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Aisthesis

versão On-line ISSN 0718-7181

Aisthesis  no.50 Santiago dez. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-71812011000200002 

AISTHESIS N0 50 (2011): 42-53 · ISSN 0568-3939
© Instituto de Estética - Pontificia Universidad Católica de Chile

Artículos

El Foucault de Said: notas excéntricas sobre unas relaciones metropolitanas

Said's Foucault: Eccentric Notes on a few Metropolitan Relations

 

Raúl Rodríguez Freire

Facultad de Ciencias Sociales e Historia, Universidad Diego Portales, Chile rodriguezfreire@gmail.com


Resumen · El presente ensayo tiene por objetivo señalar los puntos de inflexión que la obra del filósofo Michel Foucault ha tenido a lo largo de la producción intelectual de Edward Said, uno de sus principales promotores en Estados Unidos. Para ello se rastrean los trabajos en que Said se ocupó de Foucault y que posteriormente fueron reescritos, con el fin de distanciarse del pensador francés, a la vez que criticarlo. Ello, se argumenta aquí, fue el resultado de la política palestina dentro del ámbito académico que fue desarrollando Said con mayor intensidad a partir de Orientalismo y las críticas suscitadas.

Palabras clave: Edward Said, Michel Foucault, discurso, Orientalismo, palestinismo.

Abstract · The following essay aims to underline a few turning points in the work I of Michel Foucault in contrast to Edward Said's intellectual production, one of his main promoters in the United States. This essay will trace the articles in which Said dealt with the work of Foucault and that were later rewritten so as to drift apart from the French thinker and, at the same time, make a critique about his work. As it is argued here, this conflict is due to the result of Palestine policies inside the academia Said was intensely developing with Orientalism and the critiques that it provoked.

Keywords: Edward Said, Michel Foucault, discourse, Orientalism, palestinism.


Es sólo en términos de negación que hemos conceptualizado la resistencia. No obstante, tal y como Foucault la comprende, la resistencia no es únicamente una negación: es proceso de creación. Crear y recrear, transformar la situación, participar activamente en el proceso, eso es resistir.
Comentario de B. Gallagher y A. Wilson, durante una entrevista con Foucault, publicada en Advocate1

La calidad transaccional de las fuentes metropolitanas, conflictivas entre sí, elude con frecuencia al intelectual (post)colonial.
Gayatri Spivak, «Deconstruyendo la historiografía»

«El estudio documentado de manera impresionante, que ha hecho James Miller de la vida de Foucault en la filosofía, es una obra perturbadora, tensa y provocadora, verdaderamente digna de su tema, y un factor esencial para la comprensión de la cultura de finales del siglo veinte». Estas son las palabras con las que Edward Said elogiara La pasión de Michel Foucault (1993), la biografía escrita por el filósofo James Miller, y debo reconocer que fueron ellas, al verlas en la contratapa de la edición española (también aparecen en la versión original), las que me llevaron a comprar, y a leer por supuesto, ese libro. Quienes hayan hecho lo mismo —leerlo, pues no recomiendo comprarlo— habrán percibido esa extraña manera de decir «la verdad» sobre Foucault: un par de acontecimientos de infancia habrían volcado su deseo por el sadomasoquismo... una pulsión de muerte habría recorrido toda su vida y toda su escritura. Concuerdo con Said en que se trata de «una obra perturbadora, tensa y provocadora», pero dudo de que sea relevante «para la comprensión de la cultura de finales del siglo veinte».

Orientalismo fue publicado en 1978, bajo una escena (estadounidense) en la que estaban apareciendo movimientos académico-políticos de gran relevancia hasta el día de hoy. Para todos ellos el libro de Said sería central, ya que comparte junto a Metahistoria (1973), de Hayden White, y El inconsciente político (1981), de Fredric Jameson, el ser los impulsores de aquello que se denominó «giro cultural» (Harootunian). Para Robert Young, junto a Homi Bhabha y Gayatri Spivak, Said constituye una parte de la Santa Trinidad, el triunvirato a partir del cual la crítica postcolonial sería ampliamente conocida. Y para el propio Said, Orientalismo (1978), junto a La invención de la tradición, editado por Eric Hobsbawm y Terence Ranger (1983), y Atenea Negra, de Martin Bernal (1987), forma parte de ese conjunto de libros que pretende «socavar la ingenua creencia en cierta positividad y en la historicidad inmutable de una cultura, un yo, una identidad nacional» (Said, «From Silence», 437). Se podría señalar que es uno de los granes libros de la segunda mitad del siglo XX, en una palabra, un clásico.

