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Revista chilena de infectología

versión impresa ISSN 0716-1018

Rev. chil. infectol. v.20  supl.notashist Santiago  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-10182003020200035 

Rev Chil Infect Edición aniversario 2003; 100-101

Epidemia de fiebre amarilla en Tocopilla. 1912

ENRIQUE LAVAL R.

Yellow Fever epidemic in Tocopilla. 1912


En la Revista Médica de Chile de marzo de 1875, el doctor Wenceslao Díaz escribía: "empezamos por decir que la fiebre amarilla no ha reinado jamás en Chile".

Sin embargo, el doctor Leblond en "Observations sur la fiévre jaune et sur les maladies des tropiques", obra citada por el doctor Ulloa en la Gaceta Médica de Lima, el 30 de abril de 1868 y por el doctor Copello en "Estudios sobre la fiebre amarilla", Lima, 1870, "asegura que en 1871 observó la fiebre amarilla en el Callao, importada por un buque que había ido a Chile con trigo podrido". Leblond, comisionado por el gobierno francés en 1779, para estudiar las enfermedades tropicales, fue encargado por el Virrey y por el Protomédico de Lima para visitar los enfermos que estaban aislados. Reunió 22 febricitantes los "que eran todos extranjeros venidos de Chile", de los cuales fallecieron 9, de un proceso con "convulsiones, vómitos negros y hemorragias, que no dejaban dudas de ser fiebre amarilla".

En "Maladies des européenes dans les Pays chauds", París, 1868, de Dutroulau, se lee: "respecto de la epidemia del Perú y de Chile en 1852, que se atribuyó equivocadamente a la llegada al Callao de una pobre embarcación de chinos, fue debida a emigrantes alemanes que abandonaron Río de Janeiro en el momento en que la fiebre amarilla hacía estragos, siendo aislados en Lima". Continúa Dutroulau: "pero en 1853 la enfermedad reapareció i esta vez tanto entre los habitantes como entre los extranjeros; se estinguió de nuevo con los fríos; reapareció en 1854, i en 1855 i 1856 tomó tal intensidad que el poder lejislativo residente en Lima se vio obligado a cambiar de residencia. En este mismo año se extendió a Valparaíso i a Santiago".

La relación del doctor Leblond continúa el Profesor Wenceslao Díaz "puede ser cierta respecto a la enfermedad, mas no a su origen; a no ser que el tal buque volviera de Guayaquil o Panamá, donde no habría podido vender su cargamento, haciéndose así importador de una enfermedad reinante en aquellos puertos, donde casi duda ninguna, existía a la sazón como en todas las Antillas. Además, ¿por qué habría sido el buque chileno el importador i no los muchos que hacían el tráfico y cabotaje entre los puertos comprendidos entre Panamá y el Callao?".

Tampoco es valedero lo relatado por Dutroulau ya que la enfermedad "terminó sus devastaciones, en el estío de 1855, en el puerto boliviano de Cobija, sin que los numerosos enfermos transportados a los puertos del Sur hasta Valparaíso, hubieron sido parte a propagarla".

Por lo demás, ningún historiador ha mencionado jamás lo aseverado por los doctores Leblond y Dutroulau.

Tampoco llegó a Chile la fiebre amarilla que siguió la ruta del Atlántico en 1849, comenzando en Río de Janeiro y extendiéndose hacia el sur: en 1856 a Montevideo y en 1871 a Buenos Aires.

Concluye el doctor Wenceslao Díaz formulando dos preguntas: "¿tendremos alguna vez la fiebre amarilla en Chile? ¿Quién nos asegurará que una falta de hijiene o de policía sanitaria en nuestros puertos o una modificación accidental del clima no preparan la venida, al menos en las provincias septentrionales, a tan temido huésped?".

La respuesta se produjo 37 años después, en el puerto de Tocopilla, ahora territorio chileno.

