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Magallania (Punta Arenas)

versión On-line ISSN 0718-2244

Magallania vol.40 no.2 Punta Arenas  2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22442012000200001 

MAGALLANIA (Chile), 2012. Vol. 40(2):7-22

ARTÍCULO

Los holandeses en las Islas de los Pingüinos (1599-1615)

Dutch sailors in the Penguin Islands (1599-1615)

 

MATEO MARTINIC B.*

* Profesor Emérito, Centro de Estudios del Hombre Austral, Instituto de la Patagonia, Universidad de Magallanes, Chile. mateo.martinic@umag.cl.


RESUMEN

Desde las primeras navegaciones exploratorias del estrecho de Magallanes en su penetración oriente-occidente sus tripulaciones conocieron las pequeñas islas que emergen de la sección central del gran canal transpuesta la Segunda Angostura y advirtieron en ellas la presencia de una rica y abundante fauna residente. Esta noción cobró mayor fuerza tras el sucesivo paso de los navegantes holandeses para quienes las mismas islas devinieron verdaderas despensas alimentarias, circunstancia valorada y difundida posteriormente en los Países Bajos y en Europa en narraciones impresas, mapas y grabados, debidamente destacada como un rasgo geográfico caracterizador. En el artículo se recuerda ese paso y se hacen algunas consideraciones en su respecto incluyendo además la rectificación de un hecho histórico acaecido en la isla Marta durante el viaje de Oliverio van Noort (1599), que en los grabados de la época fue equivocadamente situado sobre la costa de la tierra del Fuego (cabo Orange), lo que hizo que se tuviera a los indígenas selk’nam como los sujetos de la agresión holandesa en vez de los kawéskar como en la realidad sucedió.

PALABRAS CLAVE: Patagonia, estrecho de Magallanes, holandeses, pingüinos, historia natural.


ABSTRACT

From the first east-west exploratory voyages of Magellan Strait sailor crews knew the small islands that appear at the center of the big channel after the Segunda Angostura and noticed the presence of a rich and abundant resident wildlife. This evidence becomes stronger with the successive passage of Dutch sailors for whom the islands became a kind of pantry, a fact valued and subsequently disseminated in the Netherlands and Europe in narratives, maps and prints, duly highlighted as a clear geographic feature. The article recalls these trips and rectifies a historical fact happened at Marta island during Oliver van Noort´s travel (1599), which in the engravings of the time was mistakenly placed on the coast of tierra del Fuego (Cape Orange) attributing the encounter to the selk’nam of tierra del Fuego, instead of the kaweskars as it really happened.

KEY WORDS: Patagonia, strait of Magellan, dutch men, penguins, natural history.


INTRODUCCIÓN

Cercanos en el tiempo al cumplimiento de cuatro siglos desde el paso final de los holandeses por el estrecho de Magallanes, nos ha parecido de interés ofrecer y comentar toda la información conocida y disponible que da cuenta del hallazgo por los navegantes procedentes de los Países Bajos de las primeras islas que se encuentran en el estrecho de Magallanes en la penetración del Atlántico al Pacífico, de las que únicamente interesan las dos menores (actuales Magdalena y Marta), que pasaron a la historia y a la geografía bajo la denominación de Islas de los Pingüinos, topónimo de rancia data recuperado para designar al Monumento Natural que les brinda desde 1966 la protección legal como reservas de vida silvestre. Estimamos de interés recordar lo acontecido en ellas a propósito del paso de tantos navegantes a su vera, en especial de los holandeses que las singularizaron para la geografía a partir del siglo XVII.

DESCRIPCIÓN GEOGRÁFICA Y NATURAL DE LAS ISLAS

Morfológicamente consideradas las islas Magdalena y Marta (como también Isabel y Contramaestre) conforman los restos visibles del arco morrénico frontal del gran glaciar del estrecho de Magallanes, más precisamente del segundo estadio de su retroceso histórico que ha sido situado hacia los 12.500 años antes del presente (McCulloch et al. 2005) y por su ubicación relativa dan término e inicio, respectivamente, al primer tercio y al segundo (Paso Ancho) del desarrollo geográfico del estrecho de Magallanes. Desde el punto de vista geológico son terrenos de la formación cuaternaria que yacen sobre un sustrato diorítico y que han sido modificados por procesos fluviales (Pisano 1973), y en lo tocante a su vegetación, la misma pertenece a la Provincia Biótica "Estepa Patagónica" constituida exclusivamente por diferentes especies de pastos (géneros Poa, Festuca y Stipa) que han sido alterados, especialmente en Marta, por los efectos de las aves que allí nidifican o se estacionan y que han transformado al conjunto en un verdadero desierto (Pisano, op. cit.). Carecen de vegetación arbustiva y no hay evidencias que hagan suponer que alguna vez tuvieron presencia arbórea.

En cambio su fauna es variada y rica, y está constituida principalmente por aves mayormente marinas y algunas especies de pajarillos terrestres, y por mamíferos anfibios (pinnípedos). Es tal la abundancia de las primeras que no sorprende que a lo largo de su historia varias veces milenaria los humanos aprovecharan esos recursos para alimentarse con algunas de sus varias especies presentes en sorprendente abundancia, desde los antiguos cazadores recolectores marinos (los kawéskar y sus antecesores) hasta los exploradores históricos. Con el transcurso del tiempo, de un siglo a esta parte tal abundancia aviar dejó de estar en la mira de las armas de fuego de los cazadores para ser objetivo preferente de las cámaras fotográficas de viajeros y turistas.

