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Estudios filológicos
versión impresa ISSN 0071-1713
Estud. filol. n.43 Valdivia sep. 2008
http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132008000100014
ESTUDIOS FILOLOGICOS 43: 191-206, 2008
Reflexiones sobre identidades contemporáneas a partir de No Telephone to Heaven
Contemporany identities in No Telephone to Heaven
Antonio Stecher1, Lucía Stecher2
1 Universidad Diego Portales, Escuela de Psicología, Vergara 275, Santiago, Chile, e-mail: antonio.stecher@udp.cl
2 Universidad Alberto Hurtado, Departamento de Literatura, Libertador General Bernardo O"Higgins 1869, Santiago, Chile, e-mail: lstecher@uahurtado.cl
Este artículo desarrolla un análisis de la novela NoTelephone to Heaven (1987) de Michelle Cliff, reconocida escritora jamaiquina residente en Estados Unidos. A partir de la consideración de los debates contemporáneos sobre los procesos y problemáticas identitarias en las sociedades tardomodernas, se propone una lectura del texto que indaga en torno a las formas que asumen en esta narrativa los procesos de configuración identitaria de la protagonista y otros personajes centrales. De esta manera, el artículo releva la importancia de establecer diálogos entre los desarrollos de las ciencias humanas y sociales y la producción crítica y literaria. El análisis del texto de Cliff permite ofrecer lecturas alternativas a las propuestas por la crítica postcolonial y postmoderna para dar cuenta de los procesos contemporáneos de construcción identitaria.
Palabras clave: identidades, literatura caribeña, crítica postcolonial, crítica postmoderna.
This article analyses the novel No Telephone to Heaven (1987) by Michelle Cliff, a well known Jamaican writer who lives in the United States of America. Taking into account contemporary debates concerning identity processes in late modern societies, the article examines the narrative forms used in the depiction of the protagonist"s and other characters" identity configuration. Thus the article stresses the importance of establishing a dialogic relationship between the developments in human and social sciences and the critical and literary production. The analysis of Cliff"s text offers alternative readings to the postcolonial and postmodern views of contemporary identity construction processes.
Key words: identities, Caribbean literature, postcolonial critic, postmodern critic.
El objetivo de este artículo es presentar un análisis de la novela No Telephone to Heaven (1987) de Michelle Cliff1, estructurado en torno a la pregunta por las formas que asumen en esta narrativa los procesos de configuración identitaria de la protagonista y otros personajes centrales. De esta manera, se busca poner en diálogo el particular universo discursivo de este texto con la amplia discusión contemporánea sobre los procesos y problemáticas identitarias en las sociedades tardomodernas. A la luz de una breve revisión de los debates en Ciencias Humanas y Sociales de las últimas décadas, se interroga la novela desde la identidad entendida como categoría analítica y como proceso social.
En este diálogo entre No Telephone to Heaven y los debates académicos sobre las actuales configuraciones identitarias, el artículo presta especial atención al abordaje que sobre esta temática han desarrollado los discursos postcoloniales y los postmodernos2. Esto debido a que la novela de Cliff ha sido interpretada por un sector importante de la crítica especializada como representativa de una sensibilidad post, tanto por su estructura fragmentaria y sus lenguajes "híbridos", como por los personajes e historias que construye (Edmonson 1993, Ledent 1996, MacDonald-Smythe 2001). Nuestro análisis, si bien reconoce la pertinencia de muchas de estas observaciones con respecto a la escritura de Cliff, muestra cómo éstas no necesariamente justifican el encasillamiento de sus propuestas en el marco de los discursos postmodernos. Es precisamente en torno a las propuestas relativas a las identidades que observamos la mayor divergencia entre estos discursos y los sentidos que emergen del análisis de No Telephone to Heaven. Nos interesa mostrar cómo esta novela también puede ser leída a la luz de otros referentes teóricos que a nuestro parecer resultan más fecundos para aprehender las vicisitudes de las identidades contemporáneas y para poner en diálogo la crítica y creación literaria con las discusiones de las ciencias sociales y humanas.
Con estos objetivos en mente hemos organizado el presente artículo de la siguiente manera. En una primera parte presentamos algunas consideraciones sobre la centralidad de la temática de las identidades en los actuales debates académicos, señalando cómo ésta se explica en gran medida por los profundos procesos de cambio sociocultural experimentados por las sociedades modernas en las últimas décadas. En esta primera parte desarrollamos, además, tres aspectos característicos del modo cómo los discursos o la sensibilidad post han abordado el estudio de las identidades.
En la segunda parte presentamos una lectura detallada de la novela de Michelle Cliff, resaltando los entramados y devenires identitarios de sus personajes, los que circulan por los nuevos paisajes interculturales y mediatizados del nuevo orden/desorden global. En este análisis de las identidades personales y colectivas trabajamos con un concepto de identidad narrativa, reflexiva y dialógica que recoge los aportes de autores como Ricoeur (1990), Taylor (1996), Mead (1972) y Bajtín (2002) y que se constituye en una alternativa a las concepciones postestructuralistas de la identidad tan vigentes en los estudios literarios de hoy en día.
En una tercera y última parte presentamos un conjunto de reflexiones finales que buscan precisar mejor algunas de las ideas desarrolladas y que pretenden dar cuenta con mayor claridad de los límites que, en nuestra opinión, las perspectivas post presentan en el esfuerzo por comprender el devenir de las identidades contemporáneas. Tarea para la cual el diálogo y los cruces entre el campo de la literatura y el espacio de las ciencias sociales parecen ser cada vez más necesarios.
1. Identidades y sociedad contemporánea: continuidades y rupturas
1.1. CAMBIOS SOCIOCULTURALES Y PROCESOS IDENTITARIOS
Actualmente la pregunta en torno a las identidades, tanto personales como colectivas, constituye uno de los ejes centrales de los debates y reflexiones que se desarrollan en el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales. Uno podría afirmar, con algo de cautela e ironía, que las reconstrucciones futuras sobre nuestra actualidad harán de la pregunta por la identidad una de las señas identitarias del pensamiento contemporáneo.
