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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.61 no.3 Santiago  2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492020000300373 

Estudio

La liturgia ante el riesgo de la virtualidad Efectos y cuestionamientos eclesiológicos en tiempo de pandemia

Pedro Pablo Achondo1 
http://orcid.org/0000-0002-1247-5412

Cristián Eichin, Ofm2 
http://orcid.org/0000-0002-5935-9064

1Facultad Eclesiástica de Teología Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Chile pedro.achondo@pucv.cl

2Facultad Eclesiástica de Teología Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Chile cristian.eichin@pucv.cl

Resumen:

El presente artículo problematiza lo referente a la vida litúrgica y sacramental en el contexto del resguardo por la pandemia del COVID-19. Debido a la proliferación de un exceso de virtualidad que, sin mucha reflexión ni profundidad, se ha impuesto, nos hemos propuesto abordar ciertos aspectos teológicos que podrían ayudarnos a reconfigurar la casa/el hogar como categoría central de una vida cristiana doméstica. A esta categoría, siguiendo a algunos autores, la denominamos caseidad eclesial. A partir de ella nos preguntamos por la celebración, la belleza y el encuentro con Dios y la pequeña comunidad. Así mismo presentamos una muestra de lo que, a nivel universal y local, ha ido apareciendo en cuanto consejos para una vida cristiana en tiempos de confinamiento. Lo virtual parece primar, cuando por un lado no todo creyente tiene acceso a ellas y, por otro lado, difumina la centralidad del cuerpo en la construcción de la Iglesia.

Palabras clave: liturgia; virtualidad; caseidad eclesial; pandemia; iglesia doméstica

Abstract:

This article looks at liturgical and sacramental life in the context of safeguards against the COVID-19 pandemic. Due to the proliferation of an excessive virtuality which has been imposed without much thought or depth, we address certain theological aspects that could help us to reconfigure home as a central category of domestic Christian life. Following some authors, we denominate this category churchly home. From this category, we ask ourselves about celebration, beauty, encounter with God and the little community. Likewise, we present a sample of what has been appearing at local and universal leveles in terms an advance for a Christian life in times of confinement. Virtuality seems to impose when on the one hand not all believers have access to it, and on the other, it blurs the centrality of the body in the construction of the Church.

Keywords: Liturgy; virtuality; ecclesiastic caseidad; pandemic; domestic church

Introducción

En el trascurso de la historia, hay fuertes eventos que marcan la vida y los relatos de las personas. La actual pandemia COVID-19 ha llevado a cambios inesperados e inauditos en las políticas públicas y en las formas de relacionarnos. Pareciera que en ahora y en adelante nuestros lugares de encuentro están íntimamente ligados a lo virtual. Se nos ha animado a asumir y aprender una nueva normalidad pensada para lo político, lo económico, lo sanitario y lo cultural. Se prevé una cultura pos-pandemia que llevará una impronta de distanciamiento físico y de nuevos y asépticos comportamientos higiénicos. También habría que pensarlo para las formas religiosas y sus expresiones. Una nueva normalidad que implica cambios de conductas, de nuevas formulaciones en lo cultural y en los criterios al momento de tomar decisiones y acciones. Esta normalidad también ha afectado y afectará nuestras celebraciones litúrgicas y eucarísticas, de manera tal que a todos nos ha llamado a la reflexión y al estudio de los cambios llevados forzosamente dada la realidad social. ¿Qué es lo que en realidad toca en la Iglesia? ¿Nos sentimos restringidos en el ejercicio público del culto cristiano? Pareciera que el confinamiento en tiempo de pandemia ha traído consecuencias en el rol público de la Iglesia y su relación con el Estado. Entonces nos preguntamos ¿cumplir o no cumplir las normativas sanitarias que nos han relegado de lo público, de lo masivo en la sociedad?

Otro hecho que ha tocado esta contingencia hace referencia a la participación física y presencial en las celebraciones litúrgicas1. La coincidencia que el alza de los contagiados, al menos en nuestro país, coincidió con la Semana Santa y que movilizó a los responsables de las comunidades y de instituciones religiosas a buscar medios virtuales y reflexivos para asumir lo que se venía. Nadie lo esperaba. ¿Qué hacer? era la pregunta. La pandemia nos confinó a todos a nuestros hogares sin poder tener ninguna expresión comunitaria y masiva. ¡Quédate en casa! era la consigna para todas las familias durante esos días.

El presente artículo, junto con levantar la problemática litúrgico-sacramental y sus implicancias eclesiológicas del contexto social también busca desvelar ciertas interrogantes, por ejemplo ¿cómo celebrar la memoria de Jesús en ausencia de la comunidad parroquial y de un presbítero? Y en caso de realizarla en el hogar ¿de qué forma comprenderla? ¿Constituye una acción sacramental? ¿Pueden las familias cristianas celebrar en nombre del Señor la vida y realizar la Fracción del Pan? ¿La virtualidad de las comunicaciones nos unen sacramentalmente como Iglesia o nos llevan a una ilusión comunitaria e irreal? ¿Es posible participar sacramentalmente de las acciones litúrgicas transmitidas en tiempo real desde otra parte del mundo y a otra hora que no sea la sincrónica? ¿No estaremos frente a un nuevo estilo de bautizados neo-espectadores de lo litúrgico y no de participantes de la liturgia como lo pide el Concilio Vaticano II?

Decíamos que la situación de la pandemia COVID-19 revela una problemática sacramental, específicamente en lo litúrgico y en lo eclesiológico. Y claro está que ha descubierto fundamentos teológicos que se creían, al menos superados o mejorados en estos cincuenta años del Concilio. El liturgista José Antonio Goñi señalaba que en estos días hemos visto una variedad de distintos tipos de celebraciones cuya meta era poder estar cerca de los creyentes. Sin embargo, continúa Goñi, estas propuestas pastorales han ido en detrimento de la calidad litúrgica y ha desfigurado lo mistérico de la liturgia2. Claramente es así, pero tampoco él evidencia la debilidad de nuestra formación litúrgica y de nuestras liturgias domésticas y familiares y lo que en cada una de ellas se puede celebrar en virtud del bautismo.

En consecuencia, la problemática actual sería que la sacramentología del Vaticano II aún no está presente en nuestras teologías ni prácticas eclesiales, léase familiares, personales, domésticas. Aún estamos en la de los antiguos tratados, como que los sacramentos fueran cosas y al mismo tiempo independientes de las realidad cristiana y teológica. Y aún más, la era digital y de las nuevas plataformas virtuales deja claro que aún no hemos avanzado en esta teología sacramental de la existencia cristiana en diálogo con la antropología y la Semiótica. Las definiciones de signo y símbolo aún son deficientes en nuestra formación sacramental. Quizás está sucediendo algo de lo que dice el Documento de Aparecida (2007) cuando se expresó respecto de la fe y su vínculo con Jesús. Si, en cuanto Iglesia latinoamericana, descansábamos en una cierta cultura católica, el documento de Aparecida deja de manifiesto que esto no era tan así y que se nos imponía un regreso a Jesús de Nazaret, una necesidad de redescubrir lo que ser discípulos y misioneros quiere decir3. Algo análogo, podríamos decir, provocado por la pandemia del COVID-19, sucede hoy respecto a la vida litúrgica y sacramental.

