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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.34 Santiago jun. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432011000100011 

CUADERNOS DE HISTORIA 34
DEPARTAMENTO DE CIENCIAS HISTÓRICAS
UNIVERSIDAD DE CHILE JUNIO 2011: 171-173

RESEÑAS

 

Sergio Grez Toso

Magno Espinoza. La pasión por el comunismo libertario

Editorial de la Universidad de Santiago de Chile, Santiago, 107 páginas. ISBN 978-956303-109-6

 


 

La cultura política libertaria que se fue instalando en nuestro país durante la última década del siglo xix representó, hasta hace no mucho tiempo, un territorio bastante marginal para la historiografía local, incluida aquella de los propios trabajadores. Puede observarse así que, en las escasas alusiones realizadas por historiadores liberales o conservadores sobre el anarquismo, éste representa un sinónimo de desorden y de caos, adjudicándosele una obsesión destructiva y la voluntad perversa de producirla sin motivos. La manera de referirse a los anarquistas es reveladora. Sus trabajos no lo presentan en tanto seres humanos vistos en las circunstancias que los orientan hacia sus convicciones libertarias, sino como abstracciones, o mejor, como una abstracción, una suerte de espíritu del mal, entelequia ahistórica ontológicamente perversa a la que esta historiografía se refiere siempre solo por alusión y que nos hace pensar en la que caracterizará durante el siglo xx como "terroristas" a todos aquellos que cuestionaran las raíces del sistema o el sistema de gobierno de turno (v. gr., los resistentes franceses a la ocupación nazi o los resistentes chilenos a la dictadura impuesta en 1973). De otro lado, la historiografía crítica vinculada a las tradiciones comunistas que surge en los años 1950, recogió en gran medida el mismo espíritu de descalificación hacia el mundo libertario, dándole un papel aventurero sin propósitos políticos, por lo tanto perjudicial para el movimiento obrero, ignorando abiertamente su presencia, negando su legítimo derecho a exponer su visión de las cosas o, sencillamente, reduciéndolo a una simple prehistoria de los trabajadores.

Afortunadamente, esta marginalidad a la que había sido reducida la cultura libertaria ha ido cediendo ante nuevas interpretaciones más sólidas desde el punto de vista de la investigación histórica. Entre ellas destacan muy especialmente los trabajos que durante estos últimos años ha venido realizando el historiador Sergio Grez Toso, los que nos han venido mostrando que, a pesar de toda esta gama de prejuicios políticos, el anarquismo existió bel et bien en la cultura de los trabajadores. La minuciosa reconstrucción de las circunstancias y las características en las que tomó forma el movimiento libertario llevada a cabo por Grez ha dado lugar a diversas publicaciones, entre las que cabe recordar aquí, Los anarquistas y el movimiento obrero. La alborada de "la idea" en Chile 1993-1915 (Santiago, Lom, 2007). Estas publicaciones, y esta última en particular, han venido esclareciendo el papel del mundo libertario, contribuyendo al conocimiento de su génesis y mostrándolo desde una nueva luz que nos permite una mirada más serena sobre el conjunto de la historia de los trabajadores en nuestro país.

En el libro que comentamos en esta ocasión, Sergio Grez Toso prosigue en este camino de esclarecimiento de la historia local del anarquismo, presentándonos en cuatro apasionantes capítulos el pensamiento y la trayectoria del obrero mecánico libertario Magno Espinoza. De su corta vida (1875-1906), varios datos personales y familiares se encuentran todavía en la penumbra, no conociéndose la fecha exacta de su nacimiento ni los nombres de sus progenitores (p. 9). Sabemos, sin embargo, gracias a esta investigación que, hacia fines de la década de 1890, se integra a "la causa", como se llamaba en aquellos años al conjunto de orientaciones que identificaba al mundo libertario. La adscripción de Espinoza en estas circunstancias no tiene nada de casual. En aquellos años que se deslizaban desde la posguerra del Pacífico la situación de los trabajadores venía empeorando cada vez más, desbrozando el camino a modificaciones importantes en su subjetividad colectiva en la que, elaborando su propia experiencia desde la intuición y la praxis, fue surgiendo la cultura política libertaria. Las contradicciones internas del liberalismo venían además reforzando su ala plebeya, la que en noviembre de 1887 había fundado el Partido Democrático. "La angustiosa situación económica por la que atravesaban la mayoría de los trabajadores a causa de la devaluación monetaria contribuía a poner en estado de disponibilidad política a algunos sectores de la clase obrera y del artesanado que hasta entonces habían alentado ilusiones en la posibilidad de cambios graduales y moderados mediante la utilización del arma del sufragio universal masculino, instaurado de hecho desde mediados de la década de 1870" (p. 13). Así, "la transición laboral hacia el capitalismo industrial y la transición en las formas de lucha provocaron importantes mutaciones ideológicas y políticas en el mundo de los trabajadores" (p. 15).

