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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.27 n.82 Santiago dic. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612001008200004 

Desaceleración, crisis, reactivación y
recesión industrial de la región Centro de
México. Un largo ciclo de reestructuración
del núcleo y la periferia

Julio Guadarrama y Guillermo Olivera1
 
Abstract
This document analyses the different phases of a restructuring cycle undergone by manufacturing industry in the Central Region of Mexico during the last three decades of the twentieth century. Four distinct phases can be identified: rapid growth with increasing instability from 1970 to 1980; crisis and marked deindustrialization from 1980 to 1988; reactivation during the five year period from 1988 to 1993; and finally, a recessive period from 1993 to 1996. In each phase, a comparative analysis is carried out of the principal productive, work-related and territorial changes experienced by the primary urban-industrial nucleus and by the regional periphery, with the aim of identifying the "winning" and "losing" industries, changes in the regional division of labour and in the levels of industrial territorial concentration. A comprehensive reading of this cycle will enable us to identify a notorious instability in industrial growth, which feeds intraregional differences and leads to a greater industrial territorial complexity.

Key Words: Industrial geography; industrial-regional restructuring; long-term industrial-regional cycles; Mexico.

Resumen
En este documento se analiza el ciclo de reestructuración por el que ha transitado la industria manufacturera de la región Centro de México en las tres últimas décadas del siglo XX, a partir de una periodización que permite distinguir una fase de alto crecimiento con inestabilidad creciente que va de 1970 a 1980; un periodo de crisis y franca desindustrialización que se extiende de 1980 a 1988; una etapa de reactivación que comprende el quinquenio 1988-1993; y finalmente, un periodo recesivo que se extiende de 1993 a 1996. En cada fase se realiza un análisis comparado de los principales cambios productivos, laborales y territoriales experimentados por el núcleo urbano-industrial primario y por la periferia regional, a fin de identificar las industrias ganadoras y perdedoras, los cambios en la división regional del trabajo y en los niveles de concentración territorial de la industria. La lectura global del ciclo permite identificar una notoria inestabilidad del crecimiento industrial, que alimenta las diferencias intraregionales e incide en una mayor complejidad territorial de la industria.

Palabras Clave: Geografía industrial; reestructuración industrial y regional; ciclos industriales y regionales de largo plazo; México.

1. Introducción

Las crisis y los consecuentes procesos de reestructuración productiva por los que ha transitado México en las últimas décadas, no sólo se han constituido de manera diferencial en las regiones y ciudades del país, sino que han producido divergencias notorias entre ellas en lo relacionado al crecimiento económico e industrial, a la generación de empleos, a la capacidad adquisitiva de los ingresos y, en general, a las condiciones de vida de la población. En este sentido, la región Centro muestra una clara diferenciación entre el núcleo urbano-industrial y la periferia regional.

Se denomina aglomeración o núcleo urbano-industrial a la extensión territorial conformada por el Distrito Federal y el Estado de México, que son las entidades sobre las que se ha constituido la zona metropolitana de la ciudad de México y donde se ha configurado también una región megalopolitana, al encontrarse actualmente unidas las zonas metropolitanas de las ciudades de México y Toluca. A su vez, la periferia regional está constituida por los estados circundantes de Puebla, Morelos, Querétaro, Hidalgo y Tlaxcala, cuyo dinamismo industrial está notoriamente influenciado por el comportamiento del núcleo (Mapa 1).


En el documento analizamos desde una perspectiva comparada el impacto diferenciado de la crisis y la reestructuración industrial en el núcleo y la periferia de la región Centro, a fin de distinguir las industrias a partir de las cuales se ha configurado su ciclo de crecimiento, de mostrar las trayectorias industriales de los estados que integran cada uno de esos ámbitos y de caracterizar los impactos laborales y territoriales asociados a las diferentes fases de ese ciclo.

La hipótesis que guía el trabajo plantea que la región Centro de México, al ser el ámbito territorial a partir del cual surge y se consolida la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) en el país, experimenta un ciclo industrial con las siguientes características: i) una fase de alto crecimiento pero con inestabilidad y desaceleración de la industria manufacturera que va de 1970 a 1980, es decir, al final del periodo por sustitución de importaciones; ii) una etapa de crisis económica y franca desindustrialización que comprende de 1980 a 1988; iii) una fase de reactivación industrial que abarca de 1988 a 1993, caracterizada por el intenso flujo de capital externo y la profundización de las políticas de liberación comercial que precedieron la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); y iv) un nuevo periodo recesivo, marcado por la profunda crisis de 1995, que comprende de 1993 a 1996.

El ciclo de desaceleración-desindustrialización-reindustrialización-recesión de la región Centro que en conjunto expresan estas fases, está estrechamente vinculado a cambios en los niveles de producción y empleo de las distintas ramas industriales y de las diferentes clases de empresas según el origen nacional o extranjero de su capital, que directa o indirectamente repercuten en el crecimiento de la productividad del trabajo y las remuneraciones, así como en los niveles de concentración territorial de la industria. Los cuatro apartados de que consta el trabajo se orientan precisamente a caracterizar esos cambios en el núcleo urbano-industrial y en la periferia de la región Centro, en cada uno de los subperiodos anteriormente señalados. En la parte final, a manera de conclusiones, se exponen algunas ideas que permiten recuperar la visión global y el significado del ciclo de reestructuración industrial y territorial por el que ha transitado la región Centro en las tres últimas décadas del siglo XX.

2. El ocaso del auge industrial de la región Centro, 1970-1980

Después de la revolución social que vivió México en la segunda década del siglo XX y de la gran depresión de finales de los años veinte e inicios de los treinta, el proceso de industrialización tuvo una expansión sostenida con la estrategia sustitutiva de importaciones, pues el PIB manufacturero nacional registró una tasa de crecimiento medio anual de 5.0% entre 1930-1940, de 7,1% entre 1940-50, de 7,3% entre 1950-1960 y de 7,8% entre 1960-1970. La expansión a lo largo de estas cuatro décadas se frenó en los años setenta ya que el PIB manufacturero disminuyó su tasa de crecimiento a 6,3%, marcando así un punto de inflexión en el ciclo de largo plazo de la industria que diversos autores interpretaron como el agotamiento del modelo sustitutivo de importaciones.

Como se verá en los siguientes apartados, la desaceleración industrial de los años setenta resultó insignificante si se le compara con la de los años ochenta y noventa, por lo que esa década puede considerarse representativa de la fase de expansión industrial que experimentó el país desde los años treinta, aspecto que no se contrapone al hecho de que también se le considere un periodo terminal de esa fase expansiva, a lo largo del cual se fraguaron "los prolegómenos de la crisis de los años ochenta" (Rueda, 1998: 49-82) (Gráficas 1 y 2). En ese contexto, el núcleo urbano industrial y la periferia regional del Centro de México enfrentaron cambios productivos, laborales y territoriales configurados por sus procesos de industrialización.



2.1 El núcleo urbano-industrial primario en vilo

En el plano productivo, el núcleo urbano-industrial enfrentó cambios en el crecimiento de su industria y en la productividad del trabajo. Con relación al primer aspecto, es evidente la desaceleración industrial del núcleo durante los años setenta, pues aún cuando el crecimiento medio anual de su producción manufacturera todavía fue significativo (de 6,0%), resultó ser inferior al crecimiento global de la economía mexicana (6,7%), de la región Centro (7,0%) y del propio núcleo (6,9%), así como al registrado por la industria manufacturera en el ámbito nacional (6,3%) y regional (6,4%) (Cuadro 1). Es evidente también que la desaceleración se expresó de manera diferencial dentro del núcleo, pues en el D.F. el crecimiento del PIB manufacturero fue de 5,3%, y en el Estado de México de 7,1%.


Un examen más detallado del crecimiento de la producción manufacturera por grupos industriales a través de la técnica de cambio y participación (Cuadro 2), nos permite precisar que la desaceleración del núcleo fue configurada principalmente por las industrias productoras de bienes de consumo inmediato, cuyas desventajas sectoriales y locales se dejaron sentir en el D.F. y en el Estado de México, aunque en el primer estado tuvieron mayor importancia. Si bien en este grupo de industrias resultó más evidente la desaceleración, es conveniente mencionar que el D.F. y el núcleo en su conjunto también presentaron desventajas competitivas locales en las industrias de bienes de consumo durable y de capital, así como en las de consumo intermedio. Sin embargo, tales desventajas fueron contrarrestadas por el crecimiento nacional de estos dos últimos grupos industriales y por el del conjunto de la industria manufacturera, situación que les permitió apuntalar el crecimiento del núcleo en los años setenta.


El crecimiento diferencial de la industria en el núcleo se encuentra relacionado a su vez con las variaciones geográficas y sectoriales de la productividad del trabajo. Con relación a las primeras, se aprecia que la productividad del trabajo en la industria manufacturera del núcleo registró una crecimiento ligeramente superior al nacional (3,4 vs. 3,3%) e igual al regional, no obstante que el dinamismo de su producción fue menor al de esos dos ámbitos. Al interior del núcleo el crecimiento de la productividad fue mayor en el D.F. (3,6%) que en el Estado de México (2,9%), debido al bajo crecimiento del empleo en el primer estado, como se verá enseguida. Por otro lado, se advierte que las variaciones en la productividad del trabajo por industrias contribuyeron a configurar el dinamismo de la aglomeración, pues entre 1970 y 1980 las de bienes de consumo intermedio tuvieron una tasa de crecimiento de 5,8%, las de bienes durables y de capital de 3,0%; y las de bienes de consumo inmediato de 1,7% (Cuadro 3).


La desaceleración industrial de la aglomeración urbana durante los años setenta se expresó con mayor claridad en el plano laboral, pues el crecimiento del empleo y las remuneraciones fue ostensiblemente menor que el del producto o la productividad del trabajo. Así, el personal ocupado promedio anual en la producción de manufacturas del núcleo registró una crecimiento medio anual de 2,5%, ubicándose por debajo de la tasa nacional (2,8%) y regional (2,9%). Además, como se esbozó arriba, el mayor dinamismo de la productividad del trabajo en el D.F. que en el Estado de México guarda una relación inversa con el crecimiento del empleo manufacturero, pues mientras que en la primera entidad el personal ocupado creció a una tasa media anual de 1,6% entre 1970 y 1980, en la segunda registró una tasa de 4,1%. Tales diferencias también pueden ilustrarse con el incremento neto del empleo manufacturero entre 1970 y 1980, pues mientras que la industria del Estado de México generó 118.202 puestos de trabajo, la del D.F. sólo creó 90.348 (Cuadro 4).