La centralidad de esta temática no puede ser entendida sino a la luz de los profundos procesos de transformación sociocultural de las últimas décadas, los que están produciendo una significativa reorganización de las sociedades modernas. Éstas estarían desplazándose desde un "modelo" denominado "sociedad industrial del estado nacional", a un nuevo tipo societal asociado al concepto de modernidad tardía o sociedad postindustrial y global. Este proceso de cambio histórico -caracterizado, entre otros, por los procesos de globalización económica, política y cultural; el auge de las industrias simbólicas y la mediatización de la cultura; la revolución en las tecnologías de la información y la comunicación; el debilitamiento del Estado-nacional y sus marcos normativos; la crisis del ordenamiento geopolítico de la modernidad industrial; la explosión de identidades étnicas y nacionales históricamente colonizadas; la intensificación de los tránsitos migratorios; la emergencia de nuevas formas de ciudadanía y de identidades políticas no tradicionales que reivindican su derecho a la diferencia (Arfuch 2002); la instauración de brutales formas de exclusión social al compás del despliegue constructivo/destructivo de la nueva fase global y flexible del capitalismo; la deconstrucción de las narrativas y certezas modernistas sobre las que se estructuraba y legitimaba el proyecto de la primera modernidad - ha conllevado un vasto proceso de redefinición de las identidades personales y colectivas, es decir, del sentido de nosotros mismos como individuos y como seres sociales. En este contexto de cambio resulta crucial interrogarse por los nuevos sujetos, imaginarios y anclajes identitarios que emergen y reemplazan a aquel conjunto de tradiciones, instituciones, referentes e instancias de pertenencia y socialización (la familia, el Estado-nación, las clases sociales, la industria, los partidos políticos, las carreras profesionales, etc.) en torno a los cuales se configuraron prioritariamente las identidades en el horizonte de la modernidad industrial (Castells 2001; Bondi 1996).
La producción artística de las últimas décadas participa de esta sensibilidad epocal, caracterizada por la proliferación de las preguntas en torno a la identidad. Así, muchas de sus expresiones abordan y abren interrogantes, más o menos explícitas, sobre la problemática de las identidades en las sociedades tardomodernas. La novela No Telephone to Heaven es un claro ejemplo, en el campo de la literatura, de cómo los procesos identitarios ocupan un lugar central en los fantasmas, experiencias, reflexiones y fantasías que constituyen, y desde los que se constituyen, los universos narrativos contemporáneos.
Este diálogo y entrecruzamiento entre la producción literaria y los procesos de cambio sociohistórico e identitario -algo que por cierto no es exclusivo de la actual fase de la modernidad- configura un fecundo campo de estudio y reflexión. Por un lado, la identidad, como categoría analítica y como proceso social, se constituye en una clave desde la cual interrogar, analizar y contextualizar los textos literarios. Por otro lado, esos mismos textos son una estremecedora expresión de las transformaciones subjetivas de las últimas décadas en las sociedades occidentales; huellas ineludibles en el esfuerzo de comprender las actuales reconfiguraciones identitarias, las emergentes y plurales modalidades, referentes y materiales en base a los cuales los sujetos contemporáneos construyen y negocian un sentido de si mismos a partir del cual orientan su acción en un mundo cada vez más complejo.
1.2. LOS DISCURSOS POST Y EL RETORNO DEL OTRO
Los pensadores postmodernos y postcoloniales -hablando en un sentido amplio y sin considerar las distinciones que existen entre ambas categorías y al interior de ellas- han aportado enormemente a este campo de debate sobre las identidades en el nuevo horizonte post o tardomoderno. Nos interesa, en este artículo, precisar tres aspectos característicos de lo que podríamos denominar un sentido común post a la hora de pensar los procesos y problemáticas identitarias en la sociedad contemporánea.
En primer lugar, es posible señalar que los pensadores postmodernos y post-coloniales han sido especialmente sensibles y lúcidos a la hora de dar cuenta de la eclosión de nuevas identidades en el mundo actual, celebrando la crisis del monopolio simbólico de los estados nacionales y de sus proyectos de homogenización cultural. Relevando la importancia e incidencia creciente de las migraciones internacionales y de los procesos de globalización, han mostrado cómo cada vez más los referentes identitarios no están asociados a un solo territorio o a una pertenencia nacional única. Por el contrario, la confluencia de migrantes de distintos orígenes en las llamadas ciudades globales estimula, facilita y hace inevitable el encuentro entre personas de distintas culturas, configurando lo que Homi Bhabha (1996) ha llamado los espacios entre-medio (in between). Estos espacios proveerían el terreno para elaborar estrategias de identidad (singular o comunitaria) que estarían cuestionando las formas tradicionales de organización societal.
A partir de la crítica a las metanarrativas y a la dimensión fundacional y metafísica del proyecto moderno, los discursos post han permitido develar la lógica de la identidad que subyace a los procesos de racionalización del orden social, mostrando la dificultad de gran parte del pensamiento moderno para pensar la alteridad sin excluirla o sin asimilarla a una identidad ya constituida y hegemónica (Barcellona 1996). Como han criticado estos autores, la moderna lógica de la identidad busca reducir la pluralidad y contingencia de los acontecimientos a una esencia, ley universal o principio único, a partir del cual se busca construir sistemas totalizadores que permitan clasificar y organizar los distintos fenómenos, lo que implica la negación y exclusión de la diferencia (Young 2000). Derrida (1971) muestra cómo esta lógica de la identidad no implica únicamente la asimilación de lo relativamente diferente a "lo mismo", sino que supone la construcción de categorías dicotómicas, debido a que la operación que busca reducir lo particular a una categoría universal crea inevitablemente una distinción entre el estar adentro y el estar afuera de dicha categoría (Young 2000). Así, esta lógica de la identidad "captura" la diferencia en un conjunto de oposiciones jerárquicas dicotómicas, donde uno de los polos representa la unidad, universalidad, racionalidad y superioridad y, el otro, lo fragmentado, lo particular, lo irracional, lo inferior, todo aquello que debe ser rechazado, negado, ocultado en aras del proyecto modernizador e iluminista. Dicotomías tales como esencia/accidente; bueno/malo; normal/desviado; razón/locura; orden/desorden; civilizado/salvaje; hombre/mujer, etc., son algunas de las múltiples expresiones de esta lógica de la identidad que simultáneamente controla, excluye y esencializa las diferencias (Scott 2001).
