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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.35 Santiago dic. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432011000200001 

CUADERNOS DE HISTORIA 35
DEPARTAMENTO DE CIENCIAS HISTÓRICAS
UNIVERSIDAD DE CHILE
DICIEMBRE 2011: 7 - 33

ESTUDIOS

REPRESENTACIONES DEL ESPACIO PATAGÓNICO. UNA INTERPRETACIÓN DE LA CARTOGRAFÍA JESUÍTICA DE LOS SIGLOS XVII Y XVIII

REPRESENTATIONS OF THE PATAGONIAN SPACE. AN INTERPRETATION OF 17TH- AND 18TH-CENTURY JESUIT CARTOGRAPHY

Luis I. de Lasa* María Teresa Luiz**

* Licenciado en Geografía. Docente-Investigador en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, Sede Ushuaia. Correo electrónico:luisdelasa@speedy.com.ar

** Doctora en Historia. Docente-Investigadora en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, Sede Ushuaia. Correo electrónico: tdfluiz@infovia.com.ar


Resumen: La cartografía jesuítica constituye una fuente privilegiada para acceder a las formas de producción y uso del conocimiento geográfico y cartográfico referido a las fronteras australes del imperio español. Considerando que los mapas elaborados por los misioneros de la Compañía de Jesús son los primeros en integrar explícitamente el conocimiento espacial de los habitantes del territorio, indagamos sobre las condiciones de obtención de la información, las estrategias de apropiación y organización de los saberes indígenas y la compatibilización de distintas concepciones y representaciones del espacio en la elaboración del mapa. Atendiendo al uso de la producción de los jesuitas, identificamos los principales beneficiarios de este saber calificado. En este estudio examinamos los mapas generales de Patagonia de Alonso de Ovalle (1646), José Cardiel (1746-1747, 1749 y 1751) y Thomas Falkner (1772).

Palabras Claves: jesuitas, cartografía, conocimiento espacial indígena, fronteras coloniales, Patagonia.


Abstract: Jesuit cartography serves as an exceptional sourcefor gaining access to the ways of production and use of the geographical and cartographic knowledge related to the southern borders of the Spanish empire. Taking into account that the maps produced by the missionaries from the Society ofJesus were the first to explicitly incorporate the spatial knowledge of the local inhabitants, we examined the conditions for collecting information, the strategiesfor appropriation and organization ofindigenous lore and the reconciliation ofdifferent spatial conceptions and representations upon producing the map. Considering the use made of the Jesuit production, we have identified the main beneficiaries from this intimate knowledge. At the present study we examine the general maps ofPatagonia produced by Alonso de Ovalle (1646), José Cardiel (1746-1747, 1749y 1751) and Thomas Falkner (1772).

Key Words: Jesuits, cartography, indigenous spatial knowledge, colonial borders, Patagonia.


Introducción

La cartografía histórica constituye una fuente privilegiada para acceder al estudio de las representaciones del espacio1, es decir, a los diferentes modos en que éste es percibido, pensado, comprendido y valorado a partir del estado del conocimiento, los componentes del imaginario y las significaciones simbólicas que configuran el universo cultural en el que se inscribe la elaboración y circulación de los mapas.

La investigación social limitó tradicionalmente el uso de los mapas a "ilustrar", "mostrar" o "demostrar" el contenido del discurso de exposición2, en el caso de la historiografía construido casi exclusivamente a partir del diálogo con documentos escritos. Sin embargo, estudios recientes permiten valorar su potencialidad como registros elocuentes o repositorios de indicios que, interrogados desde categorías pertinentes, pueden completar y enriquecer el contenido de otras fuentes verbales, iluminando un conjunto de prácticas específicas que modelan las representaciones y que a la vez son producidas por estas3.

La intensa reflexión desarrollada en las últimas décadas sobre la teoría y la práctica cartográficas ha contribuido decisivamente a esta renovación de enfoques que se trasunta en trabajos que abordan las diversas formas de organización del conocimiento y la experiencia espacial, las prácticas cartográficas, los sistemas referenciales -dispositivos conceptuales, creencias, ideologías, presupuestos políticos- y los intereses que condicionaron la producción de mapas en diferentes contextos históricos.

La historiografía sobre los territorios meridionales de América del Sur durante el período colonial y posindependiente no constituyó una excepción en la utilización tradicional de los mapas. Particularmente los estudios referidos a la cartografía histórica regional amplían el conocimiento desarrollado por la tradición empirista, atendiendo a la evolución de la representación de los elementos físicos (latitudes, longitudes, relieve, hidrografía) y a los aspectos técnicos de la producción de mapas4. Recién en los últimos años algunas investigaciones han comenzado a interrogar la cartografía desde nuevas perspectivas teóricas y metodológicas5, reconociendo que los mapas no son imágenes objetivas y neutras si no productos históricos y, como tales, sintetizan y comunican información sobre las sociedades en las que operan6.

Siguiendo la línea de estas últimas propuestas, nos aproximamos a las representaciones del espacio patagónico a través de la interpretación de la cartografía jesuítica referida a las fronteras australes del imperio español.

Los mapas de Patagonia confeccionados por los misioneros de la Compañía de Jesús constituyen una valiosa fuente para acceder a las formas de producción y uso del conocimiento geográfico y cartográfico en los siglos XVII y XVIII. Nos interesa visualizar el aporte de los jesuitas a la construcción de la imagen de la región e indagar sobre las condiciones de obtención de la información en un ámbito fronterizo en el que los pueblos indígenas mantuvieron el dominio efectivo sobre el territorio.

En este estudio centramos el análisis en los mapas generales de Patagonia elaborados por Alonso de Ovalle (1646), José Cardiel (1746-1747, 1749 y 1751) y Thomas Falkner (1772) considerándolos dentro del plan sistemático de relevamiento desarrollado por la Orden en todas sus Provincias de América y, a la vez, en el contexto político de los intereses de los Estados coloniales de expansión y gestión de territorios.

Nuestra indagación parte de la observación que la cartografía jesuítica es la primera en integrar explícitamente la información espacial comunicada por los indígenas, posibilitando una significativa ampliación del conocimiento del interior continental aún inexplorado por los europeos. La formación intelectual y técnica de los misioneros7, las aptitudes para la observación y el registro y,sobre todo, las habilidades para la comunicación con los nativos posibilitaron recopilar y resignificar el conocimiento de sus informantes8.

El examen de los elementos privilegiados en las representaciones cartográficas permite demostrar que su contribución a la localización de los componentes físicos y sociales del territorio fue clave en el proceso de construcción del conocimiento espacial de Patagonia y en su representación cartográfica. La amplitud de la información recabada en las misiones y en los viajes de exploración guiados por indígenas experimentados y su sistematización en textos verbales -cartas y relaciones- y no verbales -cartografía-, posibilita considerar a estos materiales como el primer corpus de conocimiento sobre la región, como una forma inicial de toma de posesión textual de territorios y poblaciones que van a quedar integrados en el tiempo y en la epistemología occidental9.

Por otro lado, pretendemos mostrar que la cartografía jesuítica, en tanto comunica información sobre una situación local10, sirvió al propósito de la Orden de reconocer los ámbitos en los que actuaba o proyectaba desarrollar su acción misional como así también a los intereses de los Estados imperiales. Captando la doble imagen -europea e indígena- de los territorios meridionales de Chile y el Río de la Plata y proporcionando información sobre el interior continental, los mapas jesuitas fueron utilizados por los agentes coloniales para el diseño de estrategias de ocupación y control territorial y como fuente para la elaboración de las cartografías oficiales.

La labor cartográfica de los jesuitas respondió a un doble propósito político-institucional y práctico. Por un lado, el interés de la Orden de justificar la posibilidad de extender la labor misional a territorios alejados y poco atractivos, considerados desde el imaginario geográfico europeo como los "confines ignotos e inhóspitos" del imperio. Por otro, la necesidad de resolver distintos problemas de índole espacial con vistas a la instalación de misiones en un ámbito desconocido y controlado por la población indígena. Desde estos imperativos, la producción cartográfica referida a los territorios australes cumple las dos funciones principales de los mapas: informativa y comunicativa11. Los mapas jesuitas, particularmente los elaborados en el siglo XVIII, ofrecen abundantes referencias sobre aspectos vinculados a los usos prácticos de la cartografía, tales como ubicación, localización y distancias, condiciones de habitabilidad, recursos, ocupación del territorio, sitios estratégicos, rutas y fronteras. Asimismo, comunican cierta información que, como señala Pickles12, ha sido seleccionada deliberadamente para sostener un argumento, en este caso, demostrar la posibilidad de incorporar un territorio habitado y habitable como ámbito de evangelización. Teniendo en cuenta los intereses y necesidades que jugaron en la producción de la cartográfica jesuítica y su uso tanto por los miembros de Compañía como por los agentes coloniales, cabría considerar además una función propositiva; los mapas no solo describen un territorio sino que lo producen para actuar de acuerdo a cierta intencionalidad, proponen un espacio de acción descubriendo posibilidades y anticipando efectos13.

