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Teología y vida

Print version ISSN 0049-3449On-line version ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.63 no.2 Santiago June 2022

http://dx.doi.org/10.7764/tyv/632/7/287-291 

Presentación de libros

Subsidiariedad. Familia, comunidad y sociedad política

MARÍA JOSÉ GÓMEZ-RUIZ1 

1 Instituto de Humanidades . Universidad Panamericana . Sede Guadalajara

Athié, Rosario; Ros Codoñer, Javier. Subsidiariedad. Familia, comunidad y sociedad política. Ciudad de México: Tirant Humanidades, 2019. 116p. ISBN: 978-84-17973-48-3.

Uno de los libros cuya difusión se vio truncada por las primeras olas de la pandemia es el que ahora presenta-mos. Paradójicamente, su valía y pertinencia es más clara que nunca en estas primeras fases de recuperación y reconstrucción social post COVID. La pro-puesta de orden social desarro-llada en sus páginas plantea horizontes para ese trabajo mejor que muchos de los modelos sociopolíticos actuales.

Athié es profesora emérita del Instituto de Humanidades de la Universidad Panamericana, sede Guadalajara, en la que, como parte de su rica trayectoria académica, desarrolló y dirigió el actual programa de estudios de Filosofía Social para los alumnos de licenciatura. En la creación de dicho programa, se planteó como meta el desarrollo filosófico de un pensamiento social acorde a la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Varios de los frutos del reto intelectual que ello supuso son recogidos por este libro. Javier Ros Codoñer, por otro lado, es profesor de sociología en la Universidad Católica de Valencia, de la sección española del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II y en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer. Como investí-gador se ha dedicado a diversos estudios de análisis social, con un especial énfasis en las carac-terísticas y necesidades de las familias de hoy.

La obra de Athié y Ros Codoñer es especial –en el con-texto del pensamiento socio-político actual– por varias razo-nes. Disciplinariamente, se po-siciona como un texto de filo-sofía social y política, embebido de la sensibilidad de la socio-logía. Esto se hace con apego, pero no con dependencia, a la DSI. En sus páginas se deja ver con claridad que los autores son grandes deudores de Pier Paolo Donatti, en particular de su propuesta de sociología rela-cional y la aplicación de esta al ámbito de lo familiar. De igual modo, es palpable la impronta de su prologuista, José Pérez Adán, y, en consecuencia, del pensamiento comunitarista de Amitai Etzioni.

Cabe destacar que, además de estos grandes nombres, los autores reconocen también la influencia de los trabajos de sus colegas Eusebio Santoyo, José Miguel Herrera y Ana Beatriz Preciado, de la Universidad Panamericana, Campus Gua-dalajara.

De la conjunción de estas fuentes y métodos disciplinarios se desprende una de las premisas fundamentales de la obra. Una hipótesis rara y valiosa dentro de la filosofía sociopolítica contem-poránea. Esta sostiene que quienes componemos los distintos tipos de sociedades humanas no somos meros individuos ante un estado o sistema social, sino sujetos personales y sociales para quienes la sociedad no es un añadido, un mal necesario, sino una dimensión radical de su naturaleza. Una dimensión cuyo despliegue puede potenciar o truncar su plenitud.

La ausencia notoria de una premisa así en los discursos sociopolíticos actuales que podríamos denominar main-stream –tanto por parte de la academia, las élites políticas y económicas, y los ciudadanos de a pie– ha ofuscado nuestra comprensión del concepto de subsidiariedad. Con dicho os-curecimiento se ha perdido la comprensión de la riqueza de este concepto y su potencial para el desarrollo de sociedades verdaderamente humanas. El término de subsidiariedad en los discursos mainstream ha quedado asimilado o absorbido por el concepto de subsidio estatal, como hace referencia Athié, o se ha reducido a paradigmas meramente procedimentales en la esfera estatal e internacional. Ello ha dejado un vacío en la comprensión tan especial y necesaria de la subsidiariedad, una agencia que no puede encap-sularse en marcos procedimen-tales y a partir de una división nítidamente separada de la responsabilidad de distintos actores sociales.

La dimensión conceptual más valiosa de esta noción, entraña –como bien han comprendido Athié y Ros Codoñer– que el hombre es intrínsecamente relacional y por lo tanto su desarrollo pleno exige el despliegue de virtudes sociales. Asimismo, al no ser el estado y los sistemas sociales añadidos accidentales de la existencia humana, sino consecuencias de su naturaleza, estos deben estar embebidos de esas mismas virtudes sociales. Solo a partir de ello se entiende que el concepto de subsidiariedad no puede reducirse a una serie de normas procedimentales de la gestión pública, sino que es una virtud social transversal a todas las esferas sociales y a todas las personas que las componen. Ello en consonancia con la DSI, un principio del verdadero orden social. En palabras de Athié, “la subsidiariedad se considera un Principio Social, y que, por tanto, se aplica en todos los ámbitos donde cabe la relación entre quien sustenta la autoridad y quien es sujeto de ella” (p. 15).

