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Acta literaria

versão On-line ISSN 0717-6848

Acta lit.  n.34 Concepción  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-68482007000100010 

 

Acta Literaria N°34, I Sem. (145-152), 2007

RESEÑAS

 

Taken for a ride. Escritura de paso de Luis Oyarzún: “La vida, una eternidad inasible”
Santiago de Chile: RIL Editores, Archivo del Escritor, Biblioteca Nacional, 2006, 454 pp.

 

Santiago Aránguiz Pinto
Universidad Diego Portales, Santiago, Chile E-mail: santiago.aranguiz@udp.cl


 

Culto, amable, perspicaz, incisivo, agudo, lúcido hasta el extremo, el poe ta y filósofo Luis Oyarzún desperdigó su sensibilidad literaria por decenas de cuadernos y hojas sueltas que acumuló durante años y de las cuales muchas todavía no han sido ordenadas para una posible publicación, quizás como una manera que tuvo este profesor de ejercitar su cátedra a quienes no tenían la posibilidad de asistir a la universidad. Provisto de una penetrante capacidad de observar la realidad y extraer de ella los momentos prístinos de una magnífica existencia, aunque a veces ésta se presenta esquiva y soñolienta, Oyarzún centró la atención en pequeños detalles de la cotidianidad, pero que para él adquirían una trascendencia de enormes proporciones, proponiéndose precisar en el papel una conversación, un detalle sugerente de un cuadro en el cual posiblemente nadie había reparado, el solitario devaneo de un adolescente enamorado caminando por el Parque Forestal, para luego guarecerse en aquellos momentos, considerados por él como sublimes e irrepetibles. Estos “pequeños gestos” eran para él la demostración de que la vida era una eternidad inasible que debía disfrutar al máximo, puesto que en aquellas manifestaciones cotidianas residía la grandiosidad de la eternidad humana.

Así, su propia vida adquiría sentido en la medida que él mismo era capaz de proyectar dicha alegría por escrito, sabiendo que sólo en la escritura era capaz de reconocerse como un ser humano dichoso y pleno. Por más que se preocupase de “fijar” la realidad tal cual él la observaba, nunca se convenció del todo lograr su objetivo principal, como si se le escapara de las manos con una facilidad asombrosa, no obstante el esfuerzo destinado para ello, en un ejercicio que tenía más de afectivo que de racional, alejado del afán científico de observar la realidad según modelos analíticos positivistas. Sus textos publicados en diarios y revistas así lo reflejan, amén de sus anotaciones desperdigadas en ensayos y artículos que posteriormente recopiló y los dio a conocer en formato de libro, que aunque no fueron muchos los que editó en vida, le acarrearon una reputación de escritor y pensador refinado y sensible.

El arte y la vida, para Oyarzún, debían ser una misma cosa, aspirando en todo momento a la exaltación del espíritu por medio de la escritura poética y, en menor medida, a través de la reflexión filosófica, aunque igualmente le asignó a la enseñanza y a la divulgación intelectual un sitial de primera importancia. Y es que cualquier aspecto de la vida cotidiana, por más nimio que fuese, está relacionado a las fibras más íntimas del alma humana, por lo que la esencia de la persona se estructura y define de acuerdo a la relación que éste es capaz de establecer con la multiplicidad de niveles y atmósferas de la realidad. Así es como se comprende la gran variedad de temas y aspectos que abordó en sus escritos, muchos de los cuales nacieron de una breve anotación en alguna libreta de apuntes que, a su vez, sirvieron de base para la elaboración de sus “diarios”, que constituyen un material literario único en la historia de la literatura chilena. Si bien tienen un carácter disperso y fragmentado, los diferentes registros literarios de Oyarzún poseen un denominador común: el uso cuidado y preciso de la palabra para lograr una expresión estilística conforme a sus expectativas, y la coherente estética de su propuesta, ambas unidas y afiatadas de manera tal que pudiesen lograr la integridad expresiva que tanto deseaba alcanzar.