De acuerdo con estudios recientes realizados por investigadores de o trabajando para la Corporación Nacional Forestal, se han registrado sólo en lo que respecta a Magdalena doce especies de aves residentes y una docena de visitantes, entre marinas, litorales y de tierra adentro. Entre las primeras en grado de relevancia icónica está el pingüino de Magallanes (Spheniscus magellanicus) cuya abundancia se estima en sobre 120.000 individuos (63.000 parejas)1; le siguen la gaviota común (Larus dominicanus) (3.000 parejas) y la skúa (Catharacta skua) (200 a 300 parejas), además de bandurrias (Theristicus caudatus), caiquenes (Chloephaga picta), carancas (Ch. hybrida) y pilpilenes (Haematopus leucopodus), por mencionar sólo las especies más comunes. Entre las visitantes destacan por su número los cormoranes de las Malvinas (Phalacrocorax albiventer), petreles gigantes, gaviotines sudamericanos, chorlos y playeros. Las aves terrestres menores (pajarillos) están representadas por colegiales y chercanes (residentes), churretes, zorzales y chincoles (visitantes)2. Tocante a la avifauna de Marta, isla en la que al parecer no se ha hecho un estudio particular sobre la misma, basta destacar que es un gigantesco nidal de cormoranes de las Malvinas como especie mayoritaria de un espacio compartido con el cormorán imperial (Ph. atriceps), lo que no obsta para otras presencias específicas de aves visitantes; en cualquier caso el número de individuos de ambas especies, sumado, debe estimarse en muchos millares, abundancia que es causa de atracción particularmente en la época de nidación y crianza para varias especies de aves predadoras, entre otras las gaviotas comunes y skúas (Fig. 2).

Los cormoranes, en sus dos especies principales, debieron tener antaño mayor presencia que como residentes ogaño en la isla Magdalena; de hecho los primeros registros científicos de que hay memoria así lo constataron. En efecto, robert O. Cunningham, naturalista embarcado en la corbeta británica Nassau que al mando del capitán Richard C. Mayne realizó trabajos hidrográficos en el estrecho de Magallanes y canales de la Patagonia occidental entre 1866 y 1869, visitó Magdalena el 1 de diciembre de 1867 y la vista que más le impresionó fue la de un extenso conjunto de nidos activos de cormoranes, cuya población estimó en millares, circunstancia de la que uno de los oficiales del buque hizo un dibujo grabado posteriormente por F. Le Bedwell (Fig. 1).

Fig. 1. Cormoranes en la isla Magdalena. Expedición de la Nassau (1867).

Fig. 2. Nidos de cormoranes en la isla Marta. Fotografía de Alberto M. de Agostini hacia 1920. Cortesía archivo fotográfico Museo "Marggiorino Borgatello".

Diez años después, el 7 de octubre de 1877, estuvo allí el naturalista Enrique Ibar Sierra del Museo Nacional de Santiago, a la sazón a bordo de la corbeta Magallanes de la Armada de Chile, ocupada en operaciones hidrográficas y científicas como lo hiciera anteriormente su par británica. Entonces Ibar igualmente reparó en la abundante presencia de cormoranes en Magdalena dejando la siguiente descripción sobre sus nidos: […] eligen un lugar inclinado a la orilla o en la vecindad de un lagunajo i construyen con perfecta regularidad una especie de cilindro con una depresión en la parte superior la cual aloja los nidos. Sus materiales son el barro i las yerbas como así mismo son los excrementos del cormorán. Hai que admirar la simetría de su disposición, pues se hallan colocados a igual distancia uno de otro, siendo siempre de 3 decímetros el intervalo que los separa. Conté en un solo lugar 1660 de estos nidos, artísticamente alineados. El número de nidos que ahora puede verse abandonados prueba que en otras épocas el cormorán (Grambus gaimardi) ha vivido aquí en cantidades enormes3.

Con estas menciones queremos significar que si los pingüinos eran, por lejos, para los antiguos las especies caracterizadoras de la avifauna insular, los cormoranes también aportaban, como aportan, lo suyo, con lo que se comprende que unas y otras aves interesaran como objetos de caza.

Tornando a la fauna actual, es seguro además que en Marta puedan verse regularmente otras aves menores presentes en Magdalena, pero entenderemos que tal circunstancia ha de estar condicionada por su estado vegetacional. Por fin y en lo referido a mamíferos marinos, una y otra isla tienen poblaciones estables del lobo común o de un pelo (Otaria favescens) y de dos pelos (Arctocephalus australis), al parecer tampoco cuantificadas.

Su riqueza vital les otorga a ambos territorios insulares el carácter de santuarios, lo que para efectos de su protección y manejo les valió la declaración de Monumento Natural por decreto supremo número 207 de 22 de abril de 1966, del Ministerio de Agricultura.

Pequeñas en tamaño, apenas 85 hectáreas (Magdalena) y 12 hectáreas (Marta), sus coordenadas geográficas respectivas son 52°45´10´´S/70°34´45´´O y 52°50´50´´S/70°34´50´O. Distan aproximadamente 20 y 24 millas al noreste de Punta Arenas como referencia geográfica principal.

Si su reducido tamaño y su carencia de agua potable no han favorecido la presencia humana permanente, su rica avifauna sí concitó el interés cinegético de los habitantes originarios del litoral central magallánico que de modo recurrente navegaron hasta ellas para capturar aves, recoger huevos o cazar lobos marinos. De hecho, Magdalena y Marta, junto con Isabel y Contramaestre conformaron los hitos insulares de la frontera invisible que señaló históricamente la máxima penetración del pueblo kawéskar hacia el noreste. Las primeras evidencias culturales sobre su presencia (o la de sus antecesores étnicos) en la isla Magdalena fueron encontradas por el arqueólogo Omar Ortiz-Troncoso del Instituto de la Patagonia durante una prospección realizada en 1970. Posteriormente, durante el verano 1999/2000 estuvo allí en plan de estudio el arqueólogo Manuel San Román y a principios del 2012 Alfredo Prieto con idéntico propósito; uno y otro integran el equipo de trabajo arqueológico del Centro de Estudio del Hombre Austral (Instituto de la Patagonia, Universidad de Magallanes), y sus reconocimientos han confirmado y ampliado los hallazgos de Ortiz-Troncoso pero sus resultados son todavía materia de estudio.

