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Estudios filológicos

Print version ISSN 0071-1713

Estud. filol.  no.68 Valdivia Dec. 2021

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132021000200265 

Reseñas

El malogrado

Niels Rivas Nielsena 

aDepartamento de Literatura, Universidad Adolfo Ibáñez. Chile. niels.rivas@uai.cl

Bernhard, Thomas. ., El malogrado. ., , Santiago de Chile: :, Alfaguara, ,, 2019. ,, 146p. pp.

Publicada originalmente en 1983, El malogrado fue traducida del alemán al español por Miguel Sáenz en 1985 y desde entonces ha sido editada numerosas veces en nuestro idioma. Desde 2019, los lectores contamos con una primera edición realizada en Chile.

El malogrado es una novela absolutamente bernhardiana. Basta leer unas cuantas líneas, en cualquier momento de la historia, para reconocer en ellas, inmediatamente, la prosa de Bernhard: espesa, envolvente, obsesiva. En este sentido, la lectura de El malogrado es inseparable de una experiencia del lenguaje. Leemos realmente a Bernhard en la medida en que nos satura -y nos regocija- su sintaxis recargada y rítmica, sin otro punto de apoyo que el pensamiento del narrador, que va construyendo la historia a partir de sucesivas divagaciones, sin linealidad alguna, en un incisivo ir y venir de recuerdos, pensamientos e imprecaciones que se despliegan a lo largo de ciento cincuenta páginas sin un solo punto aparte.

El argumento es simple y gira en torno a la amistad de tres hombres que en su juventud se conocieron en Salzburgo, en una prestigiosa escuela de música a la que llegaron para convertirse en pianistas de clase mundial. Uno de ellos es Glenn Gould; otro es Wertheimer, personaje ficticio; y el tercero es el narrador, cuyo nombre desconocemos pero que podría ser cualquier austriaco perteneciente a una familia adinerada, que se ha formado musicalmente en Viena o Salzburgo. El punto de fuga de la historia corresponde al momento -preciso- en que Wertheimer escucha por primera vez a Glenn Gould tocar las Variaciones Goldberg, “en el aula treinta y tres del primer piso del Mozarteum, exactamente a las cuatro de la tarde” (134). No solo la aspiración de ser un pianista de clase mundial sino la existencia completa de Wertheimer sufrió una conmoción en ese momento, producto de la brillantez de Gould. Simplemente, Wertheimer se vio aplastado de una vez y para siempre por la genialidad del canadiense. Cayó fulminado y empezó su progresivo e inevitable proceso de degradación, que concluirá con su suicidio, veintiocho años más tarde, poco después de la muerte natural de Glenn Gould. El narrador, por su parte, experimenta algo similar a Wertheimer durante su formación en el Mozarteum. La onda expansiva irradiada por la brillantez de Gould también trunca su carrera de pianista; en eso coincide con Wertheimer. Pero la gran diferencia es que el narrador no creía realmente en su carrera, como tampoco creía en ninguna otra cosa, de modo que su indolencia y su hastío paradójicamente lo salvan de padecer un naufragio existencial como el de Wertheimer, el único malogrado de esta historia.

La novela de Bernhard evidentemente trata sobre el arte, pero más específicamente sobre la genialidad artística. Y como es de esperar cuando de Bernhard se trata, el resultado es desmesurado y perturbador. La ejecución más elevada de una obra de arte, la más extraordinaria, no puede sino tener un efecto devastador, sobre todo en aquellos que son particularmente aptos para percibir esa altura superlativa. Los virtuosos -como Wertheimer y como el narrador, según nos consta-, es decir, aquellos que sin ser genios están perfectamente dotados para advertir la genialidad, resultan ser las víctimas más desgraciadas, las que han de sufrir el mayor daño. Nadie como el virtuoso para padecer la devastación provocada por la genialidad. De esa devastación, tras escuchar a Glenn Gould interpretar las Variaciones Goldberg, Wertheimer no se recuperó en toda su vida.

¿Y qué pasa con el genio?, ¿su genialidad le impone, también, alguna forma de devastación? Por momentos la novela parece indicar que sí, que Glenn Gould para ser Glenn Gould debió convertir el piano en una “monstruosidad” y que esa monstruosidad lo arrinconó y lo consumió, tendiéndole finalmente una trampa mortal. Pero la respuesta se torna difusa, sin duda. Partiendo por el hecho de que Glenn Gould nunca “quiso en absoluto salir de esa monstruosidad” (11).

El genio, como sugiere la novela, parece estar siempre fuera de nuestro alcance. Los otros no. Los virtuosos, los que solo alcanzan a presenciar la genialidad, son cartografiables y predecibles. A quienes pertenecen a ese grupo el narrador los identifica y los condena irremisiblemente, tal como ocurre con Wertheimer, el malogrado sin apelación. La genialidad, sin embargo, pertenece a una esfera distinta, que solo podría ser retratada imprecisamente, mediante contradicciones o claroscuros. Un muy breve ejemplo, en palabras del narrador: “odiaba a Glenn en todo momento, pero lo quería al mismo tiempo, con la máxima consecuencia” (75).

