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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida v.47 n.1 Santiago  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492006000100003 

Teología y Vida, Vol. XLVII (2006), 55 - 75

 

El enigma de los dos Hipólitos

 

Claudio Pierantoni
Profesor de la Facultad de Teología
Pontificia Universidad Católica de Chile


RESUMEN

El artículo evidencia, por un lado, que las diferencias entre dos grupos de obras dentro del corpus hipolitiano, notadas por Nautin, y después desarrolladas sobre todo por Simonetti, son notables y deben ser aceptadas como demostración de la existencia de dos autores diferentes, abandonándose la todavía difundida "suspensión del juicio" sobre el tema, aun cuando algunos puntos secundarios permanecen inciertos. Por otro lado, sostiene que la escisión del autor romano en dos personas diferentes, inaugurada por el mismo Nautin (con su fantomático Josipo), y aceptada después -aunque con más prudencia- por Simonetti, Guarducci y otros a partir de 1989, no cuenta con un sólido apoyo. En cambio, fuertes indicios apuntan a la identificación entre los dos, y por tanto, a juicio del autor, debe aceptarse solo la existencia de: un Hipólito escritor romano y presbítero cismático (más tarde reconciliado por su martirio y venerado en la tradición romana); y de un Hipólito escritor asiático, obispo de sede desconocida.

ABSTRACT:

This article, on the one hand, shows that the points of difference between the two groups of works among the Corpus Hippolytianum noted by Nautin, as well as developed and demonstrated above all by Simonetti, are fully convincing and must be accepted to demonstrate the existence of two different authors, even when several points of detail remain uncertain. On the other hand, the author also finds that the excision of the Roman personality into two, inaugurated by Nautin (with his phantom-like "Josipo"), and accepted afterwards -albeit more prudently- by Simonetti, Guarducci and others beginning in 1989, has no firm base. Meanwhile, solid indicators point to an identification between the two, and therefore the existence of Hippolyte, Roman writer and schismatic presbyter (later reconciled by martyrdom and venerated in the Roman tradition) must be accepted, in the author's judgment, at the side of Hippolyte, Asian writer and bishop of an unknown see.


INTRODUCCIÓN

Objetivo del presente artículo es por un lado presentar al lector no especialista de patrología los rasgos principales de la encendida discusión que se ha desarrollado sobre la figura misteriosa de Hipólito de Roma durante los últimos cincuenta años; por el otro, tratar de evidenciar los puntos firmes -quizás no demasiados, pero importantes- que la polémica ha puesto en luz, y que deberían ser considerados ya como adquiridos. Se quiere expresar, de esta manera, un punto de vista "moderado" con respecto a las posturas radicalmente enfrentadas de los dos análisis más acuciosos que se presentaron en la tavola rotonda para la inauguración del año académico 1989 en el Instituto Augustinianum de Roma sobre el tema: el de J. Frickel y el de M. Simonetti (1).

Preciso que mi interés se centra no en el problema literario de la atribución de la larga lista de variadas (y fragmentarias) obras de todo el llamado corpus hipolitiano, sino más bien en el de la identificación histórica del personaje (o personajes), y solo con miras a ese objetivo me referiré a las obras principales.

Por lo tanto, no pretendo retomar la cuestión en toda la intrincada complejidad de todos sus aspectos filológicos y arqueológicos, sino solo presentar un punto de vista sobre los datos principales a nuestra disposición.

El presente aporte se diferencia, y por lo tanto pretende servir de complemento, a la otra presentación reciente del problema en lengua española, la que se encuentra en la Patrología de R. Trevigiano (2), por cuanto esta última, aun presentando con buena precisión la discusión que se ha desarrollado sobre el tema en las últimas décadas, concluye afirmando que: [1] la discusión está lejos de concluirse, [2] el problema de "Hipólito" no encuentra fácil solución con la distinción de dos autores; [3] por lo tanto, dice el autor, "como no podemos considerar resuelto el debate, seguimos nuestra exposición como si el clérigo romano, obispo cismático y luego mártir, Hipólito, hubiera sido el autor de las obras del corpus" (3). También recientemente G. Uríbarri, en su amplia monografía sobre "Monarquía y Trinidad" (4), aun informando sobre la controversia con cierto detalle, prefiere, por lo irresuelto del debate y "por comodidad", seguir llamando a los autores de las obras consideradas en su estudio con un mismo nombre de Hipólito. En esto, ni Trevijano ni Uríbarri superan en sustancia la actitud que han tomado los principales tratados y manuales de patrología de las últimas décadas: aun mencionando la polémica e informando sobre ella, siguen desarrollando su exposición haciendo referencia a un único "Hipólito", sin tomar una postura. Así, por ejemplo, la Patrología de Quasten y la de Altaner (5); así también el manual de Studer (6). El conocido manual de Kelly, Early Christian Doctrines, ignora por completo la discusión de la reconstrucción tradicional. En cambio, en su monumental reconstrucción de la doctrina cristológica antigua, Grillmeier toma posición, adoptando la reconstrucción de Loi y Simonetti de 1977. Personalmente, estimo que, a pesar de lo complicado y de lo inconcluso del debate, las intervenciones hechas en las últimas décadas obligan al patrólogo no solo a presentar la polémica, sino a tomar una posición definida, aunque sea cauta y en parte provisoria.

Una breve historia del problema aclarará al paciente lector el alcance de tal afirmación.

Hasta 1551, el nombre de "Hipólito" era conocido por dos vías:

1)

Fuentes romanas oficiales.

La mención del mártir Hipólito en dos importantes fuentes sobre la Iglesia Romana de los primeros siglos: la Depositio Martyrum (7) y el Catálogo Liberiano (8). A estas fuentes "oficiales", es necesario agregar un epigrama del papa Dámaso, donde "Hipólito" es mencionado como cismático rescatado por su martirio (aunque aquí es identificado con un adepto del cisma de Novaciano) (9).

2)

Historiografía literaria eclesiástica.

La mención de un escritor de este nombre por importantes historiadores de la literatura cristiana, entre los cuales se destacan: Eusebio de Cesarea, san Jerónimo, Teodoreto de Ciro, Focio patriarca de Constantinopla, y Ebed-Jesu, escritor siríaco del siglo XIV.

Eusebio de Cesarea, en su Historia Eclesiástica, hablando de escritos presentes en la biblioteca de Aelia Capitolina, escribe:

"Entre ellos, Berilo dejó también, junto con las cartas, diferentes y bellos escritos; era obispo de los árabes en Bostra. Y lo mismo Hipólito, que presidía otra iglesia " (10)

"En ese tiempo, Hipólito compuso entre muchas otras obras, también un escrito Sobre la Pascua, en el cual realiza un cálculo cronológico y propone un canon pascual, según un ciclo de dieciséis años, calculando los tiempos a partir (11) del primer año del emperador Alejandro. De los demás escritos, los que han llegado hasta nosotros son los siguientes: Sobre el Hexámeron, Sobre lo que sigue al Hexámeron, Contra Marción, Sobre el Cantar, Sobre algunas partes de Ezequiel, Sobre la Pascua, Contra todas las herejías. Muchos otros se pueden encontrar en otras partes (12)".

San Jerónimo, por su parte, aun basándose en Eusebio, nos da una lista más amplia de obras atribuibles a Hipólito:

"Escribió no pocos comentarios a las Escrituras, de entre los cuales encontré los siguientes: Sobre el Hexámeron y el Éxodo, Sobre el Cantar de los Cantares, Sobre el Génesis, Sobre Zacarías, Sobre los Salmos, Sobre Isaías, Sobre Daniel, Sobre el Apocalipsis, Sobre los Proverbios, Sobre el Eclesiastés, Sobre Saúl y la pitonisa, Sobre el Anticristo, Sobre la resurrección, Contra Marción, Sobre la Pascua, Contra todas las herejías, Homilía en alabanza del Señor y Salvador, en la que (el autor) dice haberla pronunciado a la presencia de Orígenes" (13).

Ambos escritores concuerdan en recordar a Hipólito como jefe de una comunidad, en Eusebio más genéricamente , en Jerónimo "episcopus", pero ambos confiesan ignorar cuál fue su sede.

Los testimonios de los otros escritores mencionados son de importancia secundaria, excepto por el dato importante que Teodoreto y Ebed-Jesu concuerdan en llamar a Hipólito "obispo y mártir", y por la obra Syntagma mencionada por Focio (14). Ellos tampoco nos pueden informar sobre su sede episcopal.

