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Estudios internacionales (Santiago)

versão On-line ISSN 0719-3769

Estud. int. (Santiago, en línea) vol.49 no.186 Santiago jan. 2017

http://dx.doi.org/10.5354/0719-3769.2017.45223 

OPINION

Grandes desafíos, ¿mecanismos idóneos?: evolución del pensamiento estratégico de Nigeria tras la emergencia de Boko Haram1

Eduardo Carreño L.A 

A Profesor asistente, Instituto de Estudios Internacionales, Universidad de Chile, Chile.

En el caso de Nigeria, tanto su inserción internacio nal como su definición estratégica han sido formuladas simbióticamente desde la independencia, en términos de motivaciones nacionales, imperativos particulares y con sideraciones políticas internacionales. Además, a menudo sus líderes han subrayado el vínculo indisoluble entre se guridad nacional y estabilidad subregional. Esto ha llevado a que muchos aspectos de su política exterior y política de defensa hacia África Occidental sean una extensión de sus intereses internos.

La trayectoria diplomática de Nigeria propició, durante décadas, el desarrollo de un particular pensamiento estraté gico. En efecto, el régimen de Abuja ha intentado disipar los temores de otros Estados frente a su liderazgo hegemónico a través de la promoción de la paz y cooperación regional. Asimismo, la guerra civil (1967-1970) se convirtió en una lección histórica para los sucesivos gobiernos, hasta el punto de institucionalizarse como un “procedimiento operativo estándar”, es decir, un marco de análisis de eventos u opciones estratégicas que permite enfrentar distintas contingencias, particularmente, todas aquellas que implican una amenaza a su integridad territorial.

Nigeria es un país diverso, con cerca de cuatrocientos grupos étnicos, lo cual ha generado todo tipo de problemas políticos desde la independencia. Asimismo, es considerado un “gigante con pies de barro”, por cuanto aspira a con vertirse en una potencia regional gracias a su estabilidad macroeconómica, poder militar, numerosa población y recursos naturales. Sin embargo, debe enfrentar una serie de fuerzas centrífugas de orden interno que frenan ese ascenso en el sistema internacional (por ejemplo, tensio nes étnico-confesionales, mala gobernanza, corrupción endémica, etc.).

Todo ello ha condenado al 75% de la población local a vivir bajo el umbral de la pobreza absoluta, ocupando el lugar 152 del Índice de Desarrollo Humano 2015, de un total de 188 países. El informe de la Comisión Presiden cial sobre los Retos de Seguridad en la Zona Nororiental estimó que las carencias políticas e institucionales en la prestación de servicios públicos son una de las principales causas de la insurgencia de Boko Haram (Institute for Security Studies, 2011).

En este contexto, la emergencia y avance de Boko Haram por varias regiones del país, desde el año 2002, como también en varios Estados de África Occidental, han obligado al gobierno federal nigeriano a repensar las directrices de su política de seguridad y defensa, como también a movilizar la mayor cantidad de recursos mili tares desde el final de la guerra de Biafra. Así, el objetivo de este trabajo es analizar el plan estratégico impulsado por Nigeria para frenar las acciones terroristas de Boko Haram, particularmente el impacto de este en las áreas claves del poder militar. Para lo anterior, se considerarán en este estudio -primero- las fortalezas y debilidades de Boko Haram; segundo, las opciones políticas y militares del régimen de Abuja para contrarrestar las condiciones estructurales que promueven el avance de este grupo insurgente; tercero, el grado de profesionalización de las Fuerzas Armadas nigerianas, y cuarto, la asistencia militar de aliados regionales y extrarregionales.

Emergencia de Boko Haram y su impacto en la cultura estratégica2 de Nigeria

En términos generales, Boko Haram es predominante mente una insurgencia islamista. Su retórica se funda en una oposición cultural generalizada al “secularismo” y “occidentalización” que los británicos introdujeron en el pasado y que las élites políticas nigerianas han controlado por décadas (Udounwa, 2013). Asimismo, promueve en Nigeria una estricta aplicación de la Sharia o ley islámica, considerándose apóstatas o infieles que merecen morir a todos aquellos que apoyan al régimen de Abuja.

