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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.18 Santiago  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112007000100021 

 

Literaturay Lingüística N°18 ISSN 0716-5811 /pp. 331-334

Presentaciones y reseñas

Édouard Glissant. Faulkner, Mississippi

Trad, de Matilde París. Madrid / México: Turner / FCE. 2002

A Galo Ghi'gli'otto


 

Según lo relata Édouard Glissant en el ensayo Faulkner, Mississippi, no fue fácil explicarles a sus estudiantes de la Southern University de Baton Rouge, en Louisiana, que, "a pesar de todo, éramos libres de mirar a Faulkner a los ojos, de ir con él a donde quisiéramos llegar". Porque no: nada parece más absurdo que afirmar la grandeza de un plantador por parte de un descendiente de esclavos. Sin embargo, Glissant lo hace y, relevándolo a él, queremos asumir el desafío de mostrar su propia genialidad caribeña. El volumen que estamos comentando, en efecto, no es sólo "una manera fascinante de leer a Faulkner", según indica la contraportada, sino también una fascinante manera de remontarse al saber, el pensamiento y la escritura del martiniqués Édouard Glissant.

Autor francófono, porque Martinica es territorio ultra-marítimo de Francia en las Antillas, su obra es todavía es poco conocida en Hispanoamérica. La presente traducción de Faulkner, Mississippi -publicado originalmente en 1996- contribuye a remediar en algo las cosas, pero subsisten serios obstáculos culturales a la asimilación subcontinental de las producciones caribeñas, si entendemos el Caribe como presencia negra introducida por la trata esclavista y prolongada medianteel sistema de plantación. Entonces, insistiremos en algo. Para Édouard Glissant la genialidad de William Faulkner responde a que lleva a cabo la empresa más ambiciosa de repensaral Ser (la identidad) desde Friedrich Nietzsche. Para nosotros, la de Glissant es mostrarlo, explicarlo y hacerlo entendible de una manera antes poderosamente intuida, así como llevar ese pensamiento a nuevos límites, a inexploradas fronteras.

La colonialidad imperante en un país como Chile hará necesario, por mucho tiempo más, legitimar cualquier pensamiento afiliándolo a un linaje intelectual europeo, aunque éste -inadvertidamente para muchos- se oriente a desmontar Occidente. A lo largo de Faulkner, Mississippi, Glissant nos hace ver que nuestra América ha tomado el relevo: para desplegar el proyecto de lo Diverso, el mismo que dolorosamente germina en la angustiada conciencia de Albert Camus, Saint-John Perse y tantos más. Porque un aroma a flores recorre todo su libro. Ellas son de diferente tipo, pues llevan la marca de su domesticación en una asimétrica sociedad, pero a nosotros nos captura la florida evocación glissantiana en su disperso conjunto, porque es promesa de un nacimiento, metáfora de algo que surge a la belleza desde el horror.

Este libro se compone de siete capítulos que nos muestran una difractada senda, pues hay también pensamientos transversales que, dentro su marginalidad resultan tanto o más significativos que aquellos hilvanados en la linealidad. De ambos, anotaremos sólo algunos cruces que siempre resultarán evocativos de una obra proliferante, entreverada, por ello sabiamente irreductible.

El libro se abre con el viaje de Édouard Glissanty su mujer hacia Rowan Oak, la morada de Faulkner. Esta mezcla de crónica con (auto) biografía, historia, poesía y crítica le da el toque distintivo a un ensayo que, entre muchas cosas más, comienza evidenciando que cualquier escritura se asocia a un lugar y un momento concretos, así como a personas, más que a personajes. Glissant hace renacer al autor, y lo mejor de todo es que Roland Barthes estaría de acuerdo. Al explorar el ficcional condado de Yoknapatawpha, es decir, Mississippi en lo real, Glissant nos invita además a pensar el lugar. Podemos sentirnos cómodos hoy, en tiempos de globalización, y con la difundida categoría de espacio, pero frente a ella la de lugar remite más concretamente a una geografía, allí donde se despliegan las culturas, siempre en relación a otras culturas.

Y es allí, en aquellos paisajes que Faulkner tan escuetamente describió para privilegiar sus relaciónales perfiles, donde Glissant, turista errante, percibe la atmósfera que rodeó la creación de ese escritor: en sus sofocantes clausuras tanto como en sus fluviales, rizomáticas aperturas. Ellas también conciernen a quien las sondea. Al hacer la biografía de "Bill", Glissant confiesa que, siendo tan proclive a las fórmulas solemnes, no podía creer que lo llamaran así, ni que firmara de esa manera. Pero Faulkner, fallecido el 6 de julio de 1962, decía de sí mismo "sólo soy un granjero que escribe". Este viajeal corazón del Mississippi supone ingresar a los EEEU: difícil, pero la apertura es necesaria para entender al escritor, al artista bohemio, borracho y viajero que fue Faulkner, la imprevisible obra de este hijo de una familia de plantadores. Nada hay en Faulkner que lo asemeje a nuestros comprometidos escritores, el drama no le interesa. Frente a la esclavitud y el racismo, parece a lo sumo adoptar una actitud bienpensante en sus declaraciones públicas. Pero, para Glissant, esto no desmerece al escritor.

