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Psicoperspectivas

versión On-line ISSN 0718-6924

Psicoperspectivas vol.11 no.1 Valparaíso  2012

http://dx.doi.org/10.5027/psicoperspectivas-Vol11-Issue1-fulltext-167 

Psicoperspectivas. Individuo y Sociedad, Vol. 11, No. 1 (2012), Págs.: 134-157
doi: 10.5027/psicoperspectivas-Vol11-Issue1-fulltext-167

ARTICULO

 

Recampesinización en la Argentina del siglo XXI

Repeasantization in the Argentina of the 21st Century

 

Diego Domínguez

Universidad de Buenos Aires, Argentina

Dirección para Correspondencia


RESUMEN

Se desenvuelven en el país situaciones donde las familias del campo deciden permanecer en sus lugares o recrearse en otros nuevos a partir de la producción directa, bajo condiciones tecnológicas que buscan escapar a la dependencia de insumos externos, desplegando formas de control de los recursos ancladas en la comunidad. Algunas de estas situaciones se dan en el marco de experiencias de acción colectiva, y otras como respuesta a desafíos socio-económicos asumidos en el cotidiano familiar. Vivimos un proceso de activación política de la identidad campesina visible en la emergencia creciente de organizaciones que se autodefinen como parte del campesinado. En estas condiciones observamos en diferentes espacios rurales la elaboración de una perspectiva campesina -que buscaremos caracterizar- para resolver los desafíos de los cambios en el agro y en las formas de control y apropiación de los bienes naturales.

Palabras clave: campesinado, producción, autonomía, Argentina, campesino


ABSTRACT

In Argentina, families from the countryside decide to remain in their areas or reproduce themselves in new places, resorting to direct production, under technological conditions that seek to maintain independence from external supplies, and deploying modes for controlling resources anchored in the community. While some of these situations take place in the context of experiences of collective action, others respond to the socio-economic challenges faced in everyday familiar realms. We are living a process in which the peasant identity is politically activated; a process that becomes visible in the growing emergence of organizations that define themselves as part of the peasantry. Under these conditions, we observe in different rural spaces the elaboration of a peasant perspective, which we attempt to characterize, aimed at facing the challenges posed by agrarian transformations and in the forms of control and appropriation of natural resources.

Keywords: peasantry, production, autonomy, Argentina, peasant


Introducción  

Una declaración de no neutralidad  

"A diferencia de otros campesinos, eran capaces de ironía"

Los Gauchos, Jorge Luis Borges

En los autoproclamados campesinos, en sus vidas, en su larga trayectoria como experiencia humana, hay algo inexplicable desde el pensamiento progresista más que inaccesible. Su supuesta naturaleza misteriosa e irracional, como señalara Karl Kautsky (1974), antes que atributo propio, parece más bien expresar los intentos de impugnación que efectúa el discurso modernizador sobre ciertas formas de existencia social. Contra cualquier descuidada e irrespetuosa objetivación, optamos por dar cuenta de lo que vislumbramos como señales de una sutileza ancestral, persistentes en las condiciones más adversas.

Aclaremos no obstante lo anterior, pues en este país el uso de la palabra “campesino” pone a quien la enuncia bajo sospecha1 . Al final de cuentas en general se acepta la afirmación de que en Argentina no existe una tradición académica que investigue sobre estas realidades. En este marco, la ausencia relativa de campesinos podría asociarse con un problema doméstico de las ciencias sociales de este país.

Por nuestra parte, pretendemos aquí abonar brevemente los intentos por visibilizar aquellas realidades que ponen en jaque o desnaturalizan la existencia de un proceso universal e inevitable de alienación o proletarización y clausura de toda experiencia humana en aquella propia del “hombre de hierro” 2. Se trata de aportar algunos elementos para relativizar o contrapesar las afirmaciones de un paradigma (del fin del campesinado), legitimado en las ciencias sociales, que se va agiornando en infinitos estudios de caso sobre la nueva ruralidad, pluriactividad, empleo rural no agrario, asalarización de la población rural, etc.

Intentaremos seguir la propuesta de aquello que Boaventura De Sousa Santos (2006) llamara “sociología de las ausencias”3 , señalando en este caso la existencia de situaciones sociales en las cuales se reivindica el hacer-estar del campesinado. Más aun en tiempos donde, como lo expresan Teodor Shanin (2008) y también el escritor John Berger (1979), los campesinos aportan pistas y huellas para la imaginación de caminos que nos ayuden a entender y quizás recorrer esta encrucijada civilizatoria de escala planetaria4 . Esto no pretende abrir mano de la capacidad explicativa de las tesis sobre la desarticulación histórica del campesinado en las condiciones impuestas por el capital, ya sea vía subsunción, ya sea vía lo que Aníbal Quijano (2000b) conceptualizó como articulación/subordinación heterogénea, discontinua y conflictiva, de todas las formas de trabajo y control de los recursos-productos, bajo un patrón de poder mundial como el capitalismo, o vía lo que los geógrafos brasileros llaman “monopolización del territorio por el capital” (ver Oliveira, 1994; Tomiasi Paulino y De Almeida, 2010). Antes bien, en tales condiciones, habría que asumir la reproducción contradictoria del campesinado en el marco del capitalismo. No obstante, salvaguardándonos siempre de evitar el supuesto que entiende toda realidad agraria bajo lo que Boaventura de Sousa Santos (2000) ha llamado críticamente la comprensión monocultural del monoproductivismo capitalista.

Nos interesa transitar sintéticamente por diversas situaciones que se desenvuelven en el país, donde las familias del campo deciden permanecer en sus lugares o recrearse material y simbólicamente en sitios nuevos a partir de la producción primaria directa, bajo condiciones tecnológicas que buscan escapar a la dependencia de insumos externos, desplegando formas de control de los recursos humanos y naturales ancladas en la familia o la comunidad. Algunas de estas situaciones se dan en el marco de experiencias de acción colectiva, y otras como respuesta a desafíos socio-económicos asumidos en el cotidiano de la trayectoria individual y familiar.

Actualmente es posible traer estas cuestiones pues vivimos un proceso de activación política de la identidad campesina. A lo largo de todo el país emergen de forma creciente y visible organizaciones (locales, regionales, y nacionales) que se autodefinen como parte del campesinado5 , en tanto locus de enunciación de un modelo agrario antagónico al que desenvuelve el agronegocio. En estas condiciones observamos en diferentes espacios rurales del país la elaboración de una perspectiva campesina para resolver los desafíos de los cambios en el sistema agrario y en las formas de control y apropiación de los bienes naturales.