En 1896, el nombre de Espinoza aparece en los círculos de trabajadores santiaguinos apoyando la orientación socialista radicalizada que se encontraba en el discurso de Ailej andro Escobar y Carvallo y de Luis Olea. Un artículo suyo puede leerse en el semanario El Proletario (Santiago, 10 de septiembre de 1897), dirigido por el mismo Olea y publicado por la Unión socialista, y pronto, en marzo de 1898, asociándose más estrechamente con Escobar y siempre con Olea, lo vemos fundando la mítica revista La Tromba. El 20 de julio de ese mismo año, Espinoza y sus compañeros logran radicalizar un movimiento de obreros sin trabajo en el centro de Santiago (p. 34). Otro meeting le sigue diez días después. Una acción judicial es entablada contra Espinoza y sus compañeros por el Segundo Juzgado del Crimen. Superado este episodio va a lanzar el periódico El Rebelde (Santiago, 20 de noviembre de 1898), el primero que en Chile se proclama abiertamente anarquista (p. 38). Espinoza será encarcelado en la primavera de ese mismo año y luego a fines de febrero de 1899. El cambio de siglo le reserva días intensos: colabora con la revista La Campaña y, el 1° de febrero de 1900, publica El Ácrata, del cual es su director. Desde allí denuncia la explotación capitalista y el servicio militar obligatorio, llamando a no participar en el fraude electoral y reivindicando la igualdad de sexos. Desde las páginas de El Ácrata estimula también la formación de Sociedades de Resistencia. Su figura deviene conocida y se le ve haciendo uso de la palabra en diversos meeting de la capital. A esas alturas es despedido de su trabajo, la Compañía de tranvías eléctricos de Santiago (p. 56 y ss.).

En 1901, la necesidad de encontrar una fuente laboral lleva a Magno Espinoza a Valparaíso. Partirá junto a su mujer, Carmen Herrera, y a Magno Angiolillo, su pequeño hijo nacido el año anterior y llamado así en honor del joven anarquista italiano Michelle Angiolillo Lombardi, ejecutado en España en agosto de 1897 (p. 10). En el puerto mítico, toujours pauvre, toujours triste, toujours beau, encontrará trabajo y se insertará en el movimiento obrero local, transformándose a poco andar en líder de los trabajadores de la Maestranza de Ferrocarriles y de la Federación Obrera de la Resistencia. Será en esta última donde inicie su colaboración con el dirigente obrero demócrata Eduardo Gentoso, ejemplo de trabajo en conjunto de dos hombres que desde filas distintas priorizan su sentido de clase (p. 70). En esas circunstancias, aparecerá en 1902 el periódico El Martillo. El trabajo en el puerto se desarrollaba en una gran perspectiva. El 15 de abril de 1903 se produce una gran manifestación de los jornaleros y estibadores de la Pacific Steam Navigation Company que demandaban entre otras cosas reducir su jornada de 12 a 10 horas de trabajo. Otros trabajadores se suman, particularmente los de la Compañía Sudamericana de Vapores. Así, entre manifestaciones que van in crescendo, tensiones y desacuerdos internos entre las diferentes fuerzas que componían el movimiento obrero en Valparaíso, Espinoza logra calmar los ánimos y juega un papel protagónico en la huelga portuaria y marítima del 12 de mayo de 1903 (pp. 83 y ss.). Después de aquellos acontecimientos, Espinoza regresará a Santiago donde, en octubre de 1906, a los 31 años de edad, irá a morir de tuberculosis.

Junto con una serie de aspectos y de circunstancias de la vida de este luchador libertario hasta ahora desconocidas, del relato de Grez Toso se desprende una insoslayable dimensión ética, tanto más grande y más fuerte cuando se contrasta con la pequeñez en estos aspectos que nos ofrece el mundo político que actualmente nos circunda. Así, junto con sus virtudes formales que lo hacen grato a la lectura, el libro de Grez Toso representa, sin lugar a duda, un trabajo riguroso que contribuye a ampliar la información sobre el mundo anarquista y, sobre todo, a ir situando las claves de lectura que permiten sacarlo de la leyenda negra en que lo situó la historiografía liberal, la conservadora y la comunista y, a partir de fuentes documentales incuestionables, historizarlo, devolviendo a Espinoza, pero también a los actores que compartían su camino, el sentido de la época en que vivieron, recuperando en ellos, entonces, de esta manera, su dimensión humana y, si se nos permite, parafraseando a Nietzsche, profundamente humana, extraordinariamente humana...

Jaime Massardo
Universidad de Valparaíso