En 1551 comienza para nosotros la mención de un hallazgo arqueológico crucial para nuestro personaje: la estatua en mármol pentélico de un personaje solemnemente sentado en una cathedra ornamentada con prótomes leoninas, en cuyos lados y parte posterior se encuentran importantes inscripciones, obras, al parecer, de la misma mano, que se remontan, en base a los caracteres de la escritura, a la primera mitad del siglo III. Las inscripciones comprenden:

a) un "Cómputo o tabla pascual" que adapta las indicaciones del calendario lunar hebreo al calendario solar romano, e indica las fechas de la pascua cristiana desde 222 por un período de dieciséis años. Sus primeras palabras son: "El primer año del reinado del Emperador Alejandro, el día décimo cuarto de la Pascua cayó en las Idus de abril, siendo este mes embolímico. Los años siguientes caerá según lo indicado en la tabla".
b)

Una lista de obras literarias, que ya no es legible en las primeras dos líneas, y en las siguientes incluye:

Sobre los Salmos, Sobre la Pitonisa, Por el Evangelio de Juan y el Apocalipsis, Sobre los carismas, Tradición Apostólica, Crónica, Contra los Griegos y contra Platón o Sobre el Universo, Exortación a Severina, Demonstración del tiempo de Pascua o tabla pascual, Odas sobre todas las Escrituras, Sobre Dios y la resurrección de la carne, Sobre el bien y de dónde viene el mal (15).

Pirro Ligorio, humanista y experto en antigüedades en la Roma del Renacimiento, nos informa que la estatua, muy dañada en su parte superior, fue encontrada en el ager Veranus entre la Via Nomentana y la Via Tiburtina "entre ciertas ruinas" (16); que antes de 1551 se encontraba en el Vaticano en la Loggia de los Papas, de donde fue trasladada a la antigua Libreria de Sixto IV: aquí, en 1553, Ligorio hizo un dibujo de ella, y copió las inscripciones. Entre 1564 y 1564, el mismo Ligorio dirigió el restauro de la estatua, para colocarla en el teatro del Belvedere, donde el Papa Pío IV la quería colocar. Pero al morir Pío IV en 1566, se suprimió el teatro, y los sucesores emplearon la estatua como ornamentación de la Biblioteca de Sixto V, y después, del Museo Sacro de la Biblioteca. Pío IX la hizo trasladar al Museo Sacro del Palacio Lateranense, y finalmente, Juan XXIII ordenó que volviera a la Biblioteca Vaticana, en cuya entrada actualmente se encuentra.

Ligorio rápidamente relacionó la Tabla pascual y la lista de obras con las noticias de la historia literaria sobre Hipólito, y sentó las bases para la identificación del personaje sentado en la estatua con el mismo escritor.

En 1842, llegó a París un manuscrito del Monte Athos que contenía el texto incompleto de una obra anónima, cuyo primer libro era ya anteriormente conocido bajo la atribución a Orígenes. La obra se publicó en 1851 con el nombre de Orígenes, con el título Philosophoumena, pero la atribución a Hipólito ganó rápidamente terreno por las referencias que el autor hace a títulos de otras obras suyas, que coinciden en parte con títulos de la estatua, en parte con las mencionadas noticias de la tradición literaria:

1) en X, 30, 1 el autor habla de un Chronicon, que se menciona en la estatua;
2) en X, 32, 4 habla de un , identificable con el de la estatua;
3) en el Prólogo hace mención de una obra anti-herética que se puede identificar con el Sintagma mencionado por Focio.

Esta obra, por lo tanto, rápidamente llegó a constituir la base que proporcionó elementos decisivos para la biografía del personaje Hipólito romano. De hecho, en el libro IX, 11-12 de los Philosophoumena, cuyo título más propio es Élenchos, el autor menciona una serie de datos históricos referentes a la Iglesia romana en la época de los obispos Ceferino y Calixto. Ataca a Calixto en el plano doctrinal, acusándolo de monarquianismo, es decir, de negar la distinción personal entre el Padre y el Hijo en la Trinidad. Lo acusa además de conducta hipócrita, pues oficialmente en Roma se había condenado el monarquianismo de Sabelio. En el plano de la disciplina eclesiástica, lo acusa de laxismo sobre todo en los difíciles temas de la praxis penitencial (critica la corta duración de la penitencia y las blandas condiciones de readmisión a la comunidad), del matrimonio de los clérigos (critica el segundo matrimonio o matrimonio posterior a la ordenación), del derecho matrimonial (se opone al permiso concedido por Calixto a las mujeres de la clase aristocrática de contraer matrimonio religioso con hombres de clase inferiores, lo cual derogaba a las disposiciones vigentes del derecho romano y además, según Hipólito, favorecía el aborto). Por si fuera poco, despliega también un violento ataque al obispo en el plano de su conducta personal anterior al episcopado, acusándolo de una serie de fraudes financieros durante su cargo de administrador de un pequeño banco privado sostenido por el capital de un rico miembro de la comunidad cristiana. El objetivo es desacreditar a Calixto hasta tal punto, que justifique el hecho que el autor -implícita pero inequívocamente- muestre no considerarlo como el obispo legítimo, sino como el jefe de una secta cismática: de hecho, nunca lo llama explícitamente "obispo", sino dice que "aspiraba a la cátedra episcopal", y que su comunidad, o "secta", tenía numerosos adeptos. Como se ve, una descripción unilateral y conflictiva, pero de excepcional interés histórico, en un documento único que en parte rescata la general escasez de fuentes que caracteriza esta época histórica. El primer estudioso en reconstruir en detalle la biografía histórica e histórico-literaria de Hipólito de Roma fue Döllinger, en 1853 (17), apoyado después por el consenso prestigioso de A. Von Harnack (18). Su reconstrucción, que contaba con el singular apoyo arqueológico de la mencionada estatua (en su interpretación inaugurada por Pirro Ligorio), se impuso durante alrededor de un siglo: ha sido llamada, por lo tanto, "reconstrucción tradicional". Según esta reconstrucción, todas las fuentes antes mencionadas convergían hacia una única figura: el presbítero romano Hipólito, adversario del papa Calixto y cismático, representante en Roma de la cristología del Logos y fautor de una corriente rigorista en temas morales, hombre de amplia cultura, teólogo y exégeta, personaje además en contacto con importantes personalidades de la corte imperial, en el clima de relativo favor que el cristianismo gozó durante el reinado de Alejandro Severo (años 222-235) (19). Después del asesinato de Alejandro Severo, este personaje habría caído víctima de la persecución de Maximino el Tracio, que al parecer en Roma afectó solo al obispo Ponciano y al presbítero Hipólito, ambos enviados a los trabajos forzados en las minas de Cerdeña: este importante detalle confirmaría que el presbítero era jefe de una comunidad cismática, lo que además explicaría por qué algunas fuentes lo mencionan como "obispo" y justificaría la estatua conmemorativa con las inscripciones. Arrepentido y reconciliado con su obispo, y muerto en el exilio, fue incluido en la lista de los santos mártires de la Iglesia romana. Este personaje sería el único autor de todas las obras que la historia literaria y la tradición manuscrita, junto con el testimonio arqueológico-epigráfico de la estatua, atribuyen o permiten relacionar con "Hipólito". Hasta 1947, solamente un autor, M. da Leonessa, criticó la reconstrucción de Döllinger (20).

En 1947, la reconstrucción tradicional sufrió un duro golpe por la publicación del estudio de P. Nautin: Hippolyte et Josipe (21). Analizando sistemáticamente la obra teológica y exegética de "Hipólito", Nautin puso en evidencia, junto con muchos otros de importancia secundaria, algunos puntos que nos parecen decisivos:

1) Las obras de tema cristológico-trinitario, sobre todo el Élenchos y el Contra Noeto, presentan diferencias doctrinales tales, como para hacer sospechar que sean obra de dos autores distintos. En efecto, si bien es cierto que ambos escritos comparten la misma teología del Logos, que sostiene fundamentalmente la distinción personal del Logos con respecto a Dios Padre en la Trinidad, por otro lado se alejan en un aspecto notable: en el Élenchos, se desarrolla una doctrina fundamentalmente binaria, que reflexiona solo sobre la relación entre el Padre y el Hijo; en cambio en el Contra Noeto la reflexión se amplía al Espíritu Santo, es decir, se caracteriza por un esquema ternario. Ahora bien, se puede observar que el esquema binario es muy bien testimoniado en el ambiente teológico romano de esta época, mientras que el ternario le es desconocido, y se adapta bien al ambiente oriental (22). Este es por lo tanto el primer argumento fuerte para la posible distinción de dos escritores: romano el uno, oriental el otro.
2) Desde el punto de vista de la personalidad literaria, el autor del Élenchos se demuestra un hombre de amplia cultura, no solo teológica, sino también profana, que incluye filosofía, y también ciencias como la astronomía: de su cultura se jacta, al punto de ridiculizar, por ejemplo, la ignorancia del obispo Ceferino: "hombre iletrado e ignorante" (23). El autor del Contra Noeto, en cambio, demuestra desinterés por la ciencia profana, y su actitud teológica es ajena a todo intelectualismo: cita mucho la Escritura, lo cual es otra diferencia notable con respecto al autor del Élenchos, que la cita poco.
3) Finalmente, Nautin puso de relieve que algunas obras de tema exegético, sobre todo el Sobre Daniel (24) y el Sobre el Anticristo, demuestran un profundo espíritu antirromano, hostil al Imperio, en la más pura tradición de la apocalíptica judeocristiana. Notó además que estas obras, que Eusebio y Jerónimo incluyen en sus listas, no figuran en la inscripción de la estatua.

