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 número42Belda Iniesta, Javier; Nacci, Matteo (dir.), Innocent III and his time. From absolute papal monarchy to the Fourth Lateran Council (Murcia, Cátedra Internacional Conjunta Inocencio III, 2017), 604 pp. [ISBN: 978-84-16045-71-6].Descamps, Olivier; Domingo, Rafael (eds.) Great Christian Jurists in French History (Cambridge, Cambridge University Press, 2019), 485 págs. [ISBN: 978-1108484084]. índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  no.42 Valparaíso ago. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552020000100864 

Bibliografía

Cartes Montory, Armando (ed.), Región y Nación. La construcción provincial de Chile, S. XIX (Santiago, Editorial Universitaria, 2020), 428 pp. [ISBN13 9789561126725]

Francisco Javier Infante Martín1 

1Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile

Cartes Montory, Armando. Región y Nación. La construcción provincial de Chile, S. XIX. Santiago: Editorial Universitaria, 2020. 428p. ISBN: 9789561126725.

En los últimos años, la historiografía nacional ha ido mostrando una revitalización en diversos campos. En pocos ese fenómeno resulta más aparente que en la llamada historia regional. Otrora considerada la hermana menor o simple eslabón de la gran historia de Chile, hoy parece brillar con luces propias. Lo anterior se debe, sin duda, a la renovación metodológica que acompaña a la creciente profesionalización de la disciplina histórica, así como también al aporte de muchos historiadores, la mayoría de ellos de regiones, que con su obra han aportado matices, temáticas y enfoques frescos al acervo historiográfico. Es el caso, entre muchos otros, de Eduardo Cavieres, Jorge Pinto, desde luego Mateo Martinic o Sergio González, por nombrar unos pocos, todos ellos premios nacionales de historia, a los que se suma una nueva generación, que ya ha producido trabajos interesantes.

Entre los nombres importantes de esta nueva historiografía, habría que mencionar a Armando Cartes, quien, con una obra prolífica, ha hecho contribuciones significativas a este campo y es el editor y coautor de libro que comentamos. El cual se relaciona, según él mismo explica, pero en cambio no se sitúa en la esfera de la historia regional. Es algo distinto. Se trata de una historia de Chile descentrada, vista desde los bordes, que contempla la evolución del país entero con la perspectiva de las provincias. Desde Santiago suele confundirse la historia del país con la del Estado y la sociedad de Chile central; con este nuevo enfoque, las miradas se multiplican y diversifican. Es así ya que se relevan otros actores y otros problemas, pues cada territorio, en su camino a devenir una provincia en forma, tiene una peculiar relación con el centro, a veces de tensión y en otras de alianza. Incluso las periodificaciones cambian cuando el país se mira desde los bordes. De esta forma, el siglo XIX, en que se concentra el libro, parece comenzar antes de 1800 en la zona central, algo que no ocurrirá en Magallanes hasta 1843, con la llegada de la goleta Ancud, que toma posesión para Chile de aquel territorio.

El encargo del editor al equipo de historiadores fue claro: no contar solamente el devenir de su provincia, sino las relaciones de cada territorio con el Estado-nación que entonces se construía. En la medida que se instalaba una red de caminos, se levantaban mapas y se construía, a partir del eje Santiago-Valparaíso, una economía nacional, se producía también una tensión creciente entre las elites locales y la burocracia abstracta que, en el modelo weberiano, comenzaba a desplegarse por las regiones. Es el propósito bien logrado del libro dar cuenta del proceso singular de las provincias, pero que bien se enlaza en un relato nacional más rico y renovado.

Los capítulos, naturalmente, no siguen la nomenclatura de las actuales regiones que conforman la división político-administrativa del país. Más bien asumen los territorios como una realidad geohistórica, en que el nivel local entra en diálogo con procesos nacionales e internacionales. Los espacios que se tratan, en una lógica de centros de poder y sin límites precisos, son el Norte Grande, Copiapó, Coquimbo, Valparaíso y Aconcagua, Santiago, Colchagua, Talca, Concepción y Chillán, la Frontera, Valdivia-Osorno- Puerto Montt, Chiloé y Magallanes.

