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Byzantion nea hellás

versão On-line ISSN 0718-8471

Byzantion nea hellás  no.35 Santiago nov. 2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-84712016000100019 

Reseñas

 

SALVADOR MAS, PLAZA Y VALDÉS: Alemania y el mundo clásico (1846-1945), Editores, Madrid, 2014, 504 págs.

 

Gustavo Cataldo Sanguinetti

Universidad Andrés Bello



A partir de la rehabilitación e interpretación por parte de Winckelmann del arte griego en Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura e Historia del arte en la antigüedad, no solamente resulta evidente que la presencia de Grecia ha sido invariable en la cultura alemana del siglo XVIII, sino además que sus propios contenidos y tendencias más características están esencialmente intercedidas por una peculiar recepción de la Grecia clásica. Durante la Edad Media y el Renacimiento Grecia tuvo, sin duda, una importancia y una vigencia real, pero será solamente a partir del siglo XVIII en Alemania cuando se convierte no solamente en modelo digno de ser reiterado, sino además en el arquetipo de toda la cultura occidental y su destino: una Antigüedad ya no pretérita, sino venidera. Esto es lo que ha permitido hablar no solamente de un "filohelenismo" de la cultura alemana, sino también de una "nostalgia de Grecia" (Taminaux) o incluso de una "tiranía de Grecia sobre Alemania" (Butler). Esta recepción ciertamente está provista de muchos matices, oscilaciones y hasta contrasentidos, pero toda ella acontece simultáneamente con una determinada concepción de la historicidad y de la propia idea de lo "clásico" como categoría interpretativa.

La paradoja fundamental con que nos enfrentamos al momento de dar cuenta de esta recuperación moderna de la cultura clásica, es la mezcla sentidos y apropiaciones, a menudo difíciles de discernir: desde apropiaciones que pretenden ser lo más fieles posibles al hecho histórico y a las exigencias de una auténtica "ciencia de la Antigüedad", hasta formas poético-imaginarias o intereses político-ideológicos. Resulta significativo que aquellos que más secundaron la constitución del ideal helénico – los pensadores y poetas alemanes – y que habrían de fundar la más decisiva interpretación moderna de lo clásico, nunca viajaran a Grecia. En efecto, mientras los que redescubrieron la Grecia histórica fueron los viajeros ingleses y franceses, fueron los poetas y pensadores alemanes los que más contribuyeron a la conformación del "ideal" helénico. Fue sobre todo la sensación de pérdida, la nostalgia romántica, la sensibilidad estético- poética o la imaginación del porvenir, antes que puro celo historiográfico, lo que produjo el moderno ideal helénico. No obstante su imprescindible contribución para una imagen más certera del mundo clásico, Winckelmann constituye a este respecto es un ejemplo paradigmático. Como se sabe Winckelmann nunca viajó a Grecia. Para Winckelmann eran sobre todo Roma y Dresden – la Atenas del Norte – las verdaderas sedes del mundo clásico. Ahí tenía todo lo que buscaba. Poco importa, a este respecto, la ausencia de un conocimiento directo de la Grecia clásica, lo limitado de sus fuentes o el hecho de que en la época todavía no se habían hecho descubrimientos decisivos para una imagen historiográficamente más exacta de Grecia: el descubrimiento de la policromía de las esculturas y templos griegos o la enmienda dionisiaca de Nietzsche en el Nacimiento de la Tragedia, por ejemplo. Poco importa que la mayor parte de las grandes descripciones que realiza Winckelmann no sean de originales griegos, sino de copias romanas, casi como si el sentimiento de ausencia y desamparo fuese la condición de ese ideal de Grecia. Poco importa, decimos, todo eso, incluso la misma parcialidad de esta Grecia evocada. Lo importante es reparar que Grecia nunca ha sido una sola cosa: Grecia se ha nombrado de muchas maneras y ha sido susceptible de múltiples citas.