"Era Tocopilla, en 1912, un puerto próspero y la vida bullía en sus calles; las oficinas salitreras con sus hornos encendidos permanentemente se encontraban en su apogeo y los buques extranjeros y nacionales colmaban su dilatada bahía".

El día 20 de enero de ese año, zarpó de Guayaquil el vapor británico "Cóndor" y al cabo de una semana enfermó a bordo un tripulante de apellido Parker. El día 28 el barco llegó a Tocopilla. El enfermo fue examinado por el médico de bahía quién formuló el diagnóstico de fiebre tifoidea, siendo hospitalizado en la ciudad. El 2 de febrero la temperatura declinó y apareció ictericia, por lo que se rotuló el proceso como una "ictericia catarral". Poco a poco, enfermos que habían concurrido al hospital por distintas dolencias, presentaron un cuadro febril violentísimo, acompañado de gran malestar y de vómitos sanguinolentos. Los casos siguientes aparecieron entre el 25 de febrero y el 2 de marzo. Entre el 4 y el 10 de ese mes fallecieron 18 personas de la enfermedad aún no diagnosticada; a mediados del mes el número de casos era alarmante. A fines de marzo el doctor Vicencio Carrasco indicó el diagnóstico preciso: fiebre amarilla.

La aparición de la epidemia fue un problema grave para el país, no solamente por el peligro que significaba para Tocopilla y comarcas circunvecinas, sino porque las condiciones ambientales y propicias a la difusión abarcaban un extenso e importante sector del país, rico en explotaciones mineras. "La prensa, por lo general, no creía en la gravedad del mal y se reía de la fiebre. Pero la epidemia existía y amenazaba diezmar la población y sepultarla en sus antros de la muerte".

Conocido el diagnóstico de la epidemia, el Gobierno envió a combatirla al inspector sanitario doctor Pedro Lautaro Ferrer, el que solicitó y obtuvo la colaboración de los estudiantes de Medicina. El primer grupo estuvo formado por los señores Leonardo Guzmán, Clemente Holzapfel e Ignacio Rencoret, pudiendo organizarse la fumigación con azufre, colocar petróleo en los depósitos de agua para extinguir, por falta de aire, las larvas de los mosquitos, comprobar las denuncias y aislar los enfermos.

A pesar de una labor permanente, cumplida con abnegación, en el mes de mayo se hizo necesario evacuar la población y llevarla a la playa al sur de Tocopilla. El primer grupo de estudiantes fue reemplazado por otro. En él figuraron Marcos Macuada Ogalde, Gonzalo Castro Toro y Arturo Barraza Araya. El estudiante Macuada escribía así a su padre: "que había tenido un gran gusto al encontrarse frente a frente del terrible enemigo y que vislumbraba la satisfacción de vencerlo".

Sin embargo, cuando ya la epidemia declinaba ostensiblemente, cayó enfermo y a las 72 horas, el día 21 de junio de 1912, fallecía en medio del dolor de sus compañeros, de la angustia de la población y del sentimiento general del país que veía desaparecer al mejor de los suyos.

El profesor Vicente Izquierdo al recordar su paso por la Escuela, dijo: "era una inteligencia clara, de buen criterio, trabajador, tenaz y muy querido de sus compañeros. Ya en el quinto año alcanzó el honroso puesto de interno de la Clínica de Niños".

Como lo señala el profesor Amador Neghme, "según la tesis de licenciatura del doctor Leonardo Guzmán, que tuvo activa participación en la extinción de ese brote epidémico, se produjeron en pocos meses 1.101 casos, con 394 muertes". De ahí que nuestras autoridades inmediatamente de recibida la sugestión de la Oficina Sanitaria Panamericana, se apresuraron a iniciar las acciones profilácticas contra el mosquito Aedes aegypti, obteniendo resultados rápidos y positivos, pues se le erradicó, por completo, de todos los lugares en que prevalecía y desde aquel fatídico año de 1912, no se ha vuelto a presentar ni un solo caso de fiebre amarilla en Chile.

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