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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.34 Santiago jun. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432011000100008 

CUADERNOS DE HISTORIA 34
DEPARTAMENTO DE CIENCIAS HISTÓRICAS
UNIVERSIDAD DE CHILE JUNIO 2011: 163-166

RESEÑAS

 

Eduardo Urrejola Montenegro

Los Urrejola de Concepción. Vascos, realistas y emprendedores

Centro de Estudios Bicentenário, Santiago, 2010, 483 págs. ISBN 978-956-8979-13-3

 


 

Un fenómeno interesante en la conformación de la sociedad chilena, que no ha sido estudiado suficientemente, es el éxodo de familias provincianas hacia Santiago. El crecimiento desmesurado de la urbe se ha nutrido, ya desde el primer siglo republicano, con el arribo de migrantes de todas las regiones del país. Llegan, en general, buscando oportunidades laborales o educativas, atraídos por la concentración creciente de poder económico y político en la capital. Desde mediados del siglo XX, el proceso se acelera, impulsado por la política de industrialización o "crecimiento hacia adentro" vigente entonces, que promovió un Estado hipertrofiado, a cuyas decisiones se ató el destino de las empresas provinciales. La cercanía a los reguladores, en una época de intervención discriminatoria e intensa, se volvió más incidente en el éxito empresarial que la eficiencia o el buen servicio. De manera que a Santiago se fueron las empresas o, a lo menos, los dueños y las gerencias.

En otros casos, la migración se debió a circunstancias adversas, puntuales o estructurales que vivieron las provincias, tales como crisis económicas, desastres naturales o guerras civiles. Todo ello promovió la marcha de diversos grupos sociales, en especial de las élites provinciales. De manera muy significativa, fue el caso de la provincia de Concepción.

Otrora rival orgullosa de la capital, las guerras de independencia que se pelearon en su territorio y sus secuelas asestaron un duro golpe a la economía regional. Nunca se recuperaría totalmente. Sus comerciantes que se relacionaban directamente con Lima pasaron a depender de Santiago o del incipiente comercio inglés de Valparaíso. El bandolerismo, las incursiones indígenas y la llamada "Guerra a muerte" retardaron la reactivación económica hasta la década de los 30, cuando un gran terremoto con salida de mar —"La Ruina", ocurrido el 20 de febrero de 1835— echó por tierra los sueños sureños de recobrar su pasado poderío. En la segunda mitad del siglo, luego del auge del comercio triguero, que llevó a la harina salida de los puertos de Talcahuano o Tomé hasta Australia y California, la provincia inició un temprano ciclo de desarrollo industrial.

La malograda participación provincial en la Revolución de 1851, en que las fuerzas del Gobierno, encabezadas por Manuel Bulnes, batieron a las del general José María de la Cruz —su primo, ambos penquistas— privaron en adelante a Concepción de toda participación decisiva en la política nacional. La atomización de su territorio, con la creación de varias provincias, redujo su esfera de influencia geográfica. Ya en el siglo XX, los terribles terremotos de 1939 y 1960 borraron los restos de la ciudad colonial. En las décadas siguientes surgió una ciudad modernista y pujante, con una economía de base industrial, pesquera y forestal, que hoy presenta lamentables rezagos en el concierto nacional.

Cada uno de esos episodios —revoluciones, terremotos, crisis económicas— se ha traducido en la pérdida irreparable de una porción de la élite regional. Muchos de aquellos que fueron capaces de fundar un banco —más bien varios, pues los hubo en Rere, Chillán, Angol y Concepción— levantar un gran teatro y fundar una Universidad, ya no viven en los márgenes del Biobío. Es el sino del sur de Chile. Así ocurre también en la Araucanía. En Cañete, Lota o Arauco, por ejemplo, los vascos franceses, como los Larroulet, Duhart, Montory o Cigarroa, que desarrollaron tiendas de ultramarinos y curtiembres, hicieron fundos —secando pantanos, derribando bosques y abriendo caminos— y trajeron el progreso agrícola, ya han partido. Basta revisar la guía de teléfonos para comprobarlo.

Un listado de familias santiaguinas con orígenes penquistas, o con ramas de ese origen, sería demasiado extenso. A modo de referencia, mencionemos a los del Río, Pradel, Alemparte, de la Cruz, Vial, Eguiguren, Hurtado, Serrano, Bulnes, Zañartu o Prieto. Más atrás en el tiempo, comenzando el siglo XVIII, en épocas de gran amistad entre las coronas española y francesa, llegaron muchos franceses a Penco e hicieron allí su vida: Letelier, Pinochet, Morandé, Caux (Coó) y tantos otros. Fueron estudiados por Fernando Campos H., en su libro Veleros Franceses en el mar del Sur (1964). La mayoría se encuentra en Santiago y ha olvidado su pasado pencón o itatense. En estos tiempos, no obstante, a la vez centralistas y globalizados, conviene recordar las raíces regionales, que dan identidad y enriquecen el acervo familiar.

