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Teología y vida

Print version ISSN 0049-3449On-line version ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.43 no.1 Santiago  2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492002000100003 

Ricardo Capponi M.
Profesor de la Facultad de Medicina
y de la Escuela de Psicología
Pontificia Universidad Católica de Chile

Desafíos de la psicología a la teología

La invitación a participar en este Seminario tiene una suerte de ambigüedad: por un lado, el acento está puesto en los desafíos que la psicología y la psiquiatría le presentan a la teología, desafíos que tienen un carácter teórico y estrictamente académico. Y, por otro, está aquello que aparece claramente expresado en la invitación, la cual termina planteando: "de este modo hemos querido hacer nuestro aporte a la reflexión en torno a la universidad". Creo que este alcance implica una exigencia más concreta, vinculada al examen del lugar que ocupa la Facultad de Teología en una universidad católica, y al desafío que ello representa.

Esta doble invitación me llevó, entonces, a formularme dos preguntas en forma paralela: ¿Cuáles son los desafíos que le propone la psicología a la teología? Y ¿cuáles son los desafíos que le hace un psiquiatra que trabaja en el Departamento de Psicología y de Psiquiatría de la Universidad Católica, a la Facultad de Teología de la Universidad Católica?

Me pareció adecuado reaccionar a ambas invitaciones. Primero pensé hacerlo en forma separada, pero luego tuve la impresión de que habría más debate y podría resultar más interesante si presentaba ambas reacciones entretejidas.

En años anteriores he asistido en dos oportunidades a los seminarios internos de profesores de esta Facultad de Teología. Tengo el recuerdo de una experiencia muy interesante y enriquecedora. Sin embargo, creo que estos encuentros no son de trabajo interdisciplinario propiamente tal, sino más bien de diálogo entre profesores y teólogos, un diálogo que nos motiva a hacer, en un futuro cercano, un trabajo verdaderamente interdisciplinario. En este sentido, mi intención es invitarlos a que hoy pensemos temas que pueden ser posteriormente elaborados en un trabajo en conjunto más acabado y minucioso.

En esta línea quiero plantear, en un estilo más bien coloquial, algunas de las tantas materias que, desde nuestra disciplina, cuesta compatibilizar con el conocimiento teológico católico. Más que abordar cuestiones de métodos, de teorías del conocimiento diferentes entre estas disciplinas (asunto que creo corresponde más bien a un abordaje filosófico), me referiré a asuntos concretos vinculados a las hipótesis sobre el funcionamiento mental propias de nuestro enfoque, que entran en colisión con posiciones teológicas.

LOS DESENCUENTROS ENTRE LA PSICOLOGÍA Y LA TEOLOGÍA

1.- Un primer desencuentro, que traigo inmediatamente a colación porque está en la base del objetivo que hoy nos proponemos, se refiere a un asunto que dificulta el trabajo interdisciplinario. Sé que hay muchas variables que influyen en este fenómeno, pero quiero amplificar una sola, con el fin de poner el tema en el tapete: la teología y los teólogos no se exponen, con toda la crudeza que ello significa, a un encuentro con otra área del saber. Y esto está conectado con un tema muy profundo, que pone en conflicto a nuestras disciplinas: "el pecado de pensamiento".

La concepción de desarrollo mental de nuestra disciplina se basa en la capacidad que tenga la mente para enfrentar todas aquellas difíciles situaciones en el desarrollo del ciclo vital que despiertan deseos, necesidades, angustias, temores y riesgos. Un aparato mental no expuesto, ya sea por sobreprotección paterna o por el uso de mecanismos defensivos sumamente rígidos y férreos que impiden la exposición a estos que podríamos llamar "los demonios" de la mente, es una mente que resultará a lo menos empobrecida, y muchas veces perturbada en su desarrollo.

La identidad auténtica y consistente que se cristaliza a finales de la adolescencia está directamente relacionada con la capacidad del sujeto de haberse permitido ¾y que le hayan permitido¾ interactuar, arriesgarse y, por lo tanto, elaborar todas aquellas situaciones que constituirían lo que en lenguaje teológico podríamos llamar ‘tentaciones’. Y ello porque la resolución de esas situaciones es uno de los más importantes factores que ayudan a constituir una identidad estable, sólida, auténtica y creativa.

Como no soy un conocedor en profundidad del pensamiento teológico, mis reflexiones surgen desde lo que supongo son los fundamentos del pensamiento católico, expresado a través de lo que me llega del pensamiento católico por el magisterio de la Iglesia Católica.

