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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.18 Santiago  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112007000100009 

 

Literatura y Lingüística N°18 ISSN 0716-5811 /pp. 165-185

Literatura: artículos y monografías

Vida i sucesos de ia monja alférez de Catalina de Erauso: Construcción de una identidad plural

 

Alfredo J. Sosa-Velasco*


Resumen

Este artículo analiza el discurso del sujeto en proceso kristeviano a través de la retórica del texto en Vida ¡sucesos de la monja alférez. Mostraré que la construcción de una identidad plural está en continúo proceso deformación: Catalina la monja, Catalina la alférez, Catalina la virgen, Catalina la monja-alférez y Catalina la comerciante. Esta identidad plural es producto de la interacción del sujeto con su sociedad, con su historia y con lo simbólico, al ver su obra como una práctica textual que surge de lo social y de lo simbólico en la historia.

Palabras clave: Vida i sucesos de la monja alférez, Catalina de Erauso, sujeto en proceso kristeviano, retórica textual.


Abstract

This articles analyzes the discourse of Kristeva's subjetc-in-process in Vida i sucesos de la monja alférez's by studying its textual rhetoric. I will show that the construction of a plural identity is constantly in formation process: Catalina the nun, Catalina the lieutenant, Catalina the virgin, Catalina the lieutenant nun, and Catalina the merchant. This plural identity is a product of the subject's interaction with his/her society, history, and the symbolic, when his/her work is seen as a textual practice that emerges from the social and the symbolic in history.

Key words: Vida i sucesos de la monja alférez, Catalina de Erauso, Kristeva's subject-in-process, textual rhetoric.


 

Julia Kristeva en "From One Iden tity to An Other" (1975) sostiene que toda lengua es "an unsetlling process -when notan outright destruction- of the identity of meaning and speaking subject, and consequently, of transcenden-ceor, by, derivation, of'religious sensibility'" (Kristeva, 1987,125). Esteproceso viene acompañado de algunas crisis dentro de las estructuras sociales e instituciones en momentos de mutación, evolución, revolución, confusión o desorden. En dicho proceso, la lengua poética, que usa la trascendencia y la teología para apoyarse a sí misma, raya los bordes de la psicosis (para el sujeto mismo) y del totalitarismo o el fascismo (para las instituciones con que se relaciona dicho sujeto). Estas crisis de significado, sujeto y estructura pueden ser estudiadas a partir de un análisis del discurso de los sistemas de significación en los que la teoría analítica buscaría la crisis o el proceso inestable de significado y el sujeto, dentro del fenómeno significante, antes que la identidad o la coherencia de una o múltiples estructuras. A través del sujeto histórico hegeliano-aquel sujeto colectivo o individual que es testigo de la historia misma-señala Kristeva que hay también un sujeto en proceso; un sujeto que emerge del lenguaje o de cualquier otro fenómeno social, "humano" en la forma de devenir: el sujeto hablante que hace historia. Surge, entonces, el sujeto de enunciación que "takes shape within the gap opened up between signifier and signified that admits both structure and interplay within" (Kristeva, 1987,128). El sujeto, que es formulado como consciente operante, es así sujeto de enunciación. Dicho consciente incluye no sólo modalidades lógicas sino relaciones interlocutorias en las que la función del lenguaje es expresar significado en la oración comunicable entre los hablantes; función ésta que permite coherencia e identidad social: "this thetic character of the signifying act, which establishes the transcendent object and the transcendental ego of communication (and consequently of sociability) ... produces, shapes, and exceeds the operating consciousness" (Kristeva, 1987,131). La unidad del ego trascendental es, para Kristeva, la de una identidad plural. Así, dentro de la lengua poética, como en cualquier otra lengua, se detecta una heterogeneidad del significado y significación, con las limitaciones y reglas de las disposiciones significantes de lesémiotique y le symbolique. Por un lado, le sémiotique es "a distinctive mark, trace, index, the premonitory sign, the proof, engrave mark, ims.

Partiendo entonces de la noción del sujeto hablante de Kristeva, como la de aquel sujeto dividido entre motivaciones inconscientes y conscientes, entre procesos fisiológicos y limitaciones sociales, propongo analizar el discurso del sujeto en proceso en Vida ¡sucesos de la monja alférez. Para ello, basta con vera la protagonista de esta obra, Catalina de Erauso, como un sujeto engendrado en un proceso de significado heterogéneo, que se manifiesta en el lenguaje y la retórica del texto (i.e. uso de adjetivos masculinos y femeninos como marcadores diferenciadores de su identidad como monja y soldado). Dicha retórica es producto de las disposiciones semióticas y simbólicas que se articulan en el lenguaje, a través de las características del texto como fenotexto (lenguaje de comunicación que es objeto del análisis lingüístico) y genotexto (aspectos o elementos de lenguaje que pueden ser detectados, a pesar de no ser lingüísticos per se). Mostraré que la ambigüedad de la mujer varonil que "defies easy classification and raises very strong sexual anxieties" (Perry, 1987, 239); la construcción de "una identidad positiva y netamente masculina acorde con el patriarcalismo del momento" (Martin, 1994, 35); la creación de una identidad masculina para hablar de sí misma en la que "su autobiografía es una obra híbrida y diferente porque se narra en realidad la vida de una mujer y un hombre" (Juárez, 1987, 148); y la estética barroca entre las "dos Catalinas"; la ejemplar y la escandalosa, la anómala social y la icono social, la santa y la monstruo (Merrim, 1999), como ha mencionado la crítica de la obra, son aspectos que merecen ser problematizados, desde la perspectiva de la teoría psicoanalítica. Sólo así se podrá entender la construcción de una identidad plural que no acaba por conformarse, construirse o constituirse, sino que, por el contrario, está en continúo proceso de formación, de devenir: Catalina la monja que se fuga del convento en el que había sido recluida desde niña, Catalina la alférez que se alista en las tropas para matar indios en América, Catalina la virgen que interpela al Obispo para salvarse de una muerte segura, Catalina la monja-alférez que se presenta ante la Corona para pedir gratificación por sus acciones y Catalina la comerciante que logra su independencia como comerciante y se viste como varón hasta su muerte en México. Para ello, siguiendo a Kristeva, será útil la teoría del inconsciente de Freud, en la cual lo heterogéneo da forma a la función significante, pues permitirá entender la aprehensión de Catalina como sujeto en proceso. Desde el punto de vista sincrónico, la actividad semiótica es una marca de las pulsaciones (apropiación/rechazo, oralidad/ analidad, amor/odio, vida/muerte) y, desde el punto de vista diacrónico, emerge desde los arcaísmos del cuerpo semiótico, antes de reconocerse el cuerpo del sujeto a sí mismo frente al espejo. La continúa oscilación de Catalina por definirse como hombre y mujer al mismo tiempo prepara a la protagonista para introducirla en el orden simbólico. Este proceso será el resultado de los diferentes viajes que emprende Catalina a lo largo de Europa y América, desde que sale de San Sebastián hasta que se afinca en México.