Para tratar la problemática, el presente artículo se divide de la siguiente manera: en un primer momento, la presentación de la situación actual de las problemáticas litúrgicas vislumbradas desde los investigadores; en un segundo momento, se dará cuenta de la problemática de la liturgia en la virtualidad; para, en un tercer momento, proponer a la discusión ciertas perspectivas en torno a dicha problemática. Finalmente concluimos con los aspectos más relevantes levantados en este estudio respecto de la dimensión litúrgica y sacramental en tiempos de pandemia. No cabe duda de que el tema continuará por un tiempo largo tanto en el debate eclesial como a nivel de prácticas diversas, por ello esta investigación busca ser un insumo teológico, quizás más exhaustivo y académico, para continuar la reflexión.

1. Situación actual de la liturgia en contexto de pandemia

Con referencia a las celebraciones litúrgicas en este tiempo podemos señalar que el comienzo de la pandemia en Chile coincidió con el tiempo de Cuaresma y se manifestó con un peack mediático en Semana Santa, lo que significó permanecer en casa para muchos ciudadanos.

En lo que respecta a las problemáticas que afectaron a la liturgia en este tiempo se pueden identificar tres categorías que ilustran cómo se ve afectada lo celebrativo de la vida de la Iglesia: una primera categoría son las celebraciones litúrgicas transmitidas por internet y TV (aproximación virtual), una segunda hace referencia a los documentos del Vaticano y de algunas diócesis (aproximación documental) y, la tercera, refiere a la publicación de estudios de algunos autores en medios de divulgación tanto científica como en redes sociales (aproximación científica). Estas tres aproximaciones nos permiten identificar las preguntas que han emergido en este tiempo, e indagar no solo en las expresiones eclesiales del cristianismo, sino también revisar y revisitar la evolución de las estructuras litúrgicas colocando en evidencia los núcleos centrales, así como discriminar aquello que se puede hacer y aquello de lo que se puede prescindir.

La primera categoría de expresiones es la de celebraciones virtuales a las que llamamos aproximación virtual. En este tiempo de pandemia se han masificado tanto las transmisiones en tiempo real como grabaciones de las celebraciones litúrgicas, principalmente las eucaristías como también la Liturgia de las Horas. Por plataformas y redes sociales como Youtube, Facebook e Instagram administradas principalmente por sacerdotes y obispos quienes han posibilitado que dichas acciones litúrgicas puedan verse en casa y en espacios cotidianos. También se han transmitidos una serie de consejos de cómo vivirlos desde el hogar. Entre algunas de las iniciativas aparecieron recursos de distinto tipo, entre ellos videos didácticos de, por ejemplo, cómo celebrar la Cena de Jueves Santo en el hogar4. Varias conferencias episcopales, diócesis e incluso movimientos eclesiales han elaborado pequeños subsidios litúrgicos para que cada día de la Semana Santa sea celebrado en familia con algún signo y en un ambiente familiar. Lo mismo las comunidades eclesiales que, ante la imposibilidad de reunirse en el templo, lo han hecho en plataformas virtuales. Muchas de ellas han grabado canciones y oraciones. Al mismo tiempo diversas instancias eclesiales han llamado a los fieles a respetar las normas sanitarias. Al menos en Chile, han aparecido algunos casos que dan la impresión de desobediencia, como por ejemplo dar la comunión a fieles que quieren solo comulgar, pero sin celebrar comunitariamente la Eucaristía. Entretanto se han publicado algunos tips de cómo celebrar una buena liturgia5. Muy impresionante, han sido las liturgias papales de estos días desde Roma transmitidas por TV, Internet y Redes Sociales. Entre ellas la Bendición Urbi et Orbi momento extraordinario de oración en tiempo de pandemia6. Una de las características de estas últimas celebraciones es la vacuidad de los templos y lugares propios de alta concurrencia de fieles como es la Plaza de San Pedro, por otra parte, la gran cantidad de personas viendo desde sus hogares, como verdaderos participantes, la transmisión de dichos actos cultuales7. Interesante es que el mismo Vaticano permite que se transmitan dichas celebraciones a través de medios de comunicación en directo, no grabados8.

De igual forma, podemos considerar una segunda aproximación al fenómeno litúrgico de estos días: la documentaria. Desde los organismos del Vaticano publican tres decretos –para este año solamente– sobre el Triduo Pascual: En tiempo de Covid 19 (20 marzo 2020), En tiempo de Covid 19 II (25 de marzo 2020)9 y Decreto sobre la misa en tiempo de pandemia (30 de marzo 2020); dos Anexos: Adnexus decreto diei 30 martii 2020 feriae vi in passione domini (Sobre la incorporación de una intención en la Oración Universal del Viernes Santo) y Adnexus decreto diei 30 martii 2020 in tempore universalis contagii (eucologías y textos bíblicos para la Misa en tiempo de pandemia)10. Estos decretos y anexos establecen los criterios litúrgicos y comunitarios frente a la pandemia, considerando la imposibilidad de celebrarla comunitariamente. Además, se aclara que la fecha de Pascua no se cambia. Sin embargo, las otras celebraciones sufrirían algunos cambios, entre ellos, que la Misa Crismal se desarrolle en otra fecha y se trasladen las expresiones de piedad popular propia de estos días para los días 14 y 15 se septiembre del presente año. Encima, se detalla cómo han de ser los ritos del Triduo Pascual11. O sea, lo propio de estas normativas que tienen que ver con la Semana Santa es valorar la inamovilidad de la fiesta de Pascua, posibilitar dichas celebraciones con las precauciones sanitarias de contacto, simplificación de los ritos, omisión de otros, restricción de fieles y mirar, por medios de telecomunicación, las distintas celebraciones litúrgicas.

De igual forma, algunos teólogos y liturgistas han publicado sus reflexiones teológicas frente la liturgia en tiempo de pandemia como también las implicancias teológicas y eclesiológicas que trae consigo la cuarentena. Es el tercer grupo que llamamos aproximación académica de la liturgia en tiempo de pandemia. Algunos de los especialistas de la liturgia han publicado sus reflexiones y estudios en las redes sociales como también en revistas monográficas liberadas gratuitamente12. Al revisar los títulos de sus publicaciones, los temas tratados por los teólogos dan cuenta del escenario nuevo y complejo que afecta no solo a la imposibilidad de la reunión de los fieles, sino que reflexionan sobre la liturgia celebrada en streaming, la complejidad de lo corporal cuando el contacto físico puede ser portador del COVID-19, la valoración de las celebraciones litúrgicas y de piedad popular en la familia, la puesta en obra de los sacramentos para los enfermos contagiados como las despedidas cristianas en las exequias. Tal vez uno de los principales temas debatidos teológicamente estos días es sobre la necesidad de la celebración litúrgica como también la forma de santificar el día del Señor si no hay eucaristía y comunión eucarística. Valga como ilustración la propuesta del teólogo Rafael Luciani sobre la necesidad de aprender a ayunar del pan eucarístico y a comer de la Palabra, así mismo la crítica que él muestra acerca de la sobre exposición del clericalismo en las redes sociales. Ambas son un ejemplo dentro de la variopinta de las preguntas teológicas a las cuales, en este artículo, nos sería imposible referirnos.13 O los debates sacramentales con respecto a la comunión espiritual14. No cabe duda de que las discusiones que han estado presentes hacen resurgir antiguos temas, pero con nuevos elementos y urgencias dado los contextos sociales y eclesiales actuales.

