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</front><body><![CDATA[ <p><font size="2" face="Verdana">PSYKHE&nbsp; </font><font size="2" face="Verdana">2011,        <br>   Vol. 20, N&deg; 2, 79-86&nbsp;</font></p>     <p align="right"><strong><font size="2" face="Verdana">SECCI&Oacute;N ESPECIAL: VIOLENCIA  ESCOLAR    <br> SPECIAL SECTION: SCHOOL VIOLENCE</font></strong></p>     <p><font size="4" face="Verdana"><b>Múltiples Perspectivas Sobre un Problema Complejo:    Comentarios Sobre Cinco Investigaciones en Violencia Escolar</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3" face="Verdana"><b>Multiple Perspectives on a Complex Problem:    Comments on Five Studies on School Violence</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="2" face="Verdana"><strong>Enrique Chaux </strong>    <br>   Universidad de los Andes, Colombia</font></p> <hr width="100%" size="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>     <p><font size="3" face="Verdana"><b>El Problema de la Violencia Escolar Requiere    Múltiples Perspectivas</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">La violencia en el contexto escolar es un problema    serio en toda América Latina. Varios estudios han mostrado prevalencias altas    en países como Argentina, Colombia, Chile y México (e.g., Aguilera, Muñoz &amp;    Orozco, 2007; Chaux &amp; Velásquez, 2008; Kornblit, Adaszko &amp; Di Leo, 2008;    Madriaza, 2008). Hoy sabemos, también, que la agresión que sufren muchos estudiantes    puede tener consecuencias académicas y psicológicas graves en el corto y largo    plazo (e.g., De-Luca, Pigott &amp; Rosenbaum, 2002, Abril; Forero, McLellan,    Rissel &amp; Bauman, 1999; Gladstone, Parker &amp; Malhi, 2006). Somos conscientes    de que no es fácil lograr disminuciones efectivas en la agresión. Incluso, algunas    evaluaciones rigurosas no han encontrado cambios significativos en programas    bien estructurados (Social and Character Development Research Consortium, 2010).    Es decir, es un problema serio y muy prevalente, que debemos comprender mejor    para identificar, ensayar y evaluar constantemente nuevas alternativas para    prevenirlo. Este compendio es una muestra clara del tipo de investigaciones    que necesitamos para avanzar hacia esa comprensión.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Una de las principales contribuciones de este    compendio de artículos es la diversidad de perspectivas que presenta. Un problema    tan complejo como la violencia escolar requiere una mirada integral que abarque    las perspectivas de los distintos actores involucrados. Varios artículos de    este volumen incluyen la perspectiva de dos de los actores centrales de las    dinámicas escolares: los estudiantes (Dias, Lisboa, Koller &amp; DeSouza; López    et al.; Potocnjak, Berger &amp; Tomicic) y los profesores (López et al.; Pérez).    Adicionalmente, otros actores, como directivas, orientadores, psicólogos, asistentes    de la educación, padres, madres y apoderados, fueron incluidos en la investigación    de López et al. Esta diversidad de miradas sobre el problema genera una gran    riqueza de información que no es común en trabajos académicos sobre el tema,    los cuales tienden con frecuencia a estudiar exclusivamente a los estudiantes.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Otra gran fortaleza de este grupo de investigaciones    es la diversidad de metodologías empleadas. Entre los métodos de recolección    de datos usados están cuestionarios basados en nominaciones (Dias et al.), cuestionarios    de autoreporte de conductas (Varela), cuestionarios de reporte de observación    de conductas entre compañeros (Varela), entrevistas individuales semi-estructuradas    (López et al; Potocnjak et al.), grupos focales (López et al; Potocnjak et al.),    encuestas basadas en viñetas (Pérez), observaciones no participantes (López    et al.) y revisión de documentos (López et al.). Esto permite una diversidad    de tipos de análisis que van desde estrategias cuantitativas, como las ecuaciones    estructurales (Dias et al.), hasta estrategias cualitativas, como la teorización    enraizada (Potocnjak et al.) o la producción de repertorios </font><font size="2" face="Verdana">interpretativos    (López et al.). Todo esto representa un gran avance en un campo dominado principalmente    por los análisis cuantitativos basados en datos recogidos exclusivamente por    cuestionarios.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">A continuación busco destacar algunos de los    aportes que hace esta serie de artículos a la comprensión del fenómeno de la    violencia escolar, particularmente desde la perspectiva de los estudiantes,    los profesores, la comunidad educativa y el contexto cultural. En cada caso,    además de señalar los avances más relevantes, busco identificar implicaciones    prácticas para el diseño de intervenciones, así como posibles vacíos que podrían    ser cubiertos por futuras investigaciones. Finalmente, presento algunas sugerencias    para políticas públicas que podrían derivarse de los resultados encontrados.