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Teología y vida

Print version ISSN 0049-3449On-line version ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.63 no.2 Santiago June 2022

http://dx.doi.org/10.7764/tyv/632/8/293-297 

Presentación de libros

Il mio viaggio con padre Alexander

Carlos Alberto Rosas-Jiménez1 

1 AID TO THE CHURCH IN NEED . ACN INTERNATIONAL

Schmemann, Juliana. Il mio viaggio con padre Alexander. Roma: Lipa Edizioni, 2021. 111p. ISBN: 978-88-31282-01-7.

A un hombre o una mujer que tiene una gran sensibilidad espiritual, que se interesa por los temas de fe y religión o que dedica buena parte de su tiempo al cultivo de la vida espiritual se le asocia casi siempre con un sacerdote o una religiosa, a veces incluso de manera despectiva para el resto de las personas. Pareciera que el interés por lo espiritual fuera algo exclusivo de algunos.

Sin embargo, Alexander Schmemann es un ejemplo de cómo una gran sensibilidad, un profundo interés por los temas de fe y religión y una gran dedicación de tiempo al cultivo de la vida espiritual se combina con ser padre de familia.

Es por eso que este libro apelará en particular a muchos hombres ya casados o que quieran hacerlo y al mismo tiem-po desean llevar una vida de fe sólida, consistente y coherente. Schmemann fue un hombre que, sintiendo un llamado muy fuerte a entablar una relación estrecha con Dios, descubrió que su camino no solo era llevar una vida verdaderamente espiritual desde el sacerdocio, sino también en el matrimonio.

En este libro, su esposa y autora del texto, Juliana Schmemann, hace un recorrido describiendo la vida de Alexander, desde las cosas más sencillas, como el degustar una caminata en medio de la natu-raleza con su familia, del tiempo que pasaba a solas en su escri-torio leyendo o escribiendo, hasta la grandeza de la cele-bración de la liturgia que tanto amaba y disfrutaba.

Juliana Schmemann, nace en Baden-Baden, Alemania, en una familia noble de la Rusia imperial, que había emigrado después de la revolución y la guerra civil rusa. Cuando toda-vía era una niña, se traslada a París donde entra al colegio católico Santa María de Neuilly, una escuela pionera para la educación de las mujeres, diri-gida por la madre del que sería luego cardenal de la iglesia cató-lica, Jean Daniélou.

Tiempo después, obtiene una licenciatura en letras en La Sorbona, en parís, y entre 1940 y 1941 se encuentra con Alexander Schmemann, estudiante en el instituto de Teología ortodoxa Saint-Serge de paris. Se casaron cuando ella tenía 17 años y él 19. En 1951, la pareja, ya con tres hijos, se traslada a Estados Uni-dos y, posteriormente, a Canadá.

“Al llegar a la última etapa de mi viaje al reino”, escribe Juliana, “miro atrás con infinita gratitud por los muchos años que pasé como esposa de un sacerdote”. En un recorrido apasionante, describe en varios capítulos, desde su nacimiento, pasando por los estudios, su matrimonio, además de los múltiples lugares donde vivieron.

Enamorada de su marido, Juliana Schmemann no se ahorra palabras para describir la gran-deza de Alexander como teólogo, sacerdote, esposo y padre de familia. De todo aquello que ella describe queremos mencionar algunos aspectos que conside-ramos más destacables.

Una fe orgánica . Enseñar, pero sobre todo escribir era lo que a Alexander más le gustaba. A pesar de ser un pensador, un intelectual, su fe era simple y directa, una fe hecha vida, “más allá de una religiosidad popular, de un pietismo, moralismo o de un pelagianismo.

Relata, asimismo, que la participación en la vida de la Iglesia era una parte orgánica y natural de la vida familiar. La vida espiritual de Alexander no era una parte más de su vida, como otras actividades, sino que su existencia era una vida en el Espíritu.

Alexander desarrolló una relación personal con Dios. Sin embargo, al inicio de su vida espiritual, vivió momentos en los cuales percibía sentimientos de culpa, oscuridad.

Luego, venían momentos de luz insoportable. Y en medio de esta lucha había un claro deseo inquebrantable de un nivel más alto de vida espiritual, de luchar por la santidad. Su madre no llegaba a entender sus luchas y las llamaba, “las complicaciones” de Alexander: “¿por qué no puede simplemente rezar e ir a la iglesia como todos los otros?”, se preguntaba (p. 17).

Las dificultades . Aunque nunca tuvieron mucho dinero y más bien pasaron por tiempos de marcada estrechez económica, Juliana Schmemann repite varias veces que eran felices. A ella los trabajos le caían del cielo, pese a que nunca los buscaba, dice (p. 66). “¡Éramos todos muy felices! Esto es quizá lo que mejor recuerdo, nuestra abrumadora felicidad y libertad”, explica (p. 52). Habla también de haber sido bendecidos muchas veces, por ejemplo, con la ayuda material que recibieron en París, dadas las dificultades económicas que atravesaban. O cuando se gana-ron la lotería (p. 25) y recibieron muy buenos honorarios por las traducciones que realizaron en una conferencia en París (p. 51), entre otras bendiciones.