Con relación a este punto, me pareciera que, desde la doctrina católica y la teología que la sustenta, se plantea el desarrollo del alma ¾que sería el análogo a la psiquis¾ basado fundamentalmente en tres variables. Me refiero a: i) las identificaciones imitativas; ii) la obediencia sumisa a una autoridad por un lado idealizada, y por otro, temida; y iii) la evitación voluntaria y consciente de los temas que, explorados hasta las últimas consecuencias, podrían cuestionar el dogma ¾algo así como que una persona "sana" espiritualmente no se hace preguntas impertinentes que arriesguen su fe¾. Estas variables, si bien forman parte de un aprendizaje en la construcción de la identidad, implican un proceso que es más bien propio de las etapas primitivas del desarrollo mental.

Ejemplo de lo dicho es una situación que hasta el día de hoy me resulta incomprensible y que a mi juicio ilustra lo que estoy señalando: la prohibición de la película "La última tentación de Cristo" por las autoridades de la Iglesia chilena. Pero más allá de la prohibición, lo que me parece más grave es la carencia de un debate, de un encuentro interdisciplinario serio entre la fundamentación teológica de dicha prohibición, y la defensa desde nuestra disciplina que estudia los inevitables procesos de pensamiento propios de la condición humana natural cuando busca respuestas a los dilemas e interrogantes que plantea el existir y que en dicho filme se realizan en la persona de Jesús. Este es un tema sobre el cual podríamos hacer variadas y múltiples disquisiciones, pero que requeriría una aproximación más rigurosa, con la confluencia de un trabajo conjunto mucho más fino con ustedes, los teólogos.

La fuerza inspiradora de la teología emana del dato revelado, de la palabra de Dios. ¿Cómo acogemos ese dato, ese mensaje? ¿Desde un autoritarismo sometedor, o lo pasamos por el cedazo de nuestra propia experiencia? Y pasarlo por nuestra experiencia, ¿es experimentarlo desde nuestra naturaleza humana? ¿Qué es ese experimentar? ¿Sentir, actuar, pensar, fantasear? ¿Cómo, por ejemplo, podemos experimentar el odio para comprender y experimentar el amor, en un proceso que no sea destructivo, pero tampoco restrictivo? ¿El mecanismo psicológico que contribuye a sublimar la pulsión sexual está basado en la represión o negación del deseo, por lo tanto la representación sexual no aparece en nuestra mente? ¿O en el sacrificio doloroso que implica la renuncia a la representación placentera que aparece en nuestra conciencia?

En el ámbito de estas interrogantes, planteamos que la disciplina psicológica puede ayudarnos a vivir la experiencia como un evento que nos haga crecer, evitando así el empobrecimiento derivado del no experimentar. Es en este ámbito que echo de menos una reflexión teológica, posiblemente interdisciplinaria, que incorpore los elementos de la psicología moderna con relación a lo que significa contactarse con los conflictos despertados por el deseo y la necesidad anclados en nuestros instintos. Y ello sin recurrir a respuestas precipitadas que saturen rápidamente el conocimiento; respuestas que, más que verdades, son fórmulas destinadas a dar coherencia al discurso, el que adquiere así carácter de pensamiento fanático.

Creo que esto constituye uno de los desafíos más importantes de una universidad católica. E imagino ¾sin estar plenamente seguro de lo que digo¾ que la iniciativa y la denuncia requeridas debieran provenir de la Facultad de Teología.

Entiendo que la dificultad de tal tarea no proviene de falta de ocurrencia. Más bien, se trata de que las consecuencias que acarrea dicho acercamiento llevan a tener que asumir una limitación y finitud de las aspiraciones omnipotentes y de ese saber omnisciente al que la teología apunta, pretendiendo muchas veces desbordar los límites impuestos por la naturaleza de la condición humana precaria. Es una actitud que, en parte, proviene del peso de una tradición eclesial que durante más de 1.500 años de la cristiandad ha sido poseedora, almacenadora y administradora de la verdad y del conocimiento, en iglesias y monasterios.

Hay un segundo factor que incide en la prevalencia de la actitud descrita, relacionado este con la construcción conceptual que es propia de la teología. Ocurre que, con la crisis de la metafísica que tiene lugar a partir de Kant y desde la cual Dios deja de ser accesible (a no ser como postulado de la razón práctica), sumado con que a partir de los métodos históricos se relativiza el ser desde la contingencia, se hace necesario reinterpretar la verdad cristiana. Para hacerlo, la teología se levanta como una ontología férrea y compacta, cuyas concepciones básicas del ser no son cuestionadas. El peso de esta tradición metafísica en la teología aún tiene consecuencias.

