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Byzantion nea hellás

versão On-line ISSN 0718-8471

Byzantion nea hellás  no.30 Santiago out. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-84712011000100023 

BYZANTION NEA HELLAS 30, 2011: 381-383

RESEÑAS

 

De Amicis, Edmondo: Constantinopla. Traducción de H. Giner de los Ríos. Edición revisada y glosario a cargo de F. J. Jiménez Rubio. Editorial Páginas de espuma, Madrid 2007, 510 pp., 21,5 x 14 cm.

M. Castillo Didier

 

El año 2008 se cumplieron cien años de la muerte de Edmundo de Amicis (1846-1908), escritor cuyas obras fueron traducidas a muchos idiomas y tuvieron numerosas ediciones. su libro Corazón (1886) acaso ostente uno de los más grandes récores de traducciones y ediciones. En las más diversas latitudes, Corazón ha conmovido a incontables mentes infantiles y adolescentes. No pocos de los relatos de esta obra han figurado en volúmenes de lectura escolar. También tuvieron fama y buen destino editorial otras obras, como La vida militar (1868) y la Novela de un maestro (1890).

Ei voluminoso libro de este autor sobre Constantinopla se situó a poco de su publicación entre los clásicos de los relatos de viajes a Constantinopla, la Ciudad Reina, la casi tres veces milenaria urbe, que fuera capital de dos imperios durante mil quinientos años, y que constituyera un magnífico centro cultural y artístico griego entre los siglos IV y XV.

Constantinopla fue tempranamente traducido al español (1883) por Hermenegildo Giner de los Ríos. Con motivo del centenario de la muerte de Edmondo de Amicis, la editorial Páginas de espuma decidió publicar otra vez el texto, agregando notas y un muy útil glosario y uniformando las transcripciones de palabras extranjeras. Para el destacado escritor turco Orhan Pamuk, esta obra de De Amicis "es el mejor de los libros escritos sobre Estambul en el siglo XIX. Naturalmente, no es fácil hacer un juicio que pudiera ser totalmente objetivo; y es difícil que pudiera haber tal juicio, respecto de la descripción de una ciudad tan maravillosa como es Constantinopla, la actual Estambul. Sí queda en claro, después de leer esta obra —al menos para el lector que admira y ama a la Ciudad, a la Polis y su apasionante historia—, que la sensibilidad del escritor para captar la poesía y el misterio de una ciudad casi increíble entrega una visión inolvidable.

Es difícil poder plasmar en palabras, en un texto, las múltiples impresiones que puede dejar la vista de la ciudad desde diversos puntos de sus tres mares. Los recorridos del escritor lo llevaron a los más distintos puntos de la ciudad, de sus barrios y de los barrios extramuros y del otro lado del estrecho. Desde el monte Ciamligiá, detrás de Scútari, la parte asiática de Constantinopla, retrata el lento aparecer de la ciudad desde la bruma: "La neblina duraba todavía cuando arribamos a la cresta; pero el cielo prometía un día sereno. A nuestros pies, todo se hallaba oculto. ¡Qué espectáculo! Inmensa cortina horizontal que dominábamos con la vista cubría Scútari, el Bósforo, el Cuerno de Oro, toda Constantinopla. La gran ciudad con sus afueras despareció. Un mar de niebla inundaba todo, excepto Ciamligiá, aislada como isla. Y a nosotros se nos figuraba que éramos dos pobres peregrinos venidos del Asia Menor, al contemplar la cenicienta mancha, y que, ignorantes de que a nuestras plantas se escondía la gran metrópoli del Imperio Otomano, íbamos a experimentar placer extraordinario siguiendo con la fantasía el sentimiento creciente de estupor y maravilla como tales peregrinos al ver surgir poco a poco, cuando el sol asomase por Levante, la población inesperadamente.

Y en efecto, el velo espesísimo fuese rasgando, brotando aquí y allá y acullá sobre la vasta superficie gris, puntas de ciudad cual islotes: archipiélagos de alquerías, nadando en cenicientas aguas y derramadas al acaso. Ahora nace Scútari, ahora las siete cumbres de Estambul, los barrios extramuros ahora; ora la cresta de Kassim-Bajá, ya algo confuso y lejano allá en el fondo de Eyup y Haskoy; veinte pequeñas Constantinoplas rosadas y aéreas, erizadas de innumerables puntas blancas, verdes y plateadas. Después empezaron a agrandarse y agrandarse, lo mismo que si surgieran de improviso, apareciendo trecho tras trecho, rotondas tras rotondas, torres tras torres, minaretes tras minaretes, por todas partes, agrupándose en tropel, separándose y distinguiéndose, poniéndose en filas ordenadas, antes que el sol, avanzando en su carrera, sorprendiese a estos soldados sin formar y fuera de sus puestos respectivos en orden de batalla. Ya se divisaban debajo, Scútari entera; enfrente, toda Estambul; allí los barrios altos que se extienden entre Gálata y las Aguas Dulces; aquí, en la ribera europea del Bósforo, Tofané, Funduclú, Dolmabahse, Besiktás, y en gradería indefinida, un anfiteatro completo de quintas y ciudades, de edificios aislados y edificios compactos que muestran sus frentes teñidas de coral. Pero el Cuerno de Oro, propiamente dicho, el Bósforo, el mar, continuaban ocultos.

[...] Pero he aquí que los últimos restos de la neblina se desvanecen, y el tono claro oscuro azulea, Resplandece, cabrillea, brilla: ¡es agua, es cristal, es un espejo, es un estrecho, es un mar! ¡Ya son dos mares! ¡CONSTANTINOPLA!, sumergida en un océano de luz azul y verde, creado en una hora de mágico poder".

Muchos son los pasajes maestros de este libro. Recordamos la evocación de los trabajos que levantaron la maravilla que es Santa Sofía; la descripción del interior de la fortaleza de las Siete Torres, con su penumbra siniestra en que cuantos hombres, cristianos y musulmanes, murieron asesinados, después de haber sufridos los más horribles y a veces interminables suplicios. Recuerda al joven sultán Osmán II, destronado a instancias de su madre, a los 18 años, en 1622, y para quien un decreto religioso agregó a la muerte por estrangulamiento el suplicio de la trituración de los testículos.

De Amicis entreteje en los relatos de sus intensas y extensas andanzas por la ciudad recuerdos de su larga y agitada historia, tan llena de sangre. En la espléndida cúpula de Santa Sofía se detiene en la lectura de la inscripción que guarda las palabras del Conquistador Mechmet II, al llegar en su caballo ante el altar mayor, luego de consumada la toma de la Ciudad: "Alá es la luz del cielo y de la tierra". Era el momento de la profanación de aquel templo dedicado a la Sabiduría de Dios, a la sabiduría de Aquel al que estaba nombrando, pero adorado por otros seres humanos, los cristianos. Quedaban atrás las horrendas matanzas, los suplicios inenarrables aplicados a cientos y miles de vencidos.

Este libro se seguirá leyendo después de un siglo de la muerte de su autor, que, con la maestría de su pluma y su hondo sentido poético, entrega una visión inolvidable de la Ciudad Reina.