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<journal-title><![CDATA[Atenea (Concepción)]]></journal-title>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Entrevista a Noé Jitrik: Leer un texto como una música]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <table width="100%" border="0">   <tr>     <td width="3%">&nbsp;</td>     <td width="94%">    <p><font size="2" face="Verdana">Atenea Nº 492 – Segundo          Sem. 2005: 181-195</font>            <p align="right"><font size="2" face="Verdana"><b>ENTREVISTA</b></font></p>           <p align="right">&nbsp;</p>           <p><font size="2" face="Verdana"><b><font size="3">Entrevista a Noé Jitrik:<font size="4">          </font></font></b></font><font size="4"><b><font face="Verdana">Leer un          texto como una música</font></b></font></p>           <p>&nbsp;</p>                 <p><font size="2" face="Verdana"><b>Jorge          Ariel Madrazo</b></font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">Ensayista argentino, escritor y poeta.          E-mail: <a href="mailto:arielmadrazo@ciudad.com.ar">arielmadrazo@ciudad.com.ar</a></font></p>       <hr size="1" noshade>     <p><font size="2" face="Verdana">Reconocido internacionalmente          por sus trabajos en semiótica y lenguaje, Noé Jitrik (Buenos Aires, Argentina,          1928) es director del Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Universidad          de Buenos Aires, donde desde 1997 dirige a un equipo de más de cincuenta          investigadores, muchos de los cuales colaboran en un proyecto monumental:          la <i>Historia crítica de la literatura          argentina</i>, de cuyos doce tomos ya aparecieron cinco. Entre 1967/1970          residió en Francia. En 1973, el fugaz retorno de la democracia en su país          lo llevó a la cátedra de Literatura Iberoamericana de la UBA. Exiliado          en México entre 1974 y 1987, fue docente e investigador en El Colegio          de México, en la UNAM, en la Universidad de Puebla –donde le fue otorgado          un Doctorado Honoris Causa– y en otras altas casas de estudios. Al regreso          retornó a la cátedra e hizo aportes decisivos al desarrollo del área de          letras de la UBA. Fue también profesor en Francia, Venezuela, Puerto Rico          y los Estados Unidos. “Chevalier des Arts et des Lettres” y Premio Xavier          Villaurrutia. Algunos de sus libros: <i>Producción          literaria y producción social; Historia e imaginación literaria; La lectura          como actividad; El balcón barroco; El mundo del 80</i>; entre sus estudios          cabe destacar los dedicados a Lugones, Sarmiento, Borges. Ha publicado          novelas –<i>Citas de un día, El ojo de jade, Mares del          sur, Evaluador, Long Beach</i>, entre otras–, libros de cuentos y poesía.</font></p>       <table width="15%" border="0" align="center">         <tr>           <td align="center"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.1.jpg" width="242" height="312"></td>         </tr>         <tr>           <td align="center">     
<p align="center"><font size="2" face="Verdana">N. Jitrik</font></td>         </tr>       </table>           ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana"><i>El          callejón</i>: Así se tituló un libro de Noé Jitrik editado en México en          1987. En él su autor recogía, reescritos, distintos textos publicados          en la prensa mexicana y unidos por un hilo común. Como señaló en su Nota          inicial, “los sostiene un acorde que tiene que ver con el exilio” y más          ampliamente, con lo <i>latinoamericano</i>, “en el sentido de que una escritura del subcontinente          sólo puede ser posible desde alejamientos y rupturas. Desde un distanciamiento          que será o no dramático y forzado pero que, en todo caso, permite abarcar,          comprender, trascender”. Era el libro del pensador que al rediseñar su          vida en el ostracismo, necesitaba hallar alguna clave para una búsqueda          no del todo definida: ¿la de sí mismo? Un pensamiento animado por una          necesidad existencial, y también nutrido por lo intuitivo-poético. </font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">Casi dos décadas más tarde, en abril de          2005 y en Bogotá, la Universidad Nacional de Colombia edita otro –diferente,          inquietante– libro de Jitrik: el poemario <i>Venganzas</i>. El investigador en semiótica y ciencias del lenguaje vuelve          a recordarnos que es en esencia escritor. Y poeta: “A veces / cuando estoy          cabalgando / sobre el tiempo / en un viaje que no elegí / me tiembla la          silla / en la que estoy montado / nada detiene / su temblor...”. </font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">Seguidamente, los tramos fundamentales          del diálogo con Noé Jitrik en su ático de Buenos Aires.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–¿<i>En qué estado se encuentra la </i>Historia crítica... <i>que diriges?</i></font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Es          un trabajo arduo. En este momento estamos abocados a otro volumen, el          sexto en aparecer –sería el quinto de la serie dentro de una secuencia          “normal”, ya que el primero en publicarse fue el décimo– y que abarca          la transición entre los siglos XIX y XX. Y estamos adelantando con otros.          Le seguirá el volumen sobre Macedonio Fernández, que dirigirá el crítico          y escritor Roberto Ferro y que debe aparecer en el 2006; y también trabajamos          en el siguiente, que saldrá en el 2007, si aún estamos todos en esta tierra.          </font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">Me suelen preguntar por qué no apareció          primero el número uno, sino el relativo a la crítica; y es que este proyecto          no está financiado por ninguna institución. Hay incluso una situación          de hecho: la cronología respondió a las posibilidades de tiempo de cada          director. Si bien una editorial –Emecé– propuso hacer este trabajo, eso          se mueve por el régimen de derechos de autor y honorarios a los colaboradores          (unos y otros, escasos). En cuanto al universo de lectores que coleccionan          la obra –ya que la idea es que cada comprador lo tenga todo– abarca entre          dos mil y tres mil personas. Es un público culto aunque no necesariamente          especialista. Por esa razón, el estilo verbal es riguroso pero no hay          jerga; aunque los especialistas, claro está, obtienen provecho de estos          volúmenes.