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Cultura-hombre-sociedad

versão impressa ISSN 0716-1557versão On-line ISSN 0719-2789

Cult.-hombre-soc. vol.26 no.2 Temuco  2016

http://dx.doi.org/10.7770/CUHSO-V26N2-ART1095 

Dinámicas de campo en la emergencia de la antropología científica en Chile. Algunas consideraciones y debates situados a inicios del siglo XX1

 

Field Dynamics in the Emergence of Scientific Anthropology in Chile? Some Considerations and Debates at the Beginning of the 20th Century

 

HÉCTOR MORA NAWRATH

Universidad Católica de Temuco, Chile


RESUMEN

Este artículo entrega antecedentes claves en la emergencia y desarrollo de la antropología en Chile relativos a actores, instituciones y procesos, y expone algunas tensiones o debates que tienen lugar en una época inicial en la producción de orientación antropológica en Chile. Estos debates permiten reflexionar sobre la autonomía relativa de los campos (Bourdieu i99i), en tanto las «discusiones científicas» trascienden los límites de los círculos especializados de la época, cada vez que se hace presente la opinión y hasta la censura de parte de la élite política e intelectual conservadora (Donoso, 2006; Pavez, 2015). En esta dirección, se hace posible discutir la tesis que plantea que la antropología en Chile representó los intereses del Estado y la élite política en la construcción de la nación, cada vez que no se visualiza una respaldo consistente en la promoción y desarrollo de las ciencias antropológicas, indicando además que el conocimiento generado por varios de estos primeros investigadores disputa sentido con quienes creen detentar el pensamiento legítimo para representar los vestigios materiales y costumbres indígenas y proyectar la nación.

PALABRAS CLAVE

Institucionalización científica, producción antropológica, antropología chilena.


ABSTRACT

This article exposed some key antecedents that we can call process of institutionalization of scientific anthropologyat the beginning of the twentieth century, specifically relating to the identification of institutional instances, actors and discussions that took place at that time about what was defined as «object», the past and present indigenous or native population that inhabited the national territory. The above evidence the emergence of a research area without discipline, that failing in its consolidation in the university scene and/or formative of the period, besides not having continuity as an autonomous field. Without a persistent support from the state, and as is characteristic in the emergence of science in Latin America, anthropology arises from the effort of specific actors that sustain it, from an imaginary which places it as modern science, under the imperative moral to register what disappears with the progress.

KEYWORDS

Institutionalization scientific, anthropological production, Chilean anthropology.


 

Ya es tiempo que se reaccione contra esta indiferencia i se tome alguna medida para recoger i clasificar, de una manera científica, todas las informaciones y datos posibles de cada una de estas razas, destinadas en breve a desaparecer ante la marcha del progreso i de la civilización. Sería mui conveniente que el Supremo Gobierno estimulara el estudio i propaganda de la Antropología, como se ha hecho en todo los países cultos

Carlos Porter (1909: 122).

Introducción

Ya en 1941, el antropólogo Donald Brand, en el artículo «The Status of Anthropology in Chile», señalaba que si bien en el país no existía a la fecha un entrenamiento formal en antropología ni tampoco un departamento universitario, era posible reconocer una práctica o cultivo de esta ciencia en la producción de material de investigación en distintos campos. Con anterioridad, el zoólogo y entomólogo Carlos Porter (1906, 1909, 1931) dejó testimonio de las primeras investigaciones en antropología, huellas que quedaron inscritas en diversos trabajos publicados en revistas, periódicos, folletos y correspondencia. Porter confecciona un detallado inventario en que identifica 99 trabajos antropológicos, arqueológicos y etnológicos publicados en Chile entre 1845 y 1906,2 y que en 1910 amplia a 197 referencias.3 Los estudios de Porter, publicados en revistas de Chile, Argentina (Anales del Museo Nacional de Buenos Aires) y Francia (Journal de la Société des Américanistes), permiten advertir que «lo indígena» y los vestigios materiales del pasado comenzaban ya a mediados del siglo XIX a gatillar la preocupación intelectual bajo la consigna de inventariar lo que desaparece frente al progreso.

En este escenario, la inscripción de la antropología en el imaginario de época en Chile involucró el compromiso individual y colectivo orientado a la generación de un espacio material y simbólico que permitiera su legitimación como ciencia moderna frente al Estado y la élite político-intelectual. Estos primeros científicos chilenos contribuyeron, muchas veces a través de sus propios medios, a la creación de sociedades científicas, impulsar la conformación de museos, desarrollar publicaciones y revistas y organizar y participar en congresos científicos nacionales y extranjeros, lo que en concreto dio lugar a la creación de distintas instituciones en el país, algunas de ellas promovidas por el Estado, entre las que destacaron: el Museo Nacional (1842), el Museo Histórico e Indígena del Palacio Hidalgo (1874), la Sociedades Arqueológica de Santiago (1878), el Museo Etnológico y Antropológico de Santiago (1912), la Sociedad de Folklore Chileno (1909), la Sociedad Chilena de Historia y Geografía (1911), la Sociedad Biológica de Concepción (1927), entre otras iniciativas.

Si bien para la época analizada (1860-1930) no existen instituciones consolidadas que hicieran posible la producción y reproducción de la antropología como disciplina científica (Clark, 1983; Becher, 2001), estas organizaciones permiten hablar de cierto nivel de institucionalización, aunque débil, que da cuenta de la emergencia de un «estilo de antropología periférico» (Mora Nawrath, 2016).4 Esta incipiente institucionalización es frágil e inestable y evidenciando una falta de respaldo generalizado por parte del Estado y de la élite política chilena que impide su consolidación temprana, al igual de que lo ocurrido en otros países latinoamericanos (Mora Nawrath, 2014, 2016).

Pese a ello, estas iniciativas constituyen la base sobre la cual se estructuran relaciones de colaboración que permiten el flujo de información y brindan soporte a los primeros debates intelectuales sobre la antropología como campo científico emergente y a las discusiones relativas a la representación del sujeto indígena nativo en cuanto a origen, especificidad, vínculos y carácter.

Primeros impulsos en la institucionalización de la antropología en Chile

El proceso de institucionalización de la antropología chilena se inicia a comienzos del siglo XX, y fue posible por el impulso e interés intelectual por las poblaciones indígenas y los vestigios del pasado, el cual se canalizó a través de la conformación de algunas instituciones, siendo gravitantes las sociedades científicas y los museos. Si bien estas primeras iniciativas no poseen una orientación exclusivamente antropológica —salvo la Sociedad Arqueológica de Santiago y el Museo Etnológico y Antropológico—, generan espacios de sociabilidad y formación en la lógica de los colegios invisibles (Crane, 1972; Price, 1973), posibilitando la producción de conocimientos especializado sobre la «otredad radical cercana» (Peirano, 2008), pasada y presente.

Para el período que va entre 1860 y 19545 podemos identificar la fundación de cinco museos, de los cuales sólo uno se define como museo antropológico, el Museo Etnológico y Antropológico de Santiago (1911-1928) (véase Figura 1).6 Este museo, que cuenta con un intermitente financiamiento estatal, integra la exhibición de piezas con el desarrollo de investigaciones arqueológicas y etnográficas. Para el caso del Museo Nacional de Historia Natural (fundado en 1830), la sección de arqueología y etnología se crea en 1914; el cargo ad ho-norem de jefe sección fue asumido por Leotardo Matus y, posteriormente, en 1928, ocupado por Gualterio Looser, hasta la incorporación de Grete Mostny como jefa de sección de arqueología en 1940 (Mora Nawrath, 2016).

Figura 1. Instituciones científicas en las cuales se desarrolla y publican trabajos de orientación antropológica.

Por otro lado, un papel importante jugaron las sociedades científicas. Como señaló Humberto Fuenzalida, estas sociedades —que casi en su totalidad corresponden a esfuerzos de privados— resultan clave en la organización y producción especializada de la época, advirtiendo que:

Para entender la evolución intelectual de Chile en las primeras décadas del presente siglo, habría que hacer un estudio de ellas, revivir el clima de sus sesiones, revisar sus problemáticas, sus discusiones, sus proyectos y sus realizaciones. Para el desarrollo de la investigación y la creación del nuevo espíritu ellas son más importantes que la universidades (Fuenzalida, 1964: 2).

Entre las distintas sociedades destaca la Sociedad Chilena de Historia y Geografía (creada en 1911), tal vez la sociedad especializada más gravitante en las ciencias sociales y humanas de la primera mitad del siglo XX. Su revista registra entre 1911 y 1954 un total de 134 artículos referidos a temáticas antropológicas, arqueológicas, etnológicas y de folclor (Cuadro N°1).7

Dado el profundo compromiso por parte de los primeros investigadores en humanidades, es posible afirmar que el interés por el desarrollo de esta nueva ciencia del hombre fue mucho más que una preocupación ocasional o un hobby difundido por un grupo de «intelectuales excéntricos». El volumen de producción es relativamente importante para la época, y fácilmente sobrepasa las 532 contribuciones contando los trabajos publicados en revistas de circulación nacional entre 1860 y 1954 (Mora Nawrath, 2016: 163). El volumen de producción es gravitante si tenemos en consideración las condiciones materiales para el funcionamiento de estas instituciones, la que se hace manifiesta en la continua demanda por recursos y espacio para el desarrollo de la investigación continuamente denunciada por investigadores como Gusinde (1916), Lenz (1924), Oyarzún (1927), Latcham (1929) y Fuenzalida (1964).8

Cuadro 1. Instituciones con publicación de revistas y artículos en áreas afines a las ciencias antropológicas entre 1860 y 1954. Fuente: Mora, 2016: 158.