Volviendo a la cuestión que concita el mayor interés en nuestra aproximación, la centralidad de las fuentes indígenas en la producción de los mapas jesuíticos, contemplamos las especificidades del contexto de obtención de la información: un espacio fronterizo configurado por una compleja trama de relaciones inter e intraétnicas en el que el carácter fragmentado, irregular e intermitente de los intercambios, la complejidad de las situaciones de contacto y las incertidumbres de la comunicación impusieron la búsqueda y el ensayo de diversos procedimientos de captura, validación y selección de la información. En el abordaje de esta cuestión nos preguntamos sobre el proceso de apropiación de los saberes nativos, es decir, la integración del conocimiento espacial indígena a los sistemas referenciales empíricos y conceptuales europeos, compatibilizando distintas concepciones espaciales. Este proceso comprende los esfuerzos por interpretar y descifrar lo que se comunica y lo que se oculta, la difícil tarea de producir significados comunes y finalmente la organización de los datos en la elaboración del mapa. Teniendo en cuenta la fuerte influencia de la producción de los jesuitas en la cartografía europea de los siglos XVII y XVIII14, nos interesa destacar el papel de los misioneros como intermediarios entre el conocimiento espacial indígena y el conocimiento geográfico y cartográfico occidental, como protagonistas junto a sus informantes locales del encuentro de dos modos de percibir, representar y valorar el territorio o, si se quiere, de dos cartografías diferentes: la europea y la indígena15.

Para completar la presentación de la propuesta, se imponen algunas precisiones sobre el proceso de búsqueda de claves de lectura y los procedimientos de interpretación. Se trata de una metodología construida en el diálogo con la teoría y las fuentes cartográficas, ensayada como una "analítica de las representaciones del espacio" que intenta no solo descubrir lo que está oculto en los mapas -las relaciones de saber-poder, los valores, las creencias, los presupuestos políticos e ideológicos-, sino que busca hacer visible y significativo lo que, precisamente, es visible y en gran medida desestimado. Abordándolos como textos de carácter no verbal, codificados, que encierran un discurso que puede ser verbalizado a partir de la lectura de los signos que lo constituyen16, en un primer momento del análisis identificamos los códigos del lenguaje cartográfico que, como señala Harley17, pueden ser icónicos, lingüísticos, numéricos y espaciales. Asimismo, intentamos una interpretación de los iconos o códigos gráficos que congelan, recortan, seleccionan y simplifican una cierta representación conceptual de lo real18, relacionando los elementos naturales (relieve, hidrografía, recursos) y sociales (demográficos, económicos, políticos, militares y culturales). En un segundo momento, organizamos la lectura desde las hipótesis que atienden a las condiciones de producción y uso de los mapas jesuitas, considerando las necesidades e intereses de los autores y promotores, las especificidades del contexto de obtención de la información, las estrategias de apropiación y organización del conocimiento espacial indígena en la representación cartográfica. Observamos además cómo los agentes coloniales, a partir de sus intereses y expectativas, utilizaron los mapas jesuitas construyendo nuevos sentidos y desplazando las intenciones de los productores. En la aproximación a estas cuestiones nos servimos de diversas fuentes escritas, particularmente relaciones, informes y cartas de los jesuitas y otros documentos de la administración colonial. Los estudios referidos a la Compañía de Jesús en América, y particularmente en Chile y el Río de la Plata, como los dedicados a las misiones establecidas en el área pampeana a mediados del siglo XVIII, también proporcionaron elementos sobre diversos aspectos que iluminan los contextos de producción de los mapas19.

1. El primer mapa promocional de la Patagonia

El examen de la cartografía de la región austral permite advertir que el conocimiento geográfico europeo fue construyéndose a partir de los datos que resultaban necesarios para la navegación y el abastecimiento de las flotas en el tránsito interoceánico20. Las cartas de los siglos XVI y XVII evidencian la subordinación del registro a los intereses económicos y políticos de los Estados coloniales. Teniendo en cuenta que hasta el siglo XVIII la atención se centró exclusivamente en el Estrecho de Magallanes y el Pasaje Drake como vías de comunicación y rutas comerciales entre el viejo continente, los puertos americanos del Pacífico y el Lejano Oriente, es posible explicar las líneas de avances en las representaciones cartográficas. Mientras el litoral magallánico fue definiéndose con bastante precisión, sobre todo en los mapas holandeses de fines del siglo XVI, la costa atlántica siguió presentando una imagen rectilínea y simplificada, representándose solo los puntos utilizados para las recaladas. Los mares australes y el interior patagónico continuaron reservados a la iconografía fantástica que siguió recreando mitos y creencias del imaginario europeo: la Terra Australis, la Ciudad de los Césares y los "gigantes patagones"21.

La Tabula Geographica Regni Chile, de Alonso de Ovalle, carta publicada en Roma en 1646 y elaborada sobre el mapa del holandés Jean de Laet (1638) con información recogida por el autor y otros jesuitas que trabajaron en las misiones del sur de Chile, comprende los territorios meridionales desde los 25 grados de latitud sur hasta Tierra del Fuego. Utilizamos dos versiones de este mapa: una corresponde a la edición italiana en latín contenida en la obra "Histórica Relación del Reino de Chile", disponible en Memoria Chilena (Sala Medina, colección Biblioteca Nacional de Chile) y en el National Maritime Museum (Inglaterra); la segunda, también en latín, se encuentra depositada en la John Carter Brown Library. Ambas versiones mantienen el contorno, la red hidrográfica y el relieve, aunque difieren en las ilustraciones y la toponimia22.

Si bien la lectura del mapa de Ovalle nunca logró desprenderse de la valoración propuesta por el padre Furlong respecto a la vaguedad de ideas y la ignorancia sobre el interior del continente23, observamos que la imagen cartográfica muestra un significativo avance en la organización del conocimiento de los territorios indígenas de la Patagonia.

Aunque mantiene errores en la representación de la costa atlántica y en el ancho del continente24, el mapa evidencia cierta precisión en la representación de los elementos físicos, particularmente en el trazado de la red hidrográfica. En la vertiente occidental se localizan casi todos los grandes lagos y las nacientes de los principales ríos. En la oriental, la representación de las nacientes cordilleranas de los ríos patagónicos requirió necesariamente la intervención de informantes indígenas, pues el área se mantenía inexplorada; la de las desembocaduras -excepto la del Chubut que no se representa- podría atribuirse al estado del conocimiento europeo del litoral atlántico. Se representan las nacientes cordilleranas de los ríos Negro con su afluente Neuquén, Deseado y Santa Cruz y se omiten las de los ríos Colorado y Limay, afluente del río Negro. Teniendo en cuenta que se contaba con información proporcionada por la expedición de Flores de León (1620) y con las referencias del padre Rosales (1653) sobre la "famosa laguna del Nahuel-Huapí"25, el silencio cartográfico podría obedecer a la prudencia a la hora de presentar información cuando las referencias disponibles resultaban incompletas o dudosas y, por tanto, a la estrategia indígena de ocultar la información sobre áreas estratégicas para el control de su territorio.

El mapa de Ovalle, aunque presenta ciertas características que identifican el estilo de representación cartográfica jesuítica -mapas sobrios y monocromáticos que representan el relieve e incluyen tramado en las costas-, ofrece la singularidad de contener ilustraciones, elementos que, como veremos, cumplen más que una función estética. En él se combinan así dos tendencias cartográficas: la representación de la vertiente occidental, más conocida por los misioneros, se ajusta a los criterios de la cartografía europea del siglo XVII; la de la vertiente oriental de Patagonia sigue la tradición de los mapas del siglo XVI, caracterizados por el predominio de las ilustraciones. Como ha observado Hanisch26, estas tienen un papel destacado, cumpliendo la función de reforzar o precisar el contenido de la Histórica Relación. Sin desconocer esta complementariedad entre la representación cartográfica y la obra escrita, advertimos que las ilustraciones confieren al mapa un sentido de relato cuyo mensaje puede ser comprendido independientemente del registro textual.

Los dibujos representan elementos del contexto regional: fauna autóctona (guanaco, avestruz), presencia del caballo en las pampas y nativos con indumentaria propia. Los asentamientos españoles son localizados correctamente en la vertiente occidental de los Andes y sobre la costa atlántica, junto al Estrecho de Magallanes, se indica la efímera ciudad de Rey San Felipe con la figura del arador. Los seres fantásticos son ubicados en la frontera de los territorios conocidos: en el interior de Tierra del Fuego y en los océanos, indicando el desconocimiento de las tierras situadas al sur del estrecho de Magallanes, en el primer caso, y los peligros del mar en estas latitudes australes, en el segundo.

Las imágenes permiten identificar la coexistencia de información procedente de fuentes españolas e indígenas y materiales del imaginario europeo, tales como la representación del encuentro de marinos con gigantes en la costa este de Tierra del Fuego y la de un hombre con rabo y una mujer revestida de barro en el sector oriental de la misma27.