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"><b>Perspectiva de los Estudiantes</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Como una adolescente lo señala en el estudio    de Potocnjak et al., &quot;ustedes los grandes no saben lo que pensamos nosotros,    no nos toman en cuenta&quot;. Esta queja es válida y resulta irónico pretender    promover la convivencia pacífica entre los estudiantes sin escucharlos atentamente.    Algunos de los estudios de este volumen contribuyen a superar esta limitación.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Varios de los estudiantes entrevistados muestran    que la violencia escolar no solamente involucra a unos pocos estudiantes agresivos,    sino que implica una dinámica grupal. Ellos describen el papel fundamental que    juegan diversos roles, como la &quot;fianza&quot; (defensores), los &quot;carboneros&quot;    (instigadores) y los testigos (Potocnjak et al.). Estos roles son similares    a los definidos por Christina Salmivalli y su grupo en Finlandia (Salmivalli,    Lagerspetz, Bjorkqvist, Osterman &amp; Kaukiainen, 1996) con respecto a situaciones    de bullying: a) víctimas: sufren la intimidación; b) intimidadores líderes:    inician y lideran la intimidación; c) asistentes: ayudan a el/la líder de la    intimidación, por ejemplo, reteniendo a la víctima o participando en la intimidación    después de que el/la líder la ha iniciado; d) reforzadores: al reírse, al incitar    o, simplemente, al servir de audiencia, terminan reforzando la intimidación;    e) defensores: intervienen para frenar la intimidación, para defender de maneras    no agresivas a la víctima o para consolar a la víctima una vez la agresión ha    terminado y f) externos: se alejan de las situaciones de intimidación o no están    presentes cuando ocurren. Tal como lo han mostrado varios estudios, las dinámicas    de agresión dependen sustancialmente de lo que hagan esas otras personas que    están alrededor (Craig &amp; Pepler, 1997; Hawkins, Pepler &amp; Craig, 2001).    Esto tiene implicaciones muy relevantes para las intervenciones porque, en vez    de buscar directamente que los agresores dejen de serlo, puede ser más efectivo    lograr que algunos observadores pasivos decidan asumir el rol de defensores    y, al hacerlo, frenen una dinámica que reforzaba la agresión. El hecho de que    algunos adolescentes en el estudio de Potocnjak et al. indiquen que los roles    son móviles da más impulso a esta alternativa. Además, algunos programas de    prevención basados en esta idea, como KiVa (Karna et al., 2011; Salmivalli,    Karna &amp; Poskiparta, 2009) o Aulas en Paz (Chaux, en prensa), han mostrado    resultados importantes.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Algunos adolescentes entrevistados indicaron    que la agresión puede brindar popularidad y estatus social, es decir, a veces    puede ser funcional y adaptativa (Potocnjak et al.). A pesar de que Dias et    al. no encontraron una relación significativa entre agresión y popularidad,    varios estudios han mostrado que algunos adolescentes pueden ser simultáneamente    populares y agresivos, mientras otros pueden ser populares y prosociales (e.g.,    Rodkin, Farmer, Pearl &amp; Van Acker, 2000). El hecho de que la agresión pueda    ser funcional al traer beneficios en sus grupos no quiere decir, sin embargo,    que deba ser aceptada. Entender qué es lo funcional en la agresión es central,    porque ayuda a comprender mejor sus orígenes y saber mejor cómo prevenirla.    La agresión debe prevenirse siempre porque puede generar daños físicos, emocionales    y/o sociales en quienes la reciben. Intervenciones que promuevan que los estudiantes    no valoren la agresión de sus compañeros, sino que, en cambio, promuevan la    popularidad de quienes actúen de manera prosocial, podrían ser muy efectivas    porque llegan directamente a aquello que más buscan muchos niños, niñas y adolescentes:    el reconocimiento de sus pares.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">Varios estudiantes entrevistados resaltaron la    importancia del rol que pueden cumplir los demás actores de la comunidad educativa,    especialmente profesores y padres. Sobre los padres y madres de familia, por    ejemplo, destacaron la necesidad de que puedan brindar afecto, apoyo, confianza    y atención (Potocnjak et al.). Con respecto a los profesores, mencionaron que    deberían ser fuente de autoridad y afecto, simultáneamente. Estas ideas son    muy coherentes con estudios que indican que los estilos parentales y docentes    que combinan autoridad con afecto están asociados con un mejor desarrollo emocional,    social y académico (Baumrind, 1973; Hughes, 2002). Estos son estilos en los    que sí hay límites y normas claras que se aplican consistentemente, pero estos    límites y normas son concertados con los niños o adolescentes. Además, en estos    estilos las relaciones padres-hijos o profesores-estudiantes se caracterizan    por el afecto y la comunicación, nunca por el maltrato o la imposición por la    fuerza. Esto indica que las intervenciones deben llegar tanto a padres como    a profesores, buscando promover este tipo de estilos parentales y docentes,    dado que muchos padres o profesores creen erróneamente que solo hay dos extremos:    o ser autoritario, imponiendo el orden, a veces incluso por la fuerza, o ser    permisivo, brindando cariño y dando libertad de acción. En cualquier caso, los    comentarios de los estudiantes resaltan la importancia de que las intervenciones    sean integrales, buscando involucrar al resto de la comunidad educativa, especialmente    a los padres y profesores. Este tipo de intervenciones integrales son cruciales,    como lo muestra Varela en su evaluación.