Las Ciencias Sociales en la hora del campesinado

Un conjunto importante de analistas entienden que el campesinado vive hoy tiempos de “clasificación” (Quijano, 2000a), “re ruralización” (Bengoa, 2003), o de “recreación” (Shanin, 2008), que ha “resucitado” con vigor e imaginación (Bartra y Otero, 2008). Es decir, no se trata de una presencia histórica pasada. Es una presencia que se ha reactualizado, es una presencia que está siendo reinventada. Y si bien, lo fundamental es que este proceso está siendo reconocido al interior del mundo científico y en forma creciente la actitud de reparación histórica pivotea con el compromiso militante entre investigadores y pensadores, es cierto también que está siendo sopesado de distinta forma por aquellos que lo advierten.

Para Teodor Shanin (2008) pueden mencionarse al menos tres procesos o características generales que atraviesan al campesinado en nuestros días. En primer lugar, una involución agrícola y económica del campesinado, que se expresa en una situación de pobreza que no se resuelve por su misma cuenta. En segundo término, se registran procesos de creación y recreación campesina, cuyo ejemplo entre otros, son los sem terra de Brasil donde campesinos/as y no campesinos/as acceden a la tierra vía ocupaciones y/o entregas desde el Estado. La recreación del campesinado se estaría desplegando también en base a elementos étnicos. Finalmente, señala el autor la capacidad del campesinado de adaptarse a nuevas condiciones. Se trataría de una gran flexibilidad que le permite sobrevivir, elaborando creativos modelos y estrategias, incluso de alcance internacional (Shanin, 2008). Otros autores, como José Bengoa (2003), que también rechazan la “muerte del campesinado” profesada en los años de 1990, señalan que la realidad rural y campesina ha sufrido en estas últimas décadas profundas transformaciones. En primer lugar se trata de una pérdida de autonomía de lo rural en relación al resto de la sociedad, lo cual podría estar cuestionando la continuidad de lo campesino como modo de vida. No obstante no debe entenderse este proceso como mera desarticulación de los mundos rurales, sino que nos hablan de potencialidades nuevas, como por ejemplo la “re ruralización” que viven “los sin tierra” en Brasil. Para este autor, la realidad campesina se desenvuelve en un mundo rural que ha vivido cinco desplazamientos: 1) de la hacienda a la empresa moderna exportadora; 2) de campesinos a pobres rurales; 3) de los siervos del campo a los temporeros6 ; 4)de campesinos a indígenas; 5) de campesinos a campesinas. La movilización indígena y campesina, también es destacada por algunos autores, en relación al surgimiento de demandas con gran capacidad transformadora, como es la invocación de autonomía, cuestionadora de la hegemonía del orden político estatal capitalista (Bartra y Otero, 2008). Incluso en la perspectiva de clase de Aníbal Quijano (2000a) el campesinado Latinoamericano estaría pasando por una nueva etapa. En la actualidad el campesinado habría logrado avanzar en la constitución de una clase social, con capacidad de identificar sus propios intereses, crear estructuras para su alcance y defensa, e identificar a sus enemigos y posibles aliados (Quijano, 2000). Si tomamos los aportes de Víctor Toledo (1992), la cuestión campesina ha reflorecido con un nuevo paradigma filosófico y político, en un maridaje poderoso con la cuestión ecológica. Se trata de las luchas ecológico-campesinas, una práctica política que religa esferas de la realidad que la civilización dominante ha separado: naturaleza, producción y cultura (Toledo, 1992). Según Eduardo Sevilla Guzmán, otro autor muy reconocido y en frecuencia con el anterior, lo que ha impulsado la vigencia del campesinado hoy proviene de la cuestión agroecológica. El campesinado sería tributario de una “racionalidad ecológica”, que lo coloca en posición de desarrollar sistemas ecológicamente apropiados al uso de los recursos naturales. En este sentido el enfoque de la agroecología lo definiría más que como una categoría histórica o sujeto social, como una forma particular de manejar los recursos naturales. Comprendidos de este modo, los campesinos/as variarían en su grado de “campesinidad”, y sus luchas por la tierra variarán también en función al modo en que cada uno de los campesinados de los movimientos sociales mantiene “las bases de la reproducción biótica de los recursos naturales”. Para el geógrafo Bernardo Mançano Fernándes la recreación del campesinado está asociada directamente con la ocupación de tierras; proceso que registra en gran parte de los países latinoamericanos un aumento significativo en las últimas dos décadas (Mançano Fernándes, 2004).

Esta intensa reactualización del interés académico sobre la cuestión campesina en diferentes países retira a estas realidades del ostracismo teórico, en un contexto de imposibilidad de negar la reemergencia del activismo campesino en múltiples escalas geográficas. Proceso singularmente evidente en países como Brasil7 , donde la recampesinización es aguda e incluso impulsa en alguna medida el desmantelamiento de la proletarización urbana, y donde la universidad como institución se ha ido implicando en forma creciente con las poblaciones que desandan estos caminos. Sin embargo, a la par de la reinstalación de la cuestión campesina en los ámbitos académicos, se revitalizan las posiciones críticas y por ende los debates. Debates nuevos retoman no obstante los tradicionales. Se replantean aquellos que fueron propios de los años setenta, principalmente en México, cuando se debatía entre posiciones campesinistas y descampesinistas, y se extendía la discusión sobre la baja o alta clasicidad del campesinado y la naturaleza revolucionaria o reformista de este. Actualmente, existen algunos debates centrales no solo en el plano académico a la hora de caracterizar la situación y condición del campesinado: la cuestión campesina frente a la cuestión indígena, y por otro lado, frente a la agricultura familiar. A su vez pivoteando sobre la particularidad del sujeto campesino frente a los pueblos originarios se desenvuelven otros debates que giran sobre la relación del mismo con el territorio, con los procesos identitarios, y la autosuficiencia económica y la autonomía política. Así como pivoteando en torno del rol del campesinado en los modelos de desarrollo y los compromisos mutuos con el Estado moderno, se despliegan debates que giran sobre la relación del campesinado con el mercado, con la producción del conocimiento y los paradigmas tecnológicos en contextos de crisis ambiental, con el sistema agroalimentario en la fase actual de hegemonía del agronegocio.

