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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449

Teol. vida v.47 n.2-3 Santiago  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492006000200014 

 

Teología y Vida, Vol. XLVII (2006), 339 - 343

NOTAS

 

La mujer nace y se hace. Una interpretación de la propuesta de Edith Stein

 

M. Paz Díaz L.

Licenciada en Teología
Pontificia Universidad Católica de Chile


La mujer hoy día sigue siendo un tema. Llama la atención que sea necesario reflexionar sobre ella, dándose a entender que "ser ella" no es una realidad internalizada, ni menos obvia. Conferencias, grupos feministas, nuevas perspectivas teológicas, el concepto "género", y hoy día nuestro seminario, son algunas de las expresiones que nos dicen que "la mujer" da que pensar (1).

Me parece sugerente que el título del seminario que hoy nos reúne haya diferenciado lo femenino de la mujer. Vale decir, que haya aclarado que lo femenino no es lo mismo que decir mujer, o de otra manera, que lo femenino no es monopolio del "ser ella".

Digo esto, porque justamente por aquí va la visión sobre la mujer que Edith Stein tiene y que a continuación quisiera exponer.

Edith Stein es una filósofa alemana de origen judío que vive dentro del transcurso del siglo XIX al XX (1891-1942). Es decir, vivió en una época en donde la mujer comenzaba a pensar-se. Sin embargo, para Edith Stein lo de la mujer no fue solo algo teórico, sino algo que también le costó encarnar. A ella, como a muchas de su tiempo, no le fue fácil ser mujer; hubo precios que pagó por serlo. Edith Stein, por su condición de mujer, no pudo obtener la cátedra en el departamento histórico filosófico de la Facultad de Filosofía en Gotinga: "... recibí una carta de Hermann (profesor de lingüística indogermánica), presidente del departamento, según la cual una precomisión habría decidido no examinar [mi] trabajo, puesto que el concurso a cátedra de mujeres siempre origina dificultades" (2).

Edith Stein, si bien es filósofa, en ella también la dimensión teológica fue un elemento importante y decisivo a lo largo de su vida. Esta fue una mujer que se convirtió al catolicismo (1922) entrando posteriormente al convento carmelita (1938), siendo finalmente gaseada en el campo de exterminio de Auschwitz (1942) y beatificada por Juan Pablo II (1987). Es decir, estamos ante una mujer para quien la presencia de Dios fue un descubrimiento por la vía del pensamiento, la reflexión y la vida.

Entre los años 1913-1921 Edith Stein entra de lleno en su formación fenomenológica de la filosofía, y Edmund Husserl se constituye en el eje y horizonte de su reflexión filosófica. A Edith Stein la lectura de Las Investigaciones lógicas la habían cautivado porque eran " un abandono radical del idealismo crítico kanteano y del idealismo de cuño neokanteano. Se consideraba la obra como una 'nueva escolástica', debido a que, apartándose la mirada filosófica del sujeto, se dirigía ahora al objeto: el conocimiento parecía ser de nuevo un 'recibir' que tenía su estatuto regulador en la cosa y no ­como en el criticismo­ en el que el conocimiento es un 'determinar' cuya ley connota a la cosa" (3). De esta matriz filosófica no estará exenta su reflexión sobre la mujer.

Según cronologías elaboradas sobre Edith Stein (4), la conversión al catolicismo denota varias etapas. Comienza con el contacto que establece con Scheler: "Este fue mi primer contacto con este mundo hasta entonces desconocido (...) la influencia de Scheler (5) fue algo que rebasaba los límites del campo estricto de la filosofía. (...) era la época en que se hallaba saturado de ideas católicas y hacía propaganda de ellas con toda la brillantez de su espíritu y la fuerza de su palabra. [Si bien] no me condujo todavía a la fe, [sí] me abrió a una esfera de 'fenómenos' ante los cuales ya nunca [podría] pasar [a] ciegas. [...] Las limitaciones de los prejuicios racionalistas en lo que me había educado, sin saberlo, cayeron, y el mundo de la fe apareció súbitamente ante mí. [...] [Aunque] por el momento no [pasaría] a una dedicación sistemática sobre las cuestiones de la fe" (6). Es en el año 1921, a través del descubrimiento que tiene de Santa Teresa y Santo Tomás, donde podemos ubicar el comienzo de su proceso intelectual de fe, que hacía en ella "... posible cultivar la ciencia como culto divino, [...]; [teniendo] como consecuencia el [re] tomar otra vez en serio el trabajo científico" (7).