En un principio, tal como sostiene Pablo Franco (2013), Boko Haram tenía como táctica la violencia sectaria contra los cristianos, utilizando siempre en sus acciones palos, machetes y armas pequeñas. Sin embargo, hace unos años cambió el modus operandi y comenzó a emplear autos-bomba contra sus objetivos. Entre estas acciones terroristas destaca el exitoso ataque a la oficina de Naciones Unidas en Abuja, el 26 de agosto de 2011, en el cual murieron dieciocho personas.

Boko Haram ha ampliado su base de operaciones más allá de las fronteras de Nigeria, estableciendo vínculos con otros violentos grupos extremistas dentro de la región y el continente africano. Destacan, entre estos, el acercamiento a organizaciones como Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental (MUYAO), Al-Shabbaab y Estado Islámico (EI)3.

Ante estos hechos, la estrategia de seguridad nacional de Nigeria dispuso la creación de nuevas agencias, como también un aumento relativo del gasto militar, el cual promedia los últimos seis años el 3,5% del presupuesto general (Stockholm International Peace Research Institute, 2016), es decir, aproximadamente US$ 1,7 billones (In ternational Crisis Group, 2016). Además, a fin de dar un nuevo impulso a la lucha contra los insurgentes, el gobierno nigeriano reemplazó a los responsables de los servicios de seguridad, incluido el ministro de Defensa, el asesor de Se guridad Nacional, jefes de servicio y el inspector general de la policía (Udounwa, 2013). La presidencia creó también, el año 2011, el cargo de coordinador nacional de lucha contra el terrorismo.

En paralelo, se estableció un comité de seguridad nacio nal en el noreste del país, como también se constituyó en el estado de Borno la Fuerza de Tarea Conjunta Operación Restaurar el Orden (JTF-ORO). Esta estuvo integrada por personal del Departamento de Seguridad del Estado, la Agencia de Inteligencia de la Defensa, la policía, el servicio de aduanas y el servicio de inmigración.

El gobierno nigeriano identificó también aquellas fron teras porosas que servían como rutas de tránsito para el movimiento de los insurgentes. Ante esto, se diseñó una estrategia basada en seguridad pública y estabilidad nacio nal, propiciándose así la utilización de modernos recursos tecnológicos en el campo de la inteligencia, la vigilancia, la detección y la informática. De acuerdo a la Oficina del Asesor de Seguridad Nacional, el objetivo de la estrategia nigeriana es aprovechar los avances tecnológicos y los cuerpos legales disponibles para combatir el terrorismo de Boko Haram (Udounwa, 2013).

Por otra parte, para las autoridades nigerianas, las acciones de Boko Haram muestran una convergencia de elementos terroristas y criminales. Por lo tanto, para en frentarlo se requiere de un enfoque de contrainsurgencia, que incluya la lucha contra el terrorismo, así como también componentes propios del mantenimiento del orden público. Con este fin, el gobierno federal creó en 2012 el cargo de coordinador nacional de contraterrorismo, como también dispuso, en 2014, el desarrollo de una nueva estrategia de seguridad nacional. Además, el Centro de Contrainsurgencia del Ejército inició, en 2013, el entrenamiento de 3 mil hombres en ámbitos específicos como patrullaje urbano, combate sin armas y derecho internacional humanitario (International Institute for Strategic Studies, 2015).

En enero de 2012, el ex presidente Goodluck Jonathan declaró por seis meses estado de emergencia en quince regiones, como resultado del aumento de los ataques en Borno, Yobe, Níger y Plateau. Adicionalmente, se desple garon a Borno 2 mil hombres, entre agentes de seguridad y militares, mientras que a Adamawa se enviaron otros mil soldados. Gracias a estas medidas, se logró destruir varias bases de Boko Haram, como también recuperar grandes cantidades de armas, incluyendo cohetes de fabricación local, dispositivos explosivos improvisados y equipos de comunicaciones móvil (International Institute for Strategic Studies, 2015).

Boko Haram también ha logrado desarrollar su capa cidad ofensiva, alcanzando altos niveles de destreza en el manejo de dispositivos explosivos improvisados, granadas propulsadas por cohetes, cañones antiaéreos y armas lige ras. En la primavera de 2013, el grupo armado creció en fuerza y confianza, lo cual le permitió hacerse del control de áreas de Borno.