En segundo lugar, los discursos posmodernistas se han caracterizado por desarrollar una fuerte crítica a toda concepción esencialista y estática de la identidad, así como a la idea de sujeto como un sí mismo integrado, continuo y coherente. Desde estas perspectivas (y obviamente haciendo un ejercicio de generalización) se propone entender las identidades como efecto de ciertas estructuras discursivas, de ciertos campos de poder, en tanto productos fragmentados, contingentes, contradictorios, que no pueden ser unificados reflexivamente por una subjetividad personal o colectiva y que se modifican constantemente en función de las distintas posiciones en que los sujetos quedan ubicados en la trama de prácticas y discursos sociales.
Esta perspectiva que apunta hacia la disolución del sujeto y la identidad ha sido parte del pensamiento moderno desde sus inicios. El descentramiento estético-hermenéutico emprendido por Nietzsche, quien señala el carácter ilusorio y lingüístico del yo, es una de las fuentes de la crítica postmoderna a la noción de identidad. El sujeto entendido ya no como el origen de la acción y el sentido, sino como un efecto de superficie, como una ficción, un juego de palabras, una fábula (Vattimo 1992). La afirmación nietzscheana de que "el lenguaje ve por todas partes actores y acción: así se origina la creencia de que la voluntad es la causa por excelencia; de que el "yo" es ser y es sustancia... Hoy sabemos que es una palabra" (Nietzsche cit. en Vilar 1996: 82) sintetiza bastante bien esta perspectiva y sensibilidad que si bien estuvo presente, fue relativamente marginal en las principales corrientes intelectuales de la modernidad. En las últimas décadas, sin embargo, esta perspectiva ha ido adquiriendo mayor importancia e influencia con el postestructuralismo y con lo que en términos genéricos se denomina como discurso postmoderno, el cual insiste en que "el sujeto está esencialmente fragmentado y descentrado en su ser más íntimo, internamente dividido, incapaz de unificar sus experiencias. Para el postmodernismo, el sujeto no es el origen preestablecido de los significados y discursos, sino más bien es, en sí mismo, constituido por los discursos" (Larraín 1996: 63).
Como esperamos ilustrar con el análisis de la novela de Michelle Cliff, esta perspectiva, muy sofisticada en su argumentación filosófica, tiene importantes limitaciones a la hora de avanzar en la comprensión de las identidades contemporáneas. Su principal debilidad es la tendencia a exagerar los niveles de fragmentación, incertidumbre y discontinuidad en la vida cotidiana de las personas, así como su incapacidad para reconocer las dimensiones narrativas, reflexivas, intersubjetivas y autointerpretativas que están presentes en todo proceso de construcción identitaria, aun en los contextos altamente cambiantes, inciertos e interconectados de inicios de siglo XXI.
En tercer lugar, los discursos postmodernistas se caracterizan por tener importantes dificultades para articular, conceptual y prácticamente, una concepción antiesencialista de la identidad con la posibilidad de lógicas de acción política con fines emancipatorios. La tendencia a pensar que toda identidad es una ficción represiva construida discursivamente, debilita enormente las posibilidades de agenciamiento colectivo con afanes democratizadores, los que requieren siempre anclajes y narrativas identitarias compartidas, así como ciertos criterios que permitan mostrar argumentativamente la legitimidad y validez de sus demandas.
Insistir exclusivamente en el carácter fluido, maleable, contingente y ficcional de las identidades tiene el riesgo ético-político de promover la tesis del fin del sujeto y su capacidad de agencia y construcción de la realidad. Pensar el sujeto y las identidades como meros efectos fragmentados, de prácticas y discursos que los anteceden, reduce la posibilidad de los actores sociales de construir proyectos de transformación individual y colectiva. Se corre el riesgo, así, de contribuir a una justificación ideológica del mundo tal cual existe, el que se presenta hoy en día -y esto es habitual en los análisis económicos sobre los procesos de globalización- como un sistema que funciona por sí mismo y que no debe ser interferido por la voluntad política de los actores sociales, los cuales dejan de ser pensados como sujetos capaces de proponer y construir futuros alternativos (Larraín 1996; Lechner 2002)3.
Estas dificultades y contradicciones en los discursos postmodernos, que surgen de la imposibilidad de concebir identidades más firmemente enraizadas y en torno a las cuales se puedan articular demandas colectivas de mayor impacto y proyección temporal, han sido reconocidas por los mismos autores postcoloniales o postmodernos. Así, por ejemplo, Gayatri Spivak (1990), afirma la necesidad de preservar, al menos estratégicamente, el concepto de identidad. O como señala Liz Bondi, se trata de evitar el esencialismo implícito en la exhortación a identidades auténticas, al mismo tiempo que reconocer que no podemos prescindir totalmente de la identidad. [Se trata] de definir la identidad no en el ámbito de una esencia real, sino en el ámbito de una creación dependiente del contexto. En otras palabras, las ficiones sobre la identidad son esenciales, y el esencialismo es desplegado estratégicamente, en vez de ontológicamente (Bondi 1996: 32).
2. El debate sobre las identidades y no telephone to heaven
Estas consideraciones introductorias ayudan a comprender la actualidad y relevancia de No Telephone to Heaven (1987), la segunda novela de la escritora jamaiquina Michelle Cliff. Esta obra constituye una profunda exploración en torno a la problemática de las identidades en el contexto de una Jamaica recientemente descolonizada e inserta en las redes globales del turismo, la migración y las industrias simbólicas.
No Telephone to Heaven aparece como la continuación de Abeng (1984), novela que narra, a modo de Bildungsroman, la infancia y primera juventud de Clare Savage, personaje que reúne muchos elementos autobiográficos de Michelle Cliff. Con esta segunda parte del relato de la vida de Clare, la autora profundiza y radicaliza algunos de los aspectos formales que caracterizaron y llamaron la atención en su primera novela. En ambos casos una narradora omnisciente va siguiendo el proceso de crecimiento de Clare, a la vez que cuenta o reflexiona sobre aspectos de la vida de Jamaica que guardan poca relación aparente con el relato principal. Además de la voz de la narradora, estas novelas albergan en su interior otros textos: definiciones tomadas de diccionarios, enciclopedias, recortes de diarios, citas de otros autores. Aparte de la historia de Clare, se recogen otras vidas, encuentran espacio otros personajes que en conjunto construyen una compleja sinfonía en la que convergen y divergen distintas perspectivas y lenguajes, casi siempre organizadas en torno a la realidad jamaiquina.