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Tomar en cuenta la perspectiva de los estudiantes    es fundamental. Sin embargo, sería un error implementar directamente sus recomendaciones    sin pasar por un proceso de análisis crítico y evaluación. Por ejemplo, como    lo muestran Potocnjak et al., algunos adolescentes parecen creer que la agresión    es la mejor manera para ejercer la disciplina y frenar la agresión, que los    padres tienen derecho al maltrato (&quot;ellos tienen más derecho&quot;), o    que a veces las víctimas se merecen la agresión que reciben (&quot;algo habrá    hecho&quot;). Es claro que si no se toma en cuenta la visión de los estudiantes    se pueden generar visiones sesgadas y limitadas sobre la realidad, pero también    es claro que no todas las sugerencias de los estudiantes son coherentes con    lo encontrado en estudios rigurosos. Quizás se requiere escucharlos, pero se    deben tomar sus perspectivas y recomendaciones como hipótesis que siempre deben    verificarse con nuevos estudios y evaluaciones que involucren, idealmente, diversas    perspectivas y enfoques metodológicos.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"><b>Rol de los Profesores</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Los profesores están en un lugar privilegiado    desde el cual pueden contribuir a prevenir la agresión y promover la convivencia,    como algunos lo reconocen (López et al.). Es claro que este lugar privilegiado    no puede significar que deban asumir todo el peso de la responsabilidad. La    prevención de la violencia debe ser una responsabilidad compartida entre la    familia, la escuela y la sociedad en general y se necesita que cada uno cumpla    su parte para que se puedan realmente lograr cambios de manera integral. Sin    embargo, López et al. reportan que algunos profesores parecen responsabilizar    de los problemas de violencia escolar a factores externos incontrolables, como    la existencia de casos de estudiantes problemáticos, padres despreocupados,    instalaciones físicas insuficientes o, incluso, un sistema educativo deficiente    (López et al.). Esto puede llevar a que algunos profesores se desliguen de su    responsabilidad, al creer que no van a poder contribuir a mejorar la convivencia.    En otras palabras, si tienen una baja autoeficacia para generar cambios (es    decir, si no creen en su propia capacidad para lograrlo; Bandura, 1989), pueden    llegar a considerar que esa no es su responsabilidad. Por ejemplo, quienes creen    que la violencia escolar se debe solamente a estudiantes problemáticos que tienen    padres despreocupados con frecuencia consideran que la solución es sacar a esos    estudiantes de la escuela, aunque, al hacerlo, estarían renunciando a su función    formadora y trasladando el problema a otro colegio o a la calle.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Visiones más complejas sobre el problema de la    violencia escolar podrían, en cambio, brindar más alternativas a los profesores    sobre el rol que podrían asumir en la promoción de la convivencia. Por ejemplo,    cuando la agresión escolar se ve como una dinámica grupal, la solución preferida    no es sacar a algunos, sino cambiar lo que el grupo valora o cómo el grupo responde    </font><font size="2" face="Verdana">ante las situaciones de agresión. Una formación    de profesores que promueva la comprensión de que un estudiante recurre con frecuencia    al <i>bullying </i>como una manera para conseguir reconocimiento y popularidad    en su grupo puede ayudar a que consideren nuevas alternativas como, por ejemplo,    generar acuerdos con toda la clase para que los observadores rechacen cualquier    acto de agresión de sus compañeros, en vez de derivar al departamento de psicología,    orientación o a instancias disciplinarias a los agresores o a las víctimas.    Este tipo de alternativas ayuda a recuperar la creencia de los profesores en    que ellos sí pueden cumplir un rol central en la promoción de la convivencia    desde sus salas y escuelas.