Los desplazamientos geográficos de la monja alférez por los dos continentes cumplirán una función metafórica en tanto que éstos remitirán a los diversos viajes que emprende el sujeto en proceso para conformar continuamente su identidad. No debe resultar extraño que el lenguaje del texto de Catalina-bien sea visto éste como autobiografía producto de la historia, novela producto de la ficción o combinación de ambos géneros como autobiografía novelada-haga referencia constante a las distancias en leguas de los lugares por los que se mueve su protagonista-i.e. de San Sebastián a Bilbao se indica que hay unas cuarenta leguas; del Puerto de Manta a Saña unas sesenta; de Concepción a Lima unas quinientos cuarenta; etc.-, aludiéndose asíal carácter activo de dicho proceso. Además, el constante movimiento de Catalina de un lugar a otro y las aventuras y exploraciones de ella en el Nuevo Mundo tendrán una función metoní-mica dentro de la semiótica del texto, ya que remitirán a la exploración interior del sujeto para definirse como hombre y mujer, conformando así una identidad heterogénea y plural, típica del sujeto en proceso. Sólo basta con observar detenidamente los momentos en los cuales el sujeto hablante dentro del texto emplea los marcadores de género femenino y masculino: femenino cuando narra la fuga del convento (cap. I); comenta el robo de los quinientos pesos a su tío antes de embarcarse para Panamá (cap. II); le dice la verdad al obispo después de resistirse al arresto del corregidor en Guamanga (cap. XX); cae enferma estando ya vestida de monja en Zaragoza (cap. XXI) y masculino cuando cuenta que habla con una de las hermanas de la mujer de Diego Lasarte antes de embarcarse a Concepción (cap. V); mata a su hermano por su amigo Don Juan de Silva quien le pide que le acompañe a batirse con Francisco de Rojas (cap. VI); apuñala a un mercader de Sevilla al jugar a las cartas en casa de don Antonio Calderón en las Charcas (cap. XI); se defiende de don Pedro de Chavarría quien lo ataca por sorpresa dejándolo malherido en la ciudad de la Plata (cap. XIV); es encarcelado por cinco meses en Cuzco tras ser acusado de un crimen que no cometió (cap. XVI); se encuentra en Roma después de entrevistarse con Urbano VIII (cap. XV). Mientras el género femenino lo emplea Catalina al hablar de su vida como religiosa o para pedir beneficios-sea bien de la Iglesia o de la Corona-, el masculino lo usa para referirse a su vida como soldado. De ahí que los capítulos de La historia de la monja alférez que relatan su vida como soldado sean los que predominan dentro de la obra.

La disposición de lo semiótico en el lenguaje poético tiende a crear, para Kristeva, una función organizativa que puede llegar a violar ciertas reglas gramaticales de una lengua nacional u obviar la importancia de un mensaje ideatorio, que puede ir acompañado de elisiones sintácticas no recuperables que hacen imposible reconstituir la categoría sintáctica elidida. Sin embargo, la función simbólica -ya sea elidida, atacada o corrupta- mantiene su presencia (Kristeva, 1987, 134). La alternancia de adjetivos entre el género femenino y masculino demuestra a nivel semiótico, la marca, el trazo, el signo, la etapa de identificación del sujeto frente al espejo. Si es en este momento en el que el sujeto en proceso obtiene una visión completa de sí al lograr identificarse frente a él, la vacilación constante entre el uso del femenino y masculino en el lenguaje y la retórica del texto manifiesta la pulsión instintiva de Catalina, primero, por identificarse como mujer y hombre; monja y alférez, y segundo, por inscribir su cuerpo dentro de los dos géneros; masculino y femenino, pues aunque se corta el pelo y se viste como hombre para resistir su feminidad, mantiene su virginidad durante los veinticinco años de aventuras; hecho que la diferenciará de los hombres y la salvará de ser castigada para ser finalmente premiada. Esta identificación e inscripción corporal de Catalina afecta, además, como explica Kristeva, el lenguaje y su práctica en el conflicto dialéctico con lo simbólico.

La falta de unidad o la construcción de una identidad plural de Catalina, como sujeto en devenir, muestra que el proceso semiótico es anterior a cualquier espacio, pues las estructuras sociales y familiares hacen su impresión a través del cuerpo materno. Lo "misterioso" e "incomprensible" del chora platoniano, "madre" y "receptáculo" de todas las cosas, es aquí lo innombrable, lo improbable, lo híbrido, anterior al nombre, al padre, y consecuentemente, maternalmente connotado. Dicha identidad heterogénea y plural entra al proceso simbólico, el cual se refiereal establecimiento del signoy la sintaxis, a la función paternaly a las limitaciones gramaticales y sociales; la ley simbólica, en el momento en el que Catalina se enfrenta a la sociedad y al entorno que le rodea. Si bien la conversión de Catalina en hombre y la elección de una vida reservada al género masculino subrayaría la búsqueda de la libertad individual frente al confinamiento que la sociedad le imponía a la mujer de entonces, como afirma Perry, y el travestismo femenino ofrecería una opción para escapar de la pobreza y de los condicionamientos sociales impuestos a las mujeres, como sugiere Martin, no deja de ser cierto que el sujeto en proceso mantiene igualmente el elemento maternal, al costo de la reactivación del instinto reprimido. Si la prohibición del incesto constituye el lenguaje como código comunicativo y las mujeres como objeto de intercambio para que la sociedad sea establecida, como explica Kristeva, entonces el reconocimiento propio de Catalina como mujer, al dirigirse al Obispo, al Rey y al Papa -representantes de la ley simbólica, de la ley del padre-funcionará como el equivalente del incesto. El uso del signo en el proceso semiótico anterior al simbólico, es decir, el empleo de los adjetivos femeninos y masculinos, que definen una identidad sexual a expensas del mensaje, será indicativo de la actividad pulsional instintiva del sujeto en proceso en tanto, primero, se constituye el cuerpo de Catalina como ser y, segundo, se identifica Catalina como la madre, al hacerlo ésta como mujer.

En lugar de hablar de un único modelo como el de la mujer varonil, como hace Merrim, entre otros, al estudiar la monja alférez dentro de la tradición de las santas travestidas que manipula la cultura dominante para explotar la diferencia masculina/femenina y alcanzar fama, parece más acertado considerar la construcción de la identidad de Catalina como sujeto en proceso; construcción que no llega a resolverse del todo, sino que se halla en constate redefinición como expresa el lenguaje y la retórica vacilante de la obra misma. Esto es así, más aún, si se observa La monja alférez como una forma temprana de testimonio y se da por hecho que el texto es una autobiografía de Catalina de Erauso, al estilo de las cartas de relación o de las crónicas de Indias, aunque posea elementos novelescos o de ficción. Fuese la obra escrita por Catalina misma o dictada -o contada- su vida a un escribano para que redactara el relato, como hicieron otros personajes de la época como Leonor López de Córdoba o Ignacio de Loyola, la distintiva marca del signo en el proceso semiótico sigue estando presente en el proceso simbólico, reforzando la heterogeneidad del significado en su relación con el lenguaje.