En base a estos elementos principales, dedujo que no podía tratarse de un único escritor, y había que postular dos escritores distintos, más o menos contemporáneos: el uno oriental, de nombre Hipólito, obispo de una sede que Nautin se inclina a identificar con Bostra, en Arabia, siguiendo la atribución de algunas obras en la tradición manuscrita: este sería el Hipólito mencionado por Eusebio, y suyas las obras que la historia literaria antigua comúnmente le atribuía. El otro era un presbítero romano, que debía bautizarse "Josipo", siguiendo la atribución de la tradición literaria sobre el (25) a un tal como lo atestiguan Juan Filopono, Juan Damasceno y Focio. "Josipo" sería el cismático, adversario de Calixto, autor del Élenchos y de las otras obras de la lista de la estatua pero no coincidiría con el mártir. En consecuencia, los personajes, que según la reconstrucción de Döllinger eran uno solo, venían a ser, en la de Nautin, nada menos que tres: los dos escritores, uno romano y el otro oriental, más el Hipólito mártir, bien atestiguado en las fuentes romanas.

Es necesario advertir desde ya al lector que, si la distinción del escritor romano del oriental resulta de argumentos muy convincentes, este segundo punto, en cambio, es decir la real existencia del presbítero "Josipo", distinto del mártir Hipólito, no cuenta con pruebas sólidas.

En todo caso, la propuesta de Nautin encontró una serie de adversarios y la polémica continuó durante años, sobre todo en Francia (26). De los mismos años es también la tesis de Hanssens (1959) sobre la Tradición apostólica, un importante documento sobre la organización litúrgica y eclesiástica, tradicionalmente atribuida a Hipólito romano (27). Hanssens identifica, en cambio, el autor del documento con un Hipólito presbítero de Alejandría, que adhirió al cisma de Novaciano y murió en 253. Este mismo sería autor de todas las obras del corpus. Contra la reconstrucción biográfica de Hanssens, se pronuncia entonces en Italia Amore (1961), que acepta la primera parte de la tesis de Nautin. Desde entonces, se puede decir que el centro de la discusión pasa a ubicarse en Italia.

La tendencia a aceptar el primer punto de la tesis de Nautin, y a rechazar el segundo, emerge claramente de la lectura de las actas del primer congreso que se dedicó a la controversia hipolitiana en el Instituto Patrístico Augustinianum de Roma en 1976 (28). Tanto los arqueólogos, Guarducci y Testini, como los filólogos, sobre todo Loi, Simonetti, Curti, Meloni, tomaron decididamente posición por la tesis de los dos escritores, uno romano y el otro oriental, pero precisando:

1) que no se podía afirmar con mucha probabilidad que la sede del oriental fuera Bostra, sino que podía ser en Siria, o más probablemente, una sede de la provincia de Asia (29);
2) que no había suficientes pruebas de la existencia de "Josipo", y por lo tanto era más conveniente seguir identificando al presbítero cismático autor de las obras indicadas en la estatua, con el Hipólito mártir del año 235;
3) Simonetti, en particular, demostró que el Contra Noeto, que pertenecería al corpus asiático, debe ser considerado anterior al, y fuente del, Adversus Praxean de Tertuliano, obra también dedicada a refutar el monarquianismo (30). Simonetti hizo notar que, por un lado, el monarquianismo combatido por Tertuliano es más desarrollado, y en particular -entre otros aspectos- presenta una precisa analogía con la forma de "monarquianismo evolucionado" sostenido por Calixto; y por otro lado, la doctrina trinitaria en el Adversus Praxean es más desarrollada y más precisa que en el Contra Noeto. Además, la identificación del adversario monarquiano en la persona de Noeto es muy verosímilmente anterior al desarrollo que le dieron Cleomenes y Sabelio, en el pasar de la doctrina a Roma. Por lo tanto, siendo anterior a la obra tertulianea, el Contra Noeto puede ser datado, a más tardar, en los primeros años del siglo III.

Único defensor de la reconstrucción tradicional permaneció el austríaco Frickel. Pero los únicos argumentos sólidos propuestos en este sentido fueron algunas (pocas) correspondencias de terminología teológica específica. Para encontrar una respuesta a este argumento, Simonetti postuló que el Hipólito romano, hombre culto, había leído y utilizado la obra de su homónimo asiático (así como leyó y utilizó a Ireneo), lo cual se ve reforzado por el argumento cronológico recién mencionado.

Pero el hecho más sorprendente de la investigación sobre Hipólito en esos años, se debió a la renovada atención que la arqueóloga romana Margherita Guarducci dedicó a la estatua. La arqueóloga volvió a examinar el dibujo de Pirro Ligorio, y observó que, sin la menor duda, la estatua original (antes del restauro ligoriano), representaba a una mujer, y que la figura masculina y su identificación con "Hipólito" eran enteramente obra del mismo Ligorio, basada naturalmente en las inscripciones.

Estas últimas, sin embargo, se mostraban coincidentes con la época descrita en el Élenchos. Por lo tanto, aun cuando la estatua originalmente no representara a Hipólito, según la Guarducci -una vez hecha la distinción entre Hipólito romano e Hipólito oriental- podía mantenerse la relación tradicional entre el autor de los títulos de la lista, el presbítero cismático y el mártir de nombre Hipólito (31).

La Guarducci demostró también que la mujer representada podía ser, por una serie de motivos estilísticos, el retrato de la filósofa epicúrea Themista de Lampsaco, la única mujer filósofa suficientemente conocida entre los discípulos del Jardín. La ornamentación del trono es para ella el argumento más fuerte para relacionar la estatua con la escuela de Epicuro. Entre los cristianos, poco inclinados a simpatizar con la filosofía epicúrea, la mujer habría sin duda asumido una significación alegórica, como representación de una Ciencia.

Más tarde, un estudioso británico, Brent (32), precisó esta sugerencia, proponiendo que se podría haber interpretado la figura femenina como una alegoría de la misma Sabiduría divina (el Logos), en armonía con la teología trinitaria del autor de los títulos.

Así, aunque la estatua no representara a Hipólito, las inscripciones y el Élenchos siguieron siendo considerados, por todos los que aceptaron la distinción de los escritores, como la base para la reconstrucción de la figura del Hipólito romano. Un relativo consentimiento parecía haberse logrado sobre la teoría de los dos Hipólitos, a pesar que evidentemente varios problemas permanecían abiertos, pero el profundizarse del análisis comparativo entre las dos series de obras estaba destinado a complicar la discusión.

En particular, en los años siguientes E. Prinzivalli estudió algunos textos de tema escatológico: la Bendición de Moisés y el fragmento del Sobre el universo. Comparando las dos obras, que según la teoría de los dos Hipólitos pertenecen respectivamente al escritor oriental y al romano, la estudiosa notó una desconcertante red de semejanzas y diferencias: por un lado, si se postulara la identidad del autor, habría que recurrir a la diferente destinación de las obras para explicar las notables divergencias; por otro, si se postulan dos autores diferentes, hay que admitir que el romano conoció y utilizó al oriental, lo cual era (ya en 1977) parte fundamental de la postura de Simonetti. Lo que orienta en este sentido es -más allá de las diferencias en aspectos particulares- la disparidad de mentalidad entre el exégeta oriental, todo concentrado en el horizonte bíblico de "pecado-rescate-premio final", con respecto al romano "abierto a las sugerencias típicas del filósofo griego frente al orden, la armonía, la belleza del cosmos" (33).