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–<i>Incluso, los títulos hacen pensar en una saga de aventuras:</i> El imperio          realista, La lucha de los lenguajes, La narración gana la partida...</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Está          bien percibido. La obra fue concebida sobre todo como un relato, con sus          capítulos y momentos. No responde a las clasificaciones habituales de          movimientos, géneros, períodos políticos, etcétera.</font></p>       <table width="15%" border="0" align="center">         <tr>            <td><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.2.jpg" width="134" height="170"></td>         </tr>       </table>           
<p><font size="2" face="Verdana">–¿<i>Implicaría una demostración por la práctica de otra concepción acerca          de la crítica?</i></font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Sería          más bien la puesta en escena de lo que es la crítica en la actualidad,          desde una perspectiva teórica-práctica. La crítica actual, o la que me          interesa, es una suerte de síntesis de distintas experiencias teóricas          que tuvieron lugar en el mundo en los últimos treinta o cuarenta años.          Hay estructuralismo, <i>telquelismo</i>, deconstruccionismo, marxismo, psicoanálisis, historia,          filosofía, estudios culturales... No se trata de una mezcla, pero sí de          una síntesis. En todo intento crítico, desde Platón hasta hoy, la meta          es percibir en un objeto lo que no brilla en la superficie; algunos han          creído que a tal efecto debía aplicarse un sistema; otros pensaron que          eso era muy mecanicista y ello dio lugar a un intuicionismo, que a su          turno era muy subjetivo y por tanto no generalizable, y entonces el sociologismo,          el historicismo... De lo que se trata es de ver qué sucede dentro de un          texto: no meramente en la forma, ni en el mero “mensaje”. </font></p>           ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">Es la imagen de Ronald Barthes del texto          como una esfera; ¿cómo se entra a una esfera? ¿Cómo conocerla? Como no          hay esfera perfecta siempre se puede encontrar una irregularidad, un agujerito.          Más clara aún, y que prefiero, es la metáfora del alpinista: debe escalar          una montaña y no tiene dónde aferrarse. Entonces busca las anfractuosidades,          clava allí la pica, cava otras anfractuosidades y así va escalando. Esos          instrumentos son el saber teórico –sea analógico, teórico, memorístico,          ocurrencial, etcétera– aplicable a partir de la percepción de la irregularidad,          y puesto aquí en relación con la crítica. Un alpinista no sube igual que          otro, pero sube. Por lo demás, esa montaña suelta a su vez nuevas anfractuosidades.          Es entropía pura: cierto modo del desorden que genera un movimiento interno          y permite, de algún modo, ordenarlo parcialmente. Es el desorden de la          significación, la cual es inextinguible. </font></p>       <table width="15%" border="0" align="center">         <tr>           <td align="center"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.3.jpg" width="175" height="170"></td>         </tr>         <tr>           <td align="center">     
<p align="center"><font size="2" face="Verdana">N. Jitrik</font></td>         </tr>       </table>           <p><font size="2" face="Verdana"></font><font size="2" face="Verdana">–<i>Pasando a Latinoamérica, eje del Instituto a tu cargo: Chile fue foco          cultural; Sarmiento se expatrió dos veces allí, Andrés Bello fundó su          universidad; Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, enseñó y además ayudó          en el sismo de Concepción; Darío publicó allí </i>Azul.<i> ¿Que aproximación harías a la literatura y los estudios literarios en          Chile? </i></font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–El          punto más alto de la producción literaria chilena ha sido siempre, creo,          la poesía. Ha habido y hay excelentes poetas y una actitud respecto de          la poesía bastante diferente de la que se da en la Argentina, o en otros          países: existe allí una suerte de culto. Es verdad que hay nombres muy          poderosos, como Huidobro, Neruda, Parra, Mistral, Teillier, Lihn, en fin,          es una serie muy importante. En otros planos, también se destaca una importante          tradición narrativa, incluso Lihn escribió novela –o algo así, prefiero          no usar en este caso términos genéricos muy estrictos–. Está la obra de          Donoso, también muy sólida y relevante en las últimas décadas. Pero ya          a finales del siglo XIX se observa una tradición realista fuerte, con          una inclinación hacia lo social muy característica; es un fenómeno general,          no únicamente de Chile, sino una onda en toda América Latina y asimismo          en Europa. </font></p>       <table width="50%" border="0" align="center">         <tr align="center">            <td><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.4.jpg" width="112" height="170"></td>           <td><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.5.jpg" width="134" height="170"></td>         </tr>         <tr>           <td>    