El texto abre varias reflexiones de fondo. La primera ya la insinúa la destacada historiadora argentina Marcela Ternavasio, en el prólogo que antecede al libro. Se trata de si la configuración centralizada del Chile, “¿hunde sus raíces en el período colonial o es producto del proceso iniciado después de su independencia?”. Cuestión que se conecta con el tema más actual de la opción de Chile por una estructura centralizada de Estado, a diferencia de varios sus vecinos sudamericanos. De ahí surge la cuestión de la actualidad del debate sobre la forma de Estado y la demanda de descentralización, que se prolonga por décadas, pero que adquiere vigencia como una de las cuestiones controvertidas, en el contexto del proceso constituyente en desarrollo.

Luego del prólogo a cargo de Marcela Ternavasio, comienza a construirse el relato del libro. Armando Cartes ofrece una excelente introducción -y justificación- de la perspectiva que la obra pretende abordar: cómo la mirada regional aporta al debate historiográfico en el período en cuestión. Resulta muy interesante el ritmo adoptado por Cartes para construir su relato, presentando adecuadamente los argumentos de la mirada regionalista como una opción historiográfica complementaria -y no antagónica- del relato histórico tradicional. Para Cartes, el regionalismo no obedece a una realidad impuesta desde el centro, sino que muy por el contrario, y dando muestras de una independencia conceptual acorde con la ambición de su propuesta, logra desprenderse de dicha categoría para pensar el regionalismo como una realidad precisamente local: la región como una entidad peculiar y particular, que no obstante en diálogo con otras similares a ella, se piensa desde si y para si misma, desprendida de definiciones que la condicionen desde fuera. Lo anterior, por supuesto, siempre teniendo a la vista las imprescindibles interrelaciones que explican la existencia de la región dentro de un esquema nacional, pero no como un apéndice, sino como un capítulo. Su mirada sobre la construcción centralista de los imaginarios políticos decimonónicos, así como su interpretación de las soluciones alternativas que pudiendo haber sido y no fueron -el federalismo entre ellas-, resultan igualmente edificantes de cara a la construcción de un lenguaje que explique el contenido particular de las secciones con las que el libro continúa. Si un error se pudiera achacar al autor, es su pretendido interés por las tensiones entre espacios vitales, políticos y sociales, lo que podría dar a entender malamente una mirada dialéctica de dichas relaciones, cuando en realidad su interés es por los puntos de encuentro y lazos que unen y distinguen las distintas realidades de aquello que llamamos Chile.

Entrando en terreno, continúa el libro con un interesantísimo capítulo dedicado al Norte Grande, de la mano de Sergio González. Un texto que comienza señalando que no pretender ser un texto estrictamente historiográfico, y que logra presentar las peculiaridades propias de dicho territorio con el rigor de un texto que sí lo fuere. Sus menciones a los elementos estructurantes de la identidad nortina, tales como las civilizaciones precolombinas centenarias, el avance y presencia colonial, la vastedad del desierto frente a la fragilidad de los primeros intentos de posesión legal tras las Independencias, para luego continuar con el influjo del comercio y los comerciantes locales, chilenos y extranjeros, presentan al lector con un relato que logra proyectar la grandeza del desierto y las dificultades que su trabajo significa, aun considerando los adelantos tecnológicos que el salitre y el ferrocarril significaron en la conformación de la identidad local. A partir de esos puntos, el autor logra construir paso a paso la figura identitaria local del Pampino o Nortino, definiendo sus rasgos característicos.

