SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número69París, final de fiesta, en Los trasplantados (1904) de Alberto Blest GanaConstelaciones visuales entre poesía y arte. Cuatro figuras de la mano en ilustración, dibujo y poesía chilena índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • En proceso de indezaciónCitado por Google
  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO
  • En proceso de indezaciónSimilares en Google

Compartir


Estudios filológicos

versión impresa ISSN 0071-1713

Estud. filol.  no.69 Valdivia  2022

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132022000100021 

Literatura

Anotaciones sobre poesía y biósfera: la energía simbólica es también energía de lo viviente

Notes on Poetry and Biosphere: Symbolic Energy is also Energy of the Living

Sergio Mansilla Torresa 

a Universidad Austral de Chile, Facultad de Filosofía y Humanidades, Instituto de Lingüística y Literatura, Chile. sergio.mansilla@uach.cl

RESUMEN:

Este artículo está concebido como una especie de “conversación” con el clásico artículo de William Rueckert “Literature and Ecology. An Experiment in Ecocriticism” (1978). Se seleccionan algunas de las preguntas que Rueckert plantea en su trabajo a modo de reto para los estudios literarios y se elaboran respuestas a ella; respuestas que, en lo esencial, sostienen, a manera de tesis, que la poesía es una poderosa fuente de energía simbólica que se entrelaza con la energía de la naturaleza. El aporte de la poesía a la biósfera se deriva del hecho de ser esta un dispositivo de traslación, ampliación o profundización de identidades humanas y no humanas.

Palabras clave: energía simbólica; biósfera y poesía; ecocrítica; función de los poetas

ABSTRACT:

This article is intended as a kind of “conversation” with William Rueckert's classic paper “Literature and Ecology. An Experiment in Ecocriticism” (1978). Some of the questions that Rueckert poses in his work are selected as a challenge for literary studies and answers are developed to it; responses that, essentially, argue, as a thesis, that poetry is a powerful source of symbolic energy that is intertwined with the energy of nature. The contribution of poetry to the biosphere derives from the fact that it is a device for the translation, expansion or deepening of human and non-human identities.

Key words: symbolic energy; biosphere and poetry; ecocriticism; role of poets

ACLARACIÓN PRELIMINAR

Al releer la ya canónica colección de ensayos The Ecocriticism Reader. Landmarks in Literary Ecology (1996), editada por Cheryll Glotfelty y Harold Fromm, me detuve, esta vez con más atención que en ocasiones previas, en el ensayo de William Rueckert “Literature and Ecology. An Experiment in Ecocriticism” (originalmente publicado en 1978).1 Leído o releído este trabajo más de 40 años después de su primera publicación me resultó significativo y desafiante, sobre todo por las preguntas que en él se formulan. Del volumen mencionado podríamos decir que inaugura en todo rigor la ecocrítica, con sus propias premisas, métodos y objetivos. Desde la década de 1990 a la fecha, la ecocrítica, o mejor, los estudios ecocríticos han tenido un enorme desarrollo y se han convertido, en sus diversas variantes, en un muy serio intento de conectar, en el terreno de la teoría y la crítica literaria, la literatura con la naturaleza, con el medio ambiente, con lugares, con geografías; en suma, con todo un mundo de materias y seres no humanos con los que, de una u otra manera, interactuamos; materias y seres que, además, los necesitamos para la continuidad de nuestra propia sobrevivencia como especie.

En esta oportunidad, sin embargo, no he querido referirme a la ecocrítica ni menos examinar su desarrollo, sus avances, sus variantes.2 Me ha parecido, en cambio, pertinente hacer mías algunas de las interrogantes planteadas por Rueckert, formular otras y elaborar si no una respuesta (o respuestas) a aquellas por lo menos una reflexión sobre lo que implican tales interrogantes en un esfuerzo por comprender la literatura como un artefacto semiótico en el cual y por el cual acontece (o puede acontecer) un productivo encuentro entre los mundos humanos y no humanos. He considerado, entonces, pertinente entablar una especie de diálogo extendido con este ya antiguo, pero muy vigente en mi opinión, trabajo de William Rueckert, desplegando un registro discursivo más propio del ensayo especulativo que del artículo “científico”, el típico “paper”. Aunque -cabe decirlo- los escritos sobre literatura nunca son “científicos” si por ello entendemos la exposición de un cierto saber comprobado, a menudo experimentalmente, y replicable.

Asimismo, en esta “conversación” con Rueckert uso los conceptos de literatura y poesía de manera indistinta. Sigo en este punto a Rueckert mismo en cuanto que, como se explica más adelante, para él “poema” es sinónimo de cualquier obra literaria de alta productividad semántica.3 Para los fines de este ensayo, entiéndase “poesía” en un sentido más bien líquido: textos en los que la imaginación y la memoria han sido las fuentes primarias y privilegiadas a la hora de su composición y que, por lo mismo, ofrecen al lector experiencias de realidad desde una lenguaje esencialmente simbólico, que no comunica propiamente un mensaje definido, único, sino que nos expone, a los lectores, a una cierta productividad semántica que interpela y activa las varias facetas de nuestra subjetividad en relación con eso que llamamos mundo. Probablemente estas “anotaciones”, como las llamo, susciten más preguntas que respuestas, más dudas y cuestionamientos que certezas. Si solo eso ocurriera, el esfuerzo ya no habrá sido en vano.

Un reto a los estudios literarios

“Free us from false figures of speech” (“Librémonos de las falsas figuras de discurso”, 1996: 121). Con esta interpelación William Rueckert culmina su clásico ensayo, antes mencionado, en un esfuerzo (y una invitación) por comprender la creación literaria, en particular la poesía, y la crítica que de ella se deriva como prácticas que desbordan (o más bien que deberían desbordar) los estrechos límites de “lo literario” o de “lo académico”.4 El llamado de Rueckert apunta muy especialmente a que la crítica literaria académica no se contente con quedar circunscrita a los círculos universitarios en la forma de interminables ejercicios de lenguaje que hacen ver a la poesía como un asunto solo de palabras desconectadas de una función muy práctica, muy necesaria, de acuerdo con lo que sostiene Rueckert: hablamos de la producción y flujo de energías simbólicas que hallarían su lugar de realización (el paso desde lo simbólico a lo real) en la biósfera terrestre de manera tal que los procesos poéticos estarían inseparablemente imbricados con los procesos mismos de la vida y los entornos ecológicos que la hacen posible. En los párrafos finales de su artículo, Rueckert plantea varias provocadoras preguntas acerca de la necesidad de hacer de la literatura un medio para contribuir a restañar los daños que el estilo de vida moderno -consumista, ajeno cuando no contrario a la naturaleza- ha provocado y sigue provocando a la biósfera terrestre.