Por tipos de industrias, las de bienes durables y de capital registraron el mayor número de empleos generados con 115.090, de los cuales 45,6% se crearon en el D.F. y 54,4% en el Estado de México; le siguieron las industrias de bienes de consumo inmediato con la generación de 47.572 empleos, con 39% para el D.F. y 61% para el Estado de México; y al último se ubicaron las de bienes de consumo intermedio con la creación de 45.888 puestos de trabajo, de los cuales 42,2% fueron para el D.F. y 57,8% para el Estado de México.

Por otro lado, el crecimiento de las remuneraciones medias anuales en la industria manufacturera del núcleo, o más precisamente de su poder adquisitivo, muestra un patrón similar al del personal ocupado, pero con mayores síntomas de recesión, debido a que entre 1970 y 1980 tuvieron un crecimiento real de 1,8%, ubicándose por debajo del crecimiento nacional (2,2%) y regional (1,9%) de las manufacturas. El crecimiento de las remuneraciones fue todavía más bajo en el D.F., con 1,6%, en tanto que en el Estado de México fue de 2,0%.

Si además comparamos las remuneraciones de la industria manufacturera del D.F., del Estado de México y del núcleo, con las remuneraciones de la industria manufacturera nacional, resulta que en 1970 la mano de obra del D.F. y del Estado de México tenía, respectivamente, percepciones 11% y 22% más altas que el promedio nacional. Para 1980, el diferencial del primer estado se redujo a 4% y del segundo a 20%, por lo que la brecha entre las remuneraciones de ambas entidades se amplió aún más al finalizar la década. En general, las remuneraciones del núcleo disminuyeron en términos relativos la mayor capacidad adquisitiva que tenían respecto a las remuneraciones de la industria nacional, pues su diferencial pasó de 15% en 1970 a 10% en 1980, aunque en términos absolutos se elevaron (Cuadro 5).


Las remuneraciones tuvieron su crecimiento máximo en las industrias de bienes de consumo inmediato, con una tasa de 2,3%; después se ubicaron las de bienes durables y de capital, con 1,9%; y al último se posicionaron las de bienes intermedios con una tasa de 1,3%. Cabe señalar que este patrón de crecimiento de las remuneraciones por industrias, es inverso al que muestra la productividad del trabajo.

Finalmente, el nivel de concentración de la industria en el núcleo urbano-industrial disminuyó entre 1970 y 1980, pues su participación en el PIB y en el empleo manufacturero nacionales descendió de 49,4 a 48,2% en el primer caso, y de 45,8 a 44,4% en el segundo. Esto básicamente expresa lo acontecido en el D.F., cuya contribución al producto y al empleo manufacturero nacionales disminuyó de 32,1 a 29,4%, y de 31,3 a 27,9%, respectivamente. Por industrias se advierte la misma tendencia ya que la participación del núcleo en la producción nacional de bienes durables y de capital descendió de 65,5 a 60,8%; en la de bienes intermedios de 51,1 a 50,8%; y en la de bienes de consumo inmediato de 42,6 a 39,1% (Cuadros 1 y 4). Dado que estos descensos no implicaron el decrecimiento de la producción y el empleo manufactureros del núcleo, deben interpretarse como una tendencia de desconcentración relativa de la industria.

En suma, los cambios productivos, laborales y territoriales observados en el núcleo revelan que las industrias del D.F. frenaron sus requerimientos de mano de obra y produjeron un abaratamiento relativo de la fuerza de trabajo al crecer las remuneraciones por abajo de la tasa nacional. Este proceso seguramente permitió contener la desaceleración y la pérdida de competitividad de la industria manufacturera del núcleo durante los años setenta, así como mantener la productividad del trabajo ante la crisis de la industrialización sustitutiva de importaciones. Además, es evidente que el núcleo urbano-industrial no sólo perdió dinamismo sino también participación en la industria nacional, debido a que la disminución relativa del D.F. no fue compensada por los incrementos productivos y laborales del Estado de México. Hay que advertir, no obstante, que la pérdida de participación y la desaceleración del núcleo fueron más que compensadas por los estados de la periferia regional, como se muestra a continuación.

2.2 El auge industrial de la periferia regional A pesar de que la producción de manufacturas también mostró un crecimiento diferencial entre los estados de la periferia regional, debe destacarse que durante los años setenta todos ellos tuvieron como rasgo en común el tener un mayor dinamismo que la industria nacional (6,3%): Querétaro registró una tasa de crecimiento de 11,3%, Hidalgo de 10,5%, Tlaxcala de 9,1%, Morelos de 9,0% y Puebla de 8,2% (Cuadro 1).

El auge industrial de la periferia regional fue dirigido preponderantemente por la producción de bienes durables y de capital, que bajo el impulso de la inversión pública federal alcanzó su mayor dinamismo en el estado de Hidalgo, y en su modalidad de inversión extranjera en los estados de Puebla y Querétaro. Pero la producción de bienes de consumo inmediato también contribuyó al auge industrial de la periferia, a pesar de las desventajas derivadas de su bajo crecimiento en el ámbito nacional, que fueron neutralizadas por las condiciones locales favorables que imperaron en Querétaro y en menor grado en Puebla y Morelos. Del mismo modo, las industrias de bienes de consumo intermedio hicieron su aportación al auge industrial de Puebla y, en menor medida, al de Hidalgo (Cuadro 2).

Vista en conjunto, la periferia regional presentó ventajas competitivas locales para la producción industrial en los años setenta, a diferencia de lo que sucedió con el núcleo. El crecimiento de la productividad del trabajo en la periferia regional en general refuerza el argumento anterior, pues reportó una tasa de 4,2%, mayor a la del núcleo y el país. Sin embargo, el dato agregado no debe ocultar dos aspectos: primero, que en cifras absolutas la productividad de la periferia en las manufacturas fue inferior a la del país y el núcleo; y segundo, que entre los estados periféricos se presentaron variaciones importantes, pues Querétaro presentó una tasa de –0,1% y Tlaxcala de 0,8%, en tanto que Puebla, Hidalgo y Morelos se ubicaron por arriba del promedio nacional con 4,1, 6,6 y 7,5% (Cuadro 3).

Por industrias la productividad tuvo un dinamismo más homogéneo en la periferia que en el núcleo, dado que las de bienes de consumo inmediato reportaron una tasa de crecimiento de 4,1%, las de bienes intermedios de 3,8%, y las de bienes durables y de capital de 4,0%.

En el plano laboral, el avance de la industrialización en los ámbitos periféricos de la región Centro implicó un significativo crecimiento del empleo manufacturero, que contrastó con el bajo nivel de las remuneraciones al trabajo. Con relación al primer aspecto, el personal ocupado promedio anual en la industria manufacturera de la periferia reportó un crecimiento de 5,0%, que en términos absolutos significó la creación de 80.718 empleos entre 1970 y 1980. Estas cifras resultan significativas si recordamos que la tasa de crecimiento del núcleo fue de 2,5%, y que en el D.F se crearon 90.348 empleos en el mismo periodo.

Entre los estados periféricos Puebla fue el que generó más empleos en los años setenta, con 28.130; enseguida se ubicó Querétaro con 26.218; luego Hidalgo con 12.358; después Tlaxcala con 11.116; y al final Morelos con sólo 2.896. Estas cifras ayudan a entender la baja productividad del trabajo en Querétaro y Tlaxcala, y la alta productividad en Morelos.

Por grupos industriales el personal ocupado reportó su crecimiento máximo en bienes durables y de capital donde se abrieron 38.464 plazas, de las cuales el 84,4% se crearon en Puebla, Querétaro e Hidalgo. Le siguieron las industrias de bienes de consumo intermedio con la generación de 25.107 empleos, adjudicándose el 83,5% Puebla, Querétaro y Morelos. Y las industrias de bienes de consumo inmediato crearon 17.147 puestos de trabajo, de los cuales el 78,3% correspondieron a Querétaro y Tlaxcala (Cuadro 4).

Las remuneraciones medias anuales al personal ocupado representaron otra ventaja local para el avance del proceso de industrialización en la periferia, pues aunque los estados periféricos (salvo Hidalgo) tuvieron un crecimiento real superior al crecimiento nacional (2,2%) y del núcleo (1,8%), en cifras absolutas sus remuneraciones se ubicaron por debajo de las de la industria manufacturera nacional y del núcleo al inicio de la década. En otras palabras, Hidalgo fue el único estado con remuneraciones superiores al promedio nacional, aunque su ventaja se redujo de 26% en 1970 a 13% en 1980; en Morelos y Querétaro el diferencial de remuneraciones respecto al promedio nacional cambió en ese periodo de negativo a positivo, siendo en 1980 de 10% para Morelos y de 5% para Querétaro; y en Puebla y Tlaxcala las remuneraciones se mantuvieron por debajo del promedio nacional, aunque la diferencia se estrechó en el primer estado, en tanto que el segundo se distinguió por tener la mano de obra más barata de la región en 1980 (Cuadro 5).

Entre los diferentes grupos industriales las remuneraciones tuvieron el crecimiento más bajo en el de bienes de consumo inmediato, con una tasa de 1,3%, mientras que en la producción de bienes intermedios y de bienes durables y de capital presentaron un crecimiento muy similar, de 2,3 y 2,4%, respectivamente.

Por otro lado, con relación al nivel de concentración de la industria en la periferia regional, se advierte que este ámbito elevó su participación en el PIB manufacturero nacional de 6,9% en 1970 a 9,2% en 1980, y en el empleo de 7,9 a 9,8%. Esto también se aprecia por industrias ya que la periferia elevó su participación de 7,8 a 9,3% en el PIB nacional de bienes de consumo inmediato; de 4,1 a 6,0% en el de bienes intermedios; y de 10,0 a 14,6% en el de bienes durables y de capital. Tales cifras indican un proceso de expansión policéntrica de la industria hacia la periferia, que compensó la desaceleración y la menor participación del núcleo en la producción manufacturera nacional, y que permitió elevar la concentración de la industria en la región Centro, como lo indica el ascenso de su participación en el producto y en el empleo manufacturero nacionales, de 56,3 a 57,3% y de 53,8 a 54,2%, respectivamente (Cuadros 1 y 4).