El tiempo de pandemia COVID-19 tocó a las instituciones litúrgicas de una manera brusca e inaudita. Los condicionamientos sanitarios llevaron a que la liturgia se planteara sobre lo que es nuclear y fundamental de aquello que se puede prescindir y que no afectaría al sentido de la celebración litúrgica. Develó las deficiencias eclesiológicas como también la ausencia de una formación litúrgica del Pueblo de Dios de acuerdo con los principios del Concilio Vaticano II. Sin ir más lejos, la comprensión de asamblea litúrgica, iglesia doméstica, comunión eucarística versus comunión espiritual son algunos ejemplos y tendencias de los debates referidos a lo litúrgico. Ahora bien, cuando no se prepara se improvisa. El manejo de los medios digitales ha manifestado ciertas decisiones que dejan entrever una falta de formación eclesial y teológica, agravando más las dinámicas de manejo de discursos y del lenguaje corporal. Por supuesto, las iniciativas celebrativas puestas en evidencia durante este tiempo de COVID-19 plantean la pregunta por el carácter sacramental que pudieran tener las celebraciones domésticas que busquen reemplazar o recrear, en tiempos de emergencia, la vida litúrgica de los cristianos.

Lo anterior, vinculado con la oferta diversa y rica de una participación online de parte de los fieles, muestra, nos parece, una importante carencia de una vida litúrgica en los hogares cristianos. No se sabe qué hacer ni cómo realizarlo. Y no pocas veces existe un pudor y hasta miedo de hacer algo indebido o prácticamente prohibido. Por tanto, la discusión debe abrirse ya sea en el campo propiamente litúrgico como en el pastoral. Todo ello no será posible sin una reflexión teológica que se haga cargo de la figura del presbítero y que vuelva a relevar el sacerdocio común de los fieles, la idea del pueblo sacerdotal y el carácter adulto de los cristianos bien formados. En otras palabras, la teología bautismal es la que merece toda nuestra atención.

No cabe duda de que interrogantes de este tipo pueden llevarnos a un sin número de reflexiones y discusiones y encauzar el objetivo de este artículo a debates que la Iglesia no ha abierto de modo alguno o de forma muy tímida. Valga de muestra referirnos a la polémica que causó el Sínodo de la Amazonía antes15 y luego en la definición del texto final16, respecto del papel de las mujeres como posibles diaconisas y los Viri Probati u hombres pertenecientes a las mismas comunidades amazónicas que pudieran recibir el sacramento del Orden. Si todo ello fue difícil de llevar a cabo, pareciera que la pandemia global del COVID-19 puede más que un Sínodo. Dicho de otra forma, la urgencia de los tiempos y una realidad de excepción –concepto muy trabajado en filosofía política17 y que podría ser acuñado al campo eclesial– empuja a la Iglesia a tomar decisiones osadas y no pocas veces proféticas. Hasta hoy no las ha habido y nos cuesta pensar que las haya mientras no modifiquemos aspectos epistemológicos18 anclados en el pensar, la praxis y estructuras pastorales de la Iglesia.

2. La liturgia ante el riesgo de la sociedad zoom

El COVID-19 y lo que ha producido, en cuánto a una vida celebrativa y litúrgica confinados en nuestros hogares, debe también plantearnos la interrogante respecto de lo virtual. En el caso extremo ¿es sustentable una vida litúrgica solamente online? ¿Una celebración sacramental donde los fieles sigan a través de una pantalla lo que el presbítero –en otro lugar y quizás a destiempo– realiza frente a otra pantalla?19 Estas preguntas retoman una discusión que viene desde hace mucho: la incorporación de la tecnología en las celebraciones litúrgicas, como fue, por ejemplo, la imprenta, la luz eléctrica, los micrófonos20, los alto-parlantes, el cemento en la construcción de los templos, entre otras. Y más tarde, el proyector, la música grabada, el smartphone. La finalidad de incorporar estas tecnologías ha sido permitir que el rito sea visto y escuchado. Al hacer un análisis de la problemática virtual también es claro que requiere incorporar los criterios con los cuales los responsables de la liturgia han discernido. Dichos criterios tienen que ver con la exigencia de la funcionalidad práctica de la liturgia y de no perder de vista la naturaleza simbólica, propia de los ritos, o en el caso de Misas transmitidas por la web, permitir a los fieles presenciar la Misa de su comunidad y sentirse en casa21. Dicho de otra manera, en el fondo se encuentra la tensión entre naturaleza y cultura, la eficacia de la performance relacionada con la particularidad del rito cristiano, entre lo práctico y lo simbólico, entre la presencia real y la presencia o médium virtual22. Visto de esta manera, la sacramentalidad de la liturgia se enfrenta al riesgo de la tecnología como también, ante la distancia, a la necesidad de los grupos humanos. Al mismo tiempo, nos pone frente a las constantes preguntas sobre algo tan fundamental como es la verdad de la acción litúrgica.

El filósofo surcoreano, formado en teología y profesor en Berlín, Byung-Chul Han, es sumamente crítico respecto de lo que podríamos denominar el efecto skype o más bien el efecto zoom. Alude a que creyendo mirar al otro y ser mirados, solo estamos frente a una pantalla por la cual no pasa ni el tiempo, ni ocurre el encuentro. Esa pantalla sin cuerpo y sin historia, siempre lisa, siempre perfecta, intenta anular la necesaria distancia que permite el encuentro. “Por la eficiencia y comodidad de la comunicación digital evitamos cada vez más el contacto con las personas reales”, dice el filósofo.

El medio digital hace que desaparezca el enfrente real. Lo registra como resistencia. Así, pues, la comunicación digital carece de cuerpo y de rostro […] El Smartphone hace las veces de un espejo digital para la nueva edición posinfantil del estadio del espejo. Abre un estadio narcisista, una esfera de lo imaginario, en la que yo me incluyo. A través del smartphone no habla el otro23.

