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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.30 Valparaíso  2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552008000100028 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos XXX, 2008, pp. 590 - 598

BIBLIOGRAFÍA

CONCHA CONTRERAS, María Inés, La sede episcopal de Santiago de Chile a mediados del siglo XIX: aspectos de la vida cristiana a través de las visitas pastorales (Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, 2007), 277 págs.


El canon 396 del Código de Derecho Canónico en actual vigencia dispone en su parágrafo 1° que: “el obispo tiene la obligación de visitar la diócesis cada año total o parcialmente de modo que al menos cada cinco años visite la diócesis entera, personalmente o, si se encuentra legítimamente impedido, por medio del obispo coadjutor, o del auxiliar, o del vicario general o episcopal, o de otro presbítero”. En esta visita, añade el parágrafo 2°: “puede el obispo elegir a los clérigos que desee, para que le acompañen y ayuden en la visita, quedando reprobado cualquier privilegio o costumbre en contra”. El Código de Derecho Canónico en esta materia se hace continuador del Código de Derecho Canónico de 1917 que en el canon 343 describía los objetivos de la visita con estas palabras: “para conservar la doctrina sana y ortodoxa, mantener las buenas costumbres, corregir las malas, promover la paz, la inocencia, la piedad y disciplina en el pueblo y en el clero, y ordenar todo aquello que, según las circunstancias, redunde en bien de la religión”.

La visita pastoral es una de las instituciones más antiguas de la Iglesia, cuyos orígenes se remontan a los tiempos apostólicos y que se recoge abundantemente en las fuentes cristianas. Es por lo que, a los inicios del segundo milenio, el Decreto de Graciano, escrito hacia el año 1140, presenta la síntesis general de la legislación canónica que se había desarrollado hasta el siglo XII, afirmando que el obispo ha de visitar por sí mismo la diócesis, a ser posible cada año, siendo el objeto de la visita los clérigos y demás fieles, debiendo informarse del estado de vida, y también los edificios, principalmente las iglesias. Al siglo siguiente, al más importante texto canónico del segundo milenio, esto es, las Decretales del papa Gregorio IX, promulgada en 1234, vuelve ampliamente sobre el tema y lo mismo hará el Concilio de Trento a mediados del siglo XVI, confirmando ampliamente la legislación precedente, insistiendo en la obligación de los obispos de visitar cada año su diócesis, personalmente o a través del vicario general o de otro visitador en caso de legítimo impedimento; y si la diócesis era muy extensa, el primer año debía visitarse la mayor parte de ella, dejando el resto para el año siguiente.

Fue la disciplina tridentina la que pasó a América, donde las normas canónicas criollas se encargaron de impulsarla; así, en lo que a Chile respecta, el tercer concilio limense, convocado por santo Toribio de Mogrovejo, amonestaba encarecidamente a los obispos a practicar por sí mismos la visita, previniéndoles que si se hallaren obligados a nombrar visitadores a causa de la excesiva latitud de su diócesis, tuvieren especial cuidado de escoger varones íntegros y probados a quienes se les pudiere encomendar idóneamente la visita (Act. 3, cap. 1). Pero no era sólo la legislación canónica la que obligaba al obispo a llevar adelante esta tarea, pues la legislación real, consecuente con la idea de Estado misionero que la inspiraba, recomendaba con graves palabras a los obispos y arzobispos en la Recopilación de Leyes de Indias (Rec. Ind. 1, 8, 5) la observancia del decreto del Tridentino, y llegaba incluso a permitir que: “nuestros virreyes juntamente con las audiencias en que presidieren puedan dar provisiones de ruego y encargo para que los prelados de sus distritos visiten sus obispados” (Rec. Ind. 2, 15, 147).