Pareciera que la significancia de la reinvención política del campesinado, que ha despertado interés y su reactualización en el campo científico, no reside en su carácter de persistencia de resabios pre-capitalistas en el marco de una incompleta acumulación originaria, o de refugio pre-moderno ante la crisis del contrato social que supuso la desarticulación del Estado de Bienestar y el movimiento social de los productores alienados o asalariados. La clave de análisis que entendemos subyace en los autores citados comprende la actual emergencia de la cuestión campesina como parte de un movimiento histórico incierto y contradictorio que cuestiona al capitalismo global y a la civilización industrialista a partir de la reivindicación de los productores directos (familiares, cooperativos, comunitarios, urbanos, rurales, etc.) y del cuidado de las condiciones naturales de la reproducción humana, los bienes naturales, que en algunos casos supone también un proceso de etnogénesis.

Metodología: Experiencias de recampesinización en Argentina

Los debates sobre la presencia y definición del campesinado en Argentina, y los distintos nombres y clasificaciones que la noción ha padecido, han variado históricamente al compás de las luchas que involucraron a las poblaciones de la campaña, y la correlación de fuerzas en la sociedad en general: colono, chacarero, campesino, minifundista, pequeño productor, productor familiar, agricultor familiar. Son ejemplos los debates teóricos en distintos momentos históricos, entre Placido Grela y Aníbal Arcondo sobre el sujeto del “Grito de Alcorta”, o entre Francisco Ferrara y Leopoldo Bartolomé por el tipo de demandas y el sujeto de las Ligas Agrarias, o entre Norma Giarracca y Mabel Manzanal en torno de los sujetos de las políticas públicas rurales y agrarias en un contexto post-dictadura. Ahora existe un debate, encarnado por el Estado de un lado (desde el Foro Nacional de Agricultura Familiar y la Secretaría de Desarrollo Rural y Agricultura Familiar) y el movimiento rural por el otro en torno de los alcances y características del sujeto campesino y agricultor familiar. El regreso de la categoría “campesino”, evidentemente tiene estrecha relación con su rehabilitación política en muchas de las provincias argentinas.

Ya en la década de 1990, Miguel Murmis (1994) proponía para pensar los escenarios agrarios de Latinoamérica (y Argentina particularmente) en un contexto de desregulación, algunos ejes generales de reflexión que incluían a las realidades “campesinas”. Por un lado, se hace referencia a la nueva polarización que muestran en general los estudios rurales en el continente entre empresarios / campesinos (sustituyendo la de latifundio / minifundio). Esto signado por la situación que se refleja al interior de los complejos agroindustriales donde se habría roto la funcionalidad del campesinado y se habría instalado la dinámica inclusión / no inclusión. De modo que, en un contexto de exclusión, aquello que caracterizaría al campesinado sería un estado de carencia (capacidad de producción decreciente y consumo insuficiente). Frente a este diagnóstico el autor indica la existencia de dos miradas de análisis: una que pone el acento en el empobrecimiento crónico que haría de la campesinidad una condición de refugio, y otra para la cual existirían posibilidades de un desarrollo vía la adquisición de competitividad en el mercado. No obstante, agrega el autor, se constata la existencia simultánea de conductas productivas que explican la persistencia de estos sujetos sociales (aunque en términos de pobreza), y por otro lado, de acciones colectivas que refrescan una “persistencia secular” que entrelaza demandas por tierra e identidad.

Mencionaremos también un proceso de persistencia que es secular pero que se ha activado recientemente, el de la reafirmación de sus formas organizativas y control de tierra por parte de comunidades aborígenes. Esto se ha visto ligado también a una rediscusión del alcance de las actividades colectivas (Murmis, 1994, p. 112).

En la Argentina actual, al compás de la desarticulación de las agriculturas familiares y campesinas, y de la presión de la frontera agropecuaria, se ha dado la gestación de estrategias de reproducción desde los productores directos que habitan en áreas rurales. En distintos lugares del país se pueden observar, desde hace algunos años ya, experiencias de recreación campesina, con niveles variables de mejora en las condiciones de vida y en la capacidad de gestión familiar y colectiva del trabajo o del intercambio. Por lo general se trata de realidades que pivotean entre el registro socio-económico y el político.

Una mirada descuidada podría hacer pensar que de pronto surgen comunidades campesinas allí donde se terminaba el camino, o la desatención urbana podría verse sorprendida ante los anónimos parajes de la ruralidad profunda que por algún hecho desgraciado se tornan noticia en medios locales o nacionales. Incluso el Estado miope en estos asuntos desliza una mirada hacia esos viejos-nuevos mundos, y se crean organismos y partidas presupuestarias para esos “sectores” renacidos a los que también hay que ponerlo nuevos nombres8 . Los habitantes de las grandes y pequeñas ciudades que sufren o se preocupan con las crónicas del desastre socio-ambiental celebran banderas universales soñadas ya por las organizaciones campesinas, tales como la soberanía alimentaria.

En distintas provincias hemos identificado experiencias de producción, procesamiento, distribución, en una corriente general de (re)constitución de modos campesinos de vida, que se nos presentó primeramente como recampesinización, y que arriesgamos analizarla como emergencia de una perspectiva singular que asume su forma más acabada en propuestas como soberanía alimentaria, o reforma agraria integral, que sostiene la mayor parte de las organizaciones campesinas del país. Entendemos que estamos frente a una trama instituyente de nuevas identidades colectivas y procesos de sociabilidad, un conjunto de puntos densos en prácticas materiales y simbólicas que se factualizan a nivel local, regional y nacional. Siendo así, entendemos que la recampesinización, pero más precisamente la actualidad de la cuestión campesina en Argentina, puede comprenderse en tanto campo de experimentación socio-económico y político, cuya significancia reside en el contrapunto con la agricultura industrial, pero también en tanto afirmación de nuevos vínculos de cooperación productiva, de reciprocidad con la naturaleza, y de reorganización ética de la dicotomía campo-ciudad.

Contamos hasta el momento con el respaldo empírico de casi cincuenta registros en nuestra “matriz de experiencias campesinas” 9, confeccionada en base a diferentes trabajos de campo realizados a partir de 2003 en las áreas rurales bajo influencia de organizaciones campesinas de Buenos Aires, Córdoba, Chaco, Formosa, Jujuy, Mendoza, Misiones, Salta, Santiago del Estero. Los datos se elaboraron mediante técnicas de entrevistas individuales y colectivas a integrantes y dirigentes de organizaciones campesinas, talleres temáticos participativos, reuniones comunitarias de video-debate, observación participante y recorrida cartográfica10 . La información así recabada fue combinada con la información presente en documentos de las mismas organizaciones.

En su mayoría, estás situaciones se hallan ubicadas en departamentos que cuentan con una presencia de explotaciones agropecuarias de “pequeños productores” superior a la media nacional11 . Si bien no se trata de un registro que utilice la categoría “campesino”, asumimos que se trata de un tipo de clasificación que incluye en ese lugar censal una parte de aquellas realidades que estarían implicadas hoy en experiencias de recampesinización.

