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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  no.43 Santiago mayo 2021

http://dx.doi.org/10.29344/0717621x.43.2790 

Entrevista

Centenarios, conmemoraciones y nacionalismos*

Centenaries, commemorations and nationalisms

Javier Moreno Luzón1 

Paula Bruno** 

**Argentina. Dra. en Historia por la Universidad de Buenos Aires. CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), Buenos Aires, Argentina. pbruno@conicet.gov.ar

Javier Moreno Luzón es historiador y ensayista. Cuenta con una amplia y reconocida trayectoria en el ámbito de la historia política y cultural. Es catedrático en la Universidad Complutense de Madrid, y ha sido profesor e investigador invitado en Harvard University, la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, la London School of Economics and Political Science, la Universidad Metropolitana de Tokio y la University of California, San Diego. Fue subdirector del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, y es asiduo colaborador del periódico El País .

Su artículo “Reconquistar América para regenerar España” , publicado en 2010, ha tenido un notable impacto entre los investigadores latinoamericanistas dedicados a estudiar los centenarios de las revoluciones y las independencias de América Latina. En los últimos quince años ha desarrollado proyectos de investigación en torno a las conmemoraciones, símbolos nacionales y relaciones entre monarquía e imaginario españolista dentro y fuera de España.

En esta entrevista, le he propuesto recorrer algunos hitos y novedades de la historiografía de los últimos años, poniendo el foco en algunos de sus intereses actuales: la construcción del “mito cervantino” y sus dimensiones transnacionales, la “Centenariomanía” y los ecos globales del españolismo, entre otros.

Paula Bruno: En primer lugar, quería saber si recuerdas cuáles fueron tus principales preguntas a la hora de abordar un tema central de la historia contemporánea como el de la identidad nacional, sus dimensiones y proyecciones. Como lectora de tus trabajos, encuentro algunas pistas sobre esas inquietudes en tus escritos de mediados de la década de 2000; en ellos te refieres a una reinante "narrativa melancólica”, atenta a los fracasos en la formación de la identidad nacional española, y tendiente a subrayar dolencias, errores y límites, que debía ser sometida a revisión por los historiadores ¿Con tus trabajos has realizado una apuesta para concretar esa vuelta de página y proponer nuevas agendas?

Javier Moreno Luzón: Sí, desde luego. En la historiografía sobre la España contemporánea, el interés por los nacionalismos y la construcción nacional ha sido muy intenso en los últimos cincuenta años. Hasta finales de la década de 1980, se centraba en los movimientos e identidades nacionales subestatales, como los catalanes, los vascos o los gallegos. Después, con mucha fuerza desde los años noventa, en el caso español, tomado en su conjunto. Cuando yo me acerqué al tema, en el cambio de siglo, la literatura académica estaba dominada por la idea de fracaso y excepcionalidad: en España, a diferencia de los otros países europeos relevantes, no se había completado el proceso de construcción nacional, un problema que se achacaba al comportamiento de las élites políticas y a las insuficiencias de la acción estatal en el siglo XIX. Esas debilidades explicaban el surgimiento de los na cionalismos alternativos al español.

En realidad, se trataba de una manifestación más, aunque muy tardía y persistente, de las tesis que Santos Juliá resumió, en una célebre conferencia de 1996, como “Anomalía, dolor y fracaso de España’! Ese marco interpretativo se había aplicado a los grandes procesos de la modernidad, en los que al parecer los españoles se habían separado de la norma continental: la revolución industrial, la revolución burguesa, la transición del liberalismo a la democracia... y también afectaba a la nación. Se había instalado, en este sentido, un relato melancólico que condicionaba toda la investigación y el ensayismo respecto del asunto, pues abundaban las conclusiones en torno a las ausencias, defectos, abstenciones, se veía más lo que no había que lo que había. Si en otros ámbitos, como el económico, la medida de todas las cosas se hallaba en Inglaterra, en el nacional se acudía a Francia, donde se pensaba que la comunidad política se había completado con éxito, de manera muy temprana y gracias a la acción del Estado.