Ahora bien, es necesario señalar que Orientalismo no habría sido posible sin la presencia del trabajo de Michel Foucault y su noción de discurso: «Creo que si no se examina el orientalismo como un discurso», señaló Said, «posiblemente no se comprenda esta disciplina tan sistemática a través de la cual la cultura europea ha sido capaz de manipular —e incluso dirigir— Oriente desde un punto de vista político, sociológico, militar, ideológico, científico e imaginario a partir del periodo posterior a la Ilustración» (Orientalismo, 21). El resultado de ese gran ejercicio saidiano sería el impacto que dicha obra tuvo tanto en la crítica literaria como en las ciencias humanas en general, obligándolas a repensar los conceptos y representaciones de textos literarios, libros de viajes, memorias, historias y estudios académicos y su relación con el poder imperial. En otras palabras, Orientalismo puso el acento en el campo cultural del colonialismo, en tanto campo relativamente diferenciado del económico.

No obstante su éxito, las críticas no se hicieron esperar, y las hubo acertadas, malintencionadas y sin valor. Aquí veremos las primeras, y sobre todo la realizada por el antropólogo James Clifford, quien discutiera, entre otras cosas, el uso de la metodología foucaultiana, ya que «las perspectivas humanistas de Said no armonizan con su empleo de un método derivado de Foucault» (313). En sus palabras, Said admite con franqueza que las alternativas al orientalismo no son su tema. Él meramente ataca al discurso desde una variedad de posturas, y como resultado su propio punto de vista no está claramente definido o lógicamente fundamentado (...) Pero la postura más constante desde la que ataca al orientalismo es un conjunto familiar de valores asociados con las ciencias humanas antropológicas de Occidente: estándares existenciales de «encuentro humano» y vagas recomendaciones de «conocimiento personal, auténtico, simpático y humanista» (313).

Y el que las alternativas no le interesaran le costó caro, pues luego también sería criticado por Bhabha y Spivak. El primero señaló que la visión de Occidente que Said presenta en Orientalismo no es tan coherente y establecida como piensa, pues el discurso orientalista es ambivalente (idea que Bhabha toma de Fanon), en la medida en que la otredad que construye es, al mismo tiempo, objeto de desprecio y de deseo. La ambivalencia describiría, en este caso, un proceso simultáneo de negación e identificación con el otro, que hace imposible que «Europa pueda avanzar segura», como cree Said (The World, 21). Spivak realiza una crítica similar. Para ella Orientalismo pareciera no dar cabida ni posibilidad a contraconocimientos, presentándonos un discurso sobre el Oriente casi sin posibilidad de contestación: «El libro de Said no fue un estudio de la marginalidad, ni siquiera de la marginalización. Fue el estudio de un objeto construido para su investigación y control» («Can the Subaltern Speak?», 124). Quizá, en parte, la culpa de tales acusaciones provenga del propio Said, quien algunos meses después de la publicación de esta obra señalara que «el paralelo entre el sistema carcelario de Foucault y el orientalismo es sorprendente» («The Problem of Textuality», 711).

Es claro que Said ofreció en Orientalismo una imagen demasiado totalizante y opresora, digna de Vigilar y castigar, como también es claro que las críticas de Clifford (aunque también las de Bhabha y Spivak) calaron hondo, tan hondo que en su último libro publicado en vida, Humanismo y crítica democrática (2006), las retoma, pero, podríamos decir, para leerlas en reversa y utilizarlas en favor de su postura humanista.