Atendiendo a estos elementos figurativos advertimos que la carta del jesuita chileno contradice la imagen de la Patagonia construida desde el incipiente estado del conocimiento europeo y fuertemente condicionada por la percepción de la lejanía y la hostilidad de la región. Mientras el discurso cartográfico del siglo XVII recrea la imagen de un territorio despoblado e inhóspito a través de la representación de espacios vacíos y la inclusión de leyendas que refuerzan el mensaje "costas desiertas" o "comarca desierta", las ilustraciones del mapa de Ovalle ofrecen claves para una lectura diferente, posibilitando otra valoración de la región. Sirviendo a los objetivos de la Orden, el mapa produce un espacio para la acción, representando un territorio humanizado, dotado de historia, habitado y habitable y, por tanto, susceptible de ser incorporado al proyecto misional.

La leyenda o advertencia incluida en la reedición del mapa de Ovalle que debía acompañar la publicación de la Historia General del Reino de Chile, Flandes Indiano del padre Diego de Rosales confirma la intención de la Orden de promocionar a la región como posible ámbito de evangelización. El registro icónico del mapa de Ovalle es reforzado por un texto que alude a los beneficios de la región, la riqueza de sus recursos y cualidades del clima: "Aquí verás la tierra más amena y fértil de América según Laet. El Reino más opulento de metales y del más igual y saludable temperamento según Antonio de Herrera, la región más semejante a la de España según Bry y según Fr. Gregorio de León"28.

El mapa de Ovalle fue utilizado por Nicolás Sanson d'Abbeville para elaborar distintos mapas de la región meridional de América entre 1650 y 167929. Sanson realiza una primera selección de la información contenida en la carta de Ovalle y adecuándola a las modernas características de la escuela francesa logra una imagen cartográfica más sencilla que facilita la lectura, tratamiento que mantendrán los cartógrafos jesuitas del siglo XVIII.

Los mapas de Sanson fueron tomados más tarde por Guillaume De L' Isle, cuyo mapa de 1703 constituyó un modelo durante medio siglo hasta la publicación del mapa de Jean Baptiste B. D'Anville. Posiblemente a partir de una revisión de la información de Ovalle en la que se subestiman las fuentes indígenas y ante la falta de nuevos reconocimientos europeos del interior continental, De L'Isle deja de lado el trazado de los ríos de Patagonia austral.

2. La integración del conocimiento espacial indígena en los mapas jesuitas del siglo XVIII

Si bien durante la segunda mitad del siglo XVII y la primera del XVIII los jesuitas efectuaron viajes de exploración por los territorios indígenas de la vertiente oriental de la Cordillera de los Andes, no se elaboraron mapas generales de la región. El mapa de Bernardo Havestadt, impreso en 1752 y contenido en la obra Chilidungun, es una carta a pequeña escala de la región central de Chile, sur de Mendoza y norte de Neuquén, área recorrida durante los últimos meses de 1751 y primeros de 1752 en el contexto de las llamadas "misiones circulares" o ambulantes, modalidad adoptada en virtud de las dificultades para asegurar una misión estable entre los grupos transcordilleranos30. La interpretación del mapa, en el que no se representan elementos clave del territorio como las rutas indígenas y los pasos cordilleranos, requiere la lectura del diario de viaje. El relato de Havestadt, escrito con el propósito de informar la experiencia para futuros recorridos, ofrece una detallada descripción del espacio y de los lugares visitados31.

Otro mapa parcial de la región es el elaborado por el padre José Quiroga en 1745, titulado "Costa de los Patagones"32. Aunque el mapa no agrega información sobre el interior -solo incluye algunos topónimos indígenas en el área de acción de las misiones al sur del río Salado-, ofrece un buen desarrollo costero de las zonas del litoral bonaerense recorridas a pie por el misionero y del sector comprendido entre los 44 grados y el Estrecho de Magallanes, resultado del reconocimiento marítimo efectuado por la expedición dirigida por Joaquín de Olivares en 1745.

Algunos avances en la localización de los ríos y puertos logrados en el mapa de Quiroga fueron tenidos en cuenta por D'Anville en la elaboración del mapa "Amerique Meridionale" publicado en 174833. Este mapa, aunque mantiene el inexistente río Camarones, incorpora nuevos elementos sobre el interior de la Patagonia tomados de fuentes jesuitas, utiliza algunos topónimos indígenas y ubica la misión del Nahuel Huapi, fundada por el padre Nicolás Mascardi en 1669 y destruida en 1717, y la de Concepción de los Pampas, establecida en 1740 en el sur bonaerense.

Desde las misiones del Río de la Plata34, José Cardiel y Thomas Falkner continuaron la labor cartográfica iniciada por los jesuitas de la Provincia de Chile, ampliando significativamente el conocimiento del interior patagónico a partir de la integración de la información espacial comunicada por los habitantes del territorio. A pesar de los errores en distancias, orientaciones y proporciones y de las distorsiones del perfil costero, estos mapas generales de la región proporcionan referencias más precisas de los elementos naturales y sociales: recursos, red hidrográfica, asentamientos y rutas indígenas y puntos estratégicos para el control del territorio.

Nos servimos de tres mapas de Cardiel que representan los territorios meridionales de la Provincia del Paraguay: la Carta de la extremidad austral de América elaborada según Furlong entre 1746 y 174735, un mapa de 1749 titulado "Tierra de Magallanes"36 y otro de 1751 identificado con el título "Mapa de Magallanes" y el nombre del coautor, el cartógrafo Santiago Palomares37. Estos materiales pueden considerarse como distintas versiones de un mismo tema: la interpretación del territorio patagónico con vistas al desarrollo de un vasto proyecto de evangelización que abarcaba toda la región hasta el Estrecho de Magallanes38.

Desde un enfoque interpretativo, Cardiel privilegia los aspectos sociales del territorio y selecciona la información espacial que contribuye a explicarlos, particularmente la representación de los ríos que resultan claves para comprender el funcionamiento del espacio económico.

La carta constituye una fuente de gran valor informativo que ofrece a los jesuitas los primeros datos sobre distribución espacial de la población, estacionalidad y uso de los recursos. La Pampa Húmeda no está habitada en forma permanente. En Patagonia septentrional la población se concentra en los faldeos cordilleranos, Malarhue y cajón del Maule, la cuenca alta y media del Neuquén, los valles del Limay y Collón Curá y en los valles inferiores de los ríos Negro y Colorado y, en la Araucanía, en la zona de Valdivia, Osorno y Llanquihue. En Patagonia meridional se representa la ocupación de las mesetas solo en las cuencas medias del Deseado y Santa Cruz, del área cordillerana y de la estepa graminosa próxima al Estrecho de Magallanes. En Tierra del Fuego se ubican correctamente alacaluf, yamanas y selk'nam. La costa atlántica, árida y deshabitada en toda su extensión, es descuidada en la representación pues se descarta como espacio de acción39.

Correspondiendo el mapa al momento de la fundación de las misiones en las pampas, se advierte que la elección de su emplazamiento respondió a las óptimas condiciones para un poblamiento permanente y al conocimiento de su importancia dentro del espacio económico indígena, tratándose de un área clave para los intercambios en función de la localización de los recursos; particularmente las llanuras del sur bonaerense eran zonas de abastecimiento de ganado vacuno y caballar y de recolección de sal.

Las referencias de la carta de la extremidad austral de América evidencian el interés por la dinámica social, pues los símbolos solo indican los asentamientos40. Atendiendo a la localización de los asentamientos indígenas, la representación se ajusta a la caracterización propuesta por los estudios etnohistóricos de "un patrón algo disperso aunque considerablemente uniforme y con una densidad variable según las áreas y la disponibilidad de los recursos"41. Sirviéndose del color, Cardiel diferencia cuatro áreas: con colorado, los territorios pampeanos donde "hay infinidad de yeguas y caballos silvestres que cogen los Indios para comer y caminar, y los Españoles para lo segundo"; con amarillo, los territorios más meridionales donde "habitan los de a pie"; con verde, los correspondientes a la Araucanía, Patagonia septentrional y sierras del sur bonaerense, habitados por "los de a caballo"; finalmente, deja en blanco las zonas del litoral costero menos aptas para el asentamiento y el mantenimiento de ganado, identificadas como "desiertos"42.

La imagen cartográfica ofrece elementos para aproximarnos a los modos en que se construye el conocimiento de la dinámica socio-económica y se representa en el mapa integrando dos representaciones del espacio: la indígena que privilegia la diferenciación de áreas y líneas de movimiento y la europea que localiza en el mapa los distintos elementos como puntos fijos en el espacio. Las áreas constituyen los territorios de las distintas naciones cuyos límites no pueden entenderse como fronteras precisas sino como zonas de transición fluctuantes; las líneas de movimiento dan cuenta de los recorridos de estos pueblos logrados mediante una compleja memorización de secuencias de detalles distintivos43, rasgos visibles del paisaje -montañas, lagos, ríos o lugares de caza- y lugares señalizados como puntos de orientación que sirven de guía en los desplazamientos44. El recorrido del cacique Cangapol que representa Cardiel es un itinerario habitual de los distintos grupos y una de las rutas principales del circuito comercial.

