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EURE (Santiago)

Print version ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) vol.26 n.78 Santiago Sept. 2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612000007800009 

Manuel Vicuña (1196) El París Americano. La oligarquía chilena como actor urbano en el siglo XIX. Santiago: Universidad Finis Terrae-Museo Histórico Nacional, 1996. 135 págs. incluyendo bibliografía y ocho ilustraciones.

Samuel J. Martland,
A.M. en Historia
University of Illinois-Urbana-Champaign

En este libro breve pero interesante, Manuel Vicuña nos presenta una mirada tanto analítica como descriptiva sobre ciertos aspectos de la vida de la elite santiaguina en el siglo XIX. Siguiendo una línea teórica usual en otros estudios confeccionados sobre el mismo sector social en los últimos años, el autor analiza diversas actividades de miembros de la elite santiaguina asimilándolas a la idea de espectáculos teatrales. De ahí el "actor urbano" consignado en el título. Este marco teórico da coherencia al argumento de Vicuña y le permite preguntar quién montó cada espectáculo, para quién, en qué escenario, etc. Este tipo de análisis es muy apto para el despliegue analítico basado en el análisis de las fuentes iconográficas y literarias utilizadas en este estudio. Además, como se trata de examinar el uso de los espacios privados y públicos de la ciudad —y los espacios ambiguos, compartidos para usos públicos y privados— se trata de un análisis conveniente para los fenómenos urbanos. En una de sus principales tesis Vicuña postula que la elite santiaguina organizó ciertas actividades, en ciertos espacios, para diferenciarse tanto del pueblo como al interior de sí misma.

El libro comprende cuatro capítulos temáticos en orden más o menos cronológico. Aunque el relato empieza a fines del siglo XVIII y termina recién a principios del siglo XX, Vicuña se concentra en la segunda mitad del siglo XIX. El primer capítulo, "Tertulias y salones: representaciones colectivas en escenarios íntimos" presenta la tertulia y el salón (dice, explícitamente que usará las dos palabras como sinónimas aunque no son exactamente iguales). La primera sección del capítulo sigue los cambios en la forma de la tertulia desde las últimas décadas de la colonia hasta mediados de siglo. Utilizando dos grabados confeccionados por el geógrafo francés Claudio Gay y referencias a Martín Rivas y otras obras literarias, el autor señala la creciente importancia de la conversación y la mayor interacción entre los sexos a partir de los años 1820. En la segunda sección Vicuña interpreta las tertulias y los salones como sitios donde se difundían los conceptos, los modales y el lenguaje corporal refinado mediante los cuales se distinguía la elite de los demás sectores de la sociedad. Esta función era muy importante durante la primera mitad del siglo XIX, cuando el "discurso legitimante liberal-republicano" basado en "la igualdad ante la ley" había restado significancia a "las estrategias aristocratizantes" usadas en la época colonial y los artículos del consumo conspicuo todavía no habían llegado a la sociedad santiaguina (p. 28 y 32). Sin embargo, no se trató de crear una elite enteramente homogénea. Las personas podían distinguirse como individuos mostrando los modales más refinados, la mejor conversación, etc.

El segundo capítulo, "La función citadina", presenta la moda y los paseos de las décadas 1850-1870. A partir de la mitad del siglo la moda y los productos suntuarios empezaron a tomar mayor importancia. Vicuña argumenta que esta tendencia al consumo conspicuo no fue, como han dicho algunos, un resultado directo de la prosperidad económica de la elite. Fue una arena (siguiendo la metáfora teatral) donde sus integrantes se diferenciaban de los demás mientras competían entre sí. Esta función de la moda influía el diseño urbano, porque motivaba la creación de espacios públicos y semipúblicos donde la elite pudiera pasear y verse. Entre esos espacios se destacan el Teatro Municipal y el Parque Cousiño, que suplementó a la Alameda como paseo de la elite después de su construcción entre 1870 y 1873. Un dato no incluido en el libro y que confirma la naturaleza exclusiva del Parque es que su primer reglamento exigió el uso de la chaqueta —y prohibió la manta de Castilla— para todo paseante masculino. En los paseos, más públicos que los salones y más cotidianos que los teatros, se representaba la jerarquía social con el fin de establecer la preeminencia de la elite.