Lo que está en el centro de este debate es, finalmente, la cuestión de la agencia, la cual, supuestamente, Foucault y algunos otros pensadores «contemporáneos» de la sospecha habrían de negar2. En «Orientalism Reconsidered», Said responde implícitamente a Clifford, acusando a la denominada «antropología posmoderna», disciplina de la cual Clifford es uno de los máximos «representantes», de haber contribuido a la fosilización paradigmática de la realidad de Oriente, y de no hacer nada para revertirlo (l-l5). Las críticas serán más duras cuando sea invitado a la Annual Meeting of the American Anthropological Association (1987), donde indica estar

impresionado de que en gran parte de los variados escritos de antropología, epistemología, textualización y otredad que he leído, y que en extensión y en temas recorren una gama que va desde la antropología hasta la historia y la teoría literaria, haya una ausencia casi total de referencias a la intervención imperialista norteamericana como un factor que afecta a la discusión teórica. Se dirá que he relacionado la antropología con el imperialismo demasiado crudamente, de una forma muy indiscriminada; a lo cual respondo preguntando cómo —y realmente quiero decir cómo— y cuándo fueron separados. No recuerdo que este evento haya ocurrido, o si ocurrió del todo» («Representing the Colonized», 14).

De paso, Said señaló en la misma conferencia que los cambios y búsquedas que se han desarrollado al interior de la antropología (estéticos o pragmáticos) siempre terminan presentándonos algún nuevo «otro» (12), sin contribuir a un real cambio epistemológico.

Luego de Orientalismo, creo que es posible percibir un cambio más o menos radical en los trabajos de Said, pues ahora se preocupará muchísimo más por dar cuenta de la agencia, por las posibilidades de resistir al poder, más que por la representación de la otredad. Ya no bastará con apelar a la sentencia de Vico, acerca de que «los hombres hacen su propia historia, de que lo que ellos pueden conocer es lo que ellos han hecho» (Said, Orientalismo, 4); ahora es necesario ser más explícitos, incluso citando y relevando aquellos trabajos que tematicen de forma clara la insurgencia, como son, por ejemplo, sus referencias a la revista Subaltern Studies, dirigida en sus inicios por el erudito marxista Ranajit Guha. El autor incluso prologó la primera selección de ensayos de esa revista publicada en Estados Unidos («Foreword», v-x). De ahora en adelante, Said se preocupará por ver qué pasa también académicamente más allá de «Occidente». Resalto académicamente porque la política que pasaba por fuera de las aulas le preocupó sin descanso desde 1967 hasta su muerte3.

Desde ahora digo, Said se distanciará sobre todo de aquella etiqueta que la academia «gringa» haría tan productiva mercantilmente: el postestructuralismo, o, como le llama en Humanismo y crítica democrática, el «antihumanismo ideológico». Es muy conocido el hecho de que Said fue uno de los principales académicos en «introducir» a «una cierta generación de franceses» en Estados Unidos (Beginnings, 283), y el primero fuera de Francia en aplicar las propuestas de Foucault al campo de la crítica y teoría literarias. En ese sentido, fue muy relevante una reseña suya de 1974 titulada «An Ethics of Lan-guage», sobre el libro que en inglés se publicó como The Archeology of Knowledge and The Discourse on Language (1972). Un poco antes, en «Abecedarium Culturae» (1971), texto que luego se convertiría en una de las partes centrales de su libro Beginnings (1975), Said lo elogiaría, citando a Barthes como aquel «que ha llegado a ser la misma cosa que describe. Una conciencia completamente despierta a, y poseído por, las condiciones problemáticas del conocimiento moderno» (Beginnings, 283). Aunque se podría señalar que un mayor reconocimiento se hará cuando lo compare con Derrida, en «The problem of textuality: two exemplary positions» (1978). Para Said, si bien el filósofo de la deconstrucción realiza un cambio radical sobre la consideración del texto, siempre queda, finalmente, atrapado en él, mientras que Foucault, por su parte, asume «sus filiaciones con instituciones, oficinas, agencias, clases sociales, academias, corporaciones, grupos, gremios, partidos políticos definidos ideológicamente y profesiones» (701); es decir, Foucault introduce el texto en el contexto o, como diría Said, en la mundanidad, mientras que Derrida, a su juicio, brilla por sus textos solipsistas.

