SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número34LUCHA TEMPERANTE Y ‘AMOR LIBRE’. ENTRE LO PROMETEICO Y LO DIONISÍACO: EL DISCURSO MORAL DE LOS ANARQUISTAS CHILENOS AL DESPUNTAR EL SIGLO XXLos Urrejola de Concepción: Vascos, realistas y emprendedores índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO

Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.34 Santiago jun. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432011000100007 

CUADERNOS DE HISTORIA 34
DEPARTAMENTO DE CIENCIAS HISTÓRICAS
UNIVERSIDAD DE CHILE JUNIO 2011: 157 - 162

RESEÑAS

 

Jorge Pavez Ojeda

Cartas mapuche: Siglo XIX

Ocho libros - Colibrís-Fondo de Publicaciones Americanistas, Santiago, 2008, 868 páginas. ISBN: 978-956-8018-60-3

 


 

Resulta sorprendente que un Instituto de Investigaciones Arqueológicas ligado al Museo de San Pedro de Atacama incluya trabajos referentes a un ámbito completamente distinto y geográficamente lejano. También podría patrocinar publicaciones sobre los grupos nómades de Mongolia Exterior o los cazadores colectores maorí de Nueva Zelandia.

El hecho de forzar los temas de una institución no pareciera deberse a una política idónea de investigación, sino más bien al propósito de acoger a intelectuales que deambulan inseguros por el mundo y que por simpatía ideológica es bueno acoger bajo un ala protectora. Las afinidades doctrinarias operan sobre las categorías académicas. Es lo que ocurre en este caso y también en el del señor Guillaume Boccara, uno de cuyos libros comentaremos aparte.

Es interesante comprobar que tanto el Instituto como el Museo señalado son parte de la Universidad Católica del Norte, que de esa manera acepta en sus tareas al marxismo, ya decadente y difuso, y le presta apoyo. Hay que reconocer que ello es loable, porque todo pensamiento debe tener cabida en el quehacer universitario, más notable en el caso de una institución católica que acepta planteamientos ideales contrarios a la base misma de la Iglesia.

Siempre hemos pensado que todas las teorías e ideologías aportan algo al pensamiento sobre el ser humano, aunque no se las acepte enteramente. En nuestra misma obra puede captarse esa posición. Hace algunos años, un distinguido historiador mexicano, después de haber leído el tomo I de la Historia del pueblo chileno, me preguntó si yo era marxista.

La publicación del señor Pavez ofrece un cúmulo de curiosidades a partir de la portada misma. El título de Cartas Mapuche expresa varias incongruencias idiomáticas, en primer lugar el disparate sintáctico de colocar un sustantivo en plural modificado por un adjetivo en singular. La palabra mapuche es un término singular, que se transforma en plural agregando el prefijo pu, resultando la expresión pu mapuche. Incorporado el vocablo mapuche al castellano, debe seguir las reglas de este idioma, dando por resultado el plural mapuches.

El señor Pavez desconoce tanto la lengua de Cervantes como el mapudungun.

Sobre esta materia hemos escrito reiteradamente, pero el señor Pavez no es un buen investigador o prefiere no leer lo que no le conviene.

Llama la atención, también, que conforme la moda, el recopilador se refiera a la etnia de la Araucanía como mapuches y no araucanos, como han sido conocidos desde la Conquista hasta algunas décadas atrás. Este aspecto también ha tenido un largo tratamiento, que el señor Pavez parece ignorar. Se refirió a él Mario Orellana en Cómo se llamaban los aborígenes del Centro Sur de Chile, publicado por la Universidad Sek, y más recientemente Guillaume Boccara en Los vencedores, Línea Editorial JJAM, 2007. Por nuestra parte hemos hecho precisiones en varias publicaciones.

Una vez más, Pavez hace vista gorda ante las investigaciones. Este es un capricho repetido muchas veces. En la página 23 de su libro, alude al artículo de Foerster y J. I. Vergara, Relaciones interétnicas, quedando inconclusa la cita por defecto editorial, pero no ha tomado en cuenta nuestra respuesta en Cuadernos de Historia. Es una muestra más de la arbitrariedad.