Salvador Mas en Alemania y el mundo Clásico (1896-1945) nos presenta una de estas "citas" imprescindibles y que verifica esta pervivencia de Grecia a lo largo de todo el desarrollo de la cultura alemana. El libro es una antología de textos– 26 escritos de distinto origen, muchos de ellos de difícil acceso – sobre el mundo clásico en la Alemania del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Además de la recopilación de estos textos y una cuidada traducción, el libro contiene una amplia introducción y un epilogo. Los textos seleccionados son diversos en su autoría: por una parte investigadores de la antigüedad, pertenecientes a las así denominadas Altertums wissenschaft, por otra, poetas, filósofos e incluso políticos. La orientación de los documentos, sin embargo, es a menudo abigarrada y difícil de cribar. A la erudición y el celo historiográfico se sobreponen con frecuencia intereses políticos e ideológicos, en una mixtura donde la ciencia, la imaginación poética y la ideología se cruzan constantemente. En esta mixtura es claro el vínculo y el imperativo que reúne la gran mayoría de los intereses por el mundo clásico: se trata no solamente de una tarea científica y de erudición respecto del pasado, sino de una labor de conformación de un ideal humanístico esencialmente venidero. El vínculo entre ciencia y vida – o entre lo antiguo y lo moderno - reproduce la apelación nietzscheana de una historia que no sea ya meramente "monumental" o "anticuaria", sino al servicio de una vida que se realiza esencialmente como futuro. Es esta tensión entre la Wissenschaft y la Zukunftsphilologie nietzscheana la que en gran medida se despliega en los textos recogidos por Salvador Mas. Sin embargo, incluso allí donde la relación con la Antigüedad toma la forma de la más estricta observancia disciplinaria y técnica - como en Wilamowitz, no obstante su famosa reseña juvenil sobre el Nacimiento de la Tragedia – tampoco esta relación con la vida queda revocada: "Dado que nuestro intuir y pensar, nuestra vida en el Estado y la sociedad, lo nuestro más propio en el arte y la ciencia y la religión, está ligado a la Antigüedad mediante miles de hilos, no podemos comprender ni qué somos ni qué debemos ser sin aprehender históricamente la herencia de la Antigüedad. Y por eso formamos a una parte de nuestra juventud transmitiéndole esta perspectiva histórica como fuerza viviente", afirma Wilamowitz. El riguroso y severo Willamowitz, más allá de la disciplina histórica y filológica, tampoco resistió la tentación de "profetizar". Si la Antigüedad es una "fuerza viviente" – y no un mero pasado periclitado – no cabe sino entenderla desde el presente. Werner Jaeger – discípulo de Willamowitz -tampoco duda en afirmarlo: "Una crisis de una vehemencia inaudita hace problemáticos los fundamentos de nuestra existencia espiritual. Hablar hoy día de la Antigüedad no solo significa hablar de los comienzos, sino de los principios permanentes de nuestra cultura". En este texto de Jaeger probablemente están expresados los dos componentes que determinan en esta época la peculiar apropiación de la Antigüedad: conciencia de crisis de entreguerras y vigencia del legado de la Antigüedad. Por una parte, en efecto, la Antigüedad se presenta como una suerte de imagen invertida de la indigencia de presente y, por otra, como el referente paradigmático para una plenitud futura. Una antigüedad venidera, tal podría ser el lema del ethos que determina esta apropiación de la Antigüedad. Pero una antigüedad venidera no es otra cosa que lo que se podría definir, simplemente, como"lo clásico".