En efecto ¿cómo entender el silencio orante delante del Misterio cuando estamos frente a una pantalla? ¿Cómo acceder a lo no representacional si lo tenemos representado a través de una tablet, un smartphone o una pantalla de notebook? Si en algún momento liturgistas cuestionaban el uso de un aparato para leer las lecturas o dar vuelta a las páginas de un Misal en pdf durante la Eucaristía. ¿Qué decir ahora de esas asistencias a misas con Misal a través de un monitor? Creemos que uno de los temas a repensar tiene que ver con lo no representacional. Un teólogo liturgista hablaba de la necesidad de la reserva simbólica aludiendo al abuso de la celebración de la Eucaristía. Misas de, las llamaba, o Misas para; para la graduación, para el aniversario, para la conmemoración, para el cumpleaños, para terminar un paseo de la pastoral, etc. El uso abusivo de la Misa como si fuera, por un lado, la única forma litúrgica para orar en comunidad y, por otro, el cierre perfecto de cualquier encuentro o evento. O pensar en el caso de algunos obispos y sacerdotes que hablan de Missa sine populo y de esta manera hoy se muestran transmisiones denominadas así, desconociendo que la Introducción General del Misal Romano ya no la tipifica de ese modo, sino de Misa con pueblo, Misa concelebrada y Misa con la participación de un solo ministro porque la Misa no es un hecho individual del sacerdote, sino que es un fenómeno plural24. Entonces, en la reflexión de los liturgistas, la reserva simbólica era dejar la Fracción del Pan y el compartir del Vino para ciertos momentos y ocasiones. Solo para el Domingo, día del Resucitado, en comunidad. De ese modo, aquello precioso y preciado –el encuentro comunitario en torno al Memorial de la Pascua del Señor– se viviría con toda la intensidad, espera y alegría posible. No cabe duda de que la repetición de un rito va vaciando su fuerza simbólica. La Misa deja de ser una mistagogía memorial y puede pasar a ser un acto cultual rutinario. ¿Cómo no pensar en esto cuando vemos tantos llamados a la celebración eucarística online? ¿Realmente carecemos de creatividad pastoral y no nos damos cuenta de la insignificancia en que transformamos el encuentro memorial por antonomasia?

3. Perspectivas y propuestas para la discusión teológica y litúrgica

3.1. Una liturgia de la caseidad eclesial

Para el tema que nos atañe en esta investigación, creemos oportuno focalizarnos en uno de los tantos tópicos que han surgido en la discusión de la liturgia en tiempos de pandemia. Nos referimos a lo que sucede o pueda acontecer en la casa. En ese caso, para la discusión teológica que proponemos, recurriremos al neologismo caseidad. Este concepto es usado por el filósofo, teólogo, médico y poeta catalán Alfredo Rubio de Castarlenas; para él,

el aula de hábitat y caseidad es un espacio formativo que reflexiona y se ocupa de aquello que se relaciona con los espacios humanos habitables –ciudades, casas, residencias, lugares de trabajo, etc.– y lo que en estos espacios acontece, especialmente lo que concierne a la convivencia. Se desprende y guarda relación también con la primera casa de todo ser humano que es el vientre materno. Hace referencia al don de ser habitables25.

En definitiva, en este concepto de caseidad están presentes lo humano, la poesía, lo religioso, la arquitectura y la psicología. La casa es más que su limitación material y utilitarista, es una expresión del cosmos y de su apertura a lo trascendental. Es un espacio que interroga los modelos donde habita actualmente la persona.

En lo concerniente a la casa, desde el dato teológico, es necesario recurrir a la tradición de la Iglesia para beber de las fuentes de la primitiva comunidad celebrante. Esto lleva a releer la experiencia celebrativa y de los espacios simbólicos de la comunidad sobre la que narra idealmente el libro de los Hechos de los Apóstoles. En él dice:

Acudían diariamente al Templo con perseverancia y con un mismo espíritu; partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo. Por lo demás, el Señor agregaba al grupo a los que cada día se iban salvando26.

3.1.1. Antecedentes bíblicos

Según J. Jungmann, los primeros cristianos celebraban el culto frecuentando el Templo, pero esa práctica no era propia del culto cristiano. Para que sea cristiana, su práctica tenía que celebrarse donde residían, sin necesidad de desplazarse a otra ciudad. No la celebraban en sus casas, sino en casas diversas y apropiadas, en las cuáles había un coenaculum, es decir, un comedor grande, porque la comida era el principal objeto de la reunión27. Tenemos varios ejemplos sobre este tipo de celebraciones: en Corintios y en Troas; o mismo en Roma en la casa de Prisca y Aquilas. O sea, los cristianos ricos que tenían salas apropiadas las colocaban a disposición de la Iglesia28. Es importante reconocer, entonces, este dato histórico de que los cristianos de la edad apostólica se reunían en casas privadas, amplias, en el piso más alto29. El estilo de dichas reuniones era más bien al límite de la improvisación, espontáneo, duradero, animado por los que tenían roles carismáticos al interior de ella, sin ningún énfasis espacial y con los muebles necesarios30. Por tanto, en el Nuevo Testamento, antes de definir la Iglesia como aquella que está diseminada por toda la tierra, se designa ekklesia a la asamblea local de los cristianos31.

3.1.2. La Casa: lugar de la Iglesia doméstica

Así se ha entendido en la tradición cristiana desde el Nuevo Testamento donde la comunidad cristiana se convierte en la casa de Dios, es decir que por la comunión “también ustedes son edificados como casa espiritual, formando un sacerdocio santo (1Pe 2, 5)”32. La casa está construida por todos los bautizados. Es la Casa dedicada a Dios, es el lugar de la experiencia de la gracia de Dios, es el lugar de la gratuidad, de la fiesta y del reposo. Podríamos decir que la casa es como la imagen de la Iglesia universal. En este sentido el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen gentium define la Iglesia doméstica como el espacio donde los padres de familia anuncian a sus hijos la fe con sus palabras y obras y así favorecen la vocación de cada uno33. En una lectura de conjunto, esta definición se comprende dentro del capítulo 2 de dicha Constitución sobre el Pueblo de Dios, cuando explicita el sacerdocio bautismal. En otros términos, la familia es Iglesia doméstica porque es una familia sacerdotal y celebrante en virtud del bautismo; la casa es imagen de la ekklesia. Es el lugar donde la narración de la historia de la salvación y sus ritos crean esta nueva realidad: una casa cristiana. La familia (los que habitan la casa) es la primera asamblea litúrgica que inicia, que celebra y que vive la fe en Jesucristo, gracias a la propia presencia de Cristo. El mismo Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum concilium número 7, aparte de afirmar la presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas, en la palabra y en los sacramentos, también está en la asamblea celebrante: “Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, él mismo que prometió: ‘Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos’ (Mt 18, 20)”. Y renglón seguido continua el documento:

En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia (SC 7).

Sin ir más lejos, el Papa Francisco en la Exhortación post sinodal Amoris laetetia señaló la importancia de la familia como Iglesia doméstica con bellas y provocadoras imágenes recogidas de la tradición: “sede de la Eucaristía, de la presencia de Cristo sentado a la misma mesa”34. De esta manera, en la familia es donde

madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en la que se refleja, por gracia, el misterio de la Santa Trinidad. Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida (Catecismo de la Iglesia Católica, 1657)35.