En este escenario precario resultan clave los recursos provenientes del patrimonio personal, lo que queda patente en el hecho de que a inicios del siglo XX una porción del material bibliográfico y arqueológico se encontraba en las colecciones privadas de varios de los primeros investigadores. Muchos de estos materiales pasan luego, vía donación en vida o póstuma, a los museos y bibliotecas de Chile. Al respecto, Porter (1910) entrega algunos antecedentes:

Los doctores Eichel y Oyarzún son poseedores de objetos de cerámica e instrumentos de piedra y hueso; M. Cañas Pinochet, de hachas de piedra, de discos perforados y una buena biblioteca; Latcham, [de] una rica colección de cráneos y una abundante literatura y M. J. T. Medina, de cráneos, de cerámicas y una rica biblioteca. Todas estas personas residen en Santiago. Aníbal Echeverría, de Antofagasta, posee importantes objetos y documentos sobre lingüística. En Quilpué, el Doctor Francisco Fonck, con una buena colección de osteología, de hacha de piedra y vasijas; en Temuco, el rector del Liceo, Tomás Guevara, que acaba de publicar Psicología del Pueblo Araucano, posee una colección de cerámica... (Porter, 1910: 208).

Desde la óptica de estos primeros científicos sociales, las colecciones privadas permiten la protección del patrimonio nacional frente al saqueo, comercialización y abandono existente, siendo además un freno a la fuga de dicho material hacia colecciones extranjeras. Como se interpreta en un informe de Gusinde (1916), también se realizaron esfuerzos, a principios del siglo XX, por promover la conservación a través de la sensibilización de la población:

A nadie puede tomársele a mal que de un largo viaje por pueblos primitivos traiga consigo algunas armas, vasos, tallados u otros objetos de arte, a fin de embellecer su gabinete de estudio. Pero como el valor estético de tales cositas es muy dudoso y su dueño apenas si sabe apreciarlas, estos trofeos corren la misma suerte que cualquier otro objeto particular: se deterioran y fatalmente desaparecen. Debemos hacer comprender al público que los objetos de valor científico siempre pertenecen a las colecciones de un museo, aun cuando hayan sido adquiridos con dinero particular. Felizmente, hay en Chile patriotas desprendidos y generosos que tan pronto como se les dé la garantía de que sus colecciones privadas serán bien cuidadas y aprovechadas para el bien de la Nación, las cederán gustosos al nuevo museo (Gusinde, 1916: 45).

En estas condiciones se logra articular hacia inicios del siglo XIX un área de estudios y difundir en el espacio público especializado y no especializado —a través de revistas, periódicos, congresos, reuniones, seminarios, entre otros—, la producción intelectual que está teniendo lugar, la cual circula y se releva incluso a nivel internacional. Alexander Chamberlain, primer graduado como doctor en antropología en Estados Unidos, dedica un artículo publicado en 1910 en The Journal of American Folklore a los estudios realizados en Chile sobre folclor. En él se hace referencia al trabajo de Rodolfo Lenz,9 Ramón Laval y Julio Vicuña Cifuentes y a la Sociedad de Folklore Chileno, presentando además un catastro de las publicaciones chilenas en dicha materia, en el que se recogen muchos de los trabajos de Lenz. Chamberlain enfatiza la importancia que otorga Lenz al registro de la lengua nativa para dar cuenta de celebraciones religiosas, canciones, cuentos, poesías, mitos, juegos, cocina y alimentos y resalta el interés que otorga el filólogo al proceso de chilenización de la población indígena.10

En este período, algunos gobiernos reconocen el estatus de especialistas de estos primeros antropólogos y prestan apoyo para el desarrollo de diversas iniciativas pese a la inestabilidad económica que atraviesa el país (Cariola y Sunkel, 1982).11 En el caso de Chile, un hito clave en dirección a la institucio-nalización y desarrollo de la antropología fue la participación de una delegación en el Congreso de Americanistas de Buenos Aires, celebrado en mayo de 1910. A partir de este congreso surge el impulso para la fundación del Museo Etnológico y Antropológico, única institución especializada en la materia hasta la década de 1950.

En este sentido, es clave la gestión de los presidentes Pedro Montt (19061910) y Ramón Barros Luco (1910-1915), en tanto el primero, por medio del Decreto Supremo 190 del 17 de febrero de 1910, nombra a José Toribio Medina, Aureliano Oyarzún, Tomás Guevara y Aníbal Echeverría como representantes del Gobierno de Chile para asistir al Congreso Americanista de Buenos Aires. Acompañó a esta delegación en calidad de asistente el entonces profesor del Instituto Pedagógico, Rodolfo Lenz, representando a los estudios del folclor chileno.12

El informe presentado por la delegación señala:

La preparación variada de esta delegación ha sido causa de que se maneje en conjunto con éxito lisonjero, tanto en las reuniones públicas como las privadas, que han tenido por objeto, las últimas, acercar a los miembros del congreso, darse recíprocas informaciones, cambiar ideas, en suma, sobre los diversos problemas de carácter americanista. El doctor Oyarzún ha estado dentro de sus conocimientos interviniendo en los asuntos de antropología indígena, el señor Medina en los de bibliografía americana, el señor Guevara en los de etnolojia general i araucana, el señor Echeverría en los de instituciones aborigen relacionadas con el derecho i el señor Lenz en los de filología americana (Anales de la Universidad Chile, 1910: 634).

Entre los trece trabajos presentados en dicha ocasión por la delegación chilena, doce estaban asociados directamente con temáticas indígenas, principalmente en áreas de la lingüística, la arqueología y la prehistoria (Cuadro N°2).

Como señala el informe, la delegación chilena, junto con acudir al congreso, se ocupa de «recoger informes sobre algunos servicios públicos relacionados con la enseñanza, museos i bibliotecas» (Anales de la Universidad Chile, 1910: 902). Oyarzún y Guevara visitaron el Museo Arqueológico de la Universidad de Buenos Aires y el Museo de La Plata en el marco de la invitación que los directores de dichos establecimientos habían cursado a los miembros de la delegación. Respecto del primer museo señalan: «este Museo es una maravilla en su jénero. Colecciones valiosas de alfarería i piedra se ostentan cuidadosamente guardadas i clasificadas. Todas las rejiones indijenas antiguas tiene ahí su representación arqueológica en restos de admirable factura» (Anales de la Universidad Chile, 1910: 902). En relación al Museo de La Plata, el informe registra lo siguiente:

Cuadro 2. Títulos de los trabajos presentados por la delegación chilena en el XVII Congreso Americanista en Buenos Aires en 1910.

Mucho más rico en material arqueológico es el Museo de La Plata, dirijido por el reputado etnólogo arjentino don Samuel A. Lafone Queve-do... Este Museo está instalado en un rejio edificio, dividió en secciones de arqueolojía, zoolojía i paleontolojía... Esta última sección es, con seguridad, la mejor de cuantas existan en el Continente Americano, i quizá en Europa. En la sección de arqueolojía, se encuentra agrupado un material abundantísimo i escojido; sobresalen, principalmente las colecciones de alfarería americana. La delegación se sorprendió, i tal vez se vió un tanto cohibida al encontrase con una colección de esqueletos de aborígenes chilenos tan completa que ni la décima parte puede verse en Chile (Anales de la Universidad Chile, 1910: 902-903).

Estas visitas permiten a los delegados chilenos constatar el avance que el Museo y la Universidad de La Plata habían obtenido en términos de formación de especialistas. Dicen: «Anexo a la Universidad de La Plata, hai un curso de Ciencias Naturales que comprende los siguientes ramos: Zoolojía, Botánica, Mineralojía, Jeología, Antropolojía, Paleontolojía, Etnolojía, Petrografía e Histolojía Práctica. Sirven esta cátedras distinguidos especialistas» (Anales de la Universidad Chile, 1910: 903).

El Congreso de Americanistas de 1910 fue entonces fundamental en el largo proceso de institucionalización de la antropología chilena. Esto porque permitió:

•    Afianzar y validar el trabajo de investigación realizado a nivel nacional chileno.

•    Establecer redes de colaboración a nivel latinoamericano e internacional con connotadas figuras científicas de la época.

•    Tomar conocimiento del avanzado desarrollo que tenía la investigación antropológica en los museos argentinos.

Las observaciones contenidas en el informe de la delegación chilena permiten justificar la demanda de mayor compromiso que se solicitaba a los gobernantes chilenos en el desarrollo y promoción de las ciencias antropológicas, muy avanzadas en el país transandino en aquella época. De hecho, a su regreso al país, tanto Oyarzún como Guevara señalan haber redactado una carta dirigida al Presidente Pedro Montt consignando que:

Se ha manifestado al señor Presidente de la República, al Rector de la Universidad i al director del Museo Nacional, la necesidad que hai en Chile de organizar un Museo etnográfico, independiente de las otras secciones, aunque no en la dirección general, y rejentando por un especialista europeo, particularmente por un antropólogo que sepa reunir, preparar y clasificar un material abundante (Anales de la Universidad Chile, 1910:904).