<p align="center"><font size="2" face="Verdana">J. Teillier</font></td>           <td>    <p align="center"><font size="2" face="Verdana">E. Lihn</font></td>         </tr>       </table>           <p><font size="2" face="Verdana">Ahora, en el orden de la crítica me parece          que hay una suerte de diacronía respecto del desarrollo de la crítica          en otros países. En el sentido de cómo llegan a cada uno de nuestros países          las cosas y las novedades en materia teórica; que, sobre todo, vienen          de Europa. Francia es el gran proveedor, luego los Estados Unidos: los          tiempos de llegada a los países de América Latina son diversos. En 1974          yo fui a México por primera vez, y allí estaba entrando apenas el estructuralismo,          que en Venezuela hizo estragos varios años después; y en la Argentina          ya prácticamente había concluido. Mi experiencia más reciente es chilena:          pasé un mes dando clases en la Universidad Católica de Chile en Santiago          y me encontré con un muy buen nivel de conocimiento y de elaboración de          orden teórico; y también en la Universidad de Chile, con una preocupación          y un rigor muy ponderables. Hay gente como Ana Pizarro, como Grínor Rojo,          como Roberto Hozven, como Rodrigo Cánovas y Cedomil Goic: son los académicos          más conocidos. Pero también los estudiantes de doctorado del curso que          di eran muy avanzados y tenían un caudal de lecturas muy interesante,          exactamente del mismo tenor –o mayor– que el de los argentinos que conozco.          Me sentí muy cómodo en Chile, tuve un excelente diálogo tanto con colegas          como con estudiantes.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">Y lo mismo que con Chile me ocurre con          México; son los países que he frecuentado más; y qué decir del Uruguay:          allí sale una revista de teoría que se llama <i>El Hermes criollo, </i>muy activa y dinámica y donde lo moderno –por decir          así, entendido como autonomía de pensamiento– está funcionando admirablemente.          El editor principal, y quien la dirige, es un joven muy brillante, Hebert          Benítez Pezzolano. Es una revista muy consistente. </font></p>       <table width="14%" border="0" align="center">         <tr>            <td><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.6.jpg" width="121" height="170"></td>         </tr>       </table>           
<p><font size="2" face="Verdana"></font><font size="2" face="Verdana"><i>–Y          aquí no se la conoce: circulan publicaciones de Estados Unidos o de Europa          y en algún caso de Chile, como la excelente revista </i>Trilce, <i>pero          casi nada, en lo teórico-literario, del Uruguay o de otros vecinos...</i></font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–En          efecto, pero hay un mal endémico en nuestros países, y es que los nombres          de referencia en todo lo que sea elaboración y pensamiento, nunca son          de colegas cercanos o connacionales. Siempre son del exterior. De allí          que en todos los países de América Latina se va a encontrar siempre el          mismo tipo de citas en una época determinada. En este momento todo el          mundo va a hablar de Derrida, de Foucault, de Benjamin, de Paul de Man,          por no mencionar los llamados estudios culturales o post-coloniales, por          ejemplo Homi Bhabha. Y así <i>ad nauseam</i>.          </font></p>           ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">-¿<i>Todos manejan los mismos </i>papers?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Todos          manejan los mismos <i>papers</i>. Pero nunca recogen lo que se produce          en nuestros propios países; así que es una lucha silenciosa, heroica,          que obviamente trasciende poco, porque si ignoran tales aportes los propios          connacionales o colegas, ¿cómo se los va a conocer en otros lugares?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–<i>En </i>El callejón<i> decís cosas muy          bellas acerca de Barthes.</i></font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Sí,          antes de ir a Europa por primera vez, en 1953, había empezado a leer <i>El          grado cero de la escritura</i>, que me impresionó mucho. Y el año pasado,          cuando intervine en la Feria del Libro de Buenos Aires, en una evocación          de Barthes, busqué un ejemplar de <i>El          grado cero</i>, y era un ejemplar que me había regalado y dedicado Roa          Bastos. Y fue justo el día de su muerte. Fue muy significativo. Seguí          muy de cerca, sí, algunos de los libros fundamentales de Barthes.</font></p>       <table width="15%" border="0" align="center">         <tr>           <td align="center"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.7.jpg" width="135" height="170"></td>         </tr>         <tr>           <td align="center">     
<p align="center"><font size="2" face="Verdana">R. Barthes</font></td>         </tr>       </table>           <p><font size="2" face="Verdana"></font><font size="2" face="Verdana">–<i>Hay en ese texto revelaciones sobre tus nexos intelectuales con Barthes,          y cómo te sentís representado hasta en la anticipación de sus cambios.          Al citar su Lección Inaugural en el Colegio de Francia, resaltas que</i>          <i>“no habla más que de la comprensión del desorden,          del deseo que no se satisface, del regreso victorioso de la palabra poética          a un mundo que creyó haberla sofocado”.</i></font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Cuando          la reunión en la Feria del Libro recorrí nuevamente algunos de sus ensayos          y, en efecto, advertí que muchas de las cosas que yo había venido sosteniendo          en esa época, él también las había dicho: el concepto de lectura, de escritura,          y muchas otras ideas. Era un registro muy parecido al que trato de ejercer:          escribir sobre textos, pero como quien describe sus experiencias, como          quien lee un mapa, como quien lee una música. Y eso tiene y no tiene que          ver con lo que llamamos crítica. Tiene que ver en tanto es una voluntad          de indagación; pero no tiene que ver, en tanto la crítica se limite a          ser un intento de decodificación.