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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  no.43 Valparaíso ago. 2021

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552021000100884 

Bibliografía

Terráneo, Sebastián, Introducción al derecho y a las instituciones eclesiásticas indianas (Buenos Aires, Ediciones de la Universidad Católica Argentina, 2020), 735 págs. [ISBN 978-987-620-460-6].

Carlos Salinas Araneda1 

1Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile

Terráneo, Sebastián. Introducción al derecho y a las instituciones eclesiásticas indianas. Buenos Aires: Ediciones de la Universidad Católica Argentina, 2020. 735p. ISBN: 978-987-620-460-6.

Cuando surgió el cristianismo en el horizonte de la historia, lo hizo desde el primer momento con una clara y definida vocación de autonomía respecto de los poderes temporales. Esa clara vocación de autonomía lo llevó desde el principio a desarrollar un derecho propio, no solo porque ubi societas ibi ius, y nadie puede negar la dimensión societaria del cristianismo, sino también como una exigencia teológica de hacer posible en el seno de su comunidad eclesial la virtud de la justicia.

Es por lo que, cuando se descubrió América, el derecho de la Iglesia ya tenía una venerable antigüedad: un milenio largo de formación que termina hacia 1140, cuando el maestro Graciano confecciona su Concordancia de los cánones discordantes, dando inicio a lo que se conoce como el período clásico del derecho de la Iglesia. Así, cuando Colón arribó a estas tierras, el derecho canónico era un sistema jurídico maduro que, además, tenía junto al derecho romano, sede propia en la Universidad, los únicos dos derechos universales y cultos que merecían su espacio en las aulas universitarias. Es por lo que, al llegar los europeos a estas tierras, cristianos todos ellos, tan solo trasplantaron a América el derecho canónico tal como se había desarrollado en Europa y que, por entonces, se recogía en ese conjunto de colecciones que poco después serían conocidas como Corpus Iuris Canonici.

Aquí radica el primer mérito de esta obra, porque el profesor, con acierto, ha tratado en este libro sobre el derecho y las instituciones eclesiásticas EN Indias. No se trata, pues, de un libro de derecho canónico indiano, aunque se hable de él, sino del derecho canónico EN Indias, una de cuyas parcelas es el derecho canónico indiano.

La llegada de la Iglesia a América significó, sin embargo, entrar en contacto con realidades no pocas veces del todo novedosas, para las cuales el derecho canónico hasta entonces desarrollado debió acomodarse y adecuarse en la medida que ello era posible. Y esto dio origen a un derecho canónico elaborado eclesialmente en Roma o en las Indias para tener vigencia en las nuevas realidades indianas, es decir, un derecho canónico propiamente indiano.

Pero este derecho ¿fue muy original? O, si se quiere ¿podía ser muy original? ¿La presencia real de Cristo en la Eucaristía era diversa en Roma que en América? ¿El matrimonio judeo-cristiano traído por los españoles podía ser diverso cuando se trataba de consagrar el amor entre dos indianos? La respuesta parece no ofrecer mayores dificultades y es claramente negativa. Si miramos los sínodos indianos, una de las principales fuentes de este derecho canónico indiano, no son mayormente novedosos por cuanto se refiere, por ejemplo, a los clérigos y religiosos. “Bajo este aspecto reflejan, salvo raras excepciones, el tradicionalismo, la meticulosidad y el rigor tridentinos y, en definitiva, medievales […] Desde este punto de vista no tienen un interés mayor ni menor que los sínodos europeos de la época en los que obviamente se inspiran […] La gran novedad de los sínodos americanos radica en todo lo relacionado con el problema misional y trato que había que dar a los indios. Bajo este aspecto, bien se puede afirmar que no había precedentes tridentinos” (García y García). Aquí radica otro de los méritos del libro del profesor Terráneo, pues muestra con claridad ese continuo juego entre el derecho canónico universal y sus peculiaridades indianas, lo que se advierte con claridad cuando empieza a pasar revista a las instituciones indianas. Y este contacto del derecho canónico universal con las nuevas realidades indianas vendría a redundar en beneficio del mismo derecho universal, pues permitió afinar figuras que ya venían de antes, pero que lograron su definitiva configuración técnica después de 1492, como ocurrió, solo a modo de ejemplo, con los privilegios petrino y paulino en materia matrimonial.

Esta correspondencia entre lo universal con lo peculiar de Indias ocurre porque el derecho canónico, a secas, sin apellido, no es un fin en sí mismo, sino que es un instrumento al servicio de lo que, en genial expresión de san Pablo VI, constituye la misión única y esencial de la Iglesia: la evangelización de gentes y pueblos. Y es, precisamente, para llevar adelante dicha tarea evangelizadora que se han ido diseñando, en número no menor, las instituciones que, en su dimensión indiana, se recogen ampliamente en este libro. Y aquí nos encontramos con otro mérito de estas páginas, porque el profesor Terránea hace un exhaustivo repaso de ellas en sus diversos ámbitos: sujetos, sacramentos, justicia, régimen penal, régimen patrimonial, la ciencia canónica en Indias y las dos potestades Iglesia y Corona.

