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Acta literaria

versión On-line ISSN 0717-6848

Acta lit.  n.25 Concepción  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-68482000002500006 

Testimonio de parte*

PEDRO LASTRA
State University of New York at Stony Brook

*Ponencia leída en el coloquio "Los espacios de la crítica", Bogotá: Encuentro Internacional de Escritores (13 Feria del Libro, 29 de abril-2 de mayo, 2000).

A Adriana Valdés

La primera cuestión que suscita la estimulante convocatoria al encuentro de escritores es ésta:¿ Desde dónde hablar sobre la crítica? O mejor dicho, ¿en qué sector del espacio literario se sitúa una persona que intenta reflexionar sobre una disciplina tan debatida y no pocas veces rechazada? Las posibilidades, ya se sabe, son múltiples y las respuestas a esa cuestión pueden ser muy diferentes, y a veces hasta incompatibles, según se hable desde la condición de narrador, poeta o dramaturgo, o desde un quehacer inseparable de la actividad crítica, como lo es la enseñanza de literatura en colegios y universidades. Además, para un lector vocacional en estado puro, por así decirlo, ajeno a tareas creadoras o pedagógicas, el interés por la crítica tiene obviamente otro signo. ¿Y qué decir de alguien que participa de esas tres condiciones en grado diverso o proporcional? En más de un sentido éste es mi caso, por lo que siento que mis relaciones con la crítica han sido variadamente de simpatía y de distancia.

En el desempeño de la actividad académica, el trabajo crítico, aunque ocasional, se me impuso desde temprano como una necesidad. La enseñanza de la literatura supone el enlace de muchas cosas, pero es principal el que se da entre la información y el ejercicio de las opiniones y de los juicios valorativos sobre tales obras y autores. Un hablar continuo, pues, sobre lo que se lee y escribe, y cuya eficacia comunicativa no es fácil determinar. En ese espacio cerrado y frente a un público que no es del todo incorrecto llamar "cautivo" (aunque no necesariamente cautivado) se juega el destino de los lectores y críticos que nos continuarán: una responsabilidad que no pocas veces sentí pesar sobre mi ánimo.

¿Cómo se mide, por ejemplo, el valor de las obras consagradas por la autoridad de la tradición, o el de las que se establecen sobre el más escurridizo de los fundamentos, el de la preferencia personal? Con respecto a lo primero uno puede recordar, entre otras, la seductora respuesta de Borges en su famoso ensayo "Sobre los clásicos", incluido en Otras inquisiciones: "Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente, esas decisiones varían [...] Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad".

Con sus afirmaciones y sus atenuaciones, o acaso porque ambas cosas están presentes en esas notas, a mí me atraen estas líneas borgianas: un libro "capaz de interpretaciones sin término...", dice Borges; y el lector ­o más bien el relector­ siente que hay ahí una clave no desdeñable para explicarse si no todas algunas de sus preferencias.

Pero el problema no se agota allí, desde luego: ¿Con arreglo a qué principios se valoran las obras próximas, cuya aprobación surge de la exclusiva inclinación personal? Adelanto que no tengo ni un asomo de respuesta, como no sea el planteamiento de una nueva cuestión: ¿Hace falta justificar tales inclinaciones? Manía pedagógica sin duda, que me acercó a veces a la formulación kantiana, que pone el posible valor de la obra en la adecuación del objeto con la verdad que lo sustenta y que revela: una verdad que compromete a todos. Un estudiante me observó en una oportunidad que para aceptar tal compromiso sería necesaria una especie de encuesta universal, y yo estuve de acuerdo con esa objeción.

La cambiante crítica académica es central en ese debate y su importancia en este punto no puede ser negada. Pero sin menoscabo de las excepciones sobresalientes ­que no es del caso mencionar­ a mí me ha parecido a menudo, y cada vez más, enrarecida y enrarecedora. Diré cómo fue que empecé a sentirla así:

En 1978 Ricardo Gullón me encargó la preparación de un volumen sobre Julio Cortázar para la serie "El Escritor y la Crítica" que él dirigía en la Editorial Taurus, de Madrid. Durante ese año y el siguiente me dispuse a leer la bibliografía sobre Cortázar, comenzando por los casi treinta libros individuales y colectivos que se le habían dedicado. Como no era recomendable repetir en la nueva antología de textos críticos algunos buenos estudios que ya circulaban en otros volúmenes, continué con los artículos de revistas especializadas, y con las notas y reseñas a que daban incesante origen sus novelas, cuentos y ensayos: sumaban ya varios centenares, y a medida que pasaban los meses esos centenares aumentaban de tal manera que ya no era fácil desplazarse por un laberinto de opiniones y contraposiciones, de mínimos detalles inadvertidos pero que ahora sí se advertían, junto a observaciones de veras invitadoras; en fin: un exceso afligente, debido a las exigencias académicas que conocemos y cuyos supuestos me parece que deberían ser reexaminados con mayor rigor y sin demora.