La expansión territorial policéntrica de la industria hacia la periferia regional durante los años setenta, fue incentivada por el mayor dinamismo de la productividad del trabajo y por las remuneraciones más bajas en comparación con el núcleo. Aunque todos los estados elevaron su participación en la producción manufacturera nacional, Hidalgo fue el más favorecido y en menor grado Puebla y Querétaro. A su vez, las áreas más beneficiadas de estas entidades fueron sus principales ciudades, algunos municipios conurbados a ellas y otros en los que se impulsó la política de parques y ciudades industriales.

3. La crisis industrial de la región Centro, 1980-1988

La creciente inestabilidad económica de los años setenta desembocó en la "crisis de la deuda" al comienzo de los ochenta. A partir de entonces, el proceso de industrialización entró en una severa recesión pues entre 1980 y 1988 el PIB manufacturero nacional tuvo un crecimiento de 0,9%, marcando el inicio de la crisis en el ciclo de largo plazo de la industria.

Aunque la crisis de los ochenta tuvo sus raíces en el agotamiento de la industrialización sustitutiva de importaciones y en la fallida "administración de la abundancia" derivada del auge petrolero, los igualmente fallidos programas de ajuste que se aplicaron durante el gobierno de Miguel De la Madrid (1982-1988), el sexenio de crecimiento cero (Guillén, 1990), se encargaron de prolongarla y agravarla notablemente, al aplicar políticas monetarias y fiscales contractivas, así como una indiscriminada apertura y liberación comercial (Calva, 1995; Dussel, 1997; Rueda, 1998). En medio de esa larga y profunda recesión el núcleo urbano-industrial y la periferia de la región Centro enfrentaron nuevos cambios y rupturas en las condiciones productivas, laborales y territoriales que imperaron en los años setenta.

3.1 Desindustrialización del núcleo urbano-industrial primario El decrecimiento de la producción industrial del núcleo indica claramente su proceso de desindustrialización durante la crisis, y además muestra que la desaceleración de los años setenta resultó insignificante en comparación con la del periodo 1980-88, pues a lo largo de este último el PIB manufacturero presentó una tasa de -1,2%, que contrasta con el 6,0% del decenio anterior. La desindustrialización del núcleo se fraguó en el D.F., como lo indica la tasa negativa de su producción industrial (-2,5%), pues el Estado de México tuvo un modesto crecimiento de 0,6% (Cuadro 1). Pero veamos la anatomía de la desindustrialización por industrias.

La desindustrialización del núcleo afectó a todas las industrias, pero los impactos negativos sobre cada grupo fue diferencial. El caso más agudo se presentó en las industrias de bienes durables y de capital pues entre 1980 y 1988 su PIB registró una tasa de decrecimiento de -4,1%. Este grupo enfrentó desventajas sectoriales y locales de tal magnitud que configuraron un drástico proceso de desindustrialización en el D.F. y en el Estado de México. En una situación menos grave se situaron las industrias de bienes de consumo inmediato, cuya producción registró una tasa de –0,5%. Tales industrias reportaron un componente sectorial y regional negativos en el D.F., que se tradujeron en la retracción de su producción; sin embargo, en el caso del Estado de México las ventajas locales contrarrestaron a las desventajas sectoriales e impulsaron el crecimiento del producto. Por último, en las industrias de bienes de consumo intermedio la desindustrialización se expresó de manera moderada pues su PIB registró una tasa de –0,1%. Este grupo industrial fue el único cuyo crecimiento nacional fue mayor al de la industria manufacturera, por lo que el núcleo tuvo un componente sectorial positivo. En el caso del Estado de México las ventajas sectoriales anularon las desventajas locales y propiciaron el crecimiento del PIB; sin embargo, en el D.F. esto no fue posible por lo que la producción decreció (Cuadro 2).

De acuerdo con Ortiz (1994: 142-146), uno de los principales factores determinantes de la crisis de los años ochenta fue el descenso de la productividad del trabajo. Tal fenómeno puede constatarse claramente en el núcleo y permite aportar más elementos para entender y explicar su proceso de desindustrialización durante la crisis, ya que entre 1980 y 1988 la productividad del trabajo tuvo una tasa de -0,2%; pese a ello, esta caída fue inferior a la de la región Centro (-0,4%) y a la del país (-1,7%). Al interior del núcleo la productividad decreció por igual en el D.F. y en el Estado de México (-0,3%), disipándose la ventaja que tenía el primer estado sobre el segundo en el decenio anterior (Cuadro 3).

Por industrias, la productividad del trabajo retrocedió de forma más drástica en las de bienes durables y de capital al registrar un decrecimiento de -0,8%; luego en las de bienes de consumo intermedio con -0,5%; y las industrias menos afectadas en este rubro fueron las de bienes de consumo inmediato con una tasa de -0,1%.

En el plano laboral también se puede apreciar palmariamente el proceso de desindustrialización del núcleo. Así, mientras que en el ámbito nacional el personal ocupado en la industria manufacturera registró entre 1980 y 1988 una tasa de crecimiento de 2,6% (determinada en buena medida por el dinamismo del empleo maquilador en los estados de la frontera norte), en el núcleo registró un decrecimiento de -1,0%, que en cifras absolutas significó la eliminación de 72.975 empleos. Los recortes principalmente afectaron al D.F., cuyas industrias suprimieron 99.064 puestos de trabajo; es decir, más de los creados a lo largo de la década del setenta, por lo que el nivel de empleo en 1988 fue inferior al de 1970. Por el contrario, el Estado de México contribuyó a abatir la pérdida de fuentes de trabajo en el D.F. con la generación de 26.089 plazas, aunque su crecimiento (0,9%) se redujo notablemente respecto al del decenio anterior (4,1%).

Entre los diferentes grupos industriales se confirma que el de bienes durables y de capital fue el más afectado por la crisis debido a que perdió 74.847 empleos entre 1980 y 1988; los recortes tuvieron lugar tanto en el D.F. como en el Estado de México, aunque en la primera entidad se generó el 82% de las pérdidas y en la segunda sólo el 18%. Luego se ubicaron las industrias de bienes de consumo inmediato, con la pérdida de 9.702 puestos de trabajo, como saldo neto de la eliminación de 25.371 empleos en el D.F. y la generación de 15.667 en el Estado de México. Por último, las industrias de bienes de consumo intermedio generaron 11.574 puestos de trabajo, como resultado de la eliminación de 12.576 plazas en el D.F. y de la creación de 24.150 en el Estado de México (Cuadro 4). Estas cifras ilustran un importante cambio de los mercados laborales industriales del núcleo en comparación con los años setenta, y sustentan la argumentación que vincula la transformación de la dinámica migratoria del núcleo, con la crisis y la reestructuración productiva de los años ochenta (Chávez & Guadarrama, 2000).

Pero la crisis no se tradujo únicamente en la eliminación de empleos, sino también en la drástica desvalorización de la fuerza de trabajo. Este fenómeno puede ilustrarse al examinar las remuneraciones al personal ocupado en la industria manufacturera, cuya tasa de crecimiento en el núcleo fue de -5,2% entre 1980 y 1988. Sin embargo, debido a que el decrecimiento de las remuneraciones fue casi igual en el D.F. (-5,2%) y en el Estado de México (-5,4%), el diferencial con las remuneraciones medias de la industria manufacturera nacional no experimentó grandes cambios: en el D.F se elevó de 4 a 6% en el mismo periodo, en el Estado de México de 20 a 21%, y en el núcleo de 10 a 12%.

Por industrias, las remuneraciones al personal ocupado tuvieron su decrecimiento máximo en bienes de consumo inmediato con -6,0%, luego en bienes durables y de capital con -5,0%, y al último se ubicaron las de bienes intermedios con -4,7% (Cuadro 5).

Es indudable que durante la crisis de los años ochenta el núcleo transitó por un franco proceso de desindustrialización que se caracterizó por el decremento de la producción, de la productividad del trabajo y del empleo en la industria manufacturera. Todo ello se conjugó para que el nivel de concentración de la industria en el núcleo disminuyera, pues su participación en el PIB manufacturero nacional retrocedió de 48.2% en 1980 a 40.7% en 1988, y en el empleo de 44,4 a 33,4%. Por industrias también se advierte una importante reducción, ya que la contribución del núcleo en el PIB nacional de las industrias de bienes durables y de capital descendió de 60.8 a 45.8%; en la de bienes de consumo intermedio de 50,8 a 43,3%; y en la de bienes de consumo inmediato de 39,1 a 35,8% (Cuadros 1 y 4). Desde el punto de vista territorial, la desindustrialización del núcleo se tradujo en un proceso de desconcentración absoluta de la industria, proceso que se fraguó y configuró preponderantemente en el D.F., sobre todo en las delegaciones Cuauhtémoc, Gustavo A. Madero, Benito Juárez, Azcapotzalco y Alvaro Obregón. Sin embargo, también tuvo lugar en el Estado de México, principalmente en los municipios de Tlalnepantla, Tultitlán, Naucalpan y San Mateo Atenco (Mapa 2).


3.2 Bifurcación industrial y territorial de la periferia regional Durante la crisis de los ochenta la industria manufacturera de la periferia regional tuvo un crecimiento de 1,7%, superior al del país (0,9) y al del núcleo (-1,2). Sin embargo, entre los estados periféricos se pueden identificar dos patrones de crecimiento que muestran una clara bifurcación de sus trayectorias industriales. El primero comprendió a los estados de Puebla e Hidalgo e implicó un proceso de desindustrialización, debido a que su producción industrial enfrentó una retracción entre 1980 y 1988 al presentar tasas negativas de -1,4 y -0,8%, respectivamente. El segundo patrón contrarrestó al anterior y comprendió a Querétaro, Tlaxcala y Morelos, cuyas tasas de crecimiento fueron, respectivamente, de 6,7, 6,5 y 5,3%. Debe señalarse, no obstante, que entre 1980 y 1988 todos los estados periféricos registraron tasas de crecimiento de la producción industrial inferiores a las de los años setenta (Cuadro 1).