Ante el avance de los insurgentes, en agosto de 2013 se suspende el trabajo de la JTF-ORO y se dispone el envío de 8 mil nuevos soldados al noreste del país. Estos dan origen, en Borno, a la nueva Séptima División del Ejér cito, cuya tarea es concretar acciones antiterroristas. Se comprometió, además, la participación de elementos de la Primera Brigada Mecanizada (Sokoto), de la Vigésima Primera Brigada Blindada de Maiduguri, de la Vigésima Tercera Brigada Blindada de Yola y de mil soldados que retornaron de Mali (International Institute for Strategic Studies, 2015).

Como resultado de la creciente presión militar en el noreste de Nigeria, las fuerzas de Boko Haram se han tras ladado a Kano, Kaduna y Katsina. Se estima que después de mayo de 2013 un número importante de combatientes escapó a Chad, Níger y Camerún, países cuyas fronteras han sido utilizadas como refugio y zonas de reclutamiento. La respuesta a este hecho tardó en llegar y solo recién en enero de 2015 se puso en marcha una operación militar conjunta bajo el mandato de la Unión Africana, que desde entonces ha supuesto la entrada en combate de aproxima damente 8.700 efectivos (Núñez, 2015).

De más fracasos que éxitos: alcances sobre la estrategia contra el terrorismo de Nigeria

Boko Haram ha resistido más de lo previsto inicial mente por Nigeria y otros actores internacionales. En este sentido, sus principales ventajas son: primero, capacidad para utilizar territorios no controlados para la retirada y el reagrupamiento estratégico (por ejemplo, bosques de Sambisa y fronteras porosas con Camerún, Níger y Chad); segundo, el mantenimiento de flujos de recursos -tanto materiales como financieros- a través de actos criminales (por ejemplo, robos, extorsiones, secuestros y saqueos); tercero, la infiltración en diversos servicios de seguridad, y cuarto, en comparación con las fuerzas nigerianas, Boko Haram muestra mayor capacidad de adaptación en com bate (Pate, 2015).

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en el norte de Mali o Somalia, donde los grupos armados yihadistas han logrado controlar importantes extensiones territoriales, Nigeria está lejos de ser un Estado pequeño o débil. En efecto, su crecimiento económico se mantiene constante, cuenta con más de 100 mil hombres en sus Fuerzas Ar madas (entre oficiales y soldados de tropa), unos 400 mil policías e importantes capacidades tecnológicas militares (por ejemplo, un programa espacial con cuatro satélites) (Reeve, 2014). De este modo, el fracaso en contrarrestar la amenaza de Boko Haram no deriva de falta de recursos, sino de la gestión de los mismos.

El norte musulmán de Nigeria se siente marginado por el gobierno federal, el cual ha concentrado la riqueza e inversiones en las regiones cristianas del sur del país (producción de petróleo y desarrollo industrial)4. Estas desigualdades económicas y sociales se han visto acrecen tadas en la última década, a lo cual se suma el desastroso impacto del cambio climático en Borno y Yobe, en donde avanza la desertificación y ha desaparecido el lago Chad.

Del mismo modo, no se ha comprendido cabalmente que los seguidores de Boko Haram, a diferencia de otros insurgentes, no estén tras el dinero del petróleo. Puede ser que algunos de sus combatientes se hayan visto atraídos por él, pero el compromiso salafista de sus líderes es real5. El grupo busca romper con la institucionalidad vigente, objetivo que ha entusiasmado a muchos jóvenes norteños desilusionados de la política nigeriana. Además, curiosa mente -hasta la declaración de fidelidad al EI-, el grupo mostraba mucho más interés en los asuntos nacionales que en la yihad global (Reeve, 2014).

En términos generales, aun cuando las fuerzas de segu ridad han frustrado numerosos ataques de Boko Haram, el número real de ataques ha aumentado. En efecto, de acuerdo a los datos sistematizados por Global Terrorism Database, este grupo armado perpetró 1.851 ataques entre los años 2009 y 2015 (National Consortium for the Study of Terrorism and Responses to Terrorism, 2016). Sin embargo, la estrategia del gobierno nigeriano ha logrado algunos éxitos, destacando entre estos la destrucción de muchas bases e instalaciones destinadas a la fabricación de explosivos, así como también la baja de muchos miembros de esta organización terrorista, entre ellos, algunos altos dirigentes.