Es por lo que, producida que fue la independencia y la Iglesia en Chile alcanza una nueva configuración, los prelados que la dirigieron asumieron la obligación que desde siempre habían tenido los prelados chilenos: la de visitar sus diócesis. Este es el marco en el que se desarrolla el presente libro, pues en él su autora toma como punto de partida para su investigación, las visitas pastorales hechas a la recién creada arquidiócesis de Santiago por sus dos primeros arzobispos, don Manuel Vicuña Larraín y don Rafael Valentín Valdivieso Zañartu.

Don Manuel Vicuña entró a gobernar la iglesia de Santiago como su vigésimo segundo obispo, el año 1832, sucediendo a don Santiago Rodríguez Zorrilla el último obispo del período indiano que tuvo notables dificultades con los gobiernos patriotas, precisamente, por su notoria adhesión al rey de España. Cuando el obispado de Santiago fue elevado al rango de arzobispado en 1840 por el papa Gregorio XVI, el mismo pontífice lo nombró su primer arzobispo, gobernando la nueva arquidiócesis hasta 1843 año en que falleció, precisamente en este puerto de Valparaíso. Le sucedió al frente de la sede santiaguina don Rafael Valentín Valdivieso Zañartu, quien la gobernó desde 1847 hasta 1878 año de su fallecimiento.

Ambos arzobispos rigieron la Iglesia santiaguina en momentos en que el país consolidaba su independencia, primero, y su vida institucional, después. Pero, al mismo tiempo, les cupo la tarea de consolidar la Iglesia santiaguina y, por lo mismo, en buena parte la Iglesia chilena, en los primeros decenios de vida independiente. De esta manera, el marco histórico en que ambos realizaron sus tareas y sus visitas a la diócesis, es el de los años de consolidación institucional en Chile. De hecho, al año siguiente de que Manuel Vicuña fuera nombrado obispo de Santiago, fue promulgada la Constitución Política de 1833, carta que estaba llamada a tener una de las más largas vigencias en las tres Américas, siendo sustituida recién en 1925. Es con este contexto histórico con el que se inicia el libro que nos reúne hoy, pues el capítulo primero está dedicado a mostrar la realidad del país hacia mediados del siglo XIX. Ese contexto por el que discurren las relaciones entre la Iglesia y el Estado, aparte de las noticias generales del país por esos años, está signado por el patronato, la creación de la Universidad de Chile y la Academia de Ciencias Sagradas, y la creciente tensión entre las autoridades civiles y religiosas, celosas aquéllas de cuidar el patronato que se habían auto-concedido y conscientes éstas, del abuso que tal patronato significaba. Un momento importante de esas tensiones se vivió durante el episcopado de Rafael Valentín Valdivieso, cuando un acontecimiento que por su escasa envergadura estaba llamado al olvido, se convirtió en la piedra de toque que encendería los ánimos, dividiría a Chile en dos bandos y daría inicio a los partidos políticos, me refiero a la llamada cuestión del sacristán.

Durante el episcopado de ambos prelados, el país se dio leyes importantes. La de mayor envergadura fue el Código Civil, promulgado a finales de 1855, del cual Valdivieso, en carta al obispo de Concepción, le decía que su lectura “me ha hecho formar juicio de que en lo relativo a la religión y a la Iglesia descansa en sólidos principios, pero que se resciente de las prevenciones del siglo en la aplicación de esos mismos principios”. Otra ley importante fue la conversión del diezmo en un tributo cuyo cobro correspondería al Estado y cuyo producto sería destinado a la Iglesia, origen del impuesto de contribuciones territoriales y que desde el primer momento de su existencia el Estado administró como quiso. Pero quizá la más trabajosa y enojosa fue la ley de organización y atribuciones de los tribunales, del año 1875, precedente inmediato del actual Código Orgánico de Tribunales aprobada tras agobiantes gestiones llevadas adelante por Rafael Valentín Valdivieso, en las que puso en juego toda su personalidad de pastor batallador y a la misma Santa Sede. Dicha ley supuso la pérdida del fuero de los eclesiásticos, por una parte, quienes, a partir de ese momento, pudieron ser juzgados por los tribunales del Estado por los delitos cometidos; pero supuso el término también de los recursos de fuerza, medio procesal que permitía a los tribunales estatales inmiscuirse en las decisiones adoptadas por los tribunales de la Iglesia en uso de su competencia exclusiva.

