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Aisthesis

version ISSN 0718-7181

Aisthesis  no.49 Santiago July 2011

doi: 10.4067/S0718-71812011000100017 

AISTHESIS No 49 (2011): 240-243
ISSN 0568-3939
© Instituto de Estética - Pontificia Universidad Católica de Chile

RESEÑAS

 

Carla Cordua
Once ensayos filosóficos
Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales, 2010.

 

por Constanza Terra

Instituto de Humanidades Universidad Diego Portales constanzaterra@gmail.com

Si bien el género del ensayo —ya sea filosófico, literario o de cualquier otra índole del pensamiento— nos ha acompañado durante nuestra corta vida latinoamericana, un halo de menosprecio se ha cernido sobre él los últimos años. Su aparente falta de profundidad, su esquiva complacencia con el corte cientíico y especializado del artículo académico y su generalidad sospechosa que permite llegar a un público más universal son algunas de las razones de su decaimiento. Todos esos motivos, junto a unos cuantos más, le han ido quitando valor al ensayo filosóico. Sin embargo, para restituirlo basta que una avezada de la filosofía desestabilice aquella reticencia frente al ensayo, publicando un libro cuyo título reza nada más y nada menos: Once ensayos filosóficos. Carla Cordua (1925) es una de las pocas mujeres filósofas conocidas que hay en Chile. pero, además de aquel dato sobre su género, es una de las personas más importantes en el ámbito de la filosofía del país, con cerca de una veintena de publicaciones, más sus apariciones en medios especializados de la disciplina. Carla Cordua nos presenta este libro, que, así como el título lo indica, contiene once ensayos filosóicos, que giran en torno a temas tan diversos y esenciales como la verdad, la vida, el lenguaje, el silencio y la política, los cuales son tratados a la luz de algún pensador importante de la tradición filosóica, como Kant, Hegel, Wittgenstein y Sloterdijk.

Entre sus ensayos destaca «Nietzsche sobre la vida», que trata acerca de las configuraciones que el filósofo alemán realizó respecto a la vida. Cordua advierte que es posible distinguir tres polos en torno al concepto de vida elaborado por Nietzsche, a saber, la descripción de la vida dada en El origen de la tragedia, donde propone una justificación estética de la existencia; la vida leída y conigurada por la voluntad de poder; y, por último, la vida entretejida por diferencias culturales que provienen de sistemas de valores hostiles entre sí. Cordua somete a examen esas tres maneras con que el filósofo pensó y escribió acerca de la vida. Si bien Nietzsche escribió gran parte de su proyecto filosóico en torno a la idea de la vida, Cordua es capaz de sintetizar y sistematizar ese inmenso pensamiento en los tres ejes conceptuales mencionados. Como advierte la autora, no existe una unidad en la idea de vida en Nietzsche; al contrario, pasa por diferentes momentos e interpretaciones. Si la obra temprana del ilósofo alemán tiende a justiicar la vida y la existencia estéticamente, a través de Dionisios, su obra madura y tardía tiende a relacionar la vida con su concepto de voluntad de poder. Como sostiene la autora: «el privilegio filosóico del pensamiento de la vida reside, según Nietzsche, en su mayor dignidad debido a que la vida conigurada como voluntad de poder es la manifestación privilegiada del ser» (67-68). Así, el presente texto abre una nueva mirada, más ordenada, más precisa, acerca de cómo el pensamiento nietzscheano sobre la vida se conigura en los distintos momentos de su obra.

Otro ensayo interesante es «Sloterdijk sobre la verdad», donde Cordua examina la postura de Sloterdijk en torno a la verdad, partiendo de la base de cómo ésta ha sido monopolizada por cierto grupo privilegiado, que estaría en mejores condiciones de acceder a ella (como es el caso de los sabios, los profetas, los cientíicos y los ilósofos). De esa manera, se produce una separación social entre los grupos humanos que poseen la verdad y los que no, siendo el grupo de los sabios el que gozaría de la capacidad de enunciarla. Sin embargo, Sloterdijk, de acuerdo a la lectura de Cordua, advierte que esa legitimidad se quiebra tras la caída de las bombas atómicas de 1945, pues en ese acontecimiento se deja traslucir cómo la ciencia —en tanto saber de unos pocos— puede devastar a la humanidad al servicio de una supuesta verdad. Con ese hecho emblemático, se produce una ruptura irremisible entre la sociedad común y el saber. Es así que Cordua nos cuenta cómo Sloterdijk llega a la conclusión de que la verdad es inseparable de su historicidad, es decir, que la enunciación de la verdad habla desde la historia. La verdad, junto con el ser humano y junto con el mundo, está en la historia. La verdad, entonces, sólo se hace accesible por medio de la historicidad contenida en ella y, además, por medio de la errancia: «la verdad no se 'descubre' inocuamente y sin batalla, sino que sólo después de triunfar batallando contra sus antecesoras, que la enmascaraban y se le oponían» (116-117).

Wittgenstein es otro de los filósofos que Cordua rescata en su libro, realizando cuatro ensayos que se ocupan de él (dos de ellos dedicados exclusivamente a elucidar parte de su pensamiento). Uno es «Wittgenstein, ¿un relativista?», donde la autora se ocupa de elaborar un argumento que libere al ilósofo de las caliicaciones de relativista que se le han achacado gran parte del tiempo. Cordua sostiene que Wittgenstein nunca se declaró a sí mismo como un relativista, ni tampoco manifestó su simpatía por quienes lo eran. Sí, en cambio, declaró en los años treinta que su nueva manera de pensar coincidía con la teoría de la relatividad. Cordua comenta: «la teoría de la relatividad —que por cierto no tiene nada que ver con el relativismo filosóico— concibe a todas las cosas en el espacio-tiempo absoluto. Wittgenstein ha adoptado, para llevar a cabo su nueva tarea, el principio según el cual todo está en juego y todo se decide en el lenguaje ordinario» (139).