En general, la bifurcación de los estados periféricos se explica por el crecimiento diferencial de las propias industrias, pero también por las condiciones locales ventajosas o desventajosas que se constituyeron en cada uno de ellos para impulsar o frenar industrias específicas. Así, el proceso de desindustrialización de Hidalgo y Puebla se encuentra asociado con las notorias desventajas sectoriales y locales que en esos estados tuvieron las industrias de bienes de consumo durable y de capital, cuyo PIB registró tasas negativas de -7,5 y -1,2%, respectivamente; sin embargo, en el caso de Morelos las ventajas locales contrarrestaron las adversas condiciones nacionales que enfrentó este grupo industrial, propiciando un crecimiento del PIB de 8,5%. Del mismo modo, las industrias de bienes de consumo inmediato contribuyeron al proceso de desindustrialización de Puebla, con un decremento del PIB de -1,4%, que se derivó de las condiciones sectoriales y locales adversas, mientras que en Hidalgo las ventajas locales se tradujeron en un crecimiento del PIB de 5,4%. Por el contrario, las industrias de bienes de consumo intermedio fueron las más dinámicas de la periferia regional, con un crecimiento del PIB de 21,6% en Querétaro, de 11,9% en Morelos y de 12,2% en Tlaxcala, aunque de manera simultánea contribuyeron a la desindustrialización de Puebla, con una tasa de -3,1% (Cuadro 2).

La productividad del trabajo constata el panorama anterior, pues mientras que en Querétaro, Tlaxcala y Morelos reportó tasas de crecimiento de 4,0, 3,8 y 1,2%, respectivamente, en Puebla tuvo un decrecimiento de -4,2% y en Hidalgo de -1,2%. Cabe destacar que el dinamismo de la productividad del trabajo en los tres primeros estados también fue opuesto al del núcleo, al de la región Centro y al de la industria nacional.

Por industrias también se aprecia el impacto diferencial de la crisis, pues en bienes de consumo intermedio la productividad presentó un crecimiento de 2,6%, en bienes durables y de capital de -1,3%, y en bienes de consumo inmediato de -3,0% (Cuadro 3).

Aparentemente los estados periféricos de la región Centro resintieron de manera menos drástica los efectos de la crisis en el plano laboral, pues el personal ocupado en la industria manufacturera registró una tasa de crecimiento de 2,5%, superior a la del PIB manufacturero (1,7%). No obstante, ese ritmo de crecimiento representó la mitad del de los años setenta y únicamente significó la creación de 46.160 empleos, es decir, 57% de los creados en esa década. De los empleos generados entre 1980 y 1988 el 49.9% se crearon en Puebla, el 19,7% en Querétaro, 17,2% en Morelos, 10,3% en Tlaxcala y 2,9% en Hidalgo (Cuadro 4).

Entre los diferentes grupos industriales el empleo tuvo su crecimiento máximo en bienes de consumo intermedio con la creación de 17.955 plazas, de las cuales 83,5% se crearon en Puebla, Querétaro e Hidalgo. Luego se ubicaron las industrias de bienes de consumo inmediato con 28.374 empleos, aportando el 82,4% Puebla, Morelos e Hidalgo. Finalmente, y contrastando con lo observado en los años setenta, las industrias de bienes durables y de capital perdieron 169 puestos de trabajo debido a la eliminación de 6.810 plazas en Hidalgo y a la generación de 6.641 en Querétaro, Tlaxcala, Puebla y Morelos.

Por otro lado, las remuneraciones al personal ocupado en la industria de la periferia regional experimentaron una importante contracción de su capacidad adquisitiva entre 1980 y 1988, al registrar una tasa de decrecimiento de –4,1%. La desvalorización del trabajo industrial fue particularmente intensa en Puebla e Hidalgo, cuyas tasas fueron de -5,0% y -3,9%, respectivamente; pero la desvalorización también tuvo lugar en las entidades que reportaron un mayor dinamismo industrial, como Morelos, Querétaro y Tlaxcala que respectivamente registraron tasas de –3,7%, -3,5% y -1,2%. El decrecimiento de las remuneraciones en estos tres estados cobra mayor relevancia si recordamos que la productividad del trabajo alcanzó crecimientos considerables durante la crisis (Cuadro 5).

Finalmente, durante la crisis siguió operando la expansión policéntrica de la industria hacia la periferia regional, pero de forma menos intensa que en los años setenta y de manera más selectiva. Así, entre 1980 y 1988, este ámbito elevó su participación en el PIB manufacturero nacional de 9,2 a 9,8%, y en el empleo se mantuvo casi igual al pasar de 9,8 a 9,7%. La participación de la periferia también se elevó en el PIB nacional de las industrias de bienes de consumo intermedio de 6,0 a 8,6%, pero en las de bienes de consumo inmediato disminuyó de 9,3 a 9,1%, y en las de bienes durables y de capital de 14,6 a 13,8% (Cuadros 1 y 4).

El freno de la expansión industrial hacia la periferia regional se explica por la recesión de aquellos estados que tenían la impronta de la industrialización sustitutiva de importaciones y de los proyectos industriales impulsados por la inversión pública federal, como Puebla e Hidalgo (Palacios, 1988). Al igual que el núcleo, estos estados transitaron por un proceso de desindustrialización durante los años ochenta y sus principales áreas perdedoras fueron, en el caso de Puebla, algunos municipios de la zona metropolitana de la capital como Cuautlancingo, San Miguel Xoxtla y Juan C. Bonilla. En el caso de Hidalgo la desindustrialización se fraguó particularmente en el municipio de Tepeapulco –donde se ubica la Ciudad Industrial Fray Bernardino Sahagún–, pero también tuvo lugar en Tizayuca, Pachuca y Mineral de la Reforma.

En cambio, los estados periféricos que lograron mantener un alto dinamismo industrial en medio de las adversas condiciones regionales y nacionales de los años ochenta, fueron Querétaro, Morelos y Tlaxcala. En la primera entidad principalmente cobró relevancia la industrialización de San Juan del Río y Corregidora, pues la ciudad capital parece haberse mantenido estancada. En Morelos principalmente destacó el avance industrial de Jiutepec, donde se asienta la Ciudad Industrial del Valle de Cuernavaca (CIVAC), y en menor grado de Zacatepec, Cuautla y Cuernavaca. Finalmente, en Tlaxcala los municipios de Tzompantepec, Apizaco, Tepetitla de Lardizabal, Tetla y Xicotzingo fueron los principales espacios en los que se intensificó la industrialización (Mapa 2).

Debe subrayarse, sin embargo, que entre 1980 y 1988 los estados periféricos ganadores no lograron contrarrestar la desindustrialización de la aglomeración urbana, ni tampoco de Puebla e Hidalgo, pues la región Centro redujo su participación en el PIB manufacturero nacional de 57,3 a 50,6%, y en el empleo de 54,2 a 43,0%, expresando con ello la desconcentración absoluta de la industria en toda la región.

4. Reactivación industrial del Centro de México, 1988-1993

La industria nacional transitó por un proceso de reactivación durante el salinismo como lo indica el crecimiento del PIB manufacturero de 3,7% entre 1988 y 1993. Sin embargo, es necesario advertir que este periodo se inscribe en una recesión de largo plazo (gráficas 1 y 2), por lo que debe subrayarse la relatividad del proceso de reactivación; más aún si se considera la drástica crisis que en 1995 enfrentaron la industria y la economía nacional.

Durante el salinismo se intensificaron los programas de ajuste del sexenio anterior, principalmente la privatización de empresas estatales bajo el argumento de reasignar eficientemente los factores de la producción, así como la liberación de las importaciones para tener acceso a insumos baratos que favorecerían las exportaciones de manufacturas. Pero también se aplicaron nuevas estrategias: la reducción de la inflación y del déficit financiero, utilizando como ancla el tipo de cambio; la estabilización del "entorno macroeconómico" a través de las variables anteriores, que se suponía "automáticamente" induciría el cambio microeconómico, por lo que se abandonaron las políticas sectoriales que pudieran "distorsionarlo"; la contención salarial a través de los pactos económicos que anualmente firmaban las cúpulas de los sectores obrero, patronal y gubernamental; la captación de inversión extranjera como principal fuente de financiamiento; y la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) (Calva, 1995; Dussel, 1997; Rueda, 1998).

En este contexto de creciente desregulación económica, apertura comercial e inversión extranjera, asociado a la consolidación del neoliberalismo en México y en el mundo, el núcleo urbano industrial y la periferia de la región Centro enfrentaron nuevos cambios en sus procesos de industrialización, cambios que en más de un sentido nos remiten a examinar el papel del capital extranjero en el proceso de reactivación industrial de la región Centro de México.

4.1 Reindustrialización del núcleo, capital externo y polarización industrial Entre 1988 y 1993 la producción manufacturera del núcleo muestra un cambio significativo respecto al periodo 1980-1988, pues tuvo un crecimiento de 4,5%, que fue casi igual al regional (4,6%) y mayor al nacional (3,7%). La reactivación principalmente la generaron las empresas manufactureras del D.F. pues su producción tuvo un crecimiento de 5,2%, contra 3,5% del Estado de México (Cuadro 1). Si entre esas empresas distinguimos además a las extranjeras de las nacionales, resulta que la producción de las primeras tuvo un crecimiento de 12,7% en el D.F. y de 5,0% en el Estado de México, mientras que las empresas nacionales reportaron una tasa de 1,4 y 2,6%, respectivamente. Estas diferencias explican que las empresas extranjeras hayan generado el 73% del monto total en que se incrementó el PIB manufacturero del núcleo en el periodo de referencia, y las nacionales sólo el 27% restante.

Todo indica que la reactivación del núcleo se basó principalmente en las industrias de bienes durables y de capital (en las que la crisis generó mayores estragos), pues su PIB registró un crecimiento de 9,3% en el D.F. y de 8,0% en el Estado de México, a consecuencia del mayor crecimiento de este grupo en comparación con la industria manufacturera nacional, pero también por las ventajas competitivas del D.F. respecto a otras regiones del país donde se producen estos bienes, situación que contrastó con la de los años setenta y ochenta, cuando el estado tuvo desventajas locales. De manera similar, las industrias de bienes de consumo inmediato apuntalaron la reactivación del núcleo, en particular las emplazadas en el D.F. cuya producción registró un crecimiento de 5,2% contra 2,4% en el Estado de México; el primer estado presentó ventajas competitivas en estas industrias y el segundo desventajas, configurando así un escenario opuesto al que prevaleció durante la crisis. Aunque con variaciones, el fenómeno se repite en la producción de bienes intermedios, cuyo crecimiento resultó ser el más bajo (con tasas de 3,2% en el D.F. y de 1,7% en el Estado de México), pues el D.F. destacó por sus ventajas locales y el Estado de México por sus desventajas, situación inversa a la de los años setenta (Cuadro 2).