Llama la atención, cuando uno lee estas primeras páginas del libro, el extenso manejo bibliográfico que hace la autora, de manera que prácticamente toda la literatura chilena y extranjera referida a la época, tanto de historia de Chile como de historia de la Iglesia e, incluso, de historia del derecho, y hasta la literatura costumbrista está recogida en las notas que, con abundancia, se encuentran a los pies de cada página. Y no sólo literatura, pues se vio la autora obligada también a consultar otras fuentes como las visitas ad limina. Esto entrañaba una dificultad, la elección de los temas que debían abordarse, porque se trataba sólo del capítulo inicial e introductoria, dificultad que supo sortear con maestría, eligiendo aquellos aspectos que resultaban centrales para el desarrollo de los siguientes capítulos. La síntesis de estas primeras páginas la hace la profesora Concha con las siguientes palabras: “la articulación entre ambos poderes se dio mediante un proceso en el cual podemos reconocer dos momentos. El primero, caracterizado por una mutua cooperación, según los postulados de la ilustración católica. Sin embargo, los hechos y reacciones van configurando el tránsito desde esa sociedad hasta el establecimiento de una sociedad con una fisonomía de carácter laico; proceso que se configura por el sostenido desarrollo de las posiciones emergentes; el segundo momento. Desde el punto de vista político, con la primacía de la corriente liberal y el régimen parlamentario y desde la perspectiva eclesial con la reacción ultramontana frente a las tendencias anticlericales. Durante el gobierno de monseñor Vicuña se reconoce la situación del primer momento, como se observa en algunos documentos relativos a la visita pastoral. El segundo momento del proceso será el escenario de la acción de monseñor Valdivieso” (pp. 59-60).

Es en este marco histórico en el que se llevan adelante las visitas de estos dos prelados santiaguinos y a la descripción de ellas se dedica el capítulo segundo de este libro. Don Manuel Vicuña Larraín inició la visita pastoral a la diócesis en 1833; hacía treinta y cinco años que un obispo no la realizaba personalmente. Y la hizo en dos etapas debido a la extensión de la diócesis y a las condiciones climáticas. Según la división administrativa del Estado de Chile, la diócesis de Santiago comprendía, de norte a sur, las provincias de Copiapó, Aconcagua, Santiago, Colchagua y Talca. La primera etapa de la visita comprendió la parte meridional de la provincia de Santiago y las provincias de Colchagua y Talca, ocupando en ella cinco meses, desde diciembre de 1833 hasta abril de 1834. Por su parte la visita episcopal al norte de la diócesis, zona de mejores condiciones climáticas en la estación invernal, la efectuó entre febrero y octubre de 1838, ocupando ocho meses en recorrer la parte norte de la provincia de Santiago y la provincia de Aconcagua. Precisamente estaba en Putaendo, cuando comunicó que no visitaría personalmente la provincia de Copiapó, la que fue visitada por un grupo de sacerdotes que, bajo la dirección del entonces presbítero Rafael Valentín Valdivieso, se habían ofrecido voluntariamente para ir a misionar en dicha zona. Mientras Manuel Vicuña recorría esas tierras de su arzobispado, en Italia, Gaetano Donizetti terminaba de componer su ópera Lucrecia Borgia; en Francia, Honoré de Balzac publicaba su Papá Goriot; y en Inglaterra, el físico Miguel Faraday enunciaba la ley de la electrolisis, y Charles Dickens publicaba su famosa novela Oliver Twist.