No obstante, ese ensayo comparativo será reescrito y retitulado cinco años más tarde, apareciendo en su libro The World, the Text, and the Critic (El mundo, el texto y el crítico) como «Criticism between culture and system» (1983). En realidad, más que de una reescritura, se trata de lo que podríamos llamar una atenuación saidiana de la obra de Foucault, lo cual es muy palpable cuando el autor introduce un pequeño y nuevo párrafo, poco después de la descripción de las reglas de formación discursiva, que dice: «quizá su interés por las reglas sea parte de la razón por la cual Foucault es incapaz de abordar u ofrecer una explicación del cambio histórico» («Teorías Ambulantes», 255). Éste y otros comentarios críticos no aparecen en el ensayo de 1978, sino que fueron posteriormente injertados, dando lugar a un texto extraño, distinto a los que estamos acostumbrados a leer bajo su pluma, pues los elogios y reproches no quedaron bien repartidos ni trabajados.

Después de Orientalismo, y en realidad quizá después de las críticas a Orientalismo, opera en Said un alejamiento, cuando no una crítica rotunda al «filósofo del poder», como le gusta llamarlo ahora. Basta con ver el texto «Foucault and the imagination of power» (1986), donde prácticamente lanza un ataque contra el supuesto conservadurismo del autor, llegando incluso a señalar que sus propuestas están con y no contra el poder (244). Para qué hablar de la palabra «imaginación» en el título, una ironía de la famosa frase del 68 «La imaginación al poder».

Este ensayo fue publicado dos años después de la muerte del pensador francés. En él Said plantea lo que a su parecer son las cuestiones iniciales, es decir, las importantes, acerca de la imaginación del poder: «por qué imaginar en primer lugar el poder (...) y cuál es la relación entre los motivos que se tiene para ello y la imagen que finalmente se obtiene»: sintetizando sus respuestas, que son cuatro, lo siguiente: para imaginar qué harías si tuvieras el poder; especular acerca de lo que imaginarías si tuvieras el poder; evaluar cuánto poder necesitarías para derrocar al poder e instaurar un nuevo orden; y postular un conjunto de cosas que no pueden ser imaginadas ni ordenadas bajo el poder actualmente existente (242).

Extrañamente, o quizás no tanto, Said termina señalando que Foucault se sentiría atraído por las dos primeras respuestas, lo que para él equivale a estar del lado del poder y no contra él; en cuanto a las otras dos, que son «insurgentes y utópicas», se encontrarían alejadas del filósofo. Personalmente, creo exactamente lo contrario. Foucault no pensó en las primeras, por lo menos no detenidamente, y si lo hizo fue para cambiar los términos de la conversación. No hablar más de poder, sino de relaciones de poder... y no de utopías sino de heterotopías. Y ello para pensar en una nueva forma de vida, aquello que Said llama «un nuevo orden», con tal de posibilitar ese conjunto de cosas por venir en y para la actualidad.

Y así como Said sufrió un cambio radical a partir de la Guerra de los Seis Días (1967), 1968 marcaría un giro tremendo en Foucault, el que tiene lugar a partir de su experiencia en Túnez más que en las calles parisinas durante el famoso mes de mayo, un giro que se repetirá diez años más tarde, cuando el pensador francés se autocritique por no ser claro en torno al poder4. De eso poco dijo Said, quizá porque no lo conocía, y lo que conocía no le gustaba. En su obituario, «Michel Foucault: 1927-1984», aparte de resaltar la gran obra del autor de Historia de la sexualidad, hace referencia a su última fase y al negativo paso de sus investigaciones de relevancia social, tipo microfísica del poder, hacia una historia reflexiva de la identidad sexual, en otras palabras, a «un desplazamiento particular y determinado de lo político a lo personal» (194). Este cambio entrañaría el retiro de la arena pública por parte de Foucault, retiro gatillado supuestamente por las desilusiones que le habría ocasionado la sensación de no poder afectar dicha esfera. Otra posibilidad, sobre la cual se extiende un poco más, sería, dejando de lado el elegante e implícito lenguaje que Said maneja aquí, la vanidad, el gusto por los viajes y, sobre todo, su afición a las frecuentes estancias en California, pues, como era por todos «perceptible» —la expresión es de Said—, Foucault visitaba dicha ciudad sólo para satisfacer sus placeres (homo)sexuales (194). Eso lo habría alejado cada vez más de la política. Said no lo dice explícitamente, pero lo reprueba (Halperin, 152-54), y lo seguirá haciendo más tarde. En Cultura e imperialismo, libro que viene a redimir a Said del sesgo del cual fue acusado por su libro de 1978, señala que «Foucault se apartó de las fuerzas de oposición dentro de la sociedad moderna que había estudiado precisamente por su inagotable resistencia a la exclusión y al confinamiento —delincuentes, poetas, marginados— y decidió, dada la omnipresencia del poder, que quizá era mejor concentrarse en la microfísica local, en el poder que rodea a cada individuo» (67). ¿Quién entiende a Said?, ¿primero reprocha la definición de poder usada en Vigilar y castigar y ahora la defiende?