La ubicación de las islas en la ruta marítima de penetración este-oeste del Estrecho, habitualmente acompañada por una abundante presencia aviar sobre o en torno a las mismas circunstancias que aseguraba su visibilidad y avistamiento en todo tiempo, como su relativa accesibilidad para las embarcaciones, fue suficiente para llamar la atención de todos los navegantes que pasaron a su vista. Así ocurrió en efecto con Fernando de Magallanes (1520), Francisco García Jofre de Loayza (1526), Simón de Alcazaba (1535), cuyos marineros al parecer fueron los primeros europeos que cazaron aves en ellas; Francis Drake (1578), Pedro Sarmiento de Gamboa (1580), Thomas Cavendish (1587) y con varios, sino con todos, los corsarios ingleses que le siguieron hasta mediados de la década final del siglo XVI, Richard Hawkins entre ellos4.

De su variedad y abundante fauna es claro que la especie que más hubo de concitar el interés de los europeos por serles antes desconocida fue el pingüino, esta curiosa ave no voladora con aspecto simpático de hombrecillo menudo. Las primeras noticias sobre su existencia fueron llevadas a Europa según parece por gente que viajó con Drake o con Cavendish que le dio el nombre de Pengwin, denominación que a falta de otra mejor se tomó prestada de la que identifica al gran auk de terranova, no obstante que era una especie diferente5. El segundo navegante mencionado o, con mayor propiedad, el caballero Francis Pretty que lo acompañó en su viaje precisaría la época de tal denominación con la referencia expresa de su captura: […] allí [Magdalena] anclamos el día 8 [enero de 1587] y matamos y salamos buena provisión de pingüinos para bastimento6.

El capitán corsario Richard Hawkins, quien recaló durante su viaje de 1594 en la isla Magdalena para una faena de caza con el fin de reaprovisionar su despensa alimentaria, dejaría para la posteridad la primera descripción pormenorizada del pengwin en cuanto a su tamaño, aspecto y forma de anidar y alimentarse, así como lo referido a su abundancia relativa y otras características, entre ellas consideraciones sobre la calidad de su carne como alimento humano y la forma de su cocción y, con harto detalle, el modo de su captura, la preparación de las aves para su consumo (despellejado, vaciado de vísceras, lavado con agua de mar, salazón y conservación)7. No debiera caber duda respecto de que estas noticias divulgadas en los ámbitos marinos y portuarios de Inglaterra debían contribuir en grado importante a la noción de la existencia de tan novedosa especie y a su valor como alimento para las tripulaciones de las naves de la época que tuvieran por destino las aguas australes americanas, nunca suficientemente abastecidas a juzgar por las relaciones conocidas que dan cuenta de privaciones y hambrunas de la gente embarcada como norma caracterizadora de esos viajes.

Pero sería con los navegantes holandeses arribados en el tiempo de cambio de los siglos XVI al XVII que con toda propiedad las islas de que se trata entrarían en la historia con una connotación casi exagerada en relación con su pequeño –mínimo– tamaño. El por qué de ello se busca explicar en el siguiente parágrafo.

El interés que para aborígenes y foráneos concitaron las islas de que se trata originaría con el tiempo una variada toponimia: así, la mayor Magdalena (nombre impuesto por Pedro Sarmiento 1580) recibió el de Bartholomew (Drake); S. Ierosme, Grotewal y de los Leones Marinos puesto por los holandeses; por fin los aónikenk aborígenes de las costa patagónica del Estrecho la nombraban Shee-ket-up. La menor fue bautizada Santa Marta por Sarmiento, George por Drake y Kruicks por los holandeses. En conjunto, finalmente, se les nombró Islas de los Patos en mapas y relaciones de los españoles y Pynguins Eylanden a partir de los holandeses, denominación recogida en los correspondientes idiomas en mapas posteriores de ingleses y franceses. Prevalecieron las asignaciones hechas por Pedro Sarmiento de Gamboa para cada una de las islas, en tanto que la forma común holandesa fue recuperada castellanizada en nuestra época para la designación del Monumento Natural.

LOS HOLANDESES EN EL ESTRECHO DE MAGALLANES

La expedición de Cordes (1599-1600)

No es nuestra intención la de historiar el origen, motivación y resultados de esta y las otras dos expediciones de las que más adelantes nos ocupamos, para lo que remitimos al lector a otro de nuestros trabajos historiográficos8, bastando decir que las tres deben ser entendidas en el contexto de la consolidación de la independencia de los Países Bajos (Holanda) de España al cabo de una guerra cruenta y de la consiguiente expansión mundial de su imperio marítimo y económico. De esa manera sólo nos ocupamos de paso de las naves holandesas por el estrecho de Magallanes y en especial de sus recaladas en las islas de los Pingüinos.

Así, tocante a la comandada por Simón de Cordes que ingresó al Estrecho 6 de enero de 1599 (eran la primeras naves de su bandera en hacerlo) y cuatro días después fondearon a reparo de la isla que Sebald de Weerdt, capitán de la Het Geloof, en su diario llama isla de los Pingüinos, denominación que de primera sugiere que se trató de Magdalena pero que, bien considerada la referencia fue Marta, donde […] encontramos abundancia de las aves llamadas mergos, por que se sumergían y buscaban alimento en el fondo9, descripción que se corresponde con la conocida práctica del "piquero" de los cormoranes para capturar su alimento en el mar. Que fue en tal isla lo confirma la relación del mismo oficial al señalar que la razón precisa para tal fondeo fue la de dar sepultura a Jan Diricksz Van Dort, oficial de la nave capitana Hoop que había fallecido en el transcurso de la penetración. Nada se sabe sobre la forma y lugar de la sepultación salvo que fue en dicha isla, pero cabe conjeturar que por la morfología insular con costas acantiladas el almirante Cordes ordenara que se hiciera en lo alto de la meseta por cuanto en la playa podía correrse el riesgo seguro de que la tumba fuera afectada por el oleaje. Si así fue, hubo que buscar un espacio libre de nidos, cavando para enterrar el cuerpo, cubrirlo luego con tierra y quizá con piedras y levantar una cruz con el nombre del fallecido y la fecha de su sepultación. Como haya sido, la dinámica del poblamiento aviar y la acción de los agentes climáticos debieron afectarla borrando sus huellas10.

