica contiene una representación de la acción del usuario ideal y del entorno donde la tecnología evoluciona, estableciendo constricciones y una posibilidad de utilización. Pues bien, lo que vemos en el caso de los agentes de mantención es que estos no se limitan a una simple adecuación de estos scripts al terreno, sino que lo intervienen y modifican con la producción de nuevos escenarios e interacciones.

Volvamos a la figura (5). La actitud cognitiva y corporal de amarrar el bolso de mano al canasto de la bicicleta no forma parte de los scripts o prescripciones declaradas por los diseñadores e ingenieros, sino que se trata de arreglos elaborados y anclados a la situación acontecida. El contacto con la situacionalidad de la tecnología lleva a los reparadores a producir «scripts en acción» (Tironi, 2013), a ampliar los escenarios de uso inscritos en el dispositivo, y a poner en evidencia el carácter siempre inconcluso, flexible y fluido de las tecnologías (De Laet & Mol, 2000). En este sentido, la observación de las operaciones de mantención permite terminar con una visión de los usuarios basada en la atribución de propiedades intrínsecas para comenzar a ver cómo se generan en la acción, en el enlace con la tecnología, sus usos y reparaciones.

Entonces, podemos decir que los agentes estudiados desempeñan una función de mediación (Hennion, 2012) que no se reduce a la simple transposición de información hacia el terreno ni a un papel de intermediarios entre diseñador y usuario, sino que en sus mismas prácticas de mantenimiento desarrollan nuevas entidades y asociaciones, formulan nuevas definiciones de acción y uso del entorno urbano y las materialidades. Las operaciones de mantenimiento invitan a no tomar la trilogía diseñador-intermediario-usuario como una relación constituida por figuras predeterminadas, sino más bien a observar dichas operaciones como procesos que se van revelando en la práctica in situ.


Mantención y reparación como ética del cuidado

Las prácticas de mantenimiento y reparación presentan un estatus inferior en nuestra sociedad. Ellas son consideradas, habitualmente, como menos nobles que las actividades de la llamada clase creativa que irrumpe junto con el entusiasmo de las ciudades inteligentes (Florida, 2002). La denominada smart city se acopla a los rasgos que, según R. Florida, subyacen a la vitalidad de esta creative class: búsqueda de distinción y autenticidad, preferencia por la novedad y las relaciones horizontales, y creación de valor por medio del trabajo, entre otras (Harrison & Donnelly, 2011). Tomando la ciudad como pivote de la innovación, el urbanismo smart y la clase creativa se retroalimentan bajo el supuesto de que nuevos equipamientos e infraestructuras tecnologizadas (como internet abierto, autos eléctricos o bicicletas públicas) son caldo de cultivo para la proliferación de la genialidad y la innovación. En el capitalismo proyectivo el valor está puesto en la capacidad de crear conexiones y flujos de información constante, es decir, en sujetos flexibles y permeables a las nuevas innovaciones que ofrece un mundo conexionista (Boltanski y Chiapello, 2005).

En este horizonte, la mantención y reparación constituyen una suerte de mal necesario, una actividad que, dado su carácter reiterativo y poco llamativo, no amerita mayor análisis ni consideración en las prácticas de innovación. Es, además, un trabajo ejercido generalmente por personal doméstico que se encuentra en el escalón más bajo de la jerarquía social y moral. El estatus inferior con el que se perciben estas actividades tiene que ver con el hecho de ser habilidades manuales o físicas que no convocan aptitudes reflexivas, siendo delimitadas por un patrón o institución que constriñe la creatividad más subjetiva. Desde este prisma, la mantención no fabrica nada, no agrega valor al mundo. En otras palabras, y utilizando la expresión marxista, se trata de una ocupación alienante. Estas características contribuyen a que dichas labores se desplieguen silenciosamente o procedan, de tal manera, que se hagan invisibles, se borren y naturalicen a ojos del resto de la sociedad (Star y Strauss, 1999). En suma, las labores de mantención aparecen destinadas a ser el backstage de labores intelectuales y creativas, flexibles e innovadoras.

Aquí, sin embargo, hemos tratado de mostrar que las actividades de mantención y reparación permiten relativizar esta visión productivista de la acción humana. Por medio de saberes y prácticas inscritas en la ecología de la ciudad, los agentes no sólo aseguran la consistencia e instauración del servicio de transporte, sino que también despliegan un método indiciario extremadamente valioso para la persistencia de la infraestructura. Si la denominada clase creativa ha alcanzado la globalización de sus redes y los avances tecnológicos están permitiendo flujos de personas y objetos sin precedente en la historia, se debe a un sinnúmero de prácticas localizadas de mantenimiento. Conceptualizar la reparación y mantención permite problematizar algunos de los fundamentos del paradigma de la smart city (inmaterialidad, información, fluidez, instantaneidad) y tomar en serio la heterogeneidad de acciones que se requieren para producir esas inteligencias o movilidades de los objetos e infraestructuras (Amin & Thrift, 2002).