¿Cómo podemos aplicar la energía -se pregunta Rueckert-, la creatividad, el conocimiento, la visión que aprendemos de la literatura a los problemas ecológicos provocados por el ser humano y que están destruyendo la biósfera, nuestra casa? ¿Cómo podemos traducir la literatura en una acción biosférica purgativa y redentora? ¿Cómo resolver la fundamental paradoja de esta profesión [la crítica literaria académica] y salir de los esquemas que moldean nuestras cabezas? ¿Cómo podemos convertir las palabras en algo otro que no sea más palabras? […] ¿Cómo podemos algo más que reciclar PALABRAS? [mayúsculas del autor] […] ¿Cómo podemos desplazarnos desde la comunidad de la literatura a la gran comunidad biosférica a la que pertenecemos y que, así y todo, estamos destruyendo? (1996: 121).

Ante la crisis medio ambiental que desde 1978 a la fecha no ha hecho sino aumentar a niveles cada vez más alarmantes,5 las preguntas -que son también exhortaciones a repensar el trabajo y rol de la literatura y el de la crítica literaria en el seno de nuestra sociedad industrial-postindustrial, de exacerbado consumo- cobran una pertinencia verdaderamente urgente. Las interrogantes de Rueckert desplazan la literatura de su campo específico (el literario), es decir, del dominio estético que le sería propio y que estaría presuntamente separado de los demás dominios de la vida social, y la dirigen a un campo de totalidad biosférica, asumiendo -al menos como hipótesis- que la literatura es un factor gravitante a la hora de generar condiciones de sostenibilidad del hábitat terrestre en el que se desenvuelve la vida humana. En efecto, preguntarse por la función de la literatura y la crítica, situando la pregunta en el terreno de la(s) relación(es) que hay o puede haber entre la literatura y la ecología planetaria (y quizás también extra planetaria), implica, cuando menos, que a la literatura y a los estudios literarios es lícito reclamarles un rol activo en la reparación de los graves daños que la humanidad ha infligido a su propia biósfera, aquella que sostiene la vida en el planeta Tierra. El desafío teórico y ético es ahora mayor pues ya no se trataría de ver la literatura circunscrita exclusivamente al “campo literario”, a la cultura en tanto entidad distinta y separada de la naturaleza, a las subjetividades individuales de autores y lectores. Por el contrario, el asunto consistiría en elaborar, en palabras de Rueckert, “figuras verdaderas de discurso” (1996: 121) que den cuenta nada menos que de lo que hacen o pueden hacer la literatura y la crítica juntas para preservar la vida en nuestro planeta.

Desde esta perspectiva, la literatura habría, entonces, que concebirla como una práctica discursiva que abre ventanas, y acaso también puertas, a una manera de comprender y de experimentar discursiva e imaginativamente la totalidad, es decir, de comprender y hacer nuestras todas las interacciones de las fuerzas que conforman el universo viviente incluidas las de nuestra propia conciencia y sus manifestaciones de discurso. La totalidad sensu estricto es, sin embargo, inabarcable, incognoscible, de modo que si nos aventuramos a concebir la literatura como un punto de fuga que inaugura una cierta visión de la totalidad, habrá igualmente que asumir que esa “totalidad” no será sino una parcialidad: aquella que el texto presenta y representa. Una cierta imagen parcial del Todo, la que, no obstante, sí tendría la cualidad de escenificar a través del lenguaje metafórico y en un texto concreto, múltiples dimensiones de lo real. De modo, pues, que las significaciones textuales no quedan delimitadas unívocamente, por lo que siempre se podría, en teoría al menos, explorar y formular nuevos significados del texto literario, nuevas opciones de saber y de sentido, del mismo modo en que la naturaleza siempre es una realidad abierta, en proceso, nunca clausurada a la posibilidad de nuevas formas de vida.6 En principio, entonces, los mundos literarios serían una especie de hologramas de la productividad vital del universo todo, o, dicho de otra manera, la biósfera, en tanto totalidad ecológica, se manifiesta en el lenguaje humano a través de una autopoiesis de sentido.7 En este punto, la poesía sería una especie de réplica espejo de los sistemas vivientes, capaces de generar condiciones de autoorganización y sostenibilidad. O, extremando más las cosas, en la poesía, por su sola condición de tal, se manifestaría la real presencia de dichos sistemas vivientes. Como fuere, se nos inaugura una escena en que ya carece de sentido separar cultura de naturaleza, al tiempo que aquello que se suele llamar lo real, lo imaginario y simbólico no serían sino rutas diferentes, que comportan longitudes de onda distintas, por las que fluye la energía de lo viviente.8

La apuesta de Rueckert no es transferir conceptos ecológicos a los estudios literarios sino intentar “ver la literatura dentro del contexto de una visión ecológica” (1996: 115), algo que, claramente, se aparta de la idea de ver la literatura solo como un cierto vehículo de denuncia o de proselitismo ecológico puesto a rodar en la arena de las disputas políticas. Es el mismo desafío el que aquí me convoca. No se trata, desde luego, de negar el valor del proselitismo ni menos el de la denuncia; pero me parece que estas prácticas son propias de un terreno que no es ya literario, si bien la literatura, en determinadas ocasiones, puede funcionar como un buen medio auxiliar de activismo ecológico. Aun así, es un hecho que la literatura no puede competir, en cuanto a la capacidad de abrir puertas a soluciones ecológicas o ambientales, con los documentos técnico-científicos que dan cuenta de los daños que empírica y científicamente se constatan en entornos concretos y de las medidas que se tendrían que tomar para subsanar procesos de deterioro medioambientales, que lamentablemente abundan más de lo que quisiéramos.