En otras palabras, a la luz de estos textos magisteriales, la familia tiene elementos sacramentales lo que la capacita para ser un lugar de celebración, de pequeña asamblea litúrgica y de núcleo eclesial. Por tanto, realiza ritos y gestos en la oración cristiana y signos litúrgicos de la presencia del Señor Resucitado. La casa permite, de esta manera, configurarse como casa cristiana. Por otra parte, y lo que valdría la pena acentuar hoy, es que ser cristiano consiste en entrar en un grupo bien delimitado, pero también desprenderse de todo particularismo para abrirse a lo universal. El teólogo francés Louis-Marie Chauvet señala que la Iglesia es anterior a los individuos cristianos:

La asamblea celebrante, empezando por la asamblea bautismal y eucarística, es el primer lugar de manifestación de la Iglesia. Lo que no significa que sea menos Iglesia en otras asambleas o durante la situación de la diáspora a lo largo de la semana, sino que la identidad de la Iglesia como Iglesia de Jesucristo, animada por los diversos carismas del Espíritu, se manifiesta prioritariamente, en el plano de la sacramentalidad de la Iglesia en que nos situamos, en este tiempo de asamblea36.

Esto se logra cuando los cristianos se apropian de la confesión pascual “Jesús es el Cristo”, confesión que hace la Iglesia y que se hace presente en cada uno en el propio bautismo37. Así, la Iglesia doméstica que comienza por ser asamblea bautismal e iniciática es ya manifestación de la Iglesia. La casa es imagen de la Casa de Dios y, por tanto, símbolo de la casa universal.

3.1.3. De la casa a la caseidad: un espacio en transformación

Los relatos de las celebraciones cristianas de esta época nos permiten focalizarnos en algo muy propio de la liturgia judeocristiana y reconocerla como un lugar simbólico: la casa. Las casas de aquella época con respecto a las actuales varían en espacio, pero no en función ni sentido. Siguiendo al filósofo catalán José María Esquirol, autor que resalta la proximidad como parte de la casa, que ella es uno de los espacios de resistencia frente al nihilismo y los efectos de la no-proximidad. Para él la casa es el centro del mundo, es el símbolo de la intimidad descansada. Es el espacio del asentamiento, del reposo y de la detención. La casa, como centro del mundo, hace que el mundo no sea caos ni dispersión, sino condición de que haya mundo. El alma anhela el retorno a casa. Sin embargo, la casa no es para permanecer siempre en ella ni para salir de ella: es para volver, ya que es concavidad, de la misma manera que el cuenco formado con las manos lo es del don38. La casa es el espacio de la vida, de los relatos de vida, de los ritos y de la formación ética. Sin el valor simbólico de la casa, la familia corre el riesgo del caos, de la dispersión, del ahogamiento vital. En consecuencia, la casa es también un espacio de la experiencia trascendente de la persona humana:

Además, si bien el gesto de las manos al recoger se asemeja primeramente al del abrazo, también se parece al gesto que conforma y mantiene la comunidad. Pero ¿cómo hacerlo más allá o más acá de la unidimensionalidad neoliberal, de la abstracción comunista y de las restricciones del comunitarismo? La casa y el don (o la generosidad) son un buen punto de partida, y el movimiento de recoger y juntar (ayuntamiento o casa del pueblo), el eje articulador39.

Así, el poder de la casa y su performatividad ritual lleva a configurar y recrear lo que se ha recibido. Para estos días, el quedarse en casa es una posibilidad para pensar la importancia de esta y del rol cristiano tal como lo hemos visto. Ella ha sido desde temprano el lugar de la asamblea celebrativa, del encuentro, del intercambio, del recuerdo y de la celebración. Otra cosa es que después del siglo IV ocurriera una transformación gravitante de los espacios de reunión. La casa forma parte de la tradición litúrgica y eclesial que no podemos olvidar. En definitiva, la casa construida en el nombre del Resucitado se transforma en la casa de Dios. Dicha transformación es dinámica, corporal y espiritual. Por eso plantear un trabajo sobre una nueva cultura de la caseidad eclesial nos permitirá entender una eclesiología de comunión, término querido por el Concilio Vaticano II. Ella es la experiencia creadora de la vida de casa.

3.2. La caseidad, la palabra y la belleza.

Al asumir lo anterior, queremos dar un paso más en vistas de las posibilidades teologales que se abren al resignificar la casa en cuanto espacio litúrgico. Los pasos necesarios, al menos identificados a partir de esta investigación, nos conducen a una formación para la Iglesia doméstica y por ende a una reflexión teológico-litúrgica sobre este espacio sagrado recobrado.

3. La belleza, camino al Misterio

En una carta pastoral el Cardenal Martini asevera que la belleza cristiana es inseparable de Cristo, él es el Pastor hermoso del evangelio de Juan (10, 11), cuya belleza se experimenta al dejarse amar por él40. En un gesto profundo de adhesión el creyente le entrega su corazón para que sea inundado por la presencia del Pastor Jesús. Según Martini, el lugar donde se produce este encuentro de amor es la Iglesia y por ello la Iglesia puede ser comprendida como la “Iglesia del Amor, la comunidad de la Belleza que salva”41. Esta Iglesia, la de los sacramentos y la comensalidad, la que reúne a la comunidad y practica el servicio humilde, en ningún caso se restringe a una espacialidad o temporalidad definida, rígida o estática. La belleza es la Belleza de Dios y a través de ella, vivida y celebrada, contemplada y compartida, es que accedemos a la Fuente de todo bien.

La intuición de la caseidad nos exige repensar el hogar como espacio celebrativo y contemplativo. ¿Cómo acceder a esa belleza en medio del lugar cotidiano de la intimidad familiar? ¿Es posible la experiencia de lo bello cuando dichos espacios son reducidos y carentes de una cierta estética ligada a lo religioso? ¿Qué es la belleza en nuestras casas?

La Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, desde sus inicios, ha realizado un trabajo de reflexión sobre estos temas, realizando el cruce entre belleza, creación arquitectónica y palabra poética. En ese sentido Amereida42 puede darnos pistas para comprender o recomprender la casa en cuanto lugar de trascendencia. Aquí trascendencia tiene que ver con la hospitalidad y esto último como reservorio de una de las manifestaciones más profundas de Dios. Dios es quien todo lo acoge y todo lo alberga. Por eso es posible, sin muchos problemas vincular a Dios con la hospitalidad y la hospitalidad con la casa, lugar de acogida del otro y de la pequeña comunidad doméstica.