La productividad del trabajo aporta más elementos para entender la reactivación industrial del núcleo, así como la variación de las ventajas y las desventajas locales, pues reportó una tasa de crecimiento de 3,3% en la industria manufacturera, superior a la tasa de la región Centro (2,1%) y a la del país (-0,5%). Pero el crecimiento de la productividad al interior del núcleo también evidencia las ventajas del D.F. sobre el Estado de México que se referían arriba, ya que la tasa para el primer estado fue de 5,2%, mientras que para el segundo sólo de 1,0%. Estas cifras indican la existencia de dinámicas divergentes al interior del núcleo, pero también entre el núcleo y el país durante la fase de reactivación (Cuadro 3).

Estas divergencias tienen que ver con los diferenciales en la productividad del trabajo de las empresas extranjeras y nacionales, pues la tasa de crecimiento para las primeras fue de 9,0% en el D.F. y de 6,6% en el Estado de México, contra 2,0 y -1,0% de las nacionales. Además, la brecha entre este tipo de empresas dentro del núcleo se aprecia en la relación que guarda su productividad con la media de la industria nacional, pues mientras que en las extranjeras fue 3,4 veces más alta, en las nacionales fue ligeramente superior a ese nivel en 1993.

A su vez, el crecimiento de la productividad por industrias confirma el liderazgo que tuvieron las de bienes durables y de capital, al presentar una tasa de 8,0%; luego siguieron las industrias de bienes de consumo inmediato con una tasa de 2,2%; y al último se ubicaron las de bienes de consumo intermedio con una tasa de crecimiento de 1,6%.

En términos laborales la reactivación del núcleo fue exigua, ya que el personal ocupado en las manufactureras creció a una tasa de 1,1%, inferior al crecimiento de la región Centro (2,4%) y del país (4,2%). Esa tasa significó la creación de 51.499 empleos entre 1988 y 1993, de los cuales solamente 951 se generaron en el D.F. y 50.548 en el Estado de México. Tales cifras indican que la reactivación del D.F. no implicó la generación de nuevos empleos, pues la oferta laboral de la industria manufacturera en 1993 fue casi igual a la de 1988, e inferior a la de 1970 (Cuadro 4).

Además, si diferenciamos el crecimiento del empleo según el origen de las empresas, resulta que las extranjeras sólo crearon 6.277 plazas, recayendo totalmente en las del D.F. (12.420), pues las del Estado de México recortaron 6.143. En el caso de las empresas nacionales se advierte la situación inversa, ya que los 45.222 empleos que generaron fueron resultado de la apertura de 56.691 plazas en las del Estado de México, y del recorte de 11.469 en las del D.F.

El panorama por industrias indica que en bienes de consumo inmediato se generaron 28.102 empleos, como resultado de la apertura de 30.587 plazas en el Estado de México y del recorte de 2.485 en el D.F; luego se ubicaron bienes de consumo intermedio con la creación de 16.082 plazas, de las cuales 5.141 fueron para el D.F. y 10.941 para el Estado de México; y las de bienes durables y de capital generaron el menor número de empleos, con 7.315, saldo de la creación de 9.020 puestos de trabajo en el Estado de México y del recorte de 1.705 en el D.F.

A diferencia de los años setenta, en la fase de reactivación las remuneraciones tuvieron un mayor dinamismo que el empleo, con un crecimiento de 5,4% en el núcleo, de 5,9% en el D.F. y de 4,6% en el Estado de México, superior en todos los casos a la tasa nacional (2,9%). Si comparamos además las remuneraciones de las empresas extranjeras y nacionales, resulta que las primeras tuvieron una tasa de crecimiento de 6,5% en el D.F. y de 7,0% en el Estado de México; contra 4,8 y 4,4% de las segundas. Pero la brecha entre las remuneraciones de estos dos conjuntos de empresas dentro del núcleo se aprecia mejor al comparar los ingresos medios anuales per cápita en 1993, ya que en las extranjeras fueron de 9,035 dólares y en las nacionales de 4.171.

Además, entre 1988 y 1993, las percepciones del personal ocupado en los tres ámbitos referidos incrementaron la ventaja que tenían respecto a las remuneraciones medias de la industria manufacturera nacional: en el núcleo de 12 a 26%; en el D.F. de 6 a 22%; y en el Estado de México de 21 a 31%. Sin embargo, hay que subrayar que la recuperación del poder adquisitivo de las remuneraciones fue parcial, pues el nivel que alcanzaron en 1993 en todos los espacios y grupos industriales considerados, fue inferior al de 1980 y muy similar al de 1970, situación que es inversa en el caso de la productividad del trabajo (Cuadro 5).

Entre los diferentes grupos industriales las remuneraciones alcanzaron su crecimiento máximo en bienes de consumo durable y de capital, con una tasa de 6%, luego en bienes de consumo intermedio con 5,4%, y al último se ubicaron bienes de consumo inmediato con 4,9%.

Por último, entre 1988 y 1993 el nivel de concentración de la industria se elevó en el núcleo urbano-industrial al repuntar su participación en el PIB manufacturero nacional de 40,7 a 42,3%, como resultado del ascenso en la contribución del D.F. de 22,3 a 24%, pues el Estado de México la redujo de 18,4 a 18,2%, invirtiéndose así el escenario de los setenta. Las industrias de bienes de consumo inmediato y las de bienes durables y de capital impulsaron este repunte, ya que el núcleo elevó su participación en el PIB nacional de esos grupos industriales, de 35,8 a 38,3%, y de 45,8 a 47,7%, respectivamente. En cambio, el núcleo tuvo una leve retracción en la producción de bienes intermedios, de 43,3% a 43%, y en el empleo manufacturero nacional también, aunque más notoria, de 33,4% a 28,7% (Cuadros 1 y 4).

Lo anterior indica que durante la fase de reactivación operaron de manera simultánea procesos de reconcentración de la producción y de desconcentración relativa del empleo en el núcleo, dando como resultado el incremento de la productividad y la competitividad de su industria. No obstante, el incremento de la productividad industrial del núcleo –y particularmente del D.F–, se sustentó en el estancamiento del empleo, por lo que su reactivación industrial lejos de disminuir las inequidades seculares ahondadas por la crisis, acabó reforzándolas con las dinámicas ostensiblemente divergentes del capital externo y del capital nacional.

Las expresiones territoriales de los cambios descritos han sido la fragmentación, la diferenciación y las divergencias del crecimiento industrial dentro del núcleo. El caso del D.F. es un buen ejemplo de ello, pues ahí han coexistido al menos cuatro trayectorias del crecimiento industrial en las últimas décadas: 1) la consolidación industrial de las delegaciones Coyoacán y Xochimilco entre 1980 y 1993; 2) la desindustrialización de las delegaciones Gustavo A. Madero, Venustiano Carranza, Iztapalapa y Magdalena Contreras desde 1980 hasta 1993; 3) la desindustrialización de las delegaciones Tlalpan y Tlahuac entre 1988 y 1993, y no antes; y 4) la reindustrialización entre 1988 y 1993 de las delegaciones Azcapotzalco, Cuajimalpa, Iztacalco, Alvaro Obregón, Benito Juárez, Cuauthémoc y Miguel Hidalgo, que se desindustrializaron durante la crisis de los años ochenta (Mapas 2, 3 y 4).



4.2 Reactivación y reestructuración polarizada de la periferia regional Entre 1988 y 1993 el PIB manufacturero de la periferia tuvo un crecimiento de 5,2%, mayor al del núcleo (4,5%) y el país (3,7%). No obstante, entre los estados periféricos se aprecian diferencias, pues el crecimiento de la producción de Morelos, Puebla y Tlaxcala fue superior al nacional, al registrar tasas de 8,0, 6,3 y 5,1%, respectivamente; en cambio, Hidalgo y Querétaro registraron tasas inferiores a ese nivel, con 3,1% y 3,2%, respectivamente (Cuadro 1).

Si comparamos el crecimiento industrial de la periferia según el origen de las empresas, podemos advertir además una situación opuesta a la que imperó en el núcleo, y más específicamente en el D.F., debido a que la producción de las empresas de origen nacional tuvo un crecimiento de 6,6% y de las extranjeras de 2,1%. Esta diferencia es aún más evidente por estados pues en Hidalgo tuvieron un crecimiento, respectivamente, de 4,3 y de –5,7%; en Tlaxcala de 8,6 y –5,3%; en Puebla de 10,2 y 0,6%; en Querétaro de 4,6 y 1,5%; y el único estado donde las empresas nacionales crecieron menos que las extranjeras fue Morelos, con 5,2 y 19,3%. No obstante el bajo dinamismo de las empresas extranjeras de la periferia, es importante mencionar que en Querétaro generaron el 44% del PIB manufacturero en 1993; en Puebla el 34,2%; en Morelos el 26,3%; en Tlaxcala el 18,1% y en Hidalgo solamente el 8,7%.

Al igual que en el núcleo, la reactivación industrial de la periferia regional fue generada principalmente por las industrias de bienes durables y de capital de los estados de Morelos y Puebla, pues su producción tuvo tasas de crecimiento de 17,9% y de 14,2%, respectivamente, como resultado de las ventajas competitivas locales que desarrollaron en estas industrias. Por su parte, las industrias de bienes de consumo intermedio presentaron dos cambios en el periodo de reactivación respecto a las fases de auge y crisis: primero, su crecimiento fue inferior al de la industria manufacturera mexicana, lo que se tradujo en desventajas sectoriales para todos los estados; y segundo, las ventajas locales para producir estos bienes disminuyeron notoriamente, y sólo en Puebla y Tlaxcala contrarrestaron a las desventajas sectoriales, impulsando crecimientos del PIB del 5,8% y del 8,2%, respectivamente. Finalmente, el grupo en el que menos incidió el proceso de reactivación fue en bienes de consumo inmediato, pues su crecimiento por debajo de la industria nacional en todas las fases del ciclo indica una desventaja estructural que se sumó a las desventajas competitivas locales de todos los estados periféricos para producir estos bienes, contrastando con las ventajas locales que prevalecieron en el núcleo y más específicamente en el D.F. (Cuadro 2).