El tercer capítulo, "Los dandis (sic) de la Moneda", describe y analiza al grupo de jóvenes de (o cerca de) la elite que se centró en el salón de Pedro Balmaceda Toro, hijo del presidente Balmaceda. Estos jóvenes adoptaron las sensibilidades estéticas de los bohemios europeos. Como ellos, buscaban reconocimiento de sus trabajos literarios. Como ellos, buscaban modelos estéticos franceses, en vez de los modelos españoles de la generación de sus padres. Sin embargo, no fueron ni se llamaron verdaderos bohemios. Rechazaban la manera de vida bohemia, al vestirse de acuerdo a los cánones de moda, pasearse por el Parque Cousiño y mantener sus vínculos familiares. Según sus propios escritos, como señala Vicuña, intentaban rehabilitar la actividad bohemia del escritor. No eran, como los bohemios propiamente tales, periféricos a la oligarquía, sino centrales a ella. Practicaban una especie de modernismo estético que buscaba lo nuevo y lo individual, pero que también valorizaba la elegancia.

El cuarto capítulo, "El París americano o el exotismo de la modernidad", compara la modernidad protovanguardista de Pedro Balmaceda con la modernidad liberal-desarrollista de Benjamín Vicuña Mackenna. Además de sus características ideológicas, ambas modernidades incluían formas de vida y costumbres que sus exponentes consideraban civilizadas. Durante más de veinte años, hasta concluir sus trabajos como intendente de Santiago, Vicuña Mackenna quería crear una ciudad como las ciudades europeas que había visto en sus viajes. Su imagen de la ciudad moderna juntaba la más nueva tecnología de la higienización, el transporte, la comunicación y la iluminación a los espacios y la organización social para el ejercicio de las formas de recreo y sociabilidad usadas por las clases pudientes inglesas y francesas. Como intendente, intentó demarcar, con su camino de cintura, un Santiago higiénico y materialmente progresista para poner fin a la "plebeyización" de la ciudad. Sin embargo, no sólo quiso excluir a ciertas clases de personas que creía no civilizados, sino que esperaba usar "el potencial performativo del nuevo paseo" en el Cerro Santa Lucía para enseñar a (por lo menos) los sectores medios a transformarse en agentes activos "del ornato y de la higiene" (p. 98). Nótese que ese paseo, además de las funciones sociales señaladas por Manuel Vicuña, fue una especie de fería de la tecnología urbana. Así, el autor presenta un Benjamín Vicuña Mackena cirujano que quiso sanear la ciudad de Santiago, imagen común a los liberales desarrollistas de la época y bien documentada por autores recientes. Como Vicuña Mackenna, Pedro Balmaceda también creía en la capacidad del arte de enseñar; sin embargo, se trataba de educar el gusto, no el espíritu cívico. A diferencia de Vicuña Mackenna y de su padre presidente, Pedro Balmaceda no esperaba cambiar ni mejorar mucho la condición del pueblo. Esperaba que con las ideas de la civilización evitaría ser molestado por los aspectos desagradables del mundo. Es importante señalar este cambio, o más bien coexistencia, de ideas sobre lo moderno. Mientras los teóricos, historiadores y demás intelectuales han usado la palabra "moderno" en tantos sentidos que carece que significancia fija, Vicuña la ha definido claramente, en términos accesibles a cualquier lector.

Dos palabras acerca de las fuentes: El texto en la cubierta del libro señala la importancia como registro de la colección fotográfica del Museo Histórico Nacional en Santiago. En su prosa, el autor logra captar la calidad visual del material analizado, mientras complementa su mirada con fuentes textuales suficientes para apoyar su argumento. Los dos grabados de Gay proyectan los cambios en las tertulias de una manera eficaz. Un grabado de un paseo en la Alameda en los 1870 demuestra que los paseos de la elite podían ocupar ese camino principal a la exclusión del tránsito. Las tres fotos del Paseo del Cerro Santa Lucía demuestran la ubicación central e imponente del promontorio en el Santiago de la época. Sin embargo, hace falta un análisis explícito que conectara los elementos visuales del paseo vistos en estas fotos y los demás elementos de la visión de ornato modernizador de Vicuña Mackenna. Sin ese análisis, estas fotos no cumplen con su función debida.

En este libro, Manuel Vicuña emplea elementos tomados de las teorías interpretativas actuales, sin caer en la trampa del lenguaje excesivamente teórico. Ofrece un estudio de la elite santiaguina que es interesante para el historiador urbano y/o de las elites, pero que es también accesible a estudiantes u otras personas interesadas. Aunque el libro se refiere más a la elite en sí que a las acciones en la ciudad y sociedad en que vivía, ayudará no sólo a entender parte importante del proceso urbano santiaguino e incluso los procesos económicos y tecnológicos relacionados, sino que también ofrece la posibilidad de trazar comparaciones entre Santiago de Chile y otras ciudades chilenas y americanas.

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