Jamás hemos tenido la intención de ocultar la historia de los araucanos valiéndonos de la historia fronteriza, por una razón muy sencilla: nuestra formación antropológica es débil y no podríamos adentrarnos con seriedad en el pasado de aquella etnia, una materia que queda para otros especialistas. Con todo, en un momento de audacia, me animé a describir la sociedad, la cultura y la vida de los pehuenches, ligados al quehacer fronterizo. El libro se llama Los pehuenches en la vida fronteriza y por supuesto el señor Pavez lo ignora. En el prólogo nos manifestamos antirracistas, y también expresamos interés por las viejas etnias en La economía de un desierto, que también debe ser ignorado por el intelectual de la Universidad de Norte.

Entre las rarezas del epistolario en cuestión, se encuentra el auspicio de un Laboratorio de Desclasificación Comparada que no sabemos qué pueda ser. En primer lugar, debe ser un organismo con probetas, matrices y otros aparatos, destinado a investigaciones en ciencias naturales, en que los fenómenos pueden ser reproducidos a voluntad de los estudiosos todas las veces que deseen. No imaginamos que pueda tratarse de la historia, porque sus fenómenos se produjeron en el pasado y jamás pueden ser repetidos. Menos aún ser manipulados por los investigadores, aunque sean muy despiertos. La historia es una ciencia de lo específico y este hecho no debería ser ignorado por quien se nos presenta cargado de antecedentes académicos del país y del extranjero. Agravante del delito es que el señor Pavez declara ser miembro fundador del laboratorio de marras.

Todavía hay más sobre la extraña institución. Ella está destinada a "desclasificar", es decir, a desordenar lo que está debidamente clasificado, en un propósito realmente dañino para cualquier ciencia, porque es mejor que todo esté debidamente en su lugar y con un acceso razonado. Suponemos que los laboratoristas, que escasamente conocen el idioma castellano, se refieren a revelar, desentrañar o dar a conocer lo que permanece oculto, en una actitud realmente ingenua, porque es obvio que lo que no ha sido utilizado por los investigadores y no ha sido dado a conocer, permanece ignorado.

Tememos que los laboratoristas se están guiando por el idioma inglés, en que la apertura de archivos secretos es designada como unclassify en el vulgarismo administrativo y periodístico. Es una de las peores sumisiones al imperialismo cultural del norte.

No está de más observar que en el empleo del terminacho se esconde el deseo de sugerir que la documentación ha sido mantenida oculta, quizás con qué propósito malévolo. Hay que "desclasificar" las intenciones de los laboratoristas. Estos son, seguramente, unos personajes con delantales blancos y rostros severos, que se dedican a develar los arcanos del pensamiento humano.

Hay que reconocer que la recopilación de cartas efectuada por el señor Pavez es bastante meritoria y que arroja mucha luz sobre la historia fronteriza a ambos lados de la cordillera, especialmente sobre el fenómeno de las pampas en el sector central y en la Patagonia, antes y después del dominio chileno, un hecho que escapa al recopilador, que no tiene experiencia real en nuestra historia.

Si el cúmulo del material reunido es muy positivo, no ocurre lo mismo con el estudio introductorio, que peca de apreciaciones equivocadas y una enorme incongruencia general.

Llevado de su ideología y afanes doctrinarios, el autor rechaza el concepto de integración de los araucanos y de aculturación, manteniendo a porfía la idea de su resistencia y autonomía, en una proyección que al parecer llegaría hasta el día de hoy. Coincide de esa manera con los indigenistas, antropólogos y políticos encubiertos que añoran la cultura vernácula, la existencia de indígenas puros y una lucha en todos los planos, que va desde la repartija de beneficios estatales hasta el terrorismo de encapuchados.

No deja de ser curioso y contradictorio que el mismo recopilador en su estudio inicial proporciona varios ejemplos de la más completa integración.

Para asentar su interpretación, el estudioso de la Universidad Católica del Norte critica nuestro aporte en Vidafronteriza en la Araucanía y otras obras. A su juicio, no habría habido o no tendrían importancia el mestizaje, la incorporación cultural ni la integración a la sociedad de los huincas. Todo tendría por objeto "invisibilizar" al sujeto autóctono, quizás con qué malas intenciones. En el fondo, de acuerdo con la intención política, todavía existirían los mapuches y su resistencia. Por esa razón propone "un artefacto editorial problemático".