Esa recalada de las naves de Cordes que se extendió hasta el 19 de abril fue aprovechada para reabastecer las provisiones de la flota mediante la captura y la salazón de aves visibles por todos lados. Sebald de Weerdt consignaría en su relación que en esa ocasión se cazaron entre 1.300 y 1.400 mergos, utilizando palos y remos11.

Los holandeses prosiguieron Estrecho adentro y tras una breve recalada en un punto de la costa de la península Brunswick que pudo ser la punta Arenosa, arribaron el 17 a otro puerto que llamaron inicialmente bahía Verde y después bahía o puerto Cordes en donde las condiciones del tiempo los obligaron a fondear. Si hasta entonces esa parte del viaje no había registrado otras novedades que las consignadas, a partir de entonces sí que las hubo y de la peor clase. En efecto, condicionado por las severas y variables contingencias climáticas Cordes determinó permanecer allí más tiempo del que hubiera querido, en lo que acabó por ser una invernada forzosa que tuvo tristes consecuencias para las tripulaciones por las penurias sufridas: allí murieron por enfermedad, por hambre y, excepcio-nalmente, por el rigor de la justicia 120 personas, incluido uno de los capitanes de la flota; allí también los barcos sufrieron diversos daños y uno de ellos, que había sido capturado a los portugueses durante la primera etapa de la expedición quedó inservible aprovechándose sus partes para construir una embarcación menor, quemándose los restos. Esas y otras miserias abrumaron a la gente, tanto que el almirante Cordes procuró animarla en una arenga el 2 de agosto pidiendo que se agradeciera a Dios por haberlos mantenido vivos durante el año que llevaban de viaje y que les concediera benignamente su misericordia para que pudiera llevar felizmente a cabo el camino emprendido12.

Al fin, tres semanas después del día mencionado los barcos tuvieron condiciones de tiempo favorables para zarpar y consiguieron salir de ese lugar fatídico. Lo que siguió aunque interesante de conocer no viene a mayor cuento y debe ser necesariamente resumido: las naves salieron al Pacífico el 2 de setiembre y estando allí las cogió una tormenta horrible que las castigó, dañó y separó unas de otras, y maltrató e hizo sufrir a sus tripulaciones hasta extremos insoportables. Una de las naves fue arrastrada por la fuerza de los vientos hasta una elevada latitud (después se afirmaría que su tripulación alcanzó a avistar lo que supone fue una tierra antártica); otras tres, desperdigadas, consiguieron reunirse tiempo después en la isla Mocha, costa central de Chile, y sólo una, la Het Geloof al mando de Sebald de Weerdt reingresó al Estrecho para repararse y dar sosiego, ánimo y alimento a la sufrida tripulación. Superando otros avatares, incluido un motín que pudo ser sofocado, y perdida toda esperanza de reunión con el resto de las naves sobre las que nada se sabía, de Weerdt sensatamente optó por el regreso a Europa, tal y como lo anhelaba vivamente la gente incluidos los oficiales del buque. Así concluyó diciembre y con él un año fatídico.

En su viaje fretano de Weerdt consideró indispensable recalar en las islas de los Pingüinos para reaprovisionarse con la carne de aves y mamíferos marinos que allí había, primero para satisfacer la necesidad alimentaria de la gente que había sufrido muchísimo por carencia de comida suficiente y luego para abastecer la despensa de la nave para afrontar en mejores condiciones el larguísimo trayecto que tenían por delante.

Otras desgracias aparte, que las hubo en el transcurso de aquella obligada detención, se organizó la caza de aves que ahora sí debe suponerse que fueron pingüinos por la información de Weerdt quien planeaba la captura de entre 5.000 y 6.000 individuos de la especie. De la faena respectiva se ocuparon treinta hombres a cargo del capitán. Mientras unos capturaban y mataban pingüinos (aspecto que posteriores grabados recogerían), otros despellejaban las piezas, las abrían y quitaban sus vísceras para su ulterior salazón y conservación. La captura se inició en Marta (cormoranes) y siguió en Magdalena con los pingüinos. Tantas había de esta especie que […] al llegar a la isla, según relato de aquel capitán, encontraron una cantidad tan grande de pingüinos que con ellos habrían podido alimentar veinticinco naves13 (Fig. 3).

Fig. 3. Holandeses cazando pingüinos en la isla Magdalena. Grabado de T. De Bry.

Aunque aquí la faena fue igualmente productiva, como que sólo en dos horas cazaron alrededor de un millar de pingüinos, los ventarrones característicos del verano magallánico afectaron a la nave (se perdió un ancla por efectos del arrastre), que sumado a otros daños anteriores los dejó en situación precaria que exigió toda la atención de la tripulación, circunstancia que retrasó la faena cinegética. Entonces, ante tan reiterada manifestación de la acritud de la naturaleza, el capitán si todavía mantenía alguna duda acerca de la justificación del retorno a Europa consideró que ya había tenido suficiente castigo en el transcurso de diez meses […] al ver en qué extremos peligros se encontraban, afirmó y determinó más fuertemente la decisión de dejar el estrecho y volver a la patria.

El 21 de enero de 1600 la Het Geloof al mando del capitán de Weerdt salía finalmente del Estrecho donde habían soportado tantas penurias. Él y su tripulación serían al cabo de tanta desgracia que se abatió sobre la expedición los más afortunados de cuantos un año y medio antes habían zarpado de Amsterdam, aunque finalmente sólo 36 hombres llegarían vivos a Holanda el 14 de julio cuando la Het Geloof echó anclas en aguas del delta del río Mosa. En el largo trayecto extendido por veinticinco meses, entre la venida y el regreso, habían muerto 68 tripulantes de los que 41 habían sido sepultados en el Estrecho14.

En lo que particularmente interesa a la materia y como dato para la historia se da cuenta que la provisión de pingüinos tomada en las islas homónimas alcanzó a los holandeses hasta mediados de abril, con un consumo de media ave por persona y por día (más cuatro onzas de pan y dos de arroz), ración magra con la que estos marinos sempiternamente hambrientos debieron conformarse, con el añadido ocasional de algo de pesca en altamar.