En ese contexto, mi empeño, y el de otros muchos colegas, ha consistido en tratar de cambiar el rumbo de la historiografía acerca de España, integrándola en las corrientes internacionales de la disciplina y desprendiéndola de su característica melancolía castiza. Así, hemos profundizado en las fuentes y hemos encontrado múltiples manifestaciones nacionalistas, incluso en el ámbito local y en la sociedad civil, en una trayectoria con altibajos y constantes cambios. Con ello se ha corregido la anterior tendencia a realizar grandes afirmaciones, incluso a plantear debates respecto de la debilidad o la fortaleza de la nacionalización española, sin la debida base empírica. Además, si uno se asoma al panorama europeo, es difícil sostener la existencia de una norma general, más bien cada país tuvo señaladas peculiaridades y España puede considerarse un caso más, en absoluto único. Hoy sabemos, por ejemplo, que la experiencia francesa fue mucho más compleja y conflictiva de lo que solía creerse. Como se ha afirmado alguna vez, los españoles ni siquiera son excepcionales a la hora de creer en su propia excepcionalidad, pues los habitantes de otros países comparten ese mismo rasgo.

Paula Bruno: De acuerdo con tus experiencias de investigación: ¿piensas que en la actualidad siguen siendo proteicas fórmulas como "invención de la tradición” (Eric Hobsbawn y Terence Ranger), "comunidades imaginadas” (Benedict Anderson) y "nacionalismo banal” (Michell Billing) para trabajar en las áreas en las que te has concentrado? ¿Te parece que han surgido nuevas formulaciones o rótulos que complementan o superan estas nociones que han resultado tan potentes en la historiografía de las últimas décadas?

Javier Moreno Luzón: En los estudios relacionados con el nacionalismo, el annus mirabilis de 1983 merece, por descontado, un puesto de honor. Se publicaron entonces varias obras que cambiaron para siempre la mirada sobre las naciones, como las que citas, de Hobsbawm y Ranger y Anderson, y la de Ernest Gellner, Naciones y nacionalismos. Como ha señalado José Álvarez Junco, con ellos se impuso una nueva visión del tema, un nuevo paradigma que suele llamarse modernista, que considera las naciones artefactos culturales y políticos contemporáneos, ligados con las nuevas ideas en torno a la legitimidad, al ascenso de élites mesocráticas y a las transformaciones atizadas por el capitalismo y el crecimiento de la opinión pública. A mi juicio, es difícil una vuelta atrás en este terreno, aunque en las últimas décadas se ha discutido mucho respecto de estos trabajos seminales y hay críticas que deben ser atendidas: por ejemplo, hoy pocos especialistas aceptarían las connotaciones de adanismo, manipulación y dominio de clase que salpican el concepto de “invención de la tradición”; o las contundentes afirmaciones de Comunidades imaginadas acerca de los criollos americanos. Los etnosimbolistas, al estilo de Anthony Smith, han terminado por introducir matices importantes. Pero el esqueleto de estas tesis sigue en pie.

Las novedades que han venido después se refieren, más que a la aparición y la modernidad de las naciones, a su mantenimiento y sus peripecias, a sus evoluciones y conflictos, a su impacto en diversos grupos, a su permanente mutación. Dentro de estas preocupaciones, el concepto de “nacionalismo banal” ha tenido un éxito enorme y resulta muy útil para adentrarnos en las experiencias nacionales de la vida cotidiana y en el papel de los símbolos en ellas. Sin embargo, se ha prestado a ciertos abusos, como cuando induce a la confusión entre identidad nacional y nacionalismo, pues este último término implica una militancia política, una llamada a la acción y una movilización efectiva, que la simple identidad no siempre exige. En los debates recientes, ha habido algunas aportaciones que me parecen interesantes. Como la insistencia en la dimensión local y regional, de la patria chica o la Heimat, en las construcciones nacionales; o en el papel del géne ro, en las transferencias transnacionales y en la nacionalización desde abajo. Pero, si tuviera que señalar la influencia teórica con más potencial entre nosotros, hablaría de la irrupción del concepto de memoria, con todas sus variantes, pues identidad y memoria están íntimamente ligadas. La compilación de Les lieux de mémoire, dirigida por Pierre Nora, abrió una puerta que aún no se ha cerrado. Las polémicas sobre memoria colectiva, memoria histórica y conmemoración resultan insoslayables en los estudios referidos a nacionalismos e identidades nacionales.