Godofredo Iommi, en uno de sus textos llamado 4 Talleres de América, indaga sobre el concepto de belleza y su relación con el espacio. En el texto cita al arquitecto italiano del renacimiento León Battista Alberti, quien dice que la belleza viene dada por la armonía y a esta la define como “una cualidad resultante de la conexión y unión de los elementos”43. De ese modo, la belleza como camino al Misterio puede sin ningún problema darse en los espacios cotidianos del hogar en la medida en que la anhelada armonía sea aprehendida y permitida. Así, el resplandor de la belleza no depende de si la Iglesia doméstica se reúne en torno a la mesa de diario o en la habitación principal, tampoco si la luz es la de la mañana o son velas que iluminen el anochecer. El espacio es construido por la armonía de los habitantes de dicho espacio. Es la comunidad, la familia, los convocados quienes construirán la armonía conectando palabras, comunicando sentimientos, compartiendo sus verdades, acogiendo los silencios. Esta armonía que permite el esplendor de la belleza “se manifiesta en el organismo entero… Abraza la vida entera del hombre y sus leyes, preside toda la naturaleza”44, dirá Alberti. La belleza posee mil maneras de decirse y manifestarse, desde las maravillas matemáticas hasta los asombros de la biología. La belleza que nos conduce al Misterio, finalmente, está ahí presente en la vida; en lo inesperado de una mirada, en lo concreto de un perdón y en lo inusitado de unas lágrimas de agradecimiento.

La palabra, sacramento de encuentro

Toda la teología puede ser un juego en torno a la palabra. Palabra encarnada y palabra recibida, palabra donada y palabra orada, palabra de Dios y palabras del Pueblo de Dios. La liturgia es también una manifestación lúdica de esa relación de palabras. En cada sacramento la palabra realiza los actos y acompaña los gestos. Palabra que responde al silencio y silencios que permiten las palabras. La palabra expresada en la oración es una palabra cargada de sentido, es ella misma acto de invocación y pedido, acción de gracias y acogida del perdón. La palabra de la oración es una palabra que no puede ser domesticada. “El lenguaje más agudo, justo y fuerte, sin mediaciones doctrinales, para hablar con Dios es aquel de la oración”45, dijo Gustavo Gutiérrez.

No cabe duda de que el hogar es un locus privilegiado para la palabra. Si en los templos muchas veces el Pueblo de Dios es más bien un cuerpo pasivo y receptivo, en la casa pueden suceder otras dinámicas. Si en las capillas y comunidades no siempre la palabra es compartida, sí en el hogar; en la intimidad y confianza doméstica, ella sí puede aparecer. La Palabra de Dios escuchada en la Iglesia doméstica puede eventualmente calar más hondo y producir inesperadas transformaciones. Por cierto, la caseidad fomenta una experiencia teologal con la Palabra de Dios en las palabras de los miembros de la casa, y así, en una fuente para una renovadora teología de la liturgia de la Palabra proclamada, compartida, confesada y eucaristizada. Los Padres de la Iglesia dan cuenta de la importancia de la Palabra en cuanto factor de la reunión y de la conformación de las comunidades cristianas. Además, esta Palabra toma distintos rostros en diferentes actos (lectura, comentario, oraciones) y se distribuye en diferentes roles: lectores, presidente y en el nosotros de la asamblea litúrgica. Es más, para los Padres de la Iglesia, el mysterium está ya presente en la lectura/palabra, como acto, acontecimiento y fenómeno46. Sin ir más lejos, este mysterium confecciona el hogar en la caseidad, en el espacio donde las palabras caminan hacia la Palabra y hacia el Misterio que es Cristo.

Así, el ya citado Godofredo Iommi recuerda que la palabra es potencialmente poesía. Ella puede devenir obra y trabajo creativo47. Si la palabra orante acoge la Palabra ella produce frutos, ella se constituye en obra, en poiesis. La casa en cuanto encuentro de palabras con la Palabra venida al mundo, puede transformarse en espacio poético, en el sentido profundo del término: espacio de creatividad y transformación, en obra inacabada siendo modelada por Dios y los que se reúnen en su nombre. La casa y la palabra proferida van permitiendo que suceda lo revelado al profeta Jeremías48: ser barro en las manos del Alfarero.

Desde una perspectiva pastoral, la palabra en la Iglesia doméstica es recuperada. Frente al elaborado lenguaje litúrgico el pueblo humilde se siente lejano, delante de un manejo académico en la construcción de las frases, puede suceder que los más sencillos sientan que no saben rezar o que su palabra posee menos valor. No pocas veces esta ha sido la experiencia en medio de los pobres adjudicándole al ministro o al consagrado el monopolio de la palabra. La palabra compartida y escuchada en el hogar podría liberarse de estos colonialismos de buena fe, como podríamos denominarlos. La palabra sin duda puede ser colonizada y una dimensión del poder se impone cuando el que ha estudiado y sabe es quien no solo dirige y comparte la Palabra, sino que también la interpreta y permite o no la manifestación de otras palabras. Es palabra no domesticada, que es precisamente la que Dios espera; puede encontrar un cauce rico y propicio en la seguridad del hogar. Ello requiere un esfuerzo de promoción de parte de la Iglesia.

Por último, la palabra contrasta y combate la virtualidad pasiva. Si bien es posible hablar, conversar y dialogar en la dinámica zoom, la palabra doméstica que se comparte sin domesticar se distancia de las pantallas y artefactos. Ella nos sitúa frente al otro, nos dispone a la escucha atenta y serena. En la palabra dicha y compartida en la libertad del hogar no hay cabida para temores virtuales ni asedios informáticos, no hay lugar para interferencias. En la caseidad litúrgica la Palabra es leída, rumiada y compartida en confianza, sin mediaciones tecnológicas. De alguna manera, ante el riesgo de la virtualidad, este acto sencillo y casi ordinario se vuelve un evento. Es un regreso no nostálgico, sino profético y contrasistémico, de lo analógico: la Biblia donde el paso del tiempo se registra en sus páginas ajadas, en las huellas de la lectura, en las notas al borde, fruto del diálogo orante. La Biblia con recuerdos, pequeñas hojas de algún árbol o la foto del bautismo familiar. Esa Biblia usada es la que se abre para que nuestras palabras sean escuchadas y conducidas alimentando la libertad de los hijos e hijas de Dios.

La caseidad eclesial, albergue de la belleza y de la palabra

Una de las notas principales en la eclesiología de Ronaldo Muñoz es la Iglesia samaritana49, es decir aquella Iglesia que está al lado de los sufrientes acogiendo, sirviendo y acompañando, en la línea de lo que el papa Francisco ha llamado Iglesia hospital de campaña. Pero también se refiere a la Iglesia hogar, Iglesia caracterizada por la acogida y la convivencia cálida, donde somos responsables unos de otros. Lugar donde se reconcilia y celebra. Comunidad que es ejemplo y levadura para un país de hermanos50. Al usar el apelativo de hogar, Ronaldo Muñoz está aludiendo a rasgos propios de la vida familiar. La Iglesia aquí está invitada a vivir aquello que en casa muchas veces experimentamos: la acogida del otro, el lugar de la celebración de la vida, la mutua responsabilidad, la vivencia del perdón, dado y recibido. Para el teólogo Muñoz, la casa está llamada a ser ese pequeño laboratorio de humanidad.