En el informe emitido se constata el compromiso que había adquirido el Presidente Montt por dar curso a esta solicitud de la delegación chilena, asintiendo la contratación del sabio italiano doctor Aldobrandino Mòchi de Florencia13 —que había participado en el Congreso Americanista de Argentina—, encargando al decano de la Facultad de Humanidades, Domingo Amunátegui, «que arreglara un proyecto de organización de este servicio científico, descuidado por completo entre nosotros» (1910: 904). Sin embargo, la muerte de Montt no logra concretar la contratación de Mòchi, y en su reemplazo, bajo el gobierno de Barros Luco, se contrata a Max Uhle —otro participante en dicho congreso—, cuyo trabajo colaborativo da origen al Museo Etnológico y Antropológico antes mencionado. Sin embargo, la posibilidad de dictar formación en algunos campos antropológicos no se concreta, a lo que se suma, por motivos de ajuste presupuestario, el despedido Uhle en 1916. Mismo destino corre Martín Gusinde en 1926, así como el Museo Etnológico y Antropológico de Santiago, que cierra en 1928 dando lugar —a través de la fusión con el Museo Histórico— al Museo Histórico Nacional en 1929.

Los actores en la producción antropológica

Si bien entre 1910 y 1930 se localiza el mayor número de publicaciones de orientación antropológica a nivel nacional (cerca de un 53% del total catas-trado en esta investigación entre 1860 y 1954), ya hacia mediados del siglo XIX es posible identificar literatura que tiene como foco la población nativa del país, indígena o rural (Mora Nawrath, 2016). En lo relativo a los primeros trabajos de orientación antropológica o etnológica, autores como Orellana (1996) y Berdichewsky (1980) establecen como hito Los aborígenes de Chile, publicación del historiador José Toribio Medina Zavala (1852-1930) y que aparece en 1882. El propósito de este trabajo fue caracterizar a la población nativa de Chile, desarrollando una aproximación de corte comparativo que se elaboró en base a fuentes secundarias —principalmente relatos de cronistas, viajeros y análisis de propuestas teóricas de especialistas— y observación directa en territorio mapuche o araucano. Cinco de los doce capítulos —VI, XII, XIII, IX y X— tratan sobre esta última población, considerando temas como lengua, territorio, cultura material, religión, organización social; en tanto, el primer capítulo trata sobre el origen del nombre de Chile, el segundo desarrolla una discusión sobre los primeros pobladores contrastando distintos antecedentes y opiniones de intelectuales de la época, y el cuarto, sobre raza primitiva en América y Chile. Los dos últimos capítulos —XI y XII— refieren a los incas y las relaciones con el Perú, específicamente sobre la expansión, conquista, administración e influencia incásica en Chile.

Para Carlos Porter (1906), «esta es la obra más notable que se haya escrito en Chile sobre Antropología i Etnografía chilenas» (115), en tanto Oyarzún (1979), orientado por el canon del trabajo de campo etnográfico —vivir por un tiempo prolongado entre los nativos—, y teniendo como referente directo la etnografía que había desarrollado a la fecha Gusinde, lo ubica en el área de la historia, señalando:

De todos los autores nacionales del siglo pasado que se ocuparon de estos problemas y a quienes reconocemos su méritos, mencionaremos en primer lugar a don José Toribio Medina que, libre de las influencias filosóficas de su tiempo, al escribir su libro sobre Los aborígenes de Chile, no hizo sino darnos un resumen de los escritos de los cronistas de la Colonia, mostrándonos los hechos de los indígenas y adoptando el método de la verdadera Historia, de tal manera que es curioso tener que reconocer que, ya en ese tiempo, se creía que el mejor modo de estudiar las acciones de nuestros aborígenes, era recurriendo a las fuentes de la Historia... (251).

Si bien el trabajo de Medina no sigue la orientación antropológica moderna, que implica trabajo de campo intensivo viviendo entre los habitantes del grupo estudiado,14 transita por la vía de algunos desarrollos antropológicos de la época. Tal como hicieron varios de los primeros antropólogos, Medina realiza una estancia en territorio mapuche, lo que permite generar descripciones de primera mano que acompaña con reportes de informantes-colaboradores y literatura publicada sobre las poblaciones estudiadas (fuentes secundarias).15

En la biografía de Medina escrita por Amunátegui (1932), éste declara que para componer su trabajo, Medina —con 30 años de edad— tuvo que recorrer La Araucanía, poniendo en riesgo su vida. Además señala que Los aborígenes de Chile constituye la obra que permite a Medina ser nombrado Miembro Honorario de la Sociedad de Americanistas, establecida en Francia. Como referencia, señalar que el trabajo de Medina se encuentra relativamente próximo a las contribuciones realizadas por quienes suelen ser reconocidos entre los pioneros en antropología mundial: el inglés Edward Burnett Tylor (1832-1917), que publicó Anahuac or Mexico and the Mexican, Ancient and Modern en 1861 y Anthropology: An Introduction to the Study of man and civilization en 1881; el estadounidense Lewis Henry Morgan (1818-1881) quien publica The League of the Ho-de-no-sau-nee or Iroquois en 1851, System of Consanguinity and Affinity of the Human Family en 1871 y Ancient Society en 1877; el escocés James George Frazer (1854-1941), cuya publicación The Golden Bough: A Study in Magic and Religion, aparece en 1890. El aporte de Medina en el campo historiográfico resulta indiscutible, y sin duda Los aborígenes de Chile constituye una obra de carácter antropológico cuya magnitud y alcance no había tenido lugar en el país. Sin embargo, la exploración a la bibliografía de la época permite constar que desde mediados del siglo XIX ya se estaban publicando artículos sobre población indígena.

Precisamente con el objetivo de promover el desarrollo de las ciencias antropológicas en el ambiente intelectual de la época, el entomólogo y zoólogo Carlos Porter —uno de los primeros científicos chilenos en llevar a cabo estudios sobre la producción y desarrollo de las ciencias y antropología nacional, confecciona un detallado inventario con 99 trabajos antropológicos y etnológicos publicados en Chile hasta 1906, el que en 1910 amplia a 197 referencias.16

El trabajo más temprano identificado por Porter corresponde a libro escrito por Ignacio Domeyko La Araucanía y sus habitantes, publicado 1845, y que se organiza a la manera de un diario en el cual se narran, entre otros, aspectos relativos a las costumbres de los araucanos.17 En el comentario, Porter añade «Llamamos la atención del lector tan solo a la segunda parte del libro del sabio Domeyko, titulada: Estado moral en que se hallan actualmente los indios araucanos, sus usos i costumbres; pues es la parte de la obra que puede mencionarse en el presente trabajo» (1906: 110). En el mismo catastro, se consigna una de las primeras publicaciones realizadas en una revista de corte académico sobre temáticas antropológicas de época: «Antigüedades americanas. Últimos trabajos a ellas relativos». Este artículo aparece publicado en los Anales de la Universidad de Chile en 1860,18 siendo su autor Adolfo Favry, profesor de francés de la Escuela Militar, Escuela de Artes y Oficios e Instituto Nacional. El texto presenta una discusión en torno a una serie de trabajos que se habían realizado referidos a la población americana, específicamente del área de Me-soamérica (por ejemplo, la Historia de los pueblos de América Central publicada por el abate Brasseur de Bourbourg).

La revisión del catastro realizado por Porter (1910) hace posible organizar las publicaciones en 7 categorías (Cuadro N°3).19

Del total de 197 publicaciones, un 48% pueden ser definida bajo la categoría «Exploración-etnología-etnografía», y corresponden a aproximaciones que involucraron registros de campo, los cuales fueron construidos a través de la observación directa y descripción de algunas características de las poblaciones indígenas situadas en distintas regiones del país. Dichas expediciones se realizaron en el marco del reconocimiento de ciertas áreas geográficas poco conocidas o estudiadas, de modo de dar cuenta de recursos potenciales para el país (puertos, yacimientos, límites fronterizos, etcétera). Si bien muchos de estos son registros breves y que no cumplen con el canon del trabajo de campo etnográfico —vivir entre la población nativa por al menos un año—, brindan ciertos antecedentes que permiten ir configurando una panorama sobre estos grupos. A modo de ejemplo, Porter (1906) releva la importancia del Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, haciendo alusión a la información que presenta en su boletín de 1885, en el cual la comisión francesa a bordo del Romanche aporta referencias sobre «tres razas» (alacalufes, yahaganes y onas) tras su recorrido por el Cabo de Hornos entre septiembre de 1882 y septiembre de 1883. También destaca la figura de Francisco Vidal Gormaz — miembro de la marina chilena y precursor de la hidrografía en el país—, quien realiza varias exploraciones en los canales australes publicando obras como: «El reconocimiento del Río Maullín» (1857), «Reconocimiento de los canales del sur de Chiloé» (1857), entre otras (Porter, 1910).

Cuadro 3. Clasificación de los trabajos identificados por Porter. Fuente: Elaboración propia en base a Porter (1910).