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Los estudios presentados en esta compilación    también parecen indicar que muchos profesores necesitan una mejor comprensión    sobre los tipos de agresión y sus dinámicas. Pérez muestra que, aunque la mayoría    comprende la gravedad de las situaciones de bullying físico y verbal, algunos    no le dan la misma importancia al bullying relacional y están menos dispuestos    a intervenir en esos casos. Algunos profesores hombres, por ejemplo, parecen    empatizar más con víctimas de bullying físico que con víctimas de bullying verbal    o relacional, mientras que profesoras mujeres empatizan por igual con las víctimas    de todos los tipos de bullying. Esto es muy relevante porque los estudiantes    requieren que los profesores, quienes en muchas situaciones representan para    ellos la única figura de autoridad accesible, les brinden todo el apoyo ante    cualquier situación de bullying, incluso cuando no tienen heridas físicas que    mostrar. Los procesos de formación de profesores deberían prepararlos para que    puedan identificar los distintos tipos de agresión, comprender las graves consecuencias    que todo tipo de bullying puede generar y estar dispuestos a intervenir para    que ningún tipo de maltrato ocurra entre sus estudiantes. Asimismo, es importante    que la formación de docentes les ayude a diferenciar el bullying de situaciones    de agresión que no son repetidas o sistemáticas y a diferenciar el bullying    de conflictos, dado que las respuestas útiles para el manejo de conflictos,    como, por ejemplo, la mediación por parte de pares, no son recomendables para    el manejo del bullying (Chaux, en prensa).</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Todo lo anterior resalta la importancia del rol    que tienen los profesores en la promoción de la convivencia escolar. Los profesores    de todas las áreas deben enfrentar con mucha frecuencia situaciones de agresión    y maltrato en sus clases y la manera como respondan es crucial para la dinámica    que tomarán estas situaciones. Un profesor que no responda ante situaciones    de agresión en su clase o que, incluso, participe en alguna burla, ofensa o    maltrato, estará, como mínimo, desperdiciando una oportunidad importante de    promocionar la convivencia pacífica y de prevenir futuras situaciones de agresión    y violencia. Sin embargo, es poca la formación que reciben los profesores sobre    cómo responder constructivamente ante este tipo de situaciones. De hecho, la    queja principal que tienen muchos profesores sobre la formación que recibieron    en facultades de educación es que no les enseñaron estrategias para manejar    asuntos de agresión y disciplina en sus clases (Jones, 2006). En un futuro cercano    todos los currículos de formación de profesores deberían incluir cursos y prácticas    específicas sobre este tema, si realmente queremos que todos tengan la capacidad    para asumir de manera responsable y efectiva el rol que tienen.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"><b>La Comunidad Educativa</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">La violencia escolar requiere ser trabajada de    manera integral, incluyendo a los estudiantes, profesores, orientadores y otros    profesionales, directivas y familias. No es una responsabilidad exclusiva de    los orientadores, como parecen sugerirlo varios de los participantes en el estudio    de López et al., especialmente si tomamos en cuenta que las dinámicas de grupo    que sustentan la mayoría de las situaciones de agresión no se pueden frenar    con intervenciones individuales. Eso hace particularmente difícil la solución    cuando no se logra una coordinación de esfuerzos desde los distintos frentes.    De hecho, es común que, en vez de coordinación, haya acusaciones mutuas del    estilo: &quot;esto es responsabilidad de los padres, ellos nos los traen mal    educados&quot; o &quot;esto es responsabilidad del colegio, para eso lo llevo    allá, para que lo eduquen&quot;. Justamente por esta razón, las intervenciones    deben involucrar a todos los actores, como la </font><font size="2" face="Verdana">descrita    por Varela o las recomendadas consistentemente por Olweus (1993). Intervenciones    que han mostrado impactos positivos en el largo plazo, como el programa de prevención    de Montreal, actúan de manera simultánea en la escuela y en las familias, incluso    realizando visitas frecuentes a los hogares de las familias de los niños que    muestran mayores problemas de agresión (Chaux, 2005; Vitaro, Brendgen &amp;    Tremblay, 2001).</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Asimismo, las intervenciones integrales no solamente    deben buscar mejorar el clima en las aulas, sino también el clima escolar en    general. Por ejemplo, si se quiere promover que los estudiantes sean capaces    de manejar sus conflictos de manera pacífica, los adultos de la institución    también lo deben hacer, no solamente en los conflictos que tienen con sus estudiantes,    sino también en los conflictos entre ellos: entre profesores, entre profesores    y directores, entre directores y padres de familia, entre otros. Es decir, las    intervenciones deben crear mecanismos de promoción de un clima escolar pacífico    incluyendo, por ejemplo, capacitación en el manejo de conflictos para directivos,    profesores y demás adultos de la comunidad educativa. De esta manera, se estaría    enviando un mensaje de consistencia que, no solamente ayuda al desempeño laboral,    sino a la formación para la convivencia pacífica de todos. Y este mensaje debería    empezar desde los primeros años, dada la enorme importancia que tiene la prevención    temprana de la agresión (Tremblay, Gervais &amp; Petitclerc, 2008).