La crítica cortazariana era, pues, un nuevo territorio, casi como el territorio Borges, o el territorio Neruda, en los cuales habrá que imponer ­según sugirió un humorista abrumado por la inabarcable bibliografía sobre algunos clásicos españoles­ una prolongada moratoria; territorios ya casi autónomos, pero en los cuales no abunda sin embargo la palabra que acompaña en un nuevo proceso de exploración y no sólo en el camino de las meras constataciones. Recordé entonces, y cité en mi prologuillo, la aleccionadora autocrítica de T.S. Eliot que se lee en la primera de las conferencias que profesó en la Universidad de Harvard en 1932, y que aparecieron al año siguiente en su libro Función de la poesía y función de la crítica (esa "perpetración de otro libro innecesario", según sus palabras): "Si los hombres escribiesen únicamente porque tienen algo que decir, y no porque desean escribir un libro o porque ocupan una posición tal que se espera de ellos que escriban libros, la masa de obras críticas no estaría del todo desproporcionada con el escaso número de las que merecen leerse". Al registrar este párrafo me ganó algún desánimo; pero continué mi empresa porque entendí que era posible hallar en ese ámbito páginas de crítica que conducían a zonas más o menos firmes de la reflexión, donde la autoexigencia de un discurso consciente de sus posibilidades permitía asimismo nuevos puntos de partida, por las sugestiones que provocaba el reordenamiento inédito e imaginativo de un texto o por la oportunidad de algunas formulaciones teóricas o metodológicas. Un programa harto deseable, que no puedo juzgar hasta dónde cumplí en mi cortazariana.

Esa experiencia, algo caótica y ambigua, me orientó hacia un espacio de la crítica que ya no siento como lateral: en entrevistas, diálogos y páginas testimoniales empecé a encontrar la respuesta deseada como lector. Confieso, pues, mi adicción a esas formas del trabajo literario, que veo como el complemento eficaz de una crítica que puede enriquecerse con esa cercanía. ¿Por qué no habría de ocurrir? El escritor es el primer lector de sí mismo y como tal sus opiniones pueden ser igualmente considerables en el momento de confrontar las motivaciones y el propósito declarados con los resultados obtenidos. En los últimos años de mi trabajo académico acudí con frecuencia a esa práctica que me pareció saludable y animadora; en primer lugar, porque un escritor no suele apoyarse en pretensiones de cientificismo crítico, algo que ha contribuido mucho al descrédito de nuestra disciplina. Esa pretensión, y una penosa tendencia imitativa, explica gran parte de las vertiginosas transformaciones metodológicas que hemos visto en la segunda mitad del siglo. No todas esas transformaciones son desdeñables, por cierto, y en el mejor de los casos hay que reconocerles el mérito de una exigencia que permitió la superación de los facilismos impresionistas. En el mejor de los casos, porque en otros esas actualidades pasajeras sólo fueron espejismos, derivaciones acríticas de modelos que se generaban siempre en otra parte y que respondían a otras necesidades o confrontaciones teóricas. Este ha sido un problema constante de las disciplinas humanísticas en Hispanoamérica, como se ve en algunas reflexiones del historiador Mario Góngora con respecto a su quehacer; y aunque él pensaba en la historia, no parece descaminado trasladar esa observación puntual, que creo justa, al ámbito de la crítica literaria:

 

...la historia es una casa con muchas moradas y es importante que la generación más joven evite atribuir cualidades absolutas o exclusivas a las últimas tendencias intelectuales, como siempre sucede en Hispanoamérica, [...] que tiende a tomar los resultados más recientes de la ciencia y la investigación europeas, pero no toma la dialéctica interna de la cual proceden esos resultados. En consecuencia, no logra una idea clara de la continuidad que existe entre una posición teórica y la siguiente. Hispanoamérica coge los resultados, por así decirlo, en una serie de "iluminaciones" instantáneas, y con cada nueva iluminación cree que todos los resultados previos han sido de algún modo anulados1.