Catalina la monja

La escritura constituye al sujeto en proceso al exceder los límites del sujeto puntual, estático y trascendental fenomenológico. El sujeto en procesoes un sujeto de flujos y energías cargadas dejouissancey muerte. Para Kristeva, el texto es algo más que la presentación de significado en palabras -el fenotexto- y tiene que ser entendido cuando se incluye la producción de significado -el genotexto-. El sujeto debe ser visto en este proceso de engendramiento o procreación en el que se desafía el concepto fundamental del lenguaje como mecanismo formal exclusivo para comunicar significado. Como afirma John Lechte, "'L'Engendrement de la formule' foreshadows the theory of the semiotic in the way the pronoun T is no longer seen as being divided into 'mind'and 'body', but as making the body as jouissance the material, unrepresentable support of language" (Kristeva, 1987, 128). Lo semiótico es limitado al cuerpo como jouissance; cuerpo que viene a ser visto como el lugar de energía de pulsiones en el chora: "a nonexpressive totality formed by the drives and their states in a motility that is as full of movement as it is regulated" (Kristeva, 1987,128).

El sujeto en proceso requiere que no haya ya una división entre cuerpo y mente, sino que, por el contrario, sugiere un lugar que pulveriza cada cuerpo pensable por un sujeto narcisista y metafísico. Este tipo de lugar, de receptáculo, es un producto de la réglemantation y el orden, que son partes del orden simbólico o de lo simbólico. El chora es un espacio semiótico, no-geométrico donde la actividad pulsional se localiza por primera vez. Es donde reside lo semiótico; las pulsiones que son negativas y positivas, creativas y destructivas, las cuales llegan a ser la precondición para el sujeto en proceso. El chora es connotativo de un cuerpo irrepresentable: el cuerpo de la madre. Éste se convierte en el lugar en el que la concentración de lo semiótico como "pre-simbólico" se manifiesta; por ejemplo, la voz como ritmo y timbre; el cuerpo como movimiento, gesto y ritmo.

El primer capítulo de Vida y sucesos de la monja alférez muestra ya desde el comienzo cómo se articula retóricamente ese "yo" que une al cuerpo y la mente en el chora y que connota el cuerpo de la madre. La narración de Catalina empieza con el pretérito del verbo "nacer" seguido por el pronombre personal "yo" para contar dónde nació y quiénes fueron sus padres: "Nacíyo, doña Catalina de Erauso, en la villa de San Sebastián, de Guipúzcoa, en el año de 1585, hija del capitán don Miguel de Erauso y de doña María Pérez de Galarraga y Arce, naturales y vecinos de aquella villa" (Erauso, 1992,17). La colocación del pronombre de primera persona seguido del verbo privilegia sintácticamente al sujeto de la oración frente el verbo al enfatizar ese primer yo de Catalina, que es el que se conforma con su nacimiento en 1585; su entrada al convento en 1589 (lugar en el que se cría hasta los quince años); su reyerta con una monja robusta llamada Catalina de Aliri y su fuga del convento de monjas dominicas la noche del 18 de marzo de 1600: el yo de Catalina la monja.

Este "yo" entra en el dispositivo semiótico al observarse la primera actividad pulsional del sujeto en proceso. Catalina se apropia así de las llaves del convento para escapar de él y rechaza la reglamentación y el orden establecidos por la ley simbólica, que determina el papel social de Catalina como monja reclusa dentro del convento, ya que transgrede sus fundamentos: "Salí del coro, tomé una luz y fuime a la celda de mi tía; tomé allí unas tijeras, hilo y una aguja; tomé unos reales de a ocho que allí estaban, y tomé las llaves del convento y me salí. Fui abriendo puertas y emparejándolas, y en la última dejé mi escapulario y me salía la calle, que nunca había visto, sin saber por dónde echar ni adonde ir" (Erauso, 1992,18). El acto de apropiación de los objetos que se encuentra en la habitación de su tía la priora del convento y las llaves del mismo se enfrenta simbólicamente a la ley del padre. Catalina abre las puertas del convento pero no las cierra del todo ("emparejándolas"), haciendo del espacio del convento un lugar posible de profanación e invasión desde el exterior. Al tiempo que ella sale se abre la posibilidad para que alguien entre desde afuera, violentando la reglamentación y el orden establecido por lo simbólico.

No sólo Catalina transgrede la ley al salir del convento, sino también lo hace al dejaren él el escapulario, pues éstees representación simbólica de la ley del padre, que social y culturalmente determina su comportamiento como monja. Tanto el rechazo del escapulario como de su hábito, que lo deja tirado "por no saber que hacer con él" (Erauso, 1992, 18), viene acompañado de un rechazo de su cuerpo femenino, símbolo de la abyección del cuerpo materno: "Córteme el pelo, que tiré, y a la tercera noche, deseando alejarme, partí no sé por dónde, calando caminos y pasando lugares, hasta venir a dar en Vitoria, que dista de San Sebastián cerca de veinte leguas, a pies, cansada y sin haber comido más que hierbas que topaba por el camino" (Erauso, 1992,18-19). La transformación física de Catalina en varón, ya que al cortarse el pelo rechaza el cuerpo de la mujer, representado estereotípicamente por los cabellos largos, se enfrenta una vez más con la ley del padre en el orden simbólico, pues no sólo repudia la profesión de monja, sino también el género femenino.

No obstante, es interesante observar que es aquí la primera de las dos veces, a lo largo de los dos primeros capítulos -hasta su encuentro con el obispo-, en la que Catalina utiliza el género femenino para los adjetivos calificativos: "cansada" (Erauso, 1992, 19). Catalina prosigue entonces su relato, contando que trabajó para el doctor Francisco de Cerralta en Vitoria y el secreta rio de rey Juan de Idiáguez en Valladolid, donde asume una identidad masculina, al hacerse llamar Francisco de Loyola. Desde la disposición de lo semiótico, Catalina entra ya al orden simbólico por medio del lenguaje al nombrarse ella misma con un nombre de varón. La resistencia que ofrece Catalina a la ley del padre se pone de manifiesto claramente cuando se encuentra frente a su padre, estando vestida de hombre: "Al cabo de ellos [siete meses], estando una noche a la puerta con otro compañero, llegó mi padre, preguntándonos si estaba en casa el señor don Juan_Dijo mi padre que se le avisase que estaba él allí, y subió el paje quedándome yo con mi padre, sin hablarnos palabra ni él conocerme" (Erauso, 1992,19-20).