Mi ponencia se articulará en tres puntos. Partiré por la matriz teológica trinitaria desde la que Edith Stein reflexiona sobre el tema, para desencadenar en la peculiaridad que para ella conforma a la mujer, terminando así en los alcances que de esta propuesta se desprenden como aportes que siguen siendo elementos sugerentes para meditar hoy.

1. LA MATRIZ TRINITARIA COMO CLAVE DE COMPRENSIÓN

Dios es uno y trino. Esto no quiere decir que hayan tres dioses, sino tres personas que son Dios. ¿De qué le sirve a Edith Stein esta clave trinitaria de Dios para comprender a la mujer? ¿Qué le dice el Dios trino sobre la mujer?

Para Edith Stein, "[El Dios trino] es la imagen primitiva de la creación, [y en esta] se debe encontrar una imagen aunque lejana de la unidad trinitaria del ser primero" (8). Para nuestra autora en la Trinidad es posible encontrar una clave de un "modo de relación" que permite indagar cuál es el terreno de donde surge todo ser humano (9).

En la Trinidad es posible constatar la presencia de un Padre, de un Hijo y un Espíritu Santo que si bien participan de una misma naturaleza divina, ello no les lleva a desfigurar las características propias de cada uno. El Padre no es lo mismo que el Hijo y el Espíritu. Del mismo modo que el Hijo y el Espíritu no se confunden con el Padre ni entre sí.

Edith Stein aplica esta relación trina para distinguir dignidad humana de la identidad humana.

Es decir, al modo como Padre, Hijo y Espíritu comparten la misma dignidad divina, lo hacen también el hombre y la mujer en cuanto su dignidad humana. La mujer y el hombre son iguales en dignidad humana, la mujer no es más humanidad que el hombre, ni viceversa. Y al modo como Padre, Hijo y Espíritu no se desfiguran en su particularidad personal divina, tampoco el hombre y la mujer deberán desfigurar su peculiaridad personal humana. No es lo mismo ser mujer que hombre. La peculiaridad de cada uno debe ser diferenciable si es que queremos hablar realmente de una comunidad humana. Basta con que alguno de ambos desfigure su particularidad para poder hablar de una humanidad coja, o sea, de una no-humanidad.

Para Edith Stein, esta es la dinámica del amor. El amor que posibilita que Dios respete y potencie la diversidad divina en sí y haga lo mismo con la dignidad humana. Dios potencia la peculiaridad de cada ser humano, ya que solo así es posible la unidad, entendida como la unión de dos y no como la uniformidad donde uno es subordinado por el otro (10). Dios no subordina, Dios ama. A eso está llamado su criatura.

La mujer tiene una peculiaridad propia para expresar humanidad, peculiaridad que también la tiene el hombre y eso es solo posible a través del verdadero amor que hace posible que el 'otro' sea 'otro'. En esta dinámica no hay cabida para una relación jerárquica, solo es posible una relación de diálogo personal. Esta es la matriz y el sello que se plasma en la criatura.

2. ¿CUÁL ES PARA EDITH STEIN LA PECULIARIDAD DE SER MUJER?

Si volvemos a la convicción de que mujer y hombre gozan de la misma dignidad humana, veremos que para la Stein, desde un punto de vista teológico (propiamente desde un análisis exegético del texto de Génesis), esta humanidad es imagen y semejanza de un Dios Creador "macho y hembra" (Gn 1, 27). Es decir, la dignidad humana que nace de la creación divina tiene una matriz dual de ser, siendo esta realidad lo verdaderamente humano. Dios al insuflarnos nuestra humanidad desde su divinidad, lo hace desde esta matriz. Por ello es que para Edith Stein "la esencia de los seres humanos, [...] se expresa de un modo doble [...]. Al hombre y la mujer les está encomendado expresar en sí [ y así] la imagen de Dios" (11).