En suma, la industria de la periferia regional, como la del núcleo, se reactivó entre 1988 y 1993. Sin embargo, aunque la periferia mantuvo las ventajas locales para la producción industrial de las fases previas, esas ventajas mostraron las mismas características focalizadas de los años ochenta, aunque con algunos cambios sectoriales y geográficos. En el primer sentido, el dinamismo que tuvieron las industrias de bienes de consumo intermedio durante la crisis se trasladó a las de bienes durables y de capital en la fase de reactivación. Desde el punto de vista territorial, el liderazgo industrial que alcanzó Querétaro en el periodo de crisis (que justamente se basó en las industrias de bienes de consumo intermedio) se desplazó a Puebla, debido a la consolidación de las industrias de bienes durables, fenómeno que también tuvo lugar en Morelos, de manera tal que ambos estados fueron los más beneficiados por el crecimiento industrial del periodo, pues Tlaxcala resultó afectado por el mismo proceso descrito para Querétaro, si bien de forma menos drástica, e Hidalgo experimentó una débil reactivación que no le permitió revertir los estragos heredados por la desindustrialización de los años ochenta.

El crecimiento de la productividad del trabajo ilustra de forma más clara la polarización de las ventajas sectoriales y territoriales durante la fase de reactivación, ya que sólo Morelos presentó una tasa de 2,4%, mientras que el resto de los estados tuvo tasas negativas. Además, en esta fase, la periferia regional tuvo una clara desventaja respecto al núcleo, pues mientras que en el primer ámbito la productividad del trabajo registró una tasa de –1,1%, en el segundo fue de 3,3%, invirtiéndose de este modo la situación observada en los años setenta (Cuadro 3).

El decrecimiento de la productividad del trabajo en la industria de la periferia regional se presentó tanto en las empresas nacionales (-0,6%) como extranjeras (-0,2%). Entre los estados periféricos las empresas nacionales alcanzaron su máximo dinamismo en Tlaxcala (1,8%) y Puebla (1,3%), y el resto de entidades presentó tasas negativas. A su vez, las empresas extranjeras tuvieron tasas positivas en Morelos (14,2%) y Querétaro (0,9%), y negativas en los otros estados. No obstante que las empresas extranjeras de la periferia registraron decrementos en la productividad del trabajo, el nivel de ésta duplicó al de las empresas nacionales, aunque también es importante destacar que fue inferior al de las empresas extranjeras del núcleo.

Entre los diferentes grupos industriales también es evidente el liderazgo que tuvieron las industrias de bienes durables y de capital, al registrar una tasa de crecimiento de la productividad del trabajo de 6,3%, que contrasta con el –5,2% de las industrias de bienes de consumo inmediato, y con el –2,4% de las de bienes de consumo intermedio. Cabe destacar asimismo que todos los estados periféricos registraron tasas positivas en bienes durables y de capital, y negativas en los otros dos grupos industriales.

La reactivación de la periferia alcanzó su máxima expresión en el plano laboral, particularmente en la generación de empleos, pues entre 1988 y 1993 el personal ocupado en las manufacturas creció más rápido que su producción (6,3% vs. 5,2%), y también más rápido que el empleo manufacturero nacional (4,2%) y del núcleo (1,1%). Este crecimiento significó la creación de 92.148 empleos, es decir, 82,3% más de los creados por la industria del núcleo en el mismo periodo, y 14,2% más de los generados por la industria de la periferia durante los años setenta. De los empleos creados 54,4% correspondieron a Puebla, 14,1% a Hidalgo, 12,6% a Querétaro, 9,8% a Morelos y 9,0% a Tlaxcala (Cuadro 4).

Sin embargo, al crecimiento del empleo manufacturero contribuyeron marginalmente las empresas extranjeras, pues sólo generaron 5.707 plazas, concentrando Puebla y Morelos el 85% de éstas. Por el contrario, las empresas nacionales crearon 86.441 puestos de trabajo, de los cuales 83% se crearon en Puebla, Hidalgo y Querétaro.

Por industrias, el crecimiento del empleo en la periferia registró el mismo patrón que en el núcleo. Las de bienes de consumo inmediato generaron 52.154 empleos, de los cuales 75% se crearon en Puebla e Hidalgo. Enseguida se ubicaron las de bienes de consumo intermedio, con 26.209 puestos de trabajo, concentrándose el 81,4% en Puebla, Tlaxcala y Querétaro. La última posición la ocuparon las industrias de bienes durables y de capital (las primeras por el crecimiento de su productividad), con 13.785 empleos, producto de la eliminación de 2.396 plazas en Hidalgo y de la apertura de 16.181 en el resto de los estados.

Del panorama anterior se deriva que a partir de la crisis, pero de manera más notoria durante la fase de reactivación, la industria manufacturera de la periferia regional superó a la del núcleo en lo que a generación de nuevas fuentes de empleo se refiere. Sin embargo, el nulo crecimiento de las remuneraciones en la industria de la periferia contrastó de manera significativa con la tasa del núcleo (5,4%) y del país (2,9%). Por estados, Hidalgo presentó un decrecimiento de -1,7% y Puebla de -1,5%; en tanto que Morelos, Tlaxcala y Querétaro tuvieron un crecimiento real en las percepciones de 0,7, 1,3 y 4,0%, respectivamente.

El estancamiento de las remuneraciones en la industria de la periferia regional básicamente lo configuraron las empresas nacionales con un crecimiento de 0,1%, pues en las extranjeras fue de 2,3%. Las remuneraciones de las empresas nacionales crecieron en Querétaro (5,8%) y Tlaxcala (0,1%), y las otras entidades tuvieron decrementos. En cambio, las remuneraciones de las empresas extranjeras presentaron tasas positivas en todos los estados, principalmente en Tlaxcala (9,0%), Morelos (5,1%) y Querétaro (3,1%).

Las tasas anteriores ayudan a entender por qué únicamente las remuneraciones de la industria de Querétaro ampliaron la ventaja que tenían respecto a las remuneraciones medias de la industria nacional, de 24% en 1988 a 31% en 1993. En el resto de estados se advierte la situación contraria, si bien es posible distinguir entre aquéllos cuyas remuneraciones se mantuvieron por arriba o por abajo de la media nacional: en el primer caso se encuentran Morelos e Hidalgo, cuya ventaja disminuyó, respectivamente, de 28 a 15%, y de 29% a 3%; en el segundo caso se encuentran Puebla y Tlaxcala ya que sus percepciones se redujeron todavía más respecto a las de la industria nacional, en una proporción de -6% a -24%, y de -9% a -16%, respectivamente. Este también fue el caso de la periferia regional, pues la ventaja de 9% que tenía en 1988 se tornó desventaja en 1993 (-5%) (Cuadro 5).

De igual forma, el crecimiento de las remuneraciones por industrias ilustra el bajo impacto de la reactivación en este rubro, pues las de bienes de consumo inmediato reportaron una tasa de 1,0%, las de bienes de consumo intermedio de 0,9%, y las de bienes durables y de capital, cuyo crecimiento de la productividad fue bastante considerable, de -0,5%.

Es evidente que este impasse de las remuneraciones en la industria de la periferia generó una mayor desvalorización de la fuerza de trabajo y un proceso de polarización en dos sentidos. Por un lado, entre las empresas extranjeras y nacionales de la periferia, pues mientras que en 1988 las remuneraciones anuales per cápita de las primeras fueron 2,3 veces mayores a las de las segundas, en 1993 la diferencia se amplió a 2,6 veces. Y por otro, entre las empresas del núcleo y de la periferia regional, tanto nacionales como extranjeras. Así mientras que las remuneraciones de las firmas nacionales localizadas en la periferia ampliaron su desventaja respecto a las remuneraciones medias de la industria nacional, de -13% en 1988 a –24% en 1993, las del núcleo tuvieron una ventaja de 5% en el último año. Entre las empresas extranjeras destaca que en 1988 las remuneraciones de las ubicadas en la periferia eran mayores a las del núcleo (6.903 vs. 6.466 dólares), mientras que para 1993 se invirtió la situación (7.741 vs. 9.035 dólares).

Finalmente, entre 1988 y 1993 siguió operando la expansión policéntrica de la industria hacia la periferia regional aunque de manera lenta, como lo indica el incremento de su participación en el PIB manufacturero nacional de 9,8 a 10,5%, y en el empleo de 9,7 a 10,7%. La expansión la impulsaron las industrias de bienes de consumo intermedio y las de bienes durables y de capital, ya que la contribución de la periferia en el PIB nacional de esos grupos ascendió de 8,6 a 9,3%, y de 13,8 a 15,4%, respectivamente; esto permitió sostener la evolución observada desde los años setenta en el primer grupo, y recuperar la participación perdida durante la crisis en el segundo. Por el contrario, la periferia redujo su contribución en el PIB nacional de las industrias de bienes de consumo inmediato de 9,1 a 8,8%, sosteniéndose la tendencia que imperó durante la crisis (Cuadros 1 y 4).

Sin embargo, la expansión industrial hacia la periferia regional se sustentó en un mayor crecimiento del empleo que de la producción manufacturera, generando por lo tanto el descenso de la productividad y la competitividad. Esto explica, al menos en parte, que la expansión industrial hacia este ámbito haya sido casi igual a la que se presenció en la fase de crisis.

Cabe reiterar que el crecimiento industrial durante la fase de reactivación básicamente benefició a los estados de Puebla y Morelos. En el primer estado el área más favorecida fue la propia zona metropolitana de la capital, así como la ciudad de Tehuacán, mientras que en Morelos la reactivación favoreció a Cuernavaca y Cuautla, ya que Jiutepec, el principal polo industrial del estado, redujo levemente su índice de industrialización y Zacatepec también, aunque de forma más notoria.

En cambio, la industria de Querétaro y Tlaxcala se desaceleró y la de Hidalgo tuvo una incipiente reactivación que no le permitió recuperar lo perdido durante la crisis. En el estado de Querétaro, San Juan del Río y la capital fueron los espacios más beneficiadas por el crecimiento industrial, aunque varios municipios aledaños desarrollaron procesos embrionarios de industrialización. El crecimiento industrial de Tlaxcala también benefició algunos municipios de la zona metropolitana de la capital, tales como Chiautempan y Teolocholco, mientras que la débil reactivación de Hidalgo fue impulsada por la zona metropolitana de Pachuca y por Tizayuca, pues Tepeapulco se mantuvo estancado y Tula de Allende experimentó un significativo retroceso en su índice de industrialización (Mapa 3).