La vestimenta de paje de Catalina y su actitud de no intercambiar palabra con don Miguel de Erauso resiste simbólicamente a la ley paterna. Tanto la transformación física de Catalina en varón como su actitud psicológica rechazan la reglamentación y el orden que determina el papel del sujeto y estructura a su sociedad desde lo simbólico. Por un lado, el padre no reconoce físicamente a su hija, sino que cree que es uno más de los pajes que se encuentran allí, otorgándole un reconocimiento simbólico de su identidad masculina desde la ley paterna, al no cuestionar que Catalina sea una mujer. Por otro, Catalina tampoco le dice nada a su padre y prefiere guardar silencio, demostrando su rechazo absoluto hacia la ley del padre, puesto que no hay mayor forma de resistencia que negar dicha ley a través del silencio. Catalina no le dirige la palabra a don Miguel porque para ella no existe, ni como hombre ni como padre. De ahí que no resulte extraño que ella decida escaparse tras escuchar atentamente las palabras de él. Dice ella: "Mi padre dijo cómo se le había ido del convento aquella muchacha, y esto le traía por los contornos en su busca. Don Juan mostró sentirlo mucho, por el disgusto de mi padre y por lo que a mí me quería, y de otra parte, por aquel convento, de donde el era patrono por fundación de sus pasados, y por lo que tocaba a aquel lugar, de donde era él natural" (Erauso, 1992, 20).

El hecho de que Catalina reconozca a su padre en la narración, a nivel del signo, del trazo, de la marca semiótica, no significa que lo haga a nivel de lo simbólico, como pone de manifiesto el que no hable con él cuando tiene la oportunidad. Además, Catalina se distancia y se acerca a la ley simbólica cuando se refiere a sí misma en tercera persona ("aquella muchacha")yen primera persona ("amímequería").Latrasgresióndela ley paterna se hace patente también al ver las funciones retóricas que se establecen entre el padre y el convento, pues se indica que ha sido don Miguel el fundador del mismo. El padre de Catalina funciona metafóricamente para referirse al fundador de la Iglesia, San Pedro, quien como don Miguel funda una institución religiosa. Mientras San Pedro pone la primera piedra para construir la primera iglesia, el padre de Catalina lo hace para fundar el convento de las monjas dominicas en el que entra su hija.

Igualmente, esta mención de Catalina tiene dentro de la retórica del texto una función metonímica, pues la referencia a su padre con respecto al convento -y a San Pedro con la Iglesia- se relaciona además con la religión cristiana y el patriarcado. La ley del padre, representada por el padre de Catalina y el cristianismo, es trasgredida por Catalina al no ser reconocida por ella, pues ésta ignora las palabras de don Manuel: 'To, que oía la conversación y sentimiento de mi padre, salíme atrás y fuime a mi aposento. Cogí mi ropa y salí, llevándome cosa de ocho doblones con que me hallaba, y fuime a un mesón, donde dormíaquella nochey donde entendía un arriero que partía por la mañana a Bilbao" (Erauso, 1992,20). El pronombre personal de primera persona funciona aquí para marcar una distancia entre las palabras de Catalina y su persona, que no acepta la ley paterna en la disposición simbólica. De ahí que decida marcharse: "Pasado un largo camino, me parece como de cuarenta leguas, entré en Bilbao, donde no encontré albergue ni comodidad, ni sabía que hacerme. Entre tanto dieron allí unos muchachos en repararen míy cercarme, hasta que viéndome fastidiado hube de hallar unas piedras y hube de lastimar a uno, no sé dónde, porque no lo vi" (Erauso, 1992, 20-21).

El desplaza miento de Catalina de u na ciudad a otra muestra, entonces, el desplazamiento de su deseo por un objeto real, que es el de comportarse como varón, el cual queda constatado ahora por el uso de los adjetivos en masculino: "fastidiado" (Erauso, 1992,21). Además, la acción de Catalina de tirarle piedras a los muchachos con los que se encuentran enfatiza dicho deseo, pues se comporta en esa situación como lo haría un varón, enfrentándose e hiriendo a uno de ellos. No obstante, hay que mencionar que tal comportamiento conduce a Catalina a la cárcel por un mes, "hasta que él [uno de los muchachos] hubo de sanar" (Erauso, 1992, 21), siendo éste el primer castigo impuesto por la ley. Se marcha entonces a Estella (Navarra) y pasan dos años, de los cuales sólo cuenta Catalina que estuvo "bien tratado y bien vestido" (Erauso, 1992,21). Dice cansarse de ellos y regresa un día a escuchar misa al convento donde había estado recluida en el que halla a su madre, de quien dice "vide que me miraba y no me conoció, y acabada la misa, unas monjas me llamaron al coro, y yo, dándome por entendido, les hice muchas cortesías y me fui" (Erauso, 1992,21).

Es conveniente analizar el retorno de Catalina a la unión con la madre. Por un lado, Catalina vuelve al lugar en el que había nacido y del cual se había fugado: su patria. San Sebastián es el espacio materno por excelencia. Es el lugar que la ve nacer y le otorga el lenguaje; el que le permite que entre al orden de lo simbólico. Es el chora en el que se producen esas actividades pulsionales de apropiación y rechazo, de vida y muerte; de apropiación de su ley y rechazo de la ley del padre. Es el espacio semió-tico, estructurado por la ley simbólica. Y es en él en donde se encuentra con su madre. El cuerpo irrepresentable de la chora, que es el cuerpo de la madre, está, sin embargo, físicamente representado. Se materializa en la imagen de la mujer a la que observa, como el sujeto que se halla frente al espejo, pero sin identificarse con ella, ya que escapa como hace cuando se encuentra con su padre. Por eso, es que el cuerpo de la madre puede estar materialmente presente, pues no hay identificación alguna, sino expulsión y separación del mismo. Aunque el cuerpo de la madre de Catalina esté allí, es ajeno a la hija, pues, como se veía en el caso del padre, tampoco hay reconocimiento de la madre. Ni el padre en la disposición simbólica, ni la madre en la semiótica logran reconocer a su hija, porque ésta adopta un género sexual distinto al que ellos le han dado y una identidad que no conocen. El hecho de que Catalina pueda verlos ocupando físicamente un espacio, no significa que los reconozca, pues en ambos casos ella acaba rechazándolos al marcharse.