No necesito insistir en que esta idea de Mario Góngora y su censura de las ligerezas señaladas no son la propuesta de una adánica búsqueda e implantación de supuestas fórmulas autóctonas, ajenas al proceso general de la cultura de la cual Hispanoamérica es parte. Yo la recibo como una advertencia, porque no me siento en absoluto libre de esas culpas que con palabras más severas han condenado también Rafael Gutiérrez Girardot y Antonio Alatorre. El primero ha denunciado, como un mal paralizante, lo que llama "la modorra mimética de los actualistas y terminologistas"; el segundo se ha referido ­en cierta "Epístola a los lingüistas"­ a las pésimas consecuencias de la aplicación indiscriminada de modelos y esquemas llevados al frenesí, como los que aparecen en varios trabajos leídos en un congreso sobre Rosalía de Castro, en la década del 802.

Ha sido pues como una manera de huir de esos ecos tan contagiosos que yo me he ido acercando cada vez más a la voz de los escritores que me importan, cuando hablan sobre la literatura y sobre su propio trabajo, y he terminado convirtiendo este modo de frecuentación en una suerte de estrategia personal de lectura y de enseñanza, que se me aparece como una manifestación estimulante para toda clase de lectores, aunque no sabría decir cómo funciona en un espacio público más amplio. Noé Jitrik ha meditado más y ha escrito con frecuencia sobre La lectura cono actividad, según el título de un libro suyo publicado en 1982 y en el cual yo encuentro precisiones muy compartibles e iluminadoras. En el capítulo final de ese libro, por ejemplo, caracteriza con claridad tres niveles o estratos muy definidos de este quehacer, atendiendo al propósito del lector y a su modo de acercamiento a la obra. De acuerdo con el orden creciente de complejidad denomina esos niveles "lectura espontánea o literal", "lectura indicial" y "lectura crítica", un nivel superior no entendido sin embargo como lectura "privilegiada" sino como "deseable". Creo que esta distinción es válida, porque despeja el equívoco de referir ese tipo de lectura con exclusividad a la que hacen los críticos: se trata, según Jitrik, de una forma integral de captación consciente y por lo mismo liberadora de los contenidos y valores de una obra.

Me parece que el ideal de una crítica académica, o la crítica académica ideal, se corresponde con lo que Jitrik llama "lectura deseable". Creo también que a esa lectura contribuyen con peso y signo distinto, desde luego, todas las formas de la crítica, desde la nota meramente informativa hasta el análisis o comentario inteligente y sensible, elaborado e integrador, que reclaman o sugieren en sus respectivos cuestionamientos Mario Góngora, Rafael Gutiérrez Girardot, Antonio Alatorre, Octavio Paz, entre otros. Al manifestar mi desencanto con un tipo de crítica que ha descuidado esas exigencias no he querido sino llamar la atención sobre un mal resultado, que sin duda puede y debe mejorarse.

No todo es desencanto en este terreno, como se ve; al fin de cuentas, la crítica académica no es sino un producto cultural entre otros de proyección aparentemente más fugaz y secreta: el género antologías, por ejemplo. Yo me apresuro a declarar mi deuda con lo que aquí señalo como un auténtico género (y pienso que no estoy haciendo demasiada violencia a esa palabra): más de una vez me he preguntado qué lector o grupo de lectores no ha procedido de un modo u otro por antologías. Hace años, los libros de lectura no eran otra cosa, aunque se ampararan bajo nombres tan rebuscados como florilegios. No obstante la arbitrariedad que se les atribuya, han sido lugares de encuentro del escritor con un público diverso y cambiante; también un registro de las inclinaciones ­llamémoslas estéticas­ de una época, y en el mejor de los casos el espacio de las permanencias. Es a este último rasgo ­que se me ocurre describir de ese modo­ al que tal vez atendían Pound y Auden al enfatizar la necesidad y el mérito de estos libros generosos y hospitalarios.

Sabemos que no hay antología que satisfaga a todos; pero entendida como una proposición, y sobre todo si se funda en criterios bien determinados, no podrá desconocerse que han contribuido a ampliar el ámbito de la recepción literaria y hasta han abierto el camino para valoraciones más justas de obras y autores.

En su breve ensayo "Teoría de la antología", incluido en La experiencia literaria, Alfonso Reyes razonó con autoridad y gracia la importancia de esta práctica tan antigua como la poesía misma: "Toda historia literaria, dice Reyes, presupone una antología inminente [...] además de que toda antología es ya, de suyo, el resultado de un concepto sobre una historia literaria. [...] A veces marcan hitos de las grandes controversias críticas, sea que las provoquen o que aparezcan como su consecuencia". Hasta en su capricho ­y en ocasiones en virtud de eso mismo­ Reyes advirtió que estos libros podían alcanzar "casi la temperatura de una creación", e imaginó el poder demostrativo de algunas regocijantes posibilidades extremas, como sería la denuncia de cierta "poesía diabética", como él la llamaba, a través de versos que se congregarían con el nombre memorable de "Panal de América o Antología de la gota de miel". Y la lista de autores que propone a continuación, como se recordará, no es insignificante.