En el caso español, la agudización de los enfrentamientos nacionalistas en los últimos años, sobre todo a causa del procés independentista catalán, ha traído consigo un peligro evidente para los académicos: la inevitable politización de nuestra labor. Por supuesto, la vibrante actualidad hace que se nos demanden opiniones en los medios de comunicación y que nuestros libros se vendan más, y eso es positivo. Pero muchos colegas se han prestado a defender las posiciones de uno u otro bando en la refriega, o se han lanzado a la cabeza conceptos como el de patriotismo (lo mío es patriotismo; lo del otro, lo del enemigo, nacionalismo) y el de nacionalismo banal (todo el mundo es nacionalista aunque no lo sepa), etc. Al calor de la batalla, se han revitalizado los mitos nacionales y se han invertido abundantes fondos públicos en la celebración de los grandes hitos de la historia nacional, catalana o española. Y, algo de lamentar, insignes y respetados historiadores han defendido posturas esencialistas poco presentables. Creo que todos estos factores no invitan al sosiego que debe presidir la reflexión universitaria.

Paula Bruno: He notado que a la hora de seleccionar tus objetos de indagación apuestas por trascender la idea de que las identidades son constructos que tienen origen en ámbitos intelectuales y políticos y son impuestos desde el Estado a la sociedad. En cambio, has mostrado de qué manera la construcción de imaginarios nacionales es simultáneamente un fenómeno con prácticas verticales, en las que el Estado determina una identidad homogeneizadora que se replica en la escuela, el ejército y otras instituciones oficiales, y dinámicas horizontales que se dan en la vida pública, en las que el rol de asociaciones, agrupaciones y movimientos de la sociedad civil tienen un rol destacado. Desde tu perspectiva: ¿qué ejemplos históricos ilustran más ajustadamente estas dinámicas en convivencia?

Javier Moreno Luzón: Así es. Resulta frecuente, aún hoy, ver la nacionalización o la construcción nacional como un proceso mecánico, en el que los pensadores elaboran el producto (los relatos, los emblemas, las creencias) y luego las agencias estatales (el ejército, la escuela) lo difunden o inyectan en los grupos sociales y en los individuos, que parecen envases vacíos, meramente pasivos, a la espera de los contenidos nacionalistas que les vienen de arriba. Lo cual me parece una grave distorsión, pues estos fenómenos son muy ricos y en ellos intervienen actores muy diversos y contextos no solo formales, sino también informales. Cuanto mejor los comprendemos, más conscientes somos de esta riqueza. Por ejemplo, aquí se despreciaba el peso de la Iglesia en el españolismo durante el siglo XIX, porque imperaba el prejuicio de su preferencia por formar católicos, no españoles. Sin embargo, los análisis recientes muestran el decisivo papel del catolicismo en la conciencia nacional desde entonces y hasta muy avanzado el XX. En algunos de mis trabajos me he ocupado de la confluencia de esos diversos agentes y me he fijado en el asociacionismo, no tan frágil o inexistente en España como a veces se ha afirmado. Otros compañeros han explorado el mundo de los individuos concretos o del hogar, del turismo o de la cocina, del deporte o de la música, con muy buenos resultados. Me gustaría destacar lo mucho que he aprendido en los proyectos de investigación que he compartido con ellos a lo largo de muchos años.

Para ilustrar la relevancia de la sociedad civil en las tareas nacionalizadoras puedo mencionar un par de ejemplos que he estudiado. Por una parte, el hispanoamericanismo, una vertiente crucial de la españolidad desde finales del XIX y durante todo el XX, creció de abajo arriba, en un movimiento asociativo que implicó a gentes muy distintas, desde escritores hasta empresarios, en numerosas ciudades españolas. Junto con las presiones exteriores, este movimiento consiguió convencer a las autoridades y convertir el 12 de octubre, aniversario del descubrimiento de América y día de la Raza, en fiesta nacional, la más longeva de la efemérides españolistas y vigente hasta la actualidad. Por otra, la asociación de los Exploradores de España, rama de los Boy Scouts creada en 1912, que se extendió hasta transformarse en el principal movimiento juvenil del primer tercio del Novecientos. Los scouts españoles se empeñaron en ser pequeños hidalgos, soldaditos comprometidos con su patria y con la monarquía. Ambos universos asociativos recibieron ayudas estatales y tuvieron una dimensión transnacional, puesto que no eran sino parte de grupos más amplios, presentes en diversos países. Ese juego entre lo privado y lo público, y entre lo nacional y lo internacional, me parece clave para entender muchos cambios sociales y políticos.