Además de la ciudad de San Sebastián, el convento es también el espacio materno, con una función metafórica que remite a las mujeres y a la madre, y una metonímica que se refiere a la Virgen María. El convento es el lugar supremo en el que se rinde culto a la madre de Dios; lugar del que escapa por primera vez al no reconocer la ley simbólica y de donde vuelve a hacerlo para seguirconstruyéndosecomo un sujetoen proceso con una identidad plural: "Senté plaza de grumete en un galeón del capitán Esteban Eguino, tío mío, primo hermano de mi madre, que vive hoy en San Sebastián, y embarqué y partimos de Sanlúcar, Lunes Santo, año de 1603" (Erauso, 1992,22). Dicha identidad plural del sujeto hablante, dividido entre el inconsciente y el subconsciente, se muestra al observar en el lenguaje de Catalina la relación dialéctica que existe entre ser grumete, como mujer y monja vestida de varón, y la de ser la sobrina del capitán, primo de su madre, con el que se alista. Lo semiótico y lo simbólico se intersectan, ya que el padre define claramente el lugar que le corresponde al cuerpo de la madre, como un no-lugar, simbólicamente hablante. Dentro de la triada padre/madre/hijo(a), lo simbólico interviene en la relación de la madre y la hija para ver la separación de ésta de la madre. Si la sociedad es producto de lo simbólico, entonces Catalina -sujetoenproceso, sujeto hablante- es producto del patriarcado. Catalina demuestra, por tanto, que se releva contra las reglas patriarcales -y la ley paterna en el ámbito de lo simbólico- porque no encaja en ella. Mientras lo semiótico viola el orden de lo simbólico, el sujeto en proceso se constituye dentro de un marco de negatividad en el que desaparece y reaparece la madre; el sujeto es expulsado por la madre y separado de ella.

Catalina la alférez

La madre del sujeto en proceso que es anterior a la entrada del sujeto en la disposición simbólica, demostrado por el dominio de la lengua, es además anterior a la capacidad de sí misma para localizar a otro como ella; una capacidad indicada por el dominio del pronombre "yo/tú". Lo semiótico es presimbólico y anterior a la emergencia de la división entre el significado y el significante. Es donde precede la distinción entre el sujeto y el objeto. El orden de lo simbólico no es simplemente un "otro", opuesto a lo semiótico, sino el dominio que debe ser unido a lo negativo, pero que no es el producto de un sujeto que conoce y juzga. Para Kristeva, las nociones de "hyle", "impulso" y "negación" están asociadas con el sujeto fenomenológico que es últimamente el sujeto unitario del consciente tético ("thetic") en el que la división del sujeto y el objeto se eternaliza. Lo tético es, entonces, la posición derivada de la distinción entre el sujeto y el objeto: "All enunciation, whether of a word or of a sentence, is thetic. It requires an identification; in other words, the subject must separate from and through his image, from and through his objects" (Kristeva, 1987,134).

La fase tética es la precondición del sujeto hablante para que éste se constituya dentro de un marco de negatividad de todas las pulsiones en el concepto de rechazo. El capítulo sexto de La historia de la monja alférez en el que la protagonista encuentra a su hermano, da muerte a dos hombres y a su propio hermano, ejemplifica la pulsión agresiva de Catalina como sujeto en proceso. El estado de tensión al que es sujeta Catalina consigue suprimirse gracias a las pulsiones de muerte, que son dirigidas hacia el exterior, destruyendo el objeto, representados por los hombres con quienes ella se enfrenta. Catalina cuenta que tras llegar a Concepción se encuentra con su hermano, el capitán Miguel de Erauso. De él dice: "Tomó la lista de la gente, fue pasando y preguntando a cada uno su nombre y patria, y llegando a míy oyendo mi nombre y patria, saltóla pluma y me abrazó y fue haciendo preguntas por su padre, y su madre, y hermanos, y por su querida Catalina, la monja" (Erauso, 1992,35).

Cabe observar aquí que Catalina se distancia nuevamente de la ley simbólica, por medio del lenguaje, pues no duda referirse a ella misma usando la tercera persona del singular cuando habla de sí misma: "su querida Catalina, la monja" (Erauso, 1992,35). Catalina transgrede la ley del padre, al ir "respondiendo como podía, sin descubrirme ni caer en ello" (Erauso, 1992, 35-36). Por pedido de su hermano, el gobernador cambia a Catalina a la compañía de éste y permanece con él por tres años, sirviendo así su hermano como la imagen del otro que ve el sujeto frente al espejo, pues facilita la construcción de la identidad plural de Catalina, al identificarse con/ diferenciarse de él. Del período que vive con su hermano, Catalina señala: "Estábamos siempre con las armas en la mano, por la gran invasión de los indios que allí hay, hasta que vino finalmente el gobernador Alonso de Sarabia con todas las compañías de Chile" (Erauso, 1992,37).

La posesión de las armas puede ser vista simbólicamente como la apropiación de la ley simbólica que hace Catalina como sujeto en proceso. Las armas tienen una función metafórica de representación del signo que remite al falo, como significante de la falta y del deseo del mismo. Catalina agarra "siempre" las armas en sus manos para tener en ellas el poder simbólico del patriarcado. Las armas sustituyen metonícamente el falo que no posee (la falta) a través del desplazamiento del deseo por el falo (las armas como símbolo masculino y patriarcal). De ahí que no resulte extraño observar como continúa su narración: "Salimos a ellos [los indios en los llanos de Valdivia], y batallamos tres o cuatro veces, maltratándolos siemprey destrozándolos; pero llegándoles la vez última socorros, no fue mal y nos mataron mucha gente, y capitanes, y a mi alférez, y se llevaron la bandera" (Erauso, 1992,37).

El robo de los indios de la bandera es visto por Catalina como un intento de apropiación de su propia ley paterna, representada también por las armas. Catalina lo siente como un ataque simbólico de castración que origina un estado de tensión y desencadena su pulsión agresiva, que es la de dar muerte a los indios: "Viéndola llevar, partimos tras ella yo y dos soldados de a caballo, por medio de gran multitud, atrepellando y matando y recibiendo daño. En breve cayó muerto uno de los tres. Proseguimos los dos y llegamos hasta la bandera; pero cayó de un bote de lanza mi compañero" (Erauso, 1992,37). Destruir o matara los indios en su intento de recuperación de la bandera es para Catalina la manera de reapropiarse del falo y, por consiguiente, de su identidad masculina dentro del orden simbólico y de la ley paterna. Por eso, no debe parecer extraño que entre los dos soldados que salen en su busca, uno caiga del caballo, siendo Catalina la única capaz de coger en sus manos la bandera: "Yo, con un mal golpe en la pierna, maté al cacique que la llevaba, se la quité, y apreté con mi caballo, atrepellando, matando e hiriendo a infinidad; pero malherido y pasado de tres flechas y de una lanza en el hombro izquierdo, que sentía mucho; en fin llegué a mucha gente y caí luego del caballo" (Erauso, 1992, 37-38).

