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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.24 Valparaíso  2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552002002400013 

Baltar Rodríguez, Juan Francisco, El protonotario de Aragón 1472-1707. La Cancillería aragonesa en la Edad Moderna (Zaragoza, El Justicia de Aragón, 2001), 415 págs.

El gobierno que se instituyó en Aragón en la época de los Austrias fue el Consejo. Esta peculiar institución estaba configurada por un Presidente o vicecanciller, los consejeros o regentes, así como por las distintas especies de secretarios. Una de las figuras, desconocida por otra parte, estaba representada en el mismo protonotario, que era propia de Aragón, y que se ubicaba dentro de los secretarios del rey con funciones en las secretarías de los Consejos. El análisis de esta figura se centró durante los siglos XVI, XVII y principios del XVIII en los linajes catalano-aragoneses de los Clemente, los Gasol y los Villanueva. El protonotario, como cabeza de la Cancillería estaba al frente de las secretarías del Consejo, lo que implicaba que en caso de vacante en cualquier secretaría estas funciones volvían a recaer en la protonotaría.

Los orígenes de esta institución se remontan a los siglos XII y XIII ante la preocupación surgida en los reyes de la Corona de Aragón por la formación y cuidado de los documentos. Con este característico nombre el cargo surgió en tiempos de Pedro IV, el Ceremonioso (p. 21), pero más que una creación ex novo, supuso una transformación, ampliación y redefinición de las normas que lo regulaban. Anteriormente, a los que se ocupaban de esas funciones se les conocía como guardasellos o notario guardasellos. Una de las regulaciones más importantes de esta institución fue la de las Ordenaciones de 1344, que vino a consolidar y otorgar carta de naturaleza a las disposiciones de los reinados anteriores para este oficio de protonotario guardasellos. En el reinado de Pedro IV se atribuyó al protonotario la función de corregir los documentos "si en bella retórica o bon llatí e justa lo nostre estil seran corregidores". Entre sus funciones se encontraban las de revisar los documentos (como cartas y privilegios), corregirlos, darles forma literaria y traducirlos al latín. Esta institución, después del Canciller y del Vicecanciller, se constituía como el oficial más importante de la Cancillería palatina.

A finales del s. XV la Cancillería aragonesa se encontraba presidida por el protonotario y su lugarteniente (p. 35). Fue a partir de 1548 cuando la figura del protonotario comenzó a adquirir mayor relevancia social. De hecho, se le reconoció la condición de noble. Además de constituirse en cabeza de los oficiales de pluma, asumió cometidos que superaban los estrictamente pertenecientes a la protonotaría. A finales del s. XVI, Felipe II separó las funciones de los protonotarios de las de los secretarios y escribanos de mandamiento. Durante parte del s. XVII, los protonotarios asumieron además funciones político-administrativas dentro del Consejo, ejerciendo facultades como miembros de pleno derecho, y participando en las Juntas particulares. Por otro lado, únicamente le correspondía al monarca, ya fuese consultando o sin consulta alguna del Consejo de Aragón, el nombramiento de los protonotarios.

Este cargo de cabeza de la Cancillería exigía una buena formación intelectual, con perfecto conocimiento del latín. La pertenencia a una familia de secretarios era indicio de poseer esa experiencia y habilidad. De hecho, salvo en los últimos tres o cuatro años de vida del Consejo, la protonotaría perteneció tan sólo a los miembros de las tres familias ya mencionadas: los Clemente, los Gasol y los Villanueva. La decisión del monarca sobre la designación que iba a ocupar este cargo debía ir acompañada siempre de la consulta del Consejo, si bien a partir de 1649 se modificó esta forma de elección.

Bajo la supervisión y órdenes del notario se encontraba una oficina compuesta por escribanos y, en último lugar, el demás personal subalterno. Esta figura, jerárquicamente superior a las restantes, se sentaba en el mismo banco que los regentes, e inmediatamente después de ellos, el abogado fiscal y los secretarios. En caso de ausencia, su sustitución quedaba al arbitrio del rey, previa consulta del Consejo, si bien existía la práctica consuetudinaria de que sería uno de los secretarios que servían las negociaciones del Consejo quien sustituiría al protonotario, aunque en ocasiones podía encomendarse a un regente del Reino correspondiente, y aún en otras a un oficial de la secretaría o protonotaría.

Entre las causas para cesar en el oficio de este jefe de la Cancillería se mencionaban el fallecimiento, la enfermedad o incapacidad física sobrevenida, la renuncia o el apartamiento del cargo por orden del rey. Estaba, asimismo, al frente de la oficina burocrática y contaba con un personal formado por lugartenientes, secretarios, escribanos de mandamientos, de registro, etc. Le correspondía, además, encomendar las diversas materias entre los oficiales que él considerase más idóneos.

Con la entrada del protonotario en el Consejo, asumió nuevas competencias. De hecho, con estos nuevos cometidos tenía un cargo equivalente al de canciller o primer secretario: coordinaba el resto de secretarías del Consejo, firmaba los asuntos que se remitían al rey, al mismo tiempo que recibía los despachos que expedía el monarca para el Consejo de Aragón. Bajo sus competencias se encontraban las secretarías del Consejo de Aragón, Cataluña, Valencia, Cerdeña y Montesa. Durante la ausencia del protonotario, el secretario más antiguo del Consejo realizaba sus funciones, aunque el protonotario hubiera designado a otra persona para que le sustituyera (p. 241).

Desde la Baja Edad Media este oficio asumió funciones en la convocatoria y desarrollo de las reuniones de las Cortes, y vino a asumir a finales del s. XVI y en el s. XVII la participación en las Juntas de Cortes para determinar los aspectos formales de su celebración, así como las cuestiones de fondo que debían tratarse. Además, ejercieron a partir del s. XVII las funciones de consejeros en el mismo Consejo de Aragón.

El lugarteniente de protonotario del Consejo (también conocido como tenientes de protonotarios o lugarteniente en el oficio de protonotario en los Reinos de la Corona de Aragón) tenía como función el desempeño de todas aquellas labores que le fueran encomendadas por el protonotario, y le correspondía fundamentalmente comprobar los registros, los privilegios y despachos que se llevaban a la Cancillería, así como el cumplimiento de todas las cláusulas que disponían las normas del Consejo, y tasar el derecho del sello que se debiera por la gracia u oficio emitido. Con el establecimiento del Consejo, las secretarías empezaron a tener entidad propia y la jerarquía en la Cancillería se conformó con el protonotario a la cabeza, seguido por el lugarteniente y los escribanos, en último lugar. No obstante fue frecuente el intento del lugarteniente de usurpar funciones al protonotario.

Esta obra de la Colección "El Justicia de Aragón", que viene a cubrir una laguna importante en un período en parte desconocido del Derecho Histórico aragonés, que nos acerca a una institución tan significativa de ese Derecho foral. Todo ello de la mano de Baltar Rodríguez, uno de los profesores más relevantes de la actual escuela histórico-jurídica mayoritaria de José Antonio Escudero.

Guillermo Hierrezuelo Conde

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