Mediante el sugestivo trabajo de reconocimiento de la interioridad de los seres humanos y del genuino interés por la naturaleza y los animales, Oyarzún fue capaz de dotar de sentido a su existencia, como de la misma manera podía crear mundos poéticos, pero a la vez concretos, extraídos de situaciones cotidianas, que tuvieran una materialidad suficiente para hacerle creer que la vida no es más que la convicción profunda de situarse en el mundo tal cual es el ser humano y proyectar desde lo genuino una interpretación propia de la realidad, acorde a los parámetros estéticos y éticos que modelan la conducta de cada individuo. En ese sentido, Oyarzún nunca descuidó la necesidad intrínseca de cualquier artista o poeta de estar siempre atento a los momentos mágicos que depara la cotidianeidad a veces opresiva, otras veces inconstante, que, de una u otra manera, modela la actitud que el ser humano tiene de su propia existencia y, además, cómo se enfrenta al mundo, qué tipo de vínculo establece con las demás personas, los animales y las plantas.

Vistas así las cosas, nada le era ajeno o extraño a Oyarzún, más aún si consideramos que fue un espíritu inquieto que desde adolescente tuvo una latencia permanente por conocer y apropiarse de todo aquello que le produjera fascinación. Algunos, incluso, lo consideran como el último representante de aquellos espíritus que poseen una sed embriagadora para imbuirse de la literatura, el arte, la religión y del misterio de la naturaleza, o de conocer los vericuetos más profundos del alma humana, para extraer de allí, por muy mínima que sea, alguna expresión estética, bien trágica o sublime, digna de perdurar en la constelación espiritual de la humanidad.

Junto a la pasión de ver que caracterizó a Oyarzún, encarnada en la predisposición constante de observar reflexivamente el transcurrir cotidiano del día a día, tendríamos que añadir una irresistible gana de ser, que constituyen, según Jorge Millas, las dos principales pasiones que caracterizaron la obra y la vida de su amigo, en la misma relación en que hizo de la escritura y la lectura sus dos principales medios a través de los cuales se propuso acceder a un universo lingüístico y onírico capaz de expresar todo aquello que sentía, donde su amor por la enseñanza y su compulsiva necesidad por escribir reflejaran su incesante devaneo literario que no cesó sino hasta el mismo día de su muerte, en la ciudad de Valdivia, cuando escribió “Taken for a ride”, frase que los autores eligieron para titular esta voluminosa compilación, la más exhaustiva hasta ahora sobre este escritor. Aun así, ni la muerte detendría la difusión de este escritor y filósofo que trabajó en contacto permanente con la imagen y con las palabras, y que estableció una relación por momentos obsesiva con la escritura, pues, para Oyarzún, todo podía ser narrado. Ver, escribir, narrar, de acuerdo a la perspectiva de Oyarzún, equivalía a desplegar el dominio existencial del cuerpo y del alma, a la vez que posibilita establecer una relación de complicidad con el objeto que se describe, de manera de apropiarse de él, “hacerlo propio”, o mejor dicho formar un solo objeto entre ambos, logrando de esta manera la unicidad (cuerpo y alma) tan ansiada por él.

Apodado por su amigo Nicanor Parra el “pequeño Larousse ilustrado”, y debido a su vasto conocimiento en las más variadas materias artísticas, botánicas, literarias o pictóricas, Oyarzún manifestó permanentemente un interés genuino por asuntos considerados triviales o superfluos para algunas personas, pero que para él adquirían una luz propia capaz de resplandecer los objetos menos vistosos o las situaciones más toscas o lúgubres. Nada le era ajeno a Oyarzún, menos aún la capacidad de asombro que posee cada ser humano, y que se expresó en él de manera fulgurante. Nunca perdió la capacidad de maravillarse y de “fijar” cada instante, para luego inmortalizarlo en el papel, desde donde realizaba un ejercicio estético de bella pulcritud y agudeza analítica. Por nada del mundo quería que se le escapase la realidad, ni menos su propia vida; por eso se explica la obsesión que tuvo de registrar todos los hechos que le sucedían en un día, dando cuenta de todo lo que veía, aunque no lo hacía con un afán de documentar cada minuto de su vida a través de una mirada cientificista propia del positivismo decimonónico sustentada en la noción de que sólo la documentación exhaustiva de los acontecimientos aseguraba la fidelidad de lo narrado, sino más bien con el propósito de establecer en sus libretas (que acumuló por decenas, muchas de ellas extraviadas) los diferentes tipos de estados anímicos que le generaba la realidad misma y su entorno social, acompañada de las emociones que sentía cuando observaba.