Ya en el nombre de la protagonista de estas dos novelas están prefiguradas las tensiones y polaridades que atraviesan la vida del personaje y, también, de su sociedad de origen: por un lado es Clare, Clara, por el otro es Savage, salvaje, término asociado a la oscuridad. Ella es hija de un padre "más bien blanco", descendiente de plantadores ingleses, y de una madre "más bien oscura". Esta tensión original, entre un padre al que se parece por poder "pasar" por blanca y una madre a la que se siente más cercana en su aceptación de la herencia negra, será determinante en muchos momentos de su existencia. Es por su parecido con el padre, por ejemplo, que la madre la deja junto a él en Estados Unidos, país al que no se acostumbra y del que decide marcharse en compañía de su hija menor, parecida a ella por ser más morena que Clare. Así, la familia queda dividida entre los que, según la madre, tienen mejores posibilidades de adaptarse y prosperar en un país racista como los Estados Unidos y las que, huyendo de la discriminación, deciden regresar a Jamaica. La partida de la familia Savage a Estados Unidos, impulsada por el padre que quiere mejorar su situación económica, marcará el inicio de un doble exilio de Clare Savage: exilio de su tierra natal y exilio de su madre, figuras ambas inextricablemente relacionadas en la novela. Después de la partida (que es vivida por Clare como un inexplicable y doloroso abandono) de la madre y la hermana, Clare queda sola con su padre, quien estimula a su hija a perfeccionar las estrategias para "pasar", asimilarse y ser cada vez más norteamericana. Pero es justamente en Norteamérica donde ella aprende a ver su imagen en otro espejo, uno que acentúa su pelo enrulado, los tintes más oscuros de su piel y el acento distinto con que habla inglés. Si en Jamaica, país en que la gran mayoría es negra, pasaba por blanca, en Estados Unidos esta situación se invierte.
Este punto es sumamente interesante pues muestra el carácter relacional e histórico-biográfico de las identidades personales. Es la mirada y el reconocimiento de los otros como blanca, en Jamaica, o como más bien negra, en Estados Unidos, lo que promueve la emergencia de particulares narrativas y estrategias identitarias a partir de las cuales Clare busca construir un sentido para su experiencia. Como ha señalado Larraín siguiendo a Mead, la construcción de las identidades personales supone siempre la existencia de "otros" en cuyas expectativas, evaluaciones y opiniones sobre nosotros mismos nos reconocemos y a partir de las cuales formamos nuestra autoimagen (Larraín 2001).
Después de la muerte de la madre, a quien Clare no volvió a ver nunca más desde que retornara con su hermana menor a Jamaica, la protagonista decide ir a vivir a Londres. En su escuela jamaiquina Clare aprendió de memoria los nombres de los monarcas británicos; por su formación colonial sabe trazar el mapa de Inglaterra y sus posesiones de ultramar, así como recitar sin problemas los clásicos del canon inglés. Le enseñaron que Inglaterra era la tierra madre, el origen gracias al cual su país existía. Sin embargo, tal como le pasó a muchos de los escritores del Caribe inglés que emigraron a Inglaterra, la confrontación con esta tierra "originaria" se constituye, en el caso de Clare, en el mejor antídoto contra los efectos alienantes de la educación colonial. Leyendo Jane eyre, el clásico de Charlotte Brontë, Clare va a pasar de una inicial identificación con Jane a un revelador reconocimiento de que en realidad a quien se parece es a Bertha, la antillana loca que permanece encerrada en un ático4:
Sí, los paralelos estaban ahí. ¿No era ella la heroica Jane? Traicionada. Impulsada a deambular. Solitaria. Sin madre. Sí, y sin parientes excepto un tío al otro lado del mar. Ella ocupaba su mente. (...) Tranquila por un rato, luego ya no. Entonces, con severidad, se reprendió a sí misma. No, se dijo. No, ella no podía ser Jane. Pequeña y pálida, inglesa. No, se detuvo. No, niña, intenta con Bertha. La salvaje Bertha. Clare pensó en su padre. Siempre detrás de ella para domesticar su pelo. Sus visiones de correcto servidor. Regresando a casa con algo llamado Tame. Rechazado por ella, él la llamaba Medusa. ¿Pretendes convertir a los hombres en piedra, hija? Ella mantuvo sus rulos, que se volvieron motudos en la humedad de Londres. Amadas características raciales. Su única huella, excepto por los espacios oscuros en los que era tocada por la melanina. Sí, Bertha daba más en el blanco. Cautiva. Ragout. Mixtura. Confusa. Jamaica. Caliban. Caribe. Caníbal. Cimarrón. Toda Bertha. Toda Clare (Cliff 1996: 116)5. |
El proceso de búsqueda de Clare, los esfuerzos por definir quién es y a dónde pertenece, la llevan a alejarse progresivamente de aquello a lo que aparentemente es más cercana. Por su color de piel y por contar entre sus ancestros a plantadores blancos, Clare podría asumir una posición de privilegio en Jamaica o integrarse, con menores dificultades que sus otros compatriotas, a la vida en Estados Unidos o Inglaterra. Pero ella desde muy temprano se siente a disgusto con lo que podríamos considerar su identidad de origen, determinada más por las apariencias que por lo que ella siente que es:
Sabes -le dice Clare a su amante negro que desconfía de sus supuestos orígenes comunes- hay gente que se ve de una manera y piensa de otra, siente de otra. Podemos ser muy peligrosos, para nosotros mismos, para los otros. Oculta un lado, querida, eso me enseñaron. Sorprendente, sorprendente como la otra parte persiste... también puedo decir mierda en cinco idiomas, quizás esa es la influencia de mi madre. Como mi persistencia en desviarme hacia el lado equivocado, lo que mi padre consideraría el lado equivocado, lo que la mayor parte de mi familia consideraría el lado equivocado. ¿Quién sabe? A medida que pasa el tiempo cada vez es más difícil recuperar a mi madre - pero yo sé, yo siento que ella aprobaría mi..., la forma en que mis sentimientos parecen ubicarse (Ibíd.: 152). |
Los cuestionamientos de Clare en la lejana Inglaterra dan cuenta de algunos elementos centrales de los procesos de construcción identitaria. Por un lado, expresan la reflexividad, entendida como la capacidad del sujeto de interrogarse a sí mismo y de construir narrativas identitarias que le den sentido a su experiencia y le permitan orientar su acción en el mundo. Así, la identidad de Clare, más que como una sustancia ya dada o como un mero efecto provisorio de prácticas discursivas, debe ser entendida como un sí mismo reflexivo que se configura y recrea permanentemente a partir de los significados que construye en la interacción comunicativa con otros y con su propia historia (Bruner 1991). Por otro lado, las cavilaciones identitarias de Clare -¿quién soy?, ¿quién quiero ser?, ¿quién soy para los otros?- dan cuenta del carácter contradictorio y tensional de los procesos de identificación, reconocimiento y diferenciación que configuran las identidades personales. Dicho en otros términos, la identidad personal, entendida como el sentido de sí mismo que se construye reflexiva y narrativamente en el marco de instituciones e interacciones sociosimbólicas históricamente situadas, es siempre un proceso conflictual donde los otros (concretos y abstractos) con los que me identifico, de los que me diferencio y de los que anhelo reconocimiento, son muchas veces heterogéneos y contradictorios.