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">Aquí se trata, entonces, de otro enfoque:          de una percepción del estremecimiento. Yo creo que es sobre todo una experiencia          nocturna. Si uno lee con intensidad antes de dormirse, algo le pasa. Esa          inducción al sueño que promete un texto es una verdadera conmoción, aunque          uno no tiemble. Es un instante privilegiado. En general muy denigrado,          porque la gente suele afirmar que los libros hacen dormir. Pero es un          instante inefable: se está solo en el mundo con el libro. Se lo cierra          y algo pasó. Y aunque los sueños conduzcan a otra región, el texto que          la precede ha sido una experiencia fundamental: existencial.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–¿<i>Reivindicas con ello el papel del inconsciente</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Por          supuesto. El inconsciente, como el campo donde se gesta todo.</font></p>           ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">–<i>En los trabajos tuyos se siente una voz muy vinculada a lo poético. Hoy          se suele decir que el poema se engendra a sí mismo y es recreado en cada          lectura. ¿Cual es tu idea de la lectura? ¿Es una decodificacion, más o          menos creativa?</i></font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Es          otra cosa. Porque eso implicaría que un texto es una codificación y que          la lectura lo podría decodificar. Pero yo creo que la lectura es una actividad          que le confiere una forma y que se realiza, desde luego, a partir de un          texto, pero tendiendo a entenderlo junto con el acto de entender, en simultáneo,          la misma actividad. Dicho de otro modo: cuando escribimos comunicamos,          pero también tenemos conciencia de que podemos escribir. Cuando leemos,          nos informamos pero también actúa un principio de conciencia acerca de          la capacidad de leer. Y esa capacidad –como la de escribir– va más allá          del hecho material mismo y de los objetivos que se le atribuyen tradicionalmente          a una y otra actividad y que tienen una intención comunicativa; la lectura          es también un <i>en sí</i>, que tiene que ver con las potencialidades          de la lengua y con el lugar que ésta ocupa en la cultura humana. </font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–¿<i>Ayuda a ubicar esto el borgiano “Pierre Menard, autor del Quijote”</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Sí,          pero ése es un primer nivel del problema. Es verdad, y lo de Pierre Menard          está bien invocado, que la lectura modifica el texto. Y se acumula sobre          el texto. Lo que leemos en Cervantes es lo que escribió Cervantes más          todas las lecturas posteriores. Pero ése no me parece que sea el tema.          Yo creo que hablar de diferentes lecturas está en el orden de la interpretación;          y ésta siempre gira en torno de lo que el texto “quiere decir”. En el          caso de la poesía, ese querer decir es más filosófico, o más abstracto;          también más ambiguo, pero al aplicarle una lectura “interpretativa” reducimos          esa ambigüedad. O sea, reinventar el texto es una de las opciones. Cuando          alguien interpreta un texto y cree encontrar ese querer decir desde su          propio bagaje, está reescribiéndolo , y eso es lo que dice el Pierre Menard.          Pero yo quiero ir más allá, llegar a comprender el sentido de lo que se          está haciendo en ese acto: no sólo lo que el texto podría decirnos sino          la comprensión de lo que se está haciendo cuando uno se acerca al texto,          cuando uno lo lee. La lectura tendría así una doble vertiente: la primera,          una necesidad de conocimiento de lo que el texto transmite, y también          sujeta a la propia interpretación. Pero hay una segunda etapa, en la que          uno entiende qué le sucede cuando está leyendo. </font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">Por lo demás, en lo que hace a la comprensión          creo que hay, por lo menos, dos clases: la inmediata y la diferida. Esta          última se produce por misteriosos caminos y procedimientos, implica operaciones          no racionales, de acumulación, resulta de una alquimia cuyos resultados          no se pueden prever pero que se manifiestan en forma de una modificación,          después de que “no se ha comprendido nada”...</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–¿<i>O sea que el acto de la lectura implica al cuerpo y a la subjetividad          en su sentido más amplio</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Exacto.          Roland Barthes habló del placer del texto, en realidad de la lectura.          Pero yo añadiría el estremecimiento que produce: ese estremecimiento es          la verificación del ser en el mundo, para usar términos un poco más heideggerianos.          Es la comprensión de la extensión y de la finitud, todo junto. Ésa es          una experiencia muy fuerte, y es la razón por la cual algunos leen y otros          no leen. Quienes leen están buscando ese estremecimiento; los que no,          están huyendo de él.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–<i>Sueles afirmar que el lector no existe</i>.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Ese          es un punto fundamental. Y descifra un equívoco. Siempre se habla de lector,          y creo que se cae en la sociología y hay un alejamiento de la filosofía          en relación al lugar que ocupa la lectura en el conjunto de las relaciones          humanas. Se la pone en un terreno inverificable. Y fatalmente se llega          a la conclusión de que todos los lectores son diferentes, ya que todos          interpretan de modo diferente aquello que leen. Eso me parece pobre. Pienso,          por desafiar esa visión, que el lector no existe; existe el texto, que          crea al lector. En el momento en que alguien se encuentra con un texto,          empieza a funcionar como lector. O no<b style='mso-bidi-font-weight: normal'>:</b> evita funcionar como lector.