En fin, Cultura e imperialismo fue publicado el mismo año que La pasión de Michel Foucault, de Miller (1993), libro que vendría a confirmar ese negativo paso para Said, pues la presencia del sadomasoquismo en la vida del pensador francés, desde su adolescencia hasta sus últimos días, sería la respuesta a su adoración de los sistemas represivos, lo que explicaría por qué «Foucault llegó a ser el escriba de la dominación» (Said, «Criticism and the art of politics», 138). Después de este libro, Said se refiere en otros términos al filósofo francés, cuyo modelo intelectual ya había reemplazado por el de Fanon, quien sí estaba comprometido con la lucha contra el poder (Said, «Overlapping Territories», 53-4). Véase, por ejemplo, la reescritura de «Traveling Theory», cuyo final estaba concentrado en Foucault y sus supuestas limitaciones (desconsideración de las clases sociales, de la economía, de la insurgencia y la rebelión)5. Ahora el francés es reemplazado por el autor de Los condenados de la tierra, de quien se resalta su radicalismo.

El autor de Orientalismo continúa criticando el poder en Foucault, pero ahora agregándole el adjetivo «sadomasoquista». Ya antes de que La pasión de Michel Foucault fuera publicada, Said, que conocía el proyecto, pues se entrevistó con Miller debido a que éste consideraba que sus trabajos «sobre teoría francesa siempre han sido incisivos y originales, y maravillosamente equilibrados» (La pasión, 619), señalaba en una entrevista que «Foucault siempre mantuvo relaciones (dealing) con los impulsos sadomasoquistas, incluyendo su prematura actitud suicida (...) de ahí la temprana importancia de figuras como Sade» («Wild orchids and Trosky», 165). Un par de años más tarde, Said nos dice que «el determinismo de Foucault es parcialmente el resultado de una especie de desesperanza política que, con su extraordinario estilo intensificado, él presenta como el sadismo de una lógica siempre victoriosa» («From Silence», 522).

No olvidemos que para Miller, y por extensión también para Said, dicho impulso de muerte foucaultiano es «explicado al final de cuentas por dos o tres escenas vividas en la infancia y que habrían traumatizado para siempre al joven Foucault» (Eribon, Michel Foucault y sus contemporáneos, 23). En Miller, y aquí cito al biógrafo de Foucault, Didier Eribon:

Todo el recorrido intelectual de Foucault quedaba explicado por su gusto pronunciado por la «experiencia-límite», todo su pensamiento descifrado como una «alegoría autobiográfica» donde se expresarían, más allá de las máscaras de una prosa virtuosa, las pulsiones del sadomasoquismo y la fascinación por la muerte. La vida de Foucault, su obra, sus libros, sus compromisos políticos, se hallaban nimbados por una luz crepuscular, que alternaba con los resplandores intermitentes de la locura; la búsqueda suicida incansablemente perseguida culminaba en la terrible apoteosis final —el sida—, del que Miller se atreve incluso a preguntarse si no había sido «deliberadamente elegido» (Michel Foucault y sus contemporáneos, 23).

Según esta impresionante biografía —La pasión—, el filósofo del poder habría encauzado teleológicamente su vida hacia el sado, debido a una experiencia «fundamental que Foucault, según Miller, habría querido callar siempre, pero tan fundamental también que le pareció necesario confesárselo a Hervé Guibert, esperando que lo haría conocer después de su muerte». ¿Cuál, se pregunta Eribon —acaso el mejor biógrafo de Foucault—, es esa experiencia que marcaría al filósofo para el resto de su vida?

Helo aquí: cuando era joven, su padre, cirujano, lo llevó a asistir a una amputación... Entonces, para Miller, todo se vuelve transparente: el sadomasoquismo, la Historia de la locura, donde Sade está tan presente, Vigilar y castigar (y el comienzo sobre el «estallido de los suplicios»), sin hablar de El nacimiento de la clínica, naturalmente, y de Las palabras y las cosas (donde Foucault vuelve a citar a Sade)... ¡Esto es entonces lo que sedujo a algunos críticos norteamericanos! (Michel Foucault y sus contemporáneos, 25).