Dos movimientos simultáneos esbozaremos en cuanto al texto de este autor. Ambos comprometen la tarea del crítico como lector que rastrea lo indecible detrás de los silencios de la escritura, sus mudos tormentos tanto como sus aromáticas florescencias. La relacional poética que inextricablemente las une, y ellas diferidamente a lo real, mediante un discurso escrito que nunca se restringe a un solo texto, sino que se extiende al conjunto de una obra. Pues la obra es lo que le da a la escritura de Faulkner su carácter revolucionario, explica Glissant.

Uno de estos movimientos tiene que ver con la historia. Porque a pesar de lo que Faulkner represente acerca de los negros, él dice que perduran. Glissant, admirador de Gilíes Deleuze y Félix Guattari, se hace eco de la consigna de un deseo que va más allá de lo dicho para afincarse en el sustrato mismo de la obra, pues la escritura nada tiene que ver con la ideología. Solo que una y otra vez el caribeño señala que esta última es el "libre fluir de la conciencia", y que el deseo encuentra un cauce en la escritura, un cauce orientado a "perturbar la unicidad". Faulkner no intenta representar a los negros pues sabe que no los entenderá, pero esta opacidad resulta altamente significante, así como lo es la imposible conexión, en Yoknapatawpha, entre indios, negros y blancos. Así, la maldición que una y otra vez asóla al condado, explica Glissant, responde al rechazo de la criollización, a la intensificada mezcla que, más que en cualquier otro lugar, ocurre en América y sobre todo en el Caribe.

La importancia de Faulkner no sólo responde a que condena cualquier intento de fundar un linaje en esa zona habitada por muertos vivientes, condena del génesis, dice Glissant, sino también a que inaugura la desfiliación: el digénesis o génesis difractado. Es a través de Boon Hoganbeck, personaje marginal en la obra de Faulkner, que Glissant percibe que no son los negros, ni los indios, ni los blancos quienes sobreviven y tienen feliz descendencia, ninguna raza pura, sino lo bastardo, lo mezclado, lo vulgar. El hombre común. Por eso, dice Glissant, Faulkner reinventa la épica. Esta épica faulkneriana funda un arraigo no excluyente porque, de manera diversa de la occidental, está ligada a una tragedia concreta: la de una comunidad marcada a fuego por la opresión y la esclavitud. Las rituales hogueras del Ku Klux Klan.

El otro movimiento que queremos esbozar se refiere a las técnicas literarias. Faulkner, observa Glissant, descarnadamente registra la crudeza de su contexto, de modo que la literatura sería "la percepción más profunda de lo real". Pero esta profundidad se sustenta sobre una opacidad que la impugna, las "masas de sombras desconcertantes" que constituyen los negros, generándose así una ambigüedad. Sin embargo, no se trata para Glissant de oponerla a la "certeza" pues nunca se trata para él de solamente confrontar), sino más bien de atravesar un umbral para conducirnos a otra dimensión: la del "embrujo". Tres elementos lo sustentan: el carácter oculto de la verdad, la naturaleza visionaria de una descripción objetiva que la presiente y lo inefable de una escritura que se aproxima a ella en "diferido", desvelándola desde la certeza de no poder nunca revelarla.

Édouard Glissant, lector de Claude Lévi-Strauss y cultivador del pensamiento salvaje, concreta menteancla estos procedimientos a la cultura del Mississippi. La acumulación, la repetición y la circularidad emanan de los "cuentos criollos de las Americas" y llevan la huella africana tanto como la indígena americana, su relacional inteligencia y sensibilidad. Lo que pone la escritura es la incertidumbre, sugiere Glissant al destacar como mecanismos principales en Faulkner el "no sólo... sino que"y el "quizá... pero". Y por ello se une a los precedentes un tercer procedimiento: el arte de la conversación, "himno a la relación entre escritura y oralidad", con lo cual la cuestión del "monólogo interior" pierde la centralidad que tiene en la novela occidental.

En ese mundo de frontera que es el Mississippi, la escritura también es frontera, pero nacida de la colonización y originando ya no la poética del repliegue ni la de la conciencia angustiada, sino la de la implicación al lugar entendido como "costura del Tiempo", explica Glissant. Porque aquí el exterior no es otro país, sino la región misma de la condena, determinando el encierro individual tanto como la apertura colectiva al mundo. En su ensayo, Glissant interpela a todos los países que también hacen frontera en Mississippi: Francia, los países caribeños, América Latina y todos los demás... "La frontera, la lejanía y de nuevo el camino", se llama este último capítulo, cuando su autor nos muestra, otra vez, que su camino es el Caribe, las faulknerianas escrituras de Flannery O'Connor, Alejo Carpentier, William Styron, Gabriel García Márquezy Toni Morrison convergiendo en su difracción, inextricablemente entrelazadas.

Entrelazadas, como el hombre a la naturaleza y Faulkner al río, los bosques, los animales de Yoknapawtapha. Como Glissant a su mujer, en el diálogo sostenido a lo largo del texto y al darle la última palabra. Como la escritura al embrujo que genera en nuestras fronteras, concreción no de un Renacimiento, sino de un Florecimiento, diríamos, plasmación de la acriollada florescencia reiteradamente metaforizada por Édouard Glissant en su lectura de William Faulkner. Y son tantas las posibilidades, en tantos lugares, que hace aflorar este imprescindible libro de frontera...

Carolina Benavente Morales
Universidad Católica Silva Henríquez
cbenavem@gmail.com

 

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