La expedición de van Noort (1599-1600)

La siguiente presencia holandesa en aguas magallánicas se dio con el arribo de las naves comandadas por Oliverio Van Noort, organizador de la Compañía Magallánica que al igual que la creada por los hermanos Cordes y por Simón de Mahu (Compañía de Rotterdam) había obtenido de los Estados Generales el privilegio para utilizar la ruta del estrecho de Magallanes para llegar a las Molucas en plan mercantil, y que habían sido armadas por esa entidad para el objeto. Van Noort arribó a la entrada oriental el 4 de noviembre de 1599 pero no pudo ingresar al ser rechazadas las naves por las fuerza de vientos contrarios, intento que debió repetir por dos veces consiguiendo penetrar recién el día 21. Cuatro días después los cinco navíos que componían la flota fondearon junto a las islas de los Pingüinos sin haber tocado en otro lugar del tercio oriental del canal interoceánico. En esta navegación Van Noort era asistido por un tal Mellish, un piloto inglés que había acompañado a Thomas Cavendish en uno de sus dos viajes por el Estrecho.

Es seguro que tal operación se motivara en la información que pudo dar el piloto acerca de la abundancia de caza fácil de obtener en la isla. Así hubo de bajar a tierra una partida para tal efecto, cazándose más de dos mil aves en una acción que posteriormente sería recordada para sus contemporáneos y la posteridad en un grabado que se haría célebre (Fig. 4). En el lugar los holandeses se encontraron con un grupo de indígenas que solían visitar las islas y por efecto de alguna desinteligencia propia de la recíproca incomunicación, estos atacaron a los primeros con resultado de tres marineros muertos.

Fig. 4. Grabado que muestra a los marinos holandeses atacando a los nativos de cabo Orange en el año 1599. Theodor De Bry, Von der neuwen IX, 1601. Reproducido por cortesía de Universiteits Bibliotheek, Amsterdam.

Enterado de ello Van Noort ordenó una operación de castigo que dejó un saldo por demás lamentable: el asesinato, que de eso se trató, de veinticinco indígenas15. Esta acción brutal no sólo caracterizaría la severidad y falta de humanidad del almirante en su relación con los naturales de los países visitados durante el largo viaje, sino que, particularmente calificaría su proceder con los canoeros del estrecho de Magallanes, únicos indígenas, importa precisarlo, con los que trabaría contacto en el transcurso de su navegación por el gran canal.

Y en este punto, cabe una obligada digresión explicativa y rectificatoria en beneficio de la verdad histórica.

Ocurre que tras el retorno de Van Noort a Europa, dos años después el mismo publicó una relación de su viaje para conocimiento de sus compatriotas y que fue completada con grabados basados en apuntes descriptivos o en bocetos realizados durante el largo periplo mundial16. La primera y la siguiente ediciones estuvieron a cargo de la casa grabadora dirigida por teodoro de Bry y en ellas se incluyeron entre otras imágenes una que muestra el enfrentamiento de que se trata –que devendría clásica para figurar la brutalidad de los europeos en su relación con los indígenas americanos–, presentándosela como acaecida en el cabo Orange (costa fueguina de la Primera Angostura del Estrecho) y protagonizada por los holandeses y los sélknam que habitaban esa parte de la tierra del Fuego. Esta información gráfica integral recibida sin crítica hasta el presente por etnógrafos e historiadores, entre los que nos incluimos17, ha sido cuestionada como incorrecta por el investigador holandés Michiel Van Groesen en un trabajo referido a la familia de impresores y grabadores De Bry (1590-1634) y que ha sido publicado en fecha reciente18.

En efecto este historiador pudo comprobar que la imagen de marras (Fig. 4) que representa el enfrentamiento holandés/sélknam es el producto de una invención basada en otras correspondientes a un hecho posterior de semejante índole ocurrido en la isla Mocha, frente a la costa central de Chile, ubicándoselo tal vez por involuntario error en el mencionado cabo Orange. A su vista nadie puso en duda la veracidad del suceso y el lugar geográfico de ocurrencia, a lo menos durante siglo y medio después de la primera edición del viaje de Van Noort, pues el mismo historiador holandés estableció que una posterior publicación referida al viaje de que se trata, aparecida en 1768 (una relación condensada) y debida al editor inglés Edward Cavendish Drake (A new Universal Collection of Authentic and Entertaining Voyages and Travels), fue acompañada por un grabado que representaba la matanza como realizada en una de las islas de los Pingüinos, y que en opinión de Van Groesen está inspirada en la precedente ubicada en el cabo Orange.

En este respecto cabe abundar en la libertad que se tomaba los grabadores (y editores de mapas y libros de viajes) para interpretar las informaciones y/o bocetos sobre observaciones hechos en el curso de los viajes de modo que, sin suponérseles necesariamente una intención de engaño, los lectores pudieran impresionarse –tal quizá era uno de sus propósitos, sino el principal– con representaciones de cuanto de curioso, fantástico, desmesurado o tremebundo podía encontrarse y verse en tierras lejanas y exóticas. Así debió suceder con la figuración del cruento incidente en el que intervino la gente de Oliverio Van Noort en 1599 en el estrecho de Magallanes.

En lo que toca al lugar del suceso, se sabe indubitablemente (fde De Weerdt y otras fuentes) que fue en una de las islas de los Pingüinos, al parecer en Marta, y no en el cabo Orange, durante su navegación inicial del Estrecho. Por si hubiera dudas en este respecto, remitimos al lector interesado a la consulta del mapa que da cuenta de todos los lugares por los que pasaron los barcos de la expedición (Fig. 7)19.

De esa manera, para concluir la digresión, sólo hubo un hecho de violencia protagonizado por la gente de Van Noort en el estrecho de Magallanes y este fue el que enfrentó a los holandeses con los kawéskar y que tuvo ocurrencia en las islas de los Pingüinos, no entre aquéllos y los selk’nam en el cabo Orange de la isla grande de tierra del Fuego. Vale por ello en lo que a nuestro trabajo historiográfico concierne rectificar las correspondientes referencias por amor a la verdad. Así adelanta el conocimiento histórico, precisándolo y rectificándolo con fundamento cuando cabe, como es el caso. A olvidar también, por tanto, la imagen intelectual asumida, que ahora sabemos involuntariamente equivocada, que al situar el suceso interétnico de las postrimerías del siglo XVI en el caso de Orange, diera a los selk’nam el triste privilegio de haber sido víctimas tempranas de la inhumanidad de los foráneos.