Tabla 1
Densidad de Explotaciones Agropecuarias (EAPs) de Pequeños Productores en los departamentos que registran experiencias de recampesinización

t1art07

Se trata de un proceso amplio geográficamente. Su intensidad mayor la hemos observado en la región del NEA, sin embargo se extiende en diversos puntos del país. En algunos casos se vincula con los cambios en la matriz agroindustrial, y el desacople de los pequeños productores de los encadenamientos. En zonas de Chaco o Formosa, la crisis del algodón llevó a los colonos capitalizados a la recuperación de la diversificación productiva, combinando ganadería, agricultura de autoabasto, y producción frutihortícola para provisión de las localidades cercanas. En forma similar esto ocurrió tempranamente en Misiones, donde aquello que puso en cuestión la trama agraria anterior fue la crisis de la yerba y el tung, con una consecuente búsqueda de diversificación productiva desde la década de 1970 12. En otros casos, como ocurrió en gran parte de las provincias del NOA (Santiago del Estero, Jujuy, Salta, etc) y la Patagonia, el cambio de matriz productiva llevó a algunos actores del núcleo agroindustrial a presionar directamente sobre el control de la tierra, elevando la tensión en áreas rurales a partir del desconocimiento de los derechos de las poblaciones locales. En tales condiciones, como contrapartida emergieron estrategias de producción e intercambio en clave de autogestión.

También ha sido un factor co-variable de este proceso de recampesinización la reducción en la demanda de mano de obra rural, dado que las poblaciones que no optaron por la migración campo-ciudad, se encontraron con la necesidad de gestar su reproducción al margen de la venta de fuerza de trabajo, que en un marco de ascenso de la reivindicación de una identidad colectiva campesina significó por un lado la fermentación de novedosas actividades, como las ferias de intercambio de material genético en semillas criollas, o la conformación de escuelas y colegios con una currícula definida por sus comunidades, o la combinación de cultivos forestales con ganadería y agricultura, y por otro, la recuperación de prácticas tradicionales caso la minga o el trabajo comunitario para arreglo de caminos, construcción de viviendas, siembras y cosechas. A su vez, cabe señalar, aunque en menor medida, la contribución que ha tenido con la emergencia de estás experiencias el regreso a las comunidades de personas que habrían migrado a la ciudad en décadas anteriores y contaban incluso con alguna práctica en luchas sindicales. Casos de este tipo los hemos registrado en zonas del Salado Norte (Santiago del Estero), Tres Isletas (Chaco), y en Finca San Andrés en Orán (Salta).

El activismo campesino, surgido en Santiago del Estero, no solo tiene significancia en la provincia, sino a nivel nacional. Por un lado, ha sido en Santiago del Estero, desde donde se renovó el impulso de la identidad campesina en Argentina. A su vez, esta experiencia ha traccionado otros procesos organizativos de las poblaciones rurales de otras provincias, y ha inspirado organizaciones urbanas. Incluso, la llamada “división” de las organizaciones campesinas de la provincia, en sentido estricto lo que hace es demarcar la variedad de metodologías de acción política que existen entre las organizaciones campesinas de Argentina. El Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MOCASE), en su diversidad, sigue siendo una referencia obligada en materia de lucha por la tierra y sinónimo de resistencia campesina en nuestro país. En sintonía con lo señalado por Teodor Shanin acerca de la internacionalización campesina, mencionemos que el MOCASE ha sido pionero en la articulación de este sujeto colectivo a nivel global, con su participación en la Vía Campesina (VC).

No obstante, gran parte de la riqueza de la experiencia que encarna el MOCASE-VC se muestra en la comunalización de los parajes rurales (fuertemente en los departamentos de Pellegrini, Copo y Alberdi, que registran una alta presencia de explotaciones agropecuarias de productores familiares). Primero en torno de la identidad campesina, y luego a partir de la afirmación de identidades indígenas. Con la comunalización, las familias se han ido agregando y han gestado espacios conjuntos de trabajo, reflexión y acción. Entre los resultados más destacables cuenta el haber instituido el propio derecho a la tierra: combinando la normativa jurídica vigente, con la revalorización de la herencia ancestral sobre las formas de apropiación del monte. Las comunidades campesinas e indígenas de Santiago del Estero han elaborado una aspiración territorial, con un plan para el uso de los bienes naturales, una metodología de trabajo agrícola basada en la agroecológica, un proyecto productivo anclado en el ideal de la soberanía alimentaria. Según los mismos integrantes del MOCASE-VC existe un modo particular de hacer las cosas, sea la fabrica de queso de cabra, las carnicerías, la escuela de agroecología, las radios FM, los talleres de formación, etc, este es “campesinadamente” (entrevista campesino del noroeste santiagueño, 2008).

La provincia del Chaco guarda diferencias entre unas zonas rurales y otras haciendo difícil la generalización. Sin embargo, el giro en su matriz productiva acercó las realidades de los colonos algodoneros propietarios de tierras, con los pequeños arrendatarios, con los peones rurales, y las comunidades aborígenes. La crisis del complejo algodonero (en un marco de crisis más amplio de las “economías regionales”) y el avance de los frentes oleaginoso y arrocero, pusieron a aquellos sujetos agrarios y rurales en una posición precaria, amenazada. Evitar el arriendo de la propia tierra, no entregarse a la migración, y resistir los desalojos, fueron actitudes asumidas por las familias y comunidades para no salir de la producción. Pero como no era esto suficiente, en simultáneo, tuvieron que delinearse estrategias de reconversión productiva. Esto último estuvo en manos de las organizaciones campesinas, como lo ha hecho la Unión de Pequeños Productores del Chaco (UNPEPROCH), tanto en los departamentos tradicionalmente ocupados por colonias algodoneras (Comandante Fernández o Quitilipi), como en aquellos dedicados a la explotación forestal o de algún monocultivo intensivo como la caña de azúcar (Bermejo). Una de las estrategias desplegadas, y que viene mostrando resultados que las organizaciones celebran, es la reconversión productiva a la ganadería campesina. Esta se caracteriza actualmente en el Chaco, por estar ligada al autoabasto y al comercio local, así como su gestión es realizada por cada familia o bien comunitariamente, al igual que la trashumancia de las comunidades kollas del norte argentino, o de los mapuches y de los crianceros criollos de la Patagonia. Pero a diferencia de éstas no cuenta con la disponibilidad de diferentes pisos ecológicos (para el control vertical del ecosistema), aprovechables en las sucesivas estaciones del ciclo anual, sino que se presenta como intrínsecamente vinculada al uso sustentable y comunitario del monte nativo de cada zona.