En otro estudio, la Prinzivalli se dedicó a comparar algunos fragmentos sobre el Apocalipsis y sobre Mt 24 (del escritor romano), con pasajes del Comentario a Daniel y del Sobre el Anticristo (del oriental). En la comparación nota -como en el caso anterior- significativas diferencias e interesantes puntos de contacto. A continuación, hace observar que el grupo más consistente de los fragmentos -que son identificables con el Contra Gaio mencionado por Ebed-Jesu, y atribuido por Loi al Hipólito romano- son citados por Dionysius Bar-Salibi como obras de Hipólito, junto con el Comentario a Daniel y el Sobre el Anticristo. Acto seguido, la estudiosa plantea la hipótesis que Bar-Salibi debe haberse basado en "obras de un bloque homogéneo oriental". Siguiendo la Prinzivalli, pero yendo un paso más allá, Norelli considera las observaciones hechas como suficientes a descartar la atribución romana del Contra Gaio, e incluso parte de esta "falla" en la hipótesis de los dos Hipólitos para proponer una nueva (aunque muy prudente) defensa de la tesis tradicional. Personalmente, no veo como pueda tener peso el hecho que un escritor siríaco del siglo XII utilice en conjunto escritos sobre el mismo tema de autores homónimos (y casi contemporáneos), contra los fuertes argumentos a favor de la tesis de los dos Hipólitos. Aunque con prudencia, Simonetti hizo acertadamente notar que tal confusión no tiene nada de extraño y era prácticamente inevitable (34).

Mi impresión general es que la necesidad de entrar en tanto detalle (de por sí inevitable en la investigación de un caso tan singular) a veces ha hecho perder a muchos estudiosos, aun muy agudos, la visión de conjunto, y ha contribuido a confundir bastante los pocos elementos claros.

Con esta última observación, me refiero sobre todo a lo que emerge de la lectura del volumen que trajo origen de la discusión de Roma de 1989, mencionada al principio (35).

El desconcierto provocado por dicha discusión es bien expresado por las palabras de Mons. Saxer, en su contribución al mismo volumen:

"Se encaminó la problemática hipolitiana hacia un callejón sin salida, del cual debe ser alejada a toda costa, para evitar que se compliquen los malentendidos sobre las fuentes de la controversia".

Y más adelante:

"Es tiempo de volver a una sana interpretación, y en primer lugar a una imparcial consideración de las fuentes, si se quieren evitar aventuras y desventuras que terminan finalmente en daño de la ciencia y de sus cultores" (36).

El antecedente inmediato de la discusión de 1988 es la publicación, por parte de Frickel, de su amplio estudio monográfico sobre Hipólito, en el que seguía defendiendo la reconstrucción tradicional. El autor intenta básicamente solucionar el problema de las divergencias teológicas entre el Elenchos y el Contra Noeto, pero trata de responder además una serie de cuestiones sobre la escatología, el método anti-herético, la filosofía y el estilo. Prácticamente trata de solucionar todas las divergencias subrayadas por Nautin, y después por Loi y Simonetti. Pero los italianos, sobre todo Simonetti (37), no encontraron, a pesar de la extensión del libro, un progreso sustancial en las argumentaciones de Frickel con respecto a 1977. El mismo Simonetti, por lo tanto, lejos de ser convencido, y más bien provocado (38) por el espíritu conservador del libro de Frickel, le opuso una refutación detallada, fundándose sobre todo en los aspectos teológicos y literarios. Su profundo dominio de la literatura y teología patrística le permiten a Simonetti hacer notar con facilidad que la mayoría de los puntos en común, minuciosamente inventariados por Frickel, son en realidad comunes a amplios sectores de la literatura teológica de ese tiempo: por lo tanto, son demasiado genéricos y están bien lejos de probar la unicidad de autor. Los pocos puntos en común que son más específicos, y no son de gran importancia, se pueden explicar fácilmente, como Simonetti había ya propuesto en 1977, hipotizando una lectura del oriental por parte del romano. Pero es de notar que en esta contribución, la posición de Simonetti sufrió un cambio importante, pues no se limitó a mantener la división en dos autores afirmada en 1977, sino que fue mucho más lejos, llegando a un total escepticismo sobre la valoración de la estatua y la relacionada identificación del presbítero escritor romano con el mártir Hipólito (39). Los motivos que lo impulsaron a tal resultado, son básicamente dos:

1) La arqueóloga Guarducci subrayó en su nueva intervención (40) que la estatua, además de no representar originalmente a Hipólito, tampoco cuenta con un sólido testimonio sobre el lugar de su hallazgo, ya que la indicación dada por Ligorio sobre el ager Veranus y la Via Tiburtina parece ser una simple deducción a posteriori, hecha a partir de la identificación misma con el supuesto personaje.
2) El distanciamiento de la estatua tanto de la imagen como de los lugares de la memoria del mártir Hipólito harían muy problemática la identificación de la lista de títulos en la estatua como obras de un único autor.

Saxer critica a Simonetti el no tomar suficientemente en cuenta, para la solución del problema, los testimonios litúrgicos (martirológicos) y arqueológicos: testimonios "dejados de lado, o mejor dicho, evitados por estudiosos que no se sienten cómodos con ellos" (41). En realidad, aunque las expresiones de Saxer en esta intervención aparecen un poco cargadas de pasión polémica, sí contienen algo de verdad. Por cierto, si las argumentaciones de Simonetti en el tema filológico-literario y en el teológico son muy sólidas y difícilmente rebatibles, en la evaluación de las fuentes litúrgicas y arqueológicas aparecen, también a mi juicio, algunos puntos débiles. Con respecto a la estatua, el escepticismo de Simonetti se funda en la negación decidida de que las inscripciones tengan un objetivo conmemorativo. Según él, al caducarse la identificación de la persona sentada en la cathedra con Hipólito, termina toda posibilidad: [1] de que las inscripciones sean conmemorativas, y [2], por consiguiente, de que las obras mencionadas sean de un único autor.

Personalmente, en cambio, encuentro muy difícil excluir ambas cosas, o simplemente imaginar alternativas: en efecto, no se ve qué otro objetivo, si no es el conmemorativo, pueda tener el inscribir unos títulos de obras literarias en un monumento de mármol. Ciertamente, como Simonetti afirma, la inscripción de la tabla pascual tenía una importante función práctica: informar a los creyentes de la comunidad las fechas de la pascua en un determinado período de tiempo. Pero, ¿y los títulos? Tanto la Guarducci como Simonetti proponen alternativas a mi juicio poco convincentes: suponen que los títulos reúnan obras contenidas en la biblioteca del lugar donde se exponía la estatua, sea este la biblioteca del Pantheon, creada por el emperador Severo Alejandro, o simplemente un lugar de reunión de la comunidad cristiana. Por mi parte, me limito a una simple observación: estimo que las obras contenidas en una biblioteca, o en un estante o capsa de cualquier biblioteca, antigua o moderna, son algo demasiado contingente y mutable para merecer ser fijadas en el mármol. Sería necesario, para que la propuesta tenga peso, que dichos estudiosos mencionaran algún ejemplo de alguna biblioteca que haya registrado su contenido, o el contenido de alguna de sus secciones, en el mármol. Es más, sería necesario que se mencionara algún caso de una inscripción que no sea conmemorativa: las inscripciones, por definición, recuerdan algo solemne o importante. Además, si las obras fueran de distintos autores, cualquier biblioteca que se respete indicaría en su lista el cambio de autor. Recordemos además que las primeras líneas de la inscripción son incompletas al principio, por lo tanto, no hay obstáculo en suponer que en la primera, a falta de una imagen estatuaria que recordara el personaje, se mencionara por escrito su nombre. Si, como supone la Guarducci, la estatua como el cómputo fueron dedicados por Hipólito al emperador Alejandro, nada impide pensar que también le ofreciera copia de sus obras, recordando su elenco en la estatua: de cualquier manera, el fin más probable de una inscripción, y sobre todo en un bloque de mármol de este tamaño, es conmemorativo y el onus probandi recae, en un caso como este, sobre quien quisiere afirmar lo contrario. Es gratuita, por lo tanto, la suposición de Simonetti que los títulos no pueden haber tenido función conmemorativa pues, "come è naturale supporre, la statua stava addossata a una parete" (42). Aquí se supone gratuitamente que la estatua estuviera puesta de forma tal que los títulos no se pudieran leer, lo que es una manifiesta petición de principio, y nos deja sin ninguna explicación del por qué darse la molestia de incidir los mismos.

Por lo que se refiere al lugar de hallazgo de la estatua, tanto Guarducci como Simonetti afirman asimismo gratuitamente que este no puede ser el indicado por Ligorio. Cito de ambos autores:

"Per quanto ora ne sappiamo, la statua non ha mai avuto alcun collegamento con luoghi di Roma e dintorni legati alla memoria del martire Ippolito" (43).

"È preferibile ammettere provenga da qualsiasi altra località di Roma" (44).