Por último, refuerza todo lo anterior el hecho de que el objeto de estudio de la teología es una "verdad mesiánica". Esta inevitablemente es administrada por un grupo social, que constituye una institución para tal efecto: la Iglesia. Y estando la Iglesia compuesta por hombres, es proclive a las perversiones del poder, el cual ¾por las características de su función¾ ya no busca la verdad, sino la omnisciencia. De esta forma logra administrar la tendencia psíquica grupal de dependencia con mayor capacidad de control.

2.- Relacionado con lo anterior, pero constituyente de un segundo punto de divergencia o conflicto entre la psicología y la teología ¾o desafío que plantea la primera a la segunda¾, está la sobrevaloración que hace el pensamiento teológico católico de lo cognitivo por sobre lo afectivo pulsional.

Cada vez que el pensamiento teológico trata de entender el fenómeno de la agresión destructiva llevada hasta sus últimos extremos, aparece una rápida superposición del predominio necesario del amor por sobre el odio, pero fundamentalmente como un recurso que tapa la posibilidad de abrir la condición humana agresiva, destructiva, envidiosa y narcisista. Y cuando se trata del tema sexual, hace un rápido giro de negación ¾o a lo más un pase entre mágico y misterioso¾ que transforma el deseo sexual en un sentimiento sublimado y de ternura. Esto se traduce en una dificultad para integrar los progresos y aportes de la psicología, de la etología, de la antropología y de la sociología en sus estudios sobre la condición humana, la cual se desborda constantemente en la agresión, el sexo y el poder. Frente a tales dificultades, los aportes de la doctrina católica a problemas contingentes resultan, si bien plagados de buenas intenciones, ingenuos en su contenido, y alejados cada vez más de la concepción antropológica enriquecida por el aporte del conocimiento científico.

3.- Un tercer punto de divergencia entre psicología y teología, también vinculado a los anteriores, dice relación con el desconocimiento por parte del pensamiento teológico respecto de las fuerzas instintivo-pulsionales primitivas ancladas en nuestra filogenia y que determinan en forma sustantiva nuestro actuar. Tal omisión conduce al voluntarismo y, por lo tanto, al desarrollo de una moral más restrictiva que propositiva; una moral, en definitiva, muy poco comprensiva y muy poco misericordiosa.

En el trabajo presentado por el Dr. Juan Pablo Jiménez al 3er Encuentro de Estudio de Masculinidades, "Y a Dios ¿le gusta que hagamos el amor? Notas psicoanalíticas sobre la moral sexual oficial de la Iglesia Católica", señala que en el Catesismo de la Iglesia Católica publicado en 1992, si bien se reconoce que la sexualidad no tiene solo un fin procreativo, a continuación se despliega una actitud defensiva, de censura, desconfianza y temor, con un insistente llamado al control y a la coerción de la sexualidad. El autor dice textualmente: "Bajo el modelo general de ‘vocación a la castidad’, en el texto se multiplican expresiones tales como ‘dominio de sí’, ‘control de las pasiones’, ‘liberación de la esclavitud’, ‘resistir las tentaciones’, ‘templanza’, ‘obediencia’, ‘esfuerzo‘, ‘tarea’, etc., todas estas propias de una virtud de castidad que se le define como ‘don de Dios’" (n° 2338-2345). No hay valoraciones positivas del goce sexual. Las alusiones al placer solo aparecen, precisamente, en relación con las ofensas a la castidad, definido como lujuria y como "moralmente desordenado" cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión" (n° 2351).

Un exponerse a conocer (uso la palabra ‘exponerse’ porque pienso que muchas veces hay una evitación de acercarse a disciplinas que podrían cuestionar los fundamentos del dogma) la verdadera complejidad, la cantidad de variables en juego que determinan ¾por ejemplo¾ el pronóstico de la relación de amor conyugal, redundaría en una actitud y una mirada mucho más comprensiva en relación con el problema de la separación y el divorcio.

DESAFÍOS QUE LE PLANTEA LA JUVENTUD ACTUAL A LA TEOLOGÍA

Considerando que esta es una Facultad de Teología dentro de una universidad católica (probablemente de las más importantes del mundo en este momento de repliegue de la cristiandad), podemos preguntarnos: ¿qué esfuerzos se hacen desde la teología para elaborar el desafío que significa hoy llegar a los grandes problemas de los adolescentes y adultos jóvenes que están en esta casa de estudios?