Entonces ¿qué hace la poesía aquí? Antes de comenzar a responder a la interrogante, aclaro que el objetivo de estas notas es proponer, a partir de las preguntas y exhortaciones de Rueckert, una discusión que sitúe a la poesía en un espacio de conexión entre la naturaleza lingüística y simbólica de esta y la naturaleza de la biósfera, la que, asumimos en principio, no es de orden simbólico (pertenece a un dominio no verbal) y cuyos fines, si se puede hablar así, no serían sino los de dar paso a la vida misma y sostenerla en el tiempo. De las preguntas que plantea nuestro autor quisiera particularmente considerar dos de ellas: ¿Cómo podríamos convertir a la literatura en una acción biosférica purgativa y redentora? ¿Cómo, quienes nos dedicamos a la literatura, podríamos hacer algo más que reciclar palabras?9 Semejantes cuestionamientos suponen una determinada concepción de literatura que en principio puede parecer fuertemente utilitaria: la literatura, ante la urgencia de corregir el curso de derrumbe ecológico de la civilización moderna, se espera tenga un rol activo, literalmente sirva para algo muy concreto (una “acción biosférica”) y deje de ser una práctica aislada en su campo específico y sin efectos en el resto de la realidad material del mundo. Cabe indicar que el reclamo de Rueckert no va dirigido a los escritores, a los creadores, sino a los “scholars”, críticos y eruditos académicos que hacen de los discursos y metadiscursos críticos una actividad especializada, apartada en consecuencia de cualquier arena semiótica pública que no sea la de la propia academia. Al respecto y a modo de ejemplo, menciona los congresos organizados por la Asociación de Lenguas Modernas, MLA por sus siglas en inglés, donde las conferencias, los coloquios, las ponencias importan más que cualquier otra cosa; a veces más que la literatura misma incluso. De cualquier manera, las preguntas suponen que la literatura hace o podría hacer bastante más que solo ofrecer experiencias estéticas gratificantes para el goce personal y solitario.

Por otra parte, las preguntas de Rueckert no dejan de ser desconcertantes en el sentido de que contienen una expectativa acerca de la literatura que, en lo inmediato al menos, se me figura desmesurada: implica sostener la tesis de que la literatura es o puede llegar a ser medio de intervención en la materialidad del mundo a escala tal que podría contribuir a recuperar de hecho la dañada biósfera de nuestro planeta. Desconcertante desmesura que, sin embargo, nos obliga -o nos invita al menos- a considerar seriamente la idea de que las palabras que conforman la literatura constituyen no solo símbolos que representan, a través de complejas mediaciones semióticas, una cierta realidad, sino, sobre todo, se manifiestan como una energía productiva, una poiesis, que tiene efectos muy reales sobre el mundo que habitamos, mundo que, en la medida en que lo habitamos, igualmente nos habita. La poesía sería, entonces, una de las maneras que tiene la vida en el planeta Tierra de generar favorables condiciones de sostenibilidad y continuidad de lo viviente en el terreno de lo humano.

Un poema es energía almacenada -afirma Rueckert-, una turbulencia formal, una cosa viva, un remolino en la corriente. Los poemas son partes de la ruta de la energía (energy pathways) que sustentan la vida. Lo poemas son el equivalente al combustible fósil (energía almacenada), solo que los poemas son una fuente de energía renovable que viene siempre de estas dos matrices generativas: el lenguaje y la imaginación (109).

Insistiré, una vez más, en que Rueckert usa la noción de poema en un sentido extremadamente amplio. El hecho de que mencione como ejemplo de “buenos poemas” -“inagotables fuentes de energía almacenada” (1996: 109), como él los describe- a El rey Lear, Moby Dick y Canto de mí mismo hace evidente que, para nuestro autor, el vocablo “poema” no alude a composiciones del género lírico, sino a obras, de cualquier género literario cuya potencia productora de sentido no cesa con el paso de los años. Las llamadas “obras maestras” serían poemas, es decir, fuentes inagotables de energía almacenada disponible para el flujo vital. Ahora bien, ¿qué clase de energía sería la que almacenan tales poemas? ¿Sería una energía equivalente o asimilable a la energía(s) de la naturaleza? ¿O se trataría solo de una analogía discursiva, de una manera figurada de referirse a aquellos efectos semánticos y de sentido de la literatura en la psiquis del lector? No son preguntas de fácil respuesta, o acaso no tengan simplemente respuesta. Aun así, la tarea será encararlas, elucidar al menos las consecuencias de tales interrogantes en lo concerniente a enfoques y premisas teóricas y críticas que permitan acercar la literatura, la poesía, a la biósfera.

La semántica del vocablo “energía” evoca diversas dimensiones de la realidad (física, biológica, mental, económica, cósmica, etc.) ¿Hasta qué punto tales dimensiones realmente se vincularían o interactuarían con la literatura? Y a la inversa: ¿hasta qué punto la literatura participaría de los diversos dominios no verbales que conforman la realidad material de las cosas y sus flujos de energía? Aun por inabordables que parezcan, estas interrogantes son un reto para acercarnos a la literatura desde ámbitos fenoménicos que, en principio al menos, pareciera no están relacionados en modo alguno con ella: la termodinámica, la ecología ciertamente, la cosmología, la física cuántica incluso. Como fuere, la propuesta de Rueckert abre espacio para que los estudios literarios se vuelvan en realidad estudios multi y/o transdisciplinarios acerca de los efectos materiales que provocaría la poesía en el nicho ecológico de los humanos y, acaso también, en el de otros seres vivos y elementos no humanos. Dicho esto, no me queda sino reconocer mi propia incapacidad de resolver estas cuestiones cuyos meandros teóricos y científicos convocan saberes múltiples (que no poseo). Por lo pronto, invito al lector a ser parte de una tarea mucha más modesta: dialogar de manera más o menos especulativa con los planteamientos de William Rueckert con la esperanza de ayudar construir una forma de aproximarse a la literatura (así no sea una forma muy preliminar, precaria y discutible) que la arranque de un antropocentrismo estrecho y la endilgue hacia una escena ecosistémica, rizomática, en conexión con el Todo.

Pensemos nada más por un momento en la porfiada persistencia de la literatura, de la poesía, siempre presente, de una forma u otra, en todas las culturas y sociedades humanas de la Tierra; persistencia que se parece mucho a la todavía más porfiada persistencia de la vida en nuestro planeta, vida que, aun en los ambientes menos favorables, se las arregla para estar presente en alguna(s) de sus formas. Hay, pues, motivo suficiente para admitir que concebir los “poemas” (en el sentido que Rueckert le da este término) como fuentes inagotables de energía (y de vida) no es simplemente una ocurrencia disparatada; que si la poesía es consustancial al lenguaje humano -y estimo que lo es- ha de ser porque responde a la necesidad de persistir de la especie humana del mismo modo en que a esa necesidad responden, por ejemplo, el agua, el aire, la energía proveniente de los alimentos, solo que lo hacen en rangos de tiempo y urgencias de sobrevivencia diferentes. Ahora bien, ¿qué clase de energía es la que se origina en un poema y que fluye hasta nuestra conciencia?