La emergencia de Boko Haram es el corolario de la desigualdad económica, la pobreza y el avance de una ideología radical. Asimismo, estudios destacan que las exitosas operaciones de esta organización terrorista se han visto catalizadas por el suministro ilegal de armas a través de las fronteras porosas de Nigeria y sus vecinos (Carreño y Martínez, 2015; Aghedo y Osumah, 2012).

Algunos analistas han criticado la excesiva dependencia del poder militar por parte del gobierno, como también la torpeza e incompetencia de las fuerzas de seguridad. En relación con esto último, la declaración de estado de emergencia en zonas altamente afectadas por las activida des de Boko Haram entregó a las fuerzas policiales y de seguridad enormes poderes para arrestar sin una orden judicial e imponer toques de queda. Estas medidas han sido reportadas por algunos observadores como violaciones de los derechos humanos6.

El uso de una fuerza excesiva por parte de los cuerpos militares y policiales ha dañado su reputación como insti tuciones de carácter nacional, lo cual podría acrecentarse si estos abusos son percibidos como un ataque a un grupo étnico/religioso específico. Estas tácticas han erosionado la confianza pública y simpatía hacia las fuerzas de seguridad, lo cual implica, en lo inmediato, la negación de un apoyo concreto a estas fuerzas en la lucha contra Boko Haram.

El uso de los militares en tareas de seguridad interna también erosiona la efectividad de la Fuerza de Policía de Nigeria, así como expone a los militares a la dinámica etno-religiosa de estos conflictos. Por tanto, los organis mos gubernamentales y de seguridad deberían adoptar un enfoque centrado en las personas, basado en la comunidad para derrotar a Boko Haram, intensificando para ello los esfuerzos para ganar la confianza de aquellas comunidades que albergan a los extremistas y simpatizan con su causa. Solo así se podrá obtener, de manera efectiva, la informa ción necesaria sobre el grupo armado y sus actividades.

Por otra parte, la rivalidad interinstitucional y la falta de coordinación es una característica común de la arqui tectura de seguridad de Nigeria. La rivalidad interinstitu cional a menudo es causada por la competencia por los recursos, la necesidad de visibilidad y la búsqueda de un reconocimiento público favorable a la efectividad de la agencia (Udounwa, 2013). El gran número de organismos que componen el Sistema Nacional contra el Terrorismo complicó la coordinación de sus actividades, aun cuando se lograron centralizar las funciones de supervisión en la Oficina del Asesor de Seguridad Nacional.

En un sistema en donde existe una profunda rivalidad entre los distintos servicios, es fácil entender por qué algu nas agencias intentan socavar el trabajo de otras. Ministe rios, departamentos y otras organizaciones investidas de funciones específicas deben desarrollar un marco común en el que puedan identificar sus roles y desarrollar las capacidades necesarias para llevar a cabo esas funciones. Dicho marco debe abordar áreas de interfaz tales como coordinación de políticas, intercambio de información, integración de los recursos y planificación y realización conjunta de operaciones (Udounwa, 2013). Este marco común también debe establecer una adecuada estructura jerárquica que fomente acciones decisivas en los momentos críticos.

Por otra parte, es importante tener en cuenta que Boko Haram ha demostrado su capacidad para atacar objetivos internacionales, como también su alcance transfronterizo. El ataque de 2011 al edificio de Naciones Unidas en Abuja, que costó la vida a 23 personas, es un ejemplo de lo recién expuesto. Los intereses de otros países dentro de Nigeria también están en peligro si Boko Haram y otros grupos radicales no son reducidos. El secuestro, en febrero de 2012, de siete empleados de una empresa de construcción en el estado de Bauchi, por parte del grupo Jama’atu Ansarul Muslimina fi Biladis Sudan (“Vanguardia para la Ayuda y Protección de los Musulmanes en el África Negra”), también conocido como Ansaru, ilustra bien este punto (Laborie, 2013).