Evidentemente, tales afirmaciones van demasiado lejos: pues claramente, una cosa es afirmar que el lugar puede haber sido inventado por Ligorio; otra muy distinta es tener seguridad que sea otro lugar. El no tener prueba que Ligorio diga la verdad no equivale de ningún modo a tener seguridad de que mienta. Aun si Ligorio lo inventó, puede que la estatua se haya encontrado en cualquier lugar, pero nada demuestra que deba ser cualquier otro lugar. Puede que no sepamos si haya tenido relación con lugar de la memoria del mártir Hipólito, pero no significa que sepamos que no los haya tenido.

En todo caso, dada la incertidumbre del lugar del hallazgo, lo que más sorprende en la contribución de Simonetti es el olvido en que deja caer el testimonio martirológico, piedra fundamental en la reconstrucción del personaje romano, e independiente de la distinción con el escritor oriental y de las complicaciones relacionadas. En efecto, no ha sido propuesta ninguna otra motivación plausible que explique la presencia de este único presbítero junto con el obispo de Roma, fuera de su relevancia especial, si, según la suposición de Döllinger, habría caído víctima de la persecución como jefe de la comunidad cismática. Esta suposición encaja con los testimonios de la tradición manuscrita, los que lo llaman "obispo", pues no es difícil imaginar que sus discípulos hayan difundido sus escritos como de un obispo, aun cuando después hayan optado, por obvios motivos, por el anonimato o el silencio sobre su sede. Sobre todo, la actitud de considerarse el legítimo obispo es clarísima en el Élenchos, donde trata a Calixto evidentemente de embaucador y obispo ilegítimo. De hecho, recordemos que nunca lo llama "obispo": si no poseyéramos otra fuente que esta, sería difícil tener seguridad que Calixto lo haya sido efectivamente. Es verdad que no tenemos testimonio alguno sobre su ordenación episcopal: se trata de una ilación a partir de su manera de expresarse en dicha obra. Pero a mi modo de ver tal manera de expresarse, aun implícita, es del todo inequívoca. Recordemos de paso que en ese tiempo, para ser ordenado obispo de Roma, no hacía falta que se convocara un cónclave, siendo perfectamente suficiente la imposición de manos por parte de tres obispos. Pero en todo caso, el punto fundamental para nuestro objetivo no es saber si efectivamente tuvo lugar tal ordenación, sino establecer que él, de hecho, actuó como jefe de una comunidad cismática.

A la luz de estas consideraciones, parece excesivamente escéptica la conclusión de Simonetti según la cual, si la estatua no representa a Hipólito, cae por entero la biografía del personaje reconstruido por Döllinger. Aun cuando no sea posible tener una seguridad absoluta sobre la identificación entre el mártir y el escritor romano, todos los indicios que poseemos apuntan hacia esa dirección.

El mismo Simonetti en sus conclusiones, si por un lado habla con decisión de una "disolución de la estatua" que perjudicaría de manera sustancial a la figura del Hipólito romano, por otro lado admite que, mientras los resultados de la Guarducci que se refieren a la imagen femenina son seguros, las hipótesis tanto de la arqueóloga como las de él mismo, que se refieren a la explicación de la presencia de las inscripciones, "no exceden un modesto grado de plausibilidad" (45).

Un caso aparte debe ser considerado el Cómputo pascual, presente en la lista de Eusebio y en la estatua. Como lo recuerda el mismo Simonetti, se trata del único punto relevante todavía inexplicado en la hipótesis de los dos autores (46). El estudioso formula dos hipótesis para hacer que concuerde la presencia de una misma obra, difícilmente objeto de confusión, en dos autores diferentes. O bien, dice Simonetti, la tabla pascual es obra del asiático, y se copió posteriormente en la estatua romana, para utilidad de los fieles; o bien la compuso el autor del Élenchos, cuyos discípulos la habrían posteriormente puesto bajo el nombre del Hipólito oriental en la operación de ocultamiento que interesó todas sus obras.

Recordemos, sin embargo, que hay en la cuestión de la tabla pascual un detalle que no ha sido convenientemente explicado. Según Eusebio, el cómputo llegaba hasta (†p™) el primer año del emperador Severo Alejandro. En cambio, el cómputo que se halla en la estatua empieza por el mismo año. Simonetti anota que para explicar el enigma, el texto de Eusebio ha sido "forzado más allá de todo límite" (47). Él por su parte, prefiere pensar en un simple error material de Eusebio. Por mi parte, en cambio, creo que es perfectamente posible hipotizar que hayan existido dos tablas pascuales. Aceptando la hipótesis de Simonetti, según la cual el romano conoció y utilizó el autor asiático -que se confirma por algunas correspondencias menores entre las dos series de obras- es perfectamente verosímil que haya conocido y utilizado la tabla compuesta en Asia para el período que termina con el primer año de Severo Alejandro, y se haya dedicado a componer una nueva tabla para los años posteriores (48), lo cual concuerda bien con sus intereses científicos, además de su responsabilidad como jefe de una comunidad.

En los quince años que siguieron al debate de 1989, hasta el día de hoy, se han multiplicado las contribuciones sobre Hipólito. Muchas se refieren a problemas particulares. Dado el limitado objetivo de este artículo, nos limitaremos a dar cuenta de las presentaciones de conjunto.

En el ámbito francés, la intervención más importante ha sido la de Mons. Saxer en su artículo "Hippolyte" en el Dictionnaire d'Histoire et Géografie Ecclesiastique (49). Saxer ha madurado y precisado su postura moderada. Por un lado se ha mostrado favorable a la hipótesis Loi-Simonetti sobre los dos Hipólitos (50); reivindicando, a la vez, contra Simonetti, la identificación del Hipólito romano con el mártir (51). Sin embargo, después de presentar el status quaestionis y sus observaciones críticas, solo presenta una descripción del personaje "Hipólito de Roma", sin dedicarle más atención al Hipólito oriental. La misma posición, que a mi juicio resulta en parte ambigua, se refleja en la contribución de Saxer a la última gran Histoire du Christianisme publicada en Francia (52). Aquí también se preocupa por reafirmar la identificación del escritor romano con el mártir, y con el autor de la Tradición Apostólica, pero no se pronuncia sobre el Hipólito oriental. Dice simplemente: " On a des raisons de penser qu'il y a eu un Hippolyte de Rome et on peut lui attribuer, jusq'à plus ample informé, la Tradition Apostolique." (53); y reenvía al mencionado artículo "Hippolyte" en DHGE.

Dada la importancia y el tamaño de esta nueva Histoire du Christianisme, no será inútil una breve panorámica sobre la mención que de Hipólito hacen los diferentes colaboradores. Hablando de la Iglesia romana en el siglo III, M.-Y. Perrin (54) da un buen panorama de la controversia hipolitiana, pero es también engañado por la acumulación, en la bibliografía especializada, de cuestiones de detalle, que acaban poniendo en la sombra los pocos puntos claros. El único punto de acuerdo que nota en la crítica, es sobre la atribución del Élenchos y del Contra Noeto a dos autores diferentes, aun por parte de los defensores del único Hipólito (55). Por eso, de manera parecida a Trevijano, termina con una excesiva suspensión del juicio: "Au bilan, la querelle hyppolitienne ne remet nullement en cause le témoignage de la Réfutation [= el Elenchos] pour le théâtre romain, mais elle oblige par provision à suspendre toute reconstitution de la biographie de son auteur issue des sources autres que ce texte " (cursiva mía).

Lo más sorprendente, sin embargo, es que los otros autores que, en este volumen, mencionan Hipólito más de paso, parecen desconocer por completo la existencia de la discusión (56).

En cambio, en el ámbito alemán ha permanecido una actitud conservadora, es decir, favorable a la reconstrucción de Döllinger, como muestran por ejemplo el artículo de M. Marcovich en la Theologische Realenzyclopädie (57) y el de C. Scholten en el Reallexicon für Antike und Christentum (58). Este último autor, en particular, desecha con demasiada rapidez el peso de los argumentos propuestos contra la reconstrucción tradicional a partir de Nautin, y duda, sin proponer razones en contra, de la interpretación de la estatua propuesta por Guarducci.

Finalmente, es ahora el momento de mencionar el último balance que nos da Simonetti, en la larga Introducción a su edición y traducción del Contra Noeto (59). Esta contribución es especialmente significativa, pues representa la síntesis más eficaz del debate, sobre todo por lo que se refiere a los últimos 30 años, época en la que el mismo autor ha participado como uno de los "actores" principales. Compartiendo la mayor parte de los resultados a los que llega Simonetti (aun por él declarados "provisorios"), me limitaré, para mi presente objetivo, a discutir el punto que yo considero más incierto en su propuesta, que él resume en la "Conclusión" (60). Simonetti está interesado, sobre todo, en mantener y reforzar la distinción entre los dos escritores, uno romano y uno asiático, pero a la vez confirma su escepticismo sobre la identificación entre el escritor romano y el mártir, distinguiéndose aquí de la postura de Saxer, así como de su propia antigua postura de 1977. Ahora bien, si en referencia a la distinción de los dos escritores la posición de Simonetti es sólida y exhaustivamente argumentada, por lo que se refiere, en cambio a la no-identificación del escritor romano con el mártir, la argumentación aparece más discutible y además siempre aparece, en alguna medida, como entremezclada y sobrepuesta al problema anterior.