LA ENERGÍA DEL POEMA

El Diccionario de la Real Academia Española registra dos acepciones básicas para la palabra “energía”: “1. f. Eficacia, poder, virtud para obrar. 2 f. Fís. Capacidad para realizar un trabajo” (web). En tanto, en el sitio web institucional de ENDESA Fundación, dependiente de la empresa ENDESA España dedicada a la producción y distribución de energía eléctrica, leemos: “La energía es la capacidad de los cuerpos para realizar un trabajo y producir cambios en ellos mismos o en otros cuerpos. Es decir, el concepto de energía se define como la capacidad de hacer funcionar las cosas” (web). Más adelante, y tras una breve descripción de algunas de las distintas formas en que la energía se manifiesta (térmica, mecánica, electromagnética, etc.), en el sitio aludido se anotan las cuatro propiedades básicas de la energía:

*Se transforma. La energía no se crea, sino que se transforma y es durante esta transformación cuando se manifiestan las diversas formas de energía. *Se conserva. Al final de cualquier proceso de transformación energética nunca puede haber más energía que la que había al principio; siempre se mantiene. La energía no se destruye. *Se transfiere. La energía pasa de un cuerpo a otro en forma de calor, ondas o trabajo. *Se degrada. Solo una parte de la energía transformada es capaz de producir trabajo y la otra se pierde en forma de calor o ruido (vibraciones mecánicas no deseadas) (web).

Asimismo, en una breve nota sobre el concepto de energía correspondiente a una de las entradas de la Enciclopedia de términos científicos elaboradas por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET), leemos:

La vida, en todas sus formas, es completamente dependiente de la energía. En todos los procesos vitales está involucrada la energía. Los vegetales consumen energía solar (energía radiante) para poder, a través del proceso fotosintético, elaborar sustancias energéticas (hidratos de carbono) que les permitan disponer de la energía química necesaria para desarrollar sus funciones vitales. Los organismos animales se nutren energéticamente, en forma directa (herbívoros) o indirecta (carnívoros) de los vegetales, es decir, de la energía solar (web).

Me he permitido citar in extenso no porque se trate de información poco conocida en absoluto. De hecho, esto y más lo hallamos en cualquier manual de ciencias que se refiera a la energía y sus manifestaciones en la naturaleza o en las invenciones tecnológicas. Cito más bien para tener presente que si concebimos el poema tal como lo entiende Rueckert, es decir, como fuente de energía, implica, me parece, verlo también como energía en flujo por lo que la condición de “almacén” de energía no sería sino una suerte de pausa transitoria de dicho flujo a la espera que se den las condiciones materiales aptas para el continuum energético vuelva a acontecer. Con la expresión “condiciones materiales aptas” me refiero en este caso al acontecimiento de la lectura que viene a ser la segunda parte natural y necesaria del acontecimiento de la escritura (de la composición del poema), escritura que resulta de un arduo trabajo mental (que incluye a su vez el trabajo de leer, ciertamente) que demanda ingentes cantidades de energías extraídas de la cantera de la subjetividad puesta -la subjetividad- en relación, en múltiples niveles y maneras, con lo que habitualmente llamamos mundo exterior, aquello cuya existencia y naturaleza se manifiesta como un “estar ahí” dado de suyo. Pero si el poema es energía en flujo, debería disponer entonces de las mismas propiedades de la energía antes anotadas y, a la vez, ser componente sustancial de la vida mental o espiritual, por lo menos de aquella que se funda en el lenguaje, en la imaginación y en la memoria con el concurso de los afectos y emociones.

Si el poema es energía, el poema se manifestaría como una “cierta capacidad para realizar un trabajo”; tendría, asimismo, la propiedad de la “eficacia, poder y virtud para obrar”. ¿Qué trabajo? ¿Obrar sobre qué? El trabajo de imaginar el mundo con palabras, para empezar, y así transmitir algo que podría describirse como percepción simbolico-emocional de la realidad, dando paso a (o contribuyendo a ello) una cierta complicidad intersubjetiva que se vuelve experiencia estética compartida y diversamente vivenciada por aquella comunidad humana que el poema convoca y reúne. El poema obra en la psiquis humana; ayuda a conformarla tanto como a transformarla, de manera que las subjetividades se vuelven procesos en curso, flujos de significados que pasan de una persona a otra movilizadas por el lenguaje que toma entonces la forma de poesía.

En la literatura -asevera Rueckert- toda la energía viene de la imaginación creativa. No viene del lenguaje, porque el lenguaje es solamente uno (de entre muchos) de los vehículos de almacenamiento de energía creativa […] y. claramente, esta energía almacenada no se usa solo una vez […] puede ser usada una y otra vez por la misma persona (1996: 109).

Si bien no me parece que el lenguaje solo sea un “vehículo de almacenamiento” -el lenguaje es en sí mismo una fuente de energía creativa tanto como esta lo es de aquel-, coincido con su idea de que la “imaginación creativa” es una poderosa energía vital tan igual y tan indispensable como la energía que proviene del sol sin la cual la vida en nuestro planeta no sería posible. Rueckert sugiere que la cultura entera es un sistema ecológico no diferenciado del de la naturaleza sino por el tipo de energía que fluye en su interior (de orden simbólico) y por el tipo de objetos o elementos físicos que almacenan y distribuyen esa energía: artefactos semióticos entre los que destacan los estéticos, y en particular los poemas. Destacan por su inagotabilidad semántica y porque en ellos se cifran visiones multidimensionales de las cosas en las que las categorías espacio y tiempo se manifiestan como totalidades interconectadas. Los artefactos estéticos dan paso a asociaciones rizomáticas de sentido en y desde el mundo simbólico-imaginario que ellos contienen y (re)presentan, ajenas a los (imprescindibles) recortes de significación y sentido derivados de la necesidad de resolver cuestiones prácticas inmediatas.

La energía -continúa Rueckert- fluye desde los centros de lenguaje y de la imaginación creativa del poeta al poema y, desde allí, del poema (el cual convierte y almacena esta energía) al lector. La lectura es claramente una transferencia de energía en la medida en que la energía almacenada en el poema se libera y fluye de vuelta hacia los centros de lenguaje e imaginación creativa de los lectores (109-110).