Es esa experiencia convivencial la que nos torna hermanos y hermanas. La caseidad es hogar y albergue, ambas figuras de la hospitalidad del Dios de Jesús. Y si es verdad que “la casa es nuestro rincón del mundo”51, nuestro pequeño cosmos, entonces no cabe duda de que Dios se hace huésped, invitado y anfitrión en ese rincón donde habitamos. Habitamos con Él en ese espacio de acogida que llamamos hogar. Así, la caseidad eclesial es también un proyecto, un camino, una tarea; como lo es la construcción del propio hogar. Este siempre está en reformas. La casa entonces alberga una temporalidad amplia, en ella están los recuerdos y memorias, incluso en fotografías y pequeños adornos que embellecen con su temporalidad los espacios habitados. De esa forma el pasado está siempre ante nuestra mirada. Habitamos el presente móvil y proyectamos un futuro. En la casa soñamos y ella “protege al soñador”52. Ella nos abre al mañana, a un mañana mejor, de descanso, de fiestas y de ocio. Más aún, “la casa del porvenir es más sólida, más clara, más vasta que todas las casas del pasado”53. Allí, en todas nuestras casas, Dios también posee un lugar, en Él y con Él descansamos, en Dios “vivimos, nos movemos y existimos”54. La caseidad es, entonces, promesa de ser visitados por Dios.

No cabe duda de que en casa también hay miedos y preocupaciones, malos recuerdos y traumas de infancia. Justamente por eso Dios necesita entrar, Dios desea reconstruir los hogares como albergues de esperanza y recintos de vida en abundancia. En ese sentido, de la construcción y el re-descubrimiento de una verdadera caseidad eclesial son fundamentales. El Dios que confesamos como liberador y restaurador de lo herido debe permear nuestros espacios más íntimos e interiores. La casa se vuelve símbolo-sacramento de la acción salvífica de Dios. No solo el hombre modela la casa, sino que también “la casa remodela al hombre”55 y Dios en ella interviene para volver a acomodarla. De eso se trata en la hospitalidad. Ella permite que Dios sea acogido en las relaciones de la casa y que el otro intervenga con su palabra y mirada cuando lo desee. La hospitalidad, de ese modo, no es solo un gesto de la voluntad, sino un acto de respuesta ante la solicitud del forastero-en-casa. Nuestro próximo nos invade y la hospitalidad hace posible que ese entrar no sea violencia, sino acogida y recepción. Sin embargo, la línea es frágil, pues la hospitalidad es del orden del don, ella es gratuita e inconstreñible. Así como Dios entra por la puerta frágil golpeando pacientemente56, del mismo modo la casa se entiende como un espacio de fragilidad donde deben darse el cuidado, la co-responsabilidad y el cariño. De otro modo sucederá lo del hijo pródigo57 queriendo abandonar la casa.

La vida litúrgica puede ser reinventada en la Iglesia doméstica. El potencial de la caseidad nos sorprende y la posibilidad de afirmar la belleza y reapropiarnos de la palabra se vuelve un imperativo ético para quienes se ven confinados, más allá de las coyunturas y excepciones, al pequeño cosmos de su casa. La comunidad vuelve a la casa luego de haber transitado por más de un milenio y medio en templos ajenos, fríos y lejanos. A riesgo de exagerar, no se trata de suplantar el templo, sino de humanizarlo a partir del hogar y a su vez permitirle a la casa que sea lo que está llamada a ser.

4. La otra liturgia post-pandemia

La Iglesia doméstica es la caseidad de la Iglesia. Sin ella la Iglesia carece de familiaridad. La comunidad eclesial albergará al espíritu de Dios cuando la asamblea litúrgica y familiar acoja la gratuidad del don de Dios. Sus dimensiones humanas, religiosas, cristianas y espaciales permiten a la teología volver a poner su foco en la tradición cristiana de las casas. La teología de los espacios litúrgicos se enfocaría más bien a los grandes espacios de reunión de la asamblea. Sin embargo, se requiere incorporar una teología de lo que acontece en las casas como lugar de la vida eclesial y como germen de la vida comunitaria. La caseidad eclesial, en cuanto concepto que asume lo de Alfredo Rubio de Castarlenas (caseidad) y Josep María Esquirol (concavidad del cobijo) permitirá a la teología litúrgica recuperar una de sus bases al hacer teología del espacio litúrgico. Es quizás uno de los puntos reveladores del COVID-19 y de la confinación en los hogares. Esta teología que explicita la estructura simbólica de la intimidad y del relacionarse con otros considera lo muy humano –la cotidianidad del hogar; y lo muy espiritual de la persona humana– el encuentro con Dios en esa cotidianidad. La iglesia doméstica en cuanto casa de Dios expresará su dimensión materna como la que da a luz y la que da cobijo, la que recibe vida para dar vida, la que es acogida por la Trinidad y la que hospeda al extranjero. En ella la Palabra será escuchada, tocada, comida, compartida, danzada. La casa será la casa de las emociones de la fe.

Por añadidura, la comprensión teológica de la caseidad eclesial puede permitirnos renovar y resignificar la teología bautismal y el sacerdocio común de los fieles, tan presente desde el Concilio Vaticano II. Dicha teología se inscribe en la teología de la iniciación cristiana, que reclama ser valorada hoy en la vida eclesial. Es una teología que habla de la iniciativa de Dios y de la respuesta del hombre y de la mujer. Es la que permite redireccionar la familia no como un ente pre-eclesial ni como un efecto de la Iglesia: ella es ya Iglesia. Es la Iglesia devuelta a la familia, y la familia (casa, hogar, refugio, cobijo) reconfigurada en cuanto Iglesia. Por otra parte, la caseidad eclesial es una resistencia a las relaciones virtuales e ilusorias. Incluso a las no-relaciones que muchas veces se dan en los grandes templos. La virtualidad hace que el espacio de lo habitable sea un espacio del sin-contacto y del sin-involucrarnos. Las posibles salidas a la crisis de la pandemia en la liturgia no se solucionan con la aceptación o no de los sacramentos virtuales, o en la participación virtual o no en ellos, o en verificar si la eucaristía sirve o no sirve, es válida o no. Tal vez llegue a generarse un excesivo entusiasmo inicial de una liturgia que permita la virtualidad. Sin embargo, lo que podría ser peor, sería la transformación del sacerdocio de Jesucristo en un espectáculo.

A nuestro juicio y como lo hemos desarrollado en este artículo, el trabajo teológico se orienta a lo que ocurre en la casa, en las relaciones y en la convivencia. Alude a lo que creen, celebran, viven y comunican los miembros de la familia. La discusión litúrgico-eclesial bajo la comprensión de una caseidad busca salir de una cierta mirada cosmética para entrar en lo profundo de la experiencia de un Dios Vivo y presente en cada relación y encuentro de los discípulos y discípulas de Jesús. Y, junto con ello, resituar la fuerza litúrgica, celebrativa, amorosa y en definitiva mística, de cada cristiano. Mientras que lo virtual puede solo llevar a la mimesis, o sea a la representación teatral de los acontecimientos de salvación. La caseidad, en cambio, conduce a la anamnesis de la salvación, es decir al hoy –resguardado, cuidado, respetuoso y corresponsable– y al mañana –de abrazos y reencuentros– de la historia de la salvación. La caseidad eclesial, la vida litúrgica-poética de la Iglesia doméstica puede constituirse en una manera adulta, profunda y política de asumir nuestra fe.