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana"><b>El Contexto Cultural</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Los estudios presentados en este compendio son    todos del contexto chileno, excepto el de Dias et al., realizado en Brasil.    En términos estrictos, no es posible generalizar los resultados encontrados    a otros contextos, ni siquiera a todo Chile, que en sí tiene una gran diversidad    de contextos culturales y escolares. Sin embargo, hay muchas similitudes entre    lo encontrado en estos cinco estudios y lo reportado por gran parte del campo    de estudio sobre agresión escolar. Pareciera haber más similitudes que diferencias,    lo cual podría sugerir que las dinámicas detrás del fenómeno de violencia escolar    pueden ser más comunes de lo que podríamos pensar dadas las diferencias culturales.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">A pesar de las similitudes, no es posible asumir    los resultados de estudios realizados en un contexto y usarlos en otros, sin    antes haber realizado una verificación de su aplicabilidad. Esto resalta la    importancia de estudios como el de Pérez que buscaba replicar y ampliar lo encontrado    por otros estudios internacionales sobre la menor relevancia que algunos profesores    le asignan al bullying relacional. Luego de esta réplica, se puede reafirmar    con mayor firmeza la importancia de realizar procesos de formación de profesores    para promover su comprensión del efecto negativo que puede generar el bullying    relacional.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">El estudio de Dias et al. no logró replicar resultados    de otros estudios sobre la relación directa entre popularidad y agresión o sobre    la prosociabilidad como factor protector contra el maltrato. Esto puede indicar    que en el contexto cultural brasilero donde fue realizado el estudio no se valora    la agresión de la misma manera que en otros contextos. De hecho, en su estudio    original, Rodkin et al. (2000) encontraron diferencias en la relación entre    popularidad y agresión en diversos contextos culturales. Sin embargo, también    es posible que la falta de relación entre popularidad y agresión se deba a diferencias    metodológicas con otros estudios. Por ejemplo, Dias et al. usaron técnicas estadísticas    que buscan asociaciones entre variables (ecuaciones estructurales), mientras    que Rodkin et al. (2000) usaron técnicas que agrupan personas con características    similares (análisis de conglomerados o <i>clusters). </i>Nuevos estudios comparando    contextos distintos, pero usando la misma metodología, se requieren para aclarar    mejor la relación entre popularidad y agresión o para identificar mejor el rol    de la prosociabilidad como posible factor protector.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Asimismo, Varela realizó una evaluación de un    modelo de intervención desarrollado en Estados Unidos, pero traducido y adaptado    al contexto chileno. Realizar este tipo de evaluaciones es fundamental, así    las intervenciones hayan sido muy exitosas en otro contexto. Sin evaluaciones    no sabemos si las acciones están teniendo el efecto buscado. Recientemente,    Farrington y Ttofi (2009) llevaron a cabo un meta-análisis de programas contra    el bullying y encontraron </font><font size="2" face="Verdana">que los programas    inspirados en el trabajo de Dan Olweus que han sido tan exitosos en Noruega    y en otros países europeos, no lo están siendo en Estados Unidos. Todavía no    es claro qué genera estas diferencias, pero una de las posibles explicaciones    es que los profesores en Estados Unidos tienen menos disponibilidad para participar    en estos programas, debido a que no cuentan con el tiempo necesario, lo cual    lleva a problemas en la implementación del programa. Es posible también que    en los países europeos se cumplan con más facilidad las normas escolares que    promueve el programa de Olweus (1993). Todo esto sugiere que puede haber contextos    culturales que favorecen más que otros la implementación y el impacto de un    programa. Es decir, los programas exitosos en otros contextos culturales representan    una gran fuente de inspiración, pero siempre requieren evaluaciones y adaptaciones    en los contextos locales donde se implementen, como las que reporta Varela.