A lo que nos invita Rueckert es, en suma, a pensar la semántica de la poesía como “energía”, es decir, como fuerza motriz que fluye y que, de alguna manera u otra, contribuye a sostener la vida en nuestro planeta (muy probablemente no solo la vida humana). Inquirir, entonces, por el significado del poema, cualquiera sea la forma específica que tome este reto, equivaldrá a esculcar en la potencia vital de las palabras en tanto estas serían portadoras de efectos materiales que incidirían en nuestros modos específicos de acoplarnos en y con nuestro medio ambiente. La operación de leer no ha de reducirse entonces al desciframiento e interpretación de determinados códigos lingüísticos en tanto mero ejercicio de “traducción” y apropiación conceptual de significados de una cierta masa de lenguaje figurado que conforma el poema. Si bien esta operación es indispensable a la hora de tratar con la poesía -para generar un piso mínimo de comprensión textual- el salto cualitativo de la lectura poética se daría cuando el poema se vuelve disparador de una reacción en cadena de tipo emotivo-conceptual-simbólico-imaginario que nos reacomoda en nuestro entorno de realidad material. De alguna manera sentimos, entonces, que las cosas nos hablan en poesía, que estas no son elementos inertes que estén ahí como simples objetos, meros obstáculos delante de nosotros; se vuelven interlocutoras con quienes entablamos (o debiéramos entablar) un diálogo que, si bien acontece primariamente a nivel psíquico y discursivo, tiene (o podría tener) efectos muy reales en las prácticas cotidianas relacionadas con nuestro entorno. La poesía es, entre otras cosas, una manera que tiene la mente humana de hacer que el mundo que nos rodea, el que habitamos y que, como ya he dicho, al mismo tiempo nos habita, adquiera una dimensión lingüística lo suficientemente poderosa para oír, si sabemos escuchar, el interminable y evocador susurro de las cosas, tanto como el, a menudo, vocerío de los otros humanos con quienes compartimos la casa de nuestra vida. Pero si ese vocerío ha pasado por el filtro de la poesía muy probablemente ya no será solo un vocerío informe y disonante, sino que adquirirá los contornos propios de un coro sinfónico.

Rueckert sugiere que la literatura libera al ser humano de las necesidades exclusivamente naturales (cf. 1996: 112). Una manera de decir que la poesía, en cualquiera de sus formas, se concretiza como un dispositivo que nos hace interactuar, dialogar, intercambiar flujos de energía/sentido, con aquellas dimensiones de la realidad no restringidamente circunscritas a los solos procesos biológicos del existir. La poesía nos hace ser seres de cultura, si bien no solo ella interviene en este proceso. Pero, como sostiene Rueckert, la poesía no es un dispositivo más de socialización y de conformación de nuestra condición identitaria: es la fuente primordial de la energía simbólica del ser humano y, por lo mismo, constituye la viga maestra de nuestra condición humana -pensante, sintiente, dialogante, tan individual como colectiva- que necesita tanto de la naturaleza como de los símbolos para ser. Esto va en línea con la tesis (que sostengo) de que la poesía no separa naturaleza de cultura; construir una visión poética del mundo y habitar poéticamente en él implica siempre cancelar esta separación y ver ambos términos -cultura y naturaleza- como un continuum de la trama de sentido con la que armamos el relato de nuestras propias vidas.

Asomarse a un poema es asomarse a una manera de percibir/sentir el mundo que hace estallar el simplismo de los esquemas descriptivos y que, además, colisiona con la racionalidad del orden explicativo. La poesía siempre es una invitación a pensar/imaginar lo real en una dimensión de totalidad. Y cuando pensamos/imaginamos la totalidad entramos en la ecología de nuestro existir, o sea, entramos en aquella totalidad que interrelacionadamente sucede en nuestro vivir que acontece en el hábitat en el que circunstancialmente estemos. Aunque ese “todo” sea nada más, y como ya lo he dicho antes, que aquella parcialidad de mundo que la poesía pone delante de nosotros. Una parcialidad, sin embargo, semánticamente multidimensional que evoca el Todo y nos empuja a una asociatividad mental rizomática. Podríamos decir, entonces, que la poesía es un recurrente llamado a reconectarnos con nuestros orígenes en el sentido más profundo del término: desde las materias elementales que están en la base de nuestro sistema orgánico hasta las materias, digamos, espirituales, no tangibles, como la memoria histórica, la religión, los relatos cosmogónicos fundacionales, la invención de mundos que emula la capacidad generativa originaria de la naturaleza, entre otros. Claro está que no todas estas dimensiones la hallamos operando en un poema específico; pero sí en la semiósfera total de las discursividades poéticas que conforman aquello que llamamos literatura.

El programa de trabajo propuesto por Rueckert pasa, como decía anteriormente, por una exhortación a los críticos y profesores de literatura a que modifiquemos nuestros criterios de lectura o consideremos, cuando menos, la posibilidad de modificarlos con el propósito de que, desde los estudios literarios, se pueda encarar la tarea de contribuir al sostenimiento saludable de la biósfera que permite que vivamos en el planeta Tierra. Da por hecho que los poetas hacen ya su parte y cumplen con creces con la tarea de captar, cifrar y almacenar con palabras la información y la energía simbólica necesaria para asegurar la continuidad del flujo energético que toda cultura viva necesita. De hecho, en un acápite de su artículo se refiere a “la generosidad de los poetas” (1996: 116) aludiendo al hecho de que a ellos les debemos la constante renovación (energización, sería mejor decir) del lenguaje.

No enseñan -anota Rueckert- que la literatura es un enorme, siempre en crecimiento, maravillosamente diverso almacén de energía cooperativa y creativa la cual nunca puede ser usada hasta su agotamiento. Es como un pool genético, como el mejor de los ecosistemas. La literatura es una verdadera cornucopia gracias a la continua generosidad de los poetas (1996: 116).

Se entenderá, entonces, por qué nuestro autor dirige la mirada interpeladora a quienes hacen usufructo profesional de la literatura sin ser ellos mismos poetas necesariamente (y que, a menudo, dicho sea de paso, suelen vivir de la literatura mejor que los poetas mismos). Esto en el entendido de que los críticos y profesores de literatura tenemos en nuestras manos una responsabilidad no menor: la de ser uno de los principales agentes que intervienen en la formación de lectores, no solo por ser especialista avanzados en la disciplina, sino, sobre todo, porque nuestra labor solemos ejercerla al amparo de instituciones más o menos prestigiosas en el campo cultural, influyentes en todo caso en la conformación del saber aceptado y legitimado en las sociedades modernas. Hablo de colegios, universidades, medios de comunicación, editoriales o similares, todos ellos espacios de acción en y desde los cuales se trabaja para intervenir en la mente de las personas. Enseñar a leer y a vivir la literatura, la poesía, como una activa conexión con la biósfera, que haga al lector experimentar las cosas como significativamente interrelacionadas con su propia vida y la vida de los demás desde una actitud ecocéntrica, será, siguiendo a Rueckert, una tarea desafiante e ineludible de la crítica literaria. “Debemos formular una poética ecológica, Debemos promover una visión ecológica” (1996: 114), declara enfáticamente nuestro crítico. Aunque, y siguiendo su propio razonamiento, quizás habría que formular este deber ser de manera algo diferente: debemos diseñar prácticas ecológicas de lectura y crítica literaria, que no se limiten simplemente a defender el medio ambiente, a reclamar contra los múltiples estropicios de que ha sido objeto la naturaleza sobre todo desde los tiempos de la Revolución Industrial en adelante, que no se limite a constatar que tal o cual obra literaria tematiza determinadas tragedias medio ambientales. Quiero decir, una forma de leer en que la ideología ecologista no se convierta en un credo estético o epistemológico que tienda a convertir la literatura en simple alegoría de un pensamiento presuntamente ecologista.