Quizá aquí sólo haya que agregar que cuando Foucault citaba a Sade en los sesenta, estaba lejos de su compromiso político y de sus formulaciones («totalizantes») del poder, y cuando ellas aparecen, Sade es descrito como un colaborador, más que un detractor, del disciplinamiento de la sexualidad. Como se percibe a lo largo de la Historia de la sexualidad, Foucault se distancia rotundamente del autor de Justine.

En Estados Unidos, las reseñas del libro de Miller tuvieron unos títulos sensacionalistas increíbles. Baste citar el contenido de una: «nueva biografía de Foucault agita al ámbito académico: algunos dicen que las revelaciones personales contenidas en un libro aún inédito podrían opacar las contribuciones del filósofo francés» (cit. en Halperin, 168). Y parece ser que, en parte, las opacaron. No está demás señalar que Eribon ha demostrado irónicamente que ese libro tan aclamado por Said estaba lleno de tergiversaciones, malas interpretaciones, descontextualizaciones e ignorancias de la cultura francesa.

De lo que se trata acá, citando al propio Said, es de las teorías viajeras, en este caso, de las teorías de Foucault, pero también de cómo su vida formó parte de su escritura y cómo fueron, ambas, interpretadas en la academia estadounidense. Loic Wacquant (1993), sociólogo francés radicado en Estados Unidos, señaló en un texto a propósito de la mutación transatlántica de Bourdieu que el caso de Foucault ilustra mejor el hecho de que « la estructura de los campos intelectuales nacionales actúa como una mediación en el comercio exterior de las teorías»: «el Foucault construido por los universitarios norteamericanos (.) es virtualmente un autor diferente del Foucault francés (o europeo) revelado por la biografía intelectual de Didier Eribon (1991). Este libro es acaso el mejor documento a la fecha que se haya hecho para ver qué fuerza pueden tener las distorsiones producidas por una exportación intelectual internacional descontrolada» (254-55). Para Wacquant, la mencionada estructura, «actúa como un prisma que selecciona y refracta estímulos externos de acuerdo a su propia configuración» (246-47).

Creo no estar errado al señalar que dos de las obras más citadas de Foucault en la «academia estadounidense» son Power/Knowledge: Selected Interviews and Other Writings, 1972-1977 y Language, Counter-Memory, Practices. Selected Essays and Interviews (1980). Se trata de dos libros típicamente «gringos», es decir, de Readers, y como todos los libros de ese tipo, están constituidos a partir de una particular mirada, la del editor. En ambos se puede apreciar, en palabras de Eribon «una concisión un poco reductora y generalizadora de malentendidos» (Michel Foucault y sus contemporáneos, 193). Said, sin embargo, gustaba de citar a Foucault en francés, y a partir de las publicaciones originales. Por eso me sorprendió enormemente su apoyo al libro de Miller, y concuerdo plenamente una vez más con Eribon, para quien «habría que interrogarse acerca de la extraña tradición cultural que hace posible la existencia de tales libros. Pues lo más asombroso no es que una obra como ésta (la de Miller) se escriba y se publique. Es que pueda ser recibida, y a veces aun aplaudida» (Michel Foucault y sus contemporáneos, 23).

Wacquant emplea una interesante palabra en sus reflexiones sobre la mutación de las teorías: «refractar», que significa «hacer que cambie de dirección un rayo de luz u otra radiación electromagnética al pasar oblicuamente de un medio a otro de diferente velocidad de propagación» (251). Eso es lo que pasó con Foucault, lo hicieron cambiar radicalmente de dirección, y Said lamentablemente contribuyó a ello. Quizá fue previendo esa situación que el propio Foucault publicara un afterword a la segunda edición de Michel Foucault: Beyond Structuralism and Hermeneutics, de Hubert Dreyfus y Paul Rabinow (1983), una de las mejores introducciones a su pensamiento. Ya en la contratapa, las palabras de Foucault intentan aclarar su relación con Estados Unidos, pues el libro viene a resolver «muchos malos entendidos (y) ofrece una mirada aguda, sintética. Más allá de su meta particular, creo que este trabajo abre nuevos horizontes para la relación entre el pensamiento americano y el europeo». El afterword, cuyo título es «The subject and the power», parece anticiparse al Said que pregunta «por qué imaginar el poder». En dicho texto, el Foucault «francés» le explica a su «público estadounidense», casi pedagógicamente, por qué estudia el poder y cómo lo entiende, y en una increíble anticipación de las críticas saidianas, señala que «no es el poder lo que le interesa, sino el sujeto». Además, su definición de las relaciones de poder tiene un requisito importante: la libertad. El poder, en esos términos, sólo se ejerce sobre sujetos libres, pues de lo contrario simplemente no hay relaciones de poder, ya que ellas no se dan en situaciones estáticas sino dinámicas.