Dice Juliana: “Todavía pienso que tener así, poco sostenimiento material consigo, es un modo de vivir realmente existencialista. Un día a la vez. Una pequeña bendición cada vez” (p. 52).

Fue para ellos también una bendición el apartamento que consiguieron en New York (p.62) en el que vivieron diez años, gra-cias a la familia Nebol'sin, que adoptó a toda la familia con un corazón abierto y una generosi-dad que les hizo muy fácil adap-tarse a la vida americana (p. 63).

La vida era para ellos una secuencia de pequeños milagros, un don inesperado.

Las raíces rusas . Alexander era sobre todo ruso, que amaba la cultura, el pensamiento religioso, la poesía, la literatura de ese país. El ruso era su lengua materna, por lo que escribía con desen-voltura y refinamiento en esa lengua.

Además, llegó a ser muy famoso en la ex Unión Soviética, donde la gente no veía la hora de seguir sus transmisiones se-manales a través de radio Liberty (p. 66). Vivió lo que era la realidad para los europeos en tiempo de guerra, la migración constante. En París, encontraron una ciudad llena de inmigrantes rusos instruidos y muy sofis-ticados.

Aunque fue en esa ciudad donde la familia de Alexander alcanzó cierta estabilidad a pesar de las dificultades económicas, fue en Estados Unidos que sintieron que habían llegado al lugar donde debían estar. Allí, él trabajó con ahínco y mucho amor transmitiendo la fe ortodoxa rusa.

Muy significativo fue su en-cuentro con Solschenizyn, y nun-ca dejó de considerarlo como un gran escritor. No obstante, nunca llegó a compartir ni a compren-der su ciego patriotismo y sus fuertes sentimientos antiocci-dentales (p. 95).

En el capítulo, “La vida litúrgica”, explica que cuando fue ordenado sacerdote, nada cambió, pues siempre fue un sacerdote (p. 50). La cotidianidad era parte integrante del tejido de la vida común, nunca dicho, ni pensado, sino simplemente vivi-do, lo cual hacía que la vida espiritual y sacerdotal de Alexander integrara todos los aspectos de su vida.

Alexander era simplemente feliz cuando se preparaba para una liturgia matutina en los días de semana (p. 95).

Y esa alegría la comunicaba a los que estaban alrededor suyo, a los estudiantes, colegas, a su familia (p. 96). Definitivamente, el núcleo esencial de la vida de Alexander era la divina liturgia en el altar de nuestro Señor (p. 97).

El amor por la naturaleza . La vida espiritual que llevaba Alexander con su familia era una fe encarnada en la realidad y que incluía todos los aspectos de la vida humana, entre los que se incluía el contacto con la naturaleza.

Tanto él como Juliana y sus hijos disfrutaban al máximo el tiempo en el campo, en las montañas o, incluso, un simple paseo por algún parque. “Les transmitimos el amor y el respeto a la natu-raleza a nuestros hijos y para ellos es un modo normal de existir y es parte de su visión de la vida”, afirma Juliana (p. 55).

El otoño en Estados Unidos, por ejemplo, llenaba a Juliana de dicha, belleza, alegría. El am-biente y la naturaleza selvática eran componentes de la vida de los cuales no se podía prescindir (p. 63).

Este es un libro que trasluce una experiencia de agradeci-miento constante, lo cual le da un tono muy positivo, que relaja y descansa el espíritu del lector. Se habla de libertad, del don de sí, del contacto con la naturaleza, de los momentos cálidos vividos en familia.

La autora menciona también las dificultades por las que pasaron, pero es definitivamente la visión de fe que tenían la que les hace ver las dificultades como parte de la cotidianidad, como un todo que está englobado por esa fe orgánica.

Se le puede reprochar el no haber ahondado en situaciones en las que algunas actitudes de Alexander fueron motivo de desilusión para ella o en las que sintió que su esposo llevaba una vida feliz y plena, mientras que ella pasaba por momentos difíciles.

Juliana menciona, por ejemplo, que, durante su primer embarazo, Alexander no se daba cuenta de su desesperación, que él se sentía como en su casa, donde había vivido la mayor parte de su vida y no consideraba que algo pudiera estar fuera de lugar (p. 44). Quizá es difícil para una esposa enamorada y fiel escribir las sombras de la vida de su marido. Pero podría haber ahondado un poco en algunas de estas situaciones. Es probable también que esto se deba a que el libro ha sido publicado a manera de introducción de los diarios de Alexander Schmemann, en los cuales se evidencian claramente sus pensamientos y sentimien-tos, dejando al descubierto algunas cosas que ella omitió.

Para terminar, recomendamos la lectura de este libro para conocer una de las principales personalidades de la Iglesia ortodoxa del siglo xx y uno de los teólogos más reconocidos del mundo. Sus estudios más apreciados versan sobre la liturgia, la eclesiología y la historia de la Iglesia.

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