El "artefacto" elaborado en el "laboratorio" es tan defectuoso, que cuatro notas al pie de las páginas 23 y 24 no se sabe a qué corresponden. Algo se perdió entre los trastos y aparatos del laboratorio.

El señor Pavez, movido por una pasión incontenible, señala que la escuela de la historia fronteriza, al restar significado a la etnia mapuche a causa del mestizaje y la aculturación, estaría dando relieve al "canibalismo" de la cultura dominante, que hace desaparecer a los sometidos. La imagen es truculenta y está destinada a impresionar al público inocente. Y todavía hay más, porque denuncia a la narrativa fronteriza "tal como la practican Villalobos y secuaces".

La frase es insigne y al parecer daría pie para una acusación por difamación ante los tribunales de justicia.

Hay que hacerse cargo de una incongruencia descomunal en el planteamiento del laboratorista, que en la introducción sostiene que los mapuches han tenido una presencia propia y sostenida, como se desprendería de las cartas que publica. La verdad, sin embargo, es muy distinta, como sin quererlo queda en evidencia en sus propias palabras.

En forma reiterada, el señor Pavez señala la eficacia con que los caciques manejaban los testimonios escritos, manteniendo secretarias y archivos, en un aparato que "abarca una gran variedad de autores mapuches -toki, longko, ülmen, patiru y otros kimchilkatulu ('los que hablan con el papel' como secretarios, oficiales, jueces, intérpretes, educados en escuelas criollas, todos y malal) tanto del Puelmapu (pampas y Patagonia) como del Ngulumapu (Araucanía). Se trata aquí de 139 autores para un total de 383 cartas remitidas por las agencias políticas de la escritura mapuche" (pág. 9). A través de esa difícil redacción se caracteriza una actividad que no era la tradicional de la etnia araucana hispanocriollas es decir, corresponde a un fenómeno de aculturación, propenso a la integración.

Puede añadirse que esa correspondencia era mantenida con las autoridades de los dominadores y es una muestra más del trato pacífico.

Olvidó el etnolaboratorista que los araucanos desconocían la escritura y que el uso del castellano escrito es un síntoma más de su adaptación a los usos de los dominadores.

Con mucho entusiasmo el compilador se refiere al "archivo del cacicazgo de Salinas Grandes" y el "archivo de la correspondencia de Namuncurá". Son expresiones grandilocuentes, que dan la imagen de unas oficinas ordenadas y metódicas. No obstante, resulta que uno de esos archivos estaba en un cajón semienterrado que los nativos habían ocultado en una de sus huidas (pág. 16).

La amplia documentación publicada es la mejor demostración de la tendencia integracionista de los araucanos a este lado y el otro de la cordillera. Ella revela la búsqueda del contacto, la necesidad de los bienes de los dominadores y la dependencia de las autoridades militares, políticas y eclesiásticas. Es una excelente prueba para el punto de vista que he sostenido con mis secuaces.

Pruebas al canto. El 15 de septiembre de 1825, Ambrosio Pinolevi escribe el intendente de Concepción don Juan de Dios Rivera: "Con motivo de tener que regresar al interior de mi país natal, cual es al Lumaco y de aquel punto convocar a toda mi tierra al Malal, la costa e igualmente invitar a las reducciones que hasta ahora no han abrazado el sistema liberal de la madre Patria, como son los Collicanos, Quechereguas, Malleco, Cauglo, Bureo y hasta el mismo Mariluan, y reunidos que estemos en una junta a donde mis antepasados la hicieron para asentar la tierra, trataremos acerca de transar el espíritu de la pacificación y de la reconciliación en ambas partes; por este medio quedaremos satisfechos de los pueblos que aún desean conservar el fuego devorados de la discordia, para menoscabaron sus hechos depravados al país a donde vieron la primera luz; y entonces nosotros movidos de la humanidad, nos revestiremos de una energía para perseguirlos hasta los últimos confines del Universo y aniquilar las últimas reliquias al séquito del principal vándalo de los hijos de Iberia. Por eso necesito que V. S. me coadyuve con un rasgo propio de su generosidad, para una empresa grande; no se puede prescindir de hacer algún corto gasto; así estimaré en grande manera a V. S. se sirva franquearme doce cargas de vino, veinticinco yeguas, dos piedras de sal y ocho aludes de ají, porque la gente que va a venir es numerosísima..."