Para la autora, Wittgenstein no es un relativista, pues ve en los humanos un sustrato común básico que los une. Hay diversidad humana, pero el conocimiento de lo humano no es inaccesible; el mundo se articula a través del lenguaje, y el lenguaje es humano. No hay relativismo filosófico en Wittgenstein, y Cordua articula un fino argumento para dar pruebas de ello.

La autora también se pregunta acerca de cuán legítimo puede ser considerar la filosofía como una investigación, a través de los planteamientos que tanto Husserl como Wittgenstein se hacen al respecto («La filosofía como investigación»). La ilósofa nos recuerda que el modelo científico de las ciencias naturales ha influido fuertemente los últimos tres siglos en el ámbito del conocimiento, lo que ha provocado que conocimiento, investigación y progreso estén irremediablemente imbricados. Las ciencias de la naturaleza inspiran el ideal moderno de la cientiicidad y dibujan el marco teórico y metodológico de la investigación objetiva. Sin embargo, Husserl plantea uno de los primeros atisbos de sospecha en ese ideal cientiicista de la investigación cientíica, pues ve en la ciencia la ruina del pensamiento y de la verdad. Cordua sigue el argumento de Husserl, sosteniendo que hay que despojarle a las ciencias el monopolio del saber y, asimismo, la filosofía no debe imitar a las ciencias exactas, pues padecen de ciertos defectos teóricos que solo puede compensar una filosofía fundamental, relexiva y crítica, que se encuentre más allá de los peculiares puntos de vista de las ciencias particulares» (220).

Es ahí donde hace aparición la fenomenología, cuyo propósito es ocuparse de la intuición de cada fenómeno, sin recaer en la generalidad característica del cientiicismo. Wittgenstein, continúa Cordua, parece seguir una senda similar a la de Husserl en la crítica a la investigación cientíica como único modelo del conocimiento. Para Wittgenstein, la filosofía no parte del supuesto de la causalidad como las ciencias exactas, ni tampoco subsume lo examinado bajo leyes determinadas, sino que descubre, clariica y relexiona. No obstante, ello nos lleva a deducir que la filosofía no tiene objeto propio ni determinado. Es aquí donde la autora se pregunta cómo, entonces, es posible la investigación filosófica. El argumento de Cordua, enhebrado a la luz de los pensamientos de Husserl y Wittgenstein, es que la investigación filosóica tiene por objeto ser una mirada crítica al estudio sobre al cual se dirige. La filosofía no llega a resultados deinitivos, pero sí ayuda a clarificar el ojo que examina el objeto de estudio. Y esa clarificación va enlazada íntimamente al trabajo de la crítica, crítica que relexiona, piensa y vuelve a pensar lo examinado, sin cerrar nunca su objeto de estudio.

El ensayo que cierra el libro está dedicado a desentrañar los distintos signiicados que el silencio tiene. Para ello, Cordua primero realiza una breve reconstrucción de los diferentes sentidos que el silencio ha tenido a lo largo de la tradición filosóica; luego, analiza el signiicado que Wittgenstein le otorga a ese concepto. Para los griegos, siguiendo la relexión de la ilósofa, el silencio era una cualidad bastante valorada, porque denotaba autocontrol y sabiduría. Quien guarda silencio es una persona que es reflexiva, que sabe cómo sopesar las diferentes situaciones de la vida. Con el cristianismo, el silencio adquiere una virtud mística, pues quien guarda silencio es quien mira dentro de sí a la espera de que algo sea revelado en su interior. El silencio, al ser una introspección, es el símbolo por antonomasia de lo que se anuncia. Tanto en el mundo antiguo como en el medioevo las manifestaciones interiores eran silenciosas. Mientras más silencio, más pura y clara era la visión manifestada. Con la modernidad, sin embargo, el silencio pasa lentamente a ser relegado, pues el saber —o la sabiduría— debe expresarse mediante la palabra hablada. Es aquí donde Cordua hace ingresar a Wittgenstein, quien consideraba que era mejor callar antes que decir algo que no tuviera sentido. No poder guardar silencio y hablar sin sentido es, al parecer, el gran mal de la modernidad y el mundo contemporáneo. Wittgenstein acusa esa necesidad de mantenerse hablando para expresar lo inexpresable, pues ello provoca que el sentido de las cosas se pierda. Al que no es capaz de mantenerse callado le inquieta el silencio misterioso del silencioso, «pues lo que nunca se le va a ocurrir es que el silencioso podría haber encontrado un acceso al lenguaje mudo de las cosas, que se percibe pero que no se deja describir» (232). Esta última cita de Cordua nos deja una relexión interesante y profunda, que nos lanza un pensamiento en torno al silencio que abre una lectura ininita acerca de él.

La producción filosóica a veces nos sorprende con libros como el que reseñamos, donde si bien los contenidos tratados son complejos y difíciles, la lectura se resuelve gracias a una escritura abierta, fluida y sofisticada en su accesibilidad. Once ensayos filosóicos es de esa clase de producción, ya que no es un libro compuesto por ensayos dedicados a un público especializado (como los ya clásicos artículos académicos, que parecen ser de un especialista para otro, cerrando aún más el pequeño círculo de la investigación filosóica), sino que está hecho por una especialista que entrega una lectura dinámica y pedagógica, hábil y elocuente sobre los temas tratados. Carla Cordua nos entrega once ensayos relexivos, analíticos y sumamente rigurosos, demostrándonos que la filosofía puede ser leída por ojos inexpertos, siempre y cuando sean atentos y lo suicientemente relexivos.