Concluyendo nuestra referencia al paso de Van Noort por las islas de los Pingüinos, debe mencionarse que cuando el capitán de Weerdt retornó a las mismas al promediar enero de 1600, sus hombres encontraron una mujer indígena que resultó ser la única sobreviviente de la matanza hecha por la gente del primero y que no obstante hallarse herida había conseguido ocultarse de los holandeses en una cueva20. La descripción hecha por Weerdt sobre la misma (aspecto, escasa vestimenta, adornos), como sobre el cadáver y armas de uno de sus infortunados compañeros, es hasta donde sabemos la primera conocida para gente de la parcialidad más oriental de los antiguos canoeros del Estrecho21.

La expedición de Spilbergen (1615)

Tres lustros después que los holandeses de Cordes y Van Noort se alejaron del estrecho de Magallanes, llegaron hasta las aguas australes las naves que integraban una tercera expedición de semejante carácter y objetivos a las precedentes, esta vez a cargo de Joris Van Spilbergen. De su rápido paso, sin incidentes dignos de mención, que incluyó como correspondía una recalada en las islas de los Pingüinos con las consiguiente faena cinegética para el reaprovisionamiento alimentario, quedaría entre otros documentos del mapa originario en la misma Tijpus Freti Magellanici quod Giorgius Spilbergius cum clase lustravit (1619). En esta pieza como otras de la producción cartográfica holandesa contemporánea, la ornamentación incluye al pingüino como figura natural caracterizadora presentándolo como un pájaro antropoide cabezón y descomunal del porte de un grupo de figuras humanas (nativos y holandeses) que ilustran las cartas. De esa manera acabaría por reafirmarse la ya inseparable asociación entre las navegaciones holandesas y su iconografía representativa con una de las aves más típicas de la fauna magallánica.

Tras el viaje de Spilbergen ninguna otra nave de su bandera volvería a surcar en siglos las aguas del estrecho de Magallanes.

CONSECUENCIA PARA LAS CIENCIAS GEOGRÁFICAS Y NATURALES

Desde largo tiempo atrás en el curso de nuestros trabajos referidos a la cartografía histórica nos llamó la atención la, por así llamarla, sobrevaloración dada por los antiguos cartógrafos a las islas de las que nos ocupamos, sin embargo de su pequeño tamaño, hecho que les otorgó una importancia relativa casi exagerada. Pero así fue en efecto, y reflexionando sobre el punto podemos concluir que fue el hecho natural de su riqueza animal el que determinó tal importancia, habida cuenta de otro suceso, ahora real, como fue la escasez alimentaria que invariablemente se registró en todas las naves que pasaron por el estrecho de Magallanes durante el siglo XVI y parte del XVII, que hubo de ser extrema en algunos casos como fuera el de los holandeses de Cordes. De allí que encontrarse con estas "despensas naturales" que sobreabundaban de alimentos, al paso y a la mano, fue cosa providencial, digna por tanto de mención relevante para los navegantes. De esa manera se situaron en el conocimiento de los hombres de mar y permanecieron en él por derecho propio con vigencia de siglos.

Cabe precisar que si bien los pingüinos se harían famosos tras estas visitas europeas y darían al fin denominación grupal a las pequeñas islas, los antecedentes entregados sugieren que tal vez las aves más cazadas fueron los cormoranes, como que los registros respectivos dan cuenta de varios miles de ejemplares. La verdad es que los europeos, como antes y después de ellos los indígenas, debieron predar sobre todas las especies aviares y sus huevos, aunque es posible que se prefrieran a los pingüinos por su mayor abundancia de carne y grasa por individuo. Como haya sido, estos pájaros se llevaron la fama para la historia. De ese modo la cartografía holandesa –la más importante de la época– recogió tal circunstancia asociándola a los territorios insulares visibles al término del primer tercio del estrecho de Magallanes en su transcurso de oriente a occidente, destacándolos sobre otros accidentes del gran canal interoceánico. Así el aspecto que interesa tuvo una rápida difusión universal inicialmente con los mapas holandeses y luego con los publicados por los españoles, ingleses y franceses que recogieron las noticias geográficas aportadas por los primeros (Fig. 5). Ello en lo que se refere a las geografías Física y Descriptiva.

Fig. 5. Mapa de B. Van Doet (hacia 1620).

En lo concerniente a la Historia Natural, los pingüinos provocaron tal impresión en los europeos que antes de su llegada a los litorales australes desconocían ese género de aves, que tan pronto como se pudo –los afortunados que consiguieron retornar a sus países de origen– se difundió la novedad de su existencia de palabra, por escrito o en forma gráfica para maravilla de auditores y/o lectores. Los vehículos de trasmisión de tan estupenda noticia zoológica –una más de las tantas que brindó el Nuevo Mundo a Europa tras el hallazgo colombino y hasta el siglo XVIII a lo menos–, fueron las relaciones impresas, los mapas y grabados realizados por los artistas (dibujantes y grabadores) y maestros cartógrafos holandeses del siglo XVII, período áureo para la economía, el arte, la cultura y por ende para la prosperidad de los Países Bajos. Algunas de esas piezas devendrían clásicas en la iconografía sobre la naturaleza americana y, de paso, en la correspondiente a la mitología generada tras los descubrimientos y primeras exploraciones.

Cabe abundar sobre la importancia de los grabados de la época como gran elemento de divulgación de la novedad naturalista. En efecto, los mismos tuvieron, por lejos, una mayor eficacia difusora que las relaciones impresas de los viajes. Para contemplar un grabado no hacía falta saber leer, bastaba mirar bien el dibujo para impresionarse e imaginar libremente cómo sería aquello en verdad, quizá más espectacular que lo que se representaba. Tal ha sido –y lo será siempre– la fuerza de la imagen por sobre la palabra escrita, a lo menos para la información del vulgo. De esa manera, las imágenes producidas quedaron tempranamente incorporadas al patrimonio figurativo de la región Magallánica, con valor de íconos, y como tal al rico acervo histórico-cultural de la misma.