Paula Bruno: Has planteado que las conmemoraciones y las celebraciones patrias como ocasiones privilegiadas que reafirman relatos heroicos respecto del pasado nacional, diseñan panteones de héroes y cristalizan calendarios de efemérides. Pero también, has propuesto pensar las mismas como arenas de disputa por la memoria. En este sentido, señalas en alguno de tus textos que las conmemoraciones son "vivencias de nación” que pueden activar o resignificar los lazos emocionales entre los habitantes de un territorio y las ideas de nación disponibles. ¿Consideras que el "giro afectivo” o la historia cultural de las emociones nos proporcionan nuevas herramientas para pensar estos problemas?

Javier Moreno Luzón: Creo que sí. El análisis de las conmemoraciones y fiestas nacionales, inmerso como antes he dicho en la infinita preocupación actual por la memoria y sus derivaciones, nos pone en contacto con fenómenos muy plurales, donde convergen elementos variopintos y se disputan las interpretaciones de la historia, los relatos dominantes sobre los orígenes y significado de la comunidad correspondiente. Son, en cierto modo, una expresión más de la política, en tendida como una pugna constante por el poder, de ahí que me guste verlas como arenas en las que intervienen diversos contendientes. Tradicionalmente, este tipo de fenómenos se contemplaba con una mirada durkheimiana, en la que primaba la unidad y la cohesión social en torno a los símbolos compartidos. Yo prefiero pensarlas con una lógica weberiana y comprender el sentido que cada actor, individual o colec tivo, otorga a la efeméride, desde los intelectuales y los celebrantes de las ceremonias patrias hasta la gente corriente que toma iniciativas o presencia el espectáculo. Es decir, no quiero olvidar que los protagonistas de la historia son personas libres, con intereses y opciones, no autómatas sometidos al determinismo cultural de la religión nacionalista.

Desde luego, las emociones representan en estos festejos un papel protagonista, pues la nación no es solo un discurso, sino también un foco sentimental, con emblemas que atraen pasiones y sensibilidades, experiencias de comunión y de exclusión, sentimientos de amor y de odio. Basta pensar en las omnipresentes banderas y los himnos, adorados y a la vez disputados. En las conmemoraciones ocurre a menudo, no es infrecuente que una fiesta sea repudiada por alguien y divida a la opinión. Para el historiador, lo más difícil es captar esas emociones, que no siempre se expresan de manera inteligible, hallar las fuentes adecuadas e interpretarlas de acuerdo con sus significados en la época de que se trate. Como pasa casi siempre, conocemos bastante bien lo que dicen (y sienten) las élites, mucho peor las vivencias de sus conciudadanos menos ilustrados o visibles. Esta es una gran limitación, a veces frustrante.

Paula Bruno: Varias de tus contribuciones han insistido en la necesidad de pensar las identidades nacionales como construcciones con pretensión de antigüedad y continuidad en el tiempo y, a la vez, como fabricaciones que requieren constantes reactualizaciones. En tus trabajos has estudiado mitos, símbolos y rituales dando cuenta de esas tensiones entre pasado, presente y porvenir. Me interesa, en particular, que comentes cómo operan esas dimensiones en tus estudios acerca del "mito cervantino”, en tanto culto a Miguel Cervantes y a Don Quijote como emblema, al que te refieres como un "mito españolista polivalente” con proyecciones hispanoamericanas.