Sin embargo, desde Winckelmann al menos, el concepto de lo clásico contiene una peculiar ambigüedad. La expresión "clásico" provine del latín "classicus", vocablo que significa "de primera clase". El término "classis" a su vez significa, clase, grupo, categoría y habitualmente designaba la división del pueblo romano. Estas connotaciones del vocablo "clásico" – tanto en el sentido amplio de clase o categoría, como en el sentido de "clase superior" – han dado origen a su valor polisémico. Por una parte "clásico" como perteneciendo al género de lo clásico – y teniendo, por tanto, fundamentalmente un valor estilístico – y, por otra, "clásico" como referido a la plenitud de período histórico o al carácter ejemplar de una obra o un autor. Es importante destacar que a menudo el uso histórico de la expresión "clásico" – como cuando el humanismo italiano o el clasicismo alemán, a partir de Winckelmann, hacen uso del término para aplicarlo a la antigüedad grecorromana – contiene también un valor normativo: la Antigüedad Clásica no solamente designa un determinado período histórico, sino además un valor ejemplar y, por lo mismo, en cierto sentido supra-histórico. En efecto, lo que nos induce a llamar "clásico" a algo – una obra literaria, musical, arquitectónica o pictórica - es la conciencia de algo permanente e imperecedero que se secciona de todo lo temporal y caduco: "Una especie – afirma Gadamer – de presente intemporal (zeitloser Gegenwart) que significa simultaneidad con cualquier presente". Sin embargo, al mismo tiempo, en la misma medida en que este canon intemporal es puesto en relación con una magnitud única y ya pasada, éste contiene también una medida temporal. De allí que no pueda sorprender que en el clasicismo – de un Wilckelmann, un Herder o un Humbolt – a menudo haya primado, frente al sentido normativo, el privilegio de un tiempo histórico o una época que satisfacía este ideal normativo. Tal es lo que sucedió con la "Antigüedad Clásica" y su señalado carácter modélico. La paradoja de la idea lo clásico reside precisamente en una especie síntesis entre lo normativo-atemporal y lo histórico-temporal; una suerte temporalidad atemporal o, si se quiere, una especie de historicidad-suprahistórica.

Es este juego entre lo normativo-atemporal e histórico-temporal el que se manifiesta en los textos rescatados por Salvador Mas. De aquí que tampoco puedan sorprender los precarios equilibrios entre la Antigüedad comoobjeto de ciencia y la Antigüedad comomodelo político. Entre una y otra Antigüedad desfilan escritos no solamente de helenistas de la talla de un Willamowitz, un Jaeger, un Friedländer o un Gadamer, sino también de poetas como Stefan George, novelistas Thomas Man e incluso ideólogos como Joseph Goebbels. La antología prescinde deliberadamente de textos estrictamente técnicos o puramente teóricos y se centra en escritos de carácter más general, pero que por ello mismo expresan mejor la época y su peculiar Zeitgeist. En la selecciónde los documentos hay productos culturales refinados, también textos de propaganda, textos explícitamente nacionalsocialistas, otros críticos o, en fin, textos ambiguos. En todos ellos se dibuja el panorama de una época; panorama sin duda complejo y por momentos perturbador, pero ciertamente signado por esta común afirmación de una Antigüedad clásica. Las preguntas quesuscita este complejo entramado las perfila agudamente Salvador Mas: "¿Qué es lo que puede ser el Mundo Clásico además de un conjunto de textos que los filólogos deben editar con mayor o menor rigor y pericia o de un periodo histórico que los historiadores pueden reconstruir con mayor o menor fortuna? Y más allá de ser un objeto de disquisiciones técnicas al alcance de pocos (…), ¿será un vago ideal de equilibrio y mesura o, tanto da ahora, de embriagador rapto dionisiaco, esto es, un conjunto de vaporosos ideologemas susceptibles de empleo en los más diversos contextos y con las más diversas intenciones (…)? Por lo demás, quitando la retórica, o cambiando una por otra, muchos de los textos aquí recogidos pueden incluso "sonar" modernos, pues tocan cuestiones de candente actualidad: ¿quién no lamentaría la pérdida del legado de la cultura clásica y el avance de un mundo crecientemente técnico y deshumanizado? ¿Quién no desearía aprovechar tal legado para las necesidades del presente? ¿Se trata solo de retórica?". Estas y no otras son las interpelaciones que orientan el rescate de los significativos documentos que compendia Salvador Mas.