Limpiar, ajustar, remediar, ensamblar, regular, ordenar, apretar y normalizar son operaciones cotidianas que llevamos a cabo con los objetos y personas que nos rodean. El mundo no sólo se construye, sino que también se mantiene, cuida y repara. Estamos en permanente arreglo y mantenimiento de nuestro entorno, ya que acomodamos los objetos y nosotros nos acomodamos a ellos en una permanente transacción y reparación. Mantener (objetos, hogares, ambientes, relaciones, organizaciones) es una forma de instaurar las condiciones de felicidad y perdurabilidad del mundo. Más concretamente, no hay mundo habitable sin objetos que persistan o sin una permanente reinstauración de sus propiedades históricas, materiales, estéticas, simbólicas y emocionales. Las cosas no permanecen naturalmente, pero si duran y resisten al tiempo es porque son instauradas, conservadas, cuidadas y transmitidas. Tal como lo sostiene el filósofo Jean-Marc Besse (2013), mantener y generar cuidado es hacerle espacio al tiempo, lo que se convierte en la posibilidad material de toda creación. La hospitalidad del mundo depende de esta capacidad de sostenerlo, de generar cuidado. En consecuencia, no sentirse afectado por los residuos es olvidar las condiciones que permiten la permanencia de la vida. Tal como señala Besse (2013):

(...) durar, es resistir al desgaste. Es conservar el objeto después del uso. Es mantener para que éste no desaparezca. Habitar, es mantener los lugares. No se puede ser capaz de habitar los lugares si no logramos sostenerlos en buen estados.

Esta reivindicación ontológica de la mantención, en oposición a la acción épica de la fabricación, dialoga con la concepción de diseño que ha movilizado recientemente Latour (2008). Al contrario de la grandilocuencia de conceptos como construcción o fabricación (propios de la lógica prometeica de la modernidad), el filósofo francés postula que en el diseño precipita un gesto de humildad, una ética del cuidado y una atención hacia el detalle que son más propios del artesano que de la idea de progreso refundacional de la racionalidad moderna. La era ‘post prometeica de la acción’ que inauguraría el diseño aparece, así, como una crítica a la idea de innovación o novedad permanente (inherente, por lo demás, a la idea de ciudad inteligente). Es decir, como «un antídoto a la arrogancia y la búsqueda de la certeza absoluta, a los comienzos absolutos, y los comienzos radicales. (...) Diseñar nunca es crear ex nihilo» (Latour, 2008: 5).

La mantención y reparación forman parte de estas prácticas humildes y cuidadosas de lo que se tiene a la mano, y no de las epifanías que están por venir. Nunca se mantiene o repara algo desde cero (ex nihilo), sino que presupone – como lo describimos– involucrarse con el pasado, presente y futuro del objeto. Desde este punto de vista, la acumulación de residuos adquiere otra condición ontológica cuando se observa desde la experiencia de aquellas personas que cotidianamente lidian con este tipo de materiales. A ojos de estos actores, arreglar no se reduce sólo a la gestión de materiales residuales, sino que supone involucrarse con la vulnerabilidad y desarrollar una ética del cuidado que habilite el acontecimiento de las cosas. Hablamos de ética del cuidado en el sentido fuerte que Puig de la Bellacasa le otorga, esto es, cuando las cosas pierden su sentido ético, cuando ya nadie las atiende ni repara.


El derecho a la reparación y mantención

Los relatos sobre el trabajo de los mantenedores de la infraestructura Vélib’ han ofrecido algunas luces para repensar el lugar de los residuos en la ciudad contemporánea, ampliando la comprensión sobre las agencias y prácticas que la constituyen. Se ha intentado explorar esas capas invisibles de las infraestructuras que pueblan y constituyen las urbes examinando el tipo de competencias y operaciones que desarrollan los mantenedores para lidiar con un horizonte plagado de fallas y deterioros.