En primer lugar, por lo que concierne la dificultad de la estatua, hay que repetir aquí lo ya visto en la discusión de su aporte de 1989. El hecho que la estatua fuera originalmente de una mujer, y que se relacionó con el Hipólito eusebiano fundamentalmente por la coincidencia del Cómputo pascual, si bien impone hoy descartar tal identificación sobre la base de los argumentos vistos, no impone en absoluto eliminar la función conmemorativa de los títulos, eliminación que Simonetti da repetidas veces por segura, sin ninguna prueba. Por lo mismo, tampoco es posible sostener la pertenencia de los títulos a diferentes autores: sea quien fuere el autor, la importancia de una incisión en el mármol impone como mínimo una indicación en caso de cambio de autor. En consecuencia, la estatua, si ya no puede ser invocada como testimonio para la identificación del escritor mencionado en Eusebio y el autor del Élenchos, sí conserva valor para la identificación de tal autor con el mártir Hipólito, pues, como hemos visto, no es posible descartar a priori las indicaciones de Ligorio solo sobre la base de su fama de "falsario". Recordemos que Ligorio nos da tales indicaciones sin conocer la antigua topografía de las catacumbas, tal como se estudió posteriormente (aunque podría haber tenido en cuenta la denominación de "mons Ypoliti" ampliamente presente en la documentación medieval), lo cual hace por lo menos dudar de una localización simplemente a posteriori (sobre la base de la identificación a través de las epígrafes y la cita eusebiana). Recordemos además que, aunque sujetas a duda, las indicaciones de Ligorio son las únicas que poseemos, y no parece prudente descartarlas sin sólidas pruebas.

En segundo lugar, Simonetti evidencia como en Occidente no tenemos testimonios antiguos de la identificación del escritor con el mártir Hipólito, y que tal identificación se realiza por primera vez en testimonios orientales. El mismo Jerónimo, que en dos pasajes menciona el mártir Hipólito como autor de algunos comentarios exegéticos, significativamente no menciona la calidad de mártir cuando presenta Hipólito en el De viris illustribus. Por otro lado, aparece suficientemente claro que tal presentación depende de Eusebio (61). A mi juicio, justamente esto último explica por qué Jerónimo no hable aquí de un Hipólito mártir. La fuente eusebiana, cuyo valor Jerónimo bien conoce, no lo autoriza a eso, aun cuando de otra fuente conoce un Hipólito mártir: así que de aquí también se desprende la imposibilidad de identificar a los dos escritores, pero no se halla nada que impida la identificación del romano con el mártir Hipólito. Pero, en general, ¿cómo explicar la ausencia de tal identificación en Occidente? En mi opinión, hay que recordar, en primer lugar, que la literatura cristiana occidental de la época anterior a la persecución de Decio es todavía una literatura casi exclusivamente griega, obra de autores de origen y cultura oriental. Esto implica que la obra literaria del autor del Élenchos, así como de otros autores "romanos" de la época contemporánea o anterior, aun localizándose en occidente, es culturalmente parte de la literatura griega, y por lo tanto no sorprende que su recepción y conocimiento se diera fundamentalmente en el Oriente romano. Si a esto se agrega que la actividad de escritor del Hipólito romano estaba íntimamente relacionada con su polémica contra los obispos romanos, y por tanto con su calidad de cismático, fácilmente se comprende como a la no-pertenencia lingüístico-cultural al ambiente occidental, se haya agregado una temprana censura en las fuentes occidentales. En Oriente, en cambio, teológicamente mucho más desarrollado, el interés por un autor con notables dotes intelectuales, insertado en la corriente de la teología del Logos, superaba ampliamente las reservas que podían derivar de su pasado de cismático, sobre todo si compensadas por su calidad de mártir. Así también su mención como "obispo de Roma", que encontramos en Oriente, y es explicable como fruto de la propaganda de sus seguidores, sería difícil de imaginar en el ambiente occidental, donde la lista de los obispos romanos era mucho más relevante y conocida. A este propósito, Simonetti recuerda que la primera mención de Hipólito como agiótatoV †p™skopoV `R¤mhV aparece en Oriente, en una cadena exegética, como lema atribuido a Apolinar de Laodicea. Aunque, dada la naturaleza de las cadenas, no estemos seguros de la paternidad apolinarista, Simonetti recuerda que los apolinaristas son los primeros autores de falsificaciones a gran escala en la literatura cristiana antigua, que empiezan a desplegarse con gran amplitud a principio del siglo V, en el género literario de los florilegios doctrinales, útil instrumento para la prueba "en base a la tradición de los Padres" en la secular polémica cristológica. Y de hecho, recuerda siempre Simonetti, en el florilegio que Teodoreto de Cirro agregó a su Eranistés aparecen nada menos que diecisiete pasajes atribuidos a Hipólito. Estos se unen a los muchos otros escritos que ya sabemos atribuidos a Hipólito. A la luz de lo anterior, me limito a observar: ¿es posible pensar que se atribuyeran a Hipólito tantos pasajes, sin pensar que haya tenido él mismo alguna actividad literaria? El mismo Simonetti afirma: "En el clima religioso y cultural tan agitado y fragmentado podía ser cómodo disponer de la figura de un escritor anterior a Orígenes, buen exegeta, aureolado de la corona del martirio" (62). Ahora, si bien es cierto que el Hipólito oriental era un exegeta suficientemente conocido, ciertamente una identificación con el "mártir" y sobre todo, en algunos casos, con el "obispo de Roma" es difícil de imaginar sin una base en una actividad literaria también del mártir y del "obispo". El personaje que se construye, es por cierto "artificial", pero toda construcción artificial debe tener una base suficientemente sólida en la realidad. A la luz de lo anterior, creo que se debe observar que en este caso el argumentum e silencio (un silencio solo occidental y explicable) aun si por cierto debe ser atentamente considerado, no es suficiente a descartar los múltiples testimonios orientales a favor de una actividad literaria de un presunto "obispo de Roma" y mártir.

En tercer lugar, hay que mencionar la dificultad que supone la noticia de Dámaso, repetida por Prudencio, que identifica a Hipólito con un cismático de la época de Novaciano, posteriormente reconciliado (63). Por cierto, esta es una dificultad que afecta a la reconstrucción tradicional, que hace morir a Hipólito en Cerdeña el año 235, en base a la noticia de la Depositio martyrum y del Catálogo Liberiano. Simonetti argumenta que, por un lado, la noticia del Catálogo Liberiano termina con las dimisiones del papa Ponciano, pero no menciona su muerte, ni la de Hipólito; y por otro lado, que la noticia de la Depositio el 13 de agosto no necesariamente se refiere a la sepultura, sino que puede significar un simple traslado de las reliquias. Ahora bien, respondemos que, como quiera que se solucione el problema de su "segundo cisma" y de la fecha de su martirio, la divergencia no es en ningún caso un argumento en contra de la identificación del escritor romano con el mártir. Al contrario, la mención de Dámaso y Prudencio, ya sea que tengan razón o no sobre los datos históricos específicos, confirma por lo menos la importancia del personaje, que concuerda con el rol que se atribuye a sí mismo el autor del Élenchos. Dicho esto, a mí personalmente me sigue pareciendo más probable un error de la tradición de la que depende Damaso, por el siguiente motivo: entre la época de Calixto y la de Dámaso transcurren ciento cincuenta años; desde la colocación cronológica de Dámaso, la época de Calixto y la época del cisma novacianeo son relativamente muy cercanas; el cisma de Novaciano es un acontecimiento histórico mucho más importante, para la comunidad romana, que el cisma de la pequeña comunidad del autor del Élenchos; además las persecuciones de los años 50 y 60 del siglo III, fueron persecuciones cientos de veces más importantes que la de Maximino, que prácticamente "desaparece" en la comparación. Estas consideraciones son suficientes para pensar que en la época de Dámaso, el recuerdo del cisma de Hipólito era ya muy borroso, y muy pocos se acordaban de él. Por lo tanto, no es difícil pensar que, al tener noticia de Hipólito como cismático y posteriormente mártir, se le haya insertado en el cisma de Novaciano y en la sucesiva persecución.