El pensamiento católico tuvo una capacidad asombrosa de acompañar a los jóvenes en la construcción de un mundo nuevo, en lo que podríamos llamar su propia revolución, cuando esta consistía en la búsqueda de un cambio en las condiciones estructurales en que se daba la injusticia social. Y hoy, ¿cuál es la búsqueda de los jóvenes, cuál es el cambio que ellos pretenden para construir un mundo mejor, cuál es su revolución?

Creo que hay entre los jóvenes una preocupación muy auténtica y muy seria por cambiar las formas de relaciones personales íntimas. Los adolescentes de hoy están y muy interesados por conocer el mundo interno, por conocer las variables en juego que determinan la calidad de las relaciones interpersonales, de la amistad y especialmente de las relaciones de pareja.

Me invitan a dar charlas a grupos de adolescentes en los colegios, y hago clases en la universidad; tengo contacto con adolescentes por mi actividad psicoterapéutica; también como padre. Me llama mucho la atención el enorme interés que muestran por el tema de cómo construir una sociedad mejor pero no a partir de la política, de los cambios estructurales macro, sino más bien a través de desarrollar relaciones personales de calidad con los demás y consigo mismos. Y hacen esta elaboración en la relación que en ese momento de la vida les resulta más atractiva: la relación con una pareja.

Una diferencia fundamental con las generaciones previas, contra las que se rebelan, es la búsqueda de la autenticidad. Y creo que no imaginamos lo interesante que puede resultar para la evolución de la relación de pareja este cambio de actitud. Hasta hace veinte o treinta años, el pololeo y el noviazgo, y todo lo que podríamos llamar el período de enamoramiento que precede a la constitución de la institución del matrimonio, se llevaba a cabo con un doble estándar. El hombre mantenía una relación con una mujer que iba a ser la madre de sus hijos, la esposa que se hacía cargo de las labores domésticas y que tenía una buena presentación social. Y por las restricciones a la sexualidad de la época, vivía su sexualidad en forma disociada con otras mujeres. Al mismo tiempo, la mujer reprimía su sexualidad y empezaba a enfrentarse con ella una vez consumado el matrimonio, con una sensación de vivir algo que no le pertenecía por completo, sino que era más bien propio del hombre. En forma paralela se desarrollaba un grupo de mujeres, generalmente de estratos sociales inferiores, que cedían su sexualidad a estos hombres con vínculos dobles, en relación de concubinato, prostitución, y otras variadas formas de engaño y abuso facilitadas por la sociedad machista.

Los adolescentes y jóvenes de hoy son ambiciosos y exigentes: quieren integrar ternura, cariño, amor y erotismo. Al mismo tiempo, quieren tomarse su tiempo en conocer a la pareja antes de hacer la elección que los va a llevar al compromiso del matrimonio; este, planteado con las exigencias mencionadas, resulta un proyecto muy serio y complejo, en cuya elección ni la variable puramente erótica ni de conveniencia ni romántica parecen ser suficientes. Podríamos decir que las condiciones para realizar un matrimonio basado en el amor sexual maduro solo se han gestado a fines del siglo recién pasado, y que su concreción es responsabilidad de los jóvenes de este siglo.

¿Ha sido capaz la Iglesia, con ayuda de la teología, de acompañar a las nuevas generaciones en esta búsqueda, en esta difícil integración que supone relaciones más simétricas y respetuosas y, al mismo tiempo, más elaboración de los deseos instintivos? ¿Ha habido una actitud comprensiva, reforzadora y valorizadora de este esfuerzo revolucionario; revolucionario en el sentido de un cambio respecto de las generaciones anteriores, de modelos de relación mucho más respetuosos, democráticos y simétricos, especialmente del hombre para con la mujer?

Me temo que no. Más bien ha habido una sistemática descalificación a la exploración y búsqueda de estos caminos nuevos y, aunque arriesgados, mucho más verdaderos, pero vistos por la Iglesia como tentación y perdición.

En la línea de este mismo desafío, hay un trabajo de discernimiento que dice relación con los procesos de psicologización de la fe. Como lo he señalado otras veces y muchos autores así lo sostienen, el cuestionamiento respecto de las concepciones tradicionales sobre el hombre que hace Freud ¾mejor dicho, la comprensión psicológica del alma humana¾ es mucho más radical que los tradicionales cuestionamientos marxistas, o que los nihilistas planteados por Nietzsche. Su existencia y validez nos imponen el desafío que implica construir un lenguaje teológico que incorpore las categorías de las formas de pensamiento de la psicología, disciplina incuestionable a partir del siglo XX, que hoy impregna toda nuestra cultura. Comunicarse con los jóvenes hoy nos exige una mirada a la trascendencia divina que se articule en un lenguaje asequible, atractivo y convincente.