Este carácter reflexivo, conflictual y procesual de la identidad, se expresa también en el personaje de Harry/Harriet. Él/ella es un mulato, nacido del abuso de un patrón blanco contra su ama negra, quien es expulsada del trabajo sin poder llevar consigo a su hijo. Harry/Harriet crece "casi" como hijo de la familia, pero más cercano al mundo de la servidumbre, de los negros y la pobreza de los arrabales de Kingston. Tal como Clare, está marcado desde sus inicios por una doble pertenencia, a dos mundos que aparecen como irreconciliables entre sí, en el que uno de los polos se nutre de la marginalidad y explotación del otro. Al igual que Clare, Harry/Harriet atraviesa un proceso que lo lleva a optar por lo negro, lo jamaiquino, por lo que, también en su caso, es el mundo de la madre. Hombre/mujer, híbrido entre los dos géneros, opta finalmente por ser solo Harriet, aun cuando no haya habido una operación que elimine los rasgos masculinos de su identidad.
La opción de Clare y Harriet por lo negro, por la madre, no elimina, en ningún caso, la sombra de lo blanco que habita en ellas, y sólo en relación a lo cual lo negro es una apuesta y una opción. Así, pensar la identidad a partir de las narrativas e interpretaciones que un sujeto construye de sí mismo, no supone en ningún caso desconocer las diversas estructuras socioeconómicas, biológicas, culturales, geográficas y de diverso tipo que condicionan las biografías personales, sino, más bien, atender al modo singular como cada sujeto está sujetado a esas condiciones, y al modo particular en que construye una historia de sí mismo en que esas condicionantes adquieren distintas significaciones y se abren a la interrogación crítica del mismo sujeto.
Harry/Harriet es la única persona con la que Clare comparte una profunda intimidad en su vida de adulta joven y es quien va a insistir permanentemente en la importancia de asumir una identidad en función de un compromiso y una convicción que permiten romper con los determinismos del nacimiento. Él/ella le devela todo aquello que su padre intentó ocultarle siempre: la terrible pobreza de Jamaica, los niveles de injusticia y desigualdad crecientes que escinden esa sociedad. En un mundo así, dice H/H, no se puede vivir dividido, no es posible no definir una identidad. Este personaje, que para algunos críticos representa la celebración del travestismo identitario posmoderno, defiende, en realidad, ideales profundamente modernos en tanto apelan a la posibilidad de una construcción autónoma de sujeto en torno a un núcleo de autenticidad -encontrado/configurado a partir de las relaciones diálogicas con los demás- que define una particular perspectiva y manera de estar en el mundo (Taylor 1997). Además, para H/H es muy importante la consolidación de solidaridades y proyectos colectivos articulados en torno a la identificación con un origen jamaiquino común, que celebra su herencia negra y que anhela transformar Jamaica en una sociedad más igualitaria y libre.
Pero al mismo tiempo la identificación de Clare y Harry/Harriet con la cultura negra, con lo subalterno y lo excluido, pueden ser leídas como apuestas por una política de la diferencia que critica la retórica moderna de un espacio público homogéneo, universal e indiferenciado donde las particularidades culturales no deben tener ningún valor, pues lo único que importa es la igualdad formal entre ciudadanos que poseen los mismos derechos.
Como ha escrito Iris Marion Young "En el acto de reclamar la identidad que la cultura dominante les ha enseñado a despreciar, y al defenderla como una identidad a ser celebrada, las personas oprimidas eliminan la doble conciencia. Soy exactamente lo que dicen que soy -un chico judío, una chica de color, un marica, una tortillera- y me enorgullezco de ello" (Young 2000: 280).
Esta coexistencia, en la apuesta política de Harry/Harriet, de aspiraciones y lógicas de acción colectiva fundamentalmente modernas junto a una sensibilidad, afirmación y valoración de la diferencia y la pluralidad cultural más bien propia de lo tardo (o post) moderno, es un ejemplo claro de la enorme sensibilidad de Cliff para capturar las mixturas y múltiples temporalidades que habitan y definen los sujetos y los procesos sociales contemporáneos.
A instancias de H/H, Clare deja Europa -donde estudiaba arte renacentista, algo que no le importaba y por lo tanto le permitió, por un tiempo, salirse de sí misma- para regresar a Jamaica y dedicarse a algo en lo que se compromete totalmente: en primer lugar, la enseñanza de la historia de la isla a niños pobres y, posteriormente, la participación en un movimiento guerrillero. El (re)conocimiento de la propia historia, en oposición a aquella foránea impuesta por el poder colonial, aparece en la novela de Cliff como un elemento central en la lucha por la descolonización intelectual y emocional. Los esfuerzos de Clare por estudiar en forma crítica la historia de la isla -hablando con los viejos, incursionando en los archivos, las bibliotecas, recuperando las historias de arawaks y cimarrones- constituye parte del esfuerzo por intentar romper con lo que Harry/Harriet llama la fijación de Jamaica en el pasado: "Somos del pasado aquí (...) esperamos que la gente viva de harina de maíz y pescado seco, que era la dieta de los esclavos. Llamamos los hoteles "Plantation Inn" y "Sans Soucci"... un pasado peculiar. Porque hemos asumido el pasado del amo como propio. Ese es el peligro" (Cliff 1996: 127). Jamaica, congelada en un pasado orientado hacia la visión del amo, se ha convertido, según este personaje, en una suerte de set cinematográfico, en un escenario entrampado.