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Es claro que el contexto cultural es un factor    fundamental, como lo mencionaron varios de los estudios de este compendio haciendo    referencia al modelo ecológico de Bronfenbrenner (1979). Sin embargo, se requieren    más investigaciones que analicen su efecto de manera sistemática. Las réplicas    son útiles, pero requieren metodologías idénticas o similares para poder afirmar    que los resultados difieren o no dependiendo del contexto. En cualquier caso,    las similitudes entre contextos son tantas que lo encontrado en un contexto    debe servir por lo menos como hipótesis preliminar para explicar lo que ocurre    en otros contextos o como inspiración para considerar posibles intervenciones    que luego tendrán que ser evaluadas.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"><b>Implicaciones Para Políticas Públicas</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Los estudios que hacen parte de este compendio    sugieren diversas ideas para ser consideradas seriamente en planes de políticas    públicas. Quiero aquí resaltar tres implicaciones:</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"><b>Capacitación de Profesores en Ejercicio y    de Profesores en Formación</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Como lo muestran varios de los estudios, los    profesores, y quienes se están formando para serlo, requieren formación que    les permita identificar y diferenciar los diversos tipos de agresión que ocurren    en el contexto escolar y contar con herramientas prácticas para prevenir y responder    adecuadamente a este tipo de situaciones. Los currículos de formación de docentes    deben promover una comprensión clara y un manejo adecuado de estos temas. Todo    profesor recién graduado de su licenciatura, en cualquier área, debe ser capaz    de promover un clima constructivo en sus aulas, manejando constructivamente    cualquier situación de agresión o indisciplina y promoviendo que los mismos    estudiantes aprendan a frenar situaciones de maltrato entre compañeros. Debe,    además, ser capaz de manejar pacíficamente cualquier conflicto que tenga con    sus estudiantes, con colegas o con cualquier otro miembro de su comunidad educativa.    Esto no solamente contribuiría a prevenir la agresión y promover la convivencia,    sino que seguramente contribuiría a mejorar el desempeño académico de los estudiantes,    así como la motivación, involucramiento y autoeficacia de los mismos profesores.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana"><b>Promoción de Programas Integrales</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Varios de los estudios muestran que la violencia    escolar no puede tratarse como algo generado exclusivamente por individuos problemáticos,    sino como un asunto complejo que involucra a diversos actores de la comunidad    educativa y que debe tratarse con programas integrales que busquen influir en    las dinámicas de grupo, en el clima de aula, en el clima escolar y en el clima    familiar. Las políticas públicas sobre violencia escolar deben incluir desarrollo,    adaptación y promoción de programas integrales que le lleguen a estudiantes,    profesores, directivas, padres de familia y demás miembros de las comunidades    educativas, incluso realizando esfuerzos adicionales con quienes más lo necesitan    por estar en mayor riesgo de problemas de violencia más adelante (Chaux, 2005,    en prensa).</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"><b>Apoyo a Nuevas Evaluaciones</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Varela indica que se han realizado muy pocas    evaluaciones rigurosas de los programas de intervención existentes. Sin estas    evaluaciones no es posible saber si los programas están teniendo el efecto buscado.    Es posible que se estén desperdiciando muchos recursos al no estar promoviendo    los programas que más efecto podrían estar teniendo. Realizar evaluaciones rigurosas    es costoso y complejo en términos técnicos, por lo cual es fundamental el apoyo    del Estado. Convocatorias que garanticen el apoyo técnico de expertos (ver,    por ejemplo, Social and Character Development Research Consortium, 2010) pueden    tener un enorme impacto, porque garantizan que se genere capacidad en estrategias    rigurosas de evaluación. Sin evaluaciones rigurosas, la legislación que se ha    desarrollado y los grandes esfuerzos que se están realizando se pueden perder.    En el fondo, el costo que las evaluaciones implican es bajo en comparación con    el enorme beneficio que generan, tanto en la promoción de convivencia pacífica    y la formación integral de ciudadanos como en la promoción de un mejor desempeño    académico.</font></p>     <p><font size="3" face="Verdana"><b>Referencias</b></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Aguilera, M. A., Muñoz, G. &amp; Orozco, A. (2007).    <i>Disciplina, violencia y consumo de sustancias nocivas a la salud en escuelas    primarias y secundarias de México. </i>Ciudad de México, México: Instituto Nacional    Para la Evaluación de la Educación.