La estrategia de ganadería campesina también ha significado, como lo expresan los integrantes de las organizaciones, la necesidad de ampliar la dotación de tierras en manos de cada familia, o de acceder a las suficientes en los casos de no poseer ninguna parcela. Con esta necesidad emergió en la provincia una presión campesina sobre tierra frente al avance de las empresas forestales, sojeras y arroceras. En tanto proceso colectivo esta presión se erige como intencionalidad para la diagramación de espacios socio-productivos bajo control de las familias campesinas. Según los trabajos del GEPCYD (2010), la zona del ex Ingenio Las Palmas es clave para observar tales procesos. Allí se registra por un lado la afluencia de ex productores algodoneros sin tierra, que arrendaban en otros departamentos de la provincia, y que una vez organizados se vuelcan a la recuperación de tierras del ex Ingenio “para no abandonar el campo”, y por otro, se destaca el pasaje de ex peones rurales a campesinos ganaderos, o como lo indican los mismos protagonistas sin ocultar alivio y orgullo: “pasamos de jornaleros a pequeños productores” (entrevista campesino chaqueño, 2010).

En el departamento formoseño de Pirané se encuentran colonias que guardan similares características: Villa Dos Trece, Loma Senés, La Disciplina, Campo Hardy, entre otras. Quienes allí viven en su mayoría fueron algodoneros, colonos del “oro blanco”. La caída en el precio del producto, la falta de políticas públicas apropiadas, la aparición de innovaciones tecnológicas, fueron el escenario en el cual gran parte de las familias algodoneras no pudieron mantenerse en la producción: pagar salarios en la cosecha, comprar insumos, o actualizar maquinaria. Como contrapartida las familias fueron acrecentando las áreas destinadas a cultivos para el autoconsumo, o al pastoreo de ganado, generándose rápidamente excedentes alimenticios comercializables en las ciudades cercanas (Pirané, El Colorado, etc.). Así proliferaron ferias locales, ancladas en la experiencia acumulada de las ferias francas de Misiones. Esta salida del algodón implicó reconversión productiva y revalorización de saberes propios, en el marco de estrategias asociativas, sobre todo en lo que refiere al mercadeo en la escala local de hortalizas y productos de chacra (maíz, zapallo, poroto, mandioca). Algunas de estas iniciativas se entroncan en las diferentes líneas del MOCAFOR (Movimiento Campesino de Formosa).

En los testimonios recogidos en las distintas colonias se hace referencia al empobrecimiento que sobrevino a la crisis del algodón. Esto puede observar en el deterioro de las viviendas, en la presencia de tractores y otras maquinarias agrícolas ya inutilizables al costado de las casas, y en la difusión que tiene entre los ex-colonos algodoneros el arriendo o cesión de tierras propias a empresas o grandes productores externos a la colonia. Pero también en los testimonios se encuentra la reivindicación de la propia capacidad productiva al margen de los complejos agroindustriales, la posibilidad de vincularse directamente con los consumidores a partir de la venta de alimentos, y la valorización de la síntesis de saberes que encarna la agroecológica (observación ancestral y conocimiento científico). Las ferias locales son asumidas como estrategia propia, como lo dijera una de las mujeres de Loma Senés “aunque no le guste al gobierno, lo hicimos nosotros mismos” (entrevista campesina formoseña, 2003), ante el caos surgente de la crisis del modelo de integración agroindustrial sostenido por determinada matriz estatal. Esta conciencia es lo que está en la base de la sostenida difusión geográfica de las ferias, que ya no pueden seguir siendo interpretadas como paliativos económicos, válvulas de escape con fecha de vencimiento.

En Mendoza se asiste a la transformación de antiguos trabajadores rurales de fincas abandonadas por sus dueños que deciden asumir el control de la unidad productiva tanto para la vida, como para la generación de emprendimientos en base a cultivos comerciales, o el procesamiento que resulta por ejemplo en la producción de vino. Se trata de estrategias surgidas a la sombra de los procesos de organización en áreas rurales que se registran en el centro y norte de la provincia: fuertemente en los departamentos de Junín y Lavalle. La Unión de Trabajadores Sin Tierra (UST) expresa esta iniciativa en la cual poblaciones asalariadas o que reconocían un patrón pasan a demandar tierras, las ocupan, y las ponen en producción. Esta experiencia se caracteriza por el intento de agregar valor en un encadenamiento de la producción bajo control campesino. Así se está realizando actualmente con al menos dos productos primarios: uva y tomate. Por un lado, producen y comercializan vino, y por otro, salsa de tomate, a precios accesibles para el consumo masivo. La herramienta organizativa es la forma cooperativa que se inserta con sus productos manufacturados en las redes de comercio justo o mercados solidarios en diferentes provincias. Estos procesos que señalamos se desenvuelven mayormente en los departamentos de Junín y Lavalle, justamente aquellos de mayor concentración de explotaciones agropecuarias en la provincia.

En la provincia de la tierra roja, Misiones, se observan procesos, recientes y no tanto, en los cuales contingentes de familias, provenientes de diversos lugares de la provincia o extraprovinciales, ocupan extensas áreas. Se trata de ocupaciones silenciosas, sin planificación, que ocurren paulatinamente pero sin pausa. Algunos autores llaman al proceso “colonización espontánea” (García, 2005). En algunos casos las familias se organizan luego o a partir de la ocupación de las tierras. Así ha ocurrido a lo largo de las tierras que recorre la ruta provincial 17, que une El Dorado con la ciudad de Bernardo de Irigoyen (frontera con Brasil), y circula entre los arroyos Piray Guazú y el Piray Mini. Allí se han asentado en las últimas décadas miles de familias, algunas de las cuales luego, y como resultado de los intentos de desalojo por parte de empresarios y del gobierno provincial, conformarían la Comisión Central de Tierras (CCT). Esta experiencia de ocupación extendida de tierras por parte de familias que resisten a la migración campo-ciudad, y deciden permanecer como productores directos, se despliega justamente en algunos de los departamentos de la provincia con mayor densidad de explotaciones agropecuarias según el CNA 2002: El Dorado, General Manuel Belgrano y San Pedro. En este tipo de experiencias es de destacar que los desplazamientos campesinos en busca de tierras no responden a la lógica de las fronteras político-administrativas provinciales o nacionales, y aunque pueden verse afectadas por éstas no son la base de su intencionalidad o impulso de su estrategia. En general las reivindicaciones de tierras para las familias colisionan con los intereses de empresas forestales que buscan extraer madera nativa y hacer uso de las fuentes de agua dulce, ocupando también áreas fiscales. En algunos casos las familias no logran apropiarse de porciones significativas de tierra y pasan a vivir en las banquinas, corriendo todo tipo de riesgo, caso de sufrir los efectos de las fumigaciones en las plantaciones de madera que las rodean.