Como lector, yo me siento en deuda con varias antologías hispanoamericanas y nacionales. Y no lo estoy menos con otra práctica, todavía vigente, por fortuna: la nota o reseña informativa o crítica, difundida por los suplementos literarios de diarios y periódicos, cuya función y necesidad en el espacio público no pueden ser ignoradas ni disminuidas. Yo confío en que esos lugares ­tan decisivos para la salud intelectual de la comunidad­ no se reducirán demasiado ni desaparecerán del todo, aventados por el avance de medios que, hasta donde he visto, no parecen muy interesados en compartir o hacer suyas esas tareas. Pero qué duda cabe: esos medios ofrecen posibilidades extraordinarias e insospechadas.

No hablo de las reseñas que aparecen en las revistas especializadas, obviamente distintas por el propósito que las origina y por el público al cual se dirigen. En las otras, y aun en aquellas escritas por jóvenes espontáneos, entre los cuales nos hemos contado todos, se insinúa ya una valoración y en todo caso las motivan un fervor y un entusiasmo generosos. Les debo a muchas de ellas lecturas buenas y no tan buenas, distinción a la que tal vez no hubiera llegado del mismo modo sin su ayuda. Por lo cual no me parece nada excesivo entenderlas también como textos auxiliares de lectura.

En Hispanoamérica, donde las dificultades de comunicación y las precariedades económicas son tantas, el suplemento literario en general ha sido un factor importantísimo de relación en muchos de los aspectos que aquí nos preocupan, aunque esto es válido no sólo para Hispanoamérica y para lugares más o menos aislados: su alcance ha tenido a menudo otras consecuencias. Y a propósito de esto me atreveré a contar aquí una pequeña historia, que he narrado varias veces. Me anima a escribirla ahora para Uds. el hecho de estar en Colombia, el que Gabriel García Márquez sea el centro del asunto, y el que no sea ajena al propósito que nos reúne. Señalo también a algunos testigos que no me dejarán mentir: el propio García Márquez en primer lugar; Fernando Tola de Habich, Julio Ortega, Joaquín Marco, entre otros.

En junio de 1972 viajé a Barcelona invitado por Fernando Tola, en ese entonces asesor de la Editorial Barral. Al llegar a la ciudad leí en el diario La Vanguardia una crónica de Joaquín Marco sobre La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, que Barral había editado en abril de aquel año. En la reseña del libro, que se iniciaba con referencias a la obra anterior de García Márquez y en especial a Cien años de soledad, el crítico analizaba con cierta detención los cuentos del libro y caracterizaba muy bien la "peculiar utilización de lo imaginario" en los relatos del autor3.

Una de esas mañanas visité a García Márquez en su departamento, y hacia el mediodía vi llegar el correo, que recibió Mercedes: era una impresionante cantidad de cartas e impresos, cuya lectura consumiría sin duda algunas horas, lo que García Márquez no dejó de comentar casi con pesadumbre: ¿Cómo dedicar tanto tiempo a esa correspondencia sin que su quehacer literario sufriera interrupciones? Mercedes se encargaba de leerla y le informaba de lo que requería su atención especial.

Salimos del departamento, y al ver a García Márquez el conserje del edificio vino hacia él para entregarle un encargo no poco singular: se trataba de un sobre, con el sello postal de rigor, dejado en manos del conserje por el cartero que había llevado la correspondencia hacía menos de una hora. Mientras abría la inesperada carta, el sorprendido destinatario comentó con humor que ésta parecía una escena preparada para impresionar al visitante extranjero: "Podrás contar en tu país que recibo cartas del mismísimo cartero", me dijo mientras extraía del sobre una tarjeta, en la cual el cartero se disculpaba por su proceder y le rogaba al escritor leer completa la carta que le enviaba: dos pliegos manuscritos con gran cuidado, cuyo contenido se resume en lo siguiente:

Aunque hacía meses que cumplía con puntualidad sus obligaciones en ese barrio, sólo ahora sabía quién era ese habitante del edificio, y del cual se hablaba elogiosamente en La Vanguardia, acercándolo al Amadís y a Cervantes. Le parecía inexcusable su ignorancia, y quería explicarla: le gustaba mucho leer, pero su fatigoso trabajo le impedía buscar libros y dedicarles algún tiempo; al llegar a casa veía noticias, de vez en cuando hojeaba el periódico, y así fue como se había encontrado con el artículo del "señor Joaquín Marco", donde se hablaba de una persona que él había divisado varias veces sin darse cuenta de quién era. Deseaba, pues, leer cuanto antes esas obras, estaba dispuesto a comprarlas y como suponía que el costo sería muy alto para él, le pedía al autor que le permitiera pagárselas en cuotas mensuales. El cumpliría con la misma puntualidad con que hacía su trabajo, dejando cada mes el dinero en la oficina del conserje, quien podría recibir también los libros, que ojalá le estuvieran dedicados. Seguían otras consideraciones y una larga lista de títulos, ésta en una hoja aparte: el lector de la crónica de Joaquín Marco había entendido que cada uno de los cuentos mencionados en ella era un libro, y como Marco no sólo se refería a los relatos sino también a Cien años de soledad e incluso a García Márquez: historia de un deicidio, de Mario Vargas Llosa, las publicaciones anotadas en esa petición eran numerosas.

Omito los comentarios que suscitó esa carta conmovedora, y el relato que García Márquez empezó a fraguar como para sí mismo con esa situación, mientras nos dirigíamos a la Editorial Barral. Por cierto, él le regalaría los libros y le aclararía que no eran tantos como los que figuraban en su lista.

Le conté esta historia a Julio Ortega, quien me acompañó unos días después a la oficina de Joaquín Marco, creo que en la Editorial Lumen. Mi interés en ver a Marco se había acrecentado, desde luego, a partir de aquel suceso.

Como muchos intelectuales en nuestro medio, Joaquín Marco realizaba también otras tareas, además de su trabajo editorial. En algún punto de la conversación se refirió con manifiesto desánimo a sus críticas en La Vanguardia. Pensaba no continuar escribiéndolas porque, según dijo, estaba convencido de que esas crónicas no las leía nadie, más allá del autor y del corrector de pruebas. Entonces Julio Ortega se dirigió a mí con presteza:

"Cuéntale lo que le acaba de pasar a García Márquez con el cartero".

"La realidad te desmiente, le dije a Joaquín Marco, porque hay otros lectores de tus crónicas..." Y le conté esta historia. La escuchó entre estupefacto y complacido, y yo me alegré de haber sido testigo de una situación que confirmaba mi idea de que la tarea crítica no sólo no es inútil sino que puede ser de veras significativa para ese lector desconocido, convocado o invitado desde una página impresa a compartir la experiencia de una lectura.

***

Me excuso por el carácter digresivo de estas notas, no ajenas a mi condición de lector algo disperso y nada programático. En materia literaria tengo pocas certidumbres y sí muchas dudas y preguntas. Tal vez por eso en estos días he recordado insistentemente, y no sé bien con qué pertinencia, un breve poema de Juan Gonzalo Rose, escritor de mi generación que nació y murió en Perú y a quien nunca vi. En una colección que publicó en 1969 con el título de Informe al rey y otros libros secretos encontré una reflexión muy compartible para mí sobre el sentido de nuestro quehacer, el frágil quehacer del escribano que él hizo dialogar con Huamán Poma de Ayala en algunos de sus poemas. Los seis versos de "Predios del rey" con que cierro estas páginas dicen así:

¿Quién es el Rey? ¿quién es el Rey?
preguntan.
El Rey es lo que queda después de los incendios.
El Rey sólo es el Tiempo.

Y esto, Guamán,
el Rey no lo sabía.

Bogotá, 30 de abril, 2000

_______________

Notas:

1Simón Collier, "Una entrevista con Mario Góngora". En Mario Góngora, Civilización de masas y esperanza y otros ensayos. SantiagoChile, Editorial Vivaria, 1987, p. 25.         [ Links ]

2Rafael Gutiérrez Girardot, Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana. Bogotá, Colombia, Ediciones Cave Canem, 1989, p. 97;         [ Links ] Antonio Alatorre, "Lingüística y literatura", Vuelta. México, D.F. Nos 133/134, diciembre 1987-enero 1988, pp. 21-27.         [ Links ] Se recordará que también Octavio Paz fustigó a menudo estas demasías, con expresiones lapidarias.

3Joaquín Marco ha incluido este artículo en su libro Literatura hispanoamericana: Del Modernismo a nuestros días. Madrid, EspasaCalpe (Colección Austral), 1987, pp. 347352.         [ Links ]

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