En suma, entre 1988 y 1993 la periferia regional y principalmente el núcleo impulsaron la reconcentración de la producción industrial en la región Centro, como lo indica el ascenso de su participación en el PIB manufacturero nacional, de 50,6% a 52,8%; aunque de manera simultánea operó la desconcentración relativa del empleo, como lo muestra el descenso de su participación en el empleo manufacturero nacional de 43% a 39,4%.

5. El retorno de la crisis, 1993-1996

Después de la efímera reactivación que tuvo lugar durante el salinismo y de las falsas expectativas que se generaron en torno a la inserción del país al primer mundo, vía la integración a la OCDE y la firma del TLCAN con Estados Unidos y Canadá, la economía mexicana entró nuevamente en una fase recesiva al registrar un crecimiento medio anual de 1% entre 1993 y 1996 (INEGI, 1999). La desaceleración económica de este periodo estuvo marcada ampliamente por el colapso económico de 1995, cuando el PIB nacional registró un decrecimiento de -6,2%.

Paradójicamente, la industria fue menos vulnerable a esta crisis ya que de 1993 a 1996 la producción manufacturera nacional tuvo un crecimiento de 3,2%, apenas ligeramente inferior a la tasa del periodo 1988-1993 (3,7%) y mayor a la registrada entre 1980 y 1988 (0,9%). Pese a ello, el retorno de la crisis trastocó una vez más la trayectoria industrial de los ámbitos centrales y periféricos de la región Centro.

5.1 Desaceleración y recesión industrial del núcleo La reactivación por la que transitó la industria del núcleo entre 1988 y 1993 se disipó entre 1993 y 1996, como lo indica el crecimiento del PIB manufacturero de 1,5%. No obstante, es importante señalar que a diferencia de la crisis del periodo 1980-1988, el núcleo no enfrentó un proceso generalizado de desindustrialización, pero a semejanza de aquélla, la recesión se sintió de manera más aguda en el D.F., debido a que la tasa de crecimiento de su producción manufacturera fue de 1%, mientras que en el Estado de México fue de 2,2% (Cuadro 1).

Con relación al crecimiento de las diferentes industrias del núcleo, se advierte que la crisis tuvo sus efectos más adversos en las industrias de bienes de consumo intermedio, debido a que su PIB presentó una tasa de decrecimiento de -0,5% entre 1993 y 1996. Lo anterior se derivó del menor dinamismo que tuvieron estas industrias respecto a la industria manufacturera nacional y de la pérdida de competitividad del núcleo respecto a otras regiones del país, como lo indican los componentes sectorial y regional. Las desventajas sectoriales y regionales tuvieron bastante peso en el D.F. al grado de ocasionar su desindustrialización en este tipo de industrias y de propagar la misma tendencia al núcleo; sin embargo, en el Estado de México no alcanzaron las mismas dimensiones ya que estas industrias si crecieron, aunque levemente (Cuadro 2).

La crisis de mediados de los noventa también minó notoriamente el dinamismo de las industrias de bienes de consumo inmediato en el núcleo, pues entre 1993 y 1996 el crecimiento medio anual de su PIB fue de 0,5%. Al igual que en todas las fases del ciclo, estas industrias reportaron una desventaja estructural derivada de su menor dinamismo respecto de la industria nacional; además, las ventajas competitivas que había desarrollado el núcleo durante la fase de reactivación se erosionaron con la crisis, como lo indica el signo del componente regional. Las desventajas sectoriales y regionales se presentaron en el D.F. y en el Estado de México, pero con pesos específicos diferentes, pues en la primera entidad generaron su desindustrialización y en la segunda no anularon el crecimiento derivado del dinamismo de la industria nacional.

Las industrias de bienes durables y de capital resultaron ser las menos afectadas por la crisis, aunque su producción también se desaceleró en relación al periodo de reactivación, al reportar un crecimiento medio anual de 5,8% entre 1993 y 1996. Este grupo fue el único cuyo crecimiento nacional fue mayor al de la industria manufacturera, por lo que el núcleo tuvo ventajas sectoriales. Además, el D.F. incrementó notablemente su competitividad en la producción de este tipo de bienes, consolidándose de este modo la tendencia observada desde el periodo de reactivación; no obstante, tal situación contrastó con lo ocurrido en el Estado de México, donde las industrias de bienes durables perdieron competitividad.

Por otro lado, el nivel de concentración de la industria en el núcleo disminuyó nuevamente con la irrupción de la crisis, al pasar su participación en el PIB manufacturero nacional de 42,3% en 1993 a 37,1% en 1996. Por industrias también se advierte una reducción, ya que la contribución del núcleo en el producto nacional de las industrias de bienes durables y de capital descendió de 47,7% a 40,7%; en la de bienes de consumo intermedio de 43% a 37,6%; y en las de bienes de consumo inmediato de 38,3% a 34% (Cuadro 1). Estos descensos, sin embargo, merecen lecturas distintas pues únicamente las industrias de bienes de consumo intermedio enfrentaron un proceso de desconcentración absoluta del núcleo, al haberse desindustrializado. En cambio, el descenso en la participación de las industrias de bienes de consumo inmediato y de consumo durable fue consecuencia del menor crecimiento que presentaron en comparación con otras regiones del país, por lo que en este caso operó un proceso de desconcentración relativa que fue el que predominó en todo el núcleo.

Es necesario subrayar que las cifras arriba indicadas deben tomarse como preliminares, pues mientras no se realice un ejercicio para compatibilizar la información de PIB estatal de la serie 1993-1996, expresada en valores básicos y a precios constantes de 1993, con la información a precios de 1980, los descensos referidos pueden estar sobrestimados por el cambio de metodología para calcular el PIB estatal a partir de 1993, debido a la inclusión en la industria manufacturera de algunas actividades que antes se agrupaban en el sector minero (INEGI, 1999).

5.2 El cambiante mapa de la recesión y el auge industrial en la periferia Al igual que la industria del núcleo, la de la periferia regional sintió menos drásticamente la crisis de mediados de los noventa que la de los años ochenta, pues entre 1993 y 1996 su PIB manufacturero registró un crecimiento medio anual de 3%. Pese a lo anterior, la crisis de los años noventa también tuvo impactos territoriales claramente diferenciales en la periferia, ya que por un lado los estados de Hidalgo y Morelos se desindustrializaron como lo indica las tasas de decrecimiento de su producción manufacturera de -2,5% y -2,8%; mientras que por otro lado Querétaro, Tlaxcala y Puebla registraron crecimientos considerables de 8%, 5,2% y 5%, respectivamente (Cuadro 1).

Los cambios en el crecimiento del producto por industrias sugieren nuevamente un cambio en la división intraregional del trabajo entre 1993 y 1996. Así, contrastando con la notoria desaceleración que tuvieron en el núcleo, las industrias de bienes de consumo inmediato de la periferia regional reportaron un crecimiento medio anual en su producción de 4,6%. Tal dinamismo se derivó principalmente de la mayor competitividad de los estados periféricos como lo indica su componente regional, pues estas industrias mantuvieron las desventajas sectoriales mostradas desde los años setenta, al tener un crecimiento inferior al de la industria nacional. En particular, merecen destacarse las ventajas competitivas que en este periodo desarrollaron Morelos y Puebla (Cuadro 2).

También contrasta la desindustrialización que enfrentaron las industrias de bienes de consumo intermedio en el núcleo, con el dinamismo que tuvieron en la periferia regional al crecer su PIB a una tasa media anual de 4,2%. El incremento de la competitividad en algunos estados periféricos explicaría el crecimiento alcanzado por estas industrias durante la crisis de mediados de los noventa, pues en el ámbito nacional tuvieron un crecimiento inferior al del conjunto de la industria, fenómeno que surgió durante el periodo de reactivación y que marcó un punto de inflexión respecto del dinamismo observado en los años setenta y ochenta. En forma más específica, los estados de Querétaro y Tlaxcala fueron los que lograron hacer más competitivas estas industrias en relación con otras regiones del país, aunque al mismo tiempo debe subrayarse que los estados de Morelos e Hidalgo perdieron la competitividad que habían mantenido desde los años setenta.

Otra divergencia notable en el crecimiento industrial del núcleo y la periferia regional, que no se presentó durante la crisis de los años ochenta, se advierte en el dinamismo de la producción de bienes durables y de capital, pues mientras que en el primer ámbito tuvieron un crecimiento de 5,8%, en el segundo reportaron una tasa de decrecimiento de –0,3%. La desindustrialización de la periferia en estas industrias no se derivó de su bajo dinamismo en el ámbito nacional, pues reportaron un componente sectorial positivo, sino de la notable pérdida de competitividad de los estados de Morelos e Hidalgo, y en mucho menor grado de Tlaxcala. En contraste, los estados de Querétaro y Puebla registraron incrementos en la producción y en la competitividad de estas industrias.

Es evidente que la crisis de los noventa dividió una vez más a la periferia regional, destacando por un lado la desindustrialización de Hidalgo, que apenas se había recuperado de la crisis de los años ochenta; pero también, y más notablemente, la de Morelos cuyo dinamismo industrial fue significativo desde los setenta. En cambio, los estados de Puebla, Querétaro y Tlaxcala destacaron por su crecimiento industrial.

En referencia a las tendencias territoriales del proceso de industrialización durante este nuevo periodo de crisis, se aprecia que la expansión de la industria hacia la periferia regional siguió avanzado en términos absolutos como lo indica el crecimiento de su producción, aunque entre 1993 y 1996 la participación de este ámbito en el PIB manufacturero nacional aparentemente disminuyó de 10,5 a 10,1%, indicando una contracción relativa de ese proceso o, si se prefiere, el mayor dinamismo de la expansión industrial hacia otras regiones del país. Tal fenómeno básicamente estuvo configurado por las industrias de bienes durables y de capital, pues la participación de la periferia en el PIB nacional de estas industrias descendió de 15,4 a 10,5%, mientras que en las de bienes de consumo inmediato se incrementó de 8,8 a 9,7% y en las de bienes de consumo intermedio de 9,3 a 10,1% (Cuadro 1). Para la periferia estos cambios significaron: 1º) perder prácticamente el terreno ganado desde 1970 en la producción de bienes durables, al quedar su participación en un nivel muy similar al de ese año; 2º) revertir el progresivo retroceso que tuvo en la producción de bienes de consumo inmediato entre 1980 y 1993; y 3º) mantener el constante avance que mostró desde la década de los setenta en la producción de bienes de consumo intermedio.