Nigeria ganó el apoyo internacional en otras ocasiones en que se vio afectada su seguridad interna. En la actuali dad, el apoyo internacional continúa siendo fundamental en la estrategia de Nigeria para derrotar a Boko Haram. El gobierno nigeriano ha buscado el apoyo de Estados Unidos y otros países, particularmente, en lo referido al suminis tro de tecnología, experiencia, infraestructura y asesoría técnica, para hacer frente a los problemas de insurgencia y terrorismo. Washington es un aliado económico, pero también un socio clave en el campo de la seguridad, por lo cual debe jugar un papel de liderazgo en la movilización del apoyo internacional al régimen de Abuja. Posibles áreas de asistencia incluyen entrenamiento, suministro de equi pamiento militar e intercambio de información a través de los servicios de inteligencia.

En mayo de 2014, el Departamento de Defensa de Esta dos Unidos envió a Nigeria a un selecto grupo de oficiales para capacitar a un batallón de 650 soldados nigerianos. Esta fue la primera vez en años que Washington entrenó unidades militares nigerianas para enfrentar operaciones distintas a las misiones de mantenimiento de la paz. Sin embargo, capacitaciones aisladas como la recién descrita probablemente tengan un leve impacto en la cultura militar de Nigeria. La postura de Abuja hacia la cooperación de seguridad con Estados Unidos continúa siendo poco en tusiasta, a pesar de la petición del ex presidente Jonathan por la ayuda solicitada a raíz de los secuestros perpetrados en un colegio femenino de Chibok (International Crisis Group, 2016b; Campbell, 2014).

Por otra parte, durante la Cuarta República, las Fuer zas Armadas nigerianas han vivido un profundo proceso de profesionalización y modernización. Esto se ha dado particularmente en el Ejército, en donde se ha capacitado a los militares en la lucha contra el terrorismo y la insurgencia. No puede decirse lo mismo de muchos de los otros servicios, en particular, de las fuerzas policiacas, las cuales cuentan con una formación deficiente, baja moral y equipamiento obsoleto. La policía carece también de la capacidad de vigilancia e idóneos servicios de inteligencia.

La mayor parte de las iniciativas de modernización de las Fuerzas Armadas y los organismos de seguridad han sido dirigidas al personal de tropa y no al cuerpo de oficia les. En efecto, más de 5 mil agentes de seguridad de menor rango fueron entrenados en la lucha contra el terrorismo y la insurgencia entre 2010 y 2012; mientras que solo 167 jóvenes oficiales fueron capacitados el año 2012 (Comolli, 2015). No hay evidencia de formación contra el terrorismo para los oficiales de rangos más altos, lo cual claramente es una debilidad del plan estratégico implementado hasta ahora.

La dispensación de una justa y rápida justicia es esencial no solo en la lucha contra la insurgencia de Boko Haram, sino también para promover la justicia individual, la co hesión nacional y el desarrollo socioeconómico. El año 2012, el fiscal general de Nigeria, Mohammed Bello Adoke, denunció las falencias del Poder Judicial, particularmente, los retrasos en la justicia penal y la larga prisión preventiva de los sospechosos (Taiwo y Adigun, 2014).

En relación con esto último, muchos miembros, patro cinadores y simpatizantes de Boko Haram -incluyendo algunos miembros del Parlamento- han sido detenidos durante las varias operaciones de lucha contra el terroris mo los últimos tres años, pero pocos han sido procesados y condenados con éxito (Udounwa, 2013). Es más, el fallecido líder de Boko Haram -Mohammed Yusuf- fue arrestado en 2006 y 2008, acusándosele por incitación a la violencia y apoyo al terrorismo. Sin embargo, en ambas ocasiones fue puesto en libertad, sin cargos.

Más de ochenta sospechosos de colaborar con Boko Haram están bajo prisión preventiva solo en Abuja. Más de cien esperan un juicio en Kano. Cientos de presuntos miembros de Boko Haram han sido liberados de la cárcel mediante ataques en prisiones, bien orquestados por el grupo, mientras estos sospechosos esperaban juicio. La rápida finalización de los juicios permitiría a las autori dades penitenciarias trasladar a los presos condenados a instalaciones más seguras (Aigbovo y Igbinovia, 2014).

El inspector general de la Policía de Nigeria, Muham mad Abubakar, atribuyó el retraso en el enjuiciamiento de los sospechosos a la falta de una legislación adecuada (Forest, 2012). El Senado de Nigeria no compartió lo expuesto por el inspector general, señalando que la Ley de Prevención del Terrorismo de 2011 es un ejemplo del trabajo hecho en esta materia. Algunos analistas están de acuerdo en la existencia de una legislación adecuada, pero culpan a la falta de un organismo coordinador designado por ley para la investigación de los presuntos actos terro ristas. También debe eliminarse la corrupción en el Poder Judicial, los largos períodos de detención previos al juicio y la duplicación de funciones en el enjuiciamiento.