El período recogido (Alemania 1896-1945) posee, sin embargo, una peculiar vocación y especificidad: se trata, a diferencia del clasicismo esteticista del período anterior, de un retorno hacia otra Grecia, distante ya de la Grecia recuperada – y también "poetizada" – por Winckelmann, el clasicismo de Weimar o el romanticismo y el idealismo alemán. Esta otra Greciaes la Grecia "preclásica", una Grecia arcaica y más originaria: "En los momentos que interesan en estas páginas hay, en efecto, – afirma Salvador Mas- una fascinación por lo primigenio e inaugural, tal vez porque se lo consideraba más ‘auténtico’, esa autenticidad que exigían los nuevos tiempos, las necesidades del presente. Tal vez así, enlazando con lo inicial, más allá del vacío y formal esteticismo clasicista y del frío y especializado tecnicismo positivista, pudieran los estudios clásicos alcanzar o retomar el protagonismo que sin lugar a dudas merecen". Es en este contexto de revalidación de lo mañanero e inaugural que los filósofos presocráticos, por ejemplo, ya no pueden ser considerados como un simple preludio inmaduro de una "filosofía clásica" que culminaría en Sócrates, Platón y Aristóteles. Es verdad que en la última mitad del siglo XIX ya interesaba la Grecia pre-clásica, pero interesaba más como antecedente germinal de la "Grecia clásica" que como un periodo con valor en sí mismo. Hegel y los grandes historiadores de la época comparten el mismo esquema interpretativo: tras la derrota de los persas comienza el periodo "clásico", etapa de florecimiento político y cultural que entrara en crisis tras la guerra del Peloponeso. Antes del "período clásico" infancia y apresto, después de ella decadencia e incuria. Frente a esta Grecia "clásica" lo que ahora se reivindica es esa otra Grecia, una Grecia arcana, más originaria y primigenia, una "Grecia nietzscheana". Y es que, en efecto, todos filólogos e historiadores de esta época se sienten de una u otra manera cercanos a Nietzsche; un Nietzsche ciertamente, como observa Salvador Mas, sobre todo entendido como icono cultural, como "vivencia" y símbolo proteico de los problemas culturales de la Europa de comienzos del siglo XX, como apuntara Thomas Mann. Cierto, Nietzsche como símbolo proteico de los problemas culturales de Europa, pero también Grecia como reflejo caleidoscópico de los problemas culturales de Alemania.

Hay pues una paradoja central que recorre la totalidad de los textos que recupera Salvador Mas y respecto de la cual Nietzsche tuvo una conciencia lúcida. En torno a esta paradoja central Nietzsche llega a afirmar una auténtica "antinomia de la filología": "En Nosotros los filólogos – comenta Salvador Mas – llega a hablar de una ‘antinomia de la filología’; en la Enciclopedia recomienda no olvidar nunca distinción entre lo que realmente fue la Antigüedad y nuestra concepción de ella, o sea, tomar conciencia de esa ‘idealización’ que es el clasicismo heleno céntrico. Esto es, en el fondo, lo único que podemos saber, no la Grecia real, sino el proceso contínuo de su idealización: la Grecia clásica-ideal solo lo es para el sujeto moderno. La filología es en sí misma paradójica, está atrapada en su propio circulo vicioso". En este mismo sentido es que Nietzsche llega incluso a interpretar la filología clásica como una tarea ‘’quijotesca": "La veneración por la Antigüedad clásica (…) es un ejemplo grandioso de quijotismo: y algo así es la filología en el mejor de los casos (…). Poco a poco toda Grecia se ha convertido en objeto de don Quijote. Pero no puede comprenderse nuestro mundo moderno si no se reconoce la influencia de lo puramente fantástico". Sea como sea que se ponderen estas reflexiones de Nietzsche,lo cierto es que seguramente en esta travesía nunca se llega a Ítaca, sino a una Alemania vista en el espejo de Grecia o una Alemania enajenada en el mundo helénico. Pero si este es el estatuto de lo "clásico" y su más peculiar paradoja, entonces lo es simplemente porque resulta ineludible para el hombre que el pasado sea mediado por el presente y el futuro. La paradoja hermenéutica de lo "clásico" es, finalmente, la paradoja de la temporalidad humana: no poder acceder nunca al pasado si no es desde un presente que permanentemente se futuriza. Es a esta travesía del tiempo humano a la que nos invita el sugestivo y provechoso el libro de Salvador Mas.


 

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