No en vano el narrador enfrenta grandes dificultades cuando se autoimpone el proyecto de escribir sobre Glenn Gould. Creyendo ser un “testigo competente de su cabeza totalmente extraordinaria” (67), redacta cientos de esbozos sobre la figura del genio que sin embargo terminan en la basura, y cuando por fin cree haber escrito una obra valiosa, acto seguido “duda de si esa obra valía realmente algo” (68) y se propone aniquilarla, para empezar una nueva, que ciertamente volverá a aniquilar y así sucesivamente en una espiral cuyo resultado último no es sino una suma de “disparates, de los que me atrevo a decir que son ensayísticos […] estos desahogos ensayísticos que al final, sin embargo, siempre tengo que maldecir y romper” (97).

Muchas cosas caben en esta novela. El arte, como se ha visto. La genialidad. Las Variaciones Goldberg. Pero si hay algo que ocupa un lugar central es, por sobre todo, el retrato de Wertheimer. Todas las formas de la abyección, la impotencia y la infelicidad se encarnan en el malogrado, un antihéroe de tomo y lomo. Por cierto, tan extrema es su desdicha que no puede sino resultar cómica. No es descabellado pensar que Bernhard, soterradamente, ha escrito una espesa y perversa comedia, y que la carcajada -también, perversa- es la respuesta más penetrante frente a la catástrofe de su desgraciado protagonista.

Ninguna vía de redención está disponible para el infausto Wertheimer. Su amistad está contaminada de envidia e impotencia. Sus vínculos con sus padres están teñidos por el odio. Su relación con su hermana, que es lo más cercano -y aún así, muy lejano- a una relación afectiva, se desarrolla sobre la base del abuso y la crueldad. Su suicidio, ese gesto último que en los personajes heroicos suele estar nimbado de coraje o de entereza, se encuentra envilecido por el rencor que lo impulsa y por los mezquinos sentimientos que rodean su ejecución. En Wertheimer se derrumban una por una, con maligna prolijidad, las virtudes que querríamos ver en un ser humano. Si en muchas novelas o historias hemos presenciado un momento fundamental en que el héroe descubre de algún modo su destino o reconoce su fortaleza interna, en Wertheimer somos testigos exactamente de lo contrario. El narrador describe -y vuelve a describir, una, dos, diez veces- el momento crucial en que Wertheimer se malogró para siempre: cuando oyó tocar a Gould por primera vez las Variaciones Goldberg en el Mozarteum. Tal fue su bajada al inframundo, su mayor epifanía. Solo que en su caso la revelación no lo impulsó a llegar a ninguna Ítaca sino que lo aplastó y lo mutiló y cerró todos sus caminos.

Mención aparte merece la voz del narrador, en quien convergen -con alta intensidad- la misantropía, el nihilismo, la frivolidad, la repugnancia… todo lo cual, sin embargo, no genera una atmósfera oscura o angustiante. Acaso la genialidad de Bernhard consiste en que la radical negatividad de su narrador nunca se despeña hacia la desesperación o la pesadumbre, resultado predecible, que por cierto haría de esta una novela oscura y deprimente. Una más. Con todo su odio y ferocidad, el narrador de El malogrado no deja en ningún momento de ser un espíritu sofisticado, dotado de una torva facilidad para advertir la estupidez y la abyección circundantes, y por supuesto dotado también de un cruel sentido del humor, todo lo cual hace de esta una novela más bien inclasificable: podría corresponder a una suerte de género anti-épico, en virtud de la patética travesía de su protagonista; o ser considerada una novela psicológica, una indagación sin tapujos en la ambición, la impotencia y la envidia; o bien, una parodia de la novela de formación, en la que un joven y desdichado héroe se malogra nada más empezar la historia. Ninguna de estas definiciones podría ser concluyente, por cierto.

Sin sacar a Wertheimer del primer plano, el narrador expone sus apreciaciones y juicios sobre cuanto está a su alcance, elaborando así un telón de fondo rico en diatribas y repulsiones. Austria es uno de sus objetivos predilectos, “ese país profundamente odiado” (57). Lo mismo Viena, lo mismo Salzburgo, la ciudad “más hostil al arte y al espíritu que se pueda imaginar” (15), y en general cualquier lugar que esté cerca de tierras austríacas o de la vecina Suiza, ese país donde “todo está degenerado” y “toda estupidez tiene su asiento” (55). Su “odiada familia” (22) también es parte del lienzo que va desplegando, en particular sus padres -y por extensión, todos los padres- que “saben muy bien que prolongan en sus hijos la infelicidad que son ellos mismos” (43) y que “actúan con crueldad al hacer niños” (Id.). Las “gentes sencillas”, los “llamados desposeídos” que son “tan carentes de carácter” y están “tan repulsivamente dispuestos como los otros, a los que pertenecemos y a los que, solo por ese motivo, consideramos repulsivos” (80); los tribunales y los jurados que “solo obedecen en sus juicios al capricho momentáneo, pero también, siempre, a un odio sin trabas hacia sus semejantes” (117); el “abyecto socialismo” (42), el catolicismo “cuyo hedor llega hasta el cielo” (43)… Esta realidad degradada en extremo se convierte, en definitiva, en una perfecta caja de resonancia para la figura de Wertheimer: amplifica su catástrofe, adorna perversamente su inapelable mezquindad. La crueldad hacia el malogrado es total.

Esta novela, en suma, ofrece lo mejor y más característico de Bernhard, a la altura sin duda de sus textos más emblemáticos como los Relatos autobiográficos, Tala y Extinción.

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