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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.24 Valparaíso  2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552002002400016 

Escudero López, José Antonio, Felipe II: el rey en el despacho (Madrid, 2002), 140 págs.

El 3 de marzo de 2002 tuvo lugar en Madrid, en la sede de la Real Academia de la Historia, la recepción pública como miembro de número de José Antonio Escudero López, que fue contestada por el académico y catedrático jubilado de Historia contemporánea Miguel Artola Gallego.

José A. Escudero es catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y antes lo ha sido de las Facultades de Derecho de San Sebastián, Alcalá de Henares y Complutense de Madrid, combinando su actividad científica y docente con cargos de responsabilidad política y de representación en el Senado español y en el Parlamento Europeo, primero por la Unión del Centro Democrático, luego por el Centro Democrático y Social y más tarde por el Partido Popular. Desde hace tres años vive ya entregado completamente a la Universidad y a la investigación. Escudero cuenta con una producción muy significativa de Historia de las instituciones políticas y administrativas de la España moderna y se ha introducido con brillantez en el siglo XIX. Sin embargo, el pasado siglo XX _el de mayores encantos historiográficos_ no ha logrado despertar demasiado interés ni en él ni entre sus discípulos. Estos últimos, en cantidad realmente notable, le han permitido crear la escuela más numerosa e influyente, a la vez que científicamente más sólida, que ha habido hasta ahora en España de Historia del Derecho y de las Instituciones, notablemente superior a cualquier otra desde que en 1883 adquirió carta de naturaleza definitiva (ya la había tenido parcialmente con anterioridad) la asignatura de Historia General del Derecho Español. No obstante, hacemos la salvedad de que la escuela del tristemente desaparecido José Martínez Gijón (1932 - 1997) tiene mayor calado jurídico que la de Escudero y se ha dedicado a problemas, fenómenos e instituciones nuclearmente jurídicos, a pesar de que no falten entre los seguidores del otrora catedrático de la Hispalense elementos atípicos y discordantes (también incordiantes), que se presentan como perspicaces y que tratan de introducir _con resultado tan variable como poco firme_ metodologías extrañas al mundo del Derecho. Ciertamente, no sólo ha creado J. A. Escudero un batallón metodológicamente disciplinado y bien pertrechado de facultades intelectivas, donde no hay cantamañas ni mujeres fantasiosas y faramalleras, sino que él mismo se ha convertido en el segundo historiador español de las Instituciones políticas más importantes de todos los tiempos tras Claudio Sánchez Albornoz (1893 - 1984), al que puede llegar a superar si se mantiene como éste hasta los ochenta y muchos años con su actual ritmo de producción intelectual.

El texto del libro que recoge su discurso de pública recepción es fiel reflejo de lo que allí, en Madrid, pudimos escuchar algunos. Brillante, pausado y estudiado el Discurso, con siete interrupciones para apurar un sorbo de agua, con el simbolismo propio del número siete, la suma del tres y el cuatro, la Trinidad (Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo) y los cuatro elementos de la naturaleza de la tradición filosófica griega (tierra, aire, agua y fuego). Pero a la vez una exposición clara y amena, que pudiera ser seguida incluso por los más torpes, de los cuales no había ninguno que nos conste en el acto. Manifestó J. A. Escudero su agradecimiento a quienes dentro de la Academia habían patrocinado su candidatura para substituir al americanista Demetrio Ramos Pérez; tuvo un recuerdo para Francisco Tomás y Valiente y se detuvo en tres personas que despertaron en él su vocación por la Historia y por la Historia de las Instituciones en particular, Rosalía Pardina en Barbastro, Ismael Sánchez Bella (magnífico americanista y especialista en Instituciones políticas indianas, para muchos el mejor del mundo en vida, pero que no se ocupa para nada del Derecho Civil, Mercantil, Penal, Procesal, Minero y Laboral indiano) en Pamplona y Alfonso García-Gallo y de Diego en Madrid.

El trabajo de J. A. Escudero está construido no con arena o ladrillos sino con auténtico mármol de Carrara, ya que supone su paso por una serie de archivos de Bruselas, Londres, Ginebra, Viena y Madrid, que le han permitido consultar un número elevado de documentos de lo que queda constancia en las cuatrocientas cuarenta y tres notas del presente libro.

Felipe II prefería el despacho escrito al despacho oral, el papel a la palabrería, para ser informado y para responder, haciendo esto último sobre el margen del propio texto o en documento aparte, convirtiéndose el monarca, tal como lo califica G. Kurth y recoge Escudero, en «el solitario chupatintas». El soberano corrige errores conceptuales y ortográficos, estilos y tratamientos. El modo de despachar se hacía en diversas sedes, incluido durante la comida, por la mañana o a primera hora de la tarde. Gracias a Escudero nos vamos percatando de la prisa o la falta de agilidad en el procedimiento de resolución de los asuntos, los títulos, tratamientos y encabezamientos, el rápido correo, el agobio burocrático o la pérdida de vista de Felipe II, el tono comedido de sus respuestas y la frialdad de su trato, junto a su afición a las flores, los avestruces, los faisanes o los ruiseñores. Este libro de Escudero es un estudio que resulta minucioso y detallado en extremo. Con una obra como ésta se conoce mejor a Felipe II y a sus secretarios, pero debajo de ello y como hilo conductor no sólo hay un análisis institucional sobre el ejercicio del poder ejecutivo desde su última instancia, sino un voluntario, y en ningún caso disimulado propósito, de ofrecer una imagen que, en lo humano y en lo intelectual, presentan a Felipe II como una figura elevadísima y, en lo tocante a la política, como un gobernante ejemplar, polipertrechado de justicia, equilibrio, racionalidad y sentido común, sin estridencias ni arbitrariedades.

Nosotros felicitamos a J. A. Escudero por la pública recepción en la segunda academia más antigua de España (al menos, dentro del actual protocolo), pero son los estudiosos europeos y americanos del siglo XVI los que deben felicitarse por la publicación de un libro tan bien pergeñado. El resultado ha sido una forma minuciosa y sabia de perquirir en Historia de las instituciones político-administrativas, con estilo elevado pero sin arrogancia.

Manuel J. Peláez

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