Javier Moreno Luzón: La identidad, también la identidad nacional, necesita de historias que nos cuenten de dónde venimos y quiénes somos, con mitos de origen y símbolos que sinteticen los rasgos característicos de nuestra comunidad. Pertenecer a una nación, más aún si uno es un nacionalista militante, exige manejar algunos relatos míticos y vincularse con unos cuantos emblemas. Por ello, una forma muy pro ductiva de adentrarse en estos asuntos es delimitar cuáles son esos elementos cruciales y ver cómo se interpretan, cómo se celebran a lo largo del tiempo, cómo obtienen significados y los pierden. Es decir, cómo se actualizan y renuevan, para qué se utilizan y qué productos culturales decantan. El nacionalismo es repetitivo, machacón, poco sofisticado y bastante eficaz, siempre igual y siempre distinto.

En el caso español, Miguel de Cervantes y su obra maestra, Don Quijote de la Mancha, se convirtieron desde finales del siglo XIX en un símbolo fundamental de la identidad nacional, la quintaesencia de la patria, asociado a un modo de contemplar el mundo, a una psicología que dependía sobre todo de la lengua castellana. Algo muy propio del nacionalismo etno-cultural, en busca del Volksgeist, del espíritu patrio. En la vida de Cervantes o en las páginas del Quijote se buscaban las claves del ser nacional y las respuestas a las grandes preguntas sobre su futuro. Y valía tanto para los sectores más reaccionarios y católicos, que los entendían como cumbre de la época gloriosa del imperio español; como para los progresistas, quienes ensalzaban en ellos la búsqueda de la libertad. Por eso eran polivalentes, que es lo mejor que puede pasarle a un emblema para perdurar. Desde entonces han persistido en mil y una manifestaciones.

Lo curioso es que ambos adquirieron esta categoría simbólica no solo entre los españoles o entre quienes desde fuera veían en ellos a España, sino también entre numerosos americanos de habla española. En este sentido, desde hace más de un siglo los emblemas cervantinos son emblemas hispánicos, y se celebran en América Latina tanto como en España, como estandartes de una identidad que se contrapone a menudo con la anglosajona en general, y con la de Estados Unidos -la potencia hegemónica del continente- en particular. El espíritu idealista o quijotesco frente al materialismo. Aquí ha sido decisiva la influencia de muchos y muy variados escritores, desde José Enrique Rodó hasta Alejo Carpentier, que alentaron la identificación del hidalgo manchego, y de su desgraciado pero genial padre, con la mentalidad y las aspiraciones de millones de americanos. Con las actualizaciones pertinentes, esta forma de ver esa colectividad hispánica, se llame la Raza, la Hispanidad o la comunidad iberoamericana de naciones, sigue viva: como dijo Carlos Fuentes, es el territorio de La Mancha.

Paula Bruno: En el último año se han derrumbado estatuas y monumentos erigidos en distintas ciudades en el contexto de manifestaciones de movimientos con expectativas muy diversas. Mientras que algunas voces han pensado estos procesos en términos de destrucción del patrimonio, otras han buscado los argumentos que validan esas acciones. En ocasiones te has ocupado de mostrar cómo en distintos momentos de la historia el hecho de erigir estatuas y monumentos implicaba pujas por los lugares y las políticas de la memoria. A la luz de estos acontecimientos recientes: ¿cuáles son tus reflexiones acerca de las destrucciones, las intervenciones -pintadas, cortes, grafitis- y otras formas de dar cuenta de que un monumento es un símbolo a derrocar?

Javier Moreno Luzón: Las estatuas encarnan valores concretos, los de quienes las erigieron, y con frecuencia responden a un orden político determinado, que honra a sus héroes. Cuando se produce una ruptura en ese orden, sobre todo si es violenta, lo habitual es que sufran algún tipo de ataque. Son pintarrajeadas, destruidas, mutiladas, y a menudo sustituidas por las de la nueva situación. También hay inci dentes si cambia la sensibilidad social al respecto, o si una minoría se rebela contra lo establecido. Eso es lo que ha ocurrido en los últimos tiempos en Estados Unidos y en otros países, donde han sufrido daños los monumentos que se relacionan de algún modo con el racismo y el imperialismo. Hay razones de peso para eliminar una efigie que se considera ofensiva o colocar otra en su lugar.