Atendiendo a estos elementos, el mapa también podría entenderse como una regionalización del territorio patagónico que toma como criterio de delimitación un elemento clave para comprender la dinámica del espacio: la presencia y uso del caballo45.

Respecto a la hidrografía, la representación de los cursos del Colorado (R. de las Barrancas) y del Negro (R. del Sauce) es indudablemente resultado de la posibilidad de interpretar y validar la información espacial comunicada por sus informantes locales. Mientras la orientación de ambos ríos es más precisa que en el mapa de Ovalle, sus nacientes están incompletas. La utilización del mapa de Quiroga permitió mejorar la localización de las desembocaduras de los grandes ríos patagónicos y por tanto un avance respecto a los mapas anteriores, también consultados por Cardiel. Resulta significativa la ausencia de las cuencas del Santa Cruz y el Deseado trazadas en el mapa de Ovalle desde sus nacientes -representadas a partir de información indígena- hasta las desembocaduras -ubicadas a partir de las mediciones de los navegantes europeos. Esta omisión podría explicarse por no disponer de la información suficiente para confirmar los datos o bien por el filtro de elementos en la interpretación, es decir, como resultado de la selección de la información considerada relevante para comprender el espacio económico. Otra omisión que resulta más difícil de explicar considerando el conocimiento de las rutas y áreas estratégicas dentro del territorio indígena es la del lago Huechulafquen, un centro neurálgico del circuito ganadero que sí es representado en el mapa de Falkner.

Tanto Cardiel como Falkner testimonian la importancia de la colaboración de los nativos, quienes transmitieron su conocimiento del espacio a través de la guía en el terreno, de la toponimia -términos que identifican lugares a partir de una descripción precisa del paisaje46- y de las referencias sobre distancias, rumbos, recursos, ríos y relieve, distribución, características y dinámica de las poblaciones.

Un dato significativo es que ambos resuelven el problema de la longitud privilegiando la información obtenida de los indígenas. Cardiel señala haberse valido del mapa de Amadeo Frezier (1716), por considerar que era el que mejor se ajustaba "según lo que he averiguado de las relaciones de muchos indios de estas tierras, estando en las Sierras del Volcán Oriental"47. Por su parte, Falkner fundamenta en la introducción de su relación la modificación efectuada al mapa tomado como base para la representación del continente, consignando:

"me veo obligado a darle al país más extensión de este a oeste que la que se le asigna en el mapa de DAnville; porque no me es posible conciliar lo que en él consta con las relaciones de los indios, ni con lo que yo mismo pude observar en cuanto a las distancias entre los lugares "48.

Constituyendo la información recabada de los habitantes del territorio una fuente fundamental para la elaboración de los mapas, los jesuitas no dejaron de explicitar los procedimientos de validación que conferían confiabilidad o veracidad a los datos.

Comencé a averiguar todo lo que había tierra adentro y después de preguntados muchos y en diversas ocasiones, y cotejado lo en que concordaban, pude sacar lo siguiente [...]49

En la descripción que hago del interior, por lo general me he ajustado a las propias observaciones, porque lo he recorrido en gran parte, estableciendo así la ubicación de los lugares, las distancias que los separan, y los ríos, las montañas y las selvas que contienen. Donde no me ha sido dable penetrar me he valido de las relaciones de los indios naturales y de cautivos españoles que habían vivido años entre ellos y posteriormente había sido rescatados50.

Si bien la comunicación regular facilitada por el conocimiento que los misioneros tenían de las lenguas nativas y el dominio de la lengua española por un creciente número de indígenas51 favorecieron el intercambio de servicios e información requeridos para el desarrollo de la labor cartográfica, la contrastación de versiones resultaba una instancia decisiva, atendiendo a la posibilidad de engaño o de ocultamiento de información espacial estratégica.

Pero el análisis de la participación de los indígenas en la confección de los mapas jesuitas impone contemplar además las dificultades para comprender un sistema de referencias y de significaciones construidas desde una concepción del espacio diferente a la europea52. Dado que el sentido de la espacialidad difiere de una cultura a otra, nos preguntamos sobre las condiciones que permitieron superar los obstáculos de orden conceptual presentes en la comunicación del conocimiento espacial de los nativos.

El contenido de las relaciones de los jesuitas nos permite pensar que el mapeo conjunto en los recorridos efectuados con guías locales -indígenas expertos y también cautivos y desertores- e incluso el trazado de un mapa con participación de los informantes indígenas durante la experiencia del viaje, hayan facilitado la compleja tarea de compatibilizar el concepto indígena de territorio como espacio vivido o habitado y representado desde la experiencia colectiva y el concepto occidental de espacio abstracto.

Se ha observado que las sociedades caracterizadas por una gran movilidad territorial han alcanzado altos grados de abstracción y atención perceptiva en lo referente a la orientación y localización espacial53, desarrollando, como señala Ingold, una conciencia perceptiva sofisticada de las propiedades del ambiente que le circunda y de las posibilidades de acción que ofrecen54. Estas competencias permitieron un conocimiento especializado, en general limitado a algunos miembros del grupo y en particular a los jefes.

Las prácticas de hospitalidad y de don-cambio que estructuraron el sistema de relaciones fronterizas55 posibilitaron contar con la colaboración de estos informantes clave, cuya disposición resultaba decisiva en el proceso de intercambio o, más bien, de negociación de la información espacial.

Falkner destaca el servicio informativo del "gran cacique Cangapol, que vivía en Huichin, sobre las márgenes del río Negro", "llamado el cacique Bravo por los españoles", consignando en su relación que "su persona y su traje están representados en el mapa, como también los de su mujer Huenec"56. Y en la descripción del río Negro menciona a otro de sus informantes calificados proporcionando un dato de indudable valor cartográfico.

Un cacique Tehuel o del sur me pintó sobre una mesa unos 16 de estos ríos, con nombres todos, mas como no tenía a la mano recado de escribir, no me fue posible apuntarlos y ya me los he olvidado. Agregó también que no tenía conocimiento de parte alguna del río [Limay], ni aun antes de las confluencias de estos cursos menores, que no fuese muy ancha y muy honda. Ignoraba cuál pudiese ser su origen, pero le constaba que se hallaba hacia la parte del norte57.

La precisión que gana la traza de la alta cuenca de este curso fluvial en el mapa de Falkner respecto al de Cardiel -en el que ya la orientación es bastante correcta-y que contrasta con los errores y omisiones en la representación de los otros sistemas hidrográficos patagónicos, podría explicarse por la posibilidad que tuvo el autor de acceder a ese saber calificado e incluso de observar ese mapa efímero pintado sobre madera por un indio que parecía "de más de setenta años de edad" y que "toda su vida se lo había pasado en las orillas de este río"58.

De este modo, la identificación de coincidencias en los testimonios recabados de diversos informantes y en diferentes momentos, y la confirmación de la información en viajes de exploración permitió a los jesuitas una mayor precisión a la hora de describir y localizar en el mapa los elementos naturales y sociales del territorio.

Pero dado que los informantes solo podían ofrecer referencias sobre el espacio vivido, apropiado y organizado en su representación, los territorios que se extienden al sur del río Negro y algunos sectores de la región pampeana se mantienen virtualmente desconocidos. La cartografía de los jesuitas evidencia esta limitación en la ausencia de elementos o en su incorrecta localización o distribución, por ejemplo, la omisión de cursos fluviales y exceso de cuencas endorreicas en Patagonia meridional.

El mapa de Thomas Falkner, aunque elaborado en 1772 y publicado dos años más tarde, presenta una imagen étnica y demográfica coetánea a la de Cardiel, puesto que la información fue recabada dos décadas antes, durante la estancia del jesuita en las misiones establecidas al sur del río Salado. Basándose en los mapas de D'Anville, Quiroga y Cardiel y evaluando la información suministrada por los indígenas, Falkner logró uno de los mapas más completos de la Patagonia. Desde un enfoque geográfico descriptivo, la obra -relación y mapa- ofrece abundante información sobre las condiciones geoambientales de Pampa y Nordpatagonia y las características de sus habitantes con miras al establecimiento de colonias. Uno de los aspectos sobresalientes del trabajo es la descripción y localización de los recursos de interés económico: tierras fértiles, agua superficial, vegetación, salinas, ganado vacuno y caballar. Se identifican además los puertos adecuados para la conexión marítima, las vías de comunicación interiores -ríos y caminos- y los sitios aptos para la colonización, destacando las ventajas que podía ofrecer el poblamiento en la desembocadura del río Negro (Bahía Sin Fondo). En cuanto a los aspectos físicos, mientras el relieve -montañas y mesetas- es descripto y representado con bastante precisión, la hidrografía mantiene algunos errores, excepto, como ya fue señalado, la descripción y traza del río Negro. No se representan los ríos Deseado, Santa Cruz y Gallegos y solo se dibuja el valle medio del río Chubut. Además, en la relación plantea, aunque dubitativamente, una posible conexión del lago Huechulafquen con el Pacífico59. Otro error es la representación de un gran meandro en el valle inferior del río Negro, elemento copiado por numerosos cartógrafos europeos y americanos hasta las primeras décadas del siglo XIX, entre ellos Cruz Cano y Olmedilla. Las cuencas del Colorado y del Desaguadero-Salado se aproximan a las representaciones actuales aunque ubica la desembocadura de este último en el Atlántico, coincidiendo con el curso del Sauce Chico, pero también en este caso explicita la duda60.