Al sur del anterior capítulo, continúa el libro dedicando excelentes líneas al territorio de Atacama. De la mano de los historiadores Joaquín Fernández Abara y Dany Jerez Leiva, se desarrolla un relato amable que explica la construcción de dicha provincia de la mano de Estado y su inevitable influjo -con su rol público hasta cierto punto reaccionario y frágil- frente a los primeros pasos dados por particulares, empresarios mineros y comerciantes. El texto sigue un estricto método, fundamentando bien sus posiciones e interpretaciones, explicando de manera viva las relaciones entre el Estado, las élites locales y el influjo del comercio, orientando dicho relato a la construcción de una identidad pactada entre los distintos actores sociales que lentamente fueron conformando la región. De esa forma, nos presentan la irrupción de la minería y el consecuente avance del comercio y el capitalismo financiero que fueron dando forma a ciertas prácticas económicas, políticas y sociales que derivaron en la conformación de una élite poderosa, que logró trascender del espacio regional para proyectar su influencia a nivel nacional, facilitando el diálogo entre realidades y territorios. Al mismo tiempo, logran con ello romper con la tradición de una élite uniforme, centralista y monolítica, dando cuenta del carácter frágil y diverso de la supuesta élite rectora. No obstante, los autores presentan también la creación de la identidad regional desde clases sociales distintas a la élite, buscando y encontrando en sectores medios y populares los rasgos que definen al atacameño. Finalmente, el rol que cupo a dicho territorio en la Revolución Constituyente de 1859, da cuenta de esas ironías que la historia a veces nos presenta, al mostrar a Atacama y su causa como un espejo de lo que, cinco décadas antes, reclamaba el propio Chile central.

El cuarto capítulo fue escrito por el historiador Alex Ovalle Letelier, y se ocupó de uno de los tres territorios fundantes de Chile: Coquimbo. Su relato gira en torno al problema de la construcción de la identidad chilena y el Estado nacional, siempre desde la mirada regional o local, poniendo el acento en el rol que cupo a las regiones en dicho proceso. La particularidad del capítulo, especialmente en relación con los anteriormente expuestos, radica en el desarrollo histórico político del territorio dentro de la configuración tradicional de Chile, como un territorio o plenamente incorporado en el imaginario tradicional, precisamente por su carácter de provincia fundacional o, usando el acertado término del autor, históricamente principal. De allí se desprenden, en gran medida, las consecuencias que tuvo en ese territorio el ideal centralista proyectado desde Santiago, así como las reacciones que tuvieron lugar en la región. La conformación de la realidad social regional a partir del mestizaje, las divisiones político-jurisdiccionales del régimen colonial, las particularidades de la devoción local, y la economía en base a la agricultura y el mineral, contribuyen fuertemente a la construcción de un territorio con una identidad local firme y característica, manifestada desde temprano en los reclamos de la ciudad ante los avances políticos centralistas de Carrera u O´Higgins. El capítulo muestra como la región -representada por La Serena- mantuvo ese espíritu “pipiolo y liberal” -según la cita que el autor hace de Alberto Edwards-, pero a la vez patriótico y prudente a lo largo de los conflictos internos y externos del Siglo XIX.

El quinto capítulo fue escrito por Eduardo Cavieres y Jaime Vito, y pone su foco en la región más linda de Chile: Valparaíso-Aconcagua. La propuesta de los autores es interesante, ya que mira al territorio desde sus confines hacia el centro: el desarrollo desde Valparaíso y el Pacífico, y desde Aconcagua y la cordillera, con miradas que confluyen hacia el centro de la región. Ello explica la separación temprana del territorio en dos decisiones político-jurisdiccionales, a saber, el corregimiento de Quillota, y el de Valparaíso. Como advierten desde un comienzo, el avance y desarrollo de la región queda en gran medida condicionado por el centralismo metropolitano. El escaso desarrollo sociopolítico del puerto Valparaíso durante la Colonia lo presenta como una creación de las necesidades de Santiago frente al desarrollo del comercio y las exportaciones, no obstante, a partir de esa base crece a una ciudad con particularidades propias, precisamente a raíz de las interrelaciones que el desarrollo mercantil internacional planteó, especialmente con comerciantes ingleses. En contrapunto, Aconcagua destaca por consolidarse tempranamente con una economía y sociedad distinta, sustentada en la agricultura y el surgimiento de una sociedad rural basada en el latifundio y la conformación de élites interrelacionadas con Santiago. Especial acento se pone sobre el desarrollo de las vías de comunicación, considerando la importancia de estas vías para el desarrollo económico del territorio: el camino a Valparaíso, finalmente consolidado, y los caminos interiores, enfrentados a los intereses locales y económicos de los hacendados locales. El consecuente desarrollo económico -modernización monetario financiera- de Valparaíso explica su posterior preminencia frente al resto de la región, y al dominio costeño sobre el interior.