Para la historia zoológica en particular, los navegantes bátavos dejaron, por mano de Sebald de Weerdt, la primera y cabal descripción de la nueva especie para el mundo lector europeo:

Estas aves, cuya razón y naturaleza todavía no describí, se llaman Pinguins o Pinguine, por la gordura que les es natural. Los más añosos de ellos pesan trece, catorce o dieciséis libras; los más jóvenes tienen un peso de ocho y doce libras. Tienen dorso negro y vientre blanco, de modo que es casi igual el número de plumas blancas y negras. La mayoría de ellos tiene rodeado o marcado el cuello con un círculo blanco. Quitada su piel, ésta es semejante a la de los peces y tienen una grasa como la de los cerdos. Su pico es más grande que el de los cuervos pero menos curvo. Su cuello es breve y gordo. La mole de su cuerpo es como la del ganso; su parte inferior se contrae. Carece de alas; con ellas pueden nadar muy velozmente. Gran parte del año la pasan en las aguas y no van a tierra sino para incubar los huevos. En sus nidos hay por lo común tres o cuatro de ellos. Los pies son negros, extendidos como los de los gansos, aunque más angostos. Cuando avanzan, lo hacen con el cuerpo erguido y con sus plumas hacia abajo meciéndose a modo de brazos, de modo que de lejos parecen pigmeos caminando. Se alimentan sólo de peces, pero no saben a ellos al ser cocinados sino que tienen un sabor muy grato. Hacen sus escondrijos en túmulos arenosos, profundamente bajo tierra, al modo de los conejos. Por eso, la tierra está por todas partes cavada, de modo que quienes pasan caen a veces hasta las rodillas en sus fosas y son mordidos por los pingüinos que incuban22.

Es posible que en verdad esta descripción haya sido hecha originalmente por el cirujano Barent Janz Potgieter en su Diario y transcrita por De Weerdt en su relación, pues el mismo lo menciona en su escrito como una de sus principales fuentes.

Recordemos al efecto que tempranamente en los viajes de antaño los cirujanos embarcados tenían como responsabilidad complementaria a la del cuidado de la salud, todo lo concerniente a la historia natural de los países visitados, por estimársela parte de su quehacer profesional. La suposición se afirma además en el hecho conocido de la intervención de Barent Janz Potgieter en la información que hizo posible el diseño de uno de los más bellos mapas holandeses de la región Magallánica, Freti Magellanici ac Freti vulgo LeMaire exactissima delineatio (1635), cuya autoría ha sido atribuida al maestro cartógrafo Henricus Hondius. Pues bien, en esta pieza en su parte central superior junto a las Islas de los Pingüinos aparecen figuradas dos de estas aves enfrentadas entre sí, como reforzamiento de la idea de la asociación de su presencia con aquellos territorios insulares del Estrecho23.

De Weerdt llevó a su patria –y a Europa- entre otras noticias de interés la de la existencia de tan novedosa especie zoológica, información que se difundió rápidamente ayudada por la visión de los grabados que mostraban al pájaro y la forma de su captura (Figs. 3 y 5).

Buenos ejemplos de lo afirmado son dos obras de la época. Una, la Histórica Relación del Reino de Chile, escrita por el Padre Alonso de Ovalle de la Compañía de Jesús e impresa en Roma en 1646. Este libro, todo un clásico de la literatura colonial chilena y que ofrece un panorama integral sobre el territorio, sus recursos y habitantes, incluye noticias sobre el conocimiento geográfico adquirido a través de diferentes exploraciones de europeos. Entre sus fuentes estuvo la relación del viaje de Spilbergen, así como las publicaciones que los hermanos Juan y teodoro de Bry hicieron sobre los viajes holandeses y que son reiteradamente mencionadas en el texto del libro. La obra fue acompañada por un mapa, Tabvla Geographica Regni Chile, de la que se conocen tres versiones que, en lo que interesa, contienen entre sus elementos ornamentales la figura de un pingüino que parece ser una reproducción de la imagen contenida en el mapa de aquel navegante, ya citado. En la más elaborada de esas versiones, la manuscrita de la que únicamente se conocen dos ejemplares (uno en la Biblioteca Nacional de París y otro en la John Carter Brown Library Providence EE.U.U. de América la imagen tiene a su pie la siguiente leyenda HUIUS MODI AVEM ALIT CHILENSIS REGIO, QUAE NON INCLINATO IN TERRA, SED IN CELUM ELATO CAPITE HOMINUN MORE DEAMBULAT (LOS CHILENOS CRIAN EStA AVE DE MODO QUE NOS INCLINA A LA TIERRA, SIN EMBARGO ELLA CAMINA CON LA CABEZA ERGUIDA COMO ACOSTUMBRAN LOS HUMANOS)24.

La otra obra es la narración de los viajes del alemán Caspar Schmalkalder a las Indias Orientales y Occidentales entre 1642 y 1652. En la parte correspondiente a las primeras lo hizo embarcado en una nave holandesa en un trayecto comprendido entre Pernambuco, en la costa del Brasil, y Valdivia, en el litoral central de Chile, oportunidad que aprovechó para describir y dibujar los habitantes y recursos naturales de las tierras recorridas. Entre estos se contaron las especies animales que más le llamaron la atención a este cronista –el pingüino entre ellas–, de las que dejó cuidadosas y bien logradas representaciones25. De esa manera el pingüino de Magallanes cimentó su fama e ingresó al acervo de la ciencia zoológica universal (Fig 6).

Fig. 6. Pingüino según dibujo de C. Schmalkalden.

Fig. 7. Plano que muestra el trayecto de las naves de Vaan Noort en el estrecho de Magallanes.

Y todo, es claro, gracias a una presencia holandesa que desde principio a fin apenas alcanzó a tres lustros, pero con consecuencias que duran ya varios siglos.