El trabajo de Porter también permite identificar un 15% de la producción bajo la categoría de Arqueología —un trabajo mayoritariamente vinculado a la descripción y clasificación de la cultura material que se reunía en las colecciones de los museos—, asimismo un 8,6% en Antropología Física, asociado principalmente al área de la craneometría. También se registra un 8,6% de trabajos vinculados al estudio de las lenguas indígenas, así como al folclor, entendido como recopilación de cuentos, mitos, leyendas, cantos, juegos.

Además, Porter (1910) visualizó quiénes realizaban la producción de orientación antropológica en dicha época —desde la perspectiva del actor social de la época—, destacando hacia el primer decenio de siglo XX al naturalista Rodulfo Philippi, al médico Luis Vergara, al militar y geógrafo Alejandro Cañas, al ingeniero Barros Grez, y al marino Francisco Vidal Gormaz, entre otros.

Cuadro 4. Autores de mayor producción entre 1845 y 1906. Fuente: Elaboración propia en base a Porter (1910).

Debates en la emergencia de las ciencias antropológicas

Más allá de la fuerte colaboración que existía entre quienes conformaban la pequeña comunidad interesada por temáticas de orientación antropológica,20 no se puede desconocer la existencia de ciertos debates o tensiones que expresan señales de la conformación de un espacio científico-antropológico anterior a la década del cincuenta y cuyas referencias aparecen en los trabajos de Orellana (1996), Pavez (2015) y Mora Nawrath(2016). Estos debates pueden ser indicativos de la emergencia y búsqueda por la consolidación de una nueva área de estudios, así como de la aparición de interpretaciones relativas al origen y características tanto de la población nativa —indígena y no indígena— con base en las investigaciones que estaban teniendo lugar. Para hablar de campo nos podemos referir a la definición que elabora Bourdieu (1990, 2008), para quien un campo se constituye en la disputa o lugar de luchas por la hegemonía y control de un capital específico puesto en escena —que para el caso de la ciencia se define como monopolio por la autoridad científica en tanto especie de capital social—, y sobre el cual operan ciertas reglas de juego que legitiman criterios de inclusión/exclusión y posiciones jerárquicas.21 Si bien no es la intención aplicar la «teoría del campo» de Bourdieu en este trabajo —con todo el aparataje conceptual asociado—, este concepto resulta útil para ilustrar ciertas dinámicas que suelen aparecer, para este caso, más como colaboraciones que disputas entre investigadores. Podemos señalar que estas expresiones son propias de la búsqueda por definir en el espacio social-intelectual una nueva ciencia, la que carece de una base estructural sólida para su reproducción, y que busca su legitimación entre otros saberes o conocimientos más consolidados.

Por un campo autónomo

Una de las primeras tensiones identificadas guarda relación con la puesta en escena de la demarcación y definición legítima de lo «antropológico», es decir, lo que se entiende por antropología, lo que caracteriza a su objeto, su localización entre las demás ciencias y su finalidad o propósito. Esta cuestión deriva de las distintas concepciones que empiezan a circular en el espacio internacional, fruto de perspectivas desarrolladas en los enclaves intelectuales instituidos en países como Francia, Alemania e Inglaterra, y que dan origen a lo que Cardoso de Oliveira (1996) denominó «matriz disciplinar». En esta dirección se puede precisar que el concepto hegemónico de antropología en Chile —y en América Latina— hacia fines del siglo XIX e inicios del XX es el propagado por la académica francesa, y cuyas referencias se encuentran en De Gerándo, Buffon y Broca (De Gerándo, 1800; Broca, 1870, 1871). Para Paul Broca (1871), la antropología se definía como una ciencia integral que se enmarca en la «historia natural del hombre», con un encuadre en las ciencias naturales que distingue al hombre físico y moral, y se centra en el estudio de un grupo humano como un todo, en sus detalles y relaciones con el resto de la naturaleza. Esta definición y encuadre permite que la presencia de estudios y publicaciones de orientación antropológica se desarrollara sin problemas en el seno de sociedades científicas y museos de orientación naturalista.

Al respecto, una de las primeras controversias con este modelo surge a propósito del destino de las colecciones etnológicas y arqueológicas, lo que tiene lugar en el marco de la redefinición del Museo Nacional como Museo de Historia Natural y del Museo Histórico como Museo Histórico Nacional de Chile. Gusinde (1916) señala lo siguiente aludiendo al pronunciamiento de Aureliano Oyarzún:

Tal petición está contenida en una memoria elevada a conocimiento supremo por el Director del Museo de Historia Natural. El Gobierno, por decreto número 1.656, del 1° de mayo del presente año, solicitó mi opinión sobre esa memoria; la que contesté sólo en lo referente al Museo, del cual se me había nombrado director. Traté sólo lo que se relaciona con la traslación solicitada... Me opuse terminantemente, como era mi deber, ya que se pedía nada menos que la supresión del Museo de Etnología y Antropología. Yo agregaba, debo defender, conservar y acrecentar la obra el Dr. Max Uhle y, por lo tanto, pido al Gobierno mantenga la actual ubicación del Museo que dirijo. es fuera de propósito trasladar la colección formada por el Doctor Max Uhle a la Quinta Normal para traerla de nuevo en un par de años más al local que ocupará definitivamente. Además, hay que considerar que la sección de Etnología y Antropología del Museo Nacional no ha existido nunca ni existe hasta hoy tampoco con carácter oficial, y más aun, se ha ordenado que los materiales arqueológicos, antropológicos y etnológicos que poseía queden allí en calidad de depósito solamente (1916: 33-34).

Ello puede ser interpretado como una de las primeras declaraciones manifiestas dirigidas a la identificación de un campo antropológico autónomo respecto de las ciencias naturales, así como de otras áreas de las ciencias sociales o ciencias humanas, y con ello, inscribiendo un punto de vista que se distancia de la tradición francesa iniciada por De Gerándo (1800) y Broca (1871). La discusión dada por Oyarzún no sólo tiene relación con salvaguardar la persistencia de una institución antropológica independiente; pone en escena un modelo que define la antropología como una ciencia humana y vinculada a la historia, tal y como planteaba el enfoque histórico-cultural.22 Esta es la base para argumentar que el lugar más apropiado para estas colecciones, en caso de desaparecer el Museo Etnológico y Antropológico, fuese el Museo Histórico del Palacio de Bellas Artes.

Tal es la convicción de Oyarzún, que vuelve nuevamente sobre este punto casi treinta años después, ello en una de sus últimas publicaciones:

Es urgente, además, poner bajo una sola dirección las dos partes existentes hoy en los museos de prehistoria de la capital. Países más adelantados que el nuestro poseen Museos de Zoología, Botánica y Mineralogía. ¿Por qué a estas tres ramas de las ciencias naturales reunidas en el Museo de Historia Natural, se agrega todavía la prehistoria? (1979: 260).

Sin embargo, la posibilidad de desarrollo de la antropología como campo autónomo, desligado de las ciencias naturales, sólo se produce hacia mediados de los años cincuenta. A partir del cierre y fusión del Museo Etnológico y Antropológico, la investigación antropológica llevada a cabo en los museos decae, manteniendo presencia sólo el trabajo arqueológico al alero del Museo Nacional de Historia Natural bajo la dirección de Ricardo Latcham (19281943) y posteriormente de Grete Mostny (1964-1982), así como en otros museos regionales que se fundan con posterioridad a 1930.23 La investigación y reflexión antropológica se canaliza a través de la Sociedad de Historia y Geografía —en particular de su revista— y de la revista Anales de la Universidad de Chile.

Legitimación de un saber: Lengua, pueblo y carácter nacional

Otro debate de interés para la época es el que se desarrolla en torno a los estudios folclóricos. En el discurso inaugural de la Sociedad de Folklore Chileno, Lenz (1909) presenta su punto de vista al señalar que el folclor es una rama de la etnología:

que busca la mayor parte de los materiales que se necesitan para la aplicación del método inductivo i comparado en la etnología. Recoje los mitos i todas las manifestaciones de las creencias populares, las leyendas, las consejas, los cuentos, cantos y proverbios, las supersticiones i costumbres. Mientras la etnología general debe siempre tomar en cuenta todas las naciones del mundo, cualquiera sea su grado de civilización i parentesco, el folklore se limita a una sola nación o a un grupo de naciones que tiene historia común, pero puede limitarse hasta una sola provincia i aun a una sola clase de individuos... (Lenz, 1909: 8).

Bajo esta definición, el folclor pasa a asumir ciertas características que posteriormente son atributos de algunas orientaciones etnográficas —puntualmente en lo que refiere a un trabajo inductivo de orientación descriptiva sobre un grupo particular— y cuya diferencia o especificidad es dada por lo que Lenz denomina el estudio del alma popular y las formas características de la vida del pueblo: la ciencia que versa sobre el pueblo.24

Si bien Lenz recoge la idea de un ciencia del hombre integral en la dirección del modelo francés,25 incorpora una variante que tiene su base en la tradición alemana de la volkskunde y volkerkunde, iniciando investigaciones que no definieron exclusivamente su objeto en torno a la población indígena, incorporando al sujeto popular (saber popular) o bajo pueblo chileno: pescadores, chilotes, del marinero, del minero o del bandido chileno (Lenz, 1909: 8). Esta perspectiva se hace operativa a través de la Sociedad Chilena de Folklore, sociedad que canaliza investigaciones sobre la cultura popular e indígena en el país, lo que se plasma en un programa de investigación que considera las áreas de literatura, música y coreografía, costumbres y creencias y lenguaje vulgar.