Desde el comienzo de su gobierno en 1845, Rafael Valentín Valdivieso se abocó a organizar la arquidiócesis, por lo que sólo inició la visita pastoral en 1853. Fue realizada en cinco etapas, veinte años después de la efectuada por su antecesor y luego de ocho años de gobierno episcopal; desde diciembre de 1853 y durante los tres años siguientes, entre los meses de diciembre y marzo, visitó la zona central y sur de la arquidiócesis, en tanto que en febrero de 1857 visitó las parroquias de Valparaíso, por esos años sólo dos, La Matriz y los Doce Apóstoles, parroquia esta última que era visitada por primera vez. Los últimos meses de ese año los ocupó en visitar el resto de las parroquias del centro. Algunos años después, en 1863 se hizo la visita a las parroquias de Santiago. Empero, no se contentó Valdivieso con la visita personal, sino que quiso averiguar si se cumplían las normas que él había dado durante la misma, razón por la que, en otras dos ocasiones, visitadores enviados por él recorrieron todas las parroquias de la zona norte y sur. Cuando Valdivieso dio inicio a su visita, ese mismo año se terminaba la línea férrea que unía Viena y Trieste, primera en atravesar los Alpes, en Italia, Giuseppe Verdi escribía sus bellas óperas La Traviata e Il trovatore, y algunos meses después, en Canadá, el geólogo Abraham Gesner obtenía por primera vez kerosene a partir de la destilación del petróleo.

Sin embargo, no todo le resultaría fácil al batallador Valdivieso. En el edicto con el que convocó la visita de 1853, se puede leer la siguiente frase: “a todos universalmente ordenamos, bajo pena a nuestro arbitrio, a más de las que dispone el derecho, que hagan ante Nos o ante nuestros co-visitadores, la denuncia de lo que por hecho o palabra sean sospechosos de herejía, excomulgados o que de alguna manera perviertan las costumbres, exhortando y rogando en el Señor a todo aquél que tuviese que comunicarnos en cualquier asunto, se desnude de toda pasión y mire en lo que hace únicamente a la gloria de Dios”. Curiosamente, en la ciudad de Copiapó, ubicada a 810 kilómetros al norte de Santiago, en la diócesis de La Serena y, por lo mismo, no sujeta a la visita del arzobispo de Santiago, esta frase les llegó al corazón y no precisamente para encenderlo en celo apostólico. En las páginas del El Copiapino, un diario liberal de esa ciudad, apareció un extenso artículo en el que, entre otras linduras se lee lo que sigue: “otras veces hemos dicho que desde nuestra vieja capital no nos vienen sino miserias; pero la que nos ha traído el último vapor es tan grande que nos ha espantado. Antes se trataba de sostener los procederes díscolos de ciertos curas, de sujetar la educación popular a una total influencia eclesiástica, pero ahora la primera autoridad de la iglesia chilena envalentonada sin duda con el sufrimiento estoico de nuestros hombres de Estado, ha arrojado la máscara y trata nada menos de encender las llamas inquisitoriales en medio del siglo XIX: quiere volver a los dichos tiempos de los Torquemadas… Ya sabíamos que el Sanedrín farisaico que rodea al jefe espiritual de Santiago es una especie de logia jesuítica, en la que bajo el más estricto sigilo se dispone de los empleos y dignidades de la Iglesia, se extienden las redes ocultas de los influjos y se pretende enfrentar aún el poder supremo. Pero ahora esa misteriosa influencia quiere extender su pestífero predominio aún en las más remotas provincias. Parece que el principal objeto de la visita es levantar una estadística heretical para medir la preponderancia jesuítica. [...]. No, Copiapó jamás permitirá que las inmundas plantas de los modernos Torquemadas manchen su libre suelo. Bien lo conocen los actuales fariseos con dirigirse a los pueblos de los campos del sur, cuya civilización está atrasada al menos en un siglo. Allí pueden campear a su gusto y llenarse de chismes, sin cuya atmósfera no pueden respirar esos miserables insectos [...]”.

