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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.36 Santiago jun. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432012000100008 

CUADERNOS DE HISTORIA 36
DEPARTAMENTO DE CIENCIAS HISTÓRICAS
UNIVERSIDAD DE CHILE JUNIO 2012: 166 - 168

RESEÑAS

 

Leonardo León

O'Higgins y la cuestión mapuche. 1817-1818.

Akhilleus, Santiago, 2011, 128 páginas. ISBN 978-956-876-205-6.


El profesor León, estudioso diligente y agudo de la Araucanía, autor de varios trabajos sobre su historia, en este nuevo libro nos introduce en una etapa de los años de la Independencia, que fue más dramática que compleja. Va más allá de la actuación de don Bernardo O'Higgins, pues se introduce en las alternativas bélicas, buscando su explicación y las razones del fracaso y de la retirada patriota de comienzos de 1818. Su escenario es doblemente reducido: se circunscribe al sector de Concepción y el espacio inmediato al sur del Biobío. Prescinde del escenario y del choque propiamente entre patriotas y realistas, donde de manera clara se produjo el fracaso momentáneo de O'Higgins y sus tropas.

El título mismo de la obra ya nos está indicando que el tema es muy específico. Es de significado reducido en el gran proceso histórico que vivía el país.

Se diría que León procura realzar un aspecto en la vertiente populista, como ya lo ha hecho en otras investigaciones, situándose en una historia "desde abajo" y "desde adentro", como ha postulado Gabriel Salazar, y valiéndose de la "microhistoria". En dos de sus publicaciones su propósito ha sido evidente, La construcción del orden social oligárquico en Chile colonial (en Estudios Sociales I, año 2000), y La otra guerra de la Independencia en Chile. Ambas las hemos criticado en nuestro librito La historia por la historia (2007 y 2011).

El propósito general del profesor León ha sido explicar la lucha emancipadora a través del elemento popular, como alternativa o complemento del protagonismo aristocrático, ideológico y militar. Se trata de una exageración a todas luces, porque no hay duda de que el movimiento fue inspirado, dirigido y realizado desde las elites, en medio del papel pasivo o sin dirección propia del bajo pueblo. Es verdad que este último ha sido olvidado por la historiografía tradicional (no, "oficial"), quizás porque su papel fue anodino, a veces desorientado, y porque fue utilizado para una u otra causa, precisamente porque carecía de un sentido propio. Para que hubiese tenido algún sentido de autenticidad, habría sido necesario tener conciencia de clase, un fenómeno que solo aparece tardíamente a fines del siglo XIX, cuando el sistema social y la economía se habían transformado profundamente.

La gente del bajo pueblo fue utilizada para derribar a García Carrasco, adornar la creación de la Primera Junta de Gobierno y aplaudir las diversas reformas. Los Carreras utilizaron al "soberano pueblo" para concluir con el Primer Congreso e instalarse en el poder y luego los bandos militares, en medio de la guerra, emplearon a cada contingente de campesinos y vagos para apoyar unas veces a la patria y otras al rey.

La existencia de una cultura propia, con nociones de la vida, el robo, la juerga, las chinganas, el baile de la zamacueca y el juego de la chueca, muy curiosos y pintorescos, no se traducían en posiciones generales sobre el país ni cambios sociales. Era el vivir de cada día, repetido sin cesar y que seguiría igual, que no tenía presencia en las transformaciones históricas.

Leonardo León, en el libro que comentamos, hurga con paciencia en las reacciones indígenas motivadas por las actuaciones de las fuerzas patriotas, atribuyéndoles consecuencias decisivas en el panorama bélico de 1817-1818. Ha aclarado muchas circunstancias y ello es meritorio, pero en una visión de conjunto y dilucidando lo que es de mayor peso, está claro -y esto siempre lo hemos sabido- que la campaña se decidió por el mal manejo patriota en la persecución de los realistas después de Chacabuco y la tenaz resistencia de los realistas en Talcahuano bajo el mando denodado del coronel José Ordoñez. Además, allí se recibían socorros de pertrechos y gente y, finalmente el apoyo de la expedición enviada por el Virrey del Perú bajo el mando de Mariano Osorio. Entonces hubo que abandonar el escenario penquista y retirarse hacia el norte. En tales circunstancias, la acción de algunos caciques y sus conas no fue determinante. Solo coadyuvó con la posición de las fuerzas realistas.