El desarrollo de los estudios científicos del folclor gatillan una fuerte controversia con la élite intelectual y política de la época, lo que puede ser atribuido al enfoque científico que definió dichos estudios en el marco de los principios teóricos y metodológicos establecidos por la Sociedad Chilena del Folklore. Recoge de manera directa los relatos de los sujetos sociales y en sus propios términos genera reacciones; sus detractores plantean que se trata de trabajos poco relevantes, los que sólo se ocupan de la desviación de las conductas y/o que no representan los rasgos propios de la nación chilena.

En esta dirección, se puede mencionar la crítica que tanto Eduardo de la Barra como Pedro Nolasco Cruz realizan al trabajo de Lenz.26 Estas críticas se dan en el marco del conjunto de estudios sistemáticos que Lenz inicia sobre las lenguas indígenas del país —particularmente mapuche o araucana— y el lenguaje vulgar del pueblo. Dicho trabajo sostiene la tesis del carácter particular que alcanza la lengua castellana en Chile, cuestión que obedecía a la influencia indígena; ello exigía que las investigaciones recogieran el habla y sus expresiones tal y como la ejecuta el sujeto indígena y popular. Al respecto, en «Ensayos filológicos americanos», publicado en los Anales de la Universidad de Chile, Lenz señala:

I, ¡así es! En ningún otro país americano habla el pueblo bajo un lenguaje español tan dejenerado, para emplear una vez este término impropio, como en Chile. ¡Naturalmente! En los otros países hispano-americanos apenas hai un pueblo bajo de lengua castellana, visto que el papel de la plebe es desempeñado por indios casi puros... la fuerza nacional no reside en unos pocos gobernantes sino en la masa numérica del pueblo bajo, en esa fuerza rejeneradora que nunca se acaba. Chile debe lo que es a su pueblo bajo, a esa raza de sangre mezclada española y araucana, no parecerá ya un asunto de poca importancia el indagar las especialidades del lenguaje del huaso chileno (1894: 132).

Las principales críticas elaboradas por de la Barra (1894) y Nolasco Cruz (1940) son dirigidas desde la ortodoxia lingüística, objetando la valoración que Lenz realizaba de las formas incorrectas y la promoción de la libertad del habla, lo cual no se ceñía a las normas de la comunicación y al lenguaje propio. De hecho, de la Barra (1894)27 resta mérito lingüístico y filológico al trabajo de Lenz, instándolo a constituir una línea de estudios folclóricos a través de una serie de recomendaciones; varios de los puntos aparecen posteriormente en el programa de la Sociedad Chilena de Folklore. Establece una dura crítica a la tesis del surgimiento de una nueva lengua o un dialecto del castellano, cuestión que era sostenida por Lenz.

Al respecto, de la Barra señala:

...jamás el castellano, más o menos alterado, se convertirá en un dialecto, y menos en lengua nueva. Encuentro destituida de todo fundamento esta opinión que Vd. Aventura, y me parece mui difícil que Vd. pueda sostenerla.

En cuanto a las especialidades del lenguaje del huaso que Vd. busca, y cuya investigación proclama un deber patriótico. de allí por cierto, que no se derivarán grandes observaciones ni ventajas para la lingüística.

No obstante, ello servirá, al menos, como tema escolar para ejercitar a los jóvenes chilenos que se dediquen a la filología... Puede ser que conversando con nuestros huasos y anotando las peculiaridades de su lengua, descubran la raíz o causa determinante de algún vicio de pronunciación; puede que formen el pequeño vocabulario de sus arcaísmos y araucanis-mos; pero, nada de eso importa gran cosa a la filología y menos a la lingüística (1894: 50-51).

Más allá de la pertinencia de algunas de las críticas realizadas por de la Barra, el trabajo de Lenz resulta pionero en Chile en la incorporación de una perspectiva sociolingüística y etnolingüística. En este sentido, esta polémica puede ser considerada una subversión que disputa sentido a una concepción de nación, al incorporar un nuevo punto de vista que difiere de las consideraciones convencionales y hegemónicas asociadas a la lingüística clásica como también respecto a la relación entre lengua y nación.

En esta dirección los estudios folclóricos dan lugar a otra controversia, la cual trasciende el ámbito especializado ocasionando una interpelación por parte de la élite intelectual y política más conservadora. Eleodoro Flores, miembro de la Sociedad Chilena de Folklore, publica en Anales de la Universidad de Chile el artículo «Adivinanzas corrientes de Chile», con el propósito de realizar «una pequeña contribución que sobre este tema aporto al folklore nacional.» (Flores 1911: 48), artículo en el cual, respetando el «código nativo», transcribe y reproduce el material tal y como fue transmitido por los informantes, ello respetando el lenguaje y sentido picaresco (este tipo de recomendaciones ya habían sido establecidas por Dé Gerando en 1800).

Esta publicación genera en la época una reacción de corte valórico y moral que se canaliza a través de la prensa santiaguina. En el Diario Ilustrado se señala que dicho estudio era un «artículo torpe, grosero, repugnante, nauseabundo es un atentado contra la moral, un insulto contra la cultura nacional, una afrenta vergonzosa para la universidad» (23 de agosto de 1911, en Donoso, 2006: 27). En el diario La Unión se publica:

.hemos visto una abundante colección de incidencias tan inmundas, tan asquerosas, tan repugnantes y tan burdas, que no es posible insinuar siquiera en qué consisten. So pretexto de adivinanzas, se estampan en letras de molde, en el órgano oficial de la Universidad del Estado, en el medio de comunicación con los centros científicos europeos, todo lo que constituye la delicia de los bajos fondos sociales, lo más grosero que pueda discurrir la malicia y la ignorancia populares, esos acertijos de doble sentido cuya miga está en su estructura brutalmente torpe, ya que las soluciones resultan totalmente imbéciles... (23 de agosto de 1911, en Donoso, 2006: 27).

A través de la prensa se solicitó la expulsión de Eleodoro Flores del Instituto Nacional y la suspensión del reparto internacional del número de los Anales de la Universidad de Chile que publicó dicho artículo.

Donoso (2006) señala que los miembros de la Sociedad emitieron comunicados públicos a modo de respuesta a los emplazamientos realizados a través de la prensa, defendiendo el carácter científico de los estudios llevados a cabo. Además, y en correspondencia dirigía a Rodolfo Lenz en 1911, la Sociedad Nacional de Profesores ofreció el apoyo frente a los cuestionamientos que se realizan a la labor de la Sociedad de Folklore (Labarías y Hernando, 1998).

Este tipo de reacciones, que pueden ser interpretadas como manifestaciones propias del conservadurismo de época, encarna un problema de fondo que tiene que ver con la comprensión de lo que es una «manifestación cultural» y respecto de lo que para la época es definible como un legítimo objeto de ciencia o relevante para la preocupación intelectual. En estos descargos está contenida una visión que se articula desde lo que podríamos interpretar como «alta cultura» o «cultura como civilización» —lo que es valorable como práctica y merece ser promovido y reproducido—, que contrasta con una conceptualiza-ción antropológica que la define como una característica o manifestación desarrollada por cualquier grupo humano, la que ya circulaba en la antropología desde fines del siglo XIX (Cuche, 1999).

Territorio nacional y unidad étnico-racial

Por último, hay que señalar que también ocurren una serie de discusiones en torno a la tesis del origen y aspectos constitutivos de las poblaciones indígenas que habitaban el país, específicamente sobre aquellas que afirmaban la «unidad etnográfica de los indios chilenos» (Barros Arana, 1999: 47). Dicha tesis había sido sostenida por uno de los más grandes intelectuales chilenos de la época, el historiador Diego Barros Arana, quien en el primer tomo de la obra Historia General de Chile señaló:

Este fenómeno, sumamente raro en la etnografía americana, como hemos dicho anteriormente, merece llamar la atención. La existencia de una familia única, ocupando una gran extensión de territorio y hablando un solo idioma, que no tiene afinidad con las lenguas de las naciones vecinas, deja ver que Chile no estuvo sometido, como otras porciones de América, a invasores múltiples que habrían implantado lenguas diversas. Todo hace creer que esta familia ocupaba el territorio chileno desde una remota antigüedad... estas razas no habían recorrido más que las primeras escalas de la evolución (Barros Arana, 1999: 47).

La tesis de Barros Arana era ampliamente aceptada por élite política e intelectual de la época, y había sido reproducida y reafirmada por investigadores como Tomás Guevara, quien gozaba de prestigio nacional debido a sus trabajos referidos a los «araucanos».

Estos postulados son rebatidos en varios trabajos por Ricardo Latcham,28 cuyos primeros planteamientos vierte en el artículo «Antropología chilena», trabajo presentado en 1908 en el Cuarto Congreso Científico Chileno (Primero Panamericano) celebrado en Santiago de Chile. Latcham discute la existencia de una raza homogénea, señalando las evidencias encontradas a través de los estudios cronométricos, apoyado en las prescripciones de Paul Broca, quien establecía la primacía de los antecedentes físicos como prueba objetiva. Latcham señaló que la actual población es el producto de invasiones sucesivas venidas del norte y el este. Al respecto, indica:

Nuestras investigaciones nos han convencido de que, lejos de la homogeneidad concebida, Chile es un país donde más mezcla de razas ha habido. ¿A qué atribuir entonces esta convicción por tan largos años sostenida?