La existencia de familias llamadas y auto-asumidas “banquineras” (por habitar en banquinas de rutas, sobre todo provinciales), no se limita a una sola provincia. Es un fenómeno extendido, observable como vimos en Misiones, pero también en provincias como Santa Fe (zona noreste), Chaco (zona este), Santiago del Estero (zona centro-este) y Córdoba (zona norte). Se trata de familias que buscan sobrevivir como tales en las orillas de rutas, con un pequeño espacio para chacra, animales, y/o haciendo “changas”, y empleándose estacionalmente en tareas agrícolas. Interpretamos estas experiencias en tanto modos de reproducción de campesinidad, aunque sea en las peores condiciones, en la medida en que se pone en juego la resistencia a la migración definitiva a centros urbanos, y a la venta de fuerza de trabajo como único modo de obtener ingresos, manteniéndose deliberadamente alguna capacidad de autoconsumo en el marco de una estrategia asumida como unidad doméstica y productiva.

Otro proceso de extendida difusión, como la presencia de familias “banquineras” que se resisten a la mercantilización absoluta de su fuerza de trabajo y al éxodo a las medianas o grandes ciudades, es el de las ferias locales o francas, que vimos en el caso de Formosa. En verdad, el origen de las ferias francas (FF) en el país había sido en la provincia de Misiones, donde estas estrategias comerciales tienen abundante presencia; justamente una provincia en la cual las crisis del modelo agroindustrial de inclusión subordinada había sido el marco de la temprana diversificación productiva que mencionamos antes. Las ferias francas, como estrategia comercial, con sus deficiencias y aciertos, pueden ser comprendidas como indicador de recampesinización, pues se inscriben en la gestación de iniciativas que buscan evitar la salida de la producción y la proletarización, y funcionan como bisagra entre la producción de alimentos para la familia y para los mercados locales.

Resultados

Reemergencia de lo campesino: La perspectiva campesina

Entendemos que tales dinámicas se han dado en el marco histórico del desacople de las unidades de producción familiar de los complejos agroindustriales, de extendidas operaciones de desalojo y arrinconamiento de estas familias y comunidades, de la reducción de la oferta de empleo en áreas rurales. En efecto, este enmarcamiento histórico explica las adversas condiciones en las cuales los campesinos/as apuestan a su recreación. Las experiencias de recampesinización en cada lugar colisionan con algún sector del empresariado agropecuario o extractivista: forestales, sojeros, ganaderos, mineros, etc.

Consideramos que todas estas situaciones son diferentes indicadores de un mismo proceso de recampesinización en Argentina: redes de mercadeo alternativo, diversificación productiva, recuperación del autoabasto, ferias locales, cadenas de agregación de valor, recuperación y síntesis de técnicas agronómicas tradicionales y científicas, etc.

Unos y otros casos dan cuenta de aquellas dimensiones que podemos reconocer como propias de los modos de vida de base familiar o comunitaria que resisten los procesos de proletarización absoluta o subsunción al capital.

En todas las experiencias analizadas encontramos la reconstrucción de la capacidad de autoconsumo o “autoabasto” (Sabatino, 2007). Este dato cobra mayor importancia si tenemos en cuenta el marco más amplio a partir de los datos sobre autoconsumo del CNA 2008 (a pesar del subregistro deliberado de unidades familiares dedicadas autoconsumo). El censo reconoce la existencia de casi 1 millón de hectáreas dedicadas al autoconsumo, concentradas principalmente en provincia de Buenos Aires, Chaco y Santiago de Estero13.

También es posible observar en las experiencias la referencia, que hacen los participantes, a un tiempo y espacio singular. Sobre lo primero encontramos la apelación al control del propio destino, disponer del devenir de la temporalidad. Una de las formas en que esto se manifiesta es en la expresa búsqueda por evitar o poder salir de relaciones asalariadas que imponen en modo heterónomo el orden de los ciclos de la producción: “ni patrón, ni empleados”. Sobre lo segundo encontramos la apelación a la disposición de un estar, un lugar, la tierra propia, o bien una tierra de la cual no es posible ser expropiado. La aspiración de control de un territorio, esbozada hoy por comunidades y organizaciones autodefinidas campesinas, debe ser entendida en esta clave de detentar un espacio de todos y para todos, que enfrenta la posibilidad de ser excluidos y despojados. Consideramos que estas referencias a una temporalidad y espacialidad, con las cuales se delinea la posibilidad de lo campesino, expresan el significado de dos términos de uso común en estas realidades. En gran parte de los relatos aparecen en forma reiterada referencias a la condición de “libertad” y al estadio de “tranquilidad”. La libertad como cuestión a ser mantenida, defendida, preservada, muchas veces a costa de sacrificios. La libertad de una existencia sin patrón, y sin empleados, donde rige la existencia de la familia y la comunidad, y donde se desenvuelven relaciones de reciprocidad con los hombres/mujeres y con la naturaleza (en base a vínculos de parentesco, vecindad, y en otras escalas en base a la elaboración de una identidad colectiva que es reactualizada de múltiples modos por las organizaciones). La tranquilidad como cuestión a ser alcanzada, aspiración, horizonte que se persigue. La tranquilidad en tanto estar bajo el abrigo del propio espacio, más allá de un título de propiedad o del derecho consuetudinario. Ser libre (como tiempo creativo) y estar tranquilo (como espacio de vida) son las condiciones para garantizar la reproducción de la familia y la comunidad en el marco de las experiencias de recampesinización.