En base a lo dicho, no se puede considerar exacto lo que afirma Simonetti en el esquema final de su conclusión, es decir, que también la hipótesis Loi-Simonetti de 1977 (que afirma la distinción entre el escritor oriental y el romano, y la identificación entre el romano y el mártir), implicaría aceptar dos obstáculos, constituidos por la divergencia entre el en relación al Cómputo Pascual, y el recién mencionado problema de las fuentes martirológicas. A la luz de nuestras consideraciones, nada impide, como hemos dicho, aceptar la existencia de dos Cómputos Pascuales, así como nada influye sobre su identificación con el autor del Élenchos y de las obras relacionadas, la posible aunque a mi juicio improbable participación de Hipólito, después de su propio cisma, en el cisma de Novaciano.

Por lo tanto, contra las sucesivas posturas de Simonetti, es de considerar más verosímil su propia hipótesis de 1977 (que en los puntos básicos concuerda con la actual postura de Saxer), aunque naturalmente el sucesivo debate ha permitido precisarla y corregirla en algunos aspectos importantes.

CONCLUSIÓN

Concluyendo este rápido panorama, resumamos los que a nuestro juicio se pueden considerar resultados con un alto grado de probabilidad:

1) Existieron dos escritores, los dos de nombre Hipólito, uno oriental y uno romano, que la historiografía literaria cristiana empezó a confundir ya a partir del siglo IV.
2) Al escritor oriental, que es el Hipólito mencionado por Eusebio, pertenecen al menos las siguientes obras, que han llegado hasta nosotros: Contra Noeto, El anticristo, Comentario a Daniel, David y Goliat, Bendiciones de los Patriarcas y de Moisés, Comentario al Cantar.
3) Este escritor vivió entre fines del siglo II y principios del III y es asiático, por el conocimiento que muestra de episodios de comunidades del Ponto, de detalles relativos a la condenación de Noeto en Esmirna, por la afinidad estilística con las homilías pascuales cuartodecimanas (64), por el influjo de Ireneo que él muestra, y por su teología que, mientras afirma la personalidad del Logos, no renuncia a subrayar también la unidad divina mediante un término fuerte como
4) El escritor romano (65) fue presbítero y cismático, y es poco posterior al asiático. A él hay que atribuir al menos: Élenchos, Sobre el universo, Crónica .
5) Tal autor romano, presbítero cismático, se identifica con el presbítero mártir Hipólito, en base a los siguientes elementos: (i) es el único presbítero involucrado en la deportación del año 235 junto con el obispo Ponciano; (ii) la confusión que ya Jerónimo hace entre los dos autores muestra que debían ser homónimos; (iii) el epigrama damasiano, que considera a Hipólito como cismático rescatado por su martirio; (iv) la mención, en parte de la tradición manuscrita oriental, de un Hipólito "obispo de Roma" y/o "mártir", que justamente porque testimonia la confusión entre los dos Hipólitos, es indicio a favor de la identificación entre el mártir y el escritor cismático romano.
6) La lista eusebiana se refiere, con toda probabilidad, exclusivamente al Hipólito asiático, y por lo tanto sirve como base para completar la lista de obras de este último, aunque sea con diferentes grados de seguridad, debido a las complicaciones de la tradición manuscrita (de algunas obras solo tenemos fragmentos; algunos nos han llegado en traducciones; en general, los fragmentos exegéticos son materiales recogidos en cadenas que han sufrido un proceso de selección y contaminación casi imposible de reconstruir).
7) La lista de títulos de la estatua, que epigráficamente pertenece exactamente al mismo período, debe ser considerada conmemorativa, y por lo tanto, contiene, hasta prueba contraria, títulos de obras de un único autor, siempre manteniendo las mismas advertencias vistas en el punto anterior, y agregando una advertencia adicional por lo que se refiere a la famosa Traditio Apostolica, un importantísimo testimonio de la antigua liturgia, pero que conocemos hoy solo como fruto de una complicada reconstrucción filológica, todavía debatida (66).
8) Ambos autores compusieron una tabla pascual, pues una la encontramos mencionada en la lista eusebiana, que según nuestra hipótesis se refiere exclusivamente al Hipólito oriental, y la otra aparece en la estatua: estas dos tablas no pueden ser identificadas, pues una es hasta el año 222, la otra desde el año 222.

Resumiendo lo principal:

Por un lado: los puntos de diferencia entre los dos autores notados por Nautin y desarrollados y demostrados después sobre todo por Simonetti son plenamente convincentes y deben ser aceptados como prácticamente seguros, aun cuando varios puntos de detalle permanecen inciertos.

En cambio: la escisión del personaje romano en dos, inaugurada por Nautin (con su fantomático "Josipo"), y aceptada después, aunque con más prudencia, por Simonetti, Guarducci y otros a partir de 1989, no tiene base sólida, mientras que sólidos indicios apuntan a la identificación entre los dos, y por lo tanto debe ser aceptada a mi juicio la existencia no de tres, sino solo de dos personajes:

(1) un Hipólito escritor asiático, obispo de sede desconocida;
(2) de Hipólito escritor romano, presbítero cismático, posteriormente reconciliado e idéntico al mártir venerado en la tradición romana.

NOTAS

(1) Actas publicadas en Studia Ephemeridis Augustinianum 30, "Nuove ricerche su Ippolito", Roma 1989.         [ Links ]

(2) Madrid, B.A.C. 1998, págs. 143-153.

(3) Ibidem, 148.

(4) Madrid 1996, págs. 233ss.

(5) Altaner-Stuiber, Patrologie, Freiburg 19788, 164-169.         [ Links ]

(6) Gott und unsere Erlösung im Glauben der Alten Kirche, Düsseldorf 1985, 90-101.         [ Links ]

(7) La Depositio martyrum registra: Idus Augusti. Ypoliti in Tiburtina et Pontiani in Callisti. Es decir: "13 de agosto: deposición del cuerpo de Hipólito en el [Cementerio] Tiburtino, y de Ponciano en el [Cementerio] de Calixto".

(8) "Eo tempore Pontianus episcopus et Ypolitus presbiter exoles sunt deportati in Sardinia in insula nociva Severo et Quintiano cons. In eadem insula discinctus est IIII Kal. Octobr. et loco eius ordinatus est Antheros XI Kal. Dec. cons. ss. " (Cf. Liber Pontificalis, ed. Duchesne, Paris 1886, I, p. 12 e 5).         [ Links ]

(9) Cf. A. Ferrua, Epigrammata damasiana, Città del Vaticano 1942, n. 35. De Dámaso depende con toda probabilidad el poeta Prudencio (cf. Peristef. 11).´

(10) VI, 20, 2.

(11) "A partir". Así, por ej. Bardy, en su edición de la Historia Eclesiástica, SCh 41, 122. En realidad, esta traducción supone una corrección, pues la preposición utilizada por Eusebio es ep™, que significa "hasta". Puede ser un simple error, como era obligatorio suponer en la reconstrucción tradicional que expondremos a continuación; pero, al mostrar esta sus puntos débiles, parece más verosímil pensar, como sugeriré más adelante, que el ep™ sea auténtico y que se haya efectivamente tratado de dos tablas compuestas por dos autores, el segundo conociendo y continuando al primero. A. Velasco-Delgado, (BAC 350, 1997, pág. 389-390) traduce: "fija como límite de los tiempos el primer año del emperador Alejandro". Donde se nota que el término "límite" resulta intencionalmente ambiguo, y obliga al autor a precisar en la nota 180 que "el cómputo comienza, pues, el año 222". Lo cual es influenciado por la relación que veremos con la "estatua de Hipólito".

(12) Historia Ecclesiastica VI, 22.

(13) De viris illustribus 61.

(14) Más adelante veremos la relevancia de este último dato.

(15) Texto publicado por Leclercq, DACL, VI, 1925, Col. 2434-2435.

(16) Ligorio no es preciso en referirse al lugar del hallazgo: veremos más adelante el significado de la incertidumbre que de eso deriva.

(17) I. Döllinger, Hippolytus und Kallistus, oder die Römische Kirche in der erste Hälfte des dritten Jahrhunderts, Regensburg 1853.         [ Links ]

(18) Geschichte der Altchristlichen Literatur, 2 ed., Bd. I, 2, Leipzig 1893 (reimpr. 1958), p. 605ss.         [ Links ]

(19) Este reinado en realidad, dada la menor edad del titular, fue el de su madre Iulia Mamea, filo-cristiana.