La situación de Jamaica se asemeja perturbadoramente a la de Bobby, el amante negro que Clare conoce en Inglaterra. Ella se siente atraída por él desde la primera vez que lo ve en un bar, con la pierna izquierda apoyada en una silla vacía. Bobby -un soldado americano que peleó en Vietnam- tiene una herida en el tobillo que se abre y supura permanentemente. Clare se aboca a la tarea de curar la llaga; deja Londres para viajar con Bobby por Europa, en busca de remedios para la herida, cuyo origen ansía conocer. Cada vez recibe de Bobby una explicación distinta, quien afirma no poder recordar cómo fue que se le abrió la piel: "¿Importa realmente -le preguntaba él- cuando se le agotaba la imaginación; importa tanto, tanto tanto, saber cómo se hizo la herida? Que siempre sería suya, ¿no es finalmente lo único que importa? algo con lo que tendría que aprender a vivir" (Ibíd.: 147). En realidad, Bobby sí tiene muy claro cuál es el origen de su mal, pero también sabe que necesita olvidarlo, escapar de él, no abrirlo permanentemente como la herida que lleva en la pierna. Defiende, ante Clare, su derecho a guardar sus recuerdos de una guerra que lo marcó para siempre y que, le dice a su novia, "no puede servir a tu propósito, sea éste el que sea". Más adelante la confrontará: "me pregunto si hubieras venido conmigo... si te hubiera importado... si hubieras querido conocerme... si hubiera sido Jamaica. Fácilmente podría haber sido Jamaica, sabes...". (Ibíd.: 151).
Finalmente, es la sospecha de Clare de estar embarazada lo que obliga a Bobby a reabrir su guerra, a contar el verdadero origen de su herida. Entonces le confiesa por primera vez que es desertor del ejército norteamericano y que la llaga se la hizo mientras rociaba con químicos los campos vietnamitas. Ni los soldados, ni mucho menos los habitantes de Vietnam, sabían de los efectos del envenenamiento de ríos, campos, granjas, casas, etc. Mucho después Bobby supo que eso estaría siempre con él, que por eso su herida nunca cerraría y sus hijos podrían nacer sin ojos, boca, nariz, manos o pies. Clare no necesita tomar una decisión ya que el aborto se da en forma espontánea. Sin embargo, Bobby, que hasta entonces había logrado confinar sus pesadillas al sueño, empieza a verse invadido por sus recuerdos y temores también en los momentos de vigilia. Cada vez más paranoico y sumergido en su pasado, Bobby termina por desaparecer sin que Clare lo pueda encontrar.
A raíz del aborto, Clare sufre una fuerte infección uterina. De regreso en Jamaica, por primera vez desde que partiera con sus padres hacia Estados Unidos, la protagonista se enfrenta a la noticia de su probable esterilidad: "Todo el esfuerzo para nada. Blanquearse. Los ojos para nada. La piel para nada. Nariz fina para nada. Mula -lo más parecido. Rodeando el molino de caña" (Ibíd.: 169). Clare se ve a sí misma como un híbrido en el estricto sentido del término, biológicamente incapacitado para reproducirse, condenada a dar vueltas en círculo sin posibilidad de avanzar. Los mundos contradictorios que habitan en ella no se encuentran en una mezcla capaz de perpetuarse.
Desaparecido su amante, perdido totalmente el interés por los cursos de arte renacentista, Clare regresa a Jamaica. Este retorno es vivido por la protagonista como un paso necesario para encontrar un sentido a su vida y para reintegrarse al mundo materno. Clare regresa por primera vez a la casa de su fallecida abuela materna, cuyas tierras se encuentran en estado de abandono, totalmente penetradas por la naturaleza. Este terreno será recuperado por Clare y los guerrilleros a quienes se une de la mano de su amiga Harriet. Juntos conforman un grupo compuesto por gente de distintos orígenes, con historias diversas, pero unidos por el afán de actuar para cambiar la situación de su país.
Ahora lo interesante, y en gran medida desconcertante, es la naturaleza de la primera acción emprendida por los miembros de esta guerrilla. En un último capítulo titulado "Film Noir" se muestra a Harriet diciéndole a Clare que tendrán que dejar rápidamente el terreno de la abuela porque hay un nuevo plan. A continuación se incluye un recorte del New York Times en que se ensalzan las favorables condiciones que ofrece Jamaica como set de filmación. Luego se reproduce la conversación entre un norteamericano y un inglés en torno a la película que están haciendo. La actitud de ambos con respecto a Jamaica es tremendamente despectiva, evidenciando una postura neocolonial con respecto a la isla, que es explotada principalmente por la industria turística y cinematográfica norteamericana. La película que se está filmando está centrada en la figura de Nanny, legendaria líder cimarrona que enfrentó a los plantadores blancos. Sin embargo, tal como la conciben los productores, la Nanny fílmica tiene poco o nada que ver con la histórica-mítica, y está claramente construida con el fin de atraer una audiencia blanca ávida de aventuras exóticas y de un erotismo "tropical". El que el set de filmación se convierta en el blanco de ataque del grupo guerrillero al que pertenece Clare, puede ser leído, entonces, como un acto de resistencia a la violencia simbólica de la que es víctima la isla.
