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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.51 n.187 Santiago Jan. 1997

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27901997018700016 

Cultura musical y neoliberalismo

El neoliberalismo en los países latinoamericanos tiende a tratar como mercancía todos los  ámbitos de la cultura humana. El estado restringe su rol de asignar recursos y asume el de un garante de las leyes del mercado. En este modelo, las instituciones dedicadas a la cultura musical invierten energías en gestionar recursos y comercializar servicios para financiarse. Surge la pregunta si esto es bueno para la vida musical; si esto contribuye a que la música forme parte de nuestra identidad espiritual y soberanía cultural.
       Como lo postula el listado siguiente, el paso de una política cultural estatal a una neoliberal significa el paso del protagonismo cultural de la élite al protagonismo de la multitud. En mi opinión, el bien de la música está en la complementación de estos polos del cuerpo social.

Política cultural estatal   Política cultural neoliberal
     
Propuestas provienen de una‚ lite ilustrada sobre la base de una ideología1.   Propuestas provienen del ámbito multitudinario apoyado por la industria de losmedios de comunicación.
     
Existe un examen ético y estético de contenidos de las propuestas.   Existe un examen de impacto público de las propuestas. Contenidos determinados por "estudios de mercado".
     
Protege la actividad cultural local y la identidad cultural.   Promueve la proyección de la cultura local en  ámbitos externos y la globalización de la cultura.
     
El estado financia un tipo de cultura. Todos tienen acceso a ella.   El estado garantiza el libre mercado de la cultura. El acceso a ella est  condicionado a leyes de oferta y demanda.
     
Posibilita el paradigma del artista que se adelanta a su tiempo.   Favorece una fuerte interacción y dependencia entre artista y público
     
El universo de propuestas tiende a la homogeneidad.   El universo de propuestas tiende a la heterogeneidad.