La ausencia de los ríos de la Patagonia meridional podría explicarse porque De L'Isle y luego D'Anville no los incluyen en sus mapas, tal vez por no haber podido verificar la información proporcionada por Ovalle. También podría suponerse que la omisión se debe al desconocimiento de sus informantes indígenas de los territorios más australes y por tanto a la insuficiencia de datos para el trazado de estos cursos. En la costa atlántica también se advierte la omisión de información que aparece en otros mapas, incluso en el de D'Anville, lo que permite suponer que su interés se orientaba fundamentalmente hacia el interior menos conocido.

Respecto al funcionamiento del espacio indígena, la lectura del texto verbal y del mapa permite identificar límites territoriales entre las distintas naciones, asentamientos, rutas y áreas clave para la economía, aunque se advierte que Falkner no alcanza a dimensionar la importancia de la actividad comercial como estructurante del espacio. Sin embargo, cabe señalar que el texto ofrece información que no contiene el mapa, por ejemplo, describe el camino de Casuhati que no se incluye en la carta61.

La toponimia mantiene las dos fuentes, indígena para el interior y europea para los accidentes de la costa atlántica, predominando los nombres de carácter religioso o conmemorativo. Respecto a los etnónimos, repite algunos de los consignados por Cardiel62 y los ubica en el mapa con escasas variaciones, hecho que permite pensar en la coetaneidad de la imagen étnica.

El análisis de las condiciones de producción del mapa de Falkner impone considerar una serie de cuestiones que resultan difíciles de precisar. Si bien la información fue reunida y, probablemente, sistematizada por el misionero en el Río de la Plata, el mapa fue elaborado en Inglaterra en 1772 por Thomas Kitchin con el propósito de acompañar la publicación de la relación. Al no conocerse el manuscrito original del mapa -tampoco del texto63-, no es posible determinar el alcance de la intervención del cartógrafo. Además, aunque en la relación Falkner se refiere en varias ocasiones a "mi mapa"64, no es posible determinar si alude a un manuscrito de su autoría o al mapa impreso. De todos modos, considerando el propósito comercial de la publicación65, debe pensarse que el mapa fue preparado por Kitchin ateniéndose a los criterios estéticos y de cientificidad requeridos por los consumidores. Sponberg Pedly, en su trabajo sobre el comercio de mapas en Francia y Gran Bretaña durante el siglo XVIII, señala que los mapas debían realizarse a partir de la compilación de levantamientos topográficos, mapas publicados previamente, mapas manuscritos y descripciones verbales de viajeros y exploradores, y que el título debía asegurar que estaban basados en "las más recientes observaciones astronómicas". Otro requerimiento era tener la seguridad de comprar un mapa "verdadero", razón por la cual el cartógrafo y su reputación era el centro del comercio de mapas66.

La leyenda del mapa explicita algunas de estas condiciones de comercialización. Su título: "Nuevo mapa de la parte austral de América de acuerdo a mapas manuscritos realizados en el país y a un estudio de la costa este realizado por orden del Rey de España". El autor: Thomas Kitchin, Hidrógrafo de SuMajestad, un reconocido grabador de Londres.

En cuanto a las fuentes utilizadas en la elaboración del mapa, podría considerarse que uno de los mapas manuscritos es el de Falkner, pues resulta evidente la complementariedad del mapa y la relación; otro podría ser el de Cardiel, teniendo en cuenta las semejanzas en los símbolos y en la toponimia. Los estudios de la costa oriental se refieren a las exploraciones realizadas entre 1745 y 1746 por los jesuitas Quiroga, Lozano y Cardiel67. La tercera fuente no explicitada en el mapa pero sí en el texto es la carta de D'Anville de 1748, un mapa que por constituir un modelo cartográfico durante medio siglo aseguraba la "veracidad". En definitiva, la información fue llevada al mapa por Kitchin, aunque desconocemos si éste utilizó un manuscrito de Falkner modificándolo.

El mapa de Falkner-Kitchin, como lo denomina acertadamente Livon-Grosman68, integra dos concepciones de representación cartográfica. Por una parte, toma del mapa de D'Anville de 1748 la estética, la disposición de las leyendas, el frontispicio y el contorno del continente, salvo el ensanchamiento de la Patagonia central, tal como se aclara en la relación. Por su parte, Falkner sigue el estilo de los mapas jesuitas utilizando símbolos similares a los del mapa de Cardiel, aunque no incluye sus referencias.

3. El uso imperial de la cartografía jesuítica

El análisis de la documentación oficial correspondiente a la segunda mitad del siglo XVIII permite advertir que los agentes del Estado colonial disponían de la información necesaria para intentar una ocupación efectiva de los territorios de Pampa y Nordpatagonia. El estado del conocimiento regional, ampliado significativamente por la producción de los jesuitas, permitía identificar tanto los lugares aptos para el asentamiento como los sitios estratégicos para el control del territorio.

La producción de Falkner y Cardiel fue utilizada durante la puesta en marcha del operativo de poblamiento y el desarrollo de las expediciones de reconocimiento del interior patagónico emprendidas en las últimas décadas de la centuria, como así también como fuente para la elaboración de la cartografía oficial.

El mapa de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla69, publicado un año después de la aparición de la obra de Falkner, representa los territorios del nuevo virreinato del Río de la Plata y posiblemente constituya la imagen sobre la que se proyectó la ocupación del litoral patagónico. El mapa elaborado con materiales del Consejo de Indias y mapas adquiridos por el autor70 contiene referencias que demuestran la utilización de los mapas de Quiroga71, Cardiel y Falkner72 , los mapas de Bowen, Anson y Bellin de 1748 y otros materiales que no identifica73.

De las expediciones terrestres llevadas a cabo en el marco del plan poblador, la realizada por Villarino entre 1782 y 1783 es la mejor documentada, pues además del diario de viaje proporciona un croquis completo del eje fluvial Negro-Limay74. Este mapa constituye la única representación cartográfica del interior resultado de un reconocimiento europeo, por cuanto el viaje emprendido por Antonio de Viedma desde San Julián hasta la zona cordillerana en busca de las nacientes del río Santa Cruz no dejó registro cartográfico.

Villarino realiza dos importantes aportes geográficos: por un lado, tomando como base a Falkner, perfecciona la imagen del río Negro y confirma datos sobre la ocupación del espacio75; por otro, a partir de la información indígena amplía la visión de la dinámica económica de las sociedades de Pampa y Nordpatagonia describiendo el modo en que operaban los grupos que sostenían la extensa red de intercambios, dinamizada por la circulación de ganado en pie, que posibilitó la articulación de los circuitos comprendidos en el territorio indio y de estos con el mercado colonial.

Si bien el objetivo de la expedición de Villarino era reconocer las condiciones de navegabilidad del río Negro y probar la posibilidad de una comunicación con Valdivia a través de esta vía fluvial76, el diario del piloto evidencia un interés más amplio orientado a reunir toda la información necesaria para el diseño de una política de colonización. Así lo demuestran el cuidadoso relevamiento de las tierras aptas para la agricultura y la ganadería, las observaciones sobre los recursos naturales, vías de comunicación (caminos, sendas, pasos, distancias y tiempos de marcha), asentamientos, áreas de importancia en la economía indígena (aguadas, potreros, áreas de caza y de recolección de frutos) y sitios estratégicos, particularmente Choele-Choel y la confluencia de los ríos Negro y Neuquén. Las referencias de Villarino a la relación de Falkner son frecuentes, en diferentes pasajes del diario del viaje corrobora la información que proporciona el jesuita -particularmente la referida a lugares clave en el territorio indígena, comercio y toponimia- o la rectifica de acuerdo a sus observaciones.

La información sobre el aprovisionamiento de ganado en las pampas, su arreo hacia el oeste y venta a los hispano-criollos de Chile, sobre el uso de las salinas del Colorado y el transporte de sal a la zona cordillerana y sobre los bienes que completaban los intercambios, permitió confirmar la importancia del comercio como eje organizador del espacio económico y, sobre todo, la eficacia del control indígena sobre el territorio y los recursos. Este conocimiento pudo haber influido en las evaluaciones sobre la posibilidad de extender la colonización hacia el interior patagónico, considerándose que los objetivos de la política fronteriza se cumplían sin necesidad de desarticular un circuito comercial consolidado que ofrecía beneficios a los centros coloniales directamente vinculados, especialmente a los transcordilleranos77.

