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Byzantion nea hellás

versão On-line ISSN 0718-8471

Byzantion nea hellás  no.30 Santiago out. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-84712011000100020 

BYZANTION NEA HELLAS 30, 2011: 365-367

TEXTOS

POEMAS DE CRISTÓFOROS AGRITELLIS

 

Angel Sikelianos


 

Madre, porque me amantaste con fuego mi corazón se ha hecho estrella.

 

En un amanecer mítico emprendiste El camino a la cumbre del Parnaso,

Y la montaña se alzaba majestuosa Mientras tocaba la lira de Homero.

Elegido de los dioses a tus ojos invadía Una inundación de la luz délfica. Por años yo te ando buscando, poeta, Para que resucites nuestra raza decaída.

Ven tú, campeón del Helenismo, Párate con la fuerza de tu hombría: Gracia que los dioses pusieron en tu frente.

Y en el cielo que hace arder tu corazón, Ahí enciende ahora tu antorcha

Para que se ilumine toda Grecia.

 

El cementerio de Roma

Pues Roma en tu corazón guardas La floración de tu espíritu y tu canto;

Y tu tierra con bálsamo oloroso La gente moja con su sacro llanto.

Aun si tu belleza ha decaído,

Los trovadores cantan a tu señoría

Echando flores en tu delantal abierto,

Y así a la luz tú brillas todavía.

Ahí va Shelley, ola perfumada, Con una barca a la cerrada playa Amarrando a su vela rota.

Y Keats —oh ojos de Idomeneo— Laureado como un pequeño dios Que guarda la luz de un ánfora griega.

 

Qué música sería aquella...

¿Qué música sería aquella que irrumpía En la noche y estremecía las ramas Amansando en el jardín a los perros Mientras de arriba nos miraba la luna?

En la noche no existía nada más Que esa música divina de violines. Sobre los árboles dormían los pájaros

Y en el jardín los lirios perfumaban.

Y sobre el mar un delfín solitario

Se enredaba en la cabellera de Arión Uniéndose, uno diría, con la espuma;

Mientras en el silencio de la noche Tocaban lentamente los violines,

Y desde arriba nos miraba la luna.

 

Lineal B!

Ke-ro-wo po-me a-si-ja-ti-a o-pi PAY Ael 34 (John Chadwick)

Pastan en el viñedo los dos bueyes de Thalamata

Y ahí está Kerovo que los cuida, llevándolos

Después al campo de las espigas cálidas por miedo Que los vean los piratas desde el barco y se los lleven.

Amado sea el que cuenta en el libro de la juventud,

Y espera que baje la joven sacerdotisa

Del monte a caminar sola a la orilla del río,

Con sus dos flores temblando en el agua clara y fría.

Más allá los hombres del rey están grabando Cuanta cosecha dieron los sembradíos. Y graba

Y graba están en la arcilla con una caña fina.

Y los que vieron la luz del trigo en la palma Deciden: Tantos quintales van a la diosa Démeter, Junto con el joven pastor del monte con sus vacas.