Continúa el capítulo seis de la mano de la historiadora Valentina Verbal Stockmeyer, con un aporte verdaderamente singular: la mirada de Santiago no en cuanto metrópoli, sino en cuanto a provincia. No se trata de una mirada aislada del territorio, sino de cómo la región pensó en si misma e intentó proyectar esos imaginarios a las demás regiones, de la mano del centralismo estatal y el principio del orden. La transición de Santiago de ciudad provincial a principal en cuanto capital del reino, especialmente tras la confirmación de la ciudad como el epicentro político y estatal a partir de la guerra de independencia, no deja indiferente su relación con las demás provincias, espacialmente con las subsecuentes modificaciones al eje capital política y capital militar que tenían respectivamente Santiago y Concepción. Pero como señala la autora, el desarrollo de la provincia capital no sólo se debió a factores externos, sino también a su propio desarrollo interior, de la mano del aumento poblacional y desarrollo económico, y el consecuente magnetismo que ello significa frente a los demás territorios. La historiadora dedica otras líneas al constitucionalismo temprano y sus difíciles decisiones de ponderar adecuadamente orden y libertad, al militarismo surgido precisamente a raíz de dicha transitoria indecisión y al conservadurismo que aplastó el debate político imponiendo el modelo conservador triunfante tras Lircay.

La séptima parte del libro consta de un capítulo escrito por el historiador Juan Cáceres Muñoz, y dedica sus líneas a la provincia de Colchagua. El autor gira su discurso en torno a la identidad geográfica provincial, y la transición de ser un territorio de relevancia provincial, a un desmembramiento paulatino que lo fue dejando disminuido en favor de otros como Rancagua o Talca. La riqueza de sus tierras y valles explicó desde muy temprano que las élites locales no fuesen distintas de las élites de Santiago: eran una misma. El fundo y la hacienda se proyectan como manifestaciones de subsistencia de tiempos lejanos, de libertad señorial para propietarios, y relaciones de fuerte dependencia para peones, campesinos e inquilinos. Esa relación estrecha con Santiago, en palabras del autor, explica el porqué la provincia no tuvo una reacción crítica frente al centralismo santiaguino, el que, por el contrario, debido a un canje a cambio de la conservación de sus intereses y privilegios, respetó y adoptó. El moldeamiento del campesinado, proceso al cual el autor dedica interesantes pasajes de su obra, es a la vez causa y consecuencia de lo anterior, así como la creación de un ciudadano ejemplar, civilizado y cristiano, alineado con los intereses del nuevo orden político.