A modo de conclusión, quisiéramos señalar dos cuestiones que esta perspectiva sugiere. En primer lugar, invita concebir el fenómeno de lo urbano desde un pluralismo ontológico, vale decir que, en lugar de abordarlo como un punto de partida estático, se entiende lo urbano como el resultado de un acoplamiento de múltiples registros: el de los usuarios, ingenieros, instituciones y tecnologías, pero también el de las fallas y desarreglos que circulan por la ciudad. Dicho de otra manera, examinar las infraestructuras desde las prácticas de reparación y mantención permite profundizar en enfoques antiesencialistas de lo urbano, poniendo en evidencia la categoría de ciudad y las diferentes identidades que adquiere según las operaciones y prácticas. En lugar de predefinir la naturaleza de lo urbano, esta perspectiva atiende la capacidad generativa de las prácticas siguiendo la forma en que los actores la actúan y definen. En esta línea, nuestra etnografía de la mantención ha mostrado cómo la definición de la infraestructura de bicicletas públicas no se reduce al registro de sus creadores y planificadores, sino que se redefine en las operaciones de reparación y mantención, cuidado y actualización.

En segundo lugar, tematizar la mantención y reparación plantea interrogantes políticas sobre los sistemas de producción y circulación de objetos técnicos en nuestra sociedad. Si el sistema productivo contemporáneo está generando más residuos que nunca en la historia, excluyendo crecientemente la posibilidad de reparación de los objetos (Verbeek, 2005) (5), la reparación y mantención supone una familiarización con los materiales y manipulaciones creativas. La mantención y reparación instaura un tipo de atención y cuidado hacia la consistencia de las cosas que siempre exige una segunda mirada, una detención, una nueva especificación de las relaciones que establecemos con las cosas.

La reparación aparece, por lo tanto, como un gesto de osadía política frente a una sociedad crecientemente gobernada por diversas formas de obsolescencia programada. Hablamos de osadía, porque en la reparación y mantención se instala un cuestionamiento a la separación sacrosanta entre saber técnico y profano, e invita a variados públicos a intervenir y hacer visibles las condiciones de durabilidad y de reutilización de las tecnologías. Las infraestructuras y artefactos que pueblan nuestros espacios dejan de constituir un matter of fact hermético e invisible al debate público, y pasan a concebirse como lugares de experimentación (matter of public) y de reinvención de posibilidades imprevistas.

La posibilidad de rehabilitar, mantener o reparar aquello que había sido definido por sistemas expertos como residuo o algo clausurado no es sólo una forma de ecologizar nuestros modos de vida, sino también un medio para hacer más accesible y abierto el conocimiento sobre los objetos que nos rodean. Es un gesto de resistencia ante la condena de tener que pensar que las cosas son como son. De manera más radical, la reparación y la mantención puede ser concebida como un derecho para especular cómo podrían ser las cosas o para experimentar modos alternativos de producir, consumir y significar el mundo de los objetos. De cierta forma, son reparadores y mantenedores quienes coleccionan objetos antiguos, quienes disfrutan experimentando con las cosas o, de manera más amplia, todos quienes insisten en el derecho de codiseñar el mundo en que vivimos.


Agradecimientos

El autor agradece al proyecto FONDECYT nº11140042, y a los editores y pares evaluadores por sus aportes a la primera versión de este artículo.

 

Notas

1. Este concepto (enacted en inglés) presupone una ‘desustancialización’. Por lo tanto, enfatiza el estudio de las actividades y agenciamientos simbólicos, políticos, materiales, técnicos y estéticos que permiten la producción del mundo (véase Law & Urry, 2004).

2. Este artículo se basa en observaciones etnográficas más amplias realizadas en el 2012 con diferentes operadores de la infraestructura Vélib’. Para un panorama completo de esta investigación, véase Tironi 2013, 2014a y Tironi, 2014b.

3. En otra perspectiva, Sennet (2012), buscando identificar las habilidades necesarias para la cooperación, distingue entre la reparación orientada a la restauración (hacer que el objeto parezca nuevo), la dirigida a la rehabilitación (que supone modificación y alternativas de sustitución disponibles), y la reconfiguración (que es la expresión más radical de reparación, ya que presupone formas variadas de experimentación y recomposición).

4. A esto se suma que dos años después de la puesta en marcha del servicio las cifras de destrucción eran alarmantes: 8000 bicicletas robadas y más de 16 000 vandalizadas. De ellas, cerca de 8000 debieron ser reemplazadas.

5. Esto, porque no entregan manuales de desmontaje, exclusividad o vida útil de ciertas piezas.

 

Referentes

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1. Martín Tironi | Sociólogo, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile. Magíster en Sociología, Université Paris-Sorbonne V, París, Francia. PhD y Posdoctorado, Centre de Sociologie de l’Innovation (CSI), École des Mines de Paris, París, Francia. Actualmente desarrolla un proyecto de investigación (FONDECYT) sobre Smart Cities, conceptualizándolas en términos de experimentaciones y prototipos sociales. Es investigador y profesor de la Escuela de Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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