Por otra parte, el comercio ilegal de armas pequeñas, ligeras y municiones ha fomentado el desarrollo de los conflictos y el terrorismo en África, lo cual ha generado la preocupación internacional desde el genocidio de Ruanda en 1994. La estrategia del gobierno de Nigeria contra Boko Haram identificó aquellas fronteras porosas del país, como también el uso dado a estas para mantener el flujo de armas ilegales. El mismo Mohammed Yusuf reconoció el sumi nistro de armas al grupo desde Níger, Camerún y Chad.

Los conflictos derivados de la “Primavera Árabe”, como también la propagación del extremismo violento en la región del Sahel, han aumentado el problema del abastecimiento de armas a terroristas (Okereke, 2012). Los programas de control de armas pequeñas, los embargos, las sanciones, las regulaciones de importación y exportación, el desarme, la desmovilización y la reintegración no han dado resultados positivos. El éxito de estos programas está en peligro en Nigeria, donde cerca de siete millones de armas ilegales están en manos de actores no estatales y grupos criminales, debido a la debilidad de las instituciones, la capacidad local de fabricación de armas, la corrupción y la existencia de extensas, porosas y poco vigiladas fronteras terrestres y marítimas.

En efecto, los 1.500 kilómetros de frontera entre Nigeria y Níger son claves debido a la prevalencia de delincuencia transfronteriza y afluencia de extranjeros ilegales, impul sados por prolongados conflictos en países vecinos como Chad, Sudán y Libia (Serrano y Pieri, 2015). Es de público conocimiento que Boko Haram posee bases temporales en la región de Zinder, Níger, y todos los días utiliza varios puntos de cruce hacia Mali y Mauritania para enlazar con AQMI y otros grupos extremistas. El plan de ambos paí ses para patrullar conjuntamente la frontera está aún por materializarse, como también la ejecución de los acuerdos bilaterales en esta materia con Benín, en la frontera occi dental de Nigeria.

Por último, la cuestión de las fronteras porosas no se limita a las fronteras terrestres de Nigeria. Las actividades de los grupos delictuales que participan en los lucrativos negocios ilegales de repostaje de petróleo en alta mar y secuestros en la zona del delta del Níger han transforma do la región sur del país en un atractivo destino para los traficantes de armas ilegales. También existe la necesidad de que el gobierno nigeriano sea capaz de rastrear, monitorear y resguardar el arsenal recuperado por las fuerzas de seguridad durante las operaciones contra Boko Haram. La vigilancia eficaz de las fronteras ayudaría a prevenir que este grupo tenga acceso a armas y otras formas de apoyo por parte de violentos extremistas de África Occidental.

Consideraciones finales

A pesar de los esfuerzos hechos por el gobierno federal de Nigeria, como también de ciertos logros inobjetables en su lucha contra Boko Haram7, este grupo continúa sien do una amenaza a la seguridad del país y del continente africano. En efecto, el número, sofisticación, distribución geográfica y variedad de objetivos atacados con éxito por estos insurgentes han aumentado considerablemente desde el año 2009.

Boko Haram también ha ampliado su base de opera ciones más allá de las fronteras nigerianas, estableciendo vínculos con otros violentos grupos extremistas dentro de la región. La intransigencia del grupo es resultado del aumento de su capacidad operativa y las lagunas en la estrategia del gobierno de Nigeria.

La dependencia de Nigeria del poder militar para luchar contra Boko Haram no ha optimizado todos los elementos del poder nacional para alcanzar la paz y seguridad en las zonas afectadas. La estrategia debería apuntar hacia aquellas comunidades en donde se conoce la existencia de centros de operaciones de este grupo, a fin de obtener información útil que mejoraría la capacidad de las fuerzas de seguridad para adelantarse a los planes de los violentistas. Una vigilancia fronteriza más eficaz en la región norte implicaría también romper los vínculos entre Boko Haram y los grupos terroristas estacionados en el Sahel.