El marco en que se desarrollaba el suceso era la celebración de la fiesta de Navidad de 1853, ocasión en que la ciudad de Copiapó concentraba una alta cantidad flotante, habitantes provenientes de los sectores mineros aledaños al desierto de Atacama y de las quebradas de la cordillera andina. Al mismo tiempo se encontraba gran número de extranjeros y algunos padres misioneros jesuitas llegados de Santiago para realizar misiones en la zona por esa fecha. Precisamente, fueron ellos los que, inocentemente, habían dado a conocer el edicto de la visita que iniciaba Rafael Valdivieso. El 24 de diciembre se propagó con asombrosa rapidez el rumor de que los jesuitas habían ido para excitar al pueblo contra los extranjeros, sobre todo contra los protestantes y judíos, para expulsarlos de la provincia y del país. Al mediodía se colocó en las puertas de las iglesias y en todas las esquinas de la ciudad el edicto del arzobispo del que, además, se repartieron miles de ejemplares. Poco después del mediodía apareció de nuevo El Copiapino que invitaba para el día siguiente a las 6 de la tarde a la estación de ferrocarriles para quemar públicamente el edicto “como testimonio solemne de reprobación y de que Copiapó no consciente ni consentirá jamás que en su seno se abran las hogueras del Santo Oficio”. La reacción de los vecinos fue inmediata, no esperaron al día siguiente, sino que se dieron a la tarea de arrancar los ejemplares del edicto que estaban pegados en iglesias y paredes para pisotearlos y escupirlos. Según un improvisado orador del acto de pública quema del edicto que se celebró al día siguiente “dos épocas gloriosas ha tenido Chile: la de nuestra emancipación política verificada el año diez, en que por la razón o la fuerza se elevó al rango de una nación libre e independiente, y el 25 de diciembre de 1853, en que el pueblo en masa protestó contra los principios de espionaje elevados a máximas religiosas. En este día ha proclamado altamente su emancipación de toda influencia jesuítica, de todo principio retrógrado”.

Las repercusiones de este acto se dejaron sentir en Valparaíso, ciudad que sí quedaba comprendida en la visita arzobispal, pues en el periódico El Aviso del 31 de diciembre de ese 1853, se hacía la siguiente invitación: “considerando como dicen oportunamente nuestros compatriotas los copiapinos, que el edicto arzobispal fomentando la delación hiere de muerte el buen sentido, la civilización y la gloria del Señor, cuya majestad se invoca hipócritamente, siendo por otra parte tal edicto antisocial, inhumano y bárbaro, se invita universalmente a las personas de sano corazón, concurran el domingo 1 de enero, a la una de la tarde… a un meeting general, en donde se discutirá y condenará públicamente el mencionado edicto, como testimonio solemne de reprobación, para probar también que Valparaíso no consiente ni consentirá jamás que en su seno se fomente la delación y se abran las hogueras del Santo Oficio”. La invitación la firmaban “unos chilenos”, pero el acto no se pudo celebrar porque la autoridad civil no lo permitió.

Cuando ocurría todo este ruido, el arzobispo ya había salido de Santiago iniciando la visita, y a su regreso, según La Revista Católica, la entrada del arzobispo fue “verdaderamente espléndida”. Como el mismo prelado lo dijo: “la gritería de los enemigos de la Iglesia es para mí una buena señal y tan lejos de arrepentirme de mi edicto de visita, me alegra de haberlo expedido cuando veía que el espíritu del mal se alarmaba por él”.

Llegados a esta altura, preciso es hacer un breve paréntesis. Con ocasión de celebrarse el año 2005 los primeros cincuenta años de vida del Pontificio Comité de Ciencias Históricas, se puso de relieve (Paolo Prodi) el fuerte cambio que se ha producido en la historiografía de la Iglesia, pasándose de una ‘historia eclesiástica’ a una ‘historia del pueblo cristiano’, con la consecuente emergencia de nuevos aspectos como los sociológicos y los antropológicos. Así, desde hace unos decenios, la historiografía eclesiástica, sin descuidar los temas clásicos e institucionales, como el papado, la jerarquía, las relaciones Iglesia-Estado, ha vuelto su atención a la vida concreta del pueblo de Dios, antes descuidada. Y una de las fuentes de especial interés para hacer esa historia del pueblo de Dios es, precisamente, la documentación acumulada con ocasión de las visitas pastorales. Es por lo que la autora, aprovechando el rico material consultado, ha abordado, en los dos capítulos siguientes, la tarea de mostrar la realidad del arzobispado santiaguino a mediados del siglo XIX, con todas las luces y sombras que emergen de las visitas efectuadas al mismo.