En otras palabras, Oyarzún contemplaba la vida con el asombro de quien se acerca a ella con la ingenuidad que otorga la mirada refrescante de la niñez, para luego extraer de allí la savia necesaria de la cual se nutría para soportar la pesada carga de la realidad cotidiana, muchas veces sobrepasado por el trabajo burocrático que le impedía dedicarse a leer y escribir tal como a él le hubiese gustado. Pese a haber ejercido como profesor y decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, demandándole una gran cantidad de tiempo para preparar clases y dedicarse a los asuntos administrativos, Oyarzún nunca dejó de escribir. Escribir era para él la única manera que tenía de conectarse con las fibras más profundas de su alma; a través de la escritura se reconocía a sí mismo y podía reconocer al mismo tiempo su lugar en el mundo, en el mundo real y en el mundo literario.

Más que dar cuenta fidedigna de los acontecimientos propiamente tales, a Oyarzún le interesaba en cambio “eternizar” el flujo emocional que subyacía detrás de cada estado de ánimo por el cual atravesaba. Así es como se entiende, creemos, la gran cantidad de referencias en sus artículos y crónicas donde escribe, en un estilo literario sobrio y elegante, tamizado por una considerable dosis de refinamiento, sobre los más variados asuntos siempre con la idea de que no había que “describir” únicamente, sino también “emocionar” al lector y, por supuesto, emocionarse a sí mismo. El oficio literario y la literatura como resultado del trabajo escritural, para Oyarzún, constituían un ejercicio espiritual que involucraba las fibras más sensibles del escritor, siendo capaz de entregarse por entero a dicho oficio, primando más el latido del corazón que la racionalidad del cerebro. La escritura, en consecuencia, debía establecerse para Oyarzún como una suerte de “comunión espiritual” entre el escritor, el cual debía asumir una apertura absoluta para disponerse a recibir el encanto de la vida en su totalidad, y el objeto narrado que, a su vez, era capaz de provocar en el interlocutor las emociones necesarias para desarrollar el impulso narrativo.

Asimismo, Oyarzún supo hacer del ejercicio visual un recurso de exploración personal de búsqueda existencial y, además, una manera de que quienes lo rodearon se sintieran interpelados, ya sea para participar de dicha obsesión que tuvo en el “ver”, como también de maravillarse ante la magnificencia de una realidad que a veces se exponía hostil y ajena, pero que al mismo tiempo, en la medida que el individuo adoptaba otra actitud, podía presentarse amable, cautivadora e incluso armónica. Dependía de la perspectiva con que se analizaba cada hecho o situación que, por lo demás, podía cambiar en varias oportunidades durante un breve período de tiempo, de acuerdo a la emoción que le transmitía un cuadro o a la felicidad que sentía cuando descubría una flor nueva de la cual no tenía registro. Esos eran los momentos de plenitud existencial que deseaba “eternizar” a través de anotaciones o en sus poemas.

Esas eran las cosas por las cuales Oyarzún sentía un profundo aprecio por la vida y un afán sin freno de maravillarse por la luminosidad de un color o por la fragancia de un aroma natural. Asombro podría ser la palabra que mejor define la actitud de Oyarzún frente a todas las manifestaciones del ser humano; asombro por la música, asombro por la poesía, asombro por la belleza de la naturaleza, asombro incluso por los hechos cotidianos que, según Oyarzún, pueden poseer igual o mayor cuota de verdad creadora y belleza artística que la más refinada de las piezas musicales.

Por cierto, asombra la gran cantidad de colaboraciones periodísticas que Oyarzún envió desde muy temprana edad a diarios y revistas que lo acogieron, y que posteriormente lo presentarían como a uno de los intelectuales chilenos más influyentes del siglo XX, con una capacidad analítica e interpretativa única, sólo equiparable, quizás, a Jorge Millas, con quien compartió primero los estudios en el Internado Diego Barros Arana, y después el haber trabajado como inspectores de dicha institución junto con Gonzalo Rojas y el propio Parra, donde tuvieron a su cargo al entonces todavía estudiante poeta Jorge Cáceres, quien pronto se revelaría como un artista refinado y un teórico sutil para captar la belleza, para algunos imposible de asir, pero que para Oyarzún resultaba una “materia” siempre cercana y amable, que siempre pudo hallarla tanto en la plástica, en la danza, la música y en la poesía. Con los años, al grupo de amigos y escritores del INBA, compuesto además por Carlos Pedraza y Roberto Humeres, se unirían miembros de la generación del ’50y del ’60, como Enrique Lafourcade, Pedro Lastra, Jorge Teillier, Pedro Lastra, Alfonso Calderón, Enrique Lihn y Oscar Hahn, alrededor del bar “Il Bosco”, junto a interminables caminatas por el Parque Forestal.