El octavo capítulo queda en manos del historiador Carlos Zúñiga Polanco, y tiene como preocupación el territorio de Talca, y su paso de territorio intermedio a propiamente provincial, entrada la República. El capítulo es un verdadero esfuerzo -en línea con otros trabajos del mismo autor- por construir un relato provincial que, como el propio Zúñiga advierte en las primeras líneas, ha sido por mucho tiempo postergado. Cosa curiosa, considerando el rol fundamental que al territorio del Maule le correspondió jugar en las luchas por la independencia. Como fuere, el relato del autor gira en torno a la importancia de las élites locales en la construcción de la identidad regional y nacional, como herederos forzosos del antiguo poder real en tiempos de la República. El relato avanza con una pluma ágil desde tiempos coloniales hasta el partido talquino republicano, haciendo las debidas pausas en el reformismo borbónico tardío y su impacto en la creación de nuevas divisiones político-jurisdiccionales, tales como la subdelegación de Curicó. La crisis de la monarquía y los cambios sufridos por Talca y el Maule a partir de 1810 son detalladamente tratados desde la perspectiva de las reacciones que esos hechos generaron en la ambivalencia de las élites en torno a las posturas que fueron tomando. El carácter interprovincial del territorio tuvo su correlato en las lealtades y posturas políticas experimentadas.

Armando Cartes pone su foco, naturalmente, en la provincia de Concepción y la capital del sur. El incansable trabajo de Cartes, desarrollado ya por largos años y enfocado en cada rincón de la vida regional, deja su huella en un texto que es tan general como detallado, y que muestra su cabal y omnicomprensiva visión de Concepción y su territorio provincial. En ese sentido, el título escogido por Cartes es muy apropiado, toda vez que hace girar la narrativa del texto en torno a la importancia de Concepción como la capital militar del sur, contraponiéndola a la capital política que era y es Santiago. Una detallada historia de la provincia da cuenta de los avatares que fueron forjándola, consideraciones que abarcan desde el carácter de sede obispal, sede alternativa y transitoria de gobierno general del reino, plaza efímera de alta justicia, y especialmente, corazón militar de Chile, dado su carácter fronterizo. Es así como Cartes esboza detalladamente los pasos y miradas de la región, tanto desde Concepción como desde Chillán, hoy capital de la joven región de Ñuble. El rol de aquella en el proceso independentista, así como en la posterior construcción política republicana, es detallado y trabajado en profundidad, así como la pervivencia del espíritu liberal, asambleísta y autonomista frente al triunfo del peluconismo conservador y centralizador entronado después de Lircay.

La décima parte del libro corre por cuenta del reconocido y premiado historiador Jorge Pinto Rodríguez, quien dedica sus esfuerzos a la descripción de Concepción y Araucanía dentro del proceso de regionalización del Siglo XIX, y el impacto de la llegada del Estado central en los territorios del sur de la Frontera. El autor comienza con un vívido relato de la situación fronteriza durante la colonia, dando cuenta del frágil equilibrio logrado entre las autoridades coloniales y los araucanos, así como el peligro que para dicho equilibrio significaron tanto las intensiones reformistas de los Borbones como los planes de la república temprana que siguió a la Independencia, con especial énfasis en el decidido apoyo de dicho territorio a la causa realista en rechazo al centralismo santiaguino. La fragilidad de las relaciones del Estado conservador y el pueblo mapuche seguirá siendo un factor determinante en la formación de la identidad regional, y las consecuencias de las políticas adoptadas por aquel serán perceptibles hasta nuestros días. La presión de la colonización, así como el foco puesto en la agricultura y la minería del carbón, fueron incentivos que aceleraron el proceso de incorporación del territorio a la naciente República, con sus aciertos y desaciertos frente a los prejuicios sociales -raciales- existentes. La incorporación definitiva, de la mano del ferrocarril primero, y del capitalismo financiero después, sellaron la conformación de dos macrozonas diferenciadas entre si precisamente por la relación que tenían con el centro del país: Concepción y Araucanía. No obstante, la invitación del autor en torno a considerar los sentimientos como elemento de relevancia histórica resulta inmensamente atractivo.