Catalina recupera la bandera y con ella el falo, pues dicha bandera, al igual que las armas, representa simbólicamente el poder patriarcal. Para ello, mata al jefe de los indios, a pesar de estar herida notablemente. Catalina cae del caballo -animal que metafóricamente remite a la virilidad masculina- pero con la bandera asida a ella, es decir, cae sujetando el poder de la ley paterna. Por un lado, se comporta como hombre, transgrediendo la ley -al ser monja y mujer-. Por otro, participa ella misma del poder de la ley paterna cuando lucha como soldado y se comporta como tal. De ahí que no parezca extraño que tenga que pasar nueve meses para su recuperación física y promoción a alférez: "Curárome y quedamos allí alojados nueves meses. Al cabo de ellos, mi hermano sacó del gobernador la bandera que yo gané, y quedé alférez de la compañía de Alonso Moreno, la cual poco después se dio al capitán Gonzalo Rodríguez, el primer capitán que yo conocí, y holgué mucho" (Erauso, 1992,38). Catalina nace, entonces, tras nueve meses de gestación como alférez; cargo que desempeña, según dice, por cinco años.

A partir de entonces la pulsión agresiva de Catalina, como sujeto en proceso, aumenta dando muerte a aquellos que se interponen en su camino. Del capitán de indios, Francisco Quispiguaucha, hombre rico, con el que batalla, derribándolo del caballo y haciendo que se le rinda, Catalina afirma: "Yo lo hice al punto de colgar de un árbol, cosa que después sintió el gobernador, que deseaba tenerlo vivo, y diz que por eso no me dio la compañía, y se la dio al capitán Casadevante, reformándome y prometiéndome para la primera ocasión" (Erauso, 1992, 38). Catalina al enfrentarse con el capitán de indios lo castra simbólicamente, tras tumbarlo del caballo y querer ahorcarlo en el árbol. Al medir su fuerza con él, Catalina demuestra ser más poderosa, permaneciendo siempre armada frente a los otros: "Se retiró de allí la gente, cada compañía a su presidio, y yo pasé al Nacimiento, bueno sólo en el nombre y en lo demás una muerte, con las armas en la mano a todas horas" (Erauso, 1992, 38). La reiteración de Catalina por mantener todo el tiempo las armas en sus manos muestra simbólicamente cómo se articula la falta del falo y el deseo por el mismo, pues la tensión que se da entre significado y significante, sujeto y objeto, viene a ser contrarrestada por la destrucción de los hombres con quienes ella se topa.

Catalina cuenta asíque estando "quieto" en Concepción acude a una casa de juego en el campo de guardia con otro alférez con el que empieza a jugar: "Pusímonos a jugar, fue corriendo el juego, y en una diferencia que se ofreció, presentes muchos alrededor, me dijo que me mentía como corn udo. Yo saqué la espada y éntresela por el pecho" (Erauso, 1992,39). La pulsión agresiva, dentro del concepto de rechazo de Kristeva, en la división del sujeto y el objeto, se patentiza aquí al abatirse Catalina con un igual en rango militar: un alférez. Si bien primero cuelga de un árbol a un capitán de indios, inferior socialmente, ahora mata de una estocada a un soldado, que se halla al mismo nivel social de Catalina. A pesar de que su hermano entre y le diga en vasco que intente salvar la vida, Catalina, rechazando la ley simbólica que se le impone—la negación del padre o el no del padre—, da muerte al auditor que la coge: "El auditor me cogió por el cuello de la ropilla; yo, con la daga en la mano, le dije que me soltase; zamarreóme y le tiré un golpe, atravesándole los carrillos; teníame aún, y le tiré otro y me soltó. Saqué la espada; cargaron muchos sobre mí, y me tiré hacia la puerta, allanando algún embarazo que había, y salí, entrándome en San Francisco, que estaba cerca, y donde supe que quedaron muertos el alférez y el auditor" (Erauso, 1992,39-40).

Al matar a estos dos hombres, Catalina no sólo transgrede la ley simbólica patriarcal que le dice cómo debe actuar culturalmente, sino también llega a formar, paradójicamente, parte de ella, pues al asumir su identidad masculina se comporta como lo haría un hombre. En otras palabras, Catalina a pesar de atentar contra la ley paterna como monja y mujer, actúa como es de esperarse de un hombre joven de su condición. De esta forma, se explica que acepte el desafío para el cual lo invita su amigo don Juan de Silva, quien habiendo tenido unas palabras con Francisco de Rojas, se cita con éste esa noche a las once, llevando cada uno a un amigo. Catalina sale de la iglesia, donde había estado protegiéndose de los soldados que la buscaban para arrestarla durante seis meses y narra el enfrentamiento:

Metieron ambos [don Juan de Silva y don Francisco de Rojas] mano a las espadas y se embistieron, mientras estábamos parados el otro y yo. Fueron bregando, y a poco rato sentí que se sintió mi amigo la punta que le había entrado. Púseme luego a su lado, y el otro al lado de don Francisco. Tiramos dos a dos, y a breve rato cayeron don Francisco y don Juan; yo y mi contrario proseguimos batallando, y éntrele yo una punta, según después pareció, por bajo de la tetilla izquierda, pasándole, según sentí, coleto de dos antes, y cayó. (Erauso, 1992,41)

Se observa que la lucha entre Catalina y don Juan con don Francisco funciona a nivel de la disposición semiótica, de la marca, la prueba, el signo, para mostrar que se construye la identidad plural del sujeto en proceso, tal como corresponde a la fase del espejo. En esta fase, el sujeto se identifica primero con un otro y después se constituye como dicho sujeto. El duelo a muerte entre las dos parejas, como trazo de lo semiótico, no sólo tiene como fin apuntar metafóricamente a la necesidad de que exista un otro para que el sujeto pueda entrar en su cultura, como ocurre por medio del lenguaje, sino también funciona metonímicamente para aludirá la lucha por el/del falo y la ley paterna en el orden de lo simbólico. Sólo así se puede explicar que Catalina tenga que matar a su hermano; un otro, opuesto a ella en el duelo, en la familia, en la compañía, para liberar parte de la pulsión agresiva—destructiva o destructora—que origina el estado de tensión entre Catalina, como sujeto en proceso, y el falo o la ley, como objeto. Catalina prosigue entonces su camino: "Muerto el capitán Miguel de Erauso, lo enterraron en el dicho convento de San Francisco, viéndolo yo desde el coro, ¡sabe Dios con qué dolor! Estuve allí ocho meses, siguiéndose entretanto la causa en rebeldía y no dándome lugar el negocio para presentarme. Hallé ocasión con el amparo de don Juan Ponce de León, que me dio caballo y armas y avivó para salir de la Concepción, y partí a Valdivia y a Tucumán" (Erauso, 1992,42-43).

Catalina la virgen

La negación es una operación lógica llevada a cabo por un consciente que hace juicios, y la negatividad es, para Kristeva, la precondición de dicho consciente y de su lógica. La negación y la dicotomía deber ser diferenciadas de la negatividad y la heteronomía, siendo así que el rechazo {"rejection") llegue a ser el término más apropiado para describir la función semiótica pre-verbal, heterogénea. Lo rechazado puede ser descrito como aquello que es reprimido en la operación de lo simbólico. Puede consistir de un proceso de pulsiones cargadas de "operaciones concretas" de la fase pre-simbólica del desarrollo del sujeto. Los gestos, el rechazo, la risa, las expresiones holofrásticas, etc. son ejemplos de estas operaciones concretas, que nunca son reprimidas o expulsadas de lo simbólico. A través de estas operaciones, la energía carga a las pulsiones para que éstas lleguen a ser parte del proceso de significación. La actividad pulsional del cuerpo es lo que lo simbólico rechaza, aunque dicha actividad esté también presente en él. Las pulsiones "extract the body from its homogenous and turn it into a space bound to exterior space; they are forces which trace the chora of the process" (Kristeva, 1987,136).