No podemos dejar de mencionar la influencia de la obra de Falkner en el contexto de la rivalidad hispano-británica, pues, lejos de la neutralidad informativa, la relación advierte sobre las ventajas que podía ofrecer a "cualquier potencia" el poblamiento en la región78 y sobre la vulnerabilidad de las fronteras australes. Su publicación en Inglaterra fue preparada por Robert Berkeley, asesor político de la reina y posible autor del prefacio, quien encargó la edición del texto a William Combe y la elaboración del mapa al cartógrafo Kitchin con el fin de promover la inclusión de Patagonia en los planes imperiales británicos. La divulgación del mapa de Falkner-Kitchin respondió al interés de promocionar estos territorios como espacio susceptible de ser incorporado a los proyectos de expansión europeos, sean estos de carácter particular o estatal y justificados por objetivos científicos, comerciales, políticos y estratégicos. Como señala Fernández Bravo, el saber abastece el archivo imperial y despierta interés por el territorio que describe79.

4. Consideraciones finales

La producción cartográfica jesuítica referida a los territorios meridionales de Chile y el Río de la Plata respondió al propósito de la Compañía de Jesús de sistematizar el conocimiento geográfico de los ámbitos en los que actuaba o proyectaba extender la evangelización. El contexto fronterizo en el que se inscribió la obtención de la información favoreció el desarrollo de prácticas cartográficas específicas que privilegiaron el conocimiento espacial comunicado por los habitantes del territorio. El aprendizaje del idioma de los nativos y las habilidades para la comunicación posibilitaron el ensayo de diversos procedimientos de registro, selección y validación de la información. La verificación de los datos a través del cotejo de fuentes, la contrastación de versiones de distintos informantes, la significación de la toponimia y, en ocasiones, las observaciones y el mapeo conjunto en recorridos exploratorios guiados por indígenas experimentados, permitió corregir los mapas europeos utilizados como base de las representaciones y completar los vacíos cartográficos que promovían la noción de un lugar socialmente vacío80.

Considerando que hasta el último tercio del siglo XVIII el estado del conocimiento europeo se limitó a la costa atlántica y a las áreas reconocidas por los misioneros -sierras del sur bonaerense y región precordillerana de Neuquén-, las referencias sobre el interior continental contenidas en los mapas jesuíticos solo pudieron construirse a partir de la posibilidad de acceder al conocimiento espacial indígena, un saber especializado que aseguraba líneas de movimientos precisas, el control de las rutas y el uso eficiente de los recursos. Esta apropiación impuso el desarrollo de ciertas competencias comunicacionales e interpretativas que posibilitaran significar los datos compatibilizando diferentes concepciones espaciales. Si bien esta instancia es clave en el proceso de producción de los mapas jesuitas, debemos reconocer que las herramientas de análisis y la naturaleza de las fuentes disponibles posibilitan plantear más interrogantes que respuestas sobre las condiciones que posibilitaron una particular "receptividad" en la experiencia del contacto interétnico.

La atención conferida por los cartógrafos jesuitas a las fuentes indígenas posibilitó comprender la dinámica de las relaciones resultantes entre los componentes naturales y sociales, producir un territorio y proponerlo como espacio de acción. Sin embargo, considerando el limitado alcance de la obra evangelizadora en la región y su interrupción tras la expulsión de la Orden, se advierte que no fueron los jesuitas los principales beneficiarios del saber calificado de los nativos, organizado y comunicado en mapas y relaciones geográficas. Estos materiales fueron utilizados con una intencionalidad distinta de la que fueron elaborados, sirviendo al desarrollo y justificación de proyectos imperiales, como así también a la construcción de un corpus de conocimientos, el de la "ciencia occidental", que reconoce a los jesuitas como precursores de la cartografía científica americana aunque silencia sus fuentes indígenas.

Mientras la polémica sobre la (in)utilidad de la región recreaba las visiones de Patagonia como "tierra inhóspita" y condicionaba la interpretación del espacio geográfico desde las categorías del determinismo climático, el aporte de los jesuitas como intermediarios del conocimiento espacial indígena permitía otras representaciones y valoraciones del territorio. Las políticas coloniales no contemplaron empero un avance de la colonización, limitándose a sostener el fuerte del río Negro y a promover el avance de la labor exploratoria, opción que permitía disponer del conocimiento necesario para el diseño de estrategias de control de los movimientos indígenas en las fronteras del virreinato y elaborar un discurso cartográfico que contribuyera a la apropiación simbólica del espacio.

Notas

1 El concepto de representaciones alude, desde la perspectiva de la historia cultural, a las diversas formas a través de las cuales las comunidades interpretan sus relaciones con el mundo natural y social, a los esquemas de percepción, cognición y valoración que conforman los sistemas de pensamiento y juicio desde los cuales se construyen significaciones y se produce la "realidad" articulando lo estructural, lo funcional y lo simbólico. Cf. Chartier, R., El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación, Barcelona, Gedisa, 1996;         [ Links ] Bailly, A.S., "Lo imaginario espacial y la geografía. En defensa de la geografía de las representaciones", Anales de Geografía de la Universidad Complutense, N° 9, Madrid, 1989, pp. 11-19.         [ Links ] Es necesario distinguir este significado del uso corriente de la noción de representación en la teoría cartográfica tradicional que apela la correspondencia entre universo material y universo simbólico. Cf. Quintero, S., "Pensar los mapas. Notas para una discusión sobre los usos de la cartografía en la investigación social". En Cora Escolar (Comp.), Topografías de la investigación. Métodos, espacios y prácticas profesionales, Buenos Aires, Eudeba, 2000, pp. 187-217.         [ Links ]

2 Quintero, 2000, op. cit., pp. 208 y ss.

3 Es preciso reconocer, sin embargo, que las representaciones no mantienen nunca una relación de inmediatez y de transparencia con las prácticas sociales que las producen o moldean. Cf. Chartier, 1996, op. cit., p. VIII.

4 Martinic, Mateo, Cartografía Magallánica 1523-1945, Punta Arenas, Ediciones de la Universidad de Magallanes, 1999;         [ Links ] Porro Gutiérrez, J. M., Introducción a la cartografía histórica americana, Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio Científico, Universidad de Valladolid, 1999.         [ Links ]

5 Lacoste, Pablo, La imagen del otro en las relaciones de la Argentina y Chile (15342000), Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica-Universidad de Santiago de Chile, 2003;         [ Links ] Lois, Carla, "Del desierto ignoto a territorio representado. Cartografía, Estado y Territorio en el Gran Chaco argentino (1866-1916)", Cuadernos de Territorios 10, Buenos Aires, Instituto de Geografía, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 2002;         [ Links ] Luiz, María Teresa, Relaciones fronterizas en Patagonia. La convivencia hispano-indígena a fines del período colonial, Ushuaia, Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco - Asociación HANIS, 2006;         [ Links ] Navarro Floria, Pedro y Alejandro Mc Caskill, "La "pampa fértil" y la Patagonia en las primeras geografías argentinas (1876)", Scripta Nova, Revista electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, Vol. VI, n° 319, 2001.         [ Links ]

6 Como señala Lois, los estudios recientes asumen explícitamente que el mapa articula una interpretación de ciertas relaciones espaciales y, si bien mantiene determinados vínculos (desde ya, no especulares) con un referente empírico, es más el resultado de un proceso social e históricamente definido que una reducción gráfica matematizada de un espacio abstracto. Cf. Lois, Carla, "Imagen cartográfica e imaginarios geográficos. Los lugares y las formas de los mapas en nuestra cultura visual", Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, Barcelona, Universidad de Barcelona, 2009, vol. XIII, n° 298.         [ Links ]

7 Los datos sobre el instrumental empleado por los jesuitas permite valorar los conocimientos y competencias puestas en juego en la labor exploratoria y cartográfica. Cf. Furlong, Guillermo, S.J., Entre los Tehuelches de la Patagonia, Buenos Aires, Teoría, 1992, p. 123.         [ Links ]

8 Cf. Di Lisia, María Silvia y Aníbal O. Prina, "Los saberes indígenas y la ciencia de la Ilustración", Revista Española de Antropología Americana, N° 32, 2002, pp. 295-319.         [ Links ]

9 del Valle, Ivonne, Escribiendo desde los márgenes. Colonialismo y jesuitas en el siglo XVIII, México, Siglo XXI, 2009, p. 13.         [ Links ]

10 Seguimos las formulaciones de Buisseret, para quien la función principal del mapa es transmitir información situacional. "Lo que en realidad hace que un mapa sea un mapa es su cualidad de representar una situación local; tal vez deberíamos llamarlo "imagen de situación", o incluso "sustituto situacionaF. Cf. Buisseret, David, La revolución cartográfica en Europa, 1400-1800. La representación de los nuevos mundos en la Europa del Renacimiento, Barcelona, Paidós, 2003, p. 16.         [ Links ]

11 Penhos, Marta, Ver, conocer, dominar. Imágenes de Sudamérica a fines del siglo XVIII, Buenos Aires, Siglo XXI Editores Aregentina, 2005, p. 23.         [ Links ]

12 Pickles, 1992, en Quintero, 2000, op. cit., p. 196.

13 Kitchin, Rob y Perkins, Chris, "Thinking about maps". En Dodge, Martín, Kitchin, Rob y Perkins, Chris, Rethinking Maps, London, Taylor & Francis Ltd, 2009.         [ Links ]

14 Furlong Cardiff, Guillermo, Cartografía jesuítica del Río de la Plata, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Publicaciones del Instituto de Investigaciones Históricas Número LXXI, 1936.         [ Links ]

15 Sobre la cartografía indígena ofrecen elementos de interés: Ingold, Tim, Theperception of the environment: in livelihood, dwelling and skill, Londres, Routledge, 2005;         [ Links ] Thrower, Norman J. W., Mapas y civilización. Historia de la cartografía en su contexto cultural y social, Barcelona, Ediciones del Serbal, 2002;         [ Links ] Kok, Gloria, "Vestigios indígenas en la cartografía del sertào de la América portuguesa", Anais do Museu Paulista, N. Sér. V. 17, n. 2, pp. 91-109, 2009.         [ Links ] Según Ingold, los mapas de los indígenas -croquis o gráficos de la experiencia del movimiento de los pueblos- son una expresión de cartografía distinta a la occidental y, como expresión del mapeo, tienen como objetivo principal orientar los desplazamientos en el territorio.