Es desde aquí donde emerge la identidad real de la mujer: desde Dios la mujer es humanidad dual. Como "imagen y semejanza de Dios" (Gn 1, 27), la mujer es femenino/masculino, y es desde esta medida divina desde donde ella podrá encontrar la vocación interior propia y real de su modo de ser ser humano.

Si continuamos con el análisis teológico, para Edith Stein la vocación propia interior de la mujer es la de ser una colaboradora que aporta lo suyo al hombre en el señorío comúnmente asignado ante la creación (Gn. 1, 28). "Una cooperación en la cual la mujer podría desplegar sus dones al servicio de las tareas comunes, junto al hombre, [y a su vez] el hombre sería protegido de una parcialidad" (12); y no solo el hombre, sino que también se estaría protegiendo a la humanidad.

Para la filósofa hay aspectos novedosos y propios que la mujer entrega para el desarrollo humano. Reconoce en ella como algo central, la facultad sensitiva, "la capacidad para proteger lo que se desarrolla y crece, cuidar y fomentar en su desarrollo" (13). Mayor capacidad sensitiva, que radica en el ser maternal del que toda mujer goza. Maternidad que le otorga a la mujer un tipo anímico propio, que la lleva a compenetrarse hacia lo vivo personal, lo concreto y ajeno de manera más natural. Esto hace que el centro de gravedad no esté en ella, sino en el "otro", porque "el cuerpo de una mujer está formado para 'ser una carne' con otro y [a la vez] alimentar nueva vida humana en sí misma" (14). "La tarea de recibir en sí un ser viviente que se forma y crece [...] es una unión tan íntima de lo anímico y lo corporal, [que] pertenece al sello de la naturaleza femenina en su conjunto" (15). Pero esta tarea maternal no solo se circunscribe a su dimensión biológica. Para la Stein, la tarea de ser madre debe incluir a todos los seres humanos. En la maternidad de la mujer está contenida su misión de señorío ante la creación, por lo que esta debe tener un espectro más amplio que el solo escenario familiar. En otras palabras, podríamos afirmar que para Edith Stein la maternidad no es solo útero, y su ejercicio no es solo familiar.

3. ¿CUÁL ES EL ALCANCE DE LA VISIÓN DE EDITH STEIN SOBRE LA MUJER?

Edith Stein profundiza en el ser de la mujer desde una perspectiva teológica, y la postula como una instancia previa y necesaria para un hacer y ejercer de la mujer acorde con todos los elementos que constituye su identidad. Con ello quiere evitar la parcialidad interna a la que puede caer no solo ella sino la humanidad entera, al no constatar que lo femenino necesita de lo masculino para constituir humanidad, así como el hombre necesita de la mujer para el desarrollo de esta. Según Edith Stein ello ayudaría a evitar que la mujer actúe como "como todo un hombre" (16). La masculinización del actuar de la mujer en el mundo público (sobre todo) es una realidad de la cual no somos víctimas las mujeres; sino muchas veces hemos sido responsables y hasta precursoras. No indagar en nuestro ser, nos puede hacer fácilmente caer en una miopía de nuestro hacer.

Si bien la perspectiva de género tiene una indudable importancia para la reflexión sobre la mujer en cuanto su talante cultural, también lo es la perspectiva de Edith Stein. La mujer reflexionada desde su identidad constitutiva humana dual, ayuda a ver el gran espectro que en cada mujer tiene su peculiaridad, porque una humanidad reflexionada desde su riqueza dual se abre a una diversidad infinita que trasciende la diferenciación sexual. La diversidad constitutiva interna de la humanidad (femenino/masculino) no permite deslavar la diferencia constitutiva externa de ella (hombre/mujer), como tampoco restringirla a esta. Entendida así, la raíz común humana es más bien escenario que permite afirmar que "ninguna mujer es solo mujer" (17) (como tampoco "ningún hombre es solo hombre"), atisbándose el amplio horizonte en el cual se inscribe la realidad de su identidad.