La constatación no es difícil. Los cronistas y misioneros de la conquista están de acuerdo con asegurar que en todo el país desde Atacama hasta Chiloé, sólo se hablaba una sola lengua, el chilidúgu o lengua de Chile de los antiguos, hoy llamada araucana. Por largos años la lingüística era el único criterio de los orígenes étnicos. La uniformidad de idioma era considerada como prueba de identidad de raza, y aun hoy día queda bastante arraigada esta idea. Luego se suponía que todos los habitantes de la parte central del país formaban un solo pueblo, con los mismos orígenes y caracteres físicos. Creemos que no será difícil desaprobar esta deducción (1908: 5).

Dieciséis años después, en el libro Organización social y creencias religiosas de los antiguos araucanos, publicado en 1924, Latcham señala que la tesis sobre la no homogeneidad de los indígenas se ha reafirmado a través de la evidencia que ha reunido hasta la fecha. De este modo rebate las afirmaciones vertidas por Guevara y Oyarzún en diversos trabajos, en los cuales estos sostienen que los incas penetraron con profundidad la cultura araucana (Latcham, 1924: 37).

Por otro lado, son varias las críticas que recaen sobre Guevara, quien representa el ideario nacional de la élite, y que discuten el rigor científico de sus investigaciones. Al respecto Latcham afirma:

No aceptamos los argumentos que presenta el señor Guevara, porque no los consideramos fundados ni siquiera desarrollados de una manera lógica... el autor se halla poco versado en la arqueología moderna y que en cuanto a la etnografía, se confía demasiado en los escritos del siglo pasado, que en gran parte son anticuados y no guardan conformidad con las investigaciones hechas en tiempos más recientes (1928: 90-91).

Estos debates se encuentran atravesados por la incorporación del canon científico —rigor lógico, teórico y metodológico— de la época, desde los cuales se resta legitimidad y credibilidad a las investigaciones de Tomás Guevara por parte de autores como Ricardo Latcham y Rodolfo Lenz. Sobre este punto podemos referir el fragmento de una carta que este último envía a Robert Lehmann Nitsche, jefe de la sección de Antropología del Museo Nacional de La Plata, indicando que:

Usted conocerá a Medina; aunque no sea, hablando en términos europeos, un hombre de la ciencia estricta, sí tiene méritos esenciales. Guevara es un semicultural, sin embargo, tanto más convencido de sí mismo. Ojalá usted haya leído su Psicolojía del Pueblo Araucano; el material es bastante útil, pero las consecuencias y la imagen completa de los Mapuches son completamente falsos. Lo que le tomo a mal es que, viviendo justo entre los Mapuches, aún no tiene la menor idea de su idioma y después hace como si él hubiera traducido las cosas. Tendrá cuidado de publicar los originales porque nunca podría escribirlos. Solamente si, por ejemplo, un alumno de los misioneros ingleses o el Padre Felipe se lo escribiera, sería posible.29

Discusión final

Como señala Bourdieu (1991), el campo científico es un microcosmos social parcialmente autónomo con relación a las necesidades del macrocosmos en el cual está englobado. Más allá de la autonomía relativa de los campos y de reglas propias de funcionamiento, sería un mundo social como cualquier otro, en el cual se reproducen «relaciones de fuerza y lucha de intereses, coaliciones y monopolios, incluso imperialismos y nacionalismos». Lo presentado en este artículo puede situarse en el marco de los movimientos que pugnan por la emergencia y legitimación del campo científico —en específico, del subcampo antropológico— a nivel local, donde las condiciones de autonomía relativa y las reglas propias están aún en disputa. Las colecciones de los museos, los recortes de presupuesto, la imposibilidad de instaurar cátedras universitarias, la fragilidad de las instituciones especializadas, las reacciones de la intelectualidad y la censura de objetos, los debates sobra la homogeneidad indígena, y las exigencias de «cientificidad» son expresiones claras de tensiones donde los político y lo económico muestran todo su peso.

Estas «luchas» se dan frente al Estado —solo algunos gobiernos muestran apertura al desarrollo de la antropología— y al imaginario de las élites políticas de la época, considerando que los saberes puestos en escena complejizan lo que se entiende por nación. El saber popular e indígena se expresa/objetiva y atestigua su vigencia/vitalidad en el trabajo de estos «primeros antropólogos», varios de los cuales hacen presente la diversidad cultural y lingüística, buscando como foco de legitimación la ciencia o el campo científico internacional más que el mismo Estado o el proyecto de nación fijado por las élites. Más que férreos debates internos —que no extrañamente se articulan en torno a la obra de autores como Tomás Guevara—, lo que se observa es cierto grado de colaboración, la cual se registra en el impulso de las sociedades científicas, muchas de las cuales congregan a especialistas de las más diversas áreas, quienes expresan una práctica de híbridos o híbridos secuenciales (Dogan y Parhe, 1993), desarrollando un quehacer paralelo en varias ciencias (como fue el caso de Gualterio Looser) o migran desde un área a otra (como Ricardo Latcham y Aureliano Oyarzún). Si bien los museos corresponden a una política de impulso nacional basada en la idea de promover la ciencia y la educación (Schell, 2009), habría que preguntar si esto se da y reproduce de manera sostenida en el país hasta mediados del siglo XX, de modo de argumentar críticamente la relación automática que se suele esgrimir entre antropología, Estado nacional y colonialismo (Pavez, 2015). En este sentido, se vuelve necesario distinguir entre lo interpretable como resultado de la búsqueda de una implicación en el campo científico internacional respecto a un compromiso abierto con el desarrollo de una política de integración indígena de corte homogenizaste, al estilo de antropología mexicana de fines del siglo XIX. Exhibir colecciones en museos no implica necesariamente fomentar y expresar el compromiso con el desarrollo de una ciencia antropológica, y menos reconocerla como una ciencia necesaria para el progreso de la nación (Kemper, 2011).

Considerando lo anterior, es posible afirmar que el proceso de instituciona-lización científica30 de la antropología en Chile —distinguiéndole de la insti-tucionalización académica— entró en escena hacia la primera década de siglo XX31 sin alcanzar su consolidación. La institucionalización puede ser señalada como un paso fundamental en la conformación de un campo científico y en la reproducción de una disciplina, sobre todo si la definimos como el proceso de estructuración que organiza, norma y jerarquiza la interacción en torno a una actividad intelectual, y hace posible membrecías, comunicación y proyecciones de dicha actividad (Shils, 1970). A ello se suma la base estructural que garantiza condiciones objetivas para su reproducción, es decir, infraestructura física y recursos económicos para permitir la profesionalización a través de un salario para realizar investigación y enseñanza.

Si bien se ha documentado la existencia de sociedades, museos, congresos, revistas, investigadores y debates que se articulan en torno a lo que se denomina «otredad radical próxima» (Peirano, 2008), dicho proceso fue débil, lo que tiene su expresión más notoria en el fluctuante apoyo por parte del Estado, y siendo vital el esfuerzo más bien privado en la persistencia del abordaje de temáticas antropológicas en dicha época. En tal sentido, las instituciones propiamente antropológicas desaparecen al poco tiempo de su fundación; se suprimen cargos y con ello se deja sin efecto la continuidad de figuras actualmente reconocidas como precursoras de la antropología científica nacional, como Max Uhle y Martín Gusinde (Orellana, 1996). Pese a lo anterior, continúan las actividades de investigación de forma paralela a aquellas de tipo remunerado que estos desempeñaban, y desde distintos espacios y posiciones se logra generar una producción no menor, sumado a ello el levantamiento de ciertos debates que trascienden a la esfera social de la época (Pavez, 2015).

A modos de cierre, se podría advertir que las investigaciones llevadas a cabo permiten postular que:

•    La debilidad en el proceso de institucionalización impide lograr tempranamente la autonomía relativa de la antropología como campo de conocimiento, ello debido a que por varios periodos las investigaciones y su comunicación se desarrolló al alero de instancias más bien gene-ralistas —por ejemplo sociedades científicas como la Sociedad Científica Chilena, la Sociedad de Historia y Geografía o el Museo Nacional de Historia Natural— destinadas a producir conocimiento en distintas áreas de las denominadas ciencias naturales o humanas.

•    Si bien el concepto de disciplina cobra pleno sentido en la demarcación de áreas de conocimiento y formación que se expresan en el espacio académico-universitario (Beyer y Lodahl, 1976; Apostel, 1979; Heckhau-sen, 1979; Clark, 1983; Greenhalgh, 1996 Dogan, 2001; Stichweh, 2001; Siler, 2004, las declaraciones y principios regulatorios que establecen las sociedades científicas hacen pensar en ciertas características vinculadas a la dimensión organizativa y formativa de orientación disciplinaria.32 Al constituirse en espacio de producción de conocimiento, estas sociedades dictan lineamientos generales respecto al quehacer a sus miembros, posibilitando en muchos casos la formación especializada a través de disciplinamiento científico y/o en torno a saberes específicos, aclarando que en su mayoría mantienen una vocación «multidisciplina-ria» e incluso «interdisciplinaria»,33 al no articular el desenvolvimiento de sus miembros y sus dinámicas internas en torno a un área específica de conocimiento.