No estoy sugiriendo un pensamiento concordista, que de por sí despierta sospecha y rechazo, sino más bien un pensamiento que los jóvenes aprecien que se construye en la interacción cuestionadora y limitadora de la disciplina psicológica, que le hace perder omnisciencia a la teología, pero ganar en riqueza, veracidad y realismo. De no lograrlo, corremos el riesgo ¾que en parte hoy ya es una realidad¾ de que se considere y evalúe la actitud religiosa, la fe en Dios, como una alternativa primitiva e infantil, plagada de pensamiento supersticioso, de relaciones con un Dios muy poco convincente para una cultura moderna.

Un ejemplo: Uno de los aportes incuestionables de la psicología, aceptado unánimemente por los profesionales y en gran medida extendido a la cultura moderna, es que el proceso de aprendizaje se bloquea cuando aumentan los niveles de angustia. Por lo tanto, el castigo está contraindicado, excepto en situaciones extremas en las que se busca el condicionamiento automático. El aprendizaje se logra haciendo experiencia, y esta es capaz de realizarse con niveles bajos de angustia, que permitan significar en una forma nueva el problema que se esté tratando.

Este concepto tan básico ha permeado nuestra cultura. En una familia de cierto nivel cultural, si un hijo ha tenido un comportamiento reprobable, no es habitual ¾más bien sería raro¾ que se le prohíba sentarse a la mesa, que se le deje encerrado toda la tarde. Al contrario, se espera que al compartir en la mesa se pueda conversar el tema, y se intuye que si se le deja encerrado va a aumentar el resentimiento que hará imposible el diálogo y por lo tanto la toma de conciencia reflexiva del error cometido.

Sin embargo, la Iglesia excomulga. Cuando alguien procede de manera incorrecta, lo manda castigado a "encerrarse en una pieza", sin poder participar del encuentro con los demás.

Tal vez el desafío más exigente que ha planteado la psicología a la teología es el concepto de que, al momento de decidir, nuestra libertad ya está condicionada por una historia, ya tenemos una intencionalidad. Por lo tanto, no hay un acto de plena libertad ni por la lucidez de una intención humana correcta, ni por el seguimiento de una autoridad divina que nos indique cómo proceder. El grado de verdad de nuestra decisión (y, en consecuencia, de libertad) va a depender de lo que hemos hecho, de nuestra historia. Nos construimos. Y ese pasado está presente en el aquí y ahora, constituyendo una realidad frente a la cual no somos plenamente libres, y a la cual no podemos manejar solo con nuestra voluntad. Hacerlo exige la renuncia a lograr la perfección; exige la paciencia de posponer para otro momento, para otras generaciones, la solución de cuestiones muy complejas y abordables solo a largo plazo, y plantea la necesidad de trabajar en forma realista. Esto evita simplificaciones maníacas de la realidad y exige el dolor del trabajo arduo de conocer en toda su extensión dicha realidad y la pérdida consiguiente de la omnipotencia.

En el caso de un evento destructivo, todo lo anterior se traduce en una ética que pone el acento en la toma de conciencia de los factores que han contribuido a configurarlo, donde han participado muchos agentes y son muchas las responsabilidades compartidas. Pone el acento en el hacer experiencia, tomar conciencia y reparar, más que en culpar por una falla de la fuerza de voluntad en el momento en que se llevó a cabo dicho acto.

REFLEXIONES DESDE LA PSICOLOGÍA AL QUEHACER TEOLÓGICO Y
A SU RELACIÓN CON LAS INSTITUCIONES DONDE SE DESARROLLA

La dinámica perversa del pensamiento omnipotente se puede instalar en cualquier disciplina. Y por razones obvias, la teología está especialmente predispuesta a ello.

El conocimiento psicológico hoy desafía a los teólogos a hacerse conscientes de sus motivaciones inconscientes a la hora de llevar a cabo su quehacer.

La historia personal y el propio proceso de elaboración de ella; las respuestas a las ansiedades persecutorias y depresivas vividas a través de la interacción con los padres y otros significativos, dejan tendencias, deseos, fantasmas, defensas, todos inconscientes, pero que operan; todo ello está ahí, y no es ajeno a los contenidos que el teólogo trata. Su concepción de Dios está teñida por la imagen paterna y materna. La aproximación a temas relacionados con vínculos trinitarios, de Cristo con Dios padre, al rol de María, etc., va a estar marcada por la resolución en la mente del teólogo de lo que llamamos la "escena primaria", fantasía de triangulación padre-madre-hijo, fecundante del psiquismo.