AGRADECIMIENTOS

El autor deja constancia de su reconocimiento hacia el arqueólogo señor Roberto Campbell por su amabilidad para informar sobre las investigaciones realizadas por el historiador Michiel van Groesen referidas a la familia de grabadores y editores fundada por Teodoro De Bry.

 

NOTAS

1 Alejandro Silva, Biodiversidad Isla Magdalena. Monumento Natural Los Pingüinos (Corporación Nacional Forestal, Punta Arenas 2008).

2 El naturalista Enrique Ibar Sierra observó durante su visita en 1877 una lechuza, probablemente el nuco (Asio fammeus), especie de ave rapaz habitante de espacios abiertos y que anida en el suelo. Esta especie es muy rara de ver y por largo tiempo se la ha tenido por desaparecida de Magallanes.

3 Diario el naturalista Enrique Ibar Sierra etc., en Marinos de a caballo. Exploraciones terrestres de la Armada de Chile en la Patagonia Austral y la Tierra del Fuego (M. Martinic, editor, Ediciones de la Universidad de Magallanes-Universidad de Playa Ancha de Ciencia de la Educación, Valparaíso 2002), pág. 67.

4 Tan cierto es ello que hemos encontrado representada su presencia como accidente referencial en el primer mapa, atribuido a Pedro reinel (ca 1522) que recogió las primeras noticias sobre el descubrimiento del Estrecho aportadas por el desertor Esteban Gomes a su retorno a España con la nao San Antonio (M. Martinic B., El protomapa de Chile, Boletín de la Academia Chilena de la Historia N° 114: 175-182, Santiago 2005)

5 Samuel E. Morison the European Discovery of America. The Southern Voyages 1492-1616 (Oxford University Press, New york 1994), pág. 378. Según este historiador no dieron nombre al pájaro si no que simplemente lo llamaron "pato sin alas".

6 R elación titulada "El admirable y prospero viaje del venerable maestre Thomas Candish, de trinley, Condado de Suffolk, al Mar del Sur, desde allí alrededor del mundo, comenzando en el año de 1586 de Nuestro Señor, y terminado en 1588. Escrito por el maestre […] últimamente en Ey, Suffolk, un gentil hombre que participó en el viaje". En Pedro Sarmiento de Gamboa Viajes al Estrecho de Magallanes (Emecé Editores S. A., Buenos Aires 1950), tomo II, pág. 367.

7 Citado por robert O. Cunningham en Notes en The Natural History of the Strait of Magellan and west coast of Patagonia made during the voyage of the H.M.S. "Nassau" in the years 1866, 67, 68 y 69 (Edimburgh 1871), págs. 273 a 275.

8 Historia del estrecho de Magallanes (Editorial Andrés Bello, Santiago 1977). También puede verse Historia de la Región Magallánica (Ediciones de la Universidad de Magallanes, Punta Arenas 1992 y 2006), en cada caso el tomo I.

9 Relación histórica o verdadera y genuina consignación y descripción de aquella navegación que 5 naves el mes de junio del año 1598 partieron de Amsterdam con intención de atravesar el estrecho de Magallanes en dirección a las islas Molucas. En Descubrimiento del Cabo de Hornos. Relación histórica de dos navegaciones holandesas (Eudeba, Buenos Aires 2010), pág. 75.

10 Esta tumba fue rastreada en el 2011 por el arqueólogo Alfredo Prieto pero sin éxito.

11 Op. cit., pág. 75.

12 Id. pág. 81.

13 Ibid., pág. 123.

14 Ibid., pág. 125.

15 De Weerdt, op. cit. pág. 109.

16 Van Noort fue el sexto navegante que dio la vuelta al mundo y el primer holandés en hacerlo, hecho que por sí solo le brindaría fama entre sus compañeros.

17 Cfs. nuestro artículo. The Meeting of two cultures, Indians and Colonists in the Magellan region(En Patagonia Natural History, Prehistory and Ethnografy at the uttermost end of the Earthx, C. Mcewan, L.A. Borrero, A. Prieto editors. The British Museunm, Lomdres 1997).

18 The Representations of the Overseas World in the De Bry Collections of Voyages (2008).

19 Este mapa es la reproducción del elaborado por la Sociedad Linschoten e incluido en el tomo XXVII para ilustrar la publicación del diario de viaje de la segunda expedición holandesa al estrecho de Magallanes al mando de van Noort. Si bien de primera el trazado de la navegación intrafretana sugiere que no hubo recalada en la costa fueguina (cabo Orange), si se observa con cuidado se ve la palabra Wilde (salvajes) que sugiere siquiera una recalada breve y avistamiento de los naturales, aunque no trato con los mismos.

20 De Weerdt, op. cit., pág. 122. Esto prueba que tal tipo de formación natural se da en los acantilados de Marta y Magdalena, circunstancia que se comparte con accidentes similares del género que se abre en el litoral del cabo Oran-ge, lo que habría ayudado a la confusión de lugares en el grabado que interesa, haciéndolo más verosímil.

21 Ibid. págs. 122 y 123.

22 Ibid. pág. 124.

23 Inclusive se utilizó al pingüino de Magallanes como figura heráldica, tal como puede observarse en el escudo ornamental incluido en el mapa del estrecho de Magallanes construido por Guillermo Blaeu y publicado hacia 1620-25, en cuya autoría se ve la inspiración (y tal vez la mano) del cirujano de Het Geloof. A este emblema lo entendemos como el correspondiente a la Hermandad del León Desencadenado instituida por el almirante Simón de Cordes en la ceremonia realizada en la bahía de los Caballeros, (ridders Baij), isla Santa Inés, a fines de agosto de 1599.

24 Traducción libre del Prof. Dr. Salvatore Cirillo.

25 Cfr. Die Wundersamen Reisen des CASPAR SCHMALKALDEN nach West-und Ostindien 1642-1652 (Wolfgang Joost. F.A. Brochaus Verlag. Leipzig 1983). Descripción y figura en las páginas 36 y 37.

 

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Recibido: 22/10/2011 Aceptado: 30/05/2012 Versión final: 15/10/2012

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