Said nunca citó este texto, a pesar de que lo conocía, pues Miller lo tenía en su bibliografía. Tampoco mencionó los dos libros que Eribon le dedicara a Foucault. El postfacio, fechado en 1981, fue escrito durante lo que se ha llamado la última etapa de Foucault, aquella que Said ve desastrosamente. Otros y otras la ven como una etapa de igual o incluso mayor radicalidad. El italiano Mauricio Lazzarato lo ha expresado muy bien: «Definir las condiciones de un nuevo <proceso de creación política, confiscado desde el siglo XIX por las grandes instituciones políticas y los grandes partidos políticos>, me parece ser el hilo rojo que atraviesa toda la reflexión de Foucault» (46). De ahí que el pensador francés desconfiara de la palabra «liberación», a veces tan manoseada, y de la cual siempre ha sentido desconfianza, lo que, en sus palabras:

(no) quiere decir que la liberación o tal o cual forma determinada de liberación no exista: cuando un pueblo colonizado busca liberarse de su colonizador, se trata de una práctica de liberación en sentido estricto. Pero ya se sabe que... esta práctica de la liberación no basta para definir las prácticas de libertad que a continuación serán necesarias para ese pueblo... A ello obedece que insista más en las prácticas de libertad que en los procesos de liberación, que, a decirse una vez más, tienen su lugar, pero no me parece que por sí mismos puedan definir todas las formas prácticas de libertad («The subject and the power», 294-95).

La cita recuerda al propio Said, cuando señalara que en el momento en que el Estado Palestino se constituyera, él sería su principal crítico.

Llegados a este punto, ya no interesa mostrar la radicalidad y brillantez de Foucault, sino dar cuenta de la ambivalencia, a partir de las críticas a Orientalismo, generada por Said respecto del filósofo francés. Aquí no he tratado de mostrar que uno es mejor que otro, sino de señalar que, para «nosotros», los que vivimos apartados de las relaciones metropolitanas, ambos deben ser suplementarios y no excluyentes. Además, si la crítica, como dice J. M. Coetzee, tiene por obligación interrogar a los clásicos, no ha sido mi propósito otro que lograrlo. A Said le faltó trabajar por causas que no fueran sólo las palestinas (así se lo reprocha Spivak, cuando le pide consideración para la India), como también mostrar interés por luchas minoritarias que no fueran sólo étnicas. A Foucault. bueno, a Foucault le faltó dejar de pensar sólo en Francia. A Said, interesado en la lucha palestina, las «relaciones de poder» no le servían. Necesitaba un concepto que no negara ni contestara los valores de la modernidad, el Estado liberal y los valores progresistas de la Ilustración, ya que era a partir de ellos que su humanismo era su palestinismo. Foucault, interesado en condiciones de una nueva política, no podía dejarse atrapar por una metafísica fraudulenta del poder.

Quisiera evocar, para ir terminando, aquella noticia acerca de que Foucualt colocaba literalmente el cuerpo cuando se encontraba en protestas, y que, fuera de Estados Unidos (pero como muestra Halperin, también en él) son muchos los países en los que, citando a Eribon por última vez, «hacen de él un arma». El mismo Foucault habló, hacia el final de su vida, de un hiperactivismo. No hay biografía que no lo señale. Es menos conocido el hecho de que Said, ya muy enfermo, era acompañado por su hijo a las protestas, mientras sus colegas realizan talleres académicos sobre capitalismo y globalización6.