Es bien sabido que los gobiernos de Chile y Argentina reconocían a los caciques colaboradores, que les daban títulos de gobernadores, un bastón con un puño de plata, les asignaban sueldos y les entregaban productos diversos cada cierto tiempo.

Se había creado así un vínculo integrador que los jefes nativos estaban lejos de rechazar. En las cartas aparecen varios ejemplos de esa relación; uno de los más notables se encuentra en la carta que José María Bulnes Llanquitruf (¡ojo con el nombre!), dirigió al Comandante de Carmen de Patagones en Argentina el año 1856: "haga el favor de mandarme veinte cornisas y veinte calzoncillos y veinte chalecos y veinte chaquetas y veinte sombreros aunque ni sean estas cosas que pido muy buenas porque es para dar raciones a mis caciquillos y capitanejos para aconsejarlos que no hagan traiciones yo Señor recibí tres ponchos de paño y uno agarró el charqui los tres ponchos los dé a unos caciques y para mí como cacique necesito otros dos ponchos de paño bien finos para mi poner un par de espuelas de hierro y veinte ponchos ingleses para chíripas dos barriles de bebidas de ginebra Holanda y cuatro damajuanes llenas de bebida un par de batas para mi poner un poco de azúcar y yerba." (pág. 274).

Llama la atención que el cacique no se andaba con chicas, pide ponchos de paño bien fino, ponchos ingleses y ginebra, resultando evidente que las necesidades habían subido mucho de categoría y que hasta productos de la economía mundial eran requeridos.

Otro cacique solicita numerosas prendas para su escribano y un almanaque (pág. 349).

Juan Calfucura escribe a su "amigo Mitre", el presidente argentino, que se habían robado muchas especies que le remitían y solicitó otras remesas; pero con mucha dignidad declaraba "no mando pedir plata nunca, porque la cara se me cae de vergüenza", aunque pocas líneas más adelante solicitaba que le mandasen dos mil pesos (pág. 378).

Muy interesante es una carta de Millalikang escrita en 1830 a una autoridad argentina, en que con decisión, dice "hágame el favor de no ponerme más, Cacique mayor en sus cartas: no soy cacique... soy un capitán de la patria, nací entremedio de los Caciques, sí, no lo niego, es muy verdad, a Dios gracias" (pág. 58).

Mucho nos engañamos o las cartas son la más firme demostración de que los araucanos vivían sujetos al mundo de los dominadores y que, evidentemente, habían transformado su vida y sus costumbres.

También habían cambiado en su ser más íntimo, aunque evidentemente no todos. Pero es muy significativo cómo en las epístolas hay muestras de una profunda fe religiosa y un apego a las formas jurídicas de los huincas.

La identificación con Chile la expresa de manera conmovedora Jacinta, viuda de Lonkongürü que el año 1869 desde Angol dirige al Intendente de Aircuro la siguiente carta: "mi esposo fue un fiel servidor del gobierno constituido y murió en defensa del orden y respeto de las leyes de la República. Desde el año 1852 estuvo constantemente al servicio de los jefes de esta frontera, ya como intérprete, práctico o ya en fin como soldado de las vanguardias de las divisiones mandadas contra los mismos de su sangre y raza, sufriendo el doble pesar de combatir contra su familia y costumbre. Se halló en todos los malones y encuentros que tuvieron lugar desde la fecha indicada y por último en el Traiguén el 25 de abril del año próximo pasado, quedando su cadáver en el campo junto con el teniente Argomedo y demás tropa que perdió en esta triste jornada el capitán San Martín, y que cubrió de luto la frontera" (pág. 457).