Las pulsiones aparecen en un espacio social, que es parte del proceso de significación, en el que desaparece y reaparece la madre. El descubrimiento de la revelación de Catalina al Obispo de que es monja y virgen en el capítulo vigésimo de La historia déla monja alférez extrae al cuerpo de Catalina del orden de lo semiótico para localizarlo en un espacio exterior: el espacio social. Mientras el objeto es expulsado y separado del cuerpo materno, dicho objeto se posiciona como real en lo simbólico. Catalina recupera la parte de su identidad femenina, como monja y mujer, reconociendo así la ley paterna en el orden simbólico. Al enarbolar su virginidad como ejemplo de respeto y sumisión a la ley patriarcal, Catalina muestra que no ha atentado contra los tabúes sociales, como el incesto, a pesar de haberse travestido de varón o haber llegado incluso a ocupar el rango militar de alférez. Sin embargo, será necesario ver cuidadosamente el propósito de Catalina cuando reconoce el poder del falo.

Catalina comienza este capítulo narrando su llegada a Guamanga. Cuenta que se queda en una posada unos días hasta que el corregidor don Baltasar de Quiñones la intenta arrestar. Catalina escapa de ser apresada gracias a la intervención del Obispo, quien la conduce a la Iglesia, tras pedírselo ella. Catalina dice que el Obispo le quita las armas y la mete en su casa: "Asióme su ilustrísima por el brazo, quitóme las armas y, poniéndome a su lado, me llevo consigo y entróme a casa. Hízome luego curar una pequeña herida que llevaba y mandóme dar de cenar y recoger, cerrándome con llave, que se llevó" (Erauso, 1992,85). El despojo de las armas de Catalina, de la ley paterna, por parte de Obispo la inserta, entonces, dentro de la ley patriarcal en el orden simbólico, teniendo así este episodio dos funciones retóricas: una metafórica que se establece al quitarle el Obispo las armas a Catalina que representan el poder del falo, y una metonímica cuando la conduce al espacio privado de la casa y la dejar encerrada allí; espacio consagrado por antonomasia al género femenino. No debe resultar curioso que sea el Obispo como una de una de las autoridades dentro de la institución eclesiástica y representante de la religión católica el que lo haga. Mientras Catalina le pide a él que la salve de una muerte segura, pues el corregidor pide a gritos que la maten, el Obispo restituye simbólicamente el desorden ocasionado por Catalina, debiendo ésta pagar por ello con su identidad masculina y la libertad que hasta entonces le concedía dicha identidad. No obstante, Catalina para ser perdonada por completo debe confesarle al Obispo quién es verdaderamente ella, pues para ser restablecida la ley paterna del todo debe asumir su papel; primero, de mujer y, luego, de monja. De este suceso, Catalina dice:

Y viéndole tan santo varón, pareciéndome estar ya en la presencia de Dios, descúbrame y dígole: "Señor, todo esto que he referido a V.S. Ilustrísima no es así. La verdad es ésta: Que soy mujer, que nací en tal parte, hija de Fulano y Zula-na; que me entraron de tal edad en tal convento, con Fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partíallá y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de su señoría ilustrísima." (Erauso, 1992,86)

Es importante observar que las palabras empleadas por Catalina para narrar el encuentro con el Obispo en lugar de proporcionar la información completa y verdadera -que conoce el lector de la historia de la monja alférez- emplea grandes generalizaciones ("nací en tal parte", "hija de Fulano y Zulana", "me entraron de tal edad en tal convento", etc.). Dichas generalizaciones, acompañadas de la primera frase que utiliza para decir la verdad ("soy mujer") cumplen una función de sinécdoque al identificar una parte con el todo, pues la descripción de Catalina puede servir para hablar de cualquier mujer -de la manera más genérica- al no proporcionarse datos concretos. Se restituye así la ley paterna que había sido transgredida por Catalina. Ella entrega su falo al ofrecerseque la examinen unas matronas que corroboren su estado de virgen:

"Señor -dije-, es así, y si quiere salir de dudas V.S. ilustrísima por experiencia de matronas, yo me allano." "Conténtame oírlo, y vengo en ello." [..JA medio día comí, después reposé un rato, y a la tarde, como a las cuatro, entraron dos matronas y me miraron y se satisficieron, y declararon después ante el obispo, con juramento, haberme visto y reconocido cuando fue menester para certificarse, y haberme hallado virgen intacta, como el día en que nací. (Erauso, 1992,88)

Así, el estado de pureza de Catalina representado simbólicamente por su virginidad se reconoce en lo simbólico doblemente; primero, por las matronas (el cuerpo de la madre) y, segundo, por el Obispo (la ley del padre). Las matronas, como signo semiótico del cuerpo materno que rechaza y expulsa a la hija, vuelven a su encuentro con ésta, al reconocerla como tal; reconocimiento que tiene lugar ante el padre y el poder simbólico, es decir, ante el Obispo, la Iglesia y el patriarcado. La virginidad de Catalina, como objeto materno, se constituye así en objeto-realidad, el cual sólo tiene significación en ausencia del signo. En otras palabras, el reconocimiento de la virginidad de Catalina se localiza como real en lo simbólico. Si el rechazo, para Kristeva, conforma el retorno de la expulsión dentro del dominio del sujeto en proceso, reconstituye los objetos reales, crea nuevos objetos, reinventa lo real y lo resimboliza, entonces la comprobación del estado virginal de Catalina la conecta al cuerpo de la madre, redefine su virginidad como un objeto nuevo, que se resimboliza en lo real. La virginidad no es solamente un estado de pureza o de gracia, sino la prueba de que Catalina dice la verdad y la razón para la expiación de sus actos. Dicha virginidad tiene también aquí una función metonímica al remitir a la madre suprema, la Virgen María, por medio de la cual Catalina es perdonada simbólicamente. El cuerpo de la madre no representado interviene en lo simbólico y salva a su hija, tal como la Virgen intercede ante Dios para salvar a sus hijos. Por eso, se entienden entonces las palabras del Obispo, portador de la ley paterna, que le rinde veneración: "'Hija, ahora creo sin duda lo que me dijiste, y creeré en adelante cuanto me dijereis; os venero como una de las personas notables de este mundo, y os prometo asistiros en cuanto pueda y cuidar de vuestra conveniencia y del servicio de Dios'" (Erauso, 1992,88).