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–<i>Vale transcribir aquí una reflexión de Jitrik en el marco de la Sexta          Bienal de Literatura celebrada este año en la Universidad de Mérida, Venezuela:          “Un papel importante cabe a los responsables de la educación; si el niño          ve que se lee, va a impregnarse de eso y va a cambiar su lenguaje. Pero          hay en ello una dialéctica. Yo aprendí a leer en un pueblo del campo y          comencé a pedir libros en la biblioteca del pueblo; y creo que a mi familia          eso la inquietaba. Debí imponer mi deseo. Entonces, hay una dialéctica          familiar; no todo depende de los padres, a veces es a la inversa. El propio          niño, probablemente ayudado en su interés por la escuela, puede descubrir          ese mundo maravilloso encerrado entre dos tapas”</i>.</font></p>           ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">–<i>Precisamente</i>, <i>en</i> Los grados          de la escritura <i>hablas de ésta como          incesancia</i>.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Lo          que funciona en un texto no concluye nunca: las significaciones andan          revoloteando permanentemente; eso es lo que anima a un texto. Y la lectura,          para completarse como tal, debería percibir esa incesancia. Lo cual no          necesariamente termina en un juicio, no es la crítica literaria. Es, simplemente,          la lectura. Es decir, hay un refinamiento posible de quien se convierta          en lector. Y es el de que perciba este movimiento; esto, incesante, que          no concluye jamás. Puesto en otros términos: uno puede imaginar que los          textos apilados en una biblioteca están hirviendo. Están en permanente          movimiento, unos más que otros; el movimiento se agota en algunos casos,          renace en otros. Pero hay ese hervor en los textos. Que, cuando existe,          no concluye nunca.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–<i>En tu exposición al recibir el Doctorado Honoris Causa en Puebla, en 2001,          mencionaste una posible corrupción de la escritura, que además de ser          una vía al conocimiento establece un dominio; y el difícil equilibrio          entre la tendencia subjetiva al desorden, y la del control por la escritura...</i></font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Es          un tema importante que requeriría ciertas explicaciones. A grandes rasgos:          escribir es un <i>saber de</i>, y un <i>saber de qué</i>. Ese “saber de” es, ante todo, la conciencia de lo que          se está haciendo cuando se escribe, y que es como una reelaboración del          acto más arcaico de la hominización; el saber <i>de          qué</i>, en cambio, es la relación con el exterior que en algunos casos          impulsa a la escritura y en otros es producido por la escritura. Las escrituras          más logradas son aquellas que armonizan las dos dimensiones. Eso, por          un lado. En otro plano, la comunicabilidad creada por la sociedad descansa          en la norma, y la norma, a su vez, está muy metida en quienes viven en          una sociedad. Pero no es cuestión de obedecer la norma ciegamente sino          de entender su sentido y hasta dónde el impulso individual puede convivir          con ella, e incluso modificarla y así modificarse. A eso me refiero cuando          hablo de armonizar esos términos. Por ejemplo, el dadaísmo se planteó          como la pura individualidad sin norma; el academicismo se presentó como          pura norma sin individualidad. Claudel es la pura afirmación de la norma,          Tzará es la pura ruptura. En cambio, Apollinaire sería la armonía; es          mucho más que esas dos posturas opuestas. </font></p>       <table width="80%" border="0" align="center">         <tr align="center">            <td width="35%"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.8.jpg" width="177" height="170"></td>           <td width="24%"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.9.jpg" width="120" height="170"></td>           <td width="41%"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.10.jpg" width="143" height="170"></td>         </tr>         <tr align="center">            <td>                  
<p align="center"><font size="2" face="Verdana">P. Claudel</font></td>           <td>                  <p align="center"><font size="2" face="Verdana">T. Tzará</font></td>           <td>                  <p align="center"><font size="2" face="Verdana">G. Apollinaire</font></td>         </tr>       </table>           <p><b><font size="2" face="Verdana"></font></b><font size="2" face="Verdana">–<i>Desde otro ángulo, que en Chile y en la Argentina nos afectó especialmente:          ¿Cómo relacionar la producción literaria con las dictaduras vividas</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Por          un lado, pasó lo que todos conocen, la dispersión: unos se fueron, otros          se quedaron. Los que se fueron pudieron, bien o mal, continuar el desarrollo          de lo que le dictaban sus respectivos imaginarios, con ciertas garantías          de que ese imaginario no les hacía correr riesgos, o a lo sumo los enfrentaba          con los riesgos propios de lo simbólico, no de lo físico, de la represión.          Eso dio algunos frutos interesantes, otros no tanto, pero ahí está ese          sector a determinar. Más enigmático e importante es lo que pasó en la          gente que no se fue y que debió soportar estas horribles dictaduras. Ahí          también hubo una diversificación: hubo quienes consideraron el ejercicio          de la literatura como el de una resistencia, que no se daba en lo explícito          de los textos sino en la complejidad de la propia escritura. Para esa          gente fue una experiencia muy importante, y me parece que sobre todo ocurrió          en la poesía. Lo que creo fundamental es que todo ese fenómeno sirvió          para poder comprender el proceso y soportarlo, hasta que aclarara para          los demás; porque, en muchos casos, esa gente siguió escribiendo como          lo hizo en esos años oscuros. Pero hubo otro tipo de gente que más bien          se plegó al lenguaje en curso: que –con mayor o menor conciencia de ello–          se dejó infiltrar por ese lenguaje e intentó crearse coartadas para seguir          haciendo algo pero sin ser objeto de la represión; o aludiendo a algún          tipo de problemática que les hacía sentirse bien consigo mismos. Recuerdo          que un día me llegó a México una revista que se hacía en Buenos Aires,          en la que se empleaba la palabra “subversión”, aplicada a la literatura.          