Existen estudios sobre familias de Concepción, como los del Río, los Castellón, los Benavente o los Torre-Allende. En la Revista de Estudios Históricos, órgano del Instituto de Investigaciones Genealógicas, figuran trabajos sobre diversas familias de la provincia, como los Rivera, Fernández, Riquelme, Reyes o Rocuant. En los últimos años se han revitalizado los estudios genealógicos, a partir de la publicación del primer volumen de las Familias Fundadoras de Chile, de Julio Retamal F., Carlos Celis y Juan Guillermo Muñoz, en 1992. Esta obra tuvo la virtud de mostrar lo profundamente imbricada que se encuentra la sociedad chilena, al punto de confundirse las historias de los linajes con la conformación de la sociedad entera.

Más recientemente, el estudio de las redes familiares ha sido el objeto de una antropología social más cualitativa, en el marco de la renovación historiográfica. En este sentido, la Historia de la Familia contribuye a explicar la organización de la sociedad, al asociar el comportamiento familiar al cambio social. Las dinámicas familiares y las relaciones de parentesco, por ejemplo, son la base de estudios sobre la élite colonial americana y sus vínculos con el poder. Un trabajo pionero fue el de Diana Balmori y otros sobre Las alianzas de familia y la formación del país en América Latina. La misma Balmori con Robert Oppenheimer estudiaron comparativamente la evolución de familias patricias chilenas y argentinas en el siglo XIX, a través de tres generaciones, en el proceso de toma del control del país desde la capital (Family clusters: Generational nucleation in nineteenth-century Argentina and Chile). En nuestro país, los estudios sobre la familia surgen al amparo de la demografía histórica, con el trabajo señero de Rolando Mellafe y René Salinas Sociedad y Población rural en la formación del Chile actual: La Ligua 1700-1850, y los más actuales de Igor Goicovic y el mismo Salinas Su interés resulta evidente, como lo muestran obras como la Historia de la vida privada, en tres volúmenes, que coordinaron Rafael Sagredo y Cristián Gazmuri, convertida en superventas.

Una de las familias más destacadas, en esta diáspora intermitente desde Concepción, que mencionábamos al inicio, son los Urrejola. Llegados a Chile con Alejandro de Urrejola, a mediados del siglo XVIII, vivieron dos largas centurias en Concepción. Algunos permanecen, pero la mayoría ha abandonado el Biobío para asentar sus reales, hace una o ya varias generaciones, a orillas del río Mapocho, menos épico y caudaloso, pero aparentemente más soleado y fructífero.

Varios estudios habían dado cuenta del devenir de esta familia. Mencionemos la monografía de Raúl Silva Castro sobre el recordado senador Gonzalo Urrejola Lavanderos (Cuarenta años de vida pública, 1936) o la Red familiar de los Urrejola en Concepción (DIBAM, 2004), de Leonardo Mazzei. Faltaba, sin embargo, un trabajo más definitivo, que diera cuenta del devenir de esta familia, desde la lejana Álava, hasta su actual situación, a horcajadas entre dos provincias.

Los Urrejola de Concepción. Vascos, realistas y emprendedores, casi sin proponérselo, logra mucho más que la exposición completa y ordenada del devenir de una familia. El relato ilustra grandes procesos de la historia del país, desde la perspectiva microhistórica de una familia de la élite penquista, ya casi completamente santiaguinizada. Su autor, el abogado Eduardo Urrejola Montenegro, profesional de intenso ejercicio, y ajeno, por lo mismo, a los estudios históricos o a los trabajos académicos, ha producido, sin embargo, una obra del mayor interés. En sus 483 páginas, escritas con pluma suelta y no exenta de ingenio, entrega un ingente volumen de datos, anécdotas y agudas observaciones, que rectifican y completan los trabajos previos. El libro se apoya en una investigación de siete años, en archivos españoles y chilenos, decenas de entrevistas y la "inspección personal" del autor a las raíces de su propia historia, en especial a las tierras de Cucha-Cucha, en los márgenes del río Itata.

El libro comienza revisando los orígenes vascos de la familia, en la península. En jornadas semiperdidas en la bruma del tiempo, viene a América Esteban de Urrejola, el fundador de la familia en este continente. Desde Santiago del Estero, décadas más tarde, en un viaje a España que jamás completará, llega a Concepción Alejandro de Urrejola y Peñalosa. Casa con Isabel Leclerc de Bicourt, hija de un francés llegado a Penco con el viajero Frézier. Así se inicia una historia sureña, que culminará dos siglos más tarde, con el traslado de Eduardo Urrejola González, padre del autor, el 20 de noviembre de 1964, a vivir a Santiago. Es el camino que siguieron muchos antiguos penquistas. "Triste efecto de la centralización capitalina, dice el autor, que en apenas un puñado de años, los primeros del siglo XXX, despojó a la provincia de gente valiosa y con raíces". Se refiere, con estas palabras, a la familia de Eduardo Urrejola Lecaros, recordado miembro de la sociedad penquista, muerto en 1958. Fue el único de sus 12 hermanos que nunca abandonó Concepción; con excepción de Jorge, que se estableció en Arauco, los otros 10 se trasladaron a Santiago.