Compuesto por artículos, ensayos, notas de prensa, críticas, comentarios varios y reseñas publicadas en diarios y revistas chilenas desde principios de la década de 1940 hasta su muerte, en 1973, Escritura de paso (publicado por RIL Editores, sello que también ha dado a conocer otras obras de este intelectual), cuya compilación y prólogo estuvo a cargo de Thomas Harris, Daniela Schütte y Pedro Pablo Zegers, investigadores del Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional de Chile, da cuenta de la multiplicidad de temáticas e intereses que motivaron a Oyarzún para emprender las más diversas facetas de la actividad artística e intelectual en general, al punto, como dice Nicanor Parra, de que Oyarzún era capaz de hablar de cualquier cosa, incluso de fútbol, si es que el momento lo ameritaba.

No obstante conocer sobre los asuntos más variados, Oyarzún no pretendió alcanzar la figuración ni menos aparecer ante sus amigos y alumnos como un “sabelotodo” que se vanagloriaba de su lucidez extrema y la inteligencia próvida que tuvo. Nada más lejano a su carácter que aparecer como un “sabio” que descansaba en el Olimpo, ajeno a toda problemática terrenal, preocupado sólo de sus elucubraciones metafísicas, distante de la realidad mundana. La particular avidez de Oyarzún por conocer los aspectos más desconocidos de la historia humana, o tener un conocimiento acabado de nombres de flores y arbustos, tuvo su correlato en el interés que en él despertaba todo aquello que emitía una luz de encanto y ternura. Ahí estaba, según él, la verdadera vida, la vida que debía ser vivida, donde alguna deidad había depositado el resplandeciente encantamiento de la sencillez.

El libro que ahora comentamos se divide en siete capítulos, los mismos que separan los distintos tipos de registros literarios a los cuales se abocó el prolífico Oyarzún, dando muestra de sus habilidades tanto como crítico literario o como cronista de la revista Pro Arte, ya sea a través de comentarios sobre exposiciones y museos publicados en La Nación en la década del ’50, o bien emitiendo apreciaciones artísticas sobre cultura e identidad hispanoamericana, además de su interés por la problemática ecologista. Se incluye en este voluminoso volumen los libros fundamentales de Oyarzún publicados en vida, como Temas de la cultura chilena, Meditaciones estéticas y Defensa de la tierra. En la sección titulada “El espejo roto”, por ejemplo, la veta naturalista-ecológica de Oyarzún crece y se expande en ensayos como “La necesidad de los árboles”, “Flores silvestres de Chile” y “El smog en Santiago”, donde registra algunos de los males que aquejaba a esta ciudad durante la década del ’50, lo que demuestra que mucho no ha cambiado desde entonces la planificación urbanística de la capital chilena, alegando además por la falta de interés de parte de las autoridades para proteger el medio ambiente y fomentar la instalación de parques y plazas.

Por otra parte, “Crónica de una generación” constituye sin lugar a dudas el registro literario fundamental para adentrarse por vericuetos recónditos de aspectos desconocidos que acompañaron a muchos miembros de la Generación del 38, de los cuales Oyarzún iluminó con una acostumbrada precisión, dando cuenta de un lado desconocido de dicha generación, mostrando un rostro novedoso de quienes la conformaron, su origen y las actividades realizadas por algunos de ellos. Destacan, en este sentido, los recuerdos sobre los años cuando estudiaba en el Internado Barros Arana y la amistad que cultivó con Jorge Cáceres, quien sería uno de los amigos más cercanos hasta finales de la década del ’30, cuando éste se incorpora a La Mandrágora y se inicia en el camino del surrealismo.