Y yo les dije que en el contexto reinante, ésa era una palabra de la dictadura.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–<i>También comenzaste a escribir narrativa afuera</i>...</font></p>           ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">–Yo          había escrito antes narraciones, cuentos o algo parecido, y libros de          poemas, aunque empecé a pensar en términos de narración con mayor fuerza          cuando estuve en México. </font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–¿<i>Y qué ocurrió en general con la literatura post-exilio, caso España después          de Franco?</i></font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–La          dictadura de Franco abarcó dos generaciones y era muy sofocante, pero          ya había desde años antes de su muerte manifestaciones destacables en          el orden de la poesía y de la literatura en general. Por ejemplo, un escritor          como Fernando Quiñones escribió en la época de Franco, y era un ser humano          completo y un poeta muy vigoroso, que estaba al día en su lenguaje; mientras          que otros, esos académicos acartonados, seguían el rumbo de la asfixia          franquista. Hubo también entre nosotros obras sobre el exilio, con la          palabra exilio puesta como cartel, y lo mismo sobre la dictadura. Sin          embargo, me parece que éstos son procesos muy largos para que esas temáticas          encarnen bien en una escritura. Por ejemplo, lo que ocurrió con relación          al nazismo: los mejores libros sobre el universo concentracionario son          relativamente recientes. Hay en cambio algo importante en relación con          ese mundo, y probablemente la haya también en América Latina: los diarios          o los testimonios que incluso todavía en muchos casos no han sido dados          a conocer.</font></p>       <table width="12%" border="0" align="center">         <tr>           <td align="center"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.11.jpg" width="111" height="170"></td>         </tr>         <tr>           <td align="center">     
<p align="center"><font size="2" face="Verdana">F. Quiñones</font></td>         </tr>       </table>           <p><font size="2" face="Verdana"></font><font size="2" face="Verdana">–<i>Lo de Jorge Semprún con Buchenwald, que no pudo escribir sobre eso, ¿sería          un ejemplo</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–El          ejemplo más dramático quizás sea el de Primo Levi, quien entra al pabellón          de infecciosos porque allí puede seguir escribiendo. Eso es impresionante,          es casi kafkiano: la herencia kafkiana de la escritura como riesgo de          muerte. Por lo demás, se necesitó –los alemanes en particular– de muchos          años para entender la dimensión de lo que había ocurrido. La explicitación,          por cierto, vino enseguida, y lo mismo acá; quiero decir que en los años          ’83, ’84, hubo una explosión de explicaciones sobre lo que fue la dictadura,          desde el <i>Nunca más</i> en adelante.          Pero se trata de un fenómeno diferente. </font></p>       <table width="25%" border="0" align="center">         <tr>           <td align="center"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.12.jpg" width="238" height="170"></td>         </tr>         <tr>           <td align="center">     
<p align="center"><font size="2" face="Verdana">Primo Levi</font></td>         </tr>       </table>           <p><font size="2" face="Verdana">Hay relatos que intentan mostrar la violencia          y que, sistémicamente, están en el orden de las relaciones sociales; en          algún momento ese orden se potencia, por ejemplo cuando se instala una          dictadura; pero, en esencia, es lo mismo: las relaciones de dominación,          de inequidad, de violencia, son constantes e inherentes al sistema. Creo          que ver a la gente hurgando basura en la calle es algo casi tan violento          como las desapariciones. Es una desaparición de otra especie.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–<i>Antes mencionaste a Benjamin, quien en su versión del </i>Angelus Novus<i> nos habla del “ángel de la historia”, con          el rostro vuelto hacia el pasado cuyas ruinas querría rehacer; pero un          huracán lo empuja irremisiblemente hacia el futuro. Te has referido a          la historia como un relato con marchas y contramarchas. ¿El relato de          un huracán</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Una          cosa es la historia entendida como recuperación de acontecimientos significativos          para la sociedad: ésa es una dimensión, que ofrece su materia a los profesionales          de la historia. En cuanto al devenir histórico propiamente dicho, en parte          es asunto de los historiadores y, en parte, de los intelectuales y escritores          y filósofos y de todas las actividades discursivas en general. Para entender          lo que es la historia hay que recurrir a Hegel, por ejemplo: para Hegel          el sentido de la historia era la marcha incesante hacia el reino del Espíritu          al que se llegaría al final de los tiempos, lo cual implicaría, precisamente,          el final de la historia misma, puesto que sería pura realización. Mientras          que la historia vivida y sufrida es puro proceso, que no concluye nunca,          no hay finalidad, salvo hablar de “la felicidad de los pueblos”: una noción          también utópica. Creo que cuando se habla de progreso histórico se confunde          la idea de historia con civilización. Es evidente que la civilización          progresa. Nosotros hablamos ahora ante un grabador, algo