Por último, quisiera señalar que la relación de Said con Foucault obedeció a un contexto muy particular. La academia estadounidense. Y sus ambivalencias respecto de él estaban determinadas por sus intereses políticos, concretamente, la lucha palestina, una lucha, para decirlo con Deleuze, molar. La lucha de Foucault era, por el contrario, molecular.

No tenemos por qué elegir a uno de ellos en desmedro del otro. A quienes habitamos este lado del mundo nos toca aprender de ambos, y no sólo de lo que escribieron, sino también de lo que hicieron (políticamente) en la calle, fuera del campus. Debemos vincular ambos planos, no descuidar ninguno. Para ello hay que hacer un esfuerzo mucho mayor que sólo leerlos o enseñarlos. Debemos reducir nuestro desconocimiento de la cultura de la cual formaron parte y no contentarnos con biografías baratas, de las que sobre Said ya empiezan a aparecer. Pero, sobre todo, debemos pensar que la originalidad de esos dos grandes intelectuales no consistió sólo en memorizar y reproducir lecturas, sino en poner en práctica aquello que aprendían, donde quiera que estuvieran.

NOTAS

1 Cita levemente modificada. La original dice así: «C'est seulement en termes de négation qu'on a con-ceptualisé la résistance. Telle que vous la comprenez, cependant, la résistance n'est pas uniquement une négation: elle est processus de création; créer et recréer, transformer la situation, participer activement au processus, c'est cela résister». Ésta y las traducciones que siguen, han sido realizadas por el autor, salvo las que en la bibliografía se indican con el nombre de otro/a traductor/a.

2 Sobre la agencia en el postestructuralismo, véase Judith Butler, «Fundamentos contingentes», donde se lee: «Una teoría social comprometida con la disputa democrática dentro de un horizonte postcolonial necesita encontrar la manera de cuestionar los fundamentos que se ve obligada a establecer. Es este movimiento de interrogar ese subterfugio de la autoridad que busca cerrarse a la disputa lo que, en mi opinión, está en el corazón de cualquier proyecto político radical. En la medida en que el postestructuralismo presente una modalidad crítica que efectúe esta disputa del movimiento fundamentalista, puede ser utilizada como parte de una agenda radical» (18); y Henry Giroux, quien señala: «es importante reconocer que la crítica postestructuralista del sujeto humanista no equivale a suprimir la acción humana ni a reducir la conducta humana a una función de significadores cambiantes. Lo que aquí está en juego es un intento de inquirir cómo se construye el sujeto, de entender más plenamente su naturaleza construida como el requisito previo de su participación, y de reconocer que, si el sujeto se forma mediante una red social de exclusiones y diferenciaciones constitutivas de múltiples posiciones subjetivas, entonces el modo en que se negocian tales posiciones se convierte en la cuestión política crucial» (179).

3 En Out of Place: A Memoir, leemos: «1967 trajo nuevas dislocaciones, aunque para mí encarnó la dislocación que sintetizaba todas las otras pérdidas, los mundos desaparecidos de mi juventud y mi crianza, los años apolíticos de mi educación, y la elección de una docencia y una vida académica sin compromisos en Columbia, entre otras cosas. No volví a ser la misma persona después de 1967. El efecto traumático que me produjo aquella guerra me devolvió a mi punto de partida, la lucha por Palestina»(309).

4 Ver los últimos cursos de Foucault, publicados por Fondo de Cultura Económica.

5 Al respecto, Said señala: «El entusiasmo de Foucault por no incurrir en el economicismo marxista, le lleva a eliminar el papel de las clases sociales, el papel de la economía y el papel de la insurgencia, y la rebelión en las sociedades que analiza» («Teorías Ambulantes», 326). Contra esta cita, ver Foucault, Seguridad, territorio y población (2006) y El nacimiento de la biopolítica (2007). En ambos libros, el pensador francés realiza un exhaustivo examen de la economía política y analiza las sociedades de seguridad, sociedades que habrían suplantando, no anulado, a las sociedades disciplinarias, dando origen a una forma de gobierno distinta que Foucault llamará «gubernamentalidad».

6 Agradezco a Silvia Rivera Cusicanqui el haberme señalado este hecho.

REFERENCIAS

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Recepción: 9 de junio de 2011 Aceptación: 29 de septiembre de 2011