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700001&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Bandura, A. (1989). Human agency in social cognitive    theory. <i>American Psychologist, 44, </i>1175-1184. doi:10.1037//0003-066x.44.9.1175</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700002&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Baumrind, D. (1973). The development of instrumental    competence through socialization. En A. D. Pick (Ed.), <i>Minnesota Symposia    on Child Psychology, Vol. 7 </i>(pp. 3-46). Minneapolis, MN: University of Minnesota.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700003&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Bronfenbrenner, U. (1979). <i>The ecology of    human development: Experiments by nature and design. </i>Cambridge, MA: Harvard    University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700004&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Chaux, E. (2005). El programa de prevención de    Montreal: lecciones para Colombia. <i>Revista de Estudios Sociales, 21,</i></font><font size="2" face="Verdana">11-26.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700005&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Chaux, E. (en prensa). <i>Educación, convivencia    y agresión escolar. </i>Bogotá, Colombia: Universidad de los Andes.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700006&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> Chaux, E.    &amp; Velásquez, A. M. (2008). Violencia en los colegios de Bogotá: contraste    internacional y algunas </font><font size="2" face="Verdana">recomendaciones.    <i>Revista Colombiana de Educación, 55, </i>14-37.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700007&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Craig, W. M. &amp; Pepler, D. J. (1997). Observations    of bullying and victimization in the school yard. <i>Canadian Journal </i></font><font size="2" face="Verdana"><i>of    School Psychology, 13, </i>41-59. doi:10.1177/082957358901300205</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700008&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"> DeLuca, S., Pigott, T. &amp; Rosenbaum, J. E.    (2002, Abril). <i>Are dropout decisions related to peer threats, social isolation,    and teacher disparagement across schools? A multilevel approach to social climate    and dropout. </i>Ponencia presentada en la Annual Meeting of the American Educational    Research Association, New Orleans, LA, Estados Unidos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700009&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"> Farrington, D. P. &amp; Ttofi, M. M. (2009).    How to reduce school bullying. <i>Victims &amp; Offenders, 4, </i>321-326. doi:10.1080/</font><font size="2" face="Verdana">15564880903227255</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700010&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Forero, R. McLellan, L., Rissel, C. &amp; Bauman,    A. (1999). Bullying behaviour and psychosocial health among school </font><font size="2" face="Verdana">students    in New South Wales, Australia: Cross sectional survey. <i>British Medical Journal,    319, </i>344-348.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700011&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Gladstone, G. L., Parker, G. B. &amp; Malhi,    G. S. (2006). Do bullied children become anxious and depressed adults? A </font><font size="2" face="Verdana">cross-sectional    investigation of the correlates of bullying and anxious depression. <i>The Journal    of Nervous and </i></font><font size="2" face="Verdana"><i>Mental Disease, 194,    </i>201-208. doi:10.1097/01.nmd.0000202491.99719.c3 </font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700012&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Hawkins, D. L., Pepler, D. J. &amp; Craig, W.    M. (2001). Naturalistic observations of peer interventions in bullying. <i>Social    </i></font><font size="2" face="Verdana"><i>Development, 10, </i>512-527. doi:10.1111/1467-9507.00178</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700013&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"> Hughes, J. N. (2002). Authoritative teaching:    Tipping the balance in favor of school versus peer effects. <i>Journal of </i></font><font size="2" face="Verdana"><i>School    Psychology, 40, </i>485-492. doi:10.1016/S0022-4405(02)001255</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700014&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"> Jones, V. (2006). How do teachers learn to be    effective classroom managers? En C. M. Evertson &amp; C. S. Weinstein </font><font size="2" face="Verdana">(Eds.),    <i>Handbook of classroom management: Research, practice, and contemporary issues    </i>(pp. 887-907). Mahwah, </font><font size="2" face="Verdana">NJ: Lawrence    Erlbaum.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700015&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Karna, A., Voeten, M., Little, T. D., Poskiparta,    E., Kaljonen, A. &amp; Salmivalli, C. (2011). A large-scale evaluation of the    KiVa anti-bullying program: Grades 4-6. <i>Child Development, 82, </i>311-330.    