Su abordaje al tema de la sexualidad, de la pareja, del celibato, estará condicionado por el predominio en su organización mental de tendencias hacia la excitación sexual, el deseo erótico o el amor sexual maduro, como diversas etapas de elaboración del instinto sexual.

Los sentimientos y fantasías inconscientes de inmortalidad y el narcisismo asociado influirán sobre sus visiones escatológicas.

Cómo haya sido su elaboración de la envidia primaria, redundará en concepciones distintas acerca de la Gracia y de la gratitud para con el acto amoroso de Dios hacia los hombres.

La capacidad de elaborar y pensar las culpas persecutorias derivadas de la inevitable agresión originada en nuestra condición humana, será decisiva a la hora de construir una moral con características obsesivas y castigadora, o flexible, comprensiva y reparadora.

Quisiera terminar señalando otro desafío que hace esta disciplina a la teología, cualitativamente distinto a los anteriores, y que proviene del estudio de los grupos y liderazgos desde un punto de vista psicológico dinámico. Es una variable que diferencia el trabajo teológico del resto de las disciplinas que ustedes han invitado a este encuentro. Me refiero a que la teología se lleva a cabo por estudiosos que conforman un ‘grupo de trabajo’. Y este grupo de trabajo, si bien en parte está al servicio de la institución que lo alberga ¾en este caso, la universidad¾, fundamentalmente es un grupo de trabajo al servicio de la institución de la Iglesia. Una institución cuya finalidad ¾como hemos dicho¾ no es el conocimiento (como sí lo sería para la universidad), sino la administración del supuesto básico de dependencia que, junto al de ataque-fuga y apareamiento, condiciona la conducta de los grupos sociales (1). Aparece así un aspecto de carácter político que condiciona el funcionamiento de este grupo de trabajo en forma significativa.

El supuesto básico que nos interesa acá es el de dependencia: necesidad afectiva de la mente de una figura paterna omnipotente idealizada que proteja y salve de las desgracias de la vida. Este supuesto básico se vive a través del vínculo religioso, y lo administra la Iglesia, así como el supuesto básico de ataque y fuga lo administra el ejército, y el de apareamiento, la aristocracia política generadora de los gobernantes.

El abordaje de estos supuestos básicos por parte de las instituciones se hace a través de los grupos de trabajo y sus líderes respectivos. La conducción que decide el pronóstico de la institución dice relación con los estados mentales en que operan los grupos de trabajo y sus líderes, estados que la psicología clasifica como persecutorios, maníacos, neuróticos o maduros.

Solo con la finalidad de entender mejor este análisis de psicología grupal, lo ejemplificaré en diversas situaciones hipotéticas relacionadas con el hecho concreto del trabajo que hacemos hoy en esta sala, imaginando formas de reacción psicológicas, que las transcribiré como si fuera un pensamiento consciente, aunque muchas veces este transcurre inconscientemente.

La Iglesia, institución que administra el supuesto básico de dependencia, tiene ¾entre muchos otros¾ un grupo de trabajo que se llama Facultad de Teología al interior de otra institución mayor, de carácter universitario, llamada Pontificia Universidad Católica. Dicho grupo, la Facultad de Teología, invita a miembros de otras facultades a un seminario interdisciplinario. Detrás de esta invitación, ¿en qué estado mental están operando los grupos de trabajo de esta Facultad y sus líderes?

En posición persecutoria: Las autoridades de la Facultad reaccionan frente al llamado que hacen desde rectoría de realizar eventos interdisciplinarios. "Los académicos de otras facultades van a venir a complicar la situación de estabilidad y control de la cual gozamos hoy. Sin embargo, si no accedemos, vamos a tener reducción presupuestaria y nos quitarán la representación a instancias donde se deciden cuestiones importantes que afectan a nuestra Facultad. Busquemos al académico menos conflictivo, el más congraciativo, y pongamos nosotros la agenda de los temas que se tratarán, y así neutralizamos este peligro". El diálogo es una amenaza, la estrategia es evitarlo sin conflictuarse con la autoridad que también amenaza. La táctica es manipular y pasar a llevar irrespetuosamente a quien representa otra posición.

En posición maníaca: "Hagamos un encuentro en que invitamos a gente de otras áreas del saber que nos hablen de sus desafíos. Si se ponen muy densos y tienden a cuestionar algunos de nuestros dogmas sagrados, tenemos suficiente experiencia para desplazar el foco de atención, intelectualizar, recurrir a apoyarnos en el dato revelado, en las Escrituras, en el sólido pensamiento incuestionable de los patriarcas, y de esta forma los desviamos de su afán cuestionador. Y así, año tras año podemos tener estos interesantes y entretenidos encuentros, que dan la apariencia de que nos exponemos al pensamiento de otros, pero en realidad no arriesgamos un ápice de nuestra posición". Se atreven a invitar a un diálogo, pero preparados con un arsenal que les impide hacer experiencia, ridiculizando, controlando, triunfando y despreciando la posición del otro.

