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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  no.43 Santiago mayo 2021

http://dx.doi.org/10.29344/0717621x.43.2832 

Reseña

Andrés Neuman extraterritorial

Jaime Galgani* 

* Dr. en Literatura. Decano Facultad de Historia, Geografía y Letras Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Correo: jaime.galgani@umce.cl

Andrés Neuman extraterritorial. Zárate, J; Benmiloud, K; Caplan, R; Fisbach, E. Presses universitaires de la Méditerranée Montpellier, 2020.

Esta obra trata, según indican en la introducción Julio Zárate y Karim Benmiloud, de una compilación de trabajos expuestos en dos Jornadas de Estudio (Universidad de Angers, 2011, y Universidad Paul Valéry de Montpellier, 2016) sobre el escritor argentino-español Andrés Neuman (nacido en 1977) (Cfr. 9). El cuidadoso trabajo editorial finalmente dio su fruto en julio de 2020, bajo el sello de Presses universitaires de la Méditerranée y consta de doce estudios (cuatro de ellos en francés y el resto en español), precedidos por el prólogo aludido recientemente. Todos sus autores, algunos de los cuales se citarán más adelante, presentan trabajos teórico-críticos de primer nivel, útiles para comprender y disfrutar no solo la obra de Neuman sino también acercarse al conocimiento de la generación de escritores que han publicado la mayor parte de su producción después del año 2000.

Sin duda, resulta problemático redactar una reseña, toda vez que la lectura del capítulo introductorio bastaría para comprender tanto la profundidad y exactitud del proyecto como el aporte que cada uno de sus autores ofrece. Por tal motivo, me he permitido seleccionar algunos aspectos que pueden ser motivadores para su lectura, al menos como claves de entrada a un texto que puede ser útil para el acercamiento a su autor y la comprensión de su vasta producción literaria.

La generación de Andrés Neuman

Para allegar algunos datos bio-bliográficos, sirven aquí las indicaciones que ofrece Adélaide de Chatellus (113-126) quien señala que Andrés Neuman nació en 1977 en Buenos Aires, desde donde emigró con sus padres músicos a Granada, ciudad de su residencia actual. Escritor polígrafo, ha publicado las novelas Bariloche (1999), La vida en las Ventanas (2002), Una vez Argentina (2003) y la prestigiosa novela El viajero del siglo (2009) con la cual se adjudicó los premios Alfaguara, Tormenta y el de la crítica. Ha publicado, además, cuatro libros de cuentos: El que espera (2000), El último minuto (2001-2007), Alumbramiento (2006) y Hacerse el muerto (2011). En el proyecto Pequeñas Residencias, del cual es fundador, ha colaborado con relatos cortos y textos teóricos sobre el cuento. También es autor de siete poemarios reunidos en el volumen Década. Poesía 1997-2007(2008). Por otra parte, el conjunto de su obra contiene también aforismos (El Equilibrista, 2005), el libro de viajes Cómo viajar sin ver (2010) y algunos trabajos como traductor. Por último, mantiene un blog, Microrréplicas, con el que, “con un máximo de cien palabras” se dedica a reaccionar ante la actualidad en sus diversos aspectos (Cfr. 113). Es innecesario señalar que, a estos títulos, habría que agregar otros que han surgido posteriormente o que no fueron nombrados en la extensa relación que De Chatellus ofrece.