La sububsidiariedad, com-prendida así, efectivamente cuenta con un extenso estudio en el marco de la DSI. No obstante, es un concepto que no encaja al cien por cien ni con los discursos de izquierdas ni de derechas actuales. Es posible que, en parte por ello, no es común que se le baje al aparato de estudio de la política. De ahí que lo que hace tan bienvenida la publicación de la obra de Athié y Ros Codoñer, sea el rescate de esta com-prensión y su aplicación al análisis filosófico y sociológico del contexto sociopolítico con-temporáneo.

El objetivo final del ejercicio de la subsidiariedad es que cada una de las personas que conforman la sociedad logre, según menciona Athié, “la au-tonomía que les es propia” (p. 13). La segunda parte de esta frase, el “que le es propia” es otro de los grandes ausentes de los discursos sociopolíticos más comunes actualmente, aquellos emanados de la modernidad, como ha demostrado clara-mente Charles Taylor en su ya clásico volumen Las fuentes del yo . Los seres humanos debemos alcanzar nuestra autonomía, sí, pero no somos capaces de una independencia pura como se tiende a pensar en consonancia con el pensamiento post ilus-trado. No se trata de una autonomía pura, sino, utilizando la conocida conceptualización de Alasdair Macintyre, la de anima-les racionales y dependientes, y en desarrollo constante.

Esta conceptualización de la autonomía humana aspirada como autonomía propia de su humanidad, y no “pura”, nos da la dimensión del porqué la subsidiariedad debe ser una virtud, una disposición constante a actuar de una determinada manera entre personas y sociedades, un principio consti-tutivo de la justicia, y no un puñado de actos aislados ad hoc.

El libro avanza haciendo un estudio de la subsidiariedad en distintas esferas sociales, pasando por el estado y la comunidad. El eje central es el estudio de la subsidiariedad entre estas y la familia, y entre los miembros mismos y la familia. La familia es hoy la esfera social menos teorizada, aún menos que la comunidad (que ya es, en sí, poco teorizada). Por esta segunda razón, la obra de Athié y Ros Codoñer hace una esperada aportación a los ámbitos de la filosofía social y la sociología.

Una característica a resaltar en el estudio que se hace de la subsidiariedad en tanto invo-lucra a la familia, es la concep-tualización de esta como “sujeto social'' (p. 103). Ello es, no como una suma accidental de individuos, sino como un agente social por derecho propio, con derechos y con obligaciones hacia sus miembros y hacia la sociedad. De esto –explican los autores– se sigue un cambio de perspectiva en relación a cuál debe ser el sujeto acreedor de ayuda subsidiaria por parte de la comunidad y el estado. Es decir, no se pueden enfocar las acciones subsidiarias solo a los individuos concretos, accidental-mente miembros de la familia. Ejemplos de ello son los apoyos aislados para las madres, los niños o los adolescentes. Por el contrario, para el desarrollo de una sociedad saludable es indis-pensable que se dé, además, apoyo subsidiario a la familia como tal y en tanto tal. Se propone así una “perspectiva de familia” a incluirse en las políticas sociales.

Cierro con un análisis de una dimensión de la subsidiariedad que eché de menos en la obra. En esta, la subsidiariedad queda teorizada principalmente en la relación de autoridades formales (sean políticas, comunitarias o familiares), y sus subalternos. No obstante, es mi parecer que la subsidiariedad puede darse también entre personas o instituciones que no se encuen-tren en relación formal de autoridad-subalternos, pero para las que haya una clara distinción de diferencia en el desarrollo de una capacidad. Quisiera propo-ner, para efectos del análisis de la subsidiariedad, un concepto más amplio de autoridad a la luz de la cual podemos comprender que muchas veces podemos ser para otras autoridades informales en cierta materia, y, por lo tanto, aunque bajo otros aspectos sean nuestros iguales y les debamos ayuda solidaria, bajo ese aspecto podemos darles una ayuda subsidiaria. Esto permitiría hablar de una subsidiariedad inversa entre las esferas sociales donde esta no solo se da en la jerarquía reconocida de abajo hacia arriba, desde el estado hacia la familia, sino también de la familia como formadora de persona sociales, hacia la comunidad, y finalmente, desde esta hasta la conformación de la política. De otro modo se pierde la perspectiva de que el estado es, ante todo, un grupo de personas buscando el bien común, no una mera burocracia hipercompleja para el manejo del poder.

Por lo dicho anteriormente, el libro será de gran provecho para especialistas que, desde el ámbito de la filosofía social y política o desde el de las ciencias sociales, estudien las relaciones entre las esferas sociales (familias, comunidades y esta-do) y la conformación de estas. También será de ayuda a la academia de hoy aluzando por qué la filosofía social no puede subsumirse a la filosofía política, pues se pierde la perspectiva antropológica más completa. No obstante, el libro también será de interés para el público interesado en tender puentes conceptuales entre la DSI y las disciplinas sociales cuyos presupuestos metodológicos no parten del dato revelado. Este es, además, un libro ágil y, en general, de fácil acceso para un público no especializado que busque pautas concretas de cómo desarrollar subsidiariedad en la propia vida y en los ámbitos sociales en que está inmerso, con especial énfasis en su propia familia.

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