16 Quintero, 2000, op. cit., p. 192.

17 Harley, John B., The new nature ofmaps. Essays in the History ofCartography, Baltimore, The John Hopkins University Press, 2002.         [ Links ] En esta decodificación consideramos escalas, proyecciones, puntos extremos, red de latitudes y longitudes, mensajes verbales -títulos, leyendas, toponimia (indígena e europea) y otras referencias-, formas, colores y texturas, dibujos y pictogramas.

18 Quintero, 2000, op. cit., 193.

19 Del Valle, 2009, op. cit.; Furlong, Guillermo, Entre los Pampas de Buenos Aires, Buenos Aires, Talleres Gráficos San Pablo, 1938;         [ Links ] Hernández Asensio, Raúl, "Fábulas y sueños de españoles...: el fracaso de la aventura jesuita en el sur de la provincia de Buenos Aires (1740-1753)", Procesos, Revista Ecuatoriana de Historia, n° 17, Quito, 2001, pp. 2-34,         [ Links ] y "Caciques, jesuitas y chamanes en la frontera sur de Buenos Aires (1740-1753)", Anuario de Estudios Americanos, T. LX-1, Sevilla, 2003, pp. 77-108; Irurtia, María Paula, "Intercambio, novedad y estrategias: las misiones jesuíticas del sur desde la perspectiva indígena", Avá, n° 11, 2007, pp. 135-167;         [ Links ] Martínez Martín, Carmen, "Las reducciones de los Pampas (1740-1753): aportaciones etnogeográficas al sur de Buenos Aires", Revista Complutense de Historia de América, n° 20, Madrid, 1994, pp. 145-167;         [ Links ] Morner, Magnus, Actividades Políticas y Económicas de los Jesuitas en el Río de la Plata, Buenos Aires, Hyspamérica, 1985;         [ Links ] Nofri, María Clarisa, "Actividad misional y resistencia indígena en las reducciones jesuitas de Pampas y Serranos (1740-1753)", VIII Jornadas Inter-Escuelas y Departamentos de Historia, Salta, 2001;         [ Links ] Pinto R., Jorge, "Frontera, misiones y misioneros en Chile: La Araucanía 1600-1900", Misioneros en la Arauanía (1600-1900): un capítulo en la historiafronteriza de Chile, Temuco, Universidad de la Frontera, 1988.         [ Links ]

20 Martinic, 1999, op. cit.; Porro Gutiérrez, 1999, op. cit.

21 Luiz, María Teresa y Monika Schillat, La frontera austral. Tierra del Fuego 1520-1920, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1997, pp. 67 y ss.         [ Links ]

22 Hanisch, Walter, El historiador Alonso de Ovalle, Instituto de Investigaciones Históricas. Facultad de Humanidades y Educación. Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, 1976.         [ Links ]

23 Furlong Cardiff, 1936, op. cit., p. 31. El historiador oficial de la Compañía de Jesús señala: "Nada ganará la ciencia geográfica con la posesión de este mapa, pero no cabe dudar que merece ser conocida. Es una prueba convincente de la vaguedad de ideas y de la incertidumbre que a mediados del siglo XVII dominaba aún respecto del interior del Continente americano. Esta ignorancia era en Ovalle más manifiesta en lo que respecta al territorio argentino".

24 La determinación más exacta de la longitud que recién se alcanzará un siglo más tarde resultó decisiva para lograr imágenes de mayor precisión en la medida del ancho del continente. En la Advertencia al Lector se explicita que no se incluyen las longitudes por considerarlas imprecisas y no por error. Cf. Hanisch, 1976, op. cit., p. 267.

25 Furlong, 1992, op. cit., p. 40.

26 Hanisch, 1976, op. cit., p. 228.

27 Ovalle pudo inspirarse en el mapa de Chile de Fray Gregorio de León, un manuscrito perdido que pudo ser una carta geográfica o una relación o ambas cosas. De hecho cita la obra en seis oportunidades en las que hace referencia al oro en Chile, los indios que nacen con cola, el grosor de los árboles en Chiloé, la ferocidad de la tierra y la valentía de los indios, los hombres que se visten con barro en la región austral y la victoria del indio Colicheo. Cf. Hanisch, 1976, op. cit., pp. 182, 257 y 258.

28 Furlong Cardiff, 1936, op. cit., p. 32. Según Furlong, las ediciones de las obras de Ovalle y Rosales se realizaron en la misma época, aunque la segunda quedó inédita hasta 1877.

29 Martinic, 1999, op. cit., pp. 101 y ss.

30 Villalobos R., Sergio, Los pehuenches en la vida fronteriza, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Católica de Chile, 1989, pp. 83 y ss.         [ Links ]; Barcelos, Artur H. F., "Entre a cordilheira e o mar: explora5ao e evangeliza5ao jesuítica no Chile", en Historia Unisinos 11 (2), 2007, pp. 230-239.

31 Brañes, M. J., "El chilidugú del padre Bernardo Havestadt. Introducción y selección", ONOMAZEIN 14 (2006/2), pp. 65-99.         [ Links ]

32 Mapa de la costa de los Pagaones conforme al descubrimiento hecho de orden de SMC el año 1745 por A. P. Joseph Quiroga, Biblioteca Nacional, Madrid, Ms. 42/405.         [ Links ]

33 Carte de Mr. D'Anville, 1748, Archivo Histórico Nacional de España, Madrid, Sección Estado. Mapas, Planos y Dibujos Sig. 80.         [ Links ]

34 Nuestra Señora de la Concepción de los Pampas (1740-1753), Nuestra Señora del Pilar del Volcán (1746-1751) y Nuestra Señora de los Desamparados (1750-1751). Cardiel y Falkner fueron asignados a la reducción de Ntra. Sra. del Pilar destinada a los grupos que ocupaban la región serrana del sudoeste bonaerense hasta el río Negro.

35 Carta de la extremidad austral de América, construida por el P. José Cardiel S.J. en 1747. Publicada por Felix Outes, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires - Museo Etnográfico, Publicaciones B, n° 1, 1940.         [ Links ]

36 Tierra de Magallanes con las Naciones que se han podido descubrir en viajes de Mar y Tierra desde el año 1745 hasta el de 1748, Biblioteca Nacional de España, Madrid, MR/42/362/1.         [ Links ]

37 Mapa de Magallanes / Palomares 1751, Biblioteca Nacional de España, Madrid,MR/42/403.         [ Links ]

38 Carta de Cardiel al gobernador y capitán general de Buenos Aires, fechada 11 de agosto de 1746, citada en Pedro de Angelis, Colección de obras y documentos, T. II, Buenos Aires, Plus Ultra, 1969, pp. 548-558. La carta pudo haber sido escrita por el misionero antes de trasladarse a la sierras del sur bonaerense. Cf. Furlong, 1992, op. cit. 132.

39 Furlong señala las distorsiones (errores e inexactitudes) en el Estudio Histórico-geográfico contenido en la publicación de la carta de la extremidad austral de América. Outes, 1940, op. cit.

40 Ciudad de españoles, Ciudad de españoles destruida, Pueblos de indios, Pueblo destruido, Habitación de infieles.

41 Palermo, Miguel A. "La innovación agropecuaria entre los indígenas pampeano-patagónicos. Génesis y procesos", Anuario del IEHS, n°3, Tandil, Universidad de Centro de la Provincia de Buenos Aires, 1988, p. 87.         [ Links ]

42 En la lectura de las imágenes cartográficas nos servimos de los siguientes documentos: Carta y Relación de las Misiones de la Provincia del Paraguay, fechada el 20 de diciembre de 1747, dirigida por Cardiel al padres Pedro de Calatayud,         [ Links ] citada en Outes, 1940, op. cit.. "Diario del viaje y misión al río Sauce realizado en 1748". En Publicaciones del Instituto de Investigaciones Geográficas de la Facultad de Filosofía y Letras, Serie A, n° 13, Buenos Aires, 1933.         [ Links ] "Diario de su viaje desde Buenos Aires, al Volcán y Arroyo de la Ascensión (1752)". En Pedro de Angelis, Colección de obras y documentos, T. IV, Buenos Aires, Plus Ultra, 1969, pp. 59-66.         [ Links ]

43 Lynch, Kevin, La imagen de la ciudad, Barcelona, Gustavo Gili, 1984, p. 147.         [ Links ]

44 En su estudio sobre la cartografía del Sertao, Kok hace referencia a la práctica de señalizar y marcar puntos de orientación: piedras y árboles grabados, cruces, ranchos, quemados y sepulturas. Cf. Kok, 2009, op. cit.