1Desde el lunes 16 de marzo, algunas diócesis comienzan a tomar medidas con respecto a los actos públicos y de gran aglomeración de acuerdo a las normativas gubernamentales: https://www.minsal.cl/presidente-anuncia-suspension-de-clases-y-reduce-actos-publicos/

2Véase J. A. Goñi, “Editorial. COVID-19: Una realidad litúrgica plural”, Phase 356 extra (2020) 287.

3Por ejemplo, en los números 28, 29, 131, 209 ss., 443.

7Por ejemplo, según la cadena de Televisión Trece, perteneciente a la Conferencia Episcopal Española, la transmisión de la bendición Urbe et Orbi del Papa Francisco fue la más vista en su historia por más de un millón de personas, Véase https://www.religionenlibertad.com/espana/296037268/Casi-2-millones-de-personas-siguieron-la-bendicion-Urbi-et-Orbi-en-TRECE-que-pulveriza-su-record.html (consulta: 19/5/2020).

9Véase: Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Phase 356 extra (2020) 357-362.

12Tal es el caso de la revista Phase 356 extra (2020) con el tema Liturgia en tiempo de confinamiento; o bien La Rivista di pastorale Liturgica. Offerto in omaggio. Numero speciale in PDF. Marzo 2020. Liturgia in quarentena de l’Editrice Queriniana di Brescia. O por ejemplo el teólogo Andrea Grillo con varias reflexiones sobre la actualidad pandémica, entre otras en su blog, véase https://www.cittadellaeditrice.com/munera/come-se-non/page/2/ (consultado: 19/5/2020).

14Véase C. Giraudo, “La vita sacramentale in tempo de pandemia”, en L. Alici, G. Di Simone, P. Grassi (a cura di) La fede e il contagio nel tiempo de pademia (Editriceave, Roma 2020) 53-57.

16Véase Francisco, Querida Amazonía. Véase también: https://es.zenit.org/articles/132230/

17En especial por el filósofo italiano Giorgio Agamben y, antes, por Walter Benjamin. Ver también Boaventura de Sousa Santos.

18Véase P. P. Achondo, Una Iglesia híbrida. Aproximación a las comunidades de Jesús (San Pablo, Santiago 2020). El autor precisamente busca aportar con categorías provenientes de otros horizontes conceptuales para modificar o, al menos, dialogar con la epistemología imperante en la formación eclesiástica.

19En un artículo publicado el 1 de mayo, la teóloga uruguaya Rosa Ramos se pregunta: ¿Qué tan grande es la necesidad de la jerarquía eclesial de mostrarse, de decir “aquí estamos”, de capturar la atención, de estar en los medios de comunicación o en las tan manidas redes? ¿Por qué tan preocupados de que la gente los viera, los escuchara, los necesitara? ¿Qué imagen se graba en las personas que ven allí al sacerdote solo, revestido, en el altar, realizando “todo” y, finalmente, consagrando y comiendo solo el pan eucarístico? Véase: http://www.obsur.org.uy/articulos/que-iglesia-sera-la-pos-covid19/ (consultado: 19/5/2020).

20Véase: A. Spadaro, “Liturgia e tecnología”, Rivista liturgica 5 (2012) 709- 711.

21Véase: P. Tomatis, “Virtualità e verità dell'azione liturgica”, Rivista liturgica 5 (2012) 741.

22Véase: P. Tomatis, “Virtualità”, 743.

23Véase B.-Ch. Han, En el enjambre (Herder, Barcelona 2014) 42.

24Véase A. Grillo, “Los obispos y la teología del Misal: ¿era tan difícil?”, Phase 356 extra (2020) 317-318.

26Hch 2, 46-47.

27Véase J. Jungmann, La liturgie des premiers siècles (Du Cerf, París 1962) 27.

28Véase J. Jungmann, La liturgie, 28.

29Véase G. Zanchi, “L'Assemblea liturgica: tipologie e topografie”, en G. Boselli (a cura di), Assemblea Santa. Forme, presenze, presidenza (Edizioni Qiqajon, Magnano 2009), 59.

30G. Zanchi, “L'Assemblea”, 59.

31Véase L.-M. Chauvet, Símbolo y sacramento, 189.

32Véase M. Lurker, Diccionario de Imágenes y Símbolos de la Biblia (Herder, Barcelona 2018) 50.

33Véase LG 11.

34Francisco, Exhortación Apostólica post sinodal: Amoris Laetitia sobre el amor en la familia, n. 15.

35Francisco, Exhortación Apostólica, n. 86.

36L.-M. Chauvet, Símbolo y sacramento. Dimensión constitutiva de la existencia cristiana (Herder, Barcelona 1991) 189.

37Véase L.-M. Chauvet, Símbolo y sacramento, 186.

38Véase J. M. Esquirol, La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad (Acantilado, Barcelona 2015) 42-45.

39J. M. Esquirol, La resistencia íntima, 52.

40Véase C. M. Martini, ¿Qué belleza salvará al mundo? Carta pastoral 1999-2000 (Verbo Divino, Navarra 2001) 39.

41Véase C. M. Martini, ¿Qué belleza salvará al mundo?, 40.

42Título de la obra poética (1967) de Godofredo Iommi, Alberto Cruz y Miguel Eyquem, entre otros; que acompaña la intuición fundacional de la Escuela de Arquitectura. Hoy Amereida es una corporación que realiza actividades y alberga la idea poética que ha inspirado un quehacer arquitectónico único, a través de la palabra y el oficio.

43G. Iommi, 4 Talleres de América, Hay que ser absolutamente modernos (Taller de Investigaciones Gráficas, Escuela de Arquitectura ucv, Valparaíso 1982), 5.

44G. Iommi, 4 Talleres de América, 6.

45G. Gutiérrez, Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente (Sígueme, Salamanca 2006) 139.

46F. Cassingena-Trévedy, La Parole en son royaume. Un approche liturgique (Ad Solem, París 2013) 9-13.

47G. Iommi, 4 Talleres de América, 1.

48Jr 18, 1-9

49R. Muñoz, Comunidades cristianas al servicio de la vida (Fundación Coudrin, Santiago 2019) 44.

50R. Muñoz, Comunidades cristianas al servicio de la vida, 44.

51G. Bachelard, La poética del espacio (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2000) 28.

52G. Bachelard, La poética del espacio, 29.

53G. Bachelard, La poética del espacio, 70.

54Hch 17, 28.

55G. Bachelard, La poética del espacio, 60.

56Ap 3, 21.

57Lc 15, 11-32.

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