El ser supone el hacer y el hacer se encarna en un ser. Nacer y hacerse son propios de la humanidad, por lo tanto son propios de cada mujer y cada hombre. Esta es una convicción en Edith Stein que podría ilustrarse, parodiando la famosa frase de Simone de Beauvoir, de la siguiente manera: la mujer no solo se hace, sino que también nace (18).

 

NOTAS

(1) La Conferencia de Beijing en septiembre de 1995 y su planteamiento sobre los derechos de la mujer como derechos de la humanidad. La obra de la francesa Simone de Beauvoir, "El segundo sexo", donde se piensa por primera vez a la mujer desde un contexto cultural y no biológico, como hasta ese entonces se la reflexionaba. La llamada teología feminista que a grandes rasgos cuestiona el carácter patriarcal que durante tanto tiempo ha tenido la teología, abriendo un espacio para reflexionarla desde una óptica femenina. Todas instancias concretas, que nos ilustran diversas aristas desde las cuales asumen un horizonte común: la necesidad y el desafío de pensar a la mujer.

(2) STEIN E., Autorretrato epistolar (1916-1942), Madrid 1996, 43. Más adelante Autorretrato. Comienza posteriormente a dar clases sobre cuestiones fundamentales de ética en la Escuela Superior Popular de Breslau. Cf. FELDMANN CH., Edith Stein. Judía, filósofa y carmelita, Barcelona 1992, 43.

(3) STEIN E., Estrellas amarillas: infancia y juventud, Madrid 1992, 231. Más adelante Estrellas.

(4) Cf. Autorretrato, 390.

(5) Scheler es filósofo fenomenólogo de comienzos del siglo XX (1874-1928). La fenomenología ha sido desde su comienzo conocimiento intuitivo de esencias. Scheler se lanza a la conquista de las esencias especialmente en las esferas del hombre y su vida, y en la esfera del valor. Su filosofía estaba orientada hacia una antropología filosófica que no llegó a madurar; pero que posterior a él y adquiriendo un fundamental sistematismo, desembocó más tarde en la analítica existencial". MARIAS J., Historia de la Filosofía, Madrid 1970, 410. 411.

(6) STEIN E., Estrellas, 241.

(7) Autorretrato, 63.

(8) STEIN E., Ser finito y ser eterno, México 1996, 371.

(9) Al referirnos al "modo de relación" que se nos devela desde la Trinidad, me parece pertinente acentuar la importancia que tuvo en esto el concepto moderno de persona, el cual acentúa el "en frente a otra realidad" que implica serlo. Cf. KASPER W., Jesús el Cristo, Salamanca 1998, 229.

En la formación de Edith Stein está integrado esta perspectiva en el estudio doctoral a partir del contenido del Einfühlung de Husserl. Cf. STEIN E., Estrellas, 249-250.

Esto se aplica en la visión trinitaria en cuanto esta se encuentra estructurada profundamente como personal o interpersonal.

(10) Para Edith Stein, la actitud de dominación es signo de la moficación del orden original de amor, desde el cual surge el ser humano. Cambio que repercute en una relación de subordinación entre el ser humano con Dios, entre los seres humanos entre sí y entre los seres humanos y la creación circundante. Cf. STEIN E., Die Frau. Ihre Aufgabe nach Natur und Gnade, Friburgo 1959, 29.

(11) Ibid., 138. 139.

(12) Ibid., 31.

(13) Ibid., 59.

(14) Ibid., 77.

(15) Ibid., 53.

(16) Ibid., 13.

(17) Ibid., 7.

(18) La frase original es "La mujer no nace, se hace". Cf. DE BEUVOIR S., El Segundo sexo, Aguilar, Madrid 1981, 247.