Este manejo de la información y documentos producidos con ocasión de las visitas pastorales, tiene, a su vez, una segunda consecuencia. El derecho canónico, esto es, el derecho propio de la Iglesia católica, tiene dos grandes legisladores, a quienes, por derecho divino, corresponde la tarea de dar leyes en la Iglesia. El primero, a nivel universal, es el Romano Pontífice. El segundo, a nivel de iglesia particular, es el obispo diocesano. Lo recuerda, respecto de este último, el canon 391 del actual Codex, que en su parágrafo 1° afirma que: “corresponde al obispo diocesano gobernar la iglesia particular que le está encomendada con potestad legislativa, ejecutiva y judicial, a tenor del derecho”. Pues bien, uno de los momentos de producción de esas normas es la visita pastoral hecha a las diócesis, ocasión en la que el prelado ha de dictar las normas que estima conducentes para encausar el actuar de las parroquias. En consecuencia, con el estudio de las visitas no sólo se conoce la vida de las parroquias y del pueblo fiel que se santifica en ellas, sino también el derecho canónico particular producido para regir en ellas.

A la luz de lo anterior, el capítulo tercero de este libro está dedicado a estudiar la actividad pastoral en las parroquias visitadas. La primera preocupación de los párrocos y, por lo mismo, de la visita, era la instrucción catequética, cuyo núcleo permanente estaba dado por la catequesis ordinaria general realizada en el templo, a la que debían asistir todos los fieles del lugar en los días de precepto, a cargo del párroco, con lo que quedaba estrechamente unida a la celebración eucarística y a la predicación en un contexto comunitario. Sería la modalidad que permaneció casi invariable a lo largo del siglo XIX. La modalidad era la de preguntas y respuestas memorizadas. La instrucción catequística en los curatos de campo, en cambio, era un problema ya que en Chile en general y en la arquidiócesis de Santiago en particular la mayoría de la población se encontraba en las zonas rurales, problema que se hacía mayor por la escasa existencia de escuelas de primeras letras, las que fueron en aumento en la medida que avanzaba el siglo. Tanto Vicuña como Valdivieso encargaban con especial preocupación a los párrocos valerse de todos los medios que tuviesen a su alcance para que en las escuelas se enseñara “con pureza la doctrina cristiana y se usaran libros que no dañasen a los niños”. Como para dicha enseñanza era menester contar con el apoyo literario respectivo, llama la atención la diversidad de catecismos existentes en la época a los que la autora dedica numerosas páginas. Se trata de un aspecto del todo interesante en la historia de la Iglesia en Chile, que no me parece que haya tenido hasta ahora la debida atención.