Otro rasgo de estas experiencias es que logran generar una mejoría en los ingresos familiares o bien un ingreso colectivo o comunitario excedente (en tanto las familias extraen lo que consideran una retribución –dentro de la lógica de su reproducción, diferente para cada región- por su trabajo), visible en la incorporación de infraestructura productiva, nuevas maquinarias, ampliación de la escala de producción (más superficie para agricultura o más animales en la ganadería), avance en las etapas de procesamiento de materias primas o encadenamiento productivo, etcétera. Tales mejorías o excedentes, variables según cada experiencia, provienen en general de los rendimientos obtenidos en las experiencias de recampesinización ubicadas en zonas con condiciones ecológicas beneficiosas. A su vez, provienen también del mejoramiento en la relación entre el valor de los productos del trabajo familiar y el precio pagado a las familias por sus productos. Mientras los acopiadores que compran a las familias pagan el menor precio posible por debajo del valor del producto familiar, algunas de estas experiencias de recampesinización logran, en base a mecanismos de articulación y consenso caso las redes de “comercio justo” o “mercados alternativos”, que los consumidores “concientes” reconozcan una parte mayor de ese valor (lo cual significa un incremento del ingreso familiar). En tanto mayores ingresos familiares o remanentes colectivos, son consumidos de diversos modos: a) reinvirtiendo en la misma experiencia para aumentar la escala a partir de la incorporación de nuevas familias al proceso productivo (con entrega de animales, prestación de servicios de laboreo del suelo, atención técnica, entre otras); b) como mejoría del bienestar familiar; c) como posibilidad para mantener el activismo de los integrantes de las organizaciones. Para el último ejemplo hemos registrado, en las experiencias, la existencia de dirigentes que cubren económicamente su “militancia” y/o las “gestiones” gracias a los ingresos provenientes del trabajo comunitario o de los rendimientos de la propia producción, sobre todo en los casos de aquellos dirigentes campesinos que provienen de regiones con mejores dotaciones de recursos naturales (de agua, monte, precipitaciones regulares, suelos de calidad y en cantidad, etc).

Reconocemos que estas estrategias productivas y culturales, que reproducen modos de vida, se sostienen sobre un proceso de naturaleza política, de acción colectiva, que pone a lo campesino como posición de enunciación y como marco de sentido para la elaboración de una perspectiva campesina que ofrece una lectura de la realidad, la inteligibilidad de la actualidad agraria y rural, el pasado de las reivindicaciones y luchas del campo argentino, y que brinda los elementos para tejer alianzas con otras querellas políticas y delinear acciones en escenarios concretos. De modo tal, las experiencias descriptas se proyectan desde la afirmación de una intencionalidad colectiva. En ellas está presente la referencia a un tipo de territorialidad deseada, una forma de producción, con sus saberes, modos de organizar el trabajo y objetivos, una resignificación del mercado y de los intercambios económicos, y fundamentalmente una reconfiguración de lo que Gerardo Otero (2004) llama las “relaciones de reproducción” (entre explotados)14 , es decir, las relaciones de parentesco y etnicidad, la elaboración de lazos de comunidad en diferentes escalas, incluyendo las translocales, como la hermandad entre los pueblos como ocurre con las organizaciones de la Vía Campesina y ciertas naciones indígenas.

Proponemos entonces pensar que estamos frente a experiencias que en conjunto van conformando un movimiento de recampesinización, en tanto recorrido inverso al de la proletarización. Entendiendo que aquello que resurge como lo campesino, más que el regreso de un sujeto social ahistórico (y de una caracterización socio-económica acabada), lo hace en tanto conjunto de modos de vida y aspiraciones definidos en diálogo epistémico con ecosistemas singulares, que se reproduce en forma contradictoria en las condiciones que impone el capital, buscando garantizar su ligazón directa con los medios de producción y el control de sus condiciones de reproducción material y simbólica bajo formas familiares y comunitarias de organización y toma de decisiones, y que en tanto adquiere una identidad colectiva y acciona en la arena pública, como en la actualidad, alcanza a postular y factualizar una perspectiva alternativa para la agricultura como la soberanía alimentaria.

Experiencias que operan en escalas geográficas diversas y con diversos grados de consolidación y precariedad. Experiencias que –insistimos- dan cuenta y son indicadores de la emergencia de un sujeto político, anclado en las familias y comunidades de productores directos, que está demostrando intención y capacidad (potencia) de territorializarse, desproletarizarse, descolonizarse, recomunalizarse, cooperativizarse.

Tabla 2
Capacidades presentes en las experiencias de recampesinización en Argentina.

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Conclusión

La movilización política del campesinado en Argentina está impulsando la recomposición de unidades productivas y domésticas. Existen en vastas áreas rurales y suburbanas de Argentina productores directos que organizan sus actividades y el control del espacio en forma familiar y/o comunitaria (y cooperativa); que perseveran en sostenerse con independencia del mercado capitalista (compra y venta de fuerza trabajo), evitando al patrón y a los empleados; capaces de producir alimentos en el marco de la realización de una multiplicidad de oficios, articulados singularmente desde modos de saber apropiados a determinados ecosistemas y dotaciones de recursos naturales; y que en las últimas décadas han asumido identidades colectivas en un arco que va desde reivindicaciones étnicas (como pueblos originarios o modos tradicionales y específicos de vida) hasta tecnológicas (como la agroecología), o de modelos de sociedad (como las aspiraciones de soberanía alimentaria), etc. Se trata de poblaciones implicadas en procesos de subjetivación individual y colectiva que remiten de un modo u otro a una experiencia de autonomía.

Entendemos que estamos frente a la emergencia de experiencias de recampesinización, que en condiciones de precariedad y contradicción en el marco del desarrollo del capitalismo en la agricultura, ofrecen elementos para reconsiderar, por un lado la crítica de Boaventura de Sousa Santos (2000) al desperdicio de la experiencia que viene operando mayormente el pensamiento crítico moderno en la actualidad, y por otro la presencia de una contingencia histórica instituyente de una perspectiva territorial campesina en clave descapitalista.

 

Notas

1Es común que se señale la singularidad de la situación Argentina en esta materia, de lo cual deriva el uso “indebido” o “inadecuado” que se hace del término campesino, sobre todo si las investigaciones cuestionadas buscan vincular las luchas del campesinado argentino con las del latinoamericano. Un caso paradigmático de esta crítica puede encontrarse en el cuestionamiento que hace Leopoldo Bartolomé (1982) al uso de la categoría campesino para el análisis de las organizaciones agrarias de la década de 1970 como lo hace Francisco Ferrara (1973) en su investigación sobre la Ligas Agrarias. En verdad, si algo es patente y observable en el debate sobre campesinado en Argentina es la permanente actitud de impugnación del uso de la categoría. Lo que entonces se pone al desnudo en algunos casos es cierta operación de silenciamiento resguardada bajo el halo de la exhaustividad clasificatoria. Según Karina Bidaseca (2007), en Argentina, ha operado una negación del “otra/o interno (campesina/campesino y por supuesto, a los indígenas)”, a partir de una “cultura nacional hegemónicamente urbana, en un país que se ha integrado al mundo a partir de la agricultura”.