Desde 1978 a la fecha, la ecocrítica y los estudios ambientales y biorregionales en literatura han tenido un desarrollo de tal magnitud que, hoy por hoy, sus aportes son innegables. Sin embargo, muchas de las aproximaciones a la literatura hechas desde la óptica de la ecocrítica tienden a leer la literatura como una especie de tribunal de la razón en la que se enjuicia a la civilización moderna industrial y postindustrial por sus efectos devastadores sobre el medio ambiente. Si se trata de enjuiciar, los informes técnicos preparados por científicos, ingenieros, filósofos, digamos, por especialistas dedicados a estudiar/pensar procesos ecológicos y medio ambientales concretos, tienen -sus informes- un peso específico sin duda superior a cualquier poema, novela, drama, etc. que denuncie la crisis ambiental de nuestro tiempo en cualquiera de sus formas. Si algo hace la literatura al respecto, los efectos de este quehacer performático y discursivo hay que buscarlos en el tipo de asociaciones mentales que la poesía suscita; asociaciones que tras su aparente irracionalidad (o ilogicidad) hacen emerger imágenes de las cosas que dotan a estas últimas de una densidad semiótica que las saca de sola condición de “cosas” externas a la subjetividad, por lo tanto desechables, ajenas en suma a los destinos humanos. En la poesía las cosas del mundo y la subjetividad que las evoca, las representa, las imagina, se concatenan, ambos dominios, en un continuum indisociable de significados dando paso a una entidad nueva -el mundo poético- que pone en circulación ideas, conceptos, imágenes, emociones, fantasías, todo reunido en un único “paquete de energía”.

Un poema que, por ejemplo, evoque los lagos, el desierto, las selvas o las ciudades contaminadas, si está estéticamente bien logrado, sí nos proveerá de una experiencia vital de orden simbólico y discursivo reveladora de una cierta manera de ser de la subjetividad humana ante el mundo material que la sustenta y con el que eventualmente entra en conflicto. Estaríamos ante un documento a la vez de cultura y de barbarie (Benjamin dixit) que registra la escena del mundo transitando recursivamente de la exterioridad a la interioridad del pensar y del sentir.10 Las características de este tránsito sí son, a mi parecer, muy reveladoras del tipo de mundo que algunos seres humanos por lo menos, según el contexto que les corresponda, desean, sueñan, viven, aman, odian, etc. Reveladoras de cómo se apropian del mundo, lo hacen suyo, a través de la potencia creativa de la imaginación y la potencia del reservorio de la memoria, de manera que la poesía, en esta dimensión, construye la casa del ser por la vía de hacer confluir múltiples alusiones al espacio-tiempo que conforman una unidad textual llamada poema. Poema que entonces se vuelve una inagotable fuente de energía simbólica, disponible para contribuir a la sustentabilidad y renovación de esa semiósfera llamada cultura. Ahora bien, si se da efectivamente tal contribución, habría igualmente buenas razones para pensar que, en última instancia, se está contribuyendo a la sustentabilidad de la biósfera toda, si consideramos que la poesía, en este enfoque, contribuye a que la biósfera se la viva como parte inseparable del ser que la traduce en palabras y la hace suya como relato.

LA ENERGÍA SIMBÓLICA COMO ENERGÍA DE LO VIVIENTE HUMANO

Volvamos a nuestra pregunta rectora: ¿qué energía almacena y transmite el “poema”? Ya lo decíamos: energía simbólica. Pero ¿qué quiere decir esto? “Sí, el tema central y directriz de la poesía es la vida, la fuente que nunca cesa” (2010: 120), palabras de Wallace Stevens que, tal vez, sirvan de punto de partida para la disquisición que la pegunta reclama. Ahora bien, si la vida es la fuente de la poesía, “fuente que no cesa”, me atrevería a derivar de la afirmación de Stevens el siguiente aserto: la vida es la fuente de la poesía, fuente que nunca cesa, justamente en la medida en que la poesía es una fuente de energía de lo viviente, la que, entre otras cosas, hace posible percibir/sentir que la vida no cesa; que la palabra poética se debe a la necesidad de preservar la vida en la forma de imágenes y significados capaces de fluir, de una mente a otra, por los canales de las interrelaciones humanas -interrelaciones con lo humano y lo no humano- basadas en el lenguaje. De manera entonces que la percepción de continuidad de lo viviente es de orden colectivo, o sea, es un asunto “ecológico” en el sentido de que cada vez que se escribe un poema es, literalmente, como plantar un árbol bebé: sus benéficos y futuros efectos, cualquieras sean, son un regalo para el mundo; no necesariamente tales beneficios serán aprovechables por quien planta-escribe el árbol-poema. Hablar de “energía simbólica” equivaldrá entonces a concebir los significados/sentidos de la poesía no solo como una cuestión semántica restringida al dominio del lenguaje, sino como una potencia motriz que revoluciona constantemente nuestra relación con el mundo, es decir, da paso a una transitividad modificadora entre lo que percibimos como nuestro mundo interior y aquello que se nos figura como mundo exterior. Lo que la poesía revoluciona, en distintos grados, es tanto la naturaleza y alcances del mundo interior y exterior como, sobre todo, la relación que entre ellos acontece.