Pero también Oyarzún publicó poesía y póstumamente la compilación Necesidad del arcoiris (2002, a cargo de Harris y Zegers), que incluye poemas de los siguientes textos: Mediodía (1958), Alrededor (1963), Tierra de hojas (1987), de Diario íntimo y Teoría y prosa poética (2002), trabajo realizado por el mismo Zegers, en donde se reúnen los siguientes libros: Las murallas del sueño (1940), Poemas en prosa (1943) y Ver (1952), estas últimas consideradas como una muestra más, aunque sistematizadas, de sus “pequeñas” obras, denominadas así por la fragilidad material de las ediciones que contenían volúmenes breves de no más de 40 páginas cada uno.

De todo lo anterior se deduce que Oyarzún escribió una gran variedad de registros literarios, lo que lo hace un escritor inclasificable, puesto que en sus apreciaciones críticas sobre una exposición de pintura, podemos encontrar divagaciones sobre el quehacer artístico. O bien sus “diarios”, que eran verdaderas bitácoras de vida en los cuales se mezclan la prosa poética, la reflexión intelectual propia de un académico que preparaba sus clases o algún discurso protocolar, fragmentos de poemas escritos a medio camino, prosa poética de alto vuelo imaginativo, evocaciones, anotaciones fugaces, sesudas reflexiones filosóficas, destellos de espiritualidad poética. En fin, la escritura de Oyarzún abarcó desde la poesía, la semblanza, el ensayo y la prosa, siendo sus –a estas alturas– míticos diarios la representación más fiel de la compleja y atrayente personalidad de un intelectual en el amplio y estricto sentido de la palabra, alguien que se dedicó a cultivar el diálogo, la conversación, la reflexión académica, la evocación poética y la crítica literaria con igual destreza y soltura, al igual que en todos los demás campos literarios en los cuales incursionó.

En ese sentido, los “diarios” reflejan a una persona obsesiva que cultivó sus ansias de registrar la vida misma para no dejarla escapar, dejando muchos de ellos dispersos en casas de amigos, bares, recámaras de barcos, en las habitaciones de hoteles, o bien perdidos en un banco de cualquier plaza. No hay duda de que, según se puede desprender de la lectura del libro que comentamos, Oyarzún observó la realidad con una mirada aguda, e hizo de ella su aldea y su desgarro existencial al mismo tiempo, sabiendo de antemano que en la contemplación radicaba el motivo esencial de una vida plena dedicada al cultivo del arte narrativo y la poesía.

Gracias al trabajo emprendido por los investigadores del Archivo del Escritor de la DIBAM disponemos hoy de un nuevo volumen de la obra de Luis Oyarzún, uno de los escritores más auténticos y originales de la literatura chilena, y al mismo tiempo, quizás uno de los menos reconocidos ni menos aún estudiados en colegios y universidades, lo que constituye ciertamente una lástima, una gran pérdida para los estudiantes universitarios y los propios académicos e investigadores nacionales. Ya era hora de que los lectores dispusiéramos de la recopilación de casi la totalidad de artículos, ensayos y crónicas de Oyarzún en un solo libro, aunque lamentamos que la edición no haya sido la más conveniente para el caso, tanto en sus aspectos de diseño como en la falta de inclusión de material fotográfico.

De todas formas, la publicación de Taken for a ride. Escritura de paso invita a todos quienes se sienten atraídos por la luminosidad de la reflexión filosófica, la imaginación poética y la agudeza analítica a adentrarse algo más que “de paso” en el oficio literario de un escritor único en su especie, capaz de ensanchar la concepción clásica del narrador delimitado entre cuatro paredes, sumergido en un solo tipo de escritura. Oyarzún, por lo demás, fue capaz de desafiar la apreciación técnica del oficio literario, al mismo tiempo que propulsó la instalación de nuevas temáticas dentro de la literatura chilena (como la ecología), acostumbrada más bien a mirarse el ombligo una y otra vez. Tampoco se limitó a un solo tipo de género literario, auspiciando, en cambio, la heterogeneidad expresiva, que fue su característica principal, aunque tiene, en apariencia, una configuración desordenada y multiforme, dispersa o bien disociada de una propuesta estética coherente y estable en el tiempo. La publicación de este valioso libro demuestra lo contrario; es al mismo tiempo la confirmación de la vigencia de un escritor que desdeñó los convencionalismos literarios, al mismo tiempo que se mantuvo alejado de las turbulencias de la época moderna que distraían su atención y no le permitían dedicarse a lo suyo: la escritura y nada más que la escritura.

 

 

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