En posición neurótica: "Realmente complejos y peligrosos los desafíos que nos han planteado los biólogos, los psicólogos y los economistas, pero creo que no están los tiempos como para explorar temas tan espinudos". Valorizando el aporte, este cae en un elegante olvido facilitado por los mecanismos inconscientes de represión.

En posición madura: "La iniciativa de las autoridades de la Universidad de fomentar el diálogo interdisciplinario nos resulta sumamente atractiva, aunque estamos conscientes de las dificultades y riesgos a que nos exponemos. Pero nos damos cuenta que requerimos del intercambio crítico con estas otras fuentes del saber, que aunque cuestionen nuestras convicciones, nos enriquecen con los temas que estudian y nos acercan a reformular permanentemente nuestra disciplina en contacto con la realidad. Es cierto que esto nos expone a entrar en controversia con asuntos que tocan al manejo del poder eclesial, y nos podemos meter en aprietos, pero pensamos que no debemos aludir este tipo de desafíos si queremos construir una Iglesia sólida y acorde a los tiempos".

Esta posición mental significa estar abiertos al doloroso proceso de exponerse a la crítica, asumir las insuficiencias y contradicciones del conocimiento propio, hacer el duelo de perder las respuestas y construcciones omniscientes, tolerar la incertidumbre del no saber, y enfrentar los riesgos a los que se expone el grupo de trabajo frente a la institución que lo administra, la Iglesia, porque al intentar una búsqueda de la verdad cuestiona cimientos básicos en los que se funda el poder de dicha institución.

El autoexamen, el insight que el psicoanálisis abre a partir de fines del siglo XIX, también se ha extendido a un proceso de autorreflexión y examen crítico del quehacer al interior de los grupos, instituciones y liderazgos.

APROXIMACIÓN A UN TRABAJO INTERDISCIPLINARIO

¿Quién tiene la última palabra a la hora de la toma de decisiones cuando están involucrados aspectos éticos? ¿El teólogo, el filósofo, el sacerdote especialista en moral, o el especialista científico que conoce la complejidad fenomenológica y causalista del problema en cuestión?

Esta pregunta se aplica a los ámbitos de la economía, política, salud, planificación, clonación, sexualidad, etc.

Mi respuesta a tales interrogantes se apoya en Bion: el que tiene la última palabra es el "sentido común", concepto referido a la conjunción de dos órganos de los sentidos, pero que entendido este como el encuentro de dos vértices, lo denomina "sentido consensual". Encuentro que también puede leerse, desde la perspectiva de Rolo May, como el logro de un mayor nivel de conciencia.

Un vértice es, en el lenguaje de Bion, el resultado de una mirada que cristalizó gracias al surgimiento de un hecho seleccionado, el cual consolidó el conjunto en una cierta perspectiva. Con el encuentro entre dos vértices se amplía el horizonte del "sentido consensual". Este encuentro es un proceso muy difícil, que exige abandonar el hecho seleccionado, disolver el propio vértice cristalizado, y exponerse a permitir que el vértice del otro, con su hecho seleccionado, cuestione el propio modelo y genere un estado de caos e incertidumbre que hace perder la certeza del conocimiento que se poseía. Desde esta experiencia surgirá un vértice nuevo, un vértice desplazado en relación con el anterior, que no será igual al vértice del otro, pero se acercará a él.

Este trabajo de ampliación de la conciencia implica un proceso doloroso de abandono de la omnisciencia, y se ve incentivado cuando hay confianza en el otro. Por lo tanto, requiere de parte de ese otro un trabajar en actitud de entender y no descalificar, para resignificar los anteriores contenidos de la conciencia. Se trata de un proceso que se hace más posible en un trabajo de a dos, o en grupos de trabajo muy bien liderados, que en grupos grandes, instituciones u organizaciones. Dadas estas condiciones, hay un encuentro fecundo que genera desplazamiento y acercamiento de vértices y, por lo tanto, enriquecimiento del "sentido consensual".

Esto es lo esencial del trabajo interdisciplinario. No se debe aspirar a una coincidencia de vértices ni tampoco a un predominio de un vértice sobre el otro; solo a un acercamiento, el cual se logra dejándose fecundar por el otro. Y esto requiere exponerse, o sea, tolerar el caos y la incertidumbre, para que sobre ese desorden pueda caer la semilla del aporte dado por el vértice del otro.