El descenso relativo de la expansión industrial hacia la periferia lo explica la desindustrialización de los estados de Hidalgo y Morelos en bienes durables y de capital, fenómeno que contrastó con el dinamismo que tuvieron estas industrias en Querétaro y Puebla, en el núcleo y en el país. Debido a ello, podríamos plantear tentativamente dos argumentos: por un lado, que la desindustrialización de Morelos no se derivó de las condiciones nacionales y sectoriales que enfrentaron las industrias en las que esta entidad resintió más drásticamente la crisis, sino de la reestructuración interna que impuso a ciertas firmas el Tratado de Libre Comercio, como fue el traslado de funciones productivas de la planta de Nissan ubicada en Morelos a la de Aguascalientes; y por otro, en el caso de Hidalgo, que la desindustrialización tiene más raíces estructurales, pues la base manufacturera de este estado es una expresión histórica de los proyectos impulsados por la inversión pública federal, proyectos que perdieron todo sentido con el neoliberalismo.

Por el contrario, los estados de Querétaro, Puebla y Tlaxcala pudieron sostener un significativo dinamismo industrial en el contexto de la crisis de mediados de los noventa. La primera entidad principalmente sustentó su crecimiento en la producción de bienes de consumo intermedio y en la de bienes durables y de capital, grupo este último que también apuntaló el crecimiento de Puebla en combinación con la producción de bienes de consumo inmediato. A su vez, el avance industrial de Tlaxcala fue impulsado principalmente por las industrias de bienes intermedios y en menor grado por las de bienes de consumo inmediato.

Aunque los estados de Querétaro, Puebla y Tlaxcala contrarrestaron la desindustrialización de Morelos e Hidalgo, el descenso relativo de la expansión industrial en la periferia y la desconcentración relativa de la producción que imperó en el núcleo, dieron como resultado que en la región Centro también prevaleciera esta última tendencia, como lo indica el cambio de su participación en el PIB manufacturero nacional, de 52,8% en 1993 a 47,1% en 1996. Esta tendencia difiere de la observada durante la crisis de los ochenta, cuando en la región Centro predominó la desconcentración absoluta de la producción y el empleo manufactureros.

6. Conclusiones

Partiendo de una periodización que nos permitió examinar el ciclo industrial y territorial de la región Centro, en este trabajo se compararon las principales transformaciones productivas, laborales y territoriales del núcleo urbano-industrial y de la periferia regional durante las fases de auge, crisis, reactivación y nuevamente crisis de la economía mexicana. En estas reflexiones finales interesa precisar cuatro ideas sobre el significado de este ciclo.

En primer lugar, es evidente que el ciclo de transformación industrial y territorial de la región Centro de México se inscribe en un contexto histórico y al mismo tiempo lo representa, ya que por un lado expresa el auge y la crisis de un pacto social cuya estrategia vertebral fue la industrialización por sustitución de importaciones, y por otro el ascenso de un "nuevo acuerdo" político-económico que ha reconfigurado el papel del Estado a través de las estrategias de apertura y liberación comercial.

En segundo lugar, es necesario reconocer la relación entre las tendencias de concentración o desconcentración territorial de la industria, y sus movimientos cíclicos de largo plazo. Esta relación puede apreciarse de forma clara con la periodización propuesta en el documento, pues en congruencia con la desaceleración industrial que experimentó el país durante los años setenta, y seguramente como condición para que tal fenómeno ocurriera, la aglomeración industrial situada en la zona metropolitana de la Ciudad de México, originada y reforzada por la concentración de las inversiones en infraestructura desde finales del siglo pasado (Garza, 1985), empezó a mostrar síntomas de inestabilidad con la desaceleración de su producción y empleo manufactureros, y con la desconcentración relativa de todas las industrias, principalmente las de bienes durables y de capital. Sin embargo, la expansión industrial de la periferia regional, que se dio a costa precisamente de la producción de bienes durables y de capital, acabó neutralizando la desconcentración relativa del núcleo y además propició el ascenso de la concentración industrial en la región Centro.

Posteriormente, entre 1980 y 1988, cuando la economía mexicana entró en la crisis más profunda de las últimas cinco décadas, el núcleo urbano-industrial transitó por un claro proceso de desindustrialización que implicó la desconcentración absoluta de la industria no sólo de este ámbito, sino también de la región Centro, pues la expansión industrial de la periferia regional disminuyó notablemente, aunque siguió avanzando bajo el impulsó de las industrias de bienes de consumo intermedio en algunas ciudades de los estados de Querétaro, Morelos y Tlaxcala. La desindustrialización del núcleo y la desaceleración de la periferia básicamente fueron configuradas por la crisis de las industrias de bienes durables y de capital.

Después de la severa crisis del periodo 1980-1988, la economía mexicana transitó por un proceso de reactivación entre 1988 y 1993 que fue publicitado por la administración salinista como un "gran auge". En realidad la reactivación no alcanzó ese rango, pues el crecimiento de la economía nacional ni siquiera en los años más prósperos de ese sexenio fue mayor al crecimiento medio del periodo 1934-1982. No obstante, es necesario reconocer que la economía y la industria tuvieron crecimientos mayores a los del sexenio previo, y que con ese proceso resurgieron las tendencias territoriales centrípetas en el núcleo urbano-industrial. La reindustrialización del núcleo principalmente fue impulsada por las empresas extranjeras del D.F. y por las industrias productoras de bienes durables y de capital, aunque las de bienes de consumo inmediato también contribuyeron a ello. Asimismo, la producción de bienes durables y de capital propulsó la expansión industrial de la periferia, particularmente en las urbes de los estados de Puebla y Morelos, pues las de bienes de consumo intermedio disminuyeron su dinamismo en este ámbito regional. La reindustrialización del núcleo y la expansión industrial de la periferia dieron como resultado que en la región Centro se elevara nuevamente el nivel de concentración de la producción manufacturera, pero en combinación con la desconcentración relativa del empleo.

Entre 1993 y 1996 la economía mexicana retornó a la crisis. Paradójicamente, los efectos de esta crisis sobre el crecimiento de la producción manufacturera fueron menos severos que los generados por la crisis de los años ochenta. Ello se debió, probablemente, al hecho de que el reducido conjunto de empresas extranjeras que impulsó la reactivación del salinismo pudo sortear mejor la crisis de mediados de los noventa, aunque también es posible que esta crisis se haya configurado de manera diferente a la de la década de los ochenta, pues en términos sectoriales parece haber afectado más a las actividades terciarias, destacando principalmente la desaceleración de los servicios financieros y la consecuente "quiebra técnica" de la banca que tanta polémica causó durante la administración de Ernesto Zedillo. Pese a lo anterior, con el retorno de la crisis emergieron una vez más las tendencias territoriales centrífugas del proceso de industrialización, pero a diferencia de la crisis de los años ochenta no las activó el colapso de la producción de bienes durables y de capital del núcleo, sino el de las industrias de bienes de consumo intermedio. Además, la periferia regional se vio dividida por la desindustrialización de Hidalgo y Morelos, y por el auge de Puebla, Querétaro y Tlaxcala. En conjunto, la región Centro enfrentó de nueva cuenta un proceso de desconcentración industrial, sólo que esta vez en su expresión relativa, es decir, derivada del mayor crecimiento comparativo que tuvieron otras regiones del país, como fue el caso de la Frontera Norte, cuyo auge industrial parece coincidir precisamente con la crisis del Centro de México (Guadarrama y Olivera, 1999).

En tercer lugar, y pese al panorama que nos ofrece esta última fase de crisis, es posible concluir que las industrias de bienes durables y de capital fueron las que fundamentalmente configuraron el ciclo de la región Centro al presentar una clara tendencia procíclica en las tres primeras fases; es decir, en el periodo de auge y reactivación crecieron más que la economía y la industria nacional, mientras que en la crisis de los ochenta crecieron menos que aquéllas o incluso decrecieron. Por lo tanto, el ciclo de la producción de bienes durables y de capital permite entender el auge del núcleo y de algunos estados periféricos, pero también su desindustrialización y reactivación, por lo que en términos generales podemos sostener que las regiones o ciudades con una alta concentración o especialización en estas industrias siguen una trayectoria procíclica.

Finalmente, la visión histórica y global del ciclo también aporta elementos para desmitificar la relación "directa e inherente" entre desconcentración y equidad regional y social. Por ejemplo, si consideramos el contexto histórico en el que la desconcentración industrial del núcleo sucedió con mayor intensidad, podemos sostener que tal proceso no es signo de equidad regional sino de crisis y recesión. Además, particularmente en el contexto de la crisis de los ochenta, la desconcentración industrial no debe interpretarse como un juego de suma cero, ya que lo que perdió el núcleo y la región Centro no necesariamente lo ganaron otras regiones del país. Por tal razón, la desconcentración industrial del núcleo y la región Centro –ya sea en su expresión absoluta o relativa– en sentido estricto no es indicativa de una mayor equidad regional, aunque en efecto pudo favorecer el crecimiento industrial de ciertas áreas dentro de la región o al exterior de ella, como ocurrió en Morelos, Querétaro y Tlaxcala, o en la región Centro-Norte.

Lejos de mostrar escenarios de equilibrio, estabilidad, convergencia o equidad, el ciclo de la región Centro ratifica las tendencias identificadas en los estudios de Storper y Walker (1989: 6-35) y de Dunford (1997), al analizar el desarrollo del capitalismo en su larga historia y en su historia reciente: expansión territorial, diferenciación, inestabilidad, divergencia y exclusión.

1 Investigadores del centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, Universidad Nacional Autónoma de México (CRIM-UNAM). Avenida Universidad s/n, Circuito 2, Col. Chamilpa, Cuernavaca, Morelos, México, Código Postal 62210. E-mail: juliog@correo.crim.unam.mx y gol@servidor.unam.mx

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