Otra compenetración con la realidad chilena se encuentra en 1896, cuando un indígena a nombre de varios manifiesta al Ministro de Relaciones Exteriores, Culto y Colonización que son "chilenos araucanos, como los demás que estamos bajo la bandera chilena" (pág. 801) y agreguemos que dos años más tarde, Domingo Coimepan, junto a otros caciques expresa al presidente Federico Errázuriz Echaurren, cuando las relaciones con Argentina eran tensas, que "contando con la autorización que nos otorga la carta Fundamental de la República para dirigir peticiones a V.E., con todo respeto decimos: que según el giro que van tomando las relaciones con nuestros vecinos de Allende los Andes, creemos un deber de estricta justicia y de patriotismo ofrecer anticipadamente nuestro personal contingente y el de nuestros mocetones, cuyo número no baja de quinientos".

"La ofrenda que os hacemos, Excmo. Señor, y que envuelve el sacrifico de nuestras vidas, es el afecto natural el amor al suelo que nos vio nacer y del obedecimiento a las leyes patrias. Al aceptar nuestro modesto contingente podéis estar seguro de que al sonar el toque de alarma, toda la Araucanía estará de pie esperando órdenes para ocupar un puesto avanzado en el cual pueda probar al mundo entero de que el valor araucano no ha sufrido decaimiento y que, de seguro, no faltará un segundo Ercilla que cante nuestras glorias" (pág. 819).

Si los testimonios aducidos y muchos otros no confirmasen la integración de los araucanos, porque en esto de entender los documentos hay dificultades, bastaría que nuestro contradictor echase un vistazo a las fotografías con que acompaña su volumen. Ahí están varios nativos vestidos de paisanos, igual que los chilenos modestos, con sus trajes urbanos y sombreros de impecable estilo. También aparecen algunos caciques del lado argentino luciendo sus guapos uniformes militares.

Si aún quedasen dudas sobre el mestizaje y la integración, recomendaríamos al señor Pavez Ojeda que se diese una vuelta por Temuco y los barrios de Santiago desde Franklin a Providencia.

Creemos que las pruebas aducidas confirman más allá de cualquier duda, que Villalobos y sus secuaces tienen razón.

Pocas veces en nuestra carrera de investigador habíamos tropezado con un autor cuyas opiniones fuesen diametralmente opuestas a su base de documentación. Es la consecuencia de obsesiones ideológicas.

No queremos terminar estas páginas sin referirnos al lenguaje de laboratorio empleado por el recopilador. En él abundan las palabras más extrañas y antojadizas, en cuanto hay expresiones castellanas claras y comprensibles que pudieron ser empleadas.

He aquí la balumba, reunida al azar: arreduccionamiento, artefacto editorial, grafemarios, legajos capturados, hipostasiada, alogeneidad, vehicularían, esencializaciones, fractal, indexada, reporta (en el sentido de informa), clasificatorio, dialogía performativa, catastrar, cartean, escriturales, heterológica, persecutores, anonimizante, des-individuada, subsunción, heteronómico, gramatología, etc.

Algunas de esas expresiones suelen usarse en diversas disciplinas y otras son de propia invención. Todos ellos manifiestan una personalidad automagnificente y el deseo de aparentar una sabiduría compleja, un dominio de los arcanos del saber. Después de todo no es tan malo, porque el escrito alejará a los lectores menos sufridos. Es un paso más en el aislamiento de las ciencias sociales.

Desafiamos al más acabado de los intelectuales y criptólogos a que desentrañe la siguiente parrafada: "Durante la segunda mitad del siglo XIX, el régimen secretarial del buró político mapuche y su producción de soberanía territorial por la correspondencia y los tratados con las autoridades republicanas se verá enfrentado, en Chile, a la gramática impuesta por el aparato jurídico de colonización que se desprende de las leyes de enajenación de propiedades."

Lo único que se percibe con claridad es que en la segunda mitad del XIX ocurrió algo tremebundo.

La Universidad Católica del Norte está en serios dilemas por diversas razones. También el Fondo de Publicaciones Americanistas de la Universidad de Chile y, lo que es más grave, el curso de su Magíster de esta última, uno de cuyos productos es el señor Pavez.

Sergio Villalobos Rivera
Universidad de Chile