La posibilidad de este encuentro fecundo tiene que ver con la elección de la pareja de trabajo. Hay parejas con las que es prácticamente imposible comunicarse, como en aquellas relaciones conyugales incapaces de hacer matrimonio o procrear, y que apenas pueden llegar a ser pololos. Vale decir, hay vértices prácticamente incompatibles, ya sea por sus fundamentos o por la actitud de quienes los sostienen. Hay todo un arte del trabajo interdisciplinario, consistente en encontrar un par con el que se pueda trabajar; esto es: exponerse, tolerar el caos, interpelar, dejarse interpelar, etc.

Lo anterior es especialmente relevante en disciplinas como la teología, que trabajan con fundamentos vinculados a posiciones ontológicas o de fe. En ciencias duras, más que una aproximación de vértices lo que se busca es una yuxtaposición de vértices, donde se intenta una única respuesta para un determinado problema, aunque ¾por supuesto¾ en ciertos niveles de complejidad se pierde este calce tan nítido.

Para terminar, desde nuestra disciplina no podemos concluir un sentido de la existencia humana. Por otro lado, la tarea de la teología es iluminar el sentido de nuestra existencia a través del estudio de la manifestación de Dios en medio de la historia de la humanidad. En nuestro desafío a la teología no deberíamos competir en esa búsqueda de sentido, no nos compete. En cambio, sí nos corresponde demandar a la teología que sus construcciones, sus comprensiones, sus respuestas en esta búsqueda de sentido, además de ser estéticas (como señaló el profesor de Arte Sr. Jaime Donoso en la reunión pasada), bien fundamentadas, tanto en la palabra de Dios como en el pensamiento lógico y coherente que aporta la filosofía (como sugirió el profesor de Filosofía Sr. Mariano de la Maza en la primera reunión), sean coherentes con la naturaleza humana. Y tal coherencia se logra incorporando al discurso teológico los progresos de la ciencia, los datos incuestionables del conocimiento de nuestra realidad y ¾en la disciplina que me compete¾ de nuestra realidad psíquica.

RESUMEN

Este trabajo es la ponencia textual al Seminario de profesores organizado por la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica. El tema se aborda desde una perspectiva teórica en relación a los desencuentros de la Psicología y la Teología, y desde una perspectiva práctica en cuanto los desafíos que enfrenta hoy una Facultad de Teología en una universidad católica.

Los desencuentros más importantes se dan en el ámbito de las formas de pensamiento teológico en la búsqueda de la verdad, que se traducen en una sobrevaloración de lo cognitivo por sobre lo afectivo, un temor al "pecado de pensamiento", y la tendencia a minimizar el papel de las fuerzas instintivas en nuestra forma de actuar y pensar.

Entre los desafíos a la Facultad de Teología, se describe la ausencia de respuestas cercanas a la realidad de los jóvenes universitarios, y se hacen algunas reflexiones en torno a la pertenencia institucional de la Facultad de Teología y sus consecuencias para el desarrollo académico.

La ponencia termina desarrollando una proposición de trabajo interdisciplinario, basado en el concepto de "sentido consensual" de W. Bion.

ABSTRACT

This article was presented as a paper at a seminar organised by the Theology Faculty of the Pontificia Universidad Católica de Chile. The author attends to the mis-encounters between psychology and theology from a theoretical perspective, and deals with the challenges a faculty of theology faces today from a practical perspective.

The major mis-encounters take place in the areas of the theological search for truth, which are translated in an overestimation of the cognitive aspect over the affective one, fear to the "sin of thought", and the tendency to minimise the role of the instinctive strengths in our behaviour and thought.

Among the challenges of the Faculty of Theology, the article discusses the lack of answers suitable for the university youth’s reality, and makes some reflections over the institutional belonging of the Faculty of Theology and its consequences for the academic development.

The paper finishes developing a proposal of multi-disciplinary work, based on the concept of "consensual sense" by W. Bion.


(1) Freud es quien destaca el funcionamiento regresivo de la mente humana cuando opera en grupos grandes. Bion señala que esto obedece a nuestro pasado filogenético, y que dicha regresión opera en tres formas de manifestación fenomenológicas, que denominó supuestos básicos: dependencia, ataque-fuga y apareamiento. Los observó en el comportamiento de grupos terapéuticos de más o menos diez a quince integrantes, con los que trabajó durante la Primera Guerra Mundial, siendo médico. Su postulado es el resultado de una observación estrictamente fenomenológica del comportamiento grupal.

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