En su propósito de dar categoría a la actuación de los araucanos y sus mestizos, el autor juega con categorías de organización, política y estrategia que son más que discutibles en la etnia en cuestión. Supone un grado de coherencia y racionalidad en el comportamiento de los butalmapus y de los levos, que es contradicha por el mismo León al describir acuerdos, desacuerdos y fechorías entre las mismas agrupaciones araucanas, y sus actitudes favorables o desfavorables con los cristianos, que forman parte de un cuadro caótico. Muy decidor es que una posible alianza de grupos indígenas fuese decidida en un partido de chueca...

En su relato, el investigador cae, además, en el error de mover a los pehuenches como una agrupación más de los araucanos, en circunstancias de que está probado que eran una etnia de origen huárpido, físicamente muy distintiva, con lengua propia, aunque en retroceso, y de carácter nómade, preferentemente cazadora y recolectora.

Por todas esas razones resulta muy extraño el lenguaje empleado por nuestro autor para referirse a una pobre realidad. Los caciques tenían "súbditos", un vocablo que sin ser incorrecto, tiende a realzar el sentido. Los caciques eran "estadistas" y "diplomáticos" que procuraban restablecer la paz en la frontera.

Pero donde echó el resto, como suele decirse, es al presentar los parlamentos como una creación de los araucanos, porque siempre habían tenido reuniones, mientras los conquistadores habían vivido "bajo las rígidas reglas del absolutismo".

La afirmación debe ser rectificada definitivamente. Desde los tiempos de los visigodos, los guerreros habían tenido participación en las decisiones generales o específicas. Efectuaban reuniones y elegían a sus jefes, que proclamaban de viva voz alzándolos sobre un escudo. Las atribuciones de los cabildos y de los cabildos abiertos se remontan a esos tiempos tan lejanos. Posteriormente, los procuradores de los cabildos representaban los derechos populares ante el rey, y se recuerda el caso de uno de ellos que ante los gastos excesivos de la corte, sugirió a un rey que "redujese su apetito a términos razonables".

Cada vez que un soberano subía al trono, debía prestar juramento ante las cortes, y éstas renovaban su mandato de poder.

¿Qué sentido tuvieron las actuaciones de los cabildos en Chile? ¿Por qué existían los cabildos abiertos? No olvidemos cómo se generó el poder de Valdivia a nombre del rey y, por sobre todo, un cabildo abierto y junta de corporaciones en 1810.

Más directamente con nuestro tema, la afirmación de León de que los mapuches fueron los "genuinos arquitectos de los parlamentos", suena a error, porque el primer parlamento, el de Paicaví, en 1605, fue un plan del gobernador García Ramón para imponer el perdón y la obligación de permanecer en paz. Era en el marco de la Guerra Defensiva y de acuerdo con instrucciones de la corona. Y es preciso, todavía, tener en cuenta que los reyes insistieron permanentemente en la realización de parlamentos y que los gobernadores y sus oficiales fueron intérpretes de esa voluntad. Las diligencias efectuadas en los rehues para obtener la concurrencia a las reuniones están fuera de duda. Basta pensar en las numerosas comisiones y viajes efectuados por oficiales después de 1641 entre las parcialidades del Cautín y más al sur, para obtener la adhesión a los acuerdos de Quillín, para comprender cómo se presionaba a los nativos. Además hubo parlamentos menores y un segundo Quillín.

Extrañamente, el profesor León se hace cargo, innecesariamente, de la disparatada afirmación de José Bengoa de que los mapuches mantenían los compromisos contraídos en los parlamentos.

En resumen de todas estas materias, es evidente que la microhistoria no tiene sentido sin la macrohistoria, la historia mundial, la historia general del país, la historia de los grandes procesos o como se desee designarla.

Leonardo León es un investigador muy activo e inteligente, pero a nuestro juicio a veces cae en interpretaciones de sentido ideológico que lo apartan de la realidad concreta.

Sergio Villalobos R.
Universidad de Chile