inexistente en          el siglo XIX. La obra de Dostoievsky, Dickens, Zola, Balzac, fue escrita          a mano; Mozart escribió toda su obra a la luz de una vela y padeciendo          los fuegos del infierno. Ese es el progreso verificable. Quizás no lo          haya en la historia, si pensamos en el orden del sentido: estamos siempre          con las mismas perplejidades. Pero con aquella noción de la historia como          relato, yo me refería a la construcción del decir de la historia, que          es la posición de Michael de Certeau o de Maurice Blanchot: la historia          para ellos es relato. Y en Blanchot esto es aún más radical; es relato          ineludible; la escritura de lo más concreto de la praxis histórica es          ya un relato, con las palabras y la sintaxis de la lengua. Yo suscribo          plenamente esa idea y la llevo también al plano de la crítica. Cuando          hice crítica traté de salirme de las ortodoxias del discurso crítico,          vividas como condiciones en las academias, para hacer relatos acerca del          objeto del que me ocupaba.</font></p>       <table width="90%" border="0" align="center">         <tr align="center">            <td width="25%"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.13.jpg" width="139" height="170"></td>           <td width="21%"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.14.jpg" width="124" height="170"></td>           <td width="26%"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.15.jpg" width="155" height="170"></td>           <td width="28%"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.16.jpg" width="99" height="170"></td>         </tr>         <tr align="center">            <td>                  
]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><font size="2" face="Verdana">F. Dostoievsky</font></td>           <td>                  <p align="center"><font size="2" face="Verdana">H. Balzac</font></td>           <td>                  <p align="center"><font size="2" face="Verdana">H. Zola</font></td>           <td>                  <p align="center"><font size="2" face="Verdana">F. Kafka</font></td>         </tr>       </table>           <p><font size="2" face="Verdana"></font><font size="2" face="Verdana">–<i>El relato literario se veía antes como unidad cerrada; esa pretensión          totalizadora luego se diluyó. ¿También ocurrió con la idea de la historia?          ¿Cómo sería la relación entre ambos</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Hay          una relación ineludible: la idea de modernidad no es la idea convencional,          datada, de “modernidad”: una escritura moderna, podríamos decir, es o          era aquella que en algún punto respondió o responde a lo que está ocurriendo          en el conjunto social. Pero no como transcripción sino como vibración          (y otra vez estoy usando palabras poco ortodoxas...). Pero esto ya lo          sabía la filología: cuando apareció Quevedo, su poesía se hallaba en secreta          consonancia con lo que estaba ocurriendo en el imperio como disgregación,          como incertidumbre; pero no en el orden del querer decir, sino en el de          la sintaxis, de las palabras puestas unas junto a otras. Eso se percibe          muy pronto, y genera fenómenos duraderos. Un ejemplo preclaro de ello          sería la escritura de Kafka. Hay gente que trata de ver <i>El proceso</i> como un anticipo de los campos          de concentración. No interesa en ese sentido. La figuración de <i>El proceso</i>, su orden de escritura, tiene          que ver justamente con la disgregación del sentido histórico al que el          racionalismo nos había acostumbrado.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–¿<i>El llamado posmodernismo aporta, a su turno, una visión reacia a cualquier          ideología</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Si          se entiende por ideología un conjunto satanizado de ideas. Eso es el posmodernismo.          Estar en contra de la ideología, para los llamados posmodernos, es estar          en contra de los esquemas ideológicos y con ello, creen, se acabó también          la historia. Pero la ideología funciona y funcionará siempre, porque no          tiene que ver con un tipo de pensamiento orientado a ciertos fines sino          que es una construcción que hacen los grupos humanos, tendiente a establecer          una relación inteligible con el mundo: al resultado lo podemos designar          como ideologemas. Eso no está ausente de ningún acto humano, desde gestual          hasta verbal: está impregnado de ese saber social global aunque no lo          represente, y sobre todo si no lo representa. Ahí podemos empezar a entender          la posición de un escritor y pensador como Macedonio Fernández. </font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–¿<i>Y el nexo violencia-escritura? </i>El Matadero<i>, de Echeverría, texto fundante entre nosotros, describe la tortura a          un opositor a Rosas en forma de una violación atroz</i>...</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Sí,          eso es en el orden de la representación. Echeverría denuncia el rosismo,          como Mármol en <i>Amalia</i>. El tema de la violencia puede ser          visto como representación, o bien más fenomenológicamente: ver dónde reside          la violencia, qué es la violencia. En cuanto a la representación no podría          esperarse otra cosa de una literatura llamada militante y de denuncia,          que siguió durante el siglo XIX, se prolongó durante casi todo el siglo          XX y aún hoy continúa: hay gente que escribe sólo eso. Pero hay otra idea          posible de la violencia, como fundante. El primer hombre comete un acto          de violencia: ya no camina apoyándose en las manos, sino que se yergue;          ése es un acto de violencia. Y es un acto violento dejar marcas en los          muros, y la propia escritura. O la constitución misma de la sociedad:          son todos actos antinaturales. Eso es lo humano; es lo que disipa o disciplina          a la naturaleza. Toda cultura es violenta, sigue siendo violenta; pero          además, toda escritura lo es, simplemente porque es innecesaria desde          cierta perspectiva. Podría no escribirse y no pasaría nada. Incluso se          da físicamente en el que escribe: se retrae del conjunto para trazar algunos          signos. La violencia es constituyente. Que la literatura reproduzca situaciones          de violencia, eso en cada escritor puede tener un carácter diferente.