Esta acción parece querer develar el (neo)colonialismo y eurocentrismo presentes en muchos de los discursos contemporáneos que apelan al valor de la interculturalidad, legislando -sólo en la letra- sobre el respeto a los otros y a la diversidad, aquellos "otros" que simultáneamente son arrasados por el despliegue hegemónico del capitalismo global. Cliff parece querer mostrar como muchas veces el interés académico y público por los temas multiculturales es, en verdad, una nueva fase del eurocentrismo que oculta una forma de racismo negada. El respeto a la identidad del "otro" sería una ficción, en tanto la alteridad es pensada como una comunidad cerrada que puede ser observada, estudiada, filmada y mantenida a una adecuada distancia por el multiculturalista, el cual, bajo la retórica del respeto, reafirma su propia y lejana superioridad. Así, el supuesto respeto a la diferencia se transforma en una indiferencia que vuelve a esencializar al "otro" y a desconocerlo como actor político legítimo; el "otro" queda reducido a su mera y exótica diferencia cultural negándosele la posibilidad de hacer reivindicaciones en términos de redistribución económica y transformación global de la sociedad (Arfuch 2002; Zizek 1998).
Sin embargo, el ataque planeado falla. Alguien traiciona al grupo y sus miembros terminan acribillados desde helicópteros que iluminan sus escondites entre los arbustos. La novela termina con las palabras "Ella recordó el lenguaje. Luego, se acabó", seguidas por la reproducción de una serie de sonidos y una última frase: "Amaneció" (Cliff 1996: 208).
¿Qué significa este acto subversivo? ¿Qué nos quiere decir la fácil aniquilación de Clare, Harriet y su grupo en medio de las luces de una grabación? Antes de intentar responder estas preguntas consideramos necesario volver al primer acto de subversión simbólica perpetrado en el libro, esta vez en forma solitaria por Kitty, la madre de Clare. En el capítulo "La disolución de Mrs. White" se narra la llegada de Boy Savage y su familia a Estados Unidos en los años 60. En este país se ven confrontados a innumerables muestras de racismo y actos de discriminación por el color más oscuro de su piel y su origen jamaiquino. El único trabajo que consigue Kitty es como ayudante del Mr. B, dueño de la lavandería "White"s Sanitary Laundry". Su única función es la de insertar, en medio de la ropa, mensajes a los clientes que sintetizan la filosofía de una ficticia Mrs. White, encargada de ensalzar las bondades de la blancura y un rol de esposa cumplido a cabalidad. Harta de ser rechazada en los empleos a los que postula debido a su piel y su acento, totalmente enajenada de sus orígenes por la prohibición de su esposo de frecuentar los lugares en que se reúnen sus compatriotas, Kitty empieza a cambiar los mensajes que inserta entre la ropa limpia a modo de publicidad. En su lugar escribe frases como: "Podemos limpiar su ropa pero no su corazón", "América es cruel. Considere un cambio hacia la amabilidad", "La gente blanca puede tener el corazón negro", "La vida que vive será pagada por sus hijos", "Marcus Garvey tenía razón". Finalmente, su último mensaje será: "Mrs. White ha muerto. Mi nombre es Mrs. Black. Yo la maté". La reacción de los clientes no se hace esperar y el Sr. B decide despedir a las dos dependientas negras que trabajan para él, sin dar crédito al alegato de Kitty de que ella es la autora de estos escritos. A raíz de esto Kitty decide dejar Estados Unidos para retornar a Jamaica con su hija menor.
Si consideramos los mensajes de Kitty y el frustrado ataque al set de filmación como dos actos de subversión eminentemente simbólicos y vemos que ambos terminan por afectar a inocentes (las dos trabajadoras negras) o condenar a muerte a sus realizadores (los guerrilleros), podemos retomar las preguntas planteadas anteriormente con respecto a lo que significan estas acciones para la historia narrada en la novela y sus propuestas con respecto a la realidad jamaiquina contemporánea. Estos actos parecen evidenciar la importancia que Cliff les otorga a los imaginarios culturales para la preservación o transformación de las estructuras jerárquicas y las dinámicas de opresión. El ataque al set de filmación puede ser leído como un acto de defensa de las memorias que no sólo no encuentran un espacio en la historia oficial, sino que además pasan a ser objeto de caricaturización y aprovechamiento comercial por parte de las industrias culturales. La figura de la líder cimarrona Nanny ocupa un lugar central tanto en Abeng como en No Telephone to Heaven, lo que, como afirma Noraida Agosto (2000), da cuenta del rol central que juega en la obra de Cliff el esfuerzo por historizar la memoria como estrategia de empoderamiento de los oprimidos.
Memoria e identidad se encuentran inextricablemente ligadas. En No Telephone to Heaven se señala la importancia que tiene la recuperación y revaloración de la memoria en los procesos de construcción de identidades personales y colectivas. El reconocer el carácter dinámico, histórico y complejo de estos procesos tiene importantes implicancias políticas, ya que permite impugnar las jerarquías construidas sobre la base de concepciones identitarias rígidas y excluyentes. A través de Clare y Harriet, Cliff muestra cómo en una sola persona pueden convivir mundos opuestos y fragmentados y cómo las distintas experiencias y opciones vitales -entre las que la migración tiene un papel gravitante- se pueden ir conjugando en la constitución de identidades más integradas y comprometidas.
Uno de los mayores aciertos de Cliff es mostrar cómo esta ligazón entre memoria, identidad y transformación opera tanto en el plano personal como colectivo, y cómo ambos niveles, si bien son irreductibles entre sí en tanto poseen su propia especificidad, están profundamente imbricados. Así, las biografías (y los cuerpos) de Clare y Harriet son también la actualización singular de la historia de su país, de sus conflictos, violencias y esperanzas.
Lo que No Telephone to Heaven nos recuerda es que la problemática de las "identidades" no es sólo un asunto de estilos, costumbres o "sentidos" diversos, sino un campo donde se expresan hegemonías discursivas, entramados de poder y violencia históricamente arraigados, y donde persisten en la actualidad una enorme desigualdad en la distribución de los recursos materiales, simbólicos, y culturales que los sujetos, personales y colectivos, necesitan para construir proyectos autónomos, liberadores y significativos.
3. Algunas reflexiones finales
A lo largo de este trabajo hemos propuesto una lectura de No Telephone to Heaven centrada principalmente en aquellos aspectos que dicen relación con procesos de (re) construcciones identitarias. Nos interesó desarrollar un análisis que, sin desconocer aquellos aspectos de formas de expresión y de contenido que pueden ser considerados como cercanos a una estética post (pero que no se han dado históricamente sólo en el marco de ésta), mostrara cómo esta novela puede ser leída desde perspectivas que en algunos aspectos no sólo son distintas sino hasta opuestas a los discursos postmodernos. Relevamos principalmente una concepción de la identidad que pone énfasis sobre su carácter procesual, dialógico y narrativo.