Así pues, la obra de Neuman se inscribe en la generación de escritores hispanoamericanos que publica la mayor parte de sus títulos después del 2000, salvando el hecho de que, en 1999, había aparecido en la escena literaria con una obra -Bariloche- que, junto con generar la sorpresa de un impulso prometedor, maduro y poderoso, producía la natural necesidad de esperar a ver si esa pluma seguiría ofreciendo nuevos logros o continuaría con “un rosario de mediocridades y derrotas” (Axel Gasquet, 152), como ha sucedido en casos en que el talento literario se tradujo en una sola opera magna. Felizmente este no fue el caso de Neuman. La continuidad y el valor de su producción le ha valido ser considerado dentro de un grupo de nombres como Félix Bruzzone, Patricio Pron, Elvira Navarro, Alejandro Zambra, Nona Fernández, entre otros. Si bien no es discutible la valía de estos destacados exponentes de nuestro siglo, sí resulta problemática la cuestión generacional, toda vez que esta suerte de encasillamientos o clasificaciones siempre es complicada cuando los acontecimientos son cercanos y sus representantes se encuentran en plena vitalidad productiva. A este respecto, De Chatellus presenta una reflexión que resumo en algunas líneas. A saber: la irrupción del Manifiesto del Crack en 1996 supuso una ruptura con la obra de algunos escritores de los años 1990 (Isabel Allende, Antonio Skármeta, Laura Esquivel) que “clonaban el realismo mágico y conocieron un éxito planetario" con una “[l]iteratura mainstream que dio una imagen errónea de la literatura hispanoamericana" El mismo año de 1996, McOndo (antología de cuentistas hispanoamericanos editada por Alberto Fuguet y Sergio Gómez) apostaba por el “abandono del realismo mágico, del exotismo y de los particularismos" rompiendo con las “ideologías [...] y con la literatura comprometida" Tanto los autores del Crack y de McOndo (nacidos en torno a 1968) representaban aquella generación del desencanto con respecto a las post-dictaduras y las esperanzas que se habían alimentado con la vuelta a la democracia (Cfr. De Chatellus 124). De esta apreciación es posible observar que los autores posteriores, entre los cuales se inscribe Neuman, participan de una corriente que abandona lo político, al menos en términos de proclama y de abanderamiento con respecto a determinadas ideologías. A tal efecto, De Chatellus se refiere a Volpi (2008), señalando que “la desaparición de los dictadores a finales de los 80 tiene como consecuencia la desaparición de los correspondientes guerrilleros. De ahí también la desaparición del tono mesiánico que -en la generación anterior- era inseparable de la promesa de una utopía y de un futuro mejor” (125). Con todo, es necesario aclarar que lo político sigue apareciendo, pero más bien como telón de fondo, como escenario de descomposición, como ambiente en que se desarrollan las vidas de los personajes a menudo amenazados por circunstancias en que ya no les cabe ni el heroísmo de un sacrificio ni, mucho menos, la posibilidad de alguna redención. Por otro lado, en mi opinión, habría que agregar que, en términos generales, esta generación no acomete, todavía, los rasgos de una nueva modernidad abocada a las cuestiones planetarias relacionadas con la ecología y los desafíos geopolíticos que se levantan cada vez con más urgencia en las discusión contemporánea. A este respecto, resulta iluminadora la cita de Volpi que transcribe Gaultier:

Poco importa [...] que nuestras poéticas, si es que tan calamitosa expresión aún significa algo, no se parezcan en nada, que unos escriban de esto y otros de aquello, que a unos les guste encharcarse en la política, y a otros abismarse en el estilo, y a otros nadar de muertito, y a otros hacer chistes verdes o amarillos, y a otros irse por la tangente, y a otros machacarnos con detectives y asesinos seriales, y a otros más darnos la lata con la intimidad femenina o masculina o gay: todos, sin excepción, queremos a Bolaño. (Citado por Gaultier, 91)

De ahí que, siguiendo la sugerente insinuación de Maud Gaultier, no nos quede, por ahora, más que decir que la generación de Neuman corresponde a la de los “huérfanos de Bolaño” (89-91).

Alegoría y derrota: Bariloche (1999)

Si bien la novela Bariloche es nombrada en varios de los artículos de esta publicación, hay dos de ellos que trabajan exclusivamente en dicha obra: “Bariloche ou la mémoire á l'épreuve du temps” (Aurora Delgado-Richet 23-34) y “Chroniques de la décomposition dans Bariloche d'Andrés Neuman” (Karim Benmiloud 35-44). Personalmente, me gustaría comentar que, a través de estos análisis, es posible intuir una lectura alegórica de la novela, al modo en que lo sugiere Walter Benjamin en su obra sobre el Trauerspiel alemán. En efecto, la representación de un mundo, una ciudad, una persona y sus relaciones en pleno efecto de descomposición está sugerida por múltiples señales alegóricas como el nombre del protagonista Demetrio Rota (la madre tierra destruida), la vida nocturna del personaje recolector de basuras, en contraste con su vida diurna de niño en Bariloche, su afición a armar puzles como quien reorganiza un mundo fragmentado, la bestia atroz del basural que consume los restos de la ciudad, etc. Bariloche es una obra de fin de siglo, de fin de mileno y, sin duda, una obra del fin de la modernidad, una bien lograda composición literaria sobre el fracaso y la derrota del mesianismo urbano-industrial con su carga de esperanzas frustradas.

El viajero del siglo (2009)

La laureada novela aparecida en 2009 es destacada en los estudios de Adélaide de Chatellus, Raphael Esteve y Geneviéve Champeau. Junto a la novela Bariloche, esta obra narrativa resulta ineludible para comprender la poderosa propuesta de Neuman. Curioso es que su personaje se movilice solamente en una ciudad y se llame nada menos que El viajero del siglo. Tal parece que, para una obra marcada por una “poética del tránsito” como postula Champeau, la cuestión del viaje está denominada por desplazamientos que exceden los códigos básicos de comprensión: “según el mismo autor, el traslado es un accidente, el viaje es una actitud mental, la de un ser en movimiento” (Champeu 141). Se trata de una novela total (Champeu y de Chatellus) que nos pone en contacto con multiplicidad de textualidades: la ciudad móvil, fronteras políticas y socioeconómicas, igualdad de géneros, literatura contemporánea en lengua castellana, literatura hispanoamericana contemporánea, literatura española actual, etc. (títulos que de Chatellus desarrolla). En esto se manifiesta la versatilidad de Neuman, quien, desvinculado de generaciones literarias inmediatamente precedentes, se siente y se expresa como un sujeto libre para moverse a épocas y latitudes sin ninguna restricción. Es, en definitiva, un auténtico viajero de nuestro siglo.