Los Urrejola de Concepción son recordados como realistas impenitentes durante las guerras de Independencia. Luis y Agustín Urrejola fueron diputados al primer Congreso Nacional, en 1811, por la provincia de Concepción. Sufrieron por ello persecución y sus tierras fueron confiscadas. La hacienda Cucha-Cucha, predio principal de la familia, fue entregada a Ramón Freire, por los servicios prestados a la patria. Fue recuperada después de un largo pleito, que duró casi cuarenta años. Las persecuciones fueron tales que una rama de la familia debió huir a Lima y luego a España, donde se han multiplicado. El libro también los trata.

Agustín, en su exilio, llegó todavía más lejos: se le ofrece el Obispado de Cebú, en Filipinas. Nunca pudo asumir, pero su hermano Luis, en cambio, logró convertirse en Superintendente de Hacienda en aquellas lejanas posesiones de la Corona. Fueron enemigos jurados del tribuno patriota Martínez de Rozas, al punto que éste juró "exterminar el apellido Urrejola". Paradojas de la vida, 88 años después, su bisnieta Mercedes Rozas, casó con Rafael Urrejola Mulgrew ¡y contribuyó con diez hijos a perpetuar el apellido!

El libro se estructura en tres partes. En la primera, denominada "Cinco siglos de Historia", se relata el devenir de esta familia y de sus más connotados integrantes, desde España a Argentina, luego a Concepción y, finalmente, Santiago. A continuación, se dedican largas páginas a Cucha-Cucha, que Urrejola denomina "Tierras Ancestrales". El hermoso predio, plantado de viñas y a orillas del río Itata, se asocia desde siempre a la familia, al punto que varios Urrejola -y un pariente Eguiguren- nacieron en las antiguas casas. Cucha- Cucha fue hacienda jesuita y, tras la expulsión de la orden, en 1767, fue adquirida en remate por Alejandro Urrejola.

A través de los años, el predio ha vivido vicisitudes, como el llamado combate de Cucha-Cucha, que tuvo lugar el 23 de febrero de 1814, en que se destacó el comandante patriota Santiago Bueras. Hubo también escaramuzas en la Revolución del 91. A lo menos dos grandes sismos, "la Ruina" de 1835 y el terremoto de 1939, que destruyó Chillán, echaron por tierra sus construcciones más antiguas. Jesuítas y mapuches, científicos franceses, como el naturalista Luis Née, de la expedición Malaspina, guerrillas patriotas y realistas y sobre todo barriles de vino, muchos miles de ellos, cruzaron el campo y luego el río Itata que bordea el fundo, en las tradicionales balsas, que la modernidad se ha llevado.

En su larga historia sufrió tres expropiaciones, en distintos momentos. Primero, de manos de los jesuitas; luego, como represalia tras la independencia y, finalmente, por la reforma agraria de Salvador Allende. Otro paño no expropiado, debió ser vendido hacia 1977, cuando la liberalización de la producción de vino hizo inviable, desde el punto de vista económico, sus tradicionales cepas país.

A pesar de los sucesos de dos siglos y medio, una pequeña fracción de la antigua estancia permanece todavía en manos de familiares. Con los años, se conformaron tres grandes fundos, conocidos como Cucha- Menchaca, Cucha- Cox y Cucha-Urrejola, según el nombre de sus respectivos dueños. Este último fundo perteneció a Gonzalo Urrejola, fue expropiado en la reforma agraria y 500 hectáreas, apenas un cuarto de las 2 mil expropiadas, fueron devueltas a la familia recién en 1978. Allí estuvo, hasta 2007, la viña Casas de Giner, cuando el predio fue vendido al grupo Arauco, "lo que marcó el fin de una era", dice el autor.

La última parte del libro, rotulada "Árbol Familiar", es una relación genealógica muy completa, basada en las fuentes tradicionales de la disciplina, pero también en testimonios reunidos por el autor con gran empeño y laboriosidad. La obra se completa con una rica iconografía y decenas de retratos de familia, en formato "carte de visite", recolectados entre familiares, más algunos interesantes anexos documentales.

Celebramos el trabajo de Eduardo Urrejola Montenegro, pues representa tanto un esfuerzo intelectual como una muestra de amor filial. Ha abordado con decisión la ardua tarea de desenredar la intrincada historia de su familia, en la cual los nombres y los apellidos se repiten infinitamente. Con ello, entrega pistas para seguir la larga estela de los Urrejolas, ya no realistas ni pencones, aunque siempre vascos y católicos; pero, sobre todo, aporta claves para entender la evolución de la sociedad chilena: de rural a urbana y de provinciana a santiaguina.

El estudio de la trayectoria de las familias, de sus alianzas matrimoniales y de sus estrategias de reproducción social entrega enseñanzas valiosas, que exceden ampliamente a la estirpe biografiada. Nos alegramos, por lo mismo, de que el Centro de Estudios Bicentenario continúe esta colección de Historias de Familia. Ojala Los Urrejola de Concepción, en particular, anime a otros a contar la historia de sus propias familias. El reencuentro de éstas con sus raíces regionales nos ilustra sobre la construcción social de Chile.

Armando Cartes Montory
Universidad San Sebastián Concepción, Chile