La pastoral sacramental es otro de los temas que se aborda en este capítulo tercero, como también uno de los medios que era de amplio uso en la pastoral de la época, los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, recogidos en un librito que ha salvado más almas que letras impresas tiene. Aunque los jesuitas habían sido expulsados de Chile hacia los finales del período indiano, la práctica de los ejercicios ignacianos no se había suspendido, siendo el propio obispo Vicuña director de los mismos, pues sentía por ellos una gran admiración. No es de extrañar, así, que en 1831 informara al papa Gregorio XVI que “el pueblo de Santiago, a despecho de los esfuerzos con que ha trabajado la impiedad como ha sucedido en todas partes por corromperlo, no ha podido conseguirlo, y en general se mantiene siempre religioso, Débese esto según mi parecer a la frecuencia de los ejercicios de san Ignacio que se dan sin interrupción en dos casas a esto destinadas, una llamada de Santa Rosa y la otra de San José. Es indudable el fervor de la gente por este retiro y no bajan de tres mil las personas que durante el año se recogen a practicarlo con aprovechamiento manifiesto de sus almas”. El capítulo termina con algunas páginas dedicadas a las cofradías, entre las que ocupaba un lugar destacado la archicofradía del Santísimo Sacramento, y concluye con la celebración del Corpus Christi, fiesta cuyo centro era la procesión que recorría las calles principales de las ciudades, con altares especialmente preparados al efecto, páginas que me hicieron evocar mis años de infancia cuando con mis compañeros de colegio participábamos en la confección de uno de los altares ante los que se detenían los fieles con el obispo a la cabeza que, bajo palio, portaba la custodia con el Cuerpo del Señor.

El capítulo cuarto y último de este libro es una mirada a la vida de la feligresía a partir de las noticias que proporcionan las visitas de estos dos prelados santiaguinos. Lo primero que atrae la atención de la autora son las fiestas religiosas que por aquellos años no sólo representaban un momento de sociabilidad religiosa sino también de sociabilidad profana, existiendo una directa relación entre las fiestas religiosas y la diversión, particularmente en el estamento popular asalariado, lo que era posible debido a que esos días eran feriados. Pero esto entrañaba el peligro de que lo humano muchas veces hiciera olvidar lo divino, de donde el primer cuidado pastoral del párroco era que todos los fieles viviesen de acuerdo a lo que les convenía según su dignidad, esto es, en palabras del arzobispo Vicuña: “hijos de la Iglesia católica e individuos de una república distinguida por su celo y adhesión a la religión de Jesucristo”. Y como esto se traducía en una función social y, por lo mismo, en una función cooperadora de la misión del Estado, por esos años era notorio el aprecio de las autoridades estatales por la labor que el párroco podía realizar tendiente a mejorar las costumbres del pueblo. Por ejemplo, el ministro de culto don Mariano Egaña, en su memoria anual del año 1839 destacaba que “apenas podrá concebirse ministerio más importante y de cuyo beneficio deriven mayores beneficios a los fieles que en el parroquial”. Y el propio presidente de la república, Manuel Montt señalaba que “el servicio parroquial es el terreno en que la religión afecta más directamente la moral pública, abrazando los intereses más caros de la sociedad e influyendo de un modo poderoso en la condición del pueblo, como encargado de guiar sus pasos, corregir sus vicios y aliviar sus sufrimientos. De ahí –añadía– el interés que ha merecido siempre la mejora del servicio parroquial”.

El principal escollo, sin embargo, eran las chinganas, donde se ponía en peligro la moralidad del pueblo, y que La Revista Católica calificaba de “un azote funesto de la moralidad del bajo pueblo de la sociedad”, “germen de corrupción que cundía como gangrena”, “productoras de frutos de muerte en la clase proletaria”, “una fuente impura de vicios”, “influencia maléfica que marchitaba el verdor y lozanía de la juventud”. Es por lo que Valdivieso encargaba a los párrocos de Santiago, en una solución muy decimonónica, “a fin de evitar en lo posible las fiestas resultadas de las diversiones peligrosas a que se entregan las gentes del pueblo en los días festivos, encargamos al párroco que procure en dichos días fomentar distribuciones piadosas con atractivos cantos sagrados y otros de este género”. Los resultados, como fácilmente se podrá deducir, no fueron precisamente los mejores.