Extraterritorialidad y fronteras

A expensas de otros temas importantes a tratar sobre esta obra compilatoria, deseo referirme a la cuestión de la extraterritorialidad, dimensión que da cuenta de la clave interpretativa mayor de la propuesta textual de Neuman, y reflejada no solo en el título general sino también en el hecho de contar con una colaboración directa del propio autor, titulada “La frontera como lengua poética” (15-21).

A mí entender, la extraterritorialidad del autor responde a una experiencia de nuestro tiempo que en él comienza con el desplazamiento definitivo desde Buenos Aires a Granada, en torno a los 14 años de edad. Ciertamente, Neuman no habla ni de exilio ni de refugio político, sino simplemente de haber debido vivir la emigración como consecuencia de la decisión de sus padres, causando que sus estudios de preparatoria ocurrieran en Argentina, mientras que los de secundaria tuvieran oportunidad en España. Neuman no responde al perfil de la generación sufriente de los despatriados ni su obra se sirve de tal experiencia (ni de ninguna otra) para instalar una suerte de reclamación o de lamentación que fundamente una suerte de denuncia o de testimonio político determinados; antes bien, su circunstancia biográfica le sirve de oportunidad para revisitar la cuestión de las fronteras especialmente desde el punto de vista de la lengua, más específicamente de la lengua poética, para la cual “ninguna lengua es materna” (13). Para tal efecto, es más revelador el detalle que supone el hecho de que, habiéndose trasladado de Buenos Aires a Granada, no tuvo que aprender otro idioma, pero sí debió cambiar de lengua, es decir, debió aprender nuevos significados, nuevos matices, entonaciones, giros, modismos, etc. En esto se prueba que todo cambio de territorio significa también un cambio lingüístico, una cierta desestabilización que contiene no pocas transformaciones, amputaciones, e incorporaciones. Recuerdo, en tal sentido, mi propia experiencia de ciudadano rural que debió, en un cierto momento de la infancia, trasladarse a la ciudad capital de provincia (a 20 kilómetros) en donde había palabras que no conocía o no usaba; una particular frustración sucedió al ver que allí no se llamaba a los duraznos “pelados” con el nombre de “chambecos” (que tampoco es el que aparece en el dic cionario) como sí se les llamaba en su localidad de origen. Es decir, en mi caso personal, un breve traslado geográfico ya supuso una nota de extraterritorialidad, un acento de extranjeridad y un difuminado pero real dolor de pérdida del paraíso original y, con él, quizás, de la única lengua materna.

Pasé mi infancia en Argentina y mi adolescencia en España. Estudié la escuela primaria en una orilla, y la secundaria en otra. Tratándose de dos que hablan el mismo idioma, podría pensarse que este desplazamiento no propició una crisis lingüística como la que causaría, por ejemplo, una emigración a un país de habla francesa, inglesa o alemana. Tengo algunas dudas al respecto. Cambiar de idioma diario conlleva, por supuesto, toda clase de inconvenientes, aislamientos, soledades. Pero, en lo que concierte a la lengua natal del emigrante, su funcionamiento no queda cuestionado. Acaso al contrario, esa lengua originaria puede convertirse en una especie de reducto, de bastión identitario frente al nuevo entorno. Cuando, en cambio, la mudanza altera esa misma lengua que creíamos tan propia, lo que se desarraiga es la base del habla con uno mismo. El murmullo íntimo. Es decir, la condición de la escritura poética. (15-16)

Advierto que, para Neuman, ese tránsito desde la lengua original del emigrante a la lengua española peninsular, ese ejercicio de aprender a decir lo mismo con distintas palabras o usos idiomáticos, o a decir algo distinto con las palabras que antes significaban otra cosa, es la preparación idónea para el segundo salto lingüístico, a saber, el de la escritura literaria, entidad que vive en el mundo puramente simbólico de esos seres de papel (o de haces de luz cibernéticos) que son los personajes de una novela o los hablantes de un poema. Por ende, la extraterritorialidad de la que hablamos de por sí constituye la condición natural del poeta que, una y otra vez, debe salir de su lengua materna para ingresar en la otra, la siempre nueva, migrante y huérfana, lengua de la literatura.

Dejo aquí estas reflexiones y las propongo simplemente como apuntes titubeantes para que quienes se sientan interesados en la obra de Andrés Neuman puedan entrar de lleno en la lectura de estos textos académicos que, huelga decirlo, son para nosotros -con pandemia o sin ella- artículos de primera necesidad.

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