Pero creo que, además de estas consideraciones políticas, también habría que tener en cuenta criterios patrimoniales. Porque las estatuas pertenecen al patrimonio común, por sus posibles méritos artísticos pero sobre todo como parte de una historia que ha de entenderse en su totalidad, sin ignorar sus sombras. Así pues, me parece preferible mantener esos testigos y hacerlos inteligibles con las explicaciones oportunas, que cuenten de manera didáctica cómo y por qué se levantaron. Los casos extremos deberían acabar en un museo, no en un basurero o en un almacén municipal. En España, día sí y día también, se discute quién merece una estatua y quién no, a propósito de la guerra civil o de la dictadura franquista. Tal vez, y de cara a reafirmar los principios democráticos, sería mejor conocer su significado histórico.

Paula Bruno: Me has comentado que estabas preparando un libro que llevará el título "Centenariomanía” -un rótulo que aparecía ya en uno de tus ensayos de 2007 en el que te referías a una "fiebre conmemorativa”-. ¿Podrías avanzar algunos de los argumentos que desarrollas en el libro?

Javier Moreno Luzón: Muchas gracias por la pregunta, que me permite dar a conocer el libro. Sí, se titula Centenariomanía. Conmemoraciones hispánicas y nacionalismo español, y aparecerá en la editorial Marcial Pons Historia, de Madrid, este 2021. Se trata de una colección de textos sobre diversos centenarios nacionalistas a comienzos del siglo XX, precedida de un estudio introductorio en torno a la literatura académica general y seguida de un rápido recorrido histórico que llega hasta la actualidad. A lo largo de sus páginas explico, con múltiples ejemplos, algunos de los asuntos que ya han salido en esta entrevista, como mis posiciones acerca del interés de estudiar las conmemoraciones y la manera adecuada de hacerlo. Defiendo así la fijación, en aquella época clave, de unos cuantos componentes, míticos y simbólicos, de la identidad nacional española, hitos fundamentales que han sobrevivido y se han recuperado al hilo de los últimos conflictos políticos. Sobre todo, tres de ellos: la Guerra de la Independencia contra Napoleón, epopeya nacional por excelencia, y su apéndice las Cortes de Cádiz; la dimensión hispanoamericana de la historia española, al calor de los centenarios de las independencias en América Latina y de descubridores como Vasco Núñez de Balboa; y los emblemas cervantinos.

De acuerdo con lo que antes señalaba, el libro muestra las distintas versiones del nacionalismo español en pugna por los relatos compartidos sobre el pasado, el valor de las identidades locales y regionales en las conjugaciones nacionalistas y la participación de muy diversos actores en cada una de las celebraciones. Y constata asimismo la im portancia, hasta ahora casi desconocida, de los fenómenos transnacionales, o transoceánicos, en el españolismo, desde las iniciativas de las colectividades de emigrantes hasta las obras de ida y vuelta de los intelectuales a ambos lados del Atlántico. También de la diplomacia cultural y de los proyectos de numerosas fuerzas políticas y sociales de España y de las repúblicas americanas, desde Argentina, Chile, Colombia o Venezuela hasta Panamá, México, Cuba y el estado norteamericano de California. De todo ello se deduce que el hispanoamericanismo adquirió un peso creciente en las expresiones de la identidad española, hasta el punto de hacer a estas últimas dependientes de la benevolencia y la participación ultramarinas. En un país tan dividido como España, la nostalgia imperial y el hermanamiento con América han suscitado una adhesión extraordinaria, tan polivalente como duradera. En todo caso, espero que las investigaciones recogidas en el libro resulten útiles, incluso entretenidas, a cualquier lector interesado por estos temas; y que contribuyan a esclarecer y renovar los debates historiográficos generales respecto del nacionalismo, memoria e historia transnacional.

Agradecimientos

*Esta entrevista se ha realizado en el marco del programa de actividades del Proyecto ECOS-Sud 2017 titulado “Vitrinas nacionales y estrategias estatales de comunicación en las conmemoraciones de los centenarios y bicentenarios de las independencias en América del Sur (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia’; financiado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (República Argentina) y ECOS (Francia). Identificador: A17C02. Para más información sobre el proyecto puede consultarse: https://centenarecos.hypotheses.org/

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