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Revista chilena de infectología

versión impresa ISSN 0716-1018

Rev. chil. infectol. v.20  supl.notashist Santiago  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-10182003020200009 

Rev Chil Infect Edición aniversario 2003; 36

Daniel Alcides Carrión

ENRIQUE LAVAL R.

Daniel Alcides Carrión


El 13 de agosto de 1857 nació en la histórica ciudad de Cerro de Pasco (Perú), Daniel Alcides Carrión, cuyo nombre con el correr de los años, habría de convertirse en augusto símbolo de la medicina universal.

Fueron sus padres don Baltazar Carrión, de origen ecuatoriano, graduado de abogado y de médico en la Universidad de Guayaquil y su madre doña Dolores García Navarro, peruana, oriunda de Quilla-Cocha ("Gaviotas del Lago"), situada a 15 km de la ciudad Cerro de Pasco.

Después de realizar sus estudios primarios en su ciudad natal, Daniel Alcides Carrión, viajó a Lima en 1870, ingresando al Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe, donde cursó sus estudios secundarios. Cinco años más tarde fue admitido en los viejos claustros de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en cuya Facultad de San Fernando, inició sus estudios de Medicina.

Durante sus estudios médicos, sintió honda inquietud por conocer dos enfermedades características de algunos valles centrales peruanos: una de ellas, conocida con el nombre de "Fiebre de la Oroya", caracterizada por fiebre y anemia progresiva y que, pese al tratamiento que se efectuaba en esa época, tenía una letalidad cercana al 100%. El otro proceso llamado "Verruga peruana", tenía igual distribución geográfica, pero de evolución benigna; con la súbita aparición de nódulos cutáneos y escasos síntomas generales. Hasta entonces se consideraba que ambos cuadros tenían diferente etiología, pero Carrión después de estudiar minuciosamente el problema, y llevado por una intuición genial, afirmó que ambos procesos eran manifestaciones distintas de una misma enfermedad. Debido a que ambos cuadros sólo se producen en el hombre, la única manera de demostrar sus hipótesis era usando voluntarios humanos.

Llevado por su espíritu de investigación científica, no vaciló en inocularse sangre extraída directamente de las "verrugas" de la enferma Carmen Paredes, internada en la sala de las Mercedes (hoy Daniel A. Carrión) del Hospital Dos de Mayo de Lima. Así, en agosto de 1885, solicitó al doctor don Evaristo M. Chávez que le hiciera la inoculación. A los veintiún días sintió los primeros síntomas de la Fiebre de la Oroya, que continuó con su evolución característica, ante la angustia de sus profesores y amigos. Carrión escribió personalmente su historia clínica hasta el 26 de septiembre, en que agobiado por la fiebre y por la anemia, entró en delirio quedando, a su solicitud, sus compañeros de seguir el trascendente documento clínico que en forma heroica había iniciado aquél. Su muerte se produjo el 5 de octubre de 1885, fecha que todos los años es recordada como el "Día de la Medicina Peruana".

Es indudable que Carrión con su experiencia científica aclaró el enigma de la Fiebre de la Oroya, dejando sentada la unidad de aquel fenómeno patológico: la anemia grave y la forma eruptiva son dos expresiones de una misma entidad morbosa.

En 1909, Barton describió el microorganismo causal: la Bartonella badihiformis. Esta bartonelosis, también llamada Enfermedad de Carrión, aparece en un área limitada, que coincide con el hábitat de su vector, un Phlebotomus. E P. verrucosum y probablemente otras especies de flebótomos, propagan y transmiten esta infección en los valles de los ríos de la Cordillera de Los Andes en el Perú, Ecuador y Colombia. En estas regiones la enfermedad es endémica, con casos asintomáticos y portadores que actúan como reservorio de la infección.

Fue en 1870, cuando como motivo de la construcción del ferrocarril Central del Perú, estalló entre los obreros "una espantosa y compleja epidemia, con fiebres mortales y verrugas", la que denominaron Fiebre de la Oroya, por ser éste el nombre de la estación terminal a que la civilización conducía su camino de hierro. Cada durmiente de la vía férrea costó una vida humana y otra debió inmolarse posteriormente para desentrañar una vez más un misterio de la patología infecciosa, testamento no sólo para la juventud del Perú, sino para todo el mundo, cuya validez eterna, dibuja la grandeza de alma de este joven estudiante de Medicina que ofrendó su vida en la búsqueda de la verdad.

Bibliografía

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