El relato de la vida de Clare da cuenta de la importancia que tiene para ella la formulación de narrativas identitarias que operan como soportes de sentido y claves de inteligibilidad, desde los cuales se interpreta a sí misma y a los otros, y desde los cuales orienta su acción en el mundo. Estas narrativas se van configurando en el diálogo con otros, en la búsqueda de reconocimiento de ciertos sujetos, en función de específicos entramados relacionales y contextuales en los que Clare va quedando situada. Así, el sentido de sí misma va variando en función de su estadía en Jamaica, en Estados Unidos o en Inglaterra, así como en función de los diálogos reales o imaginarios que establece con su hermana, su padre, su madre, Harry/Harriet, Bobby, entre otros. Estos cambios no suponen, como muestra magistralmente Cliff, un olvido del pasado o un reinicio absoluto, sino más bien la reelaboración de narrativas identitarias que establecen un horizonte temporal donde el pasado y el futuro se reinterpretan a la luz de los acontecimientos y redes vinculares del presente. Por otro lado, la vida de Clare nos muestra también la dimensión opaca, contradictoria y en cierto modo inconsciente de toda narrativa identitaria y de las acciones que posibilita. El viaje a Inglaterra, la tensión entre su educación colonial y la revaloración de sus raíces negras, la relación con Bobby, el retorno a Jamaica dejando sus estudios, la decisión de sumarse al atentado guerrillero, entre otros, muestran también los límites, opacidades y contradicciones de las narraciones que los sujetos construyen. Parte de esas opacidades se vinculan, sin duda, a la presencia de núcleos primarios de identificación y conflicto en Clare que la llevan a transitar ciertos senderos, a padecer singulares dolores y a plantearse ciertas preguntas. Así, los conflictos entre lo negro y lo blanco, entre lo salvaje y lo civilizado, entre lo materno y lo paterno, son campos tensionales, en gran medida inconscientes, que desde su propia historia e infancia interpelan permanentemente a Clare, la que busca a través de sus narrativas identitarias darles un cierto lugar y equilibrio, por lo general precarios e inestables. La permanencia e insistencia de esos conflictos es un bello y nítido ejemplo del error de los discursos posmodernos que insisten en pensar la identidad como una secuencialidad contingente de identificaciones, máscaras o posiciones discursivas igualmente significativas y transitorias.
La novela de Cliff muestra además la complejidad de los procesos a través de los cuales se articulan las identidades personales y colectivas. Jamaica y su herencia negra, en tanto referentes simbólicos, operan para Clare y Harriet al final de la novela como representaciones intersubjetivas compartidas que orientan y dan sentido a sus acciones. A partir de la afirmación de esa identidad colectiva, de la pertenencia a esa comunidad imaginada, Clare reconfigura su personal narrativa identitaria y decide volver a Jamaica para enseñar historia a los niños pobres y para, finalmente, participar en un movimiento guerrillero. Si Clare se siente interpelada por esta identidad colectiva es porque ésta es fruto de una larga historia de procesos e interacciones sociales en su país que han condicionado y que habitan en su propia biografía. Cliff, por otro lado, muestra magistralmente cómo la afirmación de toda identidad es siempre una lucha por su reconocimiento por parte aquellos otros que la niegan y excluyen a partir del control de los campos simbólicos y los recursos materiales de una sociedad. En ese sentido, la insistencia de Harriet en reivindicar una identidad jamaicana anticolonial, no se limita a la aceptación de la misma de parte de sujetos como Clare, sino que supone la necesidad de luchar por que dicha identidad sea reconocida por aquellos otros que han hegemonizado en la propia Jamaica y en el mundo representaciones del país que mantienen y alimentan una lógica (neo)colonial. Así, el retorno de Harriet y Clare a Jamaica y las diversas acciones de recuperación de la memoria y de crítica del orden establecido que inician, muestran las profundas imbricaciones entre las identidades personales, las identidades colectivas y las luchas políticas en el mundo contemporáneo.
Notas
1 Michelle Cliff nació en Jamaica en 1946 y ha vivido gran parte de su vida entre esta isla y Nueva York. Realizó estudios superiores en esta ciudad y en la Universidad de Londres, donde se doctoró con una tesis sobre el arte del Renacimiento Italiano. Su obra literaria incluye poemas en prosa (Claiming an Identity they Taught me to Despise, 1980, y The Land of Look Behind, 1985) y novelas (Abeng, 1985, No Telephone To Heaven, 1987, Bodies of Water, 1990 y Free Enterprise, 1993).
2 Somos conscientes de que existen importantes diferencias entre ambas corrientes, así como múltiples diferenciaciones al interior de cada una de ellas. Sin embargo, para los efectos del análisis propuesto en este artículo las tratamos conjuntamente en tanto comparten una perspectiva común para pensar las identidades, lo que en términos genéricos ha sido denominado como un concepto post(moderno) de la identidad (Larraín 1996).
3 Como han escrito Grinor Rojo, Alicia Salomone y Claudia Zapata, problematizando los desarrollos recientes de la teoría postcolonial, "En verdad, se nos concederá que no es nada fácil imaginar cómo esos agentes así constituidos, disyuncionados, fragmentados, desplazados, desterritorializados, marginales, desubjetivizados, desidentificados, y lanzando sus peñascos desde las orillas de la escena en que se libra la batalla, van a tener la inmensa fortaleza que se requiere para llevar a la práctica hoy día cualquier transformación social de envergadura" (Rojo et al. 2003: 30).
4 Este proceso de identificación con la antillana Bertha Mason -la loca del ático en Jane Eyre- constituye el punto de partida de una de las novelas caribeñas más notables. Se trata de Ancho Mar de los Sargazos (publicada en 1965), en que la escritora de Dominica Jean Rhys, le escribe una vida propia y le otorga voz y autonomía a Bertha Mason, rebautizada como Antoinette Cosway.5 Todas las citas del inglés han sido traducidas por nosotros al castellano.
Obras Citadas
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