45 de Lasa, Luis I. Patagonia, siglos XVI-XIX. Una visión geohistórica, mimeo.         [ Links ]

46 Los mapas de la segunda mitad del siglo XVIII mantienen la toponimia indígena en las áreas no reconocidas. Un siglo después, en vísperas de la Conquista del Desierto, se proponía mantenerla reconociendo su valor descriptivo como referencia espacial. Cf. Cevallos, Estanislao S., La conquista de quince mil leguas. Estudio sobre la traslación de lafrontera sur de la República al río Negro, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986;         [ Links ] Piana, Ernesto L., Toponimia y arqueología del siglo XIX en La Pampa, Buenos Aires, Eudeba, 1981.         [ Links ]

47 Citado en Outes, 1940, op. cit., p. 13.

48 Falkner, Thomas, Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur, Buenos Aires, Hachette, 1974, p. 55.         [ Links ]

49 Cardiel, carta del 20 de diciembre de 1747, citada en Outes, 1940, op. cit., p. 6

50 Falkner 1974, op. cit., p. 53.

51 Hernández Asensio señala que la lengua española era por aquellos años la propia del intercambio en la región sur de Buenos Aires y que mientras un creciente número de indígenas, tanto pampeanos, como serranos, aucas o patagones, tanto reducidos como libres, dominaba la lengua española, eran muy pocos los hispano-criollos que hablaban algún idioma nativo. Cf. Hernández Asensio, 2003, op. cit., p. 103.

52 Sobre las concepciones del espacio de los pueblos amerindios cf. Thrower, 2002, op. cit. En relación con el mapa de Falkner, Arias hace referencia a esta cuestión pero sin abordarla. Arias, Fabián, "El mapa de Tomás Falkner, SJ, y su mirada del interior del mundo indígena pampeano-patagónica de mediados del siglo XVIII", 3° Encuentro La problemática del viaje y los viajeros, Tandil, 14-16 de agosto.         [ Links ]

53 Lynch, 1984, op. cit.

54 Ingold, 2005, op. cit.

55 Luiz, 2006, op. cit.

56 Falkner, 1974, op. cit., p. 54.

57 Falkner, 1974, op. cit., p. 107.

58 Thrower, quien resalta el valor de los mapas de los pueblos sin escritura en su estudio sobre la cartografía de los pueblos indios de Norteamérica, proporciona una referencia semejante al describir un mapa presentado por un jefe iowa en una reunión mantenida en Washington DC en 1837. Se trata de un mapa manuscrito en papel, dibujado en tinta, posiblemente con un palo o un dedo, que muestra una extensa área de la cuenca del alto Missisippi y del Missouri. El autor señala que la comparación de esta delineación con la misma hidrografía en mapas modernos pone de relieve que su lectura resulta bastante comprensible, si bien de una forma generalizada. Thrower, 2002, op. cit., p. 19.

59 "Este lago se halla a unas dosjornadas de Valdivia,y loforman varios arroyos, manantiales y ríos que nacen de la cordillera. A más del río que despide hacia el este y sur, y queformaparte del río grande, acaso despida otro hacia el oeste, que probablemente se comunique con el mar del Sur en las inmediaciones de Valdivia; mas esto no lo puedo asegurar, porque no mefue dado examinarlo con más detención". (Falkner 1974, op. cit., p.107, los subrayados son nuestros). Villarino confirma las noticias de Falkner señalando la falta de coincidencia solo en la distancia del lago a Valdivia "que dicho diario pone dos jornadas, y estos indios dicen que cuatro" . Villarino, Basilio, Diario del Piloto de la Real Armada D. Basilio Villarino del reconocimiento que hizo del Río Negro en la Costa Oriental de Patagonia el año 1782. En Pedro de Angelis, Colección de obras y documentos, T. VIII B, Buenos Aires, Plus Ultra, 1972, p. 1017.         [ Links ]

60 "Por lo que los indios me contaban, abrigo mis dudas de si este río se comunica directamente con el océano, o si no lo hace más bien con el río Colorado a corta distancia de su desembocadura." Falkner, 1974, op. cit., p. 103.

61 Falkner, 1974, op. cit., pp. 101, 105, 106.

62 Algunos etnónimos presentan cambios en la grafía. Las denominaciones Che che het y Pehuenches aparecen en ambos mapas. En Cardiel: Chulilauchet, Sehuagni,Muluches. En Falkner: Chulilacunne, Sehoaucunne, Moluches.

63 Livon-Grosman, Ernesto, Geografías imaginarias. El relato del viaje y la construcción del espacio patagónico, Rosario, Ediciones Beatriz Viterbo, 2003, pp. 62-63.         [ Links ]

64 Falkner, 1974, op. cit., pp. 53, 111, 114.

65 La leyenda refuerza el propósito del mapa: This map is explained and some account is given from the country and its inhabitants in a pamphlet intended to be sold with the map.

66 Sponberg Pedley, Mary, The Commerce of Cartography: marking and marketing in eighteenth-.century France and England, Chicago, The University of Chacago Press, 2005.         [ Links ]

67 El trazado del río Camarones podría indicar un acuerdo entre la decisión de Kitchin de incluirlo y la aclaración de Falkner en la leyenda "El río Camarones ha sido dibujado por la autoridad del mapa del Sr. Bolton,pero yo sospecho que es imaginario puesto que en la expedición de 1746 no se lo encontró".

68 Livon-Grosman, 2003, op. cit.

69 Mapa Geográfico de América Meridional. Año 1776. AHN Sigs. 676 y 738, 321 y 328.         [ Links ]

70 Entre los materiales del Consejo de Indias, Ferrand de Almeida identifica más de sesenta mapas y planos -manuscritos e impresos- entre los que había mapas españoles, franceses, ingleses, holandeses y portugueses. Cf. Ferrand de Almeida, André, "O Mapa Geográfico de América meridional, de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla", Anais do Museu Paulista, Sao Paulo, vol. 17, n°2, 2009, pp. 79-89.         [ Links ]

71 Consigna la leyenda "Bahía sin Fondo o P. de S. Matías conforme a los mapas de los viajes de Quiroga".

72 Además de las coincidencias en topónimos y etnónimos y en la ubicación de elementos, la leyenda que sigue el curso del río Negro prueba el conocimiento del mapa de Falkner: "Comó-Leuvú, gran Desaguadero, o R. de los Sauzes llamado en el Nuevo Mapa Ynglés Cusú, Leuvu o R. Negro". Particularmente en el uso de algunos etnónimos se evidencia el uso comparativo de los mapas de Cardiel y Falkner.

73 "Laguna Coluguape desde cuya latitud principia el rio Gallegos según un manuscrito particular de estas regiones"; "Río Deseado sacado de un manuscrito moderno"; "Cabo Blanco situado según los manuscritos españoles".

74 Plano del Río Negro de Patagones dibujado por el piloto don Basilio Villarino en su viaje de 1782-1783. Reproducido en Cevallos, 1986, op. cit.

75 Por ejemplo, el piloto observa que las riberas de los río Negro y Limay aunque no estaban ocupadas en forma permanente eran recorridas regularmente, registrando las evidencias de paraderos y caminos. Confirma, asimismo, que el área precordillerana estaba habitada por diversas naciones: tehuelches, huiliches, pehuenches y aucaces. Consigna Villarino en su diario: "Estos indios jamás han estado en nuestro establecimiento del río Negro: si bien dicen tienen noticia de habernos establecido, pero que ellos para caminar a sus tierras, atraviesan el campo desde el Colorado a este río por el Chuelechel, 70 leguas al poniente de nuestro establecimiento.[...] Los nombres de los parajes, que jamás pudieron entender otros indios leyendo a Falkner, estos los nombran del mismo modo que su diario, y convienen con él en las noticias".(Villarino, 1972, op. cit., pp. 1016-1017).

76 El propósito era saber si esta vía fluvial podía ser utilizada por extranjeros. Sus observaciones demuestran esta prioridad en el detallado reconocimiento del cauce fluvial (ancho, profundidad, velocidad, saltos), el registro diario de distancias y orientaciones y las mediciones de latitud.

77 Luiz, 2006, op. cit., pp. 286-287.

78 Falkner 1974, op. cit., pp. 112-113.

79 Fernández Bravo, Alvaro, "Catálogo, colección y colonialismo interno: la Descripción de la Patagonia de Thomas Falkner (1774)", Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Año 30, n° 60, 2004, pp. 229-249.         [ Links ]

80 Harley, 2002, op. cit., p. 81.


Recibido: marzo 2011
Aceptado: octubre 2011