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Acta bioethica

On-line version ISSN 1726-569X

Acta bioeth. vol.17 no.2 Santiago Nov. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S1726-569X2011000200015 

Acta Bioethica 2011; 17(2): 277-278

RECENSIONES

OSTLER, NICHOLAS
Empires of the Word. A Language History of the World
London, The Folio Society, 2010, 614 pp.

Más que reseñar este libro porque contuviera reflexiones bioéticas o muy relevantes para la inteligencia de los artículos de Acta Bioethica, su lectura inspira reflexiones que, convenientemente desarrolladas, pueden renovar la investigación sobre la relación entre el lenguaje y la visión del mundo. Ya Goethe, en las observaciones que le inspira su famosísimo viaje italiano, reitera la ligazón que tiene el habla con las certidumbres morales. Al fin de cuentas, éstas fundan las costumbres. Y las costumbres son el sustento de todo ethos comunitario. Junto con el carácter individual, del que no cabe dudar que es moldeado por y moldea el lenguaje, tiene una relevancia directa al comportamiento humano, a las reglas morales y a las consecuencias que de allí derivan para la reflexión bioética.

El libro de Ostler es una completa investigación sobre historia de las lenguas. No es una lingüística histórica sino una historia de las lenguas. Esto significa que el autor se pregunta cómo es que lenguas que prevalecieron durante milenios, como el sumerio, el arameo, el acadio o el egipcio, luego se eclipsaron, fueron relegadas a un segundo o tercer plano o, directamente, desaparecieron. El antiguo egipcio, que duró cuatro mil años, sobrevive con grafía griega en el copto, empleado por los cristianos de esa persuasión cristiana en Egipto, pero circunscrito a un papel ritual. El arameo, la lengua que hablaba Cristo, tuvo ascendientes y descendientes de varia fortuna.

La pregunta de por qué una lengua alcanza preeminencia es también la pregunta de por qué una cultura se sostiene, expande y se hace hegemónica. Antonio de Nebrija dijo una vez que la lengua española acompañaba al imperio, tanto en sus ascensos como en sus descensos. Tal parecer podría sugerir que es la fuerza de las armas la que finalmente asegura permanencia a las lenguas. Sin embargo, hay motivos para suponer que, además de la conquista y la colonización, hay otros factores que explican la sobrevivencia de una lengua o su eventual expansión a escala mundial. Por ejemplo, los holandeses, con un vasto imperio, dejaron poca huella en el habla coloquial de sus colonias. Los portugueses, en cambio, consolidaron un imperio lingüístico en torno al Océano Índico de tal modo influyente que cuando los ingleses heredaron algunas colonias encontraron que el idioma del comercio y del intercambio era el portugués. Cuando los españoles llegan al Nuevo Continente encuentran una profusión indescriptible de lenguas. La Iglesia Católica, al favorecer la enseñanza religiosa en lenguas locales (mapudungún, guaraní, quechua, náhuatl, por ejemplo) atenta contra la hegemonía imperial sin saberlo. El español persiste en América de la mano de fundaciones universitarias, ausentes en el espacio imperial portugués, el cual por otros motivos logra mantener el idioma en Brasil.

En el libro se describe la primera entrevista entre Hernán Cortés y Moctezuma, el 8 de noviembre de 1519. En ella, gracias a un traductor, se pueden evidenciar los destructivos malentendidos que presagian la derrota azteca y la pérdida de su imperio. Los términos que el monarca indígena emplea revelan que cree que estos españoles que ve por primera vez son enviados divinos. Cortés y su grupo quieren tratar con un reyezuelo al que piden pleitesía y sumisión. En todo el diálogo, que por una parte se expresa en náhuatl y por la otra en castellano, es necesario un intérprete. En el caso de este trascendental encuentro la mujer que Cortés trae consigo, Malin-tzin (conocida luego como "doña Marina"), traduce el náhuatl al maya y fray Gerónimo de Aguilar vierte el maya al español. Dos traductores, por tanto, que hacen dudar que el sentido último de la conversación fuera entendido por alguna de las partes. El significado y el simbolismo son sugerentes. Las convicciones morales de Moctezuma le impiden ver en Cortés lo que Cortés cree ver en sí mismo: un emisario informal del Emperador. Más bien le toma por alguien superior y le rinde inesperada y no buscada pleitesía. Cortés, en cambio, premunido de lo que se podría creer la superioridad de la verdadera fe, no duda en aceptar las expresiones del rey indígena como naturales muestras de acatamiento.

En estos tiempos nuestros, en que el inglés impone su retórica y su eficiencia comunicativa, pese a sus inmensas debilidades, puede preguntarse si efectivamente todo es traducible. Alguna vez alguien me hizo notar que en alemán no hay nada que traduzca exactamente la palabra "fairness" inglesa. "Gerechtigkeit" se acerca, pero su ámbito semántico es más amplio en un sentido y más restringido en otros. De modo que fairness, en la práctica, no es traducible. Su relación con el deporte y el "fair play" no encuentra las mismas resonancias en las palabras alemanas que se emplean para transmitir el significado. Como el lenguaje de las virtudes está muy ligado al idioma, casi no cabe dudar de que el universo de emociones que cada lengua evoca sea difícilmente traducible. La homogeneidad lingüística puede significar también a la larga monotonía moral. Y la anulación de la diversidad humana es tan negativa como la eliminación de la biodiversidad.

En muchos campos, la recomendación práctica para reconocer lo éticamente censurable pasa por identificar emociones disfóricas generadas por situaciones, palabras o gestos. La "voz de la conciencia" es como la voz de los ángeles, de los que la tradición dice que hablan en la lengua de quienes los escuchan. Un examen de las resonancias afectivas del lenguaje conduce a un examen de su relevancia moral.

No se necesita recordar que hay religiones cuyos preceptos tienen carácter divino solamente si se expresan en la lengua usada por la divinidad para su revelación. Un Corán que no esté en árabe no es palabra de Alá sino simple texto que carece de la fuerza inspiradora de la fe. La hermenéutica que el movimiento luterano inspiró en torno al texto bíblico hace pensar, justamente, en que lo que fue expresado en hebreo o en griego toma otra apariencia estando en latín, en alemán, o en alguna de las lenguas romances. De allí que lenguaje, moral y visión del mundo sean elementos de un conjunto, inseparables en la práctica y sólo heurísticamente tratables como universos discursivos distintos.

He ahí planteado un problema central para las bioéticas, en realidad para todas las ciencias. La semántica, relación de los signos con lo que significan, complementando a la sintáctica, relación de los signos entre sí, se funden en la pragmática, la relación de los signos con quienes los usan en el intercambio social. En distintas oportunidades hemos podido sugerir que la bioética tiene como principalísimo desafío el de la correcta interpretación, pues no hay diálogo, ni puede haber tolerancia, si no se realiza una hermenéutica social que identifique intenciones, formas expresivas y efectos interpersonales. Quizá el paradigma de lo bioético, que sin duda incluye muchas formas distintas de cientificidad, se vería seriamente enriquecido si se llevaran a plena indagación las intuiciones que libros como el de Ostler permiten pergeñar.

Fernando Lolas Stepke