</font></p>           ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">–<i>Aunque el mundo se achicó, ¿un escritor que nazca a la escritura en Suiza          llega condicionado para escribir en forma diferente a quien lo hiciera          en la Argentina de Videla o el Chile de Pinochet</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Se          podría poner un ejemplo más extremo: en Africa. Pero ahí también está          el milagro de la escritura. De pronto las condiciones sociales en las          que se produce son muy ambiguas y contradictorias. Silvio Pellico escribió          un libro en la cárcel: <i>Mis prisiones</i>. Dostoievsky también escribió          <i>Memorias del subsuelo </i>tras una          experiencia carcelaria. El resultado puede ser evaluado de maneras diferentes.          Hay quien puede ver en lo de Primo Levi una atroz denuncia de los campos          de concentración; otros pueden ver –yo puedo ver– algo que va más allá,          un gesto extremo de resistencia y de vida. No sería muy distinto de lo          que hicieron Kafka, Joyce, Borges o Macedonio. En cualquier circunstancia          o cualquier cultura puede darse esa densidad. En Suiza hay un cineasta,          Alain Tanner, muy bueno y a la vez muy denso, y lo mismo está ocurriendo          con ciertos momentos del cine latinoamericano: no hay condiciones para          hacer buen cine, y sin embargo existen películas extraordinarias. Otro          ejemplo puede verse en la correspondencia entre René Char y el pintor          surrealista Víctor Brauner<b style='mso-bidi-font-weight:normal'>. </b>Esa correspondencia es absolutamente          trivial en ciertos aspectos. Char le pregunta si tiene comida, si le alcanza          el dinero, etcétera. En otro sentido no es trivial, porque Char le comenta          de un poema que está escribiendo y le pregunta sobre su pintura. Y todo          eso en plena ocupación nazi. Uno podría preguntarse: pero esta gente,          ¿dónde vivía? ¿En qué clase de universo cerrado vivían, que no tenían          en cuenta las condiciones externas? Pero la correspondencia termina con          una carta en la que Char le dice: la próxima carta envíela a nombre del          capitán tal o cual, a tal lugar, donde yo la recibiré porque yo soy ese          capitán de la resistencia antinazi. O sea: una cosa es cierto orden de          compromiso social o político directo, y otra el silencioso y constante          trabajo de una literatura que, en el caso de René Char, es también silenciosa:          es una poesía de recogimiento. Y él seguía escribiéndola durante la ocupación          nazi.</font></p>       <table width="22%" border="0" align="center">         <tr>           <td align="center"><img src="/fbpe/img/atenea/n492/11.17.jpg" width="177" height="170"></td>         </tr>         <tr>           <td align="center">     
<p align="center"><font size="2" face="Verdana">R. Char</font></td>         </tr>       </table>           <p><font size="2" face="Verdana"></font><font size="2" face="Verdana">–¿<i>Por qué afirmas que la muerte no puede estar ausente de ningún esquema          epistemológico</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Es          que la muerte está ligada a la temporalidad, y en la temporalidad vivimos.          Cualquiera sea la concepción del tiempo, el tiempo transcurre, y tenemos          una conciencia muy viva de su transcurso. Además, cuanto hacemos es en          el tiempo. Podemos conquistar el espacio, pero lo hacemos también en el          tiempo. El tiempo es el tobogán por el que nos deslizamos y la cinta por          la que corremos. Estamos hechos de tiempo. Pero esa temporalidad es también          muerte, que es el ineluctable final de la cadena temporal. Y eso está          presente también en la escritura. La escritura está hecha en un sentido          de muerte, con un aditamento<b style='mso-bidi-font-weight: normal'>:</b> que la escritura recae en el signo y aleja así la cosa significada.          Esta es una idea de Blanchot que me pareció siempre muy luminosa. Al poner          por escrito algo, o al usar una palabra relativa a un objeto, el objeto          muere. Y lo que aparece es su representación a través del signo.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–¿<i>Se lo exorciza</i>?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Se          lo elimina. Porque el objeto no tiene un nombre inherente a su ser de          objeto, sino un nombre arbitrario. La etimología puede determinar la evolución          de esa denominación pero no puede cambiar la naturaleza de la misma, que          es arbitraria aunque luego haya permanecido y parezca inevitable. Digo          la palabra “mesa”, y es una palabra arbitraria por más que tenga una historia          como palabra, y venga de “mensa” y del mundo indo-europeo, y todo lo que          se quiera. Cuando yo evoco el nombre, y lo inscribo, la cosa muere y desaparece.          Y me manejo en ese conjunto de arbitrariedades. Dentro de tal conjunto          de arbitrariedades es que puedo escribir poesía.</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–¿<i>Se escribe para matar a la muerte</i>....?</font></p>           <p><font size="2" face="Verdana">–Se          escribe <i>en</i> la muerte, matando la cosa. Y como aspiramos a las cosas, en un          intento de percepción vampírica de las mismas, al escribirlas estamos          también matándolas. Este es el destino de las cosas, y es nuestro destino          como escritores y como humanos.</font>        </p>   </td>     <td width="3%">&nbsp;</td>   </tr> </table> <font size="2" face="Verdana"></font>       ]]></body>
</article>