Esto es posible porque la poesía es un tipo de manifestación verbal que directamente trata con la totalidad. La noción de totalidad aquí habría que entenderla, como ya se ha indicado en otra parte de estas notas, no en el sentido de que un poema concreto se refiera al Todo, operación, por otra parte, imposible por las naturales limitaciones del lenguaje humano, para empezar, y por la obvia imposibilidad de la conciencia humana de conocer todo lo que existe. El Todo en esta escena es la triada sujeto, objeto y relación mutua y recursivamente determinante. En este “lugar” relacional, móvil, en constante transformación, acontece la poesía. Pero, al mismo tiempo y en la medida en que ella acontece, acontece también el lugar en que sujeto y objeto suceden, de manera que la poesía mueve al sujeto a ser “otro”, sin dejar de ser él mismo, tanto como al objeto a ser igualmente “otro”, sin que abandone su condición de objeto. Estos desplazamientos identitarios devienen cambios relacionales entre sujeto y objeto y tales cambios devienen, a su vez, desplazamientos identitarios de uno y otro. La poesía es, pues, un tipo de discurso que discurre en el terreno de la inestabilidad de las identidades; lo paradójico es que al discurrir precisamente aquí fortalece las identidades. Una manera de decir que por la poesía (aunque no exclusivamente por ella, desde luego) las identidades se vuelven móviles, transitan por distintas posibilidades de su propio ser, crecen, se vuelven más complejas (a veces será la complejidad de la simpleza, ciertamente), se tornan más estratégicas, menos fijadas en estereotipos que cancelan los flujos de energía o los reducen a una monología insufrible, a un monocultivo del ser.

Rueckert habla de “rutas de energía”. Pues bien, me parece que la poesía es una “ruta de energía” (aunque también es fuente y dispositivo de almacenamiento de ella) en cuanto que ella opera como una instancia de modificación y complejización de la realidad en el sentido antes descrito a partir de la memoria y la imaginación movilizadas en un lenguaje metafórico que otorga una sugerente personalidad lingüística a las cosas del mundo. La palabra poética no solo designa un referente; lo convierte en una entidad que habla, que se constituye en componente indisociable de la conciencia que lo evoca en la escena poética, precisamente porque lo evoca. En la poesía el foco de atención se pone en la manera en que las cosas hacen sentido para nosotros tanto como en el modo en que nuestra propia subjetividad se conforma en relación con ellas, considerando siempre que este proceso es un devenir, un acontecer a la vez factual, imaginario posible e imposible; otra forma, por lo demás, de tratar con la totalidad. Si, como asegura Sueellen Campbell, la ecología reclama que pongamos atención en el modo en que las cosas hacen sentido para nosotros y no, como a menudo se hace, “en la manera en que el resto del mundo -la parte no humana- existe aparte de nosotros y de nuestro lenguaje” (1996: 133, trad. mía), entonces la poesía no podría sino ser ecológica por naturaleza, porque es esto precisamente lo que hace la poesía.

El aporte de la poesía a la sostenibilidad y enriquecimiento de la biósfera no pasa, pues, necesariamente por hablar de árboles, mares, paisajes, etc. en un plan de denuncia de los estropicios que nuestra civilización occidental ha provocado y sigue provocando a la naturaleza; no pasa por erigirse como defensora de la Tierra (lo que no significa, entiéndase, desconocer el aporte de aquellas literaturas explícitamente comprometidas con problemas ecológicos concretos). Su aporte radica en que la poesía, por su sola naturaleza totalizante, funciona como un dispositivo de traslación, ampliación o profundización de identidades humanas y no humanas hasta un punto tal en que la separación humano-no humano se cancela una y otra vez, y una y otra vez se reinstaura con nuevos sentidos. La poesía pone, así, en evidencia que el modo de existir del mundo, para los humanos se entiende, depende de nuestro lenguaje. Y nuestro lenguaje -su poder creativo- es poesía en la medida en que con el lenguaje el mundo habla, adquiere una identidad lingüística que, en última instancia, conecta nuestra mente con el Todo.

Pero es un tipo particular de conexión y requiere de algún comentario.

La poesía tiene que ver con la realidad en su aspecto más particular. Un hecho aislado, escindido del universo, no tiene significación para el poeta. Su significado deriva de la realidad a la que pertenece. Para ver las cosas en su justa perspectiva, por ejemplo, precisamos ahondar de manera muy extensa en experiencias pasadas. A todo lo que vemos u oímos le es dado, de esta forma, un significado. Es función de la ciencia completar esta interpretación. El científico puede decirnos muchas cosas que no podemos deducir de la observación ordinaria. Pero sin importar qué tan exhaustiva pueda ser la información de este tipo, hay algo que esta no cubre y ese algo es la particularidad del aquí y el ahora. Existe la realidad, ya sea que la imaginemos como animada e inanimada, como humana o subhumana, un aspecto de la individualidad ante el cual muchas de las formas de explicación racional se quedan cortas (Lewis 2010: 43).11

Quisiera insistir en la cuestión de la singularidad. La conexión con el Todo, como la he venido formulando en estas notas, acontece desde la singularidad que la poesía es capaz de relevar con su lenguaje transportador y movilizador de energías simbólicas. No es una conexión abstracta, fundada exclusiva o dominantemente en el pensamiento racional. La energía simbólica es un paquete de energía-sentido que pone en marcha una modalidad multidimensional de vincular la subjetividad con el mundo (su mundo) externo: emociones, pensamientos de base conceptual, imágenes, evocadoras asociaciones por analogía o por contigüidad, se unen, se hacen cómplices, para dibujar una cierta experiencia poética del mundo que es también una cierta experiencia poética del sí mismo. El “aquí y el ahora” al que alude Lewis adquiere, entonces, una densidad psíquica que se podría describir como una confluencia de memorias, imágenes, de temporalidad reales e imaginarias, que, por efecto del cifrado poético, de pronto se hacen uno: imagen-experiencia-sensación de totalidad. Aunque esa totalidad -como ya he señalado antes- solo sea una visión fugaz del ancho mundo suscitada por esa parcialidad de lo real que es el poema. “Siempre somos parte de un sistema mayor que nosotros mismos” (1996: 131, trad. mía), afirma Campbell. O sea, más allá del “nosotros mismos” hay vida, hay universo, hay realidad. La poesía es la energía que nos mueve siempre un poco más allá de nosotros mismos y, así el “nosotros mismos” experimenta una cierta visión de ese “sistema más grande”. No porque la poesía lo describa o lo explique (tarea de la ciencia será esta), sino porque la densidad de la poiesis lingüística que caracteriza a la poesía nos acerca a la maravilla viviente de todo lo que existe.

“La creatividad es un prerrequisito universal que el hombre comparte con todas las creaturas”, sentencia Rueckert ocupando palabras de McHarg (1996: 119). Si, en principio, vemos la creatividad como una energía motriz que nos saca de la inercia y nos endilga a (y eventualmente nos instala en) otro registro o dimensión de lo existente, por pequeña que sea esa traslación, significa que la creatividad es una forma de generar nuevas conexiones con el Todo; se abren rutas a la otredad de nosotros mismos. Es decir, nos hace ser parte significativa -significativa para nuestras propias vidas- de ese Todo que nos desborda y nos envuelve. En este sentido, la poesía nos hace vivir experiencias ecológicas, de interrelación simbiótica con lo que no es nosotros pero que, en tanto se concretiza este acontecimiento en el discurso, eso que “no somos” pasa a ser igualmente constitutivo de nuestro ser. “Donde no hay visión ecológica, la gente perecerá”, escribe McHarg (citado por Rueckert 1996: 114). Asimismo, me parece que es válido decir: allí donde no hay poesía -poiesis, creatividad, desplazamiento recursivo a las otredades- la gente perecerá.