2Armando Bartra, retomando a Marx y la experiencia luddita desarrolla la hipótesis sobre la lucha del “hombre de carne y hueso” contra el “hombre de hierro”, que expresa la alienación humana, la imposición de la maquina sobre la vida, la artificialización absoluta de la existencia: “El ‘hombre de hierro’ tiene múltiples encarnaciones: el autómata donde trabajamos, el autómata interior y el autómata donde vivimos” (Bartra, 2006, p. 15).

3“Se trata de una investigación que busca demostrar que lo que existe es, en verdad, activamente producido como no existente, esto es, como una alternativa no-creíble a lo que existe. Su objeto empírico es considerado imposible a la luz de las ciencias sociales convencionales, por lo cual su simple formulación representa ya una ruptura con ellas. El objetivo de la sociología de las ausencias es transformar objetos imposibles en posibles y en base a ellos transformar las ausencias en presencias” (De Sousa Santos, 2006, p. 12)

4Aunque la movilización del campesinado no se proponga la conquista del poder estatal, la organización de la sociedad nacional, o la hegemonía campesina, sus luchas son portadoras de una radicalidad, que en ciertas condiciones puede desestabilizar el orden, y desencadenar procesos revolucionarios, pero que siempre se erigen como ingrediente insoslayable del “movimiento de la historia”. Estamos frente a una radicalidad que reside en la obstaculización a la expansión del capitalismo, en la afirmación del valor de uso sobre el valor de cambio, en la sobreposición al trabajo alienado, en la resistencia a la monopolización de la tierra, en la reivindicación del trabajo comunitario y la defensa de los ecosistemas, e incluso en el aporte de elementos para la gestación de nuevos modelos de desarrollo y producción. Debe tenerse en cuenta, que la defensa de sus modos de vida, llevada a cabo por poblaciones campesinas (e indígenas), cuestiona la propiedad privada y la lógica con que las sociedades industriales le proponen a la humanidad vincularse con la naturaleza, con el universo.

5Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI), Frente Nacional Campesino (FNC), Asamblea Campesina del Norte, Movimiento Campesino de Liberación (MCL), entre otras organizaciones.

6Señala el autor: “En este caso utilizo un chilenismo para referirme a los trabajadores de temporada que son el fenómeno más importante de la agricultura neoliberal de los noventas en América latina. En cada país se les denomina de diferente manera: boias frias, sin tierra, golondrinas, zafreros, etc.” (Bengoa, 2003, p. 79).

7Como lo registran los mismos académicos brasileros que destacan estas mutaciones académicas y las nuevas tensiones que ocasionan: “Por una cuestión de evidencia histórica no se puede mas negar la presencia campesina, así como su recreación, sin embargo, constantemente se reinventan trampas sostenidas en la desconfianza pequeño-burguesa de su naturaleza misteriosa: mezcla de patrón y empleado. (…) Entendemos que una de las formas de contribuir en este debate en torno de la presencia campesina en nuestra historia actual, es la producción de conocimiento en la academia, rescatando viejas y nuevas lecciones de los estudios campesinos, pues la recampesinización de los sin-tierra, mayormente gente de la ciudad, trae nuevas cuestiones, sobre todo aquellas ligadas a la tarea del conocimiento, del saber campesino como posibilidad de superación de las crisis” (Tomiasi Paulino y Aparecida de Almeidia, 2010, p. 57).

8De reciente creación es la Secretaria de Desarrollo Rural y Agricultura Familiar, o bien el Foro Nacional de la Agricultura Familiar (FoNAF), estructura de representación sectorial creada desde el Estado para abrir una canal de interlocución no vinculante y paralelo a las organizaciones campesinas de segundo y tercer grado. Argentina, en los últimos años, por iniciativa de Brasil en el marco de la agenda del MERCOSUR, asume tímidamente la cuestión que ahora se desenvuelve bajo la noción de “agricultura familiar”. Se supone que la agricultura familiar es sujeto de políticas de desarrollo, mientras en la academia se la adopta rápida y acríticamente como categoría científica, al compás del financiamiento de consultorías.

9Áreas de pastoreo, áreas de cultivo, carnicerías, reservas de agua, silos, depósitos y galpones, pequeñas agroindustrias, ferias, exposiciones, radios, escuelas, redes de comercialización, puntos de venta, etc.

10“En general nos constaba ya que los campesinos predisponen su abundante relato, plagado de pormenores y aclaraciones, durante paseos”, o trayectos; en el andar, del camino que conoce, fluye su voz; la primer entrevista fértil con un campesino no es en la sedentaria silla como velando el grabador que yace tendido en el medio, sino en la visita de sus lugares, en la recorrida compartida por su espacio de vida, allí se da la apertura franca, construyéndose una situación de entrevista móvil y localizada a la vez.´(…) Acudiendo a la imagen que propone la historia de la filosofía griega, podríamos ilustrar este carácter itinerante del diálogo campesino, su fluir en el paseo alrededor de su mundo de vida, como la peripatética del campesinado” (Gepcyd, 2011, p. 11).

11Los casos registrados y aquí mencionados se desenvuelven en los departamentos con mayor concentración relativa de explotaciones agropecuarias (EAPs) en sus provincias, y que a su vez cuentan con un volumen absoluto siempre mayor a la media nacional (aproximadamente 450 EAPs).

12“Todo este marco de situación va configurando una crisis que afectará diferencialmente a los distintos sectores del agro misionero a través de un proceso de empobrecimiento de las capas más desprotegidas, pero que a diferencia de otras provincias del Nordeste, no se materializa a través de una expulsión de amplios sectores de pequeños productores ni de su proletarización masiva. La estrategia de la diversificación antes mencionada y el aumento del rendimiento por ha. son las respuestas que intentan dar los estratos inferiores de los productores agrarios misioneros” (Galafassi, 2008, p. 4).

13Ver Tabla 1, CNA 2008, datos preliminares.

14“(…) las relaciones sociales de reproducción se refieren mayormente a las relaciones entre los explotados. En el caso de los campesinos, las relaciones de producción y reproducción coinciden en buena medida, y su explotación en el contexto capitalista está generalmente mediada por el mercado. Para los campesinos, sin embargo, la producción se da sobre todo en el ámbito familiar en tanto que las relaciones sociales de reproducción son más abarcadoras e incluyen las relaciones de parentesco y comunitarias.” (Otero, 2004, p. 45)

 

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Correspondencia a: La correspondencia relativa a este artículo deberá ser dirigida al autor. Universidad de Buenos Aires, Argentina, E-mail: didominguez1@yahoo.com

Fecha de recepción: Abril 2011
Fecha de aceptación: Noviembre 2011