La moralidad en torno al matrimonio es otra de las preocupaciones que aflora con fuerza en las visitas. Valdivieso critica el “sensualismo refinado” que a su juicio deja paso “a las pasiones vergonzosas que esclavizan el espíritu”. Cuestiona también a los padres de familia por su “estúpida confianza” que desconocía los peligros de una educación libre y descuidada, y advertía que no había nada “menos consistente que los matrimonios formados por necesidad”. Había, empero, una realidad que no se podía desconocer, la de los amancebamientos, realidad en la que incidía con no menor importancia la situación económica de la clase menos favorecida y los derechos parroquiales que debían pagar los contrayentes. La solución no era fácil porque, por una parte, de esos derechos era de lo que vivían los párrocos y, por otra, tampoco se trataba sin más de invitarlos a la celebración del sacramento, al punto que Valdivieso entendía que una manera de evitar los concubinatos era quitar a los concubinos toda esperanza de apoyo de parte de la autoridad para lograr más fácilmente el enlace. Con todo el mismo arzobispo autorizó la Sociedad San Francisco de Regis, iniciativa de una dama santiaguina, cuya finalidad era legitimar las uniones ilícitas para lo cual proporcionaba los recursos pecuniarios indispensables para la celebración del sacramento del matrimonio. Las memorias anuales de la Sociedad muestran que sólo en Santiago, la Sociedad facilitaba la realización de 600 matrimonios anuales.

Antes, el arzobispo Vicuña se había enfrentado al problema del matrimonio de chilenas con extranjeros, disponiendo al respecto que los párrocos no celebraran dichos matrimonios, debiendo antes obtener autorización del arzobispo, diligencia que había que realizar aun cuando no hubiera necesidad de dispensar algún impedimento; el objeto de la misma era comprobar con seguridad la soltería del contrayente y sólo luego de dicha diligencia y autorización se podía celebrar el matrimonio. El mismo problema y la misma solución forma parte hoy del derecho universal de la Iglesia, cuando el Código canónico exige la misma autorización para el matrimonio de quienes no tienen ni domicilio ni cuasidomicilio conocido (canon 1071 N° 1).

Las últimas páginas de este último capítulo están dedicadas a la situación económica y administrativa de las parroquias, al clero secular en las parroquias durante el gobierno del arzobispo Valdivieso y, como no, en un libro escrito por una académica, a hacer un esbozo de la presencia femenina en la pastoral arquidiocesana, que, lejos de dar signos de debilidad, colaboró desde su propio estado en la tarea pastoral de la jerarquía, desempeñando un papel activo e importante en la pastoral catequética, en la pastoral educacional y en la pastoral asistencial de la arquidiócesis.

Al final de este libro, la bibliografía consultada ocupa varias páginas, como numerosas son también las páginas que ocupan los doce anexos con que se ilustra y complementa esta obra, la primera de su autora y, esperamos, que no la última. Si a esto agregamos la hermosa y cuidada presentación del libro, el resultado es una obra que, inserta en las modernas corrientes de la historiografía de la Iglesia, ofrece una información rica y rigurosa sobre un siglo y sobre aspectos de la vida de la Iglesia que han sido ampliamente preteridos. La autora, empero, no ha pretendido sólo reproducir lo que dicen las fuentes para reconstruir asépticamente una realidad que fue y que ya no es, sino que es posible advertir en estas páginas una permanente visión crítica a las fuentes y a lo que ellas dicen, crítica que, sin embargo se hace dentro de una mirada respetuosa a la jerarquía lo que, lamentablemente, no siempre se encuentra en la literatura histórico religiosa actual.

Me parece adecuado destacar, además, el momento en que este libro ve la luz, signado por dos acontecimientos diversos: el primero, un renacer de los estudios y de las investigaciones sobre historia de la Iglesia y, en un ámbito más amplio, sobre historia religiosa en nuestra patria. El segundo, la proximidad del bicentenario que está haciéndonos mirar nuestro pasado republicano para, desde ese pasado, comprender nuestro presente y proyectarnos con fuerza hacia el futuro. Estas páginas ofrecen un modelo a seguir y que, es de esperar, otros sigan. El resultado va a mostrar una Iglesia viva, una iglesia que siente, una iglesia que sufre y una iglesia que se santifica.

Carlos Salinas Araneda
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

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