•    La existencia de debates a distinto nivel, los cuales se promovieron a través de la producción nacional que circulaba en revistas y libros, permitió dinamizar el espacio intelectual por medio de la inscripción de distintos puntos de vista sobre las ciencias, los quehaceres y las interpretaciones relativas a la población indígena y nacional (Orellana, 1996; Pavez, 2015). Por ello no deja de ser polémica la afirmación realizada por Garretón (2007, 2015),34 para quien la institucionalización científica de las ciencias sociales en Chile se inicia a partir de la década de los cincuenta, en el entendido que la antropología y sus múltiples ramas — en la concepción de época, compuesta por la arqueología, antropología física, lingüística, etnología— puede ser situada en esta categoría.

•    Por otro lado, si bien se tiende a afirmar que la antropología en América Latina —o fuera de los marcos de las potencias europeas— ha estado comprometida con la construcción del Estado-nación o la nation building (Peirano, 1981), esta reflexión permite al menos situar la interrogante; podemos pensar más bien algunos sujetos que profesan algunas ciencias. Habría que distinguir entre la difusión de los ideales y principios de la ciencia moderna occidental —lo que algunos denominan impronta neocolonial o imperialista—, de lo que implica asumir un compromiso con el establecimiento de las bases para la expansión del Estado-nación. De hecho, como ya se advirtió, algunos debates y práctica contribuyen precisamente a relativizar la idea de nación.

•    Más allá de pensar la práctica antropológica como colonial, habría que abrir canales de reflexión de manera de visualizar cómo estas inscriben distintos puntos de vista —situadas en horizontes interpretativos de una época—, que permite que el otro «aparezca representado», a veces con su «propia voz» —o al menos que se reconozcan sus nombres—, los que contrasta con las prácticas antropológica instituidas en otras latitudes. Muchas veces estos matices tienden a ser ignorados debido al «presen-tismo» y un desconocimiento de las dinámicas más globales que cruzan muchas propuesta analíticas en ciencias sociales; siempre es necesaria una cierta dosis de relativismo para resituar naturalizaciones que constituyen lo que Bourdieu (1991) denomina «doxa disciplinaria».

Agradecimientos

Agradezco al Instituto Iberoamericano de Berlín, en particular a su directora, Bárbara Goble, y a Gergor Wolff (director de la Sección de Colecciones Especiales) por facilitar el acceso y utilización de materiales de archivo de Robert Lehmann Nitsche. En especial, mis agradecimientos a María Carolina Tapia, jefa del Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares de la Biblioteca Nacional de Chile, por su excelente disposición a facilitar materiales que permitirán profundizar mis investigaciones sobre la emergencia de la antropología en Chile y sobre la representación de sujeto mapuche en la literatura especializada de corte antropológico.

Notas

1Los antecedentes aquí expuestos forman parte de los resultados de la investigación doctoral presentada en la Universidad Nacional de La Plata «Institucionalización de las ciencias antropológicas en Chile. Una aproximación a las dinámicas socio-organizativas y cognoscitivas en la conformación el espacio científico (1860-1954)», financiada por el Consejo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica a través del programa Becas Chile.

2En este sentido, Porter (1910) advierte la dificultad que tuvo que afrontar para reunir trabajos realizados en este período —muchos de ellos completamente desconocidos—, y la ayuda prestada para estos efectos por algunos colegas y amigos como Ramón Laval (Biblioteca Nacional), Alexander Cañas-Pinochet y Ricardo Latcham.

3Este catálogo ampliado se presentó en el marco del Cuarto Congreso Científico (Primer Congreso Panamericano) celebrado en Santiago de Chile entre el 25 de diciembre de 1908 y el 5 de enero de 1909, y se publicó en la Revista de la Sociedad Americanista y en las Actas de la Sociedad Científica de Santiago. El período en el cual se fechan las referencias se ubica entre 1845 y 1905.

4En este sentido, la historia de la antropología en Chile hasta mediados de los años cincuenta fue la historia de las fluctuaciones que radicaron en el cierre de instituciones, despidos de especialistas, supresión de cargos y creación de jefaturas ad honorem. En este período no se evidencian condiciones para un desarrollo profesional de la antropología —etnológica y etnográfica—, ni un respaldo institucional consolidado a partir del cual desarrollar investigaciones sistemáticas. Esto varía para el caso de la arqueología con la contratación de Latcham como director del Museo de Historia Natural y la incorporación de Grete Mostny como jefe de sección hacia fines de los años cuarenta. Sin embargo, no existe formación sistemática de antropólogos y/o arqueólogos en el país a pesar de los requerimientos y emplazamientos que realizan sus primeros cultores al gobierno. En tal sentido, muy pocos de estos primeros especialistas pueden tener dedicación exclusiva a sus intereses investigativos, llevando a cabo estas actividades de forma paralela a sus labores remuneradas.

5Este período se ha denominado de institucionalización de la antropología científica, cuyos hitos son la primera publicación de un artículo en temáticas de la antropología en Chile (1860) y la fundación del primer centro de investigación en antropología en la Universidad de Chile (1954).

6En la figura 1 se detallan las instituciones —museos y sociedades científicas— vinculadas al desarrollo de las ciencias antropológicas entre 1830 y 1955. Los corchetes representan los períodos de vigencia de algunas instituciones que desaparecen, en tanto aquellas que se funden están destacadas por una flecha intermitente. Los colores representan en carácter de la institución, sea un espacio en el cual convergen varias ciencias —con primacía de aquellas orientadas a las ciencias naturales— en color rojo, varias ciencias sociales o humanas en color azul y sólo de orientación antropológica en color verde. Aquellas iniciativas vigentes hasta la actualidad están representadas por una flecha que intersecta la línea de tiempo.

7Esta sociedad se potencia aún más con el cierre del Museo Etnológico y Antropológico y su revista en 1927, a lo que se suma la disolución de la Sociedad de Folklore Chileno en 1921.

8En el Boletín del Museo Nacional de 1929, Latcham señala con dureza: «A pesar de la escasez de fondos y la miseria de remuneración con que ha contado el personal del Museo, el establecimiento ha entrado en un período de gran actividad...» (Latcham, 1929: 158).

9Al respecto, Chamberlain señala: «Remontándonos hacia 1905, el Dr. Lenz, de Santiago, muy conocido filólogo y etnólogo, organiza el estudio del folklore chileno por parte de la Comisión de Folklore Chileno y la publicación (primero como un apéndice de los Anales de la Universidad de Chile, y reimpresa como una separata) de una Revista de Folklore Chileno» (Chamberlain, 1910: 383). Traducción del autor.

10Lenz formó parte del Comité Editorial de la revista American Anthropologist —entre 1903 y 1914— y fue miembro de la American Anthropologist Association, rol que también compartieron otros intelectuales latinoamericanos como Juan Am-brosetti, de Argentina, y Nicolás León, de México. La invitación para ser miembro de la American Anthropologist Association fue extendida por W. Mac Gee, quien fuera director del Bureau of American Ethnology y presidente de la asociación antes mencionada.

11El primer ciclo se define entre 1830 y 1878, en tanto el segundo, entre 1880 y 1930.

12El viaje de Lenz al congreso fue gracias al apoyo económico que prestó Robert Lehmann Nitsche, con quien Lenz estableció una amistad intelectual. Lehmann Nits-che fue investigador y director de la Sección de Antropología del Museo Nacional de La Plata, en La Plata, Argentina.

13Antropólogo, etnólogo y paleontólogo italiano originario de Florencia, quien contribuyó al desarrollo de la antropología en Italia, desempeñando labores investi-gativas y docentes en el Museo Nacional de Antropología, Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Florencia. Para mayores antecedentes, véase http://www.persee.fr/doc/jsa_0037-9174_1931_num_23_2_1839.

14A ello se suma la incorporación de una perspectiva teórica tal como indicaron Rivers, Haddon, Boas, Malinowski, entre otros.

15Hay que constatar que los estudios históricos y etnológicos de Medina fueron prolijos y sistemáticos; realizó estadías en Perú, México, Estados Unidos y Europa — Roma, Francia, Inglaterra—, y publicó su obra a través de editoriales de varios países de América Latina. Realizó trabajo de archivos en el Archivo de Indias de Sevilla, donde pudo revisar los escritos sobre Chile y América, y visitó las bibliotecas de Turín, el Vaticano, el archivo del Museo Británico de Londres, la Biblioteca Nacional de París, participando además en el Tercer Congreso de Americanistas (Nueva York) y otros encuentros de especialistas (Donoso, 1915; Amunátegui, 1932). Además, es relevante mencionar la estadía que Medina tiene en el Museo de La Plata —uno de los más importantes de América del Sur—, donde se moviliza por invitación de Francisco Pas-casio Moreno, posterior a la derrota de Balmaceda en la Revolución de 1891. Medina se hospeda en el Museo de La Plata por ocho meses (de marzo a octubre de 1892), y desde el Museo se otorga financiamiento a la publicación de Historia y bibliografía de la imprenta en el antiguo Virreinato de Río de La Plata y la realización de una tercera estadía en los Archivos de Indias en Sevilla (Donoso, 1915; Amunátegui, 1932).