 Resulta poco eficaz el esfuerzo de acercamiento élite-multitud, que opera hoy por medio de iniciativas como la gestión cultural, fundaciones privadas que financian proyectos culturales y leyes de reducción de impuestos a la inversión en cultura. Por la vía de las leyes mencionadas, menos del 20% de los proyectos culturales que aprueba el Ministerio de Educación para tal efecto, alcanzan financiamiento. Asimismo, instituciones culturales como el Teatro Municipal de Santiago, y cuerpos estables de música y ballet de la capital que se financian con crecientes recursos privados y decrecientes fondos públicos, son en extremo cautelosos ante las propuestas actuales de la élite en relación a tres décadas atrás.
      El aparente desinterés del sector privado en la propuesta cultural de la élite se analiza considerando dos factores: la marginación y deterioro de la educación artística escolar que incapacita la recepción de las propuestas y, como resultado de lo anterior, el lucro escaso que genera su comercialización.
      Creo que estas causas externas son el reflejo de una más profunda: el aislamiento de la propuesta musical de la élite radica en que desarticula ética y estética. Esto comienza con la Ilustración en América Latina durante el siglo XVIII. El arte de transmisión escrita pierde espacio público, pues pierde su proyecto ético. Se circunscribe al salón de la élite, mientras el pueblo se repliega cultivando tradiciones orales que perduran en algunos ambientes rurales. Después del surgimiento de los estados nacionales durante el siglo XIX en América, el incipiente arte de élite logra establecer un estatus gracias al apoyo estatal; pero sobre todo gracias a que una ética anima el quehacer artístico. Así, en el decreto aprobado por el Gobierno, los objetivos del nuevo Conservatorio (1850) establecían que: "En las exhibiciones y conciertos de música, el canto sea la expresión de algún sentimiento o doctrina, sentimiento interesante al gobierno de la vida moral del individuo y al progreso de la sociedad [...]"2.
      Ya en el siglo XX, el arte musical de vanguardia encuentra, hasta la década del '60, en la Universidad de Chile el lugar privilegiado para su desarrollo. Además del mecenazgo estatal, lo anterior se fundamenta en la mística de artistas inmigrantes que huyen de los regímenes totalitarios europeos de la primera mitad del siglo (Alemania, España), y entregan en su quehacer en Chile, una nueva imagen de hombre y sociedad que despierta la atención en la élite intelectual.
      Las décadas siguientes marcan la crisis y desmoronamiento de las ideologías, lo artístico se atomiza en el pluralismo postmodernista sin proyecto ético. Así, la actividad musical de la élite se vuelve glorias pasadas con cierto mercado asegurado. Entretanto, el acceso más dinámico a la riqueza hace emerger a sectores de la sociedad como posibles usuarios del arte. Como la élite paulatinamente se hace incapaz de articular una propuesta de solvencia artística y moral, la industria de las comunicaciones llena este vacío del mercado con arte de consumo masivo, sólo para entretener, desechable y sin referentes propios.
      El bien de la cultura musical pasa por el di logo elite-multitud. La multitud entiende lo artístico indisolublemente vinculado a la vida. Necesita música para la fiesta, para el ceremonial del trabajo cotidiano y la recreación. La música radial y la imagen televisiva "ambientan" el escenario de su vida cotidiana. La multitud valora una música de acuerdo a la intensidad con la cual comunica una propuesta ética, es decir, un cierto modelo de relación del hombre consigo mismo, con los demás y con su entorno. (Por ejemplo: exaltación de diversos afectos). La élite, en cambio, enseña, difunde y acude a la música como un quehacer centrado en el "objeto estético" independiente de su contexto vital. La preocupación musical de la élite es la coherencia de la propuesta en sí misma de acuerdo a códigos estéticos que ella misma elabora y que no están directamente relacionados con modelos de comportamiento.
      En la matriz barroca en la que se gesta LatinoAmérica desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XVIII se encuentra en vías de desarrollo un proyecto cultural donde ética y estética se complementan. Aun considerando contradictorios procesos de dominación sin concluir, persisten numerosos y elocuentes testimonios de una interpenetración de élite y multitud. Esto se manifiesta especialmente en torno a la celebración del misterio religioso, donde las expresiones populares son asumidas por la élite. En tiempos de la primera evangelización, el arte anima las verdades de fe por medio de la poesía, música e imagen. se plasma un arte que siendo verdaderamente arte es también servicio.
      El acercamiento de la empresa privada a la propuesta cultural de élite es un aspecto técnico ineludible. Sin embargo, me parece importante fomentar el diálogo élite - multitud dando espacio a propuestas cuyos contenidos signifiquen un mejoramiento de la calidad de lo festivo-ceremonial en la vida de la sociedad latinoamericana. Cuán pobre es hoy, especialmente en el  ámbito urbano, lo artístico-valórico en la celebración de nuestros pueblos. Basta contemplar el profundo significado formativo y estético que encierran los romances y décimas que se recitan en la celebración barroca americana para comprender que la fiesta popular constituye, en esa época, la ocasión para divulgar la historia sagrada y profana de un pueblo, la conmemoración de los acontecimientos que constituyen la base moral de nuestra convivencia.
      La fiesta debe volver a incorporar armónicamente tanto la propuesta de la multitud como aquella de la élite. La expresión multitudinaria sola, con el apoyo de la empresa, desemboca tarde o temprano en la banalidad y el funcionalismo sin mayor repercusión que el estrecho  ámbito que circunscribe la celebración. Necesitamos llevar las legítimas conquistas del arte ilustrado al  ámbito de lo festivo ceremonial, donde verdaderamente se expresa el alma latinoamericana.

1 La polaridad "elite-multitud" se usa para distinguir a los protagonistas del quehacer artístico cultural en su diverso nivel de formación disciplinaria.

2 Samuel Claro Valdés. Oyendo a Chile, Santiago: Ed. Andrés Bello, 1979, pp. 77-79.

Rolando Cori

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