OBRAS CITADAS

Barrow, Jhon. 1991. Teorías del todo. Hacia una explicación fundamental del Universo. Trad. Rosa Álvarez. Barcelona: Crítica. [ Links ]

Bejamin, Walter. s/f. La dialéctica del suspenso. Fragmentos sobre la historia. Trad. y notas de Pablo Oyarzún. Santiago: ARCIS / Lom. [ Links ]

Campbell, Sueellen. 1996. “The Land and Language od Desire. Where Deep Ecology and Post-structuralism Meet”. The Ecocriticism Reader. Landmarks in Literary Ecology. Athens: University of Georgia Press, 124-136. [ Links ]

Casals Hill, Andrea y Pablo Chiuminatto. 2020. Futuro esplendor. Ecocrítica desde Chile. Santiago: Orjikh Editores. Ebook. [ Links ]

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET). Enciclopedia de términos científicos. En línea. https://www.mendoza.conicet.gov.ar/portal/enciclopedia/terminos/Energ.htm [15-5-2021]. [ Links ]

ENDESA Fundación. “La energía”. En línea. https://www.fundacionendesa.org/es/recursos/a201908-que-es-la-energia . [10-6-2021]. [ Links ]

Hawking, Stephen. 2007. La teoría del todo. El origen y destino del universo. Trad. Javier García Sanz. Barcelona: Random House Mondadori. [ Links ]

Kerridge, Richard. 2006. “Environmentalism and ecocriticism”. Literary Theory and Criticism. An Oxford Guide, Patricia Waugh, ed. Oxford: Oxford University Press. Ebook. [ Links ]

Lewis, H. D. 2010. “Sobre la verdad poética”. El elemento irracional en la poesía, de Wallace Stevens. Trad. Patricia Gola. Córdoba: Alción Editora, 43-46. [ Links ]

Maturana, Humberto y Francisco Varela. 1980. Autopoiesis and Cognition. The Realization of the Living. Dordrecht: Reidel Publising Company. [ Links ]

Real Academia Española de la Lengua (RAE). Diccionario de la lengua española. En línea. https://dle.rae.es/ [15-6-2021]. [ Links ]

Rueckert, William. 1996. “Literature and Ecology. An Experiment in Ecocriticism”. The Ecocriticism Reader. Landmarks in Literary Ecology. Athens: University of Georgia Press , 105-123. [ Links ]

Stevens, Wallace. 2010. “El noble jinete y el sonido de las palabras”. El elemento irracional en la poesía. Trad. Patricia Gola. Córdoba: Alción Editora , 101-125. [ Links ]

1 Se publicó en Iowa Review9, Nº 1 (1978): 71-86. En el presente trabajo cito el trabajo de Rueckert desde la edición de 1996, correspondiente a la del libro editado por Glotfelty y Fromm.

2Existe en inglés una vasta bibliografía sobre la ecocrítica y la relación entre literatura y medio ambiente. En español lamentablemente la bibliografía es más escasa, si bien igualmente existe, sobre todo en España. Solo como rápida referencia para el lector interesado en hacerse un panorama de las problemáticas que aborda la ecocrítica, remito a “Environmentalism and Ecocriticism” de Richard Kerridge, que corresponde al capítulo 35 de Literary Theory and Criticism: An Oxford Guide (English Edition). Dentro del contexto chileno remito, por lo pronto, a los trabajos de Arnaldo Donoso Aceituno y Mauricio Ostria, de la Universidad de Concepción, a los de Juan Gabriel Araya, de la Universidad del Bío Bío y a los de Andrea Casals Hill junto con Pablo Chiuminatto, de la Pontificia Universidad Católica, quienes recientemente (2020) han publicado Futuro esplendor. Ecocrítica desde Chile.

3En estas notas el concepto de poema lo usaré indistintamente en el sentido amplio que le otorga Rueckert, esto es, como sinónimo de obra literaria de alto espesor estético, y en sentido restringido, vale decir, como texto perteneciente al género lírico. Por otra parte, la noción de poesía será más o menos equivalente a la noción de literatura imaginativa, en línea con el modo en que Rueckert discute el valor de la poesía en la escena de la biósfera.

4La totalidad de las citas al ensayo de William Rueckert mencionado al inicio han sido traducidas por mí desde el inglés.

5Recordemos que el artículo de Rueckert se publicó por primera vez en 1978.

6El Todo aquí es una imagen-concepto de totalidad que desborda las imágenes que nos pudiéramos hacer de la realidad, de una parte de ella en rigor. Comprende una zona de “no ser” o “no conocida del ser” pero que asumimos que está ahí, como la materia oscura del universo. Sobre cómo se piensa el Todo en cosmología y física teórica, véase, a nivel de divulgación, la conferencia Nro. 7, “La teoría del todo” de Stephen Hawking en su libro La teoría del todo. El origen y el destino del universo. También, siempre a nivel de divulgación, el libro de Jhon Barrow Teorías del todo.

7Tomo el concepto de autopoiesis de Maturana y Varela. Ver al respecto el ya clásico e influyente libro Autopoiesis and Cognition: the Realization of the Living, de 1980 (la primera edición, con el título De máquinas y seres vivos, data de 1972, Santiago, Editorial Universitaria).

8Discutir cómo las categorías de lo real, lo imaginario y lo simbólico se conectarían con la biósfera daría para mucho. Por ahora solo lo planteo a manera de hipótesis.

9En su artículo, Rueckert no formula las preguntas en modo condicional, sino en indicativo.

10Véase la tesis VII de Walter Benjamin en Dialéctica de suspenso.

11Cito del ensayo “Sobre la verdad poética” de H. D. Lewis, ensayo que está, sin embargo, incluido en el libro El elemento irracional en la poesía cuya autoría es de Wallace Stevens. Patricia Gola, la traductora del libro de Stevens consigna en una nota que el trabajo de Lewis fue en su momento copiado por Stevens con la intención de redactar un trabajo sobre el mismo tema, cosa que finalmente Stevens no hizo (El elemento irracional…, 2010: 43).

Recibido: 26 de Enero de 2022; Aprobado: 27 de Mayo de 2022

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons