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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.63 no.211 Santiago June 2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902009000100015 

Revista Musical Chilena, Año LXIII, Enero-Junio, 2009, N° 211, pp. 107-108

IN MEMORIAM


 

Mi amigo Roque Cordero (1917-2008)

Hace un par de días supe que desde ese amanecer no nos acompañaba en este mundo Roque Cordero, mi colega-compositor con quien nos unía una sólida amistad que superaba el medio siglo por más de una década, desde que nos encontramos en Tanglewood, él como alumno de dirección orquestal de Stanley Chappie y yo de composición de Aaron Copland. Murió en Dayton, Ohio, rodeado de todos los suyos, incluyendo una bisnieta "preciosa", como me la describió Betty su mujer.

Roque era un ser privado, se sentía entero en su vasta familia y con sus amigos, con el recuerdo de sus maestros, como Dimitri Mitropoulos, quien lo inició y condujo tanto en la dirección orquestal como en composición, la que estudió más concentradamente con Ernst Krenek.

En este espacio afectivo estableció su existencia y a éste obedeció como músico; para "expresar mis ideas en sonido", como se lo confesó a un entrevistador. Estas abarcaban una infinidad de motivaciones; el haber nacido en Panamá, su procedencia Guajira, su interés por el folclore de los Cuna, sus conocimientos de las tradiciones musicales de Europa, obtenidos en sus frecuentes viajes a los Estados Unidos y su asimilación de las técnicas de avanzada que conoció en sus estudios en este país, en sus relaciones con muchos compositores latinoamericanos y en su experiencia como director de la Orquesta Sinfónica de su país natal.

De la totalidad de esto floreció la obra de quien en sus primeras creaciones reflejó con finura el impacto del folclore panameño, como en su Sonatina rítmica o sus Ocho miniaturas y luego amplió su espacio al que distingue la singularidad y solidez estilística de su Segunda Sinfonía, la soltura expresiva de su hermoso Tercer Cuarteto de cuerda, la emotividad y trasparencia de su Concierto para violin y orquesta y la grandeza que se nos espera apreciar en su Cantata a la paz; pues después de treinta años de haberla terminado, aún no se estrena.

La obra de Roque Cordero lo expresa todo; habla sin proponérselo de las tradiciones que llevaba en la sangre, de las que descubrió más allá de éstas en sus estudios con Mitropoulos y Krenek, de las que le salieron inesperadamente al paso en el camino de una vida deseosa de conocer. En sus comienzos la "mejorana" y el "tamborito" aparecieron desnudos. Luego se vistieron de lo que él había adquirido del siglo XX en que vivía y más allá fue Cordero solo el que habló. Allí fue donde nos encontramos en el espacio de la música de nuestros días.

Dentro de la gran extensión de una brillante carrera en la música, de su reconocimiento como compositor, del ejercicio de una docencia, de una labor administrativa y de director orquestal, surge este ser privado que escribe para expresarse a sí mismo, desprendido de cuanto su obra pueda representar en el espacio de los nacionalismos tan buscados por los compositores de su generación, de las técnicas y estéticas que aprendió en las aulas, de las preferencias del público a quien se dirigía o de las solicitudes de la política del momento.

Como él lo expresó, el que haya tenido presente a Mitropoulos cuando escribió el Mensaje fúnebreo a Martín Luther King cuando compuso Cantata a lapaz, no era con el propósito de "asociar mi nombre al de ellos, para ser reconocido por su relación conmigo o promotor de sus ideas". Por el contrario, Roque hablaba por sí mismo a través de ellos. Ambas obras fueron compuestas mucho después de la muerte de quienes las motivaron. La primera expresaba su reconocimiento a cuanto el maestro había contribuido a su formación musical y la otra, su admiración por el valiente soñador de que los derechos le fuesen reconocidos a todos los seres humanos, sin reparar en el color de su piel o su ancestro. En este rincón de su vida Roque se encontró consigo mismo. Con su propio color y su procedencia aborigen. Esto me lo mencionó en una conversación con el calor y la sonrisa con que se refería a este tema y expresaba su amistad.

Me dolió perderlo después de tres años (1966-1969) como Director Asistente del Latín American Music Center y como profesor de composición en la Escuela de Música de la Universidad de Indiana. Luego fue nombrado en la Universidad del Estado de Illinois, en Normal, y allí se le otorgó el título de Distinguished Professor, reconocido después de su retiro de la docencia como Profesor Emérito.

Juan Orrego-Salas
Universidad de Indiana, Bloomington, Estados Unidos. jucar@ciswired.com

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