Es la primera vez, por lo que tengo entendido, que se presenta una visión completa de las instituciones eclesiásticas en Indias, por un libro de nueva redacción y en clave histórica. Hay libros de la época en que se proporcionan visiones unitarias del derecho canónico en Indias; pienso en las Instituciones de derecho canónico americano del chileno Justo Donoso, pero esas eran exposiciones de derecho canónico vigente. Así, mérito no menor es esta dimensión del libro del profesor Terráneo, que ofrece a los estudiosos de este Nuevo Mundo y también del Viejo, un texto que muestra, en una manera conjunta y completa, parte nada menor de la historia del derecho canónico, como es su vigencia en las Indias de Occidente, materia tan desconocida por los europeos que se caracterizan por su eurocentrismo. Desde esta perspectiva, el libro del profesor Terráneo ha de constituirse en un instrumento precioso para dar a conocer esta parte de nuestra historia eclesial y jurídica americana a los estudiosos de otras latitudes, especialmente europeos.

No quiero dejar pasar otra dimensión de este hermoso libro que es preciso tener presente y que es la siguiente: el derecho eclesial que se describe en estas páginas operó en una época en la que no solo la Iglesia desarrollaba esta normativa reguladora de su propia actividad evangelizadora, sino que lo hacía también la Corona española en uso y abuso de la originaria concesión del patronato. Pero ese derecho, de corte monárquico y real, no es derecho canónico. Para tener una visión completa de la realidad jurídica del actuar de la Iglesia en el tiempo indiano se requiere acudir al derecho real, pero en el entendido que no solo no es derecho eclesial, sino que no pocas veces entrabó el actuar del derecho eclesial. Esto queda bien claro en este libro, y es otro mérito de estas páginas. Es cierto que el derecho real entrabó el actuar de la Iglesia, pero también es cierto, hay que reconocerlo, que ocasiones hubo en las que el derecho eclesial se hizo eco del derecho secular. Pienso en la necesidad de que los esponsales, para su validez, estuviesen consignados en instrumento público.

El libro del profesor Terráneo es un libro de historia del derecho en un período concreto de la historia del derecho en Hispanoamérica, pero las materias tratadas en sus páginas no quedan encerradas en los años que van desde el descubrimiento hasta la independencia, pues ellas trascienden a épocas posteriores, cuando las repúblicas americanas ya habían iniciado su andar en la historia como repúblicas independientes. Por de pronto, el derecho canónico vigente en el período indiano siguió rigiendo la acción de la Iglesia en el siglo siguiente, pues, por consecuencia del régimen patronatista abusivamente auto asumido por la mayoría de las jóvenes repúblicas, la Iglesia se vio fuertemente limitada para darse una legislación propia que adecuara su actuar a las nuevas realidades.

Pero la virtualidad del derecho canónico vigente en las Indias de Occidente se dejó sentir post independencia también fuera de los claustros eclesiales, porque la nueva legislación que empezaron a darse las nacientes repúblicas se hicieron eco de él. Pienso, por ejemplo, en el uso que de él se hizo en el Código Civil de la República de Chile y, a través de él, en los demás códigos que lo recibieron o que en él se inspiraron, como El Salvador, Ecuador, Colombia, Venezuela, Nicaragua, Honduras, Uruguay, Guatemala y Panamá. No olvidemos que la formación que habían recibido aquellos primeros juristas había sido en el derecho de Roma y el derecho de la Iglesia. Sin contar con el amplio eco que el derecho canónico tiene en el derecho real como el de las Partidas.

Y aún más, ya en los albores del nuevo siglo XX, cuando el Papa san Pío X dio inicio a la magna obra de sustituir el viejo Corpus Iuris Canonici por un moderno Codex Iuris Canonici, el derecho canónico volvió a manifestar su virtualidad, ahora de la mano de los obispos latinoamericanos que, consultados sobre las reformas que convenía introducir al derecho canónico universal aprovechando el impulso legislativo que representaba la tarea codificadora, fundaron algunas de sus propuestas, precisamente, en el derecho canónico elaborado en América en los siglos indianos. En ocasiones, para que esas normas se incorporaren al derecho universal, como un postulatum presentado por los obispos de la provincia eclesiásticas mexicana de Antequera, quienes pedían que, de acuerdo con las normas del Tercer Concilio Mexicano de 1585, se prohibiere a las congregaciones religiosas arribadas más recientemente a México, que enviaren a otras partes las contribuciones de las Misas sin la previa autorización del obispo. Pero en ocasiones, para que las prácticas indianas fueran dejadas sin efecto, como la petición hecha por el arzobispo de Buenos Aires, quien sugería que el arancel eclesiástico fuese para cada diócesis y no para toda la provincia eclesiástica, “pues entre nosotros este es imposible por la diversa condición de los católicos en las distintas diócesis de esta provincia eclesiástica”, toda vez que los aranceles eclesiásticos debían dictarse en los concilios provinciales. ¿Otro mérito de este libro? Parece evidente, pues habrá de ser de útil consulta también para quienes se interesen por los avatares del derecho canónico y de los derechos patrios en los años republicanos.

Decir de un libro que viene a llenar un vacío, es un tópico demasiado gastado como para repetirlo aquí, por lo que parecería poco elegante hacerlo. Pero he de pedir excusas por ser poco elegante, porque hemos de reconocer que este libro viene a satisfacer una necesidad que se hacía sentir. Es por lo que no creo equivocarme, si, al darle las gracias al autor por todo el esfuerzo que ha volcado en él y felicitarle vivamente por el resultado, estoy expresando, en una voz monocorde, la voz de todos los que nos veremos favorecidos por su enseñanza.

Carlos Salinas Araneda
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

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