Del mismo modo, Nigeria debe aprovechar algunas debilidades mostradas el último tiempo por Boko Haram: primero, el crecimiento de sus fuerzas se ha basado princi palmente en el reclutamiento forzoso, lo cual muestra un agotamiento de la popularidad del grupo en la región8; segundo, las nuevas ambiciones llevaron a replantearse la táctica de “golpear y correr” (hit and run) y destinar mu chos más recursos al control de aldeas, pueblos y ciudades, y tercero, las pugnas por el liderazgo entre Abubakar Shekau y Abu Musab al-Barnawi, este último muy cercano al EI, siembran dudas respecto del futuro de la organización.

El reclutamiento de miembros que perpetúen la insurgencia no terminará a menos que el gobierno federal haga frente a importantes desafíos, como reducir la pobreza, crear empleos, desarrollar nuevas infraestructuras y aumen tar la alfabetización. Todo ello debe darse, especialmente, en el norte del país, en donde Boko Haram tiene acceso a una gran masa de jóvenes en riesgo social.

Finalmente, el desafío que enfrenta Nigeria no es menor, por cuanto implica hacer frente a una insurgencia que se ha alimentado de la propia historia del país, de su estructura geopolítica, de los problemas derivados de su composición étnico-religiosa y de las profundas desigualdades sociales y económicas. Por lo tanto, la derrota de Boko Haram solo se conseguirá desplegando una estrategia nacional de carácter comprehensivo, es decir, que no solo considere el despliegue de cuerpos militares de elite en el campo de batalla, sino también el impulso de políticas que permitan atender, en todos los ámbitos, a una población marcada por la inseguridad. Es la única manera de que Nigeria vuelva a la senda de la paz y el desarrollo.

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1Una versión preliminar de este trabajo fue presentada en el X Congreso Vasco de Sociología y Ciencia Política. Bilbao, 3-4 de septiembre de 2015.

2Conjunto de creencias, supuestos y modos de comportamiento derivados de experiencias comunes y narrativas orales y escritas, aceptadas por la nación, que constituyen —primero— la identi dad colectiva; segundo, estructuran las relaciones con otros Estados, y tercero, determinan los fines y medios adecuados para la consecución de los objetivos vinculados a la inserción inter nacional y la seguridad nacional (Johnston, 1995).

3Algunos miembros de Boko Haram viajaron a Mali con el fin de entrenarse en los campamentos de AQMI, experiencia que los acercó a la ideología yihadista de los simpatizantes de Al Qaeda. Sin embargo, la intervención militar francesa (Opération Serval) obligó a muchos de estos combatientes a retornar a Nigeria. Estos impulsaron, más tarde, audaces ataques en un radio geográfico más amplio, como también adoptaron el secuestro como táctica (Comolli, 2015).

4A la percepción de marginación económica se suma el recelo mostrado en las regiones del norte hacia el gobierno federal, tras la constitución de la Cuarta República, por cuanto desde 1999 tres de los últimos cuatro presidentes han sido cristianos del sur de Nigeria.

5El “salafismo” dice relación con una vuelta a los fundamentos originales del islam, el cual ha sido deformado por tradiciones posteriores. Estas han desvirtuado la naturaleza y sentido estric to en la aplicación de la ley islámica, como también su interpre tación en el tiempo y transmisión a las sucesivas generaciones (González, 2015).

6Los excesos de las fuerzas de seguridad responden a una cultura de la impunidad derivada de las dictaduras militares que asola ron al país durante décadas (1966-1979; 1983-1999) (International Crisis Group, 2016a; Carreño, 2015).

7El último de ellos, la toma del campamento base de Boko Haram en el noreste del país, por parte del Ejército de Nigeria (“Ope ración Lafiya Dole”), el pasado 23 de diciembre de 2016. Tres días antes, las fuerzas militares del gobierno federal anunciaron la liberación de 1.880 civiles, así como la detención de más de 500 yihadistas en Sambisa.

8A diferencia, por ejemplo, del Estado islámico, Boko Haram no ha mostrado ni capacidad ni inclinación a sumar nuevos miem bros provenientes de otros lugares. Esta situación puede llevar a este grupo a sumar combatientes menos comprometidos, menos cualificados y más susceptibles a la cooptación o deserción (Pate, 2015).

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