(20) S. Ippolito della via Tiburtina. Studio storico-critico, Roma 1935.         [ Links ]

(21) Título completo: Hippolyte et Josipe. Contribution á l'histoire de la littérature chrétienne du troisième siècle, Paris 1947.         [ Links ] El mismo Nautin resume su postura en: Lettres et écrivains de IIe et IIIe siècle, Paris 1961, pp. 177ss.         [ Links ]

(22) Veremos más adelante que hay sólidos motivos para pensar en un origen asiático del escritor oriental. Recuérdese que la denominación "Asia" en la literatura cristiana primitiva no se refiere genéricamente al "continente asiático", sino específicamente a la provincia romana de "Asia", el antiguo reino helenístico de Pérgamo adquirido por los Romanos por el testamento de su último rey, Éumenes, en el año 133 a. C., y caracterizado, en época cristiana, por la presencia del apóstol Juan. Con la teología joánica, como subrayaremos más adelante, creemos importante relacionar la teología del Hipólito asiático.

(23) X, 11.

(24) IV, 8.

(25) Atribución poco convincente, como veremos.

(26) Referencias detalladas en Ricerche su Ippolito, Studia Ephemeridis Augustinianum, Roma 1977, V. Loi, p.15, nota 26.         [ Links ]

(27) El documento, perteneciente a la lista de la estatua, tiene una historia filológica especialmente complicada, dado su carácter litúrgico: tal como lo leemos ahora, es fruto de una identificación y reconstrucción del siglo XIX: ver infra, nota 66.

(28) Ricerche su Ippolito, Studia Ephemeridis Augustinianum, Roma 1977.

(29) "Su cultura es sin duda de tipo asiático", afirma Simonetti, ibidem p. 152.

(30) Cf. Ricerche cit. pp.126-136.

(31) Cf. Ricerche, cit. pp. 17ss.

(32) A. Brent, Hippolytus and the Roman Church in the Third Century, Leiden 1995.         [ Links ] Los otros aspectos de la reconstrucción de Brent han sido sintetizados y refutados por Simonetti en su Introduzione al "Contra Noeto" de Hipólito, Roma 2000, 119-123.         [ Links ]

(33) Simonetti, en Nuove ricerche, cit., p. 98.

(34) Ibidem, 100: "in realtà dovremmo meravigliarci se Dionysius non avesse fatto confusione".

(35) Cf. supra, nota 1.

(36) "La questione di Ippolito Romano: a proposito di un libro recente", en: Nuove Ricerche cit., págs. 43 y 45.

(37) Loi había fallecido prematuramente.

(38) "Stuzzicato", como observa Saxer, ibidem.

(39) "Aggiornamento su Ippolito", en Nuove Ricerche, cit., 75-131.

(40) "La 'Statua di Sant'Ippolito' e la sua provenienza", en Nuove Ricerche, cit., 61-75.         [ Links ]

(41) Ibidem 49.

(42) Simonetti, "Aggiornamento…" cit., 120. Cf. También Testini, "Di alcune testimonianze relative a Ippolito" en Ricerche su Ippolito, cit., pág. 50.         [ Links ]

(43) Simonetti, "Aggiornamento…" cit., 119.

(44) Guarducci, "La Statua…" cit., 70.

(45) Cf. Simonetti, "Aggiornamento…" cit., págs. 122-123, y nota 144.

(46) "L'unico grosso punto ancora scoperto". Cf. Simonetti, "Aggiornamento…" cit., pág. 128.

(47) Cf. "Aggiornamento…" cit., nota 162.

(48) Anoto aquí que todavía en su Introduzione al "Contro Noeto", cit. (pág. 138), Simonetti confirma su propensión a aceptar la identificación entre los dos Cómputos; pero esto contrasta con lo observado por él mismo algunas páginas antes (nota 270): "possiamo supporre que esso [scil. il computo della statua] sia stato conseguenza di un aggiornamento del computo, che si ripeteva per cicli di sedici anni, al fine di renderlo di più immediata utilità per i componenti della comunità dell'autore di El, attivi appunto durante il regno di Alessandro Severo".

Esta suposición es en mi opinión la más lógica, y es curioso que Simonetti, habiéndola hecho, no la haya suficientemente valorado él mismo.

(49) DHGE 24 1993 627-635.         [ Links ]

(50) De paso, Saxer recuerda que el mismo M. Richard, el estudioso que en su momento más se opuso a la teoría de Nautin, aceptó la existencia de dos Hipólitos (col. 629).

(51) También dedica un apartado a  " Hipólito de Porto", demostrando que se trata de un doble, construido a posteriori a partir de un lugar de culto preexistente.

(52) Dir. Mayeur-Pietri-Vauchez-Venard, Vol. I, "Le Nouveau Peuple", París 1990.         [ Links ]

(53) Pág. 791.

(54) Cf. pág. 650, nota 160.

(55) Así por ej. el mismo J. Frickel, quien, modificando su posición, admitió finalmente la diferencia de autor entre el Elenchos y el Contra Noeto: "Hippolyts Scrift Contra Noetum: ein Pseudo-Hippolyt", en Logos. Festschrift für L. Abramowsky BZNW 67, Berlin-New York 1993, 87-123.         [ Links ]

(56) Por ej. J. Flamant, hablando del calendario cristiano dice (pág. 498): " Le premier cycle dont nous ayons conservé la trace est le cycle d'Hippolyte, prêtre de Rome et antipape dans les premières décennies du IIIe siècle. Il avait composé une table des dates pascales pour 112 ans, commençant en 222 et se terminant en 333. Les romains en furent si fiers et si reconnaissants, qu'ils lui élevèrent une statue sur le socle de laquelle cette table fut gravée".

El autor nunca menciona la distinción con el Hipólito oriental, ni aquí ni en un siguiente capítulo, donde habla de la literatura cristiana primitiva (págs. 889s.). Cita solo de paso a Nautin sin ni siquiera enunciar su propuesta y, más sorprendente todavía, habla de la estatua como de Hipólito sin ninguna referencia a los dos congresos de Roma.

P. Maraval tampoco distingue a los dos Hipólitos, ni menciona la controversia: por ejemplo, sería necesario en la pág. 512, donde Hipólito es mencionado al lado de Eusebio; y en la 519, donde se relata el episodio relativo a un obispo del Ponto. Lo mismo A. Le Boulluec, que menciona el Comentario a Daniel de Hipólito, hablando de la exégesis de la escuela de Alejandría (p. 532).

Hablando de la formación del Canon de las Escrituras en los primeros siglos, A. Paul (págs. 750-751) menciona en una nota la existencia de la teoría de los dos Hipólitos haciendo referencia a la monografía de Brent, pero en el texto no toma posición y sigue hablando de un único Hipólito.

En tema de profesiones de fe, B. Sesboüé simplemente habla de "Hipólito de Roma" (pág. 771), al hablar de la Tradición Apostólica, pero no menciona la relativa controversia: las dificultades específicas que este documento plantea, dentro del problema hipolitiano, habrían hecho aún más necesaria alguna referencia adicional.

(57) 1986. De la misma fecha es también la edición que este autor propone del Élenchos, severamente criticada por Simonetti, quien la ha considerado un "paso atrás" con respecto a la antigua edición de Wendland (cf. Simonetti, Ippolito. Contra Noeto, Bologna 2000, Introduzione, nota 235).

(58) 1991.

(59) Ippolito. Contro Noeto, cit., Introduzione, págs. 17-146.         [ Links ]

(60) Ibidem, págs. 127-139.

(61) Ibidem, págs. 77-79.

(62) Pág. 81.

(63) Cf. supra, pág. 2.

(64) Cf. Simonetti, Ippolito, cit., pág. 70.

(65) El que viva en Roma, no impide pensar en un origen oriental específicamente egipcio: i) por su teología del Logos; ii) por la relación de la Tradición Apostólica con la Iglesia de Alejandría.

(66) Notemos que, en todo caso, lo complicado e hipotético de la reconstrucción filológica del documento no pueden ser utilizados como argumentos a priori contra el testimonio de la estatua, cuya atribución, al autor, de una Tradición Apostólica debe ser igualmente tomada en consideración. A la reconstrucción del mismo documento llegaron dos estudiosos de gran prestigio -Connolly y Schwartz- de manera independiente. La edición que pretendió reconstruir el texto, y que pasó a ser comúnmente aceptada, es la de dom B. Botte: La Tradition Apostolique de saint Hippolyte. Essai de reconstitution, Münster 1963 (ya editada Sources Chretiennes 11, 1946).         [ Links ] Sin embargo, la crítica a la "reconstrucción" de esta obra es hasta el día de hoy objeto de vivaces polémicas, sobre todo después de la publicación de los estudios de Metzger y Markschiess, de los que da cuenta el mismo Simonetti, Introduzione al "Contro Noeto" cit., 129-130. Por lo mismo, no hemos considerado prudente tomarla en consideración en el presente estudio.

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