doi:10.1111/j.1467-8624.2010.01557.x</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700016&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Kornblit, A. L., Adaszko, D. &amp; Di Leo, P.    F. (2008). Clima social escolar y violencia: un vínculo explicativo posible.    Un estudio en escuelas medias argentinas. En C. Berger &amp; C. Lisboa (Eds.),    <i>Violencia escolar: estudios y posibilidades de intervención en Latinoamérica    </i>(pp. 109-138). Santiago, Chile: Editorial Universitaria.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700017&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Madriaza, P. (2008). Violencia escolar en Chile.    En C. Guajardo (Ed.), <i>Seguridad y prevención: la situación de Argentina,    Chile y Uruguay durante 2007 </i>(pp. 114-139). Santiago, Chile: Centro Internacional    para la Prevención de la Criminalidad/Universidad Alberto Hurtado.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700018&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Olweus, D. (1993). <i>Conductas de acoso y amenaza    entre escolares. </i>Madrid, España: Morata.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700019&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Rodkin, P. C., Farmer, T. W., Pearl, R. &amp;    Van Acker, R. (2000). Heterogeneity of popular boys: Antisocial and prosocial    configurations. <i>Developmental Psychology, 36, </i>14-24. doi:10.1037//0012-1649.36.1.14</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700020&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Salmivalli, C., Karna, A. &amp; Poskiparta, E.    (2009). From peer putdowns to peer support: A theoretical model and how it translated    into a national anti-bullying program. En S. R. Jimerson, S. M. Swearer &amp;    D. L. Espelage (Eds.), <i>Handbook of bullying in schools: An international    perspective </i>(pp. 441-454). New York, NY: Routledge.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700021&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Salmivalli, C., Lagerspetz, K., Bjorkqvist, K.,    Osterman, K. &amp; Kaukiainen, A. (1996). Bullying as a group process: Participant    roles and their relations to social status within the group. <i>Aggressive Behavior,    22, </i>1-15. doi:10.1002/ (SICI)1098-2337(1996)22:1&lt;1::AID-AB1&gt;3.0.CO;2-T</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700022&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Social and Character Development Research Consortium    (2010). <i>Efficacy of schoolwide programs to promote social and character development    and reduce problem behavior in elementary school children. </i>Washington, DC:    National Center for Education Research/Institute of Education Sciences/U.S.    Department of Education.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700023&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Tremblay, R. E., Gervais, J. &amp; Petitclerc,    A. (2008). <i>Prevenir la violencia a través del aprendizaje en la primera infancia.    </i>Montréal, Canadá: Centre de Excellence for Early Childhood Development.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700024&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">Vitaro, F., Brendgen, M. &amp; Tremblay, R. E.    (2001). Preventive intervention: Assessing its effects on the trajectories of    delinquency and testing for mediational processes. <i>Applied Developmental    Science, 5, </i>201-213. doi:10.1207/ S1532480XADS0504_02</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scieloOrg/php/reflinks.php?refpid=S0718-2228201100020000700025&pid=S0718-22282011000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');"></a>&#160;]<!-- end-ref --><p><font size="2" face="Verdana">La correspondencia relativa a</font><font size="2" face="Verdana">    este artículo debe ser dirigida a:</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> <strong>Enrique Chaux,</strong>    <br>   </font><font size="2" face="Verdana">Departamento de Psicología,     <br>   Universidad de los Andes,     <br>   Carrera 1 N&deg; 18A-12, Bogotá,     <br>   Colombia.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   E-mail: <a href="mailto:echaux@uniandes.edu.co">echaux@uniandes.edu.co</a></font></p>      ]]></body><back>
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<surname><![CDATA[Aguilera]]></surname>
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<source><![CDATA[Disciplina, violencia y consumo de sustancias nocivas a la salud en escuelas primarias y secundarias de México]]></source>
<year>2007</year>
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<publisher-name><![CDATA[Instituto Nacional Para la Evaluación de la Educación]]></publisher-name>
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<surname><![CDATA[Bandura]]></surname>
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<article-title xml:lang="en"><![CDATA[Human agency in social cognitive theory]]></article-title>
<source><![CDATA[American Psychologist]]></source>
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