16Otros catastros clasificatorios son llevados a cabo por Ricardo Latcham (1915), Gualterio Looser (1939) y Julio Montané (1963, 1964, 1965a, 1965b).

17Un trabajo inédito corresponde a «Costumbres y usos de los araucanos» (1870-1873) del naturalista Claudio Gay. Es una obra que trata distintas temáticas que tienen como foco central la población araucana en el marco de las incursiones que realiza en este territorio: orígenes, población, civilización, fisonomía, carácter, lengua, astronomía, religión, medicina y divinidades, sepultura, familia, reducción, justicia, agricultura, habitación, propiedad, herencia, entre otros. El antropólogo Diego Milos, quien gentilmente ha facilitado esta información, actualmente conduce el proyecto destinado a transcribir y editar el material bajo el formato de libro, el cual espera publicar en 2017.

18Este trabajo, que aparece en noviembre de 1860, es el producto de la lectura que Favry realizó en las sesiones de la Facultad de Humanidades el 30 de mayo y 27 de junio de ese año.

19En el cuadro se contabilizan sólo los trabajos que incluyen autor.

20Entre 1860 y 1954 se identificaron un total de 88 sujetos que publicaron investigaciones referidas a población indígena en revistas científicas de circulación nacional.

21El principio de legitimidad y autoridad científica en este contexto está más cercano a la experiencia y experticia sobre un área —por ejemplo, el número de publicaciones y experiencia con un otro— que por normas asociadas al canon científico. En este sentido, se puede hablar de araucanistas que gozan de legitimidad en ciertos espacios intelectuales y políticos al ser expertos en los araucanos.

22La perspectiva de la denominada Escuela Histórico-Cultural fue promovida entre otros, por Friedrich Ratzel, Leo Frobenius, Fritz Graebner, Paul Schebesta, Bernhard Ankermann, Wilhelm Schmidt y tenía como finalidad la generación de un marco universal que explicara las diferencias y semejanzas culturales entre los distintos pueblos no europeos, considerando como elemento central la dimensión espacial (área o círculo cultural) y temporal (historia) a la hora de interpretar los posibles desarrollos y contactos entre grupos. En Chile, esta perspectiva es introducida en el Museo Etnológico y Antropológico de Santiago por Max Uhle y Martín Gusinde, y difundida a nivel local por Aureliano Oyarzún (Orellana, 1996).

23A partir de 1943, Mostny asume la tarea de Jefa de la Sección de Arqueología en el Museo Nacional de Historia Natural.

24Por otro lado, la etnología correspondería al estudio comparativo que tiene como objeto al hombre en tanto ser cultural y social, y que se nutre de distintas ciencias: la antropología, la etnografía, la historia de la cultura, la sociología étnica y el folclor (Lenz, 1909: 6).

25Como ha señalado Broca (1871), la antropología es una ciencia cuya definición primaria se difunde desde Francia a los demás países europeos y a otras latitudes.

26Tal como se constata en el material de la época, la incorporación de especialistas extranjeros genera cierta tensión y pugna con la intelectualidad local, lo que refleja la disputa por la hegemonía del campo y la representación de lo nacional como respuesta a la influencia francesa y alemana o de legitimidad (Sanhueza, 2010; Subercaseaux, 2011). Lo anterior se retrata bien en la expresión «El embrujamiento alemán», título de una publicación realizada por Eduardo de la Barra (1899), y que expresa una crítica que particularmente envuelve al trabajo de Rodolfo Lenz y Federico Hessen en el campo de la lingüística y a la Sociedad Chilena de Folklore, y en específico el estudios de las tradiciones y el habla del «bajo pueblo» y la lengua del pueblo mapuche. Para Subercaseaux (2011), este tipo de debates poseen un trasfondo nacionalista cultural «que considera lo propio y la personalidad espiritual del país como un valor absoluto e incuestionable... un proceso endogámico, interno, lo que lleva —en su polo extremo— a concebir los préstamos culturales o la presencia de otras influencias y tradiciones como una amenaza» (400). Por otro lado, representa una disputa sobre el imaginario de la nación —relevar las perversiones de la lengua castellana— y una valoración respecto a lo que constituía un verdadero objeto de estudio y su real utilidad para el desarrollo del país y la educación. En esta dirección, Sanhueza (2010) señala que de la Barra insta por profundizar el estudio del francés y del inglés, antes que perder el tiempo con idiomas que casi ni se hablan, aludiendo a la lengua mapuche.

27Eduardo de la Barra fue ingeniero, literato y diplomático chileno, miembro de la Real Academia de la Lengua Española, exiliado en Rosario, Argentina, entre 1891 y 1895, debido a su condena, en el contexto de la Revolución de 1891, de la presidencia de Manuel Balmaceda (Browen, 1993).

28Latcham también discute con Guevara sobre el origen de los «araucanos», proponiendo una tesis distinta. Para Latcham, los araucanos habían migrado del lado argentino generando una cuña entre picunches y huilliches, en tanto Guevara señalaba que los araucanos había cruzado hacia Argentina produciendo la ocupación de La Pampa. Para Guevara, la raza araucana era originaria de Chile y estaba formada por varias poblaciones primitivas influenciadas por grupos del norte como peruanos, aimaras, chincha atacameños, calchaquíes e incásicos. Estos interesantes debates y argumentos puede ser consultados en Anales de la Universidad de Chile y en la Revista Chilena de Historia y Geografía (en los tomos LVII y LIX publicados en 1928 aparece la réplica y contra réplica entre Latcham y Guevara).

29Correspondencia enviada por Rodolfo Lenz a Robert Lehmann Nitsche el 26 de febrero de 1910. Agradecemos al Instituto Iberoamericano de Berlín y a la traducción del material realizada Kathrin Schlottbom de la Universidad de Heinrich Heine (Düsseldorf, Alemania) en el marco de un proyecto de cooperación con el Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares, de la Biblioteca Nacional de Chile.

30Estableciendo la distinción entre institucionalización científica y académica, se entiende por la primera aquel proceso que alcanza su consolidación con la formación de comunidades o asociaciones de investigadores que definen un área de conocimiento específico, desarrollando indagaciones o estudios de manera sistemática en torno a un «objeto», regulando su actividad a partir de un conjunto de normas mediante las cuales se definen adscripciones y posiciones. En esta etapa entran en escena dispositivos cognoscitivos, procedimentales y escriturales que permiten conferir autoridad y legitimación a las construcciones discursivas realizadas, conforme a ideales normativos de ciencia.

31La incorporación al espacio académico tiene lugar a partir de 1954 con la creación del Centro de Estudios Antropológico de la Universidad de Chile (1954), el Centro de Antropología y Arqueología en la Universidad de Concepción (1964), y el Centro de Estudios de la Realidad Regional en Temuco (1970). En el contexto de la reforma universitaria, todos estos centros darán origen a la formación de carreras profesionales en antropología en Chile, y marcarán la institucionalización académica de esta disciplina. En el año 1971 se reportan una serie de actividades realizadas en instituciones orientadas al cultivo de la antropología y la arqueología. Entre ellas figura el Departamento de Antropología de la Universidad del Norte, Sede Arica, en el cual figuran cursos de especialización y seminarios impartidos a estudiantes universitarios como a la comunidad en general.

32Estas características también pueden ser observadas en instituciones como los museos, donde se conjugan diversas áreas de conocimiento, y se produce —en la convivencia diaria— el traspaso e intercambio de saberes fuera del espacio de instrucción académica. Como ejemplo, se puede exponer el caso del Museo Etnológico y Antropológico, en el cual Oyarzún y Gusinde reconocen el aporte formativo de Max Uhle, siendo éstos exponentes y defensores del enfoque histórico-cultural. En esta dirección, se torna significativo el concepto de «colegios invisibles» (Crane, 1972; Price, 1973), en tanto se manifiestan redes de cooperación que decantaron en la fundación de sociedades científicas y de equipos de trabajo en los museos, y que permitieron el mantenimiento de lazos que se mantuvieron fuera de la adscripción orgánica a determinadas sociedades y museos.

33En el sentido que en ellas tienen expresión varias ciencias o saberes, articuladas ya sea en tanto integrantes de las ciencias en general o de áreas específicas de conocimiento (humanidades). Esto tiene mucho sentido en función de las consideraciones que Etzkowitz y Leydesdorff (2000) han señalado respecto de la organización de la ciencia. Para estos autores, ésta funcionaba a través del establecimiento de redes e intercambios que permitían la conexión de saberes y campos diversos.

34Al respecto, y para evitar la tendencia a desconocer el pasado, habría que precisar la distinción entre la dimensión asociada al quehacer científico, remitido a la investigación, del académico, que se vincula a la investigación y enseñanza.

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RECEPCIÓN 07/09/2016 • ACEPTACIÓN 3/12/2O16

Sobre el autor

HÉCTOR MoRA NAWRATH es Antropólogo titulado de la Universidad Católica de Temuco, Magíster en Ciencias Sociales por la Universidad de La Frontera y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata. Fue becario de la Comisión Nacional Científica y Tecnológica, Gobierno de Chile. Profesor Asociado del Departamento de Antropología de la Universidad Católica de Temuco, actualmente se desempeña como Director de la Carrera de Antropología y Arqueología de dicha universidad. Su correo electrónico es hectmora@uct.cl.

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