El capítulo décimo primero trata, grosso modo, sobre lo que hoy conocemos como las regiones de Los Ríos y de Los Lagos. El historiador Hernán Delgado hace un detallado recorrido por el desarrollo y surgimiento de las plazas coloniales de Valdivia y Osorno, así como de la republicana Puerto Montt. En su relato, destaca el surgimiento de intereses locales de la mano del surgimiento de élites políticas y mercantiles, así como la existencia de particularidades financieras --el real situado- que explican la reticencia de dichas plazas frente al proceso de Independencia, mientras que el autor invita a reflexionar sobre el verdadero sentido que existe en esos territorios ¿Incorporación o creación?

Ya acercándonos a la parte más austral del país, el capítulo dedicado a Chiloé se encarga al historiador Tomás Catepillán Tessi. Como señala Armando Cartes en el primer capítulo de la obra reseñada, Chiloé tiene la particularidad de que, pensada en perspectiva, quizá debiese ser comprendida como la cuarta provincia tradicional de Chile, a pesar de sus estrechos vínculos con el virreinato, razón que explicaría su omisión como provincia original. Sin embargo, el autor del capítulo no ceja en señalar que Chiloé era “un país aparte de lo que se conocía como Chile, y, por lo mismo, pudo haber sido hoy un país aparte del actual Chile”. En consecuencia, el rol del territorio en el proceso de construcción del Estado nacional chileno fue, en palabras del propio autor, marginal. Pese a ello, el proceso de chilenización de este ofrece una serie de ventajas para el estudio del proceso desde esa particular perspectiva local, cuestión que exitosamente logra Catepillán, a través de un relato de contrastes con Santiago, el país del Mapocho. El crecimiento de la burocracia, los subsidios y la pérdida de autonomía, son consecuencias de ese relato.

Finalmente, la zona de Magallanes se aborda en el último capítulo temático del libro, quedando como autor encargado el reconocido abogado e historiador Mateo Martinic. Remonta su relato hacia los primeros títulos de ocupación del territorio de la mano de Pedro de Valdivia y sus tenientes y continuadores, para entrar de lleno en las dificultades de ocupación efectiva y poblamiento por parte del naciente gobierno de Chile. El impulso dado por el comandante Oscar Viel, y el consecuente progreso logrado a partir del buen gobierno de aquel, dieron un impulso propio a la región, la cual, en palabras de Martinic, la caracterizaron como un “caso atípico por su origen histórico tardío, respecto del propio de la República”. Así, la conciencia de pertenencia de aquel alejado territorio, será en definitiva el fruto de la coyuntura, que, a través de la importancia de su ubicación estratégica, irá tomando el resto del país.

Las cerca de quinientas páginas en las que se desarrolla la obra, mantienen al lector en un estado de alerta e interés que permiten la fácil comprensión de sus contenidos, logrando, desde la perspectiva regional, una visión general realmente novedosa. A través de un ritmo ágil, con capítulos excelentemente logrados, la lectura se hace amable, además de amenizada permanentemente a través de bellas ilustraciones tomadas de lo registros gráficos decimonónicos.

Cuando un pintor se enfrenta a la realidad, debe hacerse cargo del problema de la interpretación artística de la misma. Si bien el realismo ha sido una de las tendencias del arte, hasta el más esmerado cultor de dicha tendencia no ha podido evitar que su obra sea una interpretación propia. Si se tratase de una mera reproducción del paisaje, quizá la pintura no sería el medio más acorde al fin. La originalidad de la obra depende entonces en gran medida en la capacidad de representar, con una mirada original, la visión del artista. El libro que Armando Cartes dirige y nos ofrece tiene esa gracia que lo caracteriza: paso a paso lanza sobre el lienzo trazos que van dando forma a un relato original, con capítulos coherentes y esmeradamente trabajados, que logran irradiar la pasión o encanto que los autores sienten por sus respectivos espacios y terruños.

A esos detallados trazos, se suma la organización detallada y esmerada que el editor ha hecho, presentando un trabajo que desarrolla los espacios regionales siguiendo su posición en relación con el eje magnético, en una coherencia pulcramente lograda. La obra en cuestión, sin duda, dará que hablar.

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