Ahora bien, esta restitución de Catalina dentro de la disposición de lo simbólico lleva consigo un rechazo del sujeto en procesoque se manifiesta después de volver a vestir el hábito religioso. Tras mudarse del convento de monjas de Santa Clara en Guamanga al de las comendadoras de San Bernardo en el que vive por dos años y cinco meses, Catalina decide dejar una vez más la orden religiosa. Se encuentra entonces con el arzobispo don Julián de Cortázar, quien le insiste que no deje el convento a lo que ella explica: "Yo le dije que no tenía yo Orden ni religión, y que trataba de volverme a mi patria, donde haría lo que me pareciese más conveniente a mi salvación. Y con esto y con un buen regalo que me hizo, me despedí" (Erauso, 1992,92). Estas palabras de Catalina parecen contradictorias con respecto a los sucesos acaecidos anteriormente, pues Catalina rechaza la ley simbólica, transgrediéndola otra vez, al afirmar no tener orden ni religión, negando que exista dicha ley. Como los ejemplos anteriormente mencionados, Catalina pareceestaractuandodela misma manera al enfrentarse a la ley paterna, pues no sólo la niega al no reconocerla a nivel del signo semiótico, sino que opta por marcharse, dándole su espalda. De estar ella ante la ley pasa ésta a estar detrás de ella.

Comparando los dos episodios en los que Catalina, primero, acude al Obispo y declara su virginidad y, después, abandona el convento para volverá España, parecen ambos demostrar que el sujeto en proceso hace una apropiación de la ley simbólica a su conveniencia. Es decir, Catalina reconoce y acepta el poder del falo cuando éste le sirve para salvarse, pues por su respuesta al arzobispo parece no mostrar una vocación religiosa muy fuerte, rechazándolo cuando ya no la necesita. Dicho rechazo, mediante la economía del lenguaje, lleva a Catalina a repudiar la reafirmación del territorio maternal en la disposición simbólica que anteriormente había tenido lugaral comprobarse que era virgen. El sujeto en proceso, como afirma Kristeva, continuamente asume la función tética de nombrar, de establecer significado y significación, en la cual la función paternal se representa dentro de la relación reproductiva. El rechazo de la ley paterna simbolizada por la institución eclesiástica y por la religión se renombra y redefine por la apropiación que hace Catalina del poder fálico. Catalina establece un significado nuevo de dicha ley al apropiarse de la suya, como lo demuestra el hecho de que al embarcarse en Tenerife para pasar a Cartagena, actúe como lo había hecho en el pasado: "Allí, un día, en el juego, se armó una reyerta, en que hube de dar a uno un arrechucho en la cara con un cuchillejo que tenía allí, y resultó mucha inquietud" (Erauso, 1992,93). El hecho mismo de cargue un cuchillo con ella, arma que representa simbólicamente el poder del falo, lo manifiesta. Como en los casos anteriores de las armas y la bandera, Catalina emplea el cuchillo para transgedir la ley simbólica y hacer uso de la suya propia: la de Catalina, la monja-alférez.

No debe resultar extraño observar que a partir de este incidente la narración de Catalina se centra en las descripciones de sus viajes por Cádiz, Sevilla, Madrid, Pamplona, Roma y Barcelona. Destacan de éstas, la presentación de Catalina ante la Corte para pedir gratificación por sus acciones:

Víneme a Madrid, y presénteme ante Su Majestad, suplicándole que me premiase mis servicios, que expresé en un memorial que puse en su real mano. Remitióme Su Majestad al Consejo de Indias, y allí acudí y presenté los papeles que me habían quedado de la derrota. Viéronme aquellos señores, y favoreciéndome con consulta de Su Majestad, me señalaron ochocientos escudos de renta para mi vida, que fueron poco menos de lo que yo pedí. Esto fue en el mes de agosto de 1625. (Erauso, 1992,96)

Este episodio, no obstante, debe ser leído junto a la entrevista de Catalina con el Papa Urbano VIII en Roma, ya que los dos demuestran que la monja-alférez reconoce la ley paterna en lo simbólico, sólo cuando puede sacar algo de ello. De su encuentro con su santidad, Catalina relata: "Besé el pie a la santidad de Urbano VIII, y referíle en breve y lo mejor que supe mi vida y correrías, mi sexo y virginidad. Mostró Su Santidad extrañar tal cosa, y con afabilidad me concedió licencia para proseguir mi vida en hábito de hombre, encargándome la prosecución honesta en adelante y la abstinencia de ofender al prójimo, teniendo la ulción de Dios sobre su mandamiento nooccides" (Erauso, 1992,101). Una vez más Catalina rechaza la ley simbólica para reapropiarse de ella y redefinirla a su conveniencia. De ahí que se puede entender el hecho de que el Papa le concede el permiso para vestirse de varón como la victoria final de Catalina en el orden simbólico. A través de la vestimenta masculina, Catalina no sólo consigue imponer simbólicamente su ley frente a la ley del padre, sino también lo hace en el orden de lo real al convertirse en comerciante en México y trabajar por cuenta propia y ajena. El sujetoen proceso se constituye asía través de una nueva identidad: la de Catalina, la comerciante.

Catalina la monja-alférez: Hacía una identidad plural

Refiriéndose a las dos posiciones del retórico y el escritor, Kristeva, al comentar el ejemplo de Céline, menciona que éste al adoptar el primer nombre de la abuela como su pseudónimo -el nombre de la madre en el lugar del padre- asume un discurso diferente. Dicho discurso no es ni el discurso imaginario del yo ni el discurso de conocimiento trascendental, sino el de un permanente go-between desde uno hacia el otro; una pulsión de signo y ritmo del consciente y de la pulsión instintiva (Kristeva, 1987,139). Kristeva afirma al respecto: '"I am the father of my imaginative creations,' writes Mallarmé at the birth of Geneviéve. 'I am my father, my mother, my son, and me,' Artaud claims. Stylists all, they sound a dissonance within the thetic, paternal function of language" (Kristeva, 1987,139). Teniendo estas ideas en consideración, parece acertado proponer que este mismo es el caso de Catalina de Erauso. Catalina construye una identidad plural como sujeto en proceso nocomoel padre de su creación imaginativa, sino como el padre, la madre, el hijo, la hija, y su yo (ella). Catalina es monja, alférez, virgen, monja-alférez, comerciante. Esta identidad plural es producto de la interacción del sujeto con su sociedad, con su historia y con lo simbólico. Vida i sucesos de la monja alféreznoes, portante, un vehículo del lenguaje aislado de la sociedad de Catalina de Erauso y de la historia moderna, sino un producto de ambas, al ser su obra vista como una práctica textual que surge de lo social y de lo simbólico en la historia.

Notas

Español. Historiador y doctorando en el área de Literatura peninsular contemporánea en el Departamento de Estudios Románicos de Cornell University, e-mail: ajs225@cornell. edu

Bibliografía

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