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Estudios filológicos

versión impresa ISSN 0071-1713

Estud. filol.  no.51 Valdivia jun. 2013

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132013000100004 

 

"¿Qué es un autor?" .. .A la luz de las poéticas del subalterno*

"What is an author?"... In light of the poetics of the subaltern

 

Sergio Mansilla Torres

Universidad Austral de Chile, Instituto de Lingüística y Literatura, Valdivia, Chile. Correo electrónico: changuitad@gmail.com
* Este trabajo forma parte de la ejecución del Proyecto 1110026, financiado por el Fondo de Ciencia y Tecnología de Chile (Fondecyt). Una versión resumida de este trabajo, enfatizando en particular los aspectos que conciernen directamente con la categoría de autor indígena, se leyó en el IV Congreso de Lenguas y Literaturas Indoamericanas y XV Jornadas de Lengua y Literatura Mapuche, 14, 15 y 16 de noviembre de 2012, Universidad de La Frontera, Temuco.


 

Tomando como base algunas de las tesis que Michel Foucault sustentara en su conferencia "¿Qué es un autor?", de 1969, en esta ocasión se hace un esfuerzo teórico por elucidar la pertinencia de la pregunta y de sus posibles respuestas en el contexto de literaturas escritas desde una situación de subalternidad contestada precisamente a través de la práctica literaria. Una de las tesis aquí sustentadas es que "autor" es un término que alude tanto a quien realiza el trabajo de construir un sujeto de discurso a partir de la realidad de un sujeto-cuerpo, como al trabajo mismo de convocar las voces acalladas del subalterno y otorgarles lugar en la escritura, de manera que autor deviene metónimo de una comunidad histórica concreta.

Palabras clave: autor, sujeto de discurso, lugar originario de la escritura, sujeto lírico, subjetividad etno-intercultural.


 

Taking as a base some of Michel Foucault's theses sustained in his 1969 conference "What is an author?", on this occasion we make a theoretical effort to elucidate the pertinence of the question and its possible responses in the context of literatures written from the situation of subaleternity, answered, precisely, through the literary practice. One of the theses sustained here is that the "author" is a term that alludes to the person who constructs a discursive subject from the realities of a subject-body as well as the work itself that summons the silenced voices of a concrete historical community.

Key words: author, subject of discourse, originating place of writing, lyric subject, ethno-intercultural subjectivity.


 

PRESENTACION: LA "DESAPARICION" DEL AUTOR BAJO SOSPECHA

"La 'desaparición' del autor en la 'escritura contemporánea' como un principio ético le viene a Foucault de sus lecturas de Blanchot, en primer término, y de Borges, en segundo lugar", anota Daniel Link en sus "Apostillas a ¿Qué es un autor?" (2010: 74). Pero, ¿por qué la desaparición del autor habría de ser un principio ético, defendible, significativamente caracterizador de la "escritura contemporánea"? Foucault, como sabemos, arremete, implacable, contra una concepción de autor que se sustenta en una sobrevaloración del sujeto burgués, autosuficiente, erigido como (presunto) fundamento originario de una escritura que, ilusoriamente, expresa su exterioridad. Mi sospecha es que el planteamiento de Foucault hace agua cuando lo trasladamos a aquellas escrituras que se constituyen como respuesta-propuesta a una situación de subalternidad que no ofrece nada que celebrar; al contrario: se escribe justamente para acabar con dicha situación, de manera que la escritura se vuelve un campo de batalla por el reconocimiento en el que el principio ético de esta escritura, igualmente contemporánea, no ha de ser ya la desaparición del autor, sino, al revés, su potente visibilización.

Visibilización que poco o nada tendría que ver, sin embargo, con la sobrevaloración del sujeto individual, aislado. Se trata de construir presencia en y por la escritura, disputarle al poder dominante espacios y formas de representación, interpelar a quienes han venido conformándose según la perversa dialéctica amo-esclavo llegando a convencerse o, por lo menos a aceptar, que este status quo es la única realidad posible, aun si resulta abominable. Dibujado así el escenario, no parece tan obvio que la categoría de autor se agote, al menos para efectos de análisis, en su sola dimensión discursiva al punto de atender, restrictivamente, a su condición de "función" por encima de aquellas notaciones materiales que involucran la existencia de sujetos cuerpos situados en condiciones de vida muy concretas, nada discursivas, nada literarias.

Al respecto, Roger Chartier, precisamente al comentar la conferencia de Foucault de 1969 sobre la naturaleza del autor, parte haciendo una aclaración muy pertinente:

Foucault distinguía dos problemas [...]: por un lado, el análisis sociohistórico del autor como individuo social y los diversos interrogantes que se vinculan a esta perspectiva (por ejemplo, la condición económica de los escritores, sus orígenes sociales, sus posiciones en el mundo social o en el campo literario, etc.), y, por otro, la construcción misma de lo que llama la "función-autor", es decir, "la manera en que un texto designa explícitamente esta figura (la del autor) que se sitúa fuera del texto y que lo antecede" (1999: 11).

Mi argumento avanza en la dirección de presentar estos "dos problemas" como aspectos diversos de una misma situación: la del autor literario subalterno, cualidad que alude a su condición sociohistórica, puesto ante la urgencia política de subvertir la subalternidad en y a través de la función autor que emerge en su escritura.

Con todo, el lector hallará en estas reflexiones menos un análisis exhaustivo de la categoría de autor en el terreno de las poéticas de lo subalterno y más un cierto conjunto de lineamientos de trazos gruesos, orientados a perfilar una especie de programa de trabajo para pensar el autor en la arena de los discursos constitutivos de las literaturas escritas en situación de subalternidad. Deliberadamente, he pasado por alto ciertas definiciones y precisiones conceptuales con la esperanza de atender, con algún grado de pertinencia espero, a la constelación autor-texto y su funcionamiento en la cultura, en la historia. Uso la expresión "constelación" a modo de archilexema que designa más un campo difuso de fenómenos interrelacionados que un fenómeno en particular. Si no me he detenido, por ejemplo, a clarificar en qué sentido autor (que escribe) es, porque de hecho lo es, diferente de voz hablante de la escritura, se debe a que he optado por asumir que quien escribe, precisamente al escribir, habla en lo que escribe (y no solo a través de lo que escribe), aunque, como se comprenderá, en este hecho entren en juego mediaciones retóricas varias, operaciones de escenificación discursiva de la subjetividad, propuestas fantasiosas de mundos que no tienen ni necesitan tener respaldo positivo en el mundo empírico de la vida cotidiana.

Considérense, pues, estas líneas como un intento preliminar de esbozar algunas problemáticas con la esperanza de que contribuyan a generar perspectivas, críticas y productivas, sobre la literatura en general, pero en especial sobre aquellas literaturas que reclaman atención a sus orígenes, a su genealogía, a su intencionalidad y propósitos, los que, pareciera, desbordan los límites de una textualidad empujada a ser "solo literatura", validada dentro del restringido campo de las autonomías estéticas. Dedicamos un apartado a la cuestión del autor en el terreno de la poesía indígena chilena; aunque, en rigor, no es mucho más que una ejemplificación algo extendida de ciertas tesis de orden general aplicables, en realidad, a cualquier literatura producida en situación de subalternidad. La pregunta sobre la naturaleza del autor indígena chileno o latinoamericano en la modernidad bien daría para un estudio de centenares de páginas, si se lo asume con la exhaustividad que merece. De momento, baste esta pincelada preliminar.

El lector sabrá excusar las escasas referencias bibliográficas en beneficio de la libertad de elucubración que permite el formato ensayo por el que más o menos he optado en esta ocasión. Por cierto, se podría haber revisado otros textos de Foucault en los que complementa, corrige, revisa cuestiones sobre el sujeto, el discurso, el poder, la literatura. Mas, no quisiera convertir este trabajo en un simple comentario de la obra de Foucault o en una sistematización de sus tesis, sino aprovechar un planteamiento específico suyo, tomado de manera algo aislada, para elaborar una propuesta de trabajo —una tentativa teórica— que pueda resultar pertinente para un ámbito particular de la literatura contemporánea en la que la perspectiva foucaultiana sobre el autor queda, a mi entender, al debe.

La noción de subalterno la tomo prestada de la crítica postcolonial, aunque, para efectos de este trabajo, la restrinjo a una situación de producción literaria particular: aquella que acontece en un contexto de desigualdad social, cultural, de poder, de reconocimiento, antidemocrática en definitiva, y que se erige como práctica estético-política de contestación a esta desigualdad. Lois Tyson (2006), al describir la relación crítica postcolonial y literatura, enumera ocho tópicos que serían distintivos de esta crítica. El tópico que se relaciona directamente con la perspectiva aquí asumida, Tyson lo describe en términos que vienen a expresar con precisión el radio de alcance de estas reflexiones:

La lucha por la identidad cultural y colectiva y sus derivaciones en la alienación, el exilio identitario (sentimiento de que se carece de "hogar" cultural o de una crisis de pertenencia), doble conciencia (sentimiento de escisión entre demandas psicológicas y sociales de culturas antagónicas) e hibridez (vivencia de la identidad cultural como realidad que hibrida dos o más culturas y que a veces se la vive como experiencias positivas, alternativas o como exilio identitario)" (2006: 427; trad. mía).

Más allá de la cuestión de si el subalterno realmente puede hablar y sobre todo si realmente es o puede ser escuchado de manera que se corrija efectivamente la desigualdad, lo que importa, en esta oportunidad, es retener el hecho de que el escritor que se asume escribiendo en una situación de subalternidad y en representación de la comunidad que la sufre, se ve en la obligación de convertirse en autor-sujeto-agente de una insurgencia discursiva que haga justicia donde ha campeado la opresión. El éxito o el fracaso de esta empresa libertadora (literalmente) es ya un asunto que habría que examinar en casos particulares; pero, dada esta situación, hay un común denominador que no debiera en absoluto diluirse ni en el olvido ni en una conceptualización disolvente de la historicidad radical: son literaturas que no solo hablan de una cierta historia de desigualdad sino, y esto es clave, ellas mismas son (se empeñan en ello, al menos) la historia en transformación, el devenir hacia el desalojo de la desigualdad estructural.

CONTRA EL "GRADO CERO" DEL AUTOR

"¿Qué importa quien habla?" es la pregunta que sirve a Michel Foucault de punto de partida para la conferencia "¿Qué es un autor?" que el filósofo francés dictara el 22 de febrero de 1969 en la Sociedad Francesa de Filosofía. Foucault ve en esta interrogante inicial —cuya formulación toma, como él mismo consigna, de Beckett— la afirmación de una indiferencia en la que, según sus palabras, "hay que reconocer uno de los principios éticos fundamentales de la escritura contemporánea [...] una suerte de regla inmanente, retomada sin cesar, nunca completamente aplicada, un principio que no señala la escritura como resultado sino que la domina como práctica" (2010: 11). Y agrega, refiriéndose a los dos "grandes temas" que, de acuerdo con Foucault, les serían propios a este principio ético de la indiferencia sobre la identidad de quien habla en la escritura: un tema dice relación con el hecho de que "la escritura de hoy se ha liberado del tema de la expresión: no se refiere más que a sí misma, y sin embargo no es tomada bajo la forma de la interioridad, se identifica con su propia exterioridad desplegada" (11). El otro tema, "más familiar", "es el parentesco de la escritura con la muerte" (12), expresión que evoca a Roland Barthes quien, en un conocido ensayo de 1968, da por muerto al autor. La alusión a la "muerte" es, ciertamente, una manera de hablar de la "desaparición del autor", en la medida en que el concepto de "escritura" que sustentan tanto Barthes como Foucault se refiere "a la condición general de todo texto, condición a la vez del espacio en que se dispersa y del tiempo en que se despliega" (Foucault 2010: 15-16). La escritura, entonces, no es reductible ni al gesto particular de escribir ni a la intencionalidad comunicativa de un sujeto escritor.

Pareciera, pues, que Foucault se empeña en desbaratar lo que para él sería una ilusión: aquella que se produciría por la "identificación" de la escritura con "su exterioridad desplegada", cuestión que daría paso, según se puede deducir de sus afirmaciones, al ocultamiento de un hecho que se oblitera tras el traje de la "expresión" con el que la escritura se viste y sale a escena. "La escritura no se refiere más que a sí misma", remacha categóricamente Foucault. A mi entender, esta tesis, formulada de modo tan enfático y absoluto, resulta problemática, debatible cuando menos, en la medida en que no deja espacio para considerar que la escritura igualmente podría describirse como un virtual, abstracto y heterogéneo campo de referencias que se concretiza en una cierta materialidad textual que cobra sentido, precisamente, porque el lector lee el mundo en el texto y por el texto. Que la escritura se refiera a sí misma no es ni tiene que ser equivalente a referirse solo a sí misma.

Sin duda, la escritura no es "expresión" si por ello entendemos un mero epifenómeno discursivo de una materialidad "dura" a la que, además, si es que lo seguimos viendo como epifenómeno, habría que atribuirle un (imposible) sentido humano anterior a su verbalización. Imposible porque el sentido humano acontece justamente por y en el lenguaje. Aunque decir "lenguaje" es situar el foco de atención en un registro todavía demasiado abstracto que nos distrae del hecho de que en la vida cotidiana no tratamos con el lenguaje en general, sino con idiomas concretos en situaciones concretas. Solo a modo de digresión complementaria y a propósito del ataque de Foucault a la "expresión", consignemos que las palabras no se refieren a las cosas en tanto esencialidades inmutables, sino a las formas específicas que adquieren las experiencias de los sujetos en las cosas y ante ellas; formas que se materializan, entre otros determinantes, por las posibilidades cognitivas disponibles en idiomas concretos (por ejemplo, la atribución de género masculino y femenino a la realidad nombrada como sucede con el idioma castellano) y que dan espacio a la emergencia de las "cosas": esas materialidades que se codifican precisamente como la "exterioridad" del signo y que, al ser codificadas de esta manera, son la exterioridad a la que se refiere la escritura (la que, por otra parte, es una abstracción cuya modalidad concreta de existencia son, como se dijo, los textos).

Como el lector podrá ya ver, mi pretensión no es invalidar la noción de escritura sugerida por Foucault; simplemente insistir en que al escribir y leer literatura, la experiencia que nos es dada es la de una práctica textual que acontece en una situación de vida localizada en un idioma definido. Retener la dimensión concreta del texto es, en mi opinión, crucial cuando tratamos con literaturas escritas en situación de urgencia, caso en que las operaciones de abstracción se pueden tornar indistinguibles de la reificación. No se trata, pues, de debatir con Michel Foucault en su propio registro, es decir, en el ámbito de una cierta teoría general de la función autor y de las reglas que la instauran y la hacen posible en la modernidad. El propósito que anima este estudio se orienta, en cambio, a perfilar algunos problemas teóricos —que, como veremos, son también éticos y políticos— que se suscitan al trasladar el empeño de Foucault, cuyo horizonte de referencia no sale de Francia y cuyo clima emotivo e ideológico seguro estaba marcado por el fracaso de mayo de 1968, a un campo cultural-discursivo en el que la indiferencia sobre quién habla no sería algo fácil de entender, menos de tolerar.

Me refiero a las escrituras literarias de comunidades o grupos subalternos que han hallado justamente en la literatura una vía hacia la insubordinación radical. Hablo de esa literatura que no se reduce a documento de denuncia, a simple testimonio acusatorio o de defensa; que no se agota en la sola condición de ser narrativa de una cierta memoria insurgente; literatura que, no obstante pudiendo ser todo esto, es, por encima de cualquier nota distintiva de intencionalidad pragmática, el lugar textual en que se construyen y reparan subjetividades que batallan por superar la subalternidad de base que las constituye. Entiéndase: práctica textual en la que se materializa una lucha denodada, no siempre victoriosa claro está, contra aquellas limitaciones históricas de la memoria e imaginación literarias que, cual camisa de fuerza, las urgencias reificadas del día a día imponen sobre los sujetos concretos, estimulando la inmovilidad reactiva de éstos, su deshistorización y la consecuente cosificación de sus mentes y cuerpos.

Cuando se escribe desde la experiencia de la desigualdad y se la escenifica para exhibir su funcionamiento, sus aporías, sus aberraciones, difícilmente, la literatura se referirá solo a sí misma. Y aquí sí que importa saber quién habla, aunque muy probablemente tal importancia poco o nada le deba al individualismo de la modernidad capitalista que sobreestima el derecho de propiedad sobre lo dicho o escrito, como si ser autor-voz hablante fuese equivalente a ser el dueño y señor de lo que escribe o dice.1 Saber quién habla es, en este contexto, parte de las notaciones discursivo-textuales que dan paso a la conmoción ética que la literatura promueve sobre la base de materiales extraídos de la vida, que incluye, cómo no, la experiencia humana con los signos y sus significaciones.

Saber quién habla importa porque en ese saber radica una actitud y una práctica de (re)conocimiento del otro (y de la tensa dialéctica que se despliega en el sí mismo), algo que sí es de capital importancia cuando este (re)conocimiento acontece como "expresión" (metáfora, metonimia, alegoría) de estructuras de dominación tensionadas por voces que se convocan a hablar en la voz de quien circunstancialmente oficia de escritor-autor-voz textual. Dicho desde una perspectiva inversa: si la literatura trata con la desigualdad, sí importa quién habla porque importan —y de un modo determinante— quiénes callan en beneficio de la voz-autor que la institución literaria ha autorizado a hablar en una escritura que de ninguna manera se agota en una suerte de metatextualidad onanística. Aquí convendría quizás pensar la función autor como un campo de transubjetividades que no terminan nunca de fluir y que podríamos imaginar, en principio al menos, como una trayectoria sin trayecto predefinido.2

¿FUNCION AUTOR O SUJETO AUTOR?

Retornemos a la conferencia de Foucault. Al final de su exposición, Jean Wohl, quien oficiaba de moderador de la sesión, cede la palabra al público, oportunidad en que Lucien Goldman, Jacques Lacan, entre otros, hicieron comentarios, observaciones, preguntas al expositor. Fue precisamente Goldman quien interpela a Foucault en los términos siguientes: "Una pregunta: cuando usted admite la existencia del hombre o del sujeto, ¿los reduce, sí o no, al estatuto de función?" (2010: 53). De su escueta formulación se desprende una sospecha: en el planteamiento de Foucault prevalece un peligroso desperfilamiento de los cuerpos y de las materialidades del vivir cotidiano de estos, en beneficio de un exceso de los discursos que hacen de estos últimos una especie de realidad omnipresente, omniabarcante, que satura las materialidades del mundo hasta volverlas una especie de epifenómeno del discurso y de las funciones que le son consustanciales (v. g., la "función autor").

Foucault se apresura a responder, enfático: "No he dicho que lo redujera a una función, analizaba la función en el interior de la cual algo como un autor podría existir. No he hecho un análisis del sujeto, he hecho el análisis del autor" (2010: 53). Si bien la respuesta de Foucault corrige el "error" de perspectiva de Goldman, no es, estimo, del todo satisfactoria. Si a Goldman le llega a parecer que el análisis de la "función autor" propuesto por Foucault eventualmente equivaldría reducir al sujeto autor a una mera función discursiva, tal "error" no es explicable solo porque Goldman no haya entendido en absoluto a su colega o haya pasado por alto detalles claves de la exposición de Foucault. La dicotomía "hombre" (o "sujeto") vs. "estatuto de función" que sugiere Goldman en su pregunta termina hallando asiento en otra dicotomía que sí defiende Foucault: "autor" (función autor) vs. "sujeto".

¿Qué autoriza sostener esta tajante separación? Precisamente, la perspectiva y argumentos de Foucault la autorizan: solo desplazando la cuestión del autor al interior del discurso, de manera que el autor empírico no importe sino en tanto el discurso lo haga existir como función-voz articuladora de un cierto proferimiento sujeto a las reglas consustanciales del "orden del discurso", cobra sentido separar "función autor" de "sujeto autor". "Se trata, dice Foucault, de quitarle al sujeto (o a su sustituto) su rol de fundamento originario, y analizarlo como una función variable y compleja del discurso" (2010: 41). Entiéndase entonces que, cuando Foucault responde a Goldman diciendo "no he hecho análisis del sujeto, sí he hecho el análisis del autor", lo que subraya es su esfuerzo teórico por desalojar al autor de su privilegiada posición de "fundamento originario" de la escritura para instalar, en su lugar, una sospecha radical: el autor deviene en el discurso y por él, con lo que se afirma la prevalencia irrestricta de las reglas del discurso las que hacen que una persona que escribe devenga autor, o sea, función textual que opera como una constante algebraica de la escritura.

Para saldar dudas, convendría sí decir que la crítica de Foucault no es contra el autor en tanto sujeto empírico concreto, sino contra un concepto de autor que dibuja a éste como una entidad individual esencialmente originadora de la escritura/ obra, externa a ella, propietaria y responsable última de los enunciados. La "muerte del autor" que Foucault sugiere es en realidad la muerte de un modo de ver la obra como "expresión" de una cierta realidad exterior a ella, cuya naturaleza última estaría radicada en el sujeto autor, ese individuo que escribe (y de algún modo habla en el texto) "expresando" su irreductible subjetividad. "Retengamos pues nuestras lágrimas" (2010: 31): irónica invitación que Foucault dirige a sus contertulios dando a entender que no ha llegado todavía la muerte del sujeto autor.3

Desde luego, los mundos privados estrictamente personales de los sujetos autores poco o nada importan para la literatura, a menos que tales mundos sean desplazados al terreno de las intersubjetividades de manera que lo que en su origen pudo ser personal, se torne experiencias compartidas elevadas, hablando genéricamente, a la condición de símbolo que condensa e interrelaciona significaciones, que convoca la polifonía de la comunidad(es) de la que el autor forma parte en un tiempo histórico concreto, en un determinado lugar, en y desde una posición específica. Situada, entonces, la cuestión del autor en escrituras literarias que se erigen como respuesta-propuesta contra lo que se representa como inaceptables desigualdades, materializadas en violencia física o simbólica, dominación sostenida, opresiones intolerables, ésta cobra una naturaleza esencialmente historizada, tanto que la "muerte del autor" puede dejar de ser un concepto de resonancias nietzscheanas para transformarse en un crimen real (los ejemplos, por desgracia, abundan). En este contexto, saber quién habla, desde qué posición lo hace, a quiénes representa y de qué modo, se vuelve un asunto crucial en la medida en que los textos reclaman una lectura que no los arranque de su historicidad radical.

EL TRABAJO DE SER AUTOR DESDE LO SUBALTERNO

La pregunta de Foucault sobre la naturaleza del autor (de la "función autor") habría que reformularla atendiendo a peculiaridades propias de escrituras situadas en una constelación de decolonialidad. ¿Qué significa ser autor indígena, por ejemplo, cuando ser indígena es una batalla tenaz contra la denegación? ¿Qué es un autor cuando quien escribe lo hace desde la urgencia del desgarro cultural, de la necesidad ética de restituir una cierta memoria insurgente que instituya, a su vez, una poderosa metáfora afirmativa de una cierta identidad cultural-política que se sobreponga a recurrentes prácticas de exterminio semiótico, cuando no derechamente de exterminio de los cuerpos?

Foucault formula varias preguntas que delatan, desde su perspectiva, una forma de comprender la noción de autor que no se aviene con la naturaleza del autor en tanto función discursiva constituida por reglas del orden del discurso: "¿Quién ha hablado realmente? ¿Es en verdad él y nadie más? ¿Con qué autenticidad o qué originalidad? ¿Y ha expresado lo más profundo del sí mismo en su discurso?" (2010: 42). Me parece que estas preguntas tocan órdenes de realidad diferentes y que no se sostiene su yuxtaposición, a menos que se tenga en mente un concepto de autor que lo reduce a un esencialismo hiperbólico supuestamente autocontenido en su mismidad aislada y autosuficiente. Por cierto, un autor no es solo "él y nadie más", porque ningún autor se ha hecho solo, de la nada; la literatura ha sido siempre una práctica textual cooperativa en la que los textos de autoría individual, en cuanto entran al ruedo de la arena pública, cualquiera sea la forma que ésta adquiera, devuelven, a veces con creces, los muchos préstamos que hicieron posible que un texto cristalice efectivamente en literatura.

O sea que lo que llamamos autoría individual podríamos concebirla como el resultado de un trabajo que un autor ejecuta en la semiósfera en la que éste se inscribe. Un trabajo de selección, de apropiación y luego de composición escritural de formas literarias en estado molecular para producir, finalmente, un texto compuesto según estilo y sensibilidad del escritor, actualizando determinadas actitudes, perspectivas, técnicas de escritura, etc., aspectos que siendo propios, personales, no son exclusivos del individuo que escribe. Y no lo son en dos sentidos por lo menos: a) pertenecen, difuminadamente, con distintas magnitudes e intensidades, a la élite intelectual con la que el autor interactúa y de la que —de una manera u otra— forma parte; mas también pertenecen a la comunidad o sociedad de origen del autor, a formaciones culturales específicas, eventualmente a una cierta escuela estética, en fin, a una época. b) Al volverse literatura, estas notas distintivas personales se tornan bien público; significaciones que quedan disponibles para la lectura, cualquiera sea la forma que ésta tome y cualquiera las finalidades con que se realice, devolviendo así el material procesado a la semiósfera global y, por lo mismo, enriqueciéndola en la medida en que la obra-texto le añade nuevas formas literarias moleculares de las que pueden más tarde apropiarse otros autores.4

Vistas así las cosas, la pregunta por la autenticidad o la originalidad no deja de tener sentido en la medida en que se la entienda como una interrogante sobre si el autor se rinde o no a una cierta estereotipia que podría sepultar cualquier posibilidad de que su obra instaure zonas de sentido que no sean (o que no sean exclusivamente) la reiteración machacona de desgastados clichés. Pero, ¿por qué habría de ser esto relevante? No lo es, no tiene que serlo en toda ocasión; una gran cantidad de prácticas artísticas no buscan producir "resultados originales", sino reiterar formas ya consagradas en la medida en que dicha reiteración opera como estrategia de continuidad y defensa identitaria, de legitimidad ante cierta comunidad de pares, en la medida en que acredita dominio y restitución fiel de la tradición. Mucho del arte popular funciona así, aun cuando las reiteraciones no sean de ninguna manera idénticas unas con otras y en esas necesarias e inevitables diferencias se manifieste el sello personal, un estilo propio, la originalidad del artista.

Pero cuando las escrituras se inscriben en un proyecto de, podríamos decir, ruptura epistemológica con aquel ordenamiento que precisamente trabaja a favor de mantener la continuidad del subalterno en cuanto tal y si, además, quien escribe —el autor— lo hace desde una actitud de insubordinación que impacta en la naturaleza misma de la escritura, la cuestión de la originalidad y autenticidad adquiere un peso específico de tal magnitud que se vuelve determinante para la eficacia política de la obra en términos de construir y consolidar espacios de representación que no sean solo espejos pre-vistos por la ideología dominante. La originalidad toma aquí la forma de una dislocación de aquellas representaciones que, de un modo u otro, refuerzan la estereotipia del subalterno (y su reverso). Recordemos que, paradójicamente, estereotipias como éstas pueden incluso hacerse más poderosas cuando se despliegan actitudes frontalmente contestatarias, las cuales, por desgracia, a menudo se agotan en la sola protesta, en la queja sobresaturada o en la victimización paralizante.

Y si a la torsión discursiva le añadimos un esfuerzo por construir una narrativa en la que las voces comunitarias hallen un lugar elocutivo respetuosamente mediado por la voz-autor, tendremos las condiciones mínimas para decir que la autenticidad sí es constitutiva de la función autor en las poéticas subalternas, porque, en este caso, con más urgencia que en otros, la función autor, en el sentido en que la formula Foucault, no puede volverse —el imperativo es ético desde luego— categoría que oblitere el hecho de que hay un sujeto-cuerpo que escribe y que, al escribir y por escribir, éste se constituye en sujeto de discurso. Es más: en un sentido bien significativo, escribir literatura es construir procesualmente un sujeto de discurso que recursivamente deviene dispositivo constructor de sujetos de vida.

Tal como Foucault sugiere, resulta ocioso preguntarse si un autor expresa en su discurso "lo más profundo de sí mismo"; salvo tal vez que el discurso se lea como "confesión" para fines terapéuticos sobre la persona autor, aunque, si se trata de literatura, me asaltan serias dudas sobre la eficacia práctica de esta forma de leer. La conversión autor-cuerpo a autor-función discursiva es una operación mediante la cual el yo autobiográfico, en el sentido no ficcional, se torna en la base infraestructural sobre la que se monta un vasto conjunto de cualidades subjetivas ya no interpretables como rasgos de personalidad empírica, que se materializan en un sujeto, un yo de la escritura, cuyas características dependen exclusivamente del propio discurso que lo constituye y en el que cobra identidad.5 Tal operación transformadora es en sí misma un acontecimiento cultural que se cifra en un texto y que, como todo acontecimiento y al margen de la magnitud de sus alcances, reconfigura la historicidad de los sujetos, el sentido de sus prácticas; pero, sobre todo, es un acontecimiento que nos interpela y nos impele a un ejercicio de resignificación de las metáforas a partir de un tránsito recursivo entre el texto y las experiencias que hacen posible instalar al texto dentro de determinadas coordenadas de interpretación.6

Ahora bien, si un autor subalterno importa en tanto tal es porque en él vemos (o tendríamos que aprender a ver) el metónimo de ese momento único en que una cierta colectividad instituye en las decisiones escriturales de la persona autor (v. g. estilo, elecciones temáticas. género textual, retoricidad, etc.) un campo discursivo lleno de susurros, fracturas, silencios —la heteroglosia literaria— que vienen a ser constitutivos de aquel tipo de sujeto discursivo, ahora liberado de la urgencia pragmática de tener que ser "real", que una colectividad es capaz de producir en un momento dado. El "sí mismo" literario es el yo puesto en el rol de ser esos "otros" que acuden prestos al llamado de una subjetividad que se mezcla, se confunde, se hace una con la muchedumbre que la constituye, deviniendo ella misma sitio de encuentros y desencuentros de voces varias: aquéllas de las que el autor se hace deliberadamente su representante, pero también de aquéllas que lo invaden, que se cuelan por las fisuras de su narrativa y que le prestan la extrañeza suficiente para no quedar el autor atrapado en una subjetividad recortada (subjetivismo egocéntrico), incapaz de movilizar significaciones de valor colectivo. Su discurso no vale, pues, como "expresión del yo" en el sentido de expresión de un ego personal "privado"; vale como narratividad instituyente de una subjetividad plural, metonimia de la tensa pluralidad de significaciones que circulan en el seno de una sociedad concreta en un tiempo y lugar específicos.

La pregunta que aquí se vuelve pertinente sería ¿quién es el autor? Por cierto, no siempre es posible ni necesario conocer el nombre civil del autor (incluso, en tiempos de peligro, ocultarlo deliberadamente o hacerse cómplice del ocultamiento, es o puede llegar a ser una estrategia de sobrevivencia y de solidaridad); pero vale la pregunta sobre todo cuando estamos ante literaturas que se inscriben en la lucha por el reconocimiento. En este contexto, no es, no puede ser indiferente la información que acredita que el autor es indígena, negro, mulato, hombre, mujer, transexual, etc., que proviene de una determinada clase social, que se formó dentro de una cierta constelación de experiencias que contribuyeron a endilgarlo en una dirección ideológica en desmedro de otras; en fin, circunstancia de vida aparentemente personales pero que, en realidad, constituyen la materia de base que se codifica metafóricamente en el discurso. Así, en él hallaremos enunciados reveladores de logros y fracasos a la hora de imaginar mundos que buscan ser metónimos de la totalidad trabajosamente representada desde la situación del subalterno.

BREVE EXCURSO SOBRE EL TRABAJO DE SER POETA INDIGENA

En el caso de lo que se suele llamar, en Chile al menos, poesía indígena contemporánea, no cabe duda de que sí importa saber quién habla si asumimos que la voz hablante es tributaria de una identidad cultural-política que ha hecho de la literatura un campo de (etno)decolonización de la subjetividad. En la práctica de visibilizar y reconocer entonces la especificidad del sujeto escribiente-hablante de esta poesía, yace un principio emancipatorio clave de la escritura poética indígena-mestiza actual: ser indígena no puede seguir siendo equivalente a ser nadie o a ser el sempiterno "indio bárbaro", ni menos reducido a una voz otra cuidadamente conservada como pieza de museo, pieza que las élites del Estado-nación suelen esgrimir como prueba (espuria) de tolerancia y aceptación de la diferencia y la diversidad.

¿Qué significa, pues, ser autor indígena? ¿Basta tener un apellido indígena y firmar con él sus textos? Al respecto, consignemos, a modo de dato primario, que en la poesía de autores indígenas chilenos,7 la condición de autor transita recursivamente desde la individuación "dura" de la persona que escribe (y que también habla en) la poesía hasta la disolución (desaparición, diría Foucault) del autor en entidad voz-intérprete-médium de la comunidad originaria: el "nosotros" etnocultural subalterno. Las especificidades de tales tránsitos habría que indagarlas en cada autor atendiendo a las singularidades de las respectivas poéticas, tarea que, por lo pronto, dejamos para otra ocasión.

La política de la "disolución" del autor en el magma de la comunidad se contrarresta, pues, con una política paralela de recuperación y nominación personal de ancestros indígenas, algo que se manifiesta, entre otras formas, en la práctica de firmar las obras con nombre o apellidos que revelen huella indígena familiar; situación que, probablemente, no dejará de ser incómoda para aquellos autores que por razones diversas sus nombres o apellidos no aludan a orígenes indígenas pero que sí escriben (o actúan) desde la condición de sujetos etnoculturales indígenas en lucha contra la subalternidad. Por otra parte, en un contexto en el que la cuestión de la autenticidad es decisiva para alzar una escritura a contrapelo del orden de cosas que sigue siendo esencialmente colonial, optar por pseudónimos tomados de nombres indígenas pareciera no ser una estrategia de autenticación muy conveniente. Esto porque el nombre indígena del autor no es solo una denominación, una máscara o un mero nombre artístico: es constitutivo y legitimador de una identidad indígena asumida con sus tragedias y sus promesas de plenitud, con sus cruces y fracturas etnoculturales.

Sin embargo, por encima de estas consideraciones, cualquiera sea la forma específica que tome la conformación del autor-poeta-indígena-otro (entiéndase "otro" para la gran mayoría de sus lectores, que no somos indígenas, aunque también para la propia comunidad indígena no letrada), instituirse como tal implica un arduo e incesante trabajo: el de construir, a partir de la subjetividad individual (a la que una cierta indigenidad, cualquier sea la forma en que se manifieste, no le puede ser extraña en absoluto), la necesaria transubjetividad etno-inter-cultural materializada en una ficción poética que despliega, en sus elecciones estéticas, la singularidad del yo primario, la del autor empírico, ejecutor responsable de su escritura. A primera vista, pudiera parecer que esta afirmación es contradictoria con todo lo que he venido sosteniendo a lo largo de esta reflexión: que el yo de la escritura es el autor transmutado en un sujeto textual/discursivo expandido a la condición de sitio de reunión de una tensa pluralidad de voces que conforman el relato de una subjetividad ampliada, no sujeta a las condiciones límites de la sobrevivencia material con la que sí tienen que lidiar los sujetos-cuerpos que escriben. Pero no hay en verdad contradicción alguna: estamos nada más tratando de describir el proceso de llegar a ser autor tomado este —el proceso— desde sus extremos opuestos.

Ser autor es un trabajo que consiste en transitar desde la condición de sujeto-cuerpo-escritor a la condición de "función autor", categoría que cobra valor concreto (no circunscrita a una inamovible abstracción algebraica) si la vemos como un incesante llamado a reconstruir su historicidad. Ser autor de literaturas escritas desde la situación de subalternidad indígena contestada es un tránsito que va, entonces, de la función autor al reconocimiento de las condiciones históricas y cultural-políticas que hicieron posible (y necesaria) —pero que, igualmente, ejercieron efectos limitantes— la conformación de determinadas reglas discursivo-ideológicas que un autor indígena está llamado a cumplir, en un momento histórico determinado, para erigirse como tal. Reglas que toman, al menos en una primera instancia, la forma de principios ordenadores de la escritura poética; por ejemplo, la movilización de la memoria ancestral como instancia de escritura, memoria lo suficientemente poderosa en términos de productividad semiótica y necesariamente conflictuada en términos de políticas de la memoria como para no quedar atrapada en el pintoresquismo exótico de la otredad prefigurada desde el poder dominante. De ahí que analizar el autor exclusivamente como función discursiva en el sentido en que lo propone Foucault no genera extrañeza crítica sobre el hecho de que tal "función" es una abstracción que adquiere sentido solo si se admite una escisión estable entre "autor" y "sujeto" (escisión que Foucault efectivamente admite), la que se torna sostenible, estimo, solo si se le atribuye al discurso un estatus de realidad en sí y para sí.

Los discursos no existen al margen de la historia precisamente porque ellos son la historia: ellos hacen sentido al acontecer porque su trabajo consiste en generar narrativas. Y las narrativas se concretizan y se reconfiguran en textos específicos, los cuales son el resultado del trabajo de sujetos-cuerpos vivientes, pensantes, sintientes, comprometidos con ciertos objetivos de vida por más difusos o contradictorios que éstos puedan ser o parecer. Así, escribir poesía "indígena" es un trabajo con el lenguaje que consiste en expropiarles a los discursos varios que habitan en la semiósfera global de una sociedad dada — gracias al lenguaje precisamente—, aquellas parcelas de significación de valor etno-inter-culturales que serán luego organizadas según reglas de la poesía moderna en lo que a género textual se refiere; pero organizadas también según programas ideológicos/estéticos sustentados por los autores de manera que escribir se torna activismo político-discursivo orientado a alcanzar los propósitos de tales programas de trabajo escritural.

El nombre del autor es una manera de documentar el reconocimiento a quien ha ejecutado ese trabajo, algo que se vuelve acción de primera necesidad si, como sucede con la poesía indígena que trabaja a favor de la decolonialidad, retener el nombre del autor deviene huella acusatoria de aquella desigualdad desencadenante de la escritura. Pues se escribe justamente para desactivar las condiciones de subalternidad que hacen posible la escritura del subalterno. En este aspecto, la poesía indígena contemporánea, como otras literaturas escritas desde la subordinación, es una literatura que documenta la transición hacia una nueva historicidad (y hacia una nueva literatura en consecuencia) que supere la marca maligna de lo colonial; más aún: ella misma es esa transición.

A MODO DE (PROVISIONAL) CONCLUSION: EL AUTOR COMO QUEHACER

La pregunta ¿qué es un autor? referida a la práctica literaria y puesta bajo la lupa de un escrutinio político nada complaciente con el status quo, se vuelve la oportunidad para pensar la literatura como un trabajo (mental) sensu stricto, ejecutado por la persona autor —y no por los discursos pensados como entidades sin sujeto— que se ve en el imperativo de construir(se) sujetos de discurso. Si estos sujetos personas arrancan de la condición de subalternidad, entonces ciertos imperativos éticos, políticos, culturales urgentes entran igualmente a tallar en la arena de la representación. Foucault tiene razón en un punto esencial: un autor no es un sujeto que hable desde su mismidad autosuficiente, porque esa mismidad "esencial", autosuficiente, no existe. Al mismo tiempo, ser autor subalterno es ser un trabajador de los discursos cuyo quehacer tiene el propósito de elaborarse a sí mismo como sujeto de discurso en el que resuenen voces acalladas. Elaborarse como sujeto de discurso quiere decir construir narrativas del yo que posean valor colectivo, lo cual equivale a construir sujetos metonímicos que procesualmente se van haciendo en y por los discursos que profieren y que convocan a sujetos personas a identificarse en el espejo de la escritura. Sostengo que esta recursividad ficción-vida es inherente a la literatura, pero se torna singularmente urgente, explícita, en las literaturas escritas/ leídas desde situaciones de subalternidad contestada.

Si la pregunta de Foucault nos sigue interpelando, es porque su efecto invitante a no hacer concesiones al sujeto burgués que se autoerige como fundamento originario de un cierto decir sigue tan vigente como hace 40 años o más. Arremeter contra la ilusión de que los discursos son producidos por la sola inventiva "creadora" desujetos autosuficientes, como si nada le debieran a quienes les han precedido o como si lo preexistente fuese material simplemente desechable, constituye una tarea crítica de primera importancia si lo que se busca es desmontar aquellas formaciones discursivas funcionales a un orden de cosas éticamente inaceptable. Sin embargo, al otorgarle al discurso un estatus privilegiado de objeto de análisis, dejando la realidad de los cuerpos en una especie de suspensión epistemológica, se genera una distorsión que termina no haciendo justicia a la insoslayable historicidad de los textos y del trabajo individual y colectivo que los hace posible.

Esta consideración me ha llevado a sugerir que preguntarse sobre la naturaleza del autor, literario en este caso, equivale a complejizar la categoría de autor de una manera tal que, en cierta medida, deje ya de ser solo una categoría. Autor es un término que alude al trabajo de producir sujetos de discurso, tanto como de (re)conectar a estos persistentemente con las condiciones de realidad en que esta producción acontece y, algo en lo que en esta ocasión hemos apenas insinuado, con las condiciones de producción de sentido con las que un texto negocia a la hora de su decodificación/ interpretación. Autor es, podríamos decir, el quehacer de alguien cuyo ciframiento textual no es propiamente un producto final; más bien, tal ciframiento sería el medio de producción (un producto-herramienta) de artefactos semióticos sujetos a la historicidad de los individuos reales que intervienen en la cadena de las prácticas textuales de leer-escribir. Un quehacer de sujetos concretos, los que, por hacer lo que hacen, adquieren la condición de autores (de textos y de lecturas de textos). Autor refiere, pues, tanto a quien hace, literalmente, el texto-obra como a quienes hablan/no hablan en la voz de quien escribe, con lo que categoría de autor adquiere una dimensión procesual, dialógica, transubjetiva. Si pensamos el autor como el o los sujetos hechos por el texto, tal formulación adquiere sentido si consideramos que los efectos performativos y perlocutivos del discurso no acontecerían a menos que el texto contenga —y no puede sino contener— un agente desencadenante de la dialogicidad semántica. Tal "agente" es la forma textual depurada de un yo cohesivo que encierra la cifra de un arduo trabajo material de construcción de subjetividades.

La literatura trata de y con el poder, aunque este tratamiento pueda tomar formas muy diversas y oblicuas. Como fuere, la literatura (y el arte en general) es el lugar que las sociedades modernas han reservado para trabajar centralmente con las representaciones, experimentar con ellas, crear nuevas, transformar otras, deconstruirlas o refrendarlas. Leer literatura se vuelve entonces un ejercicio de rastreo y desmontaje de los modos, casi siempre sutiles, en que el poder funciona, se enmascara, se ficcionaliza en "inocentes fantasías" (literarias muchas de ellas), atendiendo a sus fisuras, sus puntos ciegos y de fuga. En fin, la literatura, en particular la que se escribe desde condiciones de subalternidad, es o puede llegar a ser el lugar en el que los "esclavos" murmuran y comunican sus cantos aunque sea a través de la torva voz del "amo" hurgando en su conciencia infeliz.

 

NOTAS

1 Derecho de propiedad intelectual, derechos de edición, etc. son figuras jurídicas que se sostienen sobre la base de asumir que, en este caso, la literatura es propiedad privada, construida por el trabajo de un sujeto unitario jurídicamente identificable y que el público debe pagar por el uso y apropiación del bien literario como lo haría con cualquier otro bien o servicio puesto a circular en el mercado. De cualquier modo, la pregunta de Foucault llevada al terreno jurídico (en lo penal, por ejemplo) suscita complejas problemáticas que ciertamente desbordan los propósitos de esta discusión.

2 Por ahora, esta formulación la dejamos más como una invitación al lector a meditar sobre lo que significa ser autor, no solo de literatura, en la modernidad reteniendo la exigencia de que la categoría de autor no se circunscriba exclusivamente al discurso. Más adelante, situando la discusión en el campo de las literaturas escritas desde posiciones subalternas, se abunda en consideraciones (provisionales) sobre el autor como un campo de transubjetividades en trayecto.

3 En este punto, Foucault se separa de Roland Barthes, quien un año antes había publicado su ensayo "La muerte del autor", en el que afirma sin matices que "la escritura es destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es el lugar neutro, compuesto, oblicuo, en el que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe" (web).

4 Con la expresión "formas literarias en estado molecular" aludo a aquellas significaciones mínimas que, a modo de plancton invisible, flotan y circulan en la memoria lingüística de la cultura tanto como en la memoria cultural del lenguaje. Palabras-símbolos, imágenes sueltas, frases de valor poético, representaciones esquemáticas de procesos o situaciones, en fin, una vasta materia semiótica "microscópica" a la que los autores acuden cuando necesitan escribir literatura.

5 Chartier, en el trabajo ya citado en una nota anterior, y a propósito de un texto de Borges, anota: "La función-autor no solo transforma, desplaza o distorsiona la personalidad singular del individuo escritor, sino que da existencia a una ausencia, a un vacío" (1999: 13). Precisamente donde Chartier ve ausencia, vacío, veo una presencia fuerte que actualiza, discursiva e imaginariamente, una cierta posibilidad de ser otro contra la cosificación a la que los sujetos se ven arrastrados cuando la alienación hace su agosto.

6 En este punto sigo de cerca la idea de Lotman sobre el texto: "Además de su función comunicativa, un texto crea significación. En esta función, el texto ya no aparece más como un mero envoltorio pasivo de un significado determinado de antemano, sino como generador de significados'" (web, itálicas del autor).

7 No deja de ser problemático el uso del gentilicio cuando autores como Elicura Chihuailaf, que dispone de pasaporte chileno por cierto, ven en los chilenos —en rigor, los chilenos no indígenas o que se creen no indígenas— a esos "otros" que han de ser interpelados desde una cierta orilla cultural mapuche que, en su caso particular, destila una sospechosa aura de pureza (cf. Recado confidencial a los chilenos). Como fuere, me consta que para algunos poetas indígenas mapuche ser chileno no se reduce a marca administrativa de nacionalidad: es experiencia de fractura identitaria, la cual, sin embargo, es la que alimenta y dinamiza las escrituras etnoculturales de la poesía indígena chilena contemporánea.

 

OBRAS CITADAS

Barthes, Roland. "La muerte del autor". Trad. de C. Fernández Medrano. Versión digital en http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/n51/articulo-4.html [20- 09- 2012].

Chartier, Roger. 1999. "Trabajar con Foucault: esbozo de una genealogía de la 'función- autor'". Signos Históricos 1, 1: 11-27.

Chihuailaf, Elicura. 1999. Recado confidencial a los chilenos. Santiago: LOM.

Foucault, Michel. 2010. ¿Qué es un autor? Trad. de Silvio Mattoni. Córdoba: Ediciones Literales.

Link, Daniel. 2010. "Apostillas a ¿Qué es un autor?". Michel Foucault, ¿Qué es un autor? Córdoba: Ediciones Literales. 59-81.

Lotman, Iuri. 2003. "Sobre el concepto contemporáneo de texto". Entretextos. Revista Electrónica Semestral de Estudios Semióticos de la Cultura 2. http://www.ugrs.es/~mcaceres/entretextos/pdf/entre/entre2/lotman.pdf [5-10-2012].

Tyson